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La hostilidad entre España e Inglaterra aunaba motivaciones políticas, económicas y religiosas. La potencia naval inglesa la convertía en el mayor enemigo de la Monarquía española, que necesitaba comunicar por mar sus dispersos territorios. El mantenimiento de la soberanía española sobre los Países Bajos requería el envío frecuente de tropas por mar y que aquéllos no contasen con ayuda exterior inglesa. Y, por otra parte, el tráfico mercantil que relacionaba Castilla con aquellos Estados septentrionales era puesto en peligro por los ataques piratas desde El Havre y la isla de Wight. Por su parte, Inglaterra no deseaba más que perjudicar el comercio de su rival flamenco y la situación hegemónica de la Monarquía española, además de no poder ver sin inquietud el trasiego de tropas por las cercanías de sus costas. A ello se añadían los enfrentamientos coloniales derivados de la no aceptación por parte de los otros Estados europeos de la división de las áreas de expansión colonial entre España y Portugal, según la Bula papal de 1493 y el tratado de Tordesillas del año siguiente. Los mismos navegantes que emprendían viajes descubridores en busca de una nueva ruta a Oriente eran quienes practicaban el corso contra los navíos españoles, con la aprobación de la Corona inglesa, acabando por obligar a España a la utilización del sistema de flotas para el comercio indiano. Los conflictos religiosos no hacían más que prestar una justificación a ambos contendientes y aunar las hostilidades de los respectivos súbditos contra el odiado enemigo.

El rechazo de las proposiciones matrimoniales por Isabel Tudor y la paz de Cateau-Cambrésis con Francia, de la que saldría el matrimonio de Felipe con Isabel de Valois, hija de Enrique II, cambiaría absolutamente la orientación de la política exterior española. Durante el reinado de los sucesivos monarcas Valois, las relaciones hispano-francesas fueron generalmente aceptables, estando Francia en una situación interior en la que se podía permitir pocas veleidades exteriores. En Cateau-Cambrésis Francia aceptó las tesis del Tratado de Tordesillas y permitió que Felipe II desmantelara en 1565 los establecimientos coloniales creados en Florida por hugonotes sin licencia de la Corona francesa. Por el contrario, las relaciones hispano-inglesas se degradaron con rapidez ante los episodios cada vez más frecuentes de corsarismo en las costas europeas, facilitados por la rebelión de los Países Bajos y las guerras de religión francesas, con grave deterioro de las relaciones mercantiles de la zona y la ruina consecuente del mercado de la lana castellana. La hostilidad inglesa se acrecentó con la unión a España de Portugal y todo su imperio marítimo, que parecía alejar aún más la posibilidad de que otros participantes se abrieran camino en el terreno colonial. Por otra parte, el malestar se agudizó tras las sublevaciones católicas en Inglaterra, ayudadas más o menos abiertamente por España, que también apoyaba a los rebeldes irlandeses, a los que ocasionalmente envió tropas.

El enfrentamiento oficial y abierto parecía inevitable, dada la aceleración de los altercados y el agotamiento de las vías diplomáticas. En 1585 la guerra quedó abierta tras la gravedad de los últimos incidentes: el año anterior había sido expulsado de Inglaterra el embajador español, Bernardino de Mendoza, acusado de participar en la conspiración para la liberación de María Estuardo y el derrocamiento de Isabel. La situación ventajosa de España en los Países Bajos decidió la intervención directa de Inglaterra en 1585, contestada por Felipe con la incautación de todos los navíos ingleses atracados en puertos españoles. Mientras, Drake atacaba Vigo, las islas de Cabo Verde, Santo Domingo y Cartagena de Indias. La única solución para la defensa de los Países Bajos y de las colonias parecía ser el sometimiento de Inglaterra, lo que hizo tomar fuerza a la propuesta del marqués de Santa Cruz de un ataque sorpresa contra Inglaterra por mar. Previa consulta con Farnesio, Felipe II decidió la preparación de una gran Armada en Cádiz y Sevilla, a cargo de Santa Cruz y del gobernador de Andalucía, el duque de Medina Sidonia, para que actuara conjuntamente con las tropas de Alejandro Farnesio en los Países Bajos llegado el momento. La decapitación de María Estuardo en 1587 hizo modificar los planes para el trono inglés, que ahora podría ocupar la infanta Isabel Clara Eugenia, que tenía derechos harto dudosos pero que contaba con la bendición del papa Sixto V ante la condición de protestante del heredero legítimo, Jacobo VI de Escocia.

Estaban ultimados los planes y la flota a punto de zarpar cuando murió el marqués de Santa Cruz, que había de mandarla (30 de enero de 1588). Su sustitución por el duque de Medina Sidonia, que no era marino profesional, fue uno de los errores, junto con la dificultad de acoplar su actuación con Farnesio y sus tropas. La denominada "Armada Invencible", compuesta por 130 navíos que transportaban 27.000 hombres, zarpó definitivamente de La Coruña el 12 de julio; al acercarse a La Mancha se encontró con la flota inglesa, que la esperaba en Plymouth, y tras varios días de enfrentamientos llegó a Calais apenas sin daño. Acercarse a Dunkerke y Nieuport a recoger las tropas de Farnesio era imposible, dada la escasez de calado, y aquéllas no podían atravesar sin ayuda el bloqueo holandés. Mientras se intentaba resolver la situación, la armada inglesa atacó los días 7 y 8 de agosto a la Invencible, que, tras sufrir grave daño, fue arrastrada hacia el Norte, hasta hacer imposible volver para encontrarse con las tropas que aguardaban. La Invencible emprendió el retorno bordeando las islas Británicas, con bajas de millares de hombres en el camino, hasta llegar a Santander el 23 de septiembre. La pérdida de tan gran número de navíos y de marinos entrenados, difícilmente sustituibles, supuso un daño irreparable para la marina española. En los años siguientes, la piratería inglesa conoció uno de sus mejores momentos, con centenares de actos de pillaje al año, que obligaron a la mejora de las defensas y a la construcción de una cadena de fortificaciones en las colonias españolas.

A pesar del alto precio de la construcción naval en España, la necesidad de defender el Imperio hizo pensar a Felipe II en una segunda gran Armada, que efectivamente se construyó en 1596 con el objetivo de invadir Irlanda, pero que fue dispersada por los vientos cuando al fin partió, repitiéndose las pérdidas. Pero aún continuó Felipe II con la idea de la gran Armada, y en otoño de 1597 volvería a repetirse el tropiezo con la climatología adversa y la dispersión. Al año siguiente moría el monarca español, y la disminución de los recursos obligaba a su sucesor a olvidarse de la invasión de Inglaterra. A su vez, la muerte de Isabel I en 1603 daría paso a un período de buenas relaciones entre los antiguos contendientes.

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