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Situada en el eje axial del edificio, el acceso al recinto sagrado se efectúa desde la fachada exterior que comunica con el Patio de los Reyes, verdadera fachada del templo, decorada con esculturas monumentales de los Reyes de Judá realizadas por Juan de Monegro. Superado el nártex o sotocoro, penetramos en la iglesia propiamente dicha, cuyas trazas fueron dadas por Paccioto, ingeniero militar italiano. Organizado a partir de una planta central con gran cúpula, sus alzados se ordenan conforme a una arquitectura desornamentada cuyos elementos constructivos la relacionan con el clasicismo fin de siglo. Este espacio culmina en el Altar Mayor, donde se sitúan lateralmente los retratos familiares de Carlos V y Felipe II, y en el centro el Templete del Sagrario realizado por Jacome Trezzo, donde se enfatiza la carga expresiva y simbólica del monumento. Dio sus trazas clasicistas Juan de Herrera, siendo autores de la escultura León y Pompeo Leoni, y de la pintura los italianos P. Tibaldi y F. Zuccaro.
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Después de la Iglesia, la pieza más importante del conjunto escurialense la constituye la Biblioteca, elemento de unión entre el convento y el colegio, o lo que es lo mismo entre el mundo sagrado y el profano, espejo del saber cuya función se refuerza con un amplio programa iconográfico, obra de P. Tibaldi y B. Carducho, acompañados en las tareas decorativas por N. Granello y F. Castello. El programa se basa en la representación alegórica de las Artes Liberales, a las que se unen las de la Filosofía y Teología, enlazadas a través de una serie de escenas y figuras históricas y mitológicas que revelan el carácter del espíritu científico, tal y como se entendía en la corte de Felipe II.
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La llamada Galería de las Batallas es una sala de 55 metros de largo que servía tanto para el paseo a cubierto como para las recepciones oficiales. Una de las claves para comprender la cultura y el gusto artístico de Felipe II se encuentra en los contenidos profanos de los diferentes programas iconográficos del conjunto escurialense. Además de su interés por los temas sagrados y científicos, el rey se preocupó por dejar plasmados otros temas históricos, que recordaban algunos de los más famosos hechos heroicos de su reinado. Tal es el caso de la Batalla de la Higueruela, obra de N. Granello y F. Castello, inspirada en un tapiz del Alcázar de Segovia, o la Batalla de San Quintín y la Navegación del Marqués de Santa Cruz a la Isla Tercera.
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En las afueras de Carrión de los Condes se alza el majestuoso monasterio benedictino dedicado a San Zoilo. Su etapa de mayor prosperidad corresponde a los siglos XI y XII, si bien tendrá un importante renacer durante el siglo XVI. Será en esta centuria cuando se construya el actual edificio. El claustro es la pieza principal del monasterio. Juan de Badajoz el Mozo será el encargado de la obra. Arcos ojivales, bóvedas de crucería y una abundante decoración caracterizan este espacio monástico, una de las mejores piezas del gótico florido castellano. Entre los numerosos privilegios que obtuvo el monasterio destaca el concedido por el rey Fernando IV, quien dispuso que los monjes recibieran una quinta parte del beneficio obtenido con todo el pan que se vendiera en la villa de Carrión.