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Man Ray es uno de los fotógrafos más importantes del dadaísmo estadounidense de la primera década de siglo XX junto a Marcel Duchamp y Francis Picabia, así como del surrealismo europeo de los años veinte y treinta. Su papel en dicho movimiento comenzó tras un largo periodo de aprendizaje en diversos lugares. Primero en Nueva York, a través de los consejos del fotógrafo Stieglitz, quien le insiste para que participe en la famosa exposición del Armory Show (1913), cuyo escándalo la convirtió en el punto de partida de la vanguardia norteamericana. Y, después en París, sus primeros trabajos se encaminan hacia el cubismo y hacia investigaciones personales con la realización de pinturas con aerógrafo como Seguidilla (1919). Se trataba de crear un nuevo arte, combinando la pintura y la fotografía para llegar a la mayor confusión entre una y otra. Muy pronto se encuentra elaborando y fotografiando elementos abstractos sacados de objetos cotidianos como Gift (1921). Ya en la década de los veinte consigue ser fotógrafo profesional y desarrolló la técnica de la fotografía sin cámara, cuyo resultado eran imágenes en blanco y negro, las llamadas rayografías. Colocaba objetos sobre el papel fotográfico que determinaban nuevas y originales formas. Dentro del surrealismo filmó varias películas como "Le retour à la raison" (1923), "Emak Bakia" (1926), "L' étoile de mer" (1928) o "Les mystères du Château du dé" (1929). En esa misma etapa vuelve a la construcción de objetos y a la pintura con rasgos totalmente asimilados del grupo surrealista como Observatoire du Temps (1932-1934).Sus últimos trabajos los realiza en Estados Unidos, concretamente en Hollywood durante la década de los cuarenta, participando en la película de H. Richter "Dreams that money can buy" (1944) y pintando la serie Ecuaciones shakespearianas (1948).
Personaje
Religioso
Político
Perteneciente a la orden de los Jesuitas, no tardó en colgar los hábitos. Fue uno de los principales promotores de la Revolución Francesa. Escribió "Histoire philosophique et politique des établissemente et du comerse des Européens dans les Deux-Indes". Criticó con saña la ocupación de los españoles en América. Sus ideas serían esenciales para promover el siguiente levantamiento del pueblo americano. Raynal fue rebatido por muchos historiadores españoles por sus planteamientos. Así, Nuix y Perpiñá y Juan Bautista Muñoz lanzaron duras críticas contra éste a través de sus escritos.
obra
El fotógrafo encendió la energía de mil bujías en su lámpara y, poco a poco, el papel sensible se empapó del negro que delieneaban los objetos cotidianos. Había descubierto el poder de un tierno y fresco destello de luz, que va más allá de todas las constelaciones ideadas por el placer visual. La precisa, singular y exacta alteración mecánica de la forma queda fijada: tan nítida como un cabello filtrado por un haz de luz", escribía Tristan Tzara en el texto que acompañaba esta colección de rayografías de Man Ray, publicadas en París en 1922.
contexto
Razón del título El carnero Enrique Otero DCosta --escribe Aguilera18-- atribuye la denominación a la causticidad proverbial del santaferiñismo, que tomó la voz como equivalente de fosa o sepultura para enterrar muertos, tal como antaño se decía. Según el talentoso intérprete, fue en aquel carnarium (antecedente latino de carnero) donde pararon ciertos títulos de incierta hijodalguía, ya que de los actores en lances de escandalosas tragedias o de inicuas hazañas, se desprendieron hasta hoy no menos de veinte generaciones descendentes y cien colaterales, que, multiplicadas por un promedio demográfico conveniente al escenario, arroja en proporción geométrica no menos de un millón de unidades humanas, entre agnados y cognados, que descendieron a la fosa carnaria, o al carnero, como otrora se decía, seguras de una limpieza de sangre inobjetable. Y comenta Aguilera: Acaso el efecto está bien presumido por Otero D'Costa; mas no la causa de la denominación. Ya el doctor Felipe Pérez, primer editor de la obra, había pensado y escrito antes lo mismo que aquél, pero no se había pronunciado por ninguna de las explicaciones posibles como significados presumibles del título de la obra. otros comentaristas citan a fray Alonso Zamora, historiador dominico, y entre ellos, Aguilera recuerda, como acaso el más competente, a don Marco Fidel Suárez, quien acepta la explicación de aquél: Deseosos de averiguar de qué religión (comunidad) fueron los que dieron ocasión para que se dijera que bastardeaban en el sagrado empleo de su instituto, he leído los más instrumentos de aquellos tiempos, así eclesiásticos como seculares, y algunos cuadernos que, sin nombre de autor, llaman carneros. A su vez, monseñor Juan Crisóstomo García amplía la instrucción haciéndola extensiva a los libros de actas capitulares antiguos, que también recibieron el nombre de tumbos o becerros. El doctor Aguilera, por fin, aventura una hipótesis propia. Sin temor --escribe-- de proponer una monstruosidad idiomática, se podría retrotraer la investigación hasta medio siglo antes de la obra del dominico Zamora, época en que un historiador español de apellido Carnero escribió la "Historia de las guerras civiles que ha habido en los Estados de Flandes desde el año de 1559 hasta el de 1609, y las causas de rebelión de dichos Estados". Tal libro, que tuvo en la Península inmensa popularidad, por revelarse en él los nombres de muchos antepasados de los lectores, acaso pudo determinar en el vulgo la mención metafórica del autor por cualquier producción impresa o manuscrita de análoga índole histórica. Así como no nos excusaríamos hoy de entender que para ponderar la historia de Henao y Arrubla, dijéramos de su libro que es Iodo un Cantú colombiano". No hay razón para negar posibilidades de acierto a tales interpretaciones ni, menos aún, erudición y sutileza a la apuntada por Aguilera. Pero pienso que la explicación del título El carnero que puso a la obra de Rodríguez Freyle el anónimo o desconocido titulador santafereño es, quizá, mucho más sencilla. En efecto: debe aclararse, en primer lugar, que la palabra carnero no procede de carnarium, sino de carnarius, lugar --leo en el Diccionario de Autoridades (I, 187)-- donde se echan los cuerpos de los muertos, cuando por ser muchos juntos no se pueden enterrar en sepulturas, y así se hacen unos hoyos grandes para este fin. Y también se llaman así los que se hacen en los cementerios de las iglesias, para ir echando los huesos que se sacan de las sepulturas. Diósele este nombre, porque se echa en él la carne de los muertos para que se consuma. En este sentido, la palabra original latina es ossaria, y el Cancionero General lo registra así en una décima al conde de Luria, a la que pertenecen estos versos: Mi pobre boca ha expirado / con todo su barrio entero / y mis dientes considero /que apestan la vecindad, / y fuera gran claridad / el hecharlos al carnero. No parece, pues, razonable el establecer relación alguna entre este significado y el contenido de la obra de Rodríguez Freyle. Por lo mismo, tampoco parece lógico a menos que quien titulase así la obra lo hiciera despectiva o irónicamente relacionar ese nombre con la expresión "echarlo al carnero", frase metafórica, que denota echar una cosa al olvido y separarla de sí para no volverse a acordar de ella, o ponerla donde se confunda con otras (Dicc. Aut., I, 188). De ahí el que tampoco pueda referirse carnero a la significación que tal palabra tiene en Argentina, Chile y Paraguay como persona que carece de voluntad e iniciativa propias. Pero carnero es también el nombre de un pez osteictio siluriforme de la familia tricomictéridos, que vive en la América meridional y que es parásito y puede causar graves daños, ya que penetra en las cámaras bronquiales de otros peces, de cuya sangre se alimenta. Pienso que, en este punto, empezamos a acercarnos a la interpretación verosímil del título dado al libro de nuestro escritor, siquiera sea por los graves daños que pudiera ocasionar a algunos la lectura del texto. Mas reconozco que tal interpretación sería demasiado sutil y como tal se quebraría. No hay que olvidar, en cambio, que carnero es el nombre del primer signo del Zodiaco, que se representa mediante la figura de ese animal, que en latín se llama aries. Y, en este sentido, deben recordarse --como lo hace el Diccionario de Autoridades (I, 187)-- estos versos de Quevedo: Diome el León su cuartana, / diome el Escorpión su lengua, / Virgo el deseo de hallarle, / y el carnero su paciencia. Esta es, a mi juicio, la primera idea que, en relación con la obra de Rodríguez Freyle, debe anotarse; a saber: carnero alude, o se refiere, o se corresponde, o es igual a paciencia, y mucha debió de tener nuestro autor para escribir su libro. Hay, en fin, una última significación de la palabra carnero, con la que se define la máquina militar que se usó en lo antiguo para batir los muros, y es lo mismo que ariete, por la figura de la cabeza de carnero, hecha de hierro y fijada en el remate de la viga (Dicc. Aut., I, 187). Ariete se llamaba, en efecto, la máquina utilizada para abatir murallas mediante una viga larga y pesada que embestía contra aquéllas por el extremo reforzado con pieza de hierro o bronce, generalmente labrada en figura de cabeza de carnero, porque ariete procede de aries, arietis, el carnero. Por tal razón, ariete también significaba, en sentido figurado, persona que defiende y ataca con firmeza en una lucha o discusión. Y ésta es, en definitiva, la interpretación más aproximada y correcta que puede darse al título El Carnero, que alguien puso y con el que se conoce la curiosa obra del escritor neogranadino Juan Rodríguez Freyle.
contexto
Razones de la Dedicatoria y del libro Rodríguez Freyle dedica su obra al rey Felipe IV y declara sin ambages las razones que le mueven a hacerlo, Dirijo esta obra a V M. --escribe-- por dos cosas: la una, por darle noticia de este su Reino Nuevo de Granada, porque nadie lo ha hecho; la otra, por librarla de algún áspid venenoso, que no la muerda viendo a quién va dirigida. Pero esa doble intención no pudo lograrse, ya que la obra no fue publicada en su tiempo. De haberlo sido, parece razonable pensar que tampoco el autor hubiera alcanzado sus objetivos, tanto porque la Corona --léase el Consejo Real y Supremo de las indias-- ya tenía entonces segura noticia de lo acaecido en Nueva Granada, como porque la majestad del cuarto Felipe poco hubiese podido --por su escasa atención a los asuntos indianos librar-- al autor y a su obra de los posibles ataques que alguien pudiera dirigirlos. Podría afirmarse que Rodríguez Freyle tiene una actitud optimista --valga la expresión-- ante su obra, pues manifiesta su convencimiento de ser el primer autor que da cuenta de lo sucedido en su país. Así lo dice en el Prólogo al lector, donde manifiesta los motivos que le han impulsado a redactar su obra. He querido hacer --escribe-- este breve discurso por no ser desagradecido a mi patria y dar noticias de este Nuevo Reino de Granada, de donde soy natural; que ya que lo que en él ha acontecido no sean las conquistas del Magno Alejandro, ni los hechos de Hércules el hispano, ni tampoco valerosas hazañas de Julio César y Pompeyo, ni de otros capitanes que celebran la fama, por lo menos no quede sepultado en las tinieblas del olvido lo que en este Nuevo Reino aconteció, así en su conquista como antes de ella; que aunque para ella no fueron menester muchas armas ni fuerzas, es mucha la que él tiene en sus venas y ricos minerales, que de ellos se han llevado y llevan a nuestra España grandes tesoros, y se llevaran muchos más el día de hoy, por haberle faltado los más de sus naturales. Por otra parte, aunque el reverendo fray Pedro Simón, en sus escritos y noticias, y el padre Juan de Castellanos en los suyos trataron de las conquistas de estas partes, nunca trataron de lo acontecido en este Nuevo Reino, por lo cual me animé yo a decirlo; y aunque en tosco estilo, será la relación sucinta y verdadera, sin el ornato retórico que piden las historias, ni tampoco lleva raciocinaciones poéticas, porque sólo se hallará en ella desnuda la verdad, así en los que le conquistaron como en los casos en él sucedidos, para cuya declaración y ser mejor entendido, tomaré de un poco atrás la corrida, por cuanto antiguamente fue todo una Gobernación, siendo la cabeza la ciudad de Santa Marta, en que se incluían Cartagena, el Río de la Hacha y este Nuevo Reino. Del mismo modo, al comienzo del capítulo I, Rodríguez Freyle insiste en el motivo y el propósito de su obra. Así, afirma que en las Historias de las demás conquistas --cita las de Nueva España, Perú y Chile-- sólo se hallan algunos rasguños o rastros de la conquista de este Nuevo Reino de Granada; de la cual no he podido alcanzar cuál haya sido la causa por la cual los historiadores que han escrito las demás conquistas han puesto silencio en ésta, y si acaso se les ofrece tratar alguna cosa de ella para sus fines, es tan de paso que casi la tocan como a cosa divina por no ofenderla, o quizá lo hacen porque como su conquista fue poco sangrienta y en ella no hallaron hechos que celebrar, lo pasan todo en el silencio. Por ello, para que del todo no se pierda su memoria ni se sepulte en el olvido, quise, lo mejor que se pudiere, dar noticia de la conquista de este Nuevo Reino y lo sucedido en él desde que sus pobladores y primeros conquistadores lo poblaron basta la hora presente que esto se escribe, que corre el año de 1636 del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.