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Entre 1857 y 1900, se produjo un crecimiento constante de la población española. Ello fue posible por el mantenimiento de unas tasas de natalidad bastantes altas, al tiempo que hubo un leve descenso de la mortalidad relativa a causa sobre todo de mejoras higiénicas y médicas. La población se incrementó en más de un 200 % en capitales de provincia como Pontevedra, Lugo, Bilbao, S. Sebastián, Huesca o Murcia, beneficiadas por la migración interior. Orense, Santander, Barcelona, Valencia, Alicante o Huelva crecieron entre un 101 y un 200 por ciento. El crecimiento de otras ciudades como La Coruña, León, Logroño, Zaragoza, Castellón o Córdoba se situó entre el 50 y el 100 %, igual que el observado por ciudades del interior como Valladolid, Avila, Guadalajara, Madrid, Albacete o Ciudad Real. Por último, el resto de las capitales de provincia incrementaron su población en cifras menores al 50 por ciento.
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A principios del siglo XIX Madrid y Guipúzcoa son las provincias españolas más densamente pobladas, con más de 60 habitantes por Km2. En segundo lugar, con cantidades que van entre los 51 y los 60 habitantes por Km2, se sitúan provincias o regiones como Navarra, Valencia o Baleares. Menos densidad de población tienen Asturias y Andalucía occidental, con cifras entre los 41 y los 50 habitantes por Km2. Entre 31 y 40 tienen áreas como Galicia, Palencia, Cataluña o Granada, territorio éste que se corresponde con el antiguo reino nazarí. El mayor despoblamiento corresponde a la España del interior, perjudicada por un grave atraso económico. Entre 11 y 30 habitantes por Km2 tienen zonas como buena parte de Castilla la Vieja, Aragón, Toledo, Córdoba y Murcia. En León, Zamora, Salamanca, Extremadura, Jaén, La Mancha y Cuenca, la carencia de pobladores es aun más evidente, con una densidad menor a los 10 habitantes por Km2.
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No es posible ofrecer datos muy detallados sobre actividad en el siglo XVIII. Incluso el cálculo de un indicador como la relación de dependencia -relación entre población inactiva o dependiente y población activa-, de aparente objetividad por ser función de la edad, resulta difícil. Considerando activa a la población comprendida entre quince y sesenta años, dicha relación superaría en muchos casos el 70 por 100. Ahora bien, estos límites de edad son convencionales y más propios de hoy que del Setecientos. Debido a la baja productividad general y para diluir la pesada carga económica que supondría mantener a una población dependiente tan elevada -con una relación de dependencia del 75 por 100, cada cuatro personas activas deberían soportar el mantenimiento de tres inactivas-, se tendía a ampliar la vida laboral todo lo posible, siendo normal la muy temprana y paulatina incorporación de los niños al trabajo y el tardío y también paulatino abandono del mismo, pasando los ancianos (que, probablemente, lo serían antes de los sesenta años) a ocuparse de las actividades que requerían menor esfuerzo físico. Los índices de dependencia, pues, aunque imprecisos, serían de hecho más bajos que los inicialmente propuestos. Había también una elevada, aunque de casi imposible evaluación numérica, participación femenina en la actividad laboral. Ante todo, en el ámbito de la economía doméstica, de mayor amplitud que en la actualidad, la mujer se solía ocupar de tareas como la elaboración del pan o de parte de la ropa familiar, además de participar habitual u ocasionalmente en las faenas agrícolas o en el pastoreo. Como artesanas más o menos independientes o como asalariadas, estuvieron vinculadas, especialmente, a las actividades textiles. En la industria sedera de Lyon, por ejemplo, la mano de obra femenina era cinco veces más numerosa que la masculina. Las manufacturas de nueva creación registrarán una presencia femenina en constante aumento. Y era muy elevada la cifra de las empleadas en el servicio doméstico. Por otra parte, la ausencia de estadísticas fiables dificulta el conocimiento de las estructuras socio-profesionales, que, en cualquier caso, siempre tendrán un margen de imprecisión. Y hay que añadir el peculiar carácter de ciertos oficios -artesanos, por ejemplo, que fabricaban y vendían sus productos- o la abundancia de personas con ocupaciones diversas -labradores que también realizaban trabajos artesanales o se dedicaban con sus bestias a la arriería en los tiempos muertos de la agricultura, artesanos que cultivaban huertos... El predominio de la economía agraria tenía su reflejo en que eran las actividades agrícolas y ganaderas las que ocupaban a la mayor parte de la población activa. En los países del Este, como Rusia, quizá entre el 90 y el 95 por 100 a finales del siglo. En Europa occidental las proporciones eran más bajas, pero probablemente llegaban hasta un 75 por 100 a mediados de siglo en países como Francia o Suecia y las cifras serían algo mayores para el conjunto. Luego la proporción fue descendiendo, en corta medida para el conjunto de Europa, de forma más acusada en los países más desarrollados. Pero todavía en Inglaterra, en 1800, trabajaba en la tierra más del 40 por 100 de la población adulta masculina (estimación de E. A. Wrigley). Las actividades de transformación, minoritarias en conjunto, experimentaron un desarrollo notable a lo largo del siglo. Prácticamente en ningún país, sin embargo, llegaron a ese 30 por 100 de la población activa que representaban en la Inglaterra de 1800. El ramo textil y de la confección era, en conjunto, el más desarrollado, siendo los del cuero y construcción otros de los grupos destacados. Por lo que respecta a los servicios, no solían constituir un grupo numeroso, si bien muchos de sus integrantes (mercaderes, financieros, clero, servicios legales en general, servicios sanitarios...) ejercían habitualmente una notable influencia social, paralela en ocasiones a un gran poder económico. El ramo más nutrido, no obstante, era el servicio doméstico, de presencia casi universal y, como hemos dicho, con una elevada proporción de mujeres en sus filas. Si se aceptan, por ejemplo, las cifras que el abate Expilly daba para Francia, en 1778 los domésticos, varones y mujeres, representaban nada menos que el 8 por 100 de la población total. Los dos últimos sectores solían ser mayoritarios, como es lógico, en el mundo urbano. El ejemplo de Amberes es bien elocuente a este respecto. En él se plasma también la muy distinta significación económica de los distintos grupos socio laborales. Pero conviene no olvidar que ni los agricultores faltaban en las ciudades, en muchas de las cuales solían estar presentes en mayores proporciones que en el ejemplo expuesto, ni en el mundo rural había sólo campesinos, para atender determinadas necesidades de la comunidad, como por el desarrollo en determinadas zonas de la industria rural.
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Esta villa fue señorío de la Orden de San Juan de Jerusalén. Su iglesia parroquial, consagrada bajo la advocación de la Magdalena, es uno de sus monumentos más llamativos. En esta localidad la ermita de Santa María del Socorro es paso obligado para el peregrino. Muy cerca de ésta se encuentran los restos de un hospital, que luego fue transformado en mansión señorial. La ermita de San Miguel es otro de los atractivos de esta pequeña villa palentina.
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La distribución actual de la población en España presenta grandes desigualdades regionales. La mayor densidad de población la presentan el Principado de Asturias y las comunidades autónomas de Cantabria, País Vasco, Cataluña, Baleares, Valencia, Madrid y Canarias. Estas regiones presentan una densidad de población alta, superior a los 100 habitantes por kilómetro cuadrado. Una densidad media, entre 50 y 100 habitantes por kilómetro cuadrado, presentan Galicia, La Rioja, la Comunidad Foral de Navarra, la Región de Murcia y Andalucía. Por último, el resto de comunidades, que corresponden al interior, tienen una densidad de población baja, inferior a los 50 habitantes por kilómetro cuadrado. Las ciudades más pobladas son Madrid y Barcelona, superando ambas los 3.000.000 de habitantes incluyendo sus áreas metropolitanas. Rondando el medio millón están ciudades como Sevilla, Valencia y Zaragoza. Finalmente, son numerosas las ciudades en las que viven más de 200.000 habitantes, correspondiendo básicamente a las situadas en el arco mediterráneo y en el norte peninsular.
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La India es un inmenso país poblado por cerca de 1.000 millones de personas. La enorme extensión de su territorio y el aporte constante de poblaciones y culturas extranjeras ha dado lugar a un complejo mosaico cultural y étnico que hace necesario hablar, más que de país, de subcontinente, en el que conviven una enorme variedad de religiones, lenguas y formas de pensamiento. La población de la India resulta del cruce de los antiguos habitantes con invasores de origen europeo (arios) que llegan a la península entre los año 1700 y 1500 a.C. Este primer sustrato resultó muy fructífero, dando lugar a la cultura llamada védica y al surgimiento del sánscrito. Paulatinamente, los primitivos pobladores fueron empujados hacia el este y el sur de la India, creando allí la llamada civilización drávida, de la que, entre otros, derivan los actuales tamiles de la India meridional y Sri Lanka. Persas, griegos, escitas y árabes fueron los siguientes invasores, aportando todos ellos nuevas formas culturales. Además, turcos y mongoles se establecieron en el norte de Pakistán, mientras que tibetanos y birmanos se asentaron en el nordeste de la India.
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Durante el siglo XVIII, y especialmente en su segunda mitad, se produjo un notable incremento de la población europea. Aun cuando por la imposibilidad de conocer los totales exactos de población, las cifras que se manejan no son sino indicadores de magnitud y tendencias y pueden variar de unos autores a otros, las estimaciones de J. N. Biraben muestran una Europa (Rusia excluida) que pasaría de 95 millones de habitantes, aproximadamente, en 1700, a 111 en 1750 y a 146 en 1800: Se trata, pues, de un crecimiento de más del 50 por 100 en el siglo, que equivale a un ritmo anual del 0,43 por 100. Y si nos fijamos sólo en la segunda mitad, el crecimiento es de casi un tercio (tasa anual: 0,55 por 100). Era el mayor incremento demográfico conocido hasta entonces y cerraba la época del crecimiento discontinuo, en que cada etapa de expansión era seguida por otra de estancamiento o descenso -con lo que aquéllas no dejaban de ser simples recuperaciones-, inaugurando la del crecimiento sostenido, que persiste en la actualidad. Los historiadores, al referirse a ello, hablaban todavía no hace muchos años de la revolución demográfica iniciada en el siglo XVIII. La reciente multiplicación de los estudios de demografía histórica, sin embargo, no ha permitido apuntalar dicha interpretación. Por el contrario, hoy se subraya más la modestia del crecimiento de la población durante el Setecientos comparado con el que tendrá lugar en el siglo siguiente y, sobre todo, la esencial permanencia del denominado régimen demográfico antiguo. Las modificaciones producidas en el XVIII, valoradas en su justa medida, no aparecen sino como los tímidos comienzos de la transición al régimen demográfico moderno -o, simplemente, transición demográfica-, realizada en un proceso lento, complejo y diverso, según los países, y que no se afianzará definitivamente hasta muy avanzado el siglo XIX. Parece cierto que la población crecía no sólo en Europa. La búsqueda de una explicación de conjunto no se ha mostrado, sin embargo y por el momento, muy fecunda: únicamente el posible debilitamiento de las epidemias en general, quizá por desconocidos procesos biológicos, o bien modificaciones climáticas, que influirían en la mejora general de las cosechas, podrían afectar a todo el globo. Dadas las actuales dificultades para avanzar más por este camino, limitaremos nuestra exposición al caso europeo, mejor conocido, y donde, por otra parte, encontraremos diversidad de situaciones fruto de la conjunción de factores no siempre idénticos. Porque, si bien el crecimiento de la población europea fue prácticamente general, la diversidad entre los distintos países J.-P. Poussou habla de crecimientos más que de crecimiento-, incluso entre las regiones de un mismo país, como corresponde a una realidad socio-económica aún muy fragmentada, fue grande, y, aunque un tanto artificiosamente, podríamos señalar tres grandes grupos. En el bloque de mayor crecimiento estarían los bordes orientales de Europa, por una parte; Irlanda, por otra. Prusia oriental, por ejemplo, pasará de 400.000 a 880.000 habitantes; Pomerania, de 210.000 a 400.000, aproximadamente; Silesia, de 1 millón a 1,7 millones. Hungría, que sobrepasaba ligeramente los 4 millones de habitantes en 1720, llegará a algo más de 7 millones en 1786. El Imperio ruso pasó de unos 15 millones hacia 1720 a más de 37 millones a finales de siglo. En el otro extremo de Europa, Irlanda, con algo más de 2 millones de habitantes a principios de siglo y 5 millones, aproximadamente, hacia 1800, duplicaba ampliamente su población. En un plano intermedio, pero superando el crecimiento medio, podemos situar a Inglaterra-Gales, que de poco más de 5 millones de habitantes en 1700 pasa a 5,7 millones a mediados de siglo -el ritmo es todavía moderado- y, en una gran aceleración, a algo más de 8,5 millones en 1800. Y también a los Países Bajos austriacos: de algo más de 1,5 millones de habitantes a principios de siglo, se aproximarán a los 3 millones en 1790. Finalmente, hubo otros países de crecimiento más moderado. Son, por ejemplo, Francia -el país más poblado de Europa-, que contaría con 22 millones de habitantes, aproximadamente, en 1700, 24,5 millones en 1750 y sólo algo más de 29 millones en 1800; España, que pasaría de 7,5-8 millones de habitantes a 10 millones, aproximadamente, a lo largo del siglo y con un desequilibrio regional en favor de la periferia; o el conglomerado de Estados italianos, con 13,2 millones de habitantes en 1700, 15,3 millones en 1750 y algo menos de 18 millones al acabar el siglo, siendo en este caso el Reino de Nápoles la zona que creció a mayor ritmo. Las peculiares circunstancias socio-económicas de cada país pueden ayudar a explicar los diferentes ritmos y pautas de crecimiento. Aunque los mayores incrementos de población no tienen porqué corresponder necesariamente a los países de mayor crecimiento económico o con transformaciones más importantes en este campo. Así, por ejemplo, la elevada tasa de crecimiento irlandés durante la segunda mitad del XVIII estaría relacionada con la demanda de sus productos agrarios desde Inglaterra, la roturación de tierras y la difusión de la patata como alimento básico en la isla, lo que permitió mantener una población creciente a niveles de mera subsistencia y en un equilibrio precario... que terminará por romperse con la Gran Hambre de mediados del XIX, causante de una elevadísima mortalidad y del éxodo masivo en los años siguientes. En Pomerania, Prusia oriental y Silesia se combina la todavía inconclusa recuperación de los trágicos efectos de la Guerra de los Treinta Años con la decidida acción colonizadora y de atracción de inmigrantes por parte de Federico II. En la base del gran crecimiento húngaro está también la inmigración y recolonización de la Llanura tras su reconquista a los turcos. Al hablar de Inglaterra y los Países Bajos austriacos hay que hacer referencia, necesariamente, al proceso de crecimiento económico que estaban experimentando, así como el caso francés, de crecimiento ralentizado, suele explicarse por el excesivo tradicionalismo de su economía. Al final del siglo que estudiamos, en un mundo muy desigualmente ocupado, había continentes enteros prácticamente vacíos. En Oceanía apenas había presencia humana, América no llegaba a 0,6 habitantes/km2 y África tenía una densidad de 3,4 habitantes/km2. También en el Viejo Continente había, por el Este sobre todo, zonas inmensas casi despobladas. En conjunto, las tres cuartas partes de la superficie emergida terrestre sólo estaban ocupadas por la quinta parte de la población. El contraste era brutal: en China y la península indostánica (décima parte de la superficie) vivía algo más de la mitad de la población mundial. Y Europa (3,6 por 100 de la superficie global) concentraba al 15 por 100 de la población mundial, alcanzando una densidad media de 30 habitantes/km2. Los mecanismos demográficos mediante los que se produjo el crecimiento parecen ser bastante generales, observándose un ligero descenso de la mortalidad frecuente, pero no sistemáticamente acompañado de cierto incremento de la fecundidad -elemento este último, sin embargo, decisivo en algún caso concreto-. Pero todavía, insistimos, dentro del antiguo régimen demográfico, cuyas características generales vamos a recordar.
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La España del siglo XVIII es un país escasamente poblado. Las áreas con mayor densidad de población son Madrid y Guipúzcoa, con más de 60 habitantes por kilómetro cuadrado. Entre 51 y 60 habitantes presentan Navarra, Valencia y Baleares. La densidad de población es algo menor en zonas como Asturias, Toro y Sevilla, situándose entre los 41 y los 50 habitantes por kilómetro cuadrado. En Cataluña y el antiguo reino de Granada la densidad está entre los 31 y los 40 habitantes. Las zonas de menor densidad de población corresponden al interior. Entre 11 y 30 habitantes por kilómetro cuadrado tienen áreas como Galicia, Aragón, prácticamente toda Castilla la Vieja, Córdoba y Murcia. Las zonas más despobladas son León, Zamora, Salamanca, Extremadura, La Mancha, Cuenca y Jaén, con una densidad inferior a 10 habitantes por kilómetro cuadrado.
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Los gobernantes borbónicos pronto se preocuparon por lo que a su juicio resultaba una evidencia: la Monarquía adolecía de una importante merma poblacional que era el resultado de una precaria situación económica y una de las causas de la pérdida de peso en el ámbito internacional. Desde esta perspectiva, las referencias míticas a una España pletórica de habitantes en tiempos de los Austrias mayores fueron una constante. Como no lo fue menos, desde la predominante óptica mercantilista, la reclamación urgente de un aumento de la población. Se precisaban más hombres para las fuerzas armadas, más individuos para trabajar más hectáreas de tierra o producir más manufacturas, más súbditos de los que conseguir impuestos destinados a la defensa de una potente monarquía. Buena parte de los políticos y pensadores postularon que un aumento de la fuerza de trabajo posibilitaría una mayor producción nacional que serviría para alimentar más bocas en el interior, proveer mejor los mercados coloniales y comerciar en condiciones más ventajosas con las potencias extranjeras. Todo ello conduciría, además, a crear una balanza comercial favorable a los intereses españoles. Con estas creencias quedaba claro que la primera premisa para el renacimiento nacional y la prueba palpable del mismo pasaba por la misma variable: la población. Si el número de habitantes se multiplicaba era que las cosas en la Monarquía iban razonablemente bien. Los recuentos generales de población elaborados durante la centuria (Campoflorido en 1712-1717, Ensenada en 1752, Aranda en 1768, Floridablanca en 1787 y Godoy en 1797), así como los diversos estudios parroquiales elaborados en los últimos años, muestran bien a las claras que la población española tuvo un evidente crecimiento secular. En efecto, el número de habitantes inició en el Setecientos un lento pero seguro despegue que supuso finalmente un crecimiento aproximado de 3 millones de personas entre 1717 y 1797. Este aumento de un 40%, hizo pasar al país de 7,5 u 8 millones de habitantes en 1717 a 10,5 u 11 en 1797. Un auge de tono europeo, algo inferior al inglés o al de los países nórdicos, similar al italiano y superior al francés. Debe advertirse, sin embargo, que esta importante expansión no puso en entredicho las características básicas del modelo demográfico antiguo en el que seguía anclada la población española: alta natalidad (42 por mil), alta mortalidad (38 por mil), significativa incidencia de epidemias y hambrunas, mortalidad infantil del 25% de los nacidos y una esperanza de vida inferior a los 30 años. En conjunto, pues, un aumento nada espectacular, más bien moderado y que en algunas zonas supuso la mera recuperación de cifras poblacionales alcanzadas antes de la época de hierro que el siglo anterior había dictado. El Setecientos abrigó la última expresión del incremento poblacional que el tardofeudalismo podía amparar sin alterar sus propias características esenciales. Si bien debe recordarse que en algunos lugares el crecimiento poblacional había empezado en las últimas décadas del Seiscientos, parece lícito afirmar que el incremento se produjo especialmente en la primera mitad de la centuria, mientras que a finales del siglo se vivió una etapa de dificultades generalizadas que frenaron un tanto la expansión. No obstante, si adoptamos un punto de vista regional las conductas se diversifican en tres comportamientos demográficos básicos. En la España norteña el movimiento resultó precoz en el tiempo y fuerte en su intensidad, llegando en ocasiones a una tasa de crecimiento anual del 6 y 7 por mil, aunque el fuelle pareció disminuir desde mediados de la centuria. El aumento en la España meridional resultó sin duda más pausado pero también más constante y sostenido, debido quizá a que el punto de partida de la densidad poblacional con respecto a los recursos era inferior. Por último, el área oriental ofreció un modelo de crecimiento algo menos temprano pero con una continuidad secular que se mantuvo en Valencia y Murcia y que tan sólo pareció frenarse en Cataluña en los últimos años del siglo. Con todo, la mayoría de las regiones acabaron experimentando un perceptible aumento. Valencia, Aragón o Cataluña duplicaron su población mientras Murcia la triplicaba. Galicia o Castilla crecieron más de un tercio en tanto que Andalucía, Baleares o el País Vasco estuvieron alrededor de un 40% de aumento poblacional. La expansión se confirma también si fijamos nuestra atención en la densidad poblacional. Si a principios de la centuria había una media de 15 habitantes por kilómetro cuadrado, a finales la cifra ascendía a 21. Las variables regionales son también aquí significativas. La costa levantina, el norte vascongado y algunas zonas gallegas conseguirán importantes densidades. En 1787 la media de Vizcaya alcanzaba los 52, mientras que Guipúzcoa llegaba a los 62. En Valencia se consiguieron los 33, en Cataluña los 25 y Murcia se quedó anclada en los 12. Galicia por su parte alcanzará a finales del siglo la media de 45. Sin embargo, en el interior peninsular el panorama cambia al darse densidades máximas de 10 en Extremadura, de 12 en la Mancha o de 17 en la zona leonesa. El resultado último de este proceso es doble. Primero, acabó por consolidarse una situación diametralmente opuesta a la existente en el Quinientos: la periferia se encuentra finalmente más poblada que el interior. Incluso en las propias regiones periféricas, sus zonas litorales crecen más que las interiores: la Galicia costera se mueve en una banda entre 56-100 h/km2, mientras que la interior lo hace entre 15 y 33. Y segundo, en la dialéctica poblacional campo-ciudad, bien puede decirse que el aumento demográfico afectó por igual al hábitat urbano y al rural, consolidándose de este modo un paisaje similar al de siglos precedentes, muy alejado del fenómeno típicamente moderno y capitalista de la supremacía de las urbes. Unas ciudades que asimismo continuaron teniendo sus principales aglomeraciones en el sur y en el Mediterráneo al tiempo que en el norte la población vivía en una mayor dispersión rural. No obstante, el importante crecimiento de algunas núcleos periféricos como Barcelona, Cádiz, Valencia o Bilbao, fue también una realidad secular que no cabe desdeñar. Realidad a la que vino a añadirse la notable transformación que durante el siglo experimentaría Madrid. Además, el aumento demográfico y económico de estas poblaciones y los nuevos aires ilustrados favorecieron los cambios urbanísticos. Las acciones principales se centraron en la creación de infraestructuras urbanas a través de una planificación racionalista encaminada a la mejora de la calidad de vida y también al control del orden público. Así, se elaboraron nuevos planes urbanísticos, se reorganizaron los espacios urbanos en barrios, se derrumbaron murallas, se construyeron grandes edificios públicos y frente a la aristocrática plaza mayor se construyeron explanadas y paseos de corte protoburgués tan bien representados en algunos cuadros costumbristas. ¿Cuáles fueron los motivos del aumento poblacional? Aquí cabe señalar la imbricación dialéctica de causas demográficas de primer orden con factores socieconómicos coadyuvantes. En el caso de estos últimos, no parece que las políticas poblacionistas realizadas por los Borbones tuvieran efectos significativos. De hecho, las preocupaciones se centraron en medidas natalistas algo irreales, tales como ennoblecer a los padres que tuvieran más de doce hijos (hidalgos de bragueta), medida procedente de siglos anteriores y que continuó mostrando su ineficacia. Escasos ecos poblacionales tuvo asimismo la creación de nuevas colonizaciones de trabajadores extranjeros en Sierra Morena, más interesante como proyecto ilustrado global que por su trascendencia demográfica. En cambio, algo más de eficiencia obtuvieron algunas acciones encaminadas a la regulación de las carestías alimentarias tales como la construcción de innumerables pósitos, especialmente en Castilla. Hubo también mejoras de la medicina y la sanidad (construcción de hospitales, Junta de Sanidad, lazaretos portuarios, resguardos de sanidad contra la peste), así como de la higiene (creación de cementerios o diversas medidas de urbanidad). Sin embargo, todas estas actuaciones no consiguieron tampoco efectos poblacionales espectaculares. Desde el punto de vista demográfico, los dos factores de más peso fueron la mayor natalidad de un matrimonio algo más precoz que en otros países y una muerte menos operante que en siglos precedentes. En el caso de la mortalidad catastrófica hay que decir que no desaparecieron del todo las pandemias (1706-1710, 1762-1763 y 1783-1786) y que las crisis de subsistencias locales siguieron regulando la relación entre economía y demografía en el marco regional. Sin embargo, el siglo resultó en este aspecto bastante más benévolo que los anteriores. Aunque el paludismo, las fiebres amarillas o la viruela continuaron llevándose muchos españoles al cementerio, especialmente niños, el lápiz rojo de la muerte actuó con mayor clemencia y ese fue sin duda el factor más influyente en el aumento poblacional del Setecientos. A pesar de un celibato relativamente alto (en 1787 era de un 12% para los varones y 11% para las mujeres entre 40 y 50 años), lo cierto es que el modelo matrimonial español facilitó una precoz nupcialidad y una mayor fecundidad legítima. En general, los españoles se casaban entre los 23 y los 25 años, antes por tanto que en otras naciones europeas. Como fruto de la unión tenían alrededor de cuatro hijos de media, de los cuales un par no pasarían de los 20 años y uno de los supervivientes, voluntariamente o no, abrazaría el celibato. Aunque la tasa media de reproducción superaba en poco la unidad, dado que de cada 100 mujeres casadas sobrevivían hasta las primeras edades adultas poco más de 100 hijas, lo cierto es que la combinación del descenso de la mortalidad y la precocidad matrimonial permitieron un saldo favorable al finalizar la centuria. Con todo, comparada con otras potencias europeas, España resultaba un país menos densamente poblado y además con claros desequilibrios internos en cuanto a la distribución de su población. Unos desajustes que procedían de antaño pero que deben relacionarse también con los diferentes crecimientos económicos regionales que la Monarquía experimentará en el siglo ilustrado.