Era en realidad el mercado del Parque Güell. En él se pensaba emplazar a los vendedores ambulantes que se pretendía atraer a la colonia. Por su estructura era una de las más discutidas construcciones de Gaudí. Se trataba de una recreación de la arquitectura griega o una desfiguración del arte dórico. Era una sátira cruel del arte clásico o un homenaje. Los especialistas nunca se han puesto de acuerdo. En lo único en que todos coinciden es en reconocer la magnificencia y calidad de la obra. Las columnas exteriores se inclinan hacia el interior para compensar el enorme peso de la plaza de la colonia que se encuentra sobre ella. Gaudí se inspiró, una vez más, en la naturaleza del cuerpo humano. Ésta es la manera cómo las piernas soportan el peso del cuerpo. Las columnas parecen hundirse en el techo, como si éste fuera un almohadón. Gaudí, para dotar de mayor amplitud al espacio eliminó algunas columnas. En el lugar correspondiente a cada una de ellas en el techo, el arquitecto emplazó unos plafones circulares decorados con trencadís de porcelana, cerámica y vidrio. Para su diseño y realización contó con la inestimable ayuda de uno de sus más estrechos colaboradores: Josep Maria Jujol. Los cuatro plafones mayores representan las estaciones del año. Los restantes catorce, de menores dimensiones, sugieren la luna y sus ciclos, el mes lunar y el mes femenino de veintiocho días. Bajo la columnata dórica se encuentra un depósito de aguas pluviales (no visitable) que recoge las aguas que, procedentes de la montaña, se estancan en la plaza de la Colonia cuando llueve. Ésta posee un suelo compuesto de arenas pisadas y grava que permite la filtración de las mismas, evitando que se encharque. Se recoge, mediante conducciones en el interior de las columnas y desciende hasta el depósito. Ello permitía dotar de cierta autonomía a la ciudad-jardín, aunque en realidad se utilizaban para el riego de los jardines. La cisterna ocupa la mitad derecha y se accede a ella mediante una escalera de caracol. Su interior, con una gran variedad de columnas, con la misma ambición artística que en la columnata dórica, ofrece al visitante una magnífica visión con los reflejos verdes del agua que reposa en silencio en su interior.
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La muralla que rodea el Parque Güell está decorada con franjas rojas y blancas, como las que utilizaba la marina fenicia. Gaudí quería simbolizar que el Park era como una nave o isla, a la manera de la famosa isla de "Utopía" de Tomás Moro. La "K" de la palabra Park que encontramos en 14 medallones ornamentales del muro, eran una clara referencia al modelo inglés de la urbanización. Por otra parte la estrella de cinco puntas en la "P", invertida, como un diablo con cornamenta, indicaba claramente que se trataba de un lugar esotérico. Todo el Park Güell está lleno de simbolismos. De las siete puertas proyectadas tan sólo se llegaron a levantar dos. El diseño de la reja de la puerta principal del Park es el mismo que el de la Casa Vicens, la que podemos considerar como primera gran obra del maestro catalán. Flanqueando la puerta principal, dos pabellones de original diseño: El muro exterior queda enroscado en cada uno de ellos, formando dos serpientes enfrentadas, como las que Mercurio llevaba el caduceo. En muchas ocasiones se ha insistido en el hecho que el Park evocaba recuerdos personales de sus creadores, Güell y Gaudí, pero también de su infancia. Es por ello que encontramos juegos y divertimentos: Frente al pabellón de la derecha, según se entra, encontramos una extraña construcción. En origen se trataba de una cochera que, por su forma y textura nos recuerda a un elefante. De él tan sólo se ven el vientre y las patas, pero si observamos con detalles, tanto en su interior como en el exterior, llegaremos a descubrir la trompa y la cola y, con un poco más de esfuerzo, su pesado caminar. No será éste el único elefante que encontraremos en el Park. Los dos pabellones de entrada, a los que ya hemos hecho referencia, presentan paredes rústicas y macizas, como las de la cueva. Por el contrario, la decoración de sus tejados se completa con colores plácidos y vistosos que, a la luz de un sol suave, producen reflejos deslumbrantes, con una exquisita sensibilidad. Ambos presentan forma de silla de montar elefantes que sostienen torres similares a las que se contemplan en pinturas indias y en algunos ejemplos de la pintura mural románica peninsular. El espectador no ve, en un primer momento, la cabeza del animal, pero una vez en el interior, en la actual librería, se puede apreciar un enorme techo ondulado como el paladar de un elefante. Los ventanales se asemejan a las orejas del paquidermo. A un lado se erige la torre como una trompa erecta. Gaudí concibió el complejo de la entrada como un gran rompecabezas, con un marcado carácter de utopía infantil, pero enfocada tanto a los pequeños como a los mayores, en el que las piezas se tenían que descifrar y emparejar. Para la construcción de éstos pabellones se emplearon materiales y pinturas humildes, combinando técnicas tradiciones con elementos modernos prefabricados, gracias en parte a la fábrica de cementos propiedad de la familia Güell. El trencadís, o mosaico de cerámica rota a trozos manualmente, que Gaudí elevó a categoría de arte, recubre las cubiertas, dotándolas de gran flexibilidad. El pabellón de la derecha era la conserjería. En él vivía un empleado de los Güell, acompañado por su hermana. Presentaba sala y cocina en la planta baja; dormitorios y salón en el primer piso; y golfas o buhardillas, con una chimenea en forma de seta, bajo el tejado. El pabellón de la izquierda es de dimensiones más reducidas. Como el anterior también está coronado por una seta. De todos es conocida la atracción que sentía Gaudí hacia las curiosas formas de las setas. Las amanitas son conocidas por sus efectos alucinógenos y por su utilización en ceremonias religiosas ancestrales para entrar en tránsito, en estados de euforia o inhibición, sueños o viajes. El Park recogía en su simbología lo esencial de la vida de sus dos creadores, que se fundía con elementos y figuras de profundo sentido religioso, masónico y alquímico. Se reflejaban los aspectos positivos y negativos de la magia blanca y la negra, según la moral del catolicismo y de la masonería del cambio de siglo.
obra
La escalera del Park Güell, que asciende entre muros con almenillas, presenta en el centro unos pequeños estanques que generan saltos de agua. Todos ellos decorados con trencadís. El primero de ellos muestra un compás graduado y un círculo del que surgen dos palos hacia arriba y dos hacia abajo: Los instrumentos del arquitecto y del constructor, que coinciden, evidentemente, con los de la masonería (no olvidemos que masón significaba "maestro de obras", como la figura del Dios medieval que se erigen en el gran arquitecto que con ayuda de un compás dibujaba el círculo del mundo o del universo). En el mismo nivel se encuentran representados corales, símbolos de la piedra en estado primigenio, la materia prima que el alquimista ha de purificar en su interior. En el primer rellano de la escalera se encontraba una losa hexagonal con la inscripción "Reus 1898" y una copa de cava. Hacían alusión directa a sus raíces en la comarca del Camp de Tarragona, y a la celebración que, con motivo de la compra de los terrenos, reunió al marqués de Asma, propietario de los mismo, a Güell y al propio Gaudí, quien también celebraba su cuarenta y cinco aniversario, edad en la que podía recibir el grado de Gran Maestro Arquitecto de la logia masónica a la cual pertenecía. A ambos lados de las escaleras, baldosas hexagonales, cóncavas y convexas, que nos remiten a las celdas de las abejas, símbolo del trabajo y vida en comunidad, tanto en sentido social como espiritual. En el segundo tramo de la escalera, el escudo de Cataluña que da al Park su profundo sentido catalanista, que siempre quisieron remarcar sus creadores. La escalinata, inspirada en la de la Plaza de España, en Roma, construida por De Sanctis el año 1723, no indicaría que se trataba de una obra de Cataluña en España. Del centro del escudo surge la cabeza de una serpiente de color broncíneo, semejantes a las de Moisés o Asclepio, usadas para defender a su pueblo de las plagas. También se parecían incrustaciones de frutos de eucalipto. Todo ello en clara alusión al propio Güell como autor de un tratado contra las epidemias bajo el título "La inmunidad por las leucromías". El tercer tramo aparece ocupado por una salamandra que se aferra a los costados del estanque. La salamandra, representación animal del fuego, como la designa los colores de su cresta. En el cuarto tramo una figura marrón. Su parte baja es un trípode como el que utilizaba la pitonisa de Delfos cuando recitaba su oráculo, transformada por los humos de vapores de pino y sustancias aromáticas. Tras los trípodes, un banco para reposar y gozar con la contemplación de la panorámica, en el que da el sol en invierno y la sombra el resto del año. Se asemeja a una boca abierta, una boca trágica, con el labio inferior tenso por la profundidad del llanto.
obra
Gaudí, para dotar de mayor amplitud al espacio dedicado a mercado en el Parque Güell eliminó algunas columnas. En el lugar correspondiente a cada una de ellas en el techo, el arquitecto emplazó unos plafones circulares decorados con trencadís de porcelana, cerámica y vidrio. Para su diseño y realización contó con la inestimable ayuda de uno de sus más estrechos colaboradores: Josep Maria Jujol. Los cuatro plafones mayores representan las estaciones del año. Los restantes catorce, de menores dimensiones, sugieren la luna y sus ciclos, el mes lunar y el mes femenino de veintiocho días.
monumento
El Park Güell se encuentra emplazado en la barcelonesa montaña del Carmelo, que junto con la Creueta y la Montaña Pelada separan los barrios de Gracia y Horta del resto de la Ciudad Condal. En la actualidad el Park (siempre lo denominaremos así por ser la manera en que lo bautizó Gaudí, en alusión a su idea de parque a la inglesa) es uno de los lugares de interés culturales y turístico más visitados de Barcelona. En 1899 el industrial y mecenas de las artes Eusebi Güell decidió la compra de la finca conocida como Can Muntaner de Dalt, para dar forma a su proyecto de construcción de una Ciudad Jardín, que contaría con un total de sesenta parcelas urbanizables. La compra de los terrenos coincidió con un momento de euforia urbanística en Barcelona. Desde el derribo de las murallas medievales, a mediados del siglo XIX, la nueva burguesía industrial catalana había demostrado un gran interés en la construcción de nuevas viviendas en zonas, hasta aquel momento poco explotadas, que ofrecían mejores condiciones de vida, siendo el ejemplo más paradigmático el Eixample (Ensanche) de Barcelona. La barriada del La Salud, lugar en donde se encontraba Can Muntaner de Dalt, es una zona con una compleja orografía, que presentaba diversas dificultades para la construcción de viviendas. Popularmente todo el barrio era conocido como La Muntanya Pelada. Güell confió la obra a un joven arquitecto de su total confianza: Antoni Gaudí i Cornet. Éste proyectó una compleja red viaria que cruzaba, y salvaba las pendientes. Dotó al complejo de un mercado cubierto, una gran plaza y parcelas. El desarrollo del proyecto se llevó a cabo entre los años 1900 y 1914. Únicamente se llegaron a construir dos viviendas: la propia Casa Gaudí (en realidad era la Casa-Muestra) y la Casa Trias. La ciudad soñada por Güell partía de los modelos utópicos de Garden City inglesas, nacidas como reacción a las aglomeraciones urbanas, a la superpoblación y a las condiciones insalubres herederas directas de la Revolución Industrial. No se trataba del único proyecto de similares características nacido en la capital condal, unos años antes el ingeniero Ildefons Cerdà planteó su Eixample de Barcelona dentro de unas directrices muy parecidas. El proyecto, muy atractivo, no tuvo el éxito esperado entre la burguesía barcelonesa, convirtiéndose rápidamente en un estrepitoso fracaso. Los motivos hay que buscarlos en la lejanía de la ciudad y en la incomodidad para los desplazamientos y para la construcción de las casas que presentaba el territorio. Ante este estado de las cosas no constituyó ninguna sorpresa que los herederos de Eusebi Güell abandonaran el proyecto a la muerte de éste, acaecida en 1918. Poco tiempo después el propio Antoni Gaudí decidió vender su casa a un reconocido constructor de pianos italiano llamando Chiappo Arietti. Gaudí, por su parte, se mudó a sus dependencias en la Sagrada Familia, vivienda que no abandonó hasta su muerte. Cuatro años después, en 1922, el Ayuntamiento de Barcelona decidió comprar la urbanización con la idea de convertirla en parque público. En 1984 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En ese momento se procedió al inicio de diversas campañas de restauración dirigidas por los arquitectos Elies Torres, J. A. Martínez Lapeña, Joan Bassegoda i Francesc Maña.
obra
Fotografía cedida por el Servicio de Promoción e Imagen turística del Gobierno de Navarra.