Poco después de su intervención en el Hospital de Santa Cruz de Toledo el cardenal Tavera encarga a Covarrubias la remodelación de los palacios arzobispales de Alcalá de Henares. En esta ocasión, se trataba de regularizar, mediante una drástica intervención, un conjunto de edificaciones medievales que ya habían sido reformadas en tiempos de Cisneros para convertirlas en un verdadero palacio del Renacimiento. Para ello construyó una monumental fachada, cerrada por una galería de arcos rebajados sobre dos pisos de huecos platerescos, un amplio y proporcionado patio, articulado con dos órdenes de columnas que soportan medios puntos en la parte baja y dinteles con zapatas en la superior, y una magnífica escalera donde se concentraba un complejo conjunto decorativo a base de temas heráldicos, trofeos y elementos fantásticos de carácter anticuario. Obras que en su totalidad constituyeron un conjunto de experiencias que necesariamente tuvo que considerar cuando, años más tarde, se le encargó la transformación del viejo alcázar madrileño.
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monumento
Este palacio sufrió un importante incendio, por lo que del palacio primitivo sólo se conserva la nave correspondiente a la entrada principal, abierta a la plaza de Bibarrambla y reedificada en los primeros años del siglo XVIII. El palacio presentaba tres plantas con ventanas dobles las dos superiores y un arco de medio punto de acceso en la inferior. La colección de cuadros que se conserva en el palacio es bastante interesante, especialmente la parte dedicada al siglo XVI.
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Situado en la Plaza de Santa María la Real, este edificio comenzó a construirse en 1732 y llegó a su conclusión en 1736. Su arquitectura ha pasado a la historia como una de las muestras más representativas del barroco pamplonés. De planta rectangular, en esta construcción de tres alturas se distinguen tres fachadas. El zócalo de sillería se opone a las paredes en ladrido visto y aparece rematado por una galería de arcos. En esta fachada predomina el estilo churrigueresco. Además de ser la sede administrativa del episcopado navarro, es archivo diocesano y vivienda del arzobispo.
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El palacio arzobispal está situado en la plaza de la Virgen de los Reyes, en pleno centro de Sevilla, formando un hermoso conjunto monumental con la Catedral y la Giralda. Es el segundo palacio barroco más importante de la ciudad, sólo superado por el de San Telmo. Desde 1969, es reconocido como Monumento Nacional. El actual edificio se alza sobre el antiguo palacio de Don Remondo de Losana, obispo de Segovia y primer obispo de Sevilla tras la reconquista cristiana, en tiempos de Fernando III. El edificio, a su vez, se asentaba sobre antiguas edificaciones romanas y almohades. Se fue ampliando con el paso de los siglos hasta alcanzar el tamaño que puede verse hoy. Fue sede no sólo de obispos sino también de militares, nobles y otras dignidades eclesiásticas. Desde 1810, albergó la Comandancia General del Ejército y fue residencia del mariscal Soult y sus oficiales, asentados en Sevilla durante la guerra de Independencia. Se trata de un edificio de grandes dimensiones con fachada y portada en piedra de estilo tardobarroco, del siglo XVII, obra de Lorenzo Fernández de Figueroa y Diego Antonio Díaz. Los dos patios manieristas sobre los que se estructura su trazado fueron construidos entre los siglos XVII-XVIII, destacando la majestuosa escalera de mármoles de colores decorada con pinturas; la escalera es obra de Fray Manuel Ramos. Al fondo del segundo patio se abren las dependencias del Archivo General del Arzobispado, que reúne documentación eclesiástica de toda la archidiócesis hispalense. La esbelta cúpula está adornada con pinturas murales. En los diferentes salones con los que cuenta se pueden ver pinturas de diferentes artistas, sobresaliendo las de Murillo. Por último, destaca la pinacoteca de palacio, únicamente superada por el Museo de Bellas Artes y la Catedral. Hay 296 pinturas, de los siglos XVI al XX, predominando las colecciones barrocas de las escuelas italiana, española y holandesa.
obra
La traza de este palacio, o mejor, villa suburbana, es de Maderno (1625), que construyó sus alas laterales y dispuso las fachadas. A su muerte, Bernini (1629-32) reordenó su fachada principal y la escalera de honor y levantó, en el flanco derecho del jardín, el escenográfico capricho del ponte ruinante. A Borromini, asistente de ambos (1628-32), se atribuyen las ventanas laterales altas de la logia principal y la escalera oval. Hasta 1653 no se desfondó el atrio.
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Maderno diseñó el atrio del Palazzo Barberini como una especie de ninfeo en el que destacan la serie de hornacinas decoradas con estatuas antiguas de la amplia colección familiar.
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En Roma desde 1619, Borromini trabajó en los tajos de San Pietro como tallista, marmolista y estucador, siendo acogido por Maderno, pariente lejano, que pronto lo empleó como colaborador y diseñador en Sant 'Andrea della Valle (suya es la linterna) y en el palacio Barberini. Muerto Maderno, continuó como principal ayudante de Bernini, que le dio libertad diseñadora, sobre todo en el palacio Barberini (la escalera de caracol y la fachada al jardín serán suyas) y en el gran Baldaquino (el coronamiento es invención suya). Precisamente, en estos trabajos fue donde se gestó el fuerte conflicto que, por contraste de gusto y diferente interpretación de los detalles arquitectónicos, evidenciaba unos objetivos lingüísticos irreconciliables.
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Este palacio fue concebido como residencia regia para acoger a la familia del papa reinante, Urbano VIII. La mansión debía mostrar el fasto y el esplendor del Barroco por lo que se eligió al mejor arquitecto del momento: Carlo Maderno, sustituido posteriormente por Borromini, Bernini y Pietro da Cortona. Se trataba de un enorme proyecto integrado por un cuerpo central articulado en dos largas alas paralelas que continuaban de manera armoniosa las faldas del monte Quirinal. Los Barberini no dudaron en desmantelar parte del Coliseo y del Panteón para lograr materiales de construcción para este palacio.