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Cuando terminaba el invierno de 1941-42, que tantos desastres había deparado a las tropas nazis, Hitler disponía de un ejército de casi cuatro millones de hombres (un 20 por 100 eran tropas aliadas) con no menos de 10.000 cañones de campaña, 4.000 tanques y un número similar de aviones (1). El Führer parecía haber escarmentado de sus errores de la campaña anterior y, en vez de lanzarse en busca de varios objetivos a la vez, centró sus miras en un sólo y grandioso proyecto: tomar el Cáucaso. Con ello, anularía un alto porcentaje de la capacidad industrial soviética, privaría a Stalin de los importantes recursos agrícolas, minerales y humanos de la región y obtendría petróleo para el III Reich, terminando con la angustiosa penuria alemana de combustible. Con el Cáucaso en sus manos amenazaría la retaguardia del imperio británico y sus fuentes de combustible y, muy probablemente, atraería a Turquía al campo bélico del Eje. Un grandioso sueño al que se opondría el ejército soviético, con unos cinco millones de hombres, 30.000 cañones, 6.000 tanques y unos 10.000 aviones. Frente a esta ventaja, Alemania era superior en la concepción de la guerra de movimientos y en la calidad de su aviación (2) a lo que hay que añadir la concentración de tropas soviéticas para la defensa de Moscú, mientras Hitler había congregado casi la mitad de sus efectivos en el frente sur, escenario de su gran mazazo. Entre el final de la primavera y el verano de 1942 se produjo un rosario de victorias germanas que pusieron a la URSS al borde del K.O. Bajo la sombra de la esvástica cayeron Kerch, Jarkov, Sebastopol, Oskol, Voronetz, Rostov. Moscú perdía cientos de miles de kilómetros cuadrados y cerca de 800.000 hombres (cuando se habla de bajas en general, se entiende muertos, heridos, desaparecidos y prisionero) 2.000 tanques, 4.000 cañones y más de 1.000 aviones. Dos ejércitos soviéticos estaban bajo la amenaza de cerco en la curva del Don y Stalingrado quedaba al alcance de los nazis. El Cáucaso parecía presa segura. Pero en ese momento Hitler, contra la opinión de sus generales, volvió a cometer el mismo error que un año antes, dividir sus fuerzas: la toma o destrucción de Stalingrado se convirtió en operación tan prioritaria como la ocupación del Cáucaso. Sus ejércitos del sur (73 divisiones alemanas y 26 de los países aliados) (3) fueron divididos en "A" y "B". El primero, debería apoderarse del Cáucaso, el segundo, tomaría Stalingrado, formaría un frente Don-Volga y, posteriormente, descendería el curso del Volga hasta Astrakán. Hitler no supo advertir que sus fuerzas se desperdigarían por un frente de más de 2.000 kilómetros, perdiendo penetración y haciendo muy difícil su abastecimiento. Estaba convencido de que la URSS agonizaba. Según el general Halder, jefe del Estado Mayor alemán -que pronto tendría que dimitir-, cuando alguien dijo en presencia de Hitler que Stalin estaba reponiendo rápidamente sus ejércitos perdidos y que sus fábricas contenían 600 tanques al mes, el Führer estalló colérico: "Eso es imposible, ¡deje usted de decir imbecilidades!" Pero los problemas comenzarían pronto. Los ejércitos "B" debieron ceder el grueso de sus fuerzas acorazadas (IV Ejército blindado, general Hoth) al grupo "A" . La consecuencia inmediata es que fueron frenados en el Don, permitiendo el ordenado repliegue de dos ejércitos soviéticos hacia Stalingrado, que comenzó a disponer su defensa. Esto, como se verá, resultó nefasto para los planes de Berlín. Hacia el Cáucaso, sin embargo, progresaron los alemanes con gran rapidez y tan fácil le pareció a Hitler aquella empresa que el 30 de julio volvió a cambiar de planes. Stalingrado debía ser tomada a toda costa porque Stalin no abandonaría la ciudad que llevaba su nombre. Allí la Wehrmacht destrozaría el grueso de las tropas que aún quedaban a la URSS. En consecuencia, ordenó que Hoth volviera con sus tanques al grupo del ejército " B", mimados en adelante por la logística alemana. Entretanto el grupo "A", falto de carburante y de todo tipo de abastecimientos, avanzaba lentamente (4). El jefe del I Ejército blindado, general Kleist, decía en septiembre: "Ante nosotros, ningún ruso; a nuestras espaldas, ningún suministro". Fue tal la carencia de combustible que hasta los camiones cisterna quedaron paralizados, con lo que el carburante debía transportarse en avión o ¡a lomos de camello! Con todo, guinda en la tarta de Hitler, el 21 de agosto era colocada la bandera nazi en la cima del monte Elbrus, 5.633 metros, cumbre de la cordillera del Cáucaso. En adelante, sus progresos serían poco significativos y no conseguirían tomar el Cáucaso; sus tropas resultaron pocas para romper un frente de más de 1.000 kilómetros (5). La escasa resistencia soviética fue creciendo poco a poco a favor de las dificultades naturales, de las líneas defensivas preparadas (6) y del progresivo debilitamiento del ejército alemán que, además de los problemas reseñados, hubo de ceder unidades para el asalto a Stalingrado y buena parte de sus antiaéreos. Más aún, aunque los ejércitos "A" consiguieron ocupar algunos campos petrolíferos, no lograron aprovecharse de ellos, pues antes de abandonarlos, los ingenieros soviéticos los inutilizaron a fondo. Los de Maikop, por ejemplo, no volvieron a producir hasta 1948.
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El plan trataba de situar en Francia, como mínimo, a un millón de hombres y decenas de miles de vehículos de todo tipo. En un primer momento se pensó emplear tres divisiones para el desembarco, y varios cuerpos de Ejército con tres-cuatro divisiones cada uno en una segunda fase. Montgomery consideró que estas fuerzas eran demasiado exiguas, que el sector a atacar era muy estrecho y que el número de barcos era escaso. Finalmente se aceptó que el desembarco lo efectuasen cinco divisiones, precedidas por dos o tres divisiones aerotransportadas. Montgomery doblaba también el número de dragaminas y aumentaba el de buques de guerra, quería otras 1.000 lanchas de desembarco (había pocas disponibles y su construcción fue una de las razones para el retraso de la invasión de mayo a junio, para disponer de otro más de producción), y deseaba que se llevasen a cabo bombardeos estratégicos sobre Alemania y Francia para destruir la infraestructura industrial y viaria. (Sin olvidar la ofensiva simultánea soviética en el este). Todo esto mejoraba el plan inicial. Pero aún había que resolver un sinfín de problemas técnicos: eran necesarios equipos especializados, material especial, etc. El desastre de Dieppe había servido de lección: se necesitaba una cobertura de fuego mucho más poderosa, carros de combate desde el primer momento del desembarco y debería haber una aplastante superioridad aérea. El plan final era mérito de Montgomery, de Ramsey y de Leigh-Mallory. El problema del Día-D era embarcar a 185.000 hombres y 20.000 vehículos, y luego mantener un flujo de tropas y material constante. La vanguardia aerotransportada llevaría a Francia 20.000 hombres y a su material en planeadores y transportes (1.087 aviones), para neutralizar la reacción enemiga y sus defensas. En una segunda fase se trataba de situar en Francia a una fuerza que creara cabezas de playa (cinco divisiones), apoyadas en su desembarco por aire y mar (10.000 aviones y miles de barcos que avanzarían hacia la costa disparando su artillería), a las que luego se iría reforzando con nuevas fuerzas hasta formar un frente continuo y único, y luego proseguir todos juntos la ofensiva, La flota de invasión, pieza fundamental del Dia-D se compondría de 138 buques de guerra de gran tonelaje, 1.000 buques de guerra, 4.200 unidades de desembarco autopropulsadas y remolcadores, 1.200 mercantes, 1.500 embarcaciones de todo tipo (chalanas, barcazas, dragaminas, corbetas, etc.), estadounidenses y británicas sobre todo, pero también canadienses, franceses, noruegos, griegos, polacos, holandeses, etc. En la costa francesa se formaría un puerto artificial que permitiera el desembarco rápido de varios barcos a la vez, compuesto por 136 grandes bloques de cemento, que se utilizarían como muelles. Dieppe había hecho ver que era casi imposible ocupar directamente un puerto importante intacto, y que, aunque se conquistase más adelante Cherburgo, era importante disponer de puertos a mano. Los dos puertos prefabricados (Mulberry A y B, cada uno de 6.044 Tm) serían remolcados desde Inglaterra y anclados o hundidos en Normandía (luego, sólo uno podrá ser utilizado, por desperfectos causados por una tormenta en el otro, situado en el sector estadounidense). Además, 70 viejos buques deberían ser hundios junto a la costa, como diques auxiliares. Se emplearían Unidades Whale, Phoenix, Beetle, etc., masas de cemento que eran verdaderos trozos de carretera, puentes flotantes y cabezas de malecón, todo ello prefabricado. Otro problema lo planteaba la construcción de instalaciones de suministro de carburante para vehículos y aviones: la solución fue el PLUTO, o Pipe-Line-Under-the-Ocean, a través del cual se envió carburante desde Inglaterra a Cherburgo y a Ambleteuse (pero comenzó a funcionar sólo 41 días después de la invasión). Era imprescindible disponer de elementos que facilitasen el desembarco de vehículos y carros, la limpieza de los campos de minas, el aprestamiento de vías de acceso y otros medios que permitiesen salvar los obstáculos del terreno o los artificiales. Para ello, junto con los tractores y excavadoras normales, se modificaron carros de combate con ingeniosos sistemas de protección, ataque y de ingeniería. La idea fue del general británico sir Percy Hobart, que creará y mandará una unidad (una división completa, la 79.? Acorazada) que, repartida entre las distintas fuerzas, será de enorme utilidad en el momento del desembarco: se instalarán planchas adicionales en los carros norteamericanos Sherman; otros Sherman serán convertidos en Crabs (cangrejos) contraminas; otros carros serán convertidos en AVRE para el tendido de puentes; carros Churchill serán Cocodrilos, con lanzallamas; otros Churchill podrán lanzar poderosas cargas explosivas contra los fortines y casamatas enemigas; se construirán carros anfibios, los DD (Duplex-Drive) que podían llegar a tierra por sus propios medios; se acorazarán excavadoras y bulldozers; y se crearon otros muchos ingenios más. A todos ellos se les dará el nombre familiar de los Funnies de Hobart (algo así como los raros de Hobart). Los británicos harán gran uso de ellos; los norteamericanos se mostrarán irónicos y despectivos sobre su eficacia: Eisenhower encargará algunos DD, pero Bradley, que iba a ser el comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses desembarcadas en la primera fase, se negará a encargar otros modelos de Funnies, lo que tendrá consecuencias negativas, como veremos. A la preparación técnica se unirá la táctica. Las tropas serán adiestradas exhaustivamente. Los ejercicios serán constantes y agotadores. La tropa quedará deshecha pero con confianza en su preparación. En lo posible, se reprodujeron con maquetas y sobre el terreno en las costas de Inglaterra los escenarios reconocidos y fotografiados, también exhaustivamente, por la aviación y los submarinos, de la costa normanda, prácticamente sin ser molestados por la marina o la aviación alemanas. (6)
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Los objetivos más importantes del Gobierno imperial chino eran: la explotación de los recursos naturales de forma tan completa como fuera posible; el mantenimiento del prestigio y del poder imperial, la recaudación de tributos, la conservación de la disciplina civil y el atender a la defensa efectiva de China contra sus enemigos. Mas el Gobierno imperial adolecía de tres grandes debilidades: los fallos del sistema de reclutamiento, las dificultades en la delegación de autoridad y la importancia que se daba a los aspectos formales en detrimento del fondo. La necesidad de emplear extranjeros como jefes del ejército surgió, en parte, como consecuencia del desprecio que se sentía por la carrera de armas, y la dificultad de mantener en manos chinas las defensas imperiales apropiadas suponía un evidente peligro para el Gobierno. La falta de funcionarios íntegros impedía a veces que se juzgaran rectamente los proyectos administrativos que se proponían. Y la formación académica de los funcionarios alentaba la tendencia conservadora y dejaba pocas posibilidades a la innovación. La conservación deliberada de estructuras fuera de uso conducía fácilmente al abuso de poder o al fracaso del gobierno en el cumplimiento de sus obligaciones. A las críticas racionales contra las prácticas existentes se oponía el argumento de que se mantenían tradiciones muy arraigadas de las que no se debía prescindir.
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La idea central del ataque a Rusia era derrotar rápidamente a su Ejército, llegar a la línea Volga-Arkangel y, desde allí, destruir mediante ataques aéreos las reservas e instalaciones de la Rusia asiática. Simultáneamente se llevaría a cabo la explotación económica masiva de los territorios que se concretaba en el Plan Oldenburg, basado en la idea de apoderarse de los aceites y semillas oleaginosas de la URSS y del combustible del Cáucaso para trasladarlos a Alemania. Ello suponía la muerte por desnutrición de millones de personas. El plan de ataque estaba listo en noviembre de 1940, pero la invasión de Grecia por los italianos alteró el programa. La inestabilidad provocada por la derrota italiana obligó a Hitler a acelerar la conquista de los Balcanes y aplazar su campaña contra Inglaterra. Después, la decisión de invadir la URSS obligó a posponer la operación León Marino y supuso la guerra en dos frentes, algo que ya había sido fatal para Alemania en la Primera Guerra Mundial. Mientras los preparativos de invasión avanzaban, se mantenían unas teóricas buenas relaciones entre Berlín y Moscú; de modo que el 10 de enero de 1941 se firmó un nuevo tratado sobre cuestiones fronterizas y económicas. Sin embargo, en los asuntos balcánicos existía tensión: históricamente Rumania y Bulgaria eran una zona conflictiva entre el expansionismo germano y el eslavo. Stalin no estaba dispuesto a ceder en este punto, pero los campos petrolíferos rumanos eran esenciales para los alemanes y estaban amenazados por un hipotético ataque aéreo soviético en caso de conflicto. El grueso de las fuerzas acorazadas y motorizadas fue relevado de Europa occidental y trasladado al Este. El plan no difería esencialmente de los anteriores ataques alemanes: la clave eran las diecinueve divisiones panzer que marcharían en vanguardia y que representaban sólo la décima parte de la fuerza de invasión. El Ejército alemán había duplicado en un año el número de tales divisiones acorazadas, pero no había aumentado sus efectivos, sino desdoblado las unidades en otras menores. De modo que aumentaron las tropas auxiliares, pero no el número de carros de combate. Hitler confiaba en que la inferioridad técnica del Ejército ruso compensase esa deficiencia y que el desarrollo de los tanques tipo Mark III y IV, mucho más potentes y mejor artillados que los de 1940, aumentara suficientemente la capacidad de las piezas para no resentirse de los menores efectivos. Así, la campaña de Rusia se inició sólo con ochocientos tanques más que los empleados para el ataque al oeste de Europa. Pero el principal problema de la invasión a la URSS no era táctico, sino logístico: el frío, la falta de comunicaciones y los enormes espacios eran los generales que habían derrotado a Napoleón. Para invadir y dominar Rusia se precisaba un equipo que los alemanes no tenían y una buena red de comunicación. Europa occidental estaba reticulada por magnificas carreteras que posibilitaban el avance del Ejército. Porque, tras las puntas de flecha blindadas, el grueso de las tropas y los suministros debían avanzar en camiones, en carros y a pie. También una buena red de ferrocarriles era esencial para la vida del Ejército y las posibilidades de una invasión. Nada de ello existía en Rusia cuando los alemanes se alejaron de la frontera. Y la excesiva confianza en el hundimiento de la resistencia rusa no les hizo valorar esas dificultades. Por otro lado, el ataque a la URSS era un balón de oxígeno para Inglaterra y le permitía, no sólo mantener la resistencia en la isla, sino impulsar la campaña del norte de África, con todos los riesgos que ello comportaba para la estrategia general alemana. Todo se agravó cuando Hitler, frente a las teorías de Guderian, impuso una forma de invasión conservadora y lenta. Los partidarios de métodos audaces creían que los destacamentos acorazados debían penetrar lo más rápidamente posible en el territorio soviético, para colapsar la resistencia, como se había hecho en Francia. Hitler y los generales más conservadores impusieron la táctica de avanzar rápidamente, pero deteniéndose para constituir grandes bolsas de prisioneros rusos. Sin duda esta práctica tuvo efectos espectaculares, en cuanto al número de soldados enemigos capturados, pero retrasó la penetración alemana y permitió la llegada del invierno mucho antes de que la invasión estuviera concluida.
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A finales de los años 20, el movimiento surrealista sufre una grave crisis de experimentación. André Breton trata de subsanarla escribiendo en 1930 el Segundo Manifiesto Surrealista y encargando a Dalí y André Thirion la búsqueda de nuevos proyectos. A Dalí se le ocurre la creación de objetos surrealistas, dando lugar a una de las etapas más fructíferas del movimiento. En el número tres de la revista "Le surréalisme au service de la révolution", de 1931, Salvador Dalí mostraba seis tipos de objetos surrealistas: Objeto de funcionamiento de origen automático, objetos transubstanciados de origen afectivo, objetos para proteger de origen onírico, objetos envueltos de fantasías diurnas, objetos mecánicos de fantasías experimentales y objetos moldeados de origen hipnagógico. En realidad, había partido de investigaciones contemporáneas como las de Giacometti y su Globo suspendido pero también de construcción de Dadá como las de Marcel Duchamp. Los objetos que crea el artista catalán son, sobre todo, sorprendentes y complicados en su movimiento mecánico. En "This Quarter", publicación del año 1932, Dalí explicaba el proceso de construcción de este objeto, hoy en día reconstruido de modo diferente y del que existen algunos ejemplares: "Un zapato de mujer en cuyo interior se ha colocado un vaso de leche, en el centro de una pasta dúctil del color de los excrementos. El mecanismo consiste en dejar caer un terrón de azúcar en el que se ha pintado un zapato con objeto de ver primero el terrón y luego el zapato deshacerse en la leche. Diversos accesorios (un mechón de vello púbico pegado a otro terrón, una pequeña fotografía erótica) completan el objeto, que incluye también una caja de terrones de azúcar de repuesto y una cuchara especial que sirve para remover los perdigones que hay dentro del zapato". Esta obra fue reconstruida en 1975.
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Antes de analizar los objetos artísticos de las culturas oceánicas convendría definir lo que consideramos arte, lo que entendemos por arte primitivo, y lo que entendemos por estética, para poder aplicar estos términos cross-culturally. La Historia del Arte occidental los utiliza en un sentido que les hace totalmente inadecuados para analizar creaciones de otras culturas, en especial de las calificadas como primitivas. Puesto que éstas no son productos del mundo occidental, es lógico que no se ajusten a sus principios. Por ejemplo, los objetos de fibra de coco, todo el ámbito artístico del mimbre, que se teje, se trenza, se enrolla, etc., no se ajusta en absoluto a los conceptos estéticos occidentales, donde el objeto tejido aparece, como mucho, dentro del mundo de los oficios. Sin embargo, las imágenes de paja trenzada de Tahití, constituyen una forma artística muy importante, más, incluso, que las de madera que, según criterio occidental, ocuparía un rango más elevado. Definiremos, pues, el arte como formas culturales, resultado de un proceso creativo que manipula movimientos, sonidos, palabras o materiales en el espacio y en el tiempo; estética, como los modos de pensar sobre esas formas; y arte primitivo, como aquél que no se entiende en los propios términos en que lo hace la cultura que los produce. Por desgracia, los occidentales suelen aportar muy poco esfuerzo para tratar de entender el arte primitivo como manifestación de tradiciones estéticas diferentes de las suyas, y aplican, casi siempre, para juzgarlo, el punto de vista occidental, que es, a su entender, el universal; lo cual se traduce en rechazo, provocado, inevitablemente, por el desconocimiento.
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El legado de la Edad de Bronce da señales de una religiosidad dominada por el culto al sol. El carro de Trundholm (Dinamarca) es una manifestación explícita del simbolismo del disco de oro. Distintos objetos, motivos artísticos (pictóricos o plásticos) responden, al parecer, a este mismo culto solar: los círculos radiados, las ruedas, las aves acuáticas, los toros o sus cuernos, los carros, los barcos, los personajes que viajan en esos carros o en esos barcos, etc. El hombre de la Edad de Bronce Final participó de la mentalidad propia del hombre de la Antigüedad, en grandes y pequeñas civilizaciones, e hizo del Ser que amanece por la mañana y desaparece por la noche una divinidad. Si este hecho es comprensible y demostrable, la verdadera dimensión del culto solar en la Europa iletrada es perceptible sólo a través de las ideas abstractas que puedan albergar algunos signos y algunas obras de arte. En el núcleo vital centroeuropeo de la cultura de Otomani se desarrolló un estilo cerámico, metalográfico y plástico, de gran efecto decorativo. Vasos y figurillas, en especial aquéllas del cementerio de Cirna (Olteria, Rumania) están recubiertos de motivos caligráficos repletos de lacerías, espirales y temas curvilíneos. Pues bien, en esta línea decorativa efectista, en el arte danubiano de la terracota destaca una estatuilla excepcional, lamentablemente perdida en la Primera Guerra Mundial. Procedía de un cementerio de Yugoslavia de la Edad de Bronce Media: Klicevac. Su aspecto era el de un ser que emite ráfagas de luz o de fuego, desde un mundo celestial o subterráneo. En el medio maleable del barro, y con procedimientos ornamentales sencillos (la incisión y la aplicación de pintura sobre los dibujos), el artífice supo sacar el mejor partido expresionista de particular estilo de decorar y pintar la cerámica. La figura de Klicevac vestía falda acampanada hueca, cubierta de franjas de dameros, recogidos entre bandas de zigzags. La cintura cilíndrica iba ceñida de estrías, de cuyo centro partían como marcando el punto medio de la figura, tres triángulos alargados. Tales triángulos apuntan hacia el tercio superior de la figura, donde se concentra todo su interés. Los brazos, moldeados como grandes rollos, convergen en el centro, junto a la placa colgante de un collar de broche circular. Tal ornamento se combinaba con un torques de puntas enrolladas en espiral. El torques deja ver, a la altura de la barbilla, una roseta estrellada. Dicho motivo se repite, por dos veces, en los pectorales abrigados entre los brazos curvos. Orejas, cejas y nariz se modelaron con intensidad plástica, sin debilitar el poder de comunicación de unos ojos grandes, redondos como platos, y equidistantes. El cabello, trenzado por detrás, está recogido en una especie de diadema denticulada. En la cúspide de la figurilla se repite, pues, el tema ornamental zigzagueante que se ha plasmado insistentemente en los brazos, en el vestido y en las rosetas. Desconocemos el auténtico sentido que la gente de Klicevac diera a esta esculturilla, y qué simbolizaba en el mundo danubiano de mediados del II milenio a. C.; pero, indudablemente, el artífice pensó en una figura con poderes sobrenaturales. Con estos antecedentes no nos sorprenderá que, pasado un tiempo razonable (a finales del milenio), se produjera en este territorio una obra de arte, excepcional por sus valores plásticos y culturales: el carruaje de terracota procedente del yacimiento fortificado, próximo al Danubio, de Dupljaja (Yugoslavia). El carro, de tres ruedas, va tirado por dos ánades erguidos, con collares al cuello, cuyos cuerpos se prolongan, cual timones del carro, hasta la caja del vehículo. El triciclo transporta a un personaje de sexo masculino, rostro aviforme, engalanado con torques y colgante de extremos en espiral, vestido con una túnica talar hueca, y revestido de ornamentos (círculos estampados o triángulos incisos) que se extienden por el resto de la pieza y son propios de la coroplastia local. Por delante de la figura, el carro de Dupljaja lleva un tercer pájaro que ocupa entonces la posición central en el carruaje. Se adivina de inmediato que la figura es un dios, y el pájaro su atributo. La divinidad de Dupljaja aparenta moverse por la fuerza de sus servidores-pájaros, y encontrarse en el proceso de transfiguración en su propio símbolo-pájaro. Si al carro se le atribuye la función ritual de representar el recorrido del astro solar, la figura que soporta es la propia divinidad del sol en comunión sagrada con el ánade. Al hallazgo de Dupljaja pertenece una tapadera que ha confundido a quienes han buscado para ella una explicación adecuada. Algunas reconstrucciones presentan a la figura con un parasol. De todas las conjeturas, la más convincente quizás sea la que considera a la tapadera de Dupljaja un útil del rito de tapar y destapar un símbolo, que bien pudo ser el propio pájaro. El pájaro, el sol y el carro van al unísono en Dupljaja. El pájaro, el agua y el carro se reúnen en los vehículos que transportan vasijas de bronce, como se manifiesta en los llamados kettle vehicles ((Acholshausen, y Peckatel). En otro ejemplar de carro ritual, el carro de Eiche (Potsdam), la asociación del pájaro acuático se produce con el testuz y cornamenta del toro. Este animal asoma al culto solar, como el caballo, en virtud de las fuerzas superiores que conllevan, tan poderosas como las del propio sol. Ante estos antecedentes, es razonable otorgar a la omnipresente figura del pájaro acuático un sentido religioso. Incluso en objetos mucho menos explícitos que los hasta aquí recordados, la iconología solar puede jugar un papel importante. Sin que la significación religiosa del pájaro pueda tomarse por definitiva, la presencia del volátil en otros objetos, de finalidad no precisamente prosaica, apuntaría en esa dirección. Más que un mero papel ornamental podrían tener los pájaros en el fondo de un plato del ajuar de una incineración en el yacimiento de la cultura de Lausitz, de Klein Dobbern (Cottbus, Alemania). Otra equivalencia, además de la ornamental, pudieron tener asimismo las aves que se posan en un doble garfio, bronce, de Dunaverney (Condado de Antrim, Irlanda), que probablemente hemos de interpretar como utensilio usado en comidas y banquetes rituales. Se ha apuntado que tales objetos acompañarían a los calderos en dichas festividades y se usarían a modo de tenedores para extraer la carne contenida en aquellos recipientes y servida en ceremonias de ritual comunitario. El "flesh hook" de Dunaverney fue fundido en dos partes y estuvo originariamente montado sobre una vara larga de madera. Las aves que sobre él se posan han sido clasificadas como dos cisnes y sus tres pollos frente a dos cuervos. Del Bronce Final en Europa occidental llaman la atención unos objetos de chapa de oro, de forma cónica muy alargada. Inestables por su condición de cilindros apuntados, estos extraños recipientes terminan adoptando una base acampanada. En cualquier caso, tuvieron que sostenerse mediante un núcleo de madera. Hasta tres ejemplares de estos conos se han localizado: el aparecido en 1844 en los alrededores de Poitiers; el cono de Avanton; el más corto, también aparecido en el siglo XIX, de Schifferstadt, cerca de Ludwigshafen y el de Etzelsdorf, próximo a Nürenberg. La decoración en repujado de estos vasos se encuadra entre bandas de círculos, estrías y punteados, en los dos más simples (Avanton y Schifferstadt), o se complica con diversas variantes de medallones en las franjas, y cintas geométricas de separación, en el más complicado y atractivo de los ejemplares: el cono de Etzelsdorf. Tan singulares objetos es de suponer que hayan dado pie a opiniones de todos los gustos. Con el simpático calificativo de sombreros aún se los identifica vulgarmente. Se les ha llamado, naturalmente, rhyta, dando a entender su función de vaso ritual. Ha habido quien ha pensado en un carcaj de ceremonia, etc. El nombre de cono es, quizás, el menos comprometido a la hora de evitar las dificultades de interpretación. H. Müller-Karpe ha sugerido la hipótesis de que se trate de columnas ardientes, como las que guiaron al pueblo judío de noche en el desierto. J. Briard, sin embargo, prefiere interpretar los conos como ejes del mundo, como símbolos, en definitiva, de la vida y del fuego; es decir, como objetos de culto solar de la Edad de Bronce. El arte de las navajas de afeitar nórdicas aceptó el motivo del barco con tanta determinación que lo encumbró a la esfera del mito. Algunas representaciones figurativas en estas hojas metálicas presentan al barco como plataforma de escenas de culto. En un dibujo de la hoja de Vestrup (hoy perdida) toman asiento sobre el barco figuras con cascos de cuernos y hachas ceremoniales. Por fortuna, en el arte pictórico rupestre se repiten las mismas o parecidas escenas sobre naves. De la sacralidad de la que fue objeto en Escandinavia el barco dio prueba el grabado de una nave de profunda quilla, proa y popa curvas, impulsada por múltiples remos que, como tema único, adornó la hoja de un sable procedente de Rorby (Dinamarca), catalogada entre los períodos I y II A Nórdicos (mediados del II milenio a. C.).
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La invasión del ámbito público por parte del Estado revolucionario llegó hasta los más íntimos rincones. La simbología revolucionaria se plasmó en el uso y decoración de objetos de uso cotidiano que empezaron a ser decorados con un "estilo republicano". Por doquier se reproducía la simbología y la estética de la Revolución, con escenas alusivas o alegorías. Muebles, espejos, útiles de aseo, complementos, ... comenzaron a reproducir los símbolos de la Revolución: dioses y diosas de la Antigüedad, alegorías de la Libertad o la Igualdad, retratos de héroes de la Revolución, etc.