Tras el Juramento de los Horacios el estilo de David se ha consolidado hacia la gran pintura de historia que le hará famoso. Sus cuadros muestran historias ejemplarizantes llenas de virtudes morales y cívicas extraídas de textos latinos y griegos. En esta ocasión, David ha elegido el suicidio del filósofo sofista Sócrates, maestro de Platón. Para documentarse adecuadamente, David se hizo asesorar por un estudioso de la filosofía, el padre Adry. David modificó los textos originales de Platón, que describen minuciosamente la escena y los asistentes de la misma. El objetivo de David era simplificar la escena, eliminando algunos personajes, como la propia esposa de Sócrates, así como simbolizar en las figuras asistentes las reacciones y consecuencias del suicidio. La historia remite a la condena de Sócrates a beber veneno, por haber criticado la tiranía que Critias ejercía sobre Atenas. Los discípulos de Sócrates se muestran desesperados por la medida, y uno de ellos, Crito, le propone al filósofo la huída. Sin embargo, Sócrates, en medio de la agitación, la tristeza y el dolor, se muestra entero y con el brazo en alto explica a sus alumnos que el filósofo debe enfrentarse con entereza a cualquier circunstancia de la vida y entre ellas, la muerte, el acto final de todo ser humano. Esta lección de autodominio será tan sólo aprovechada por Platón, que aparece al pie de la cama. Platón era un hombre joven cuando Sócrates murió, pero David le ha pintado con la apariencia de un anciano que reflexiona aislado del resto de la historia, simbolizando la madurez y capacidad intelectual que hechos como estos otorgaron al joven filósofo griego, sucesor del sofismo de Sócrates.
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José de Madrazo era el líder indiscutible del Neoclasicismo español tras el intervalo de la Guerra de la Independencia. Este Neoclasicismo se nutrió de las enseñanzas del francés David, el pintor oficial del régimen, que con su pureza de líneas y su capacidad sintética enseñó a los neoclasicistas españoles la mesura formal, que no emocional, del nuevo arte. En La Muerte de Viriato, Madrazo plantea la regla de las tres unidades, que se había extraído del teatro clásico: unidad de acción, unidad de espacio y unidad de movimiento. La propia escena parece de teatro, puesto que los telajes de la tienda del asesinado parecen los telones de fondo del escenario, que impiden que la mirada del espectador vague sobre otros motivos que no sean la escena principal. En ésta se priman el dolor y el sentimiento, la tragedia que significa para las tropas íberas la muerte de su jefe. Como en un friso clásico, las figuras se alinean a lo largo del espacio, perfectamente proporcionadas, armoniosas en sus movimientos hasta el punto de crear un ritmo visual que conduce la mirada desde la cabecera del muerto hasta el extremo izquierdo, donde la tienda se abre ante un ejército que espera ansioso saber la suerte de su comandante. La luz es diáfana, unitaria, y perfila los contornos de los objetos sin dar lugar a contrastes ni manchas. Tiene todas las características de un arte que pretende recuperar la esencia formal del clasicismo.
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Muerte del adelantado Francisco de Garay Pedro de Vallejo avisó a Cortés de la llegada y armada de Garay en cuanto la vio, y después de lo que con él había pasado, para que proveyese con tiempo de más compañeros, municiones y consejo. Cortés, cuando lo supo, dejó las armadas que hacía para Higueras, Chiapanac y Cuahutemallan, y se preparó para ir a Pánuco, aunque malo de un brazo. Y ya cuando pensaba partir, llegaron a México Francisco de las Casas y Rodrigo de Paz, con cartas del Emperador y con las provisiones de la gobernación de la Nueva España y todo lo que hubiese conquistado, y señaladamente a Pánuco. Por las cuales no fue; mas envió a Diego de Ocampo, su alcalde mayor, con aquella provisión, y a Pedro de Albarado con mucha gente. Anduvieron en demandas y respuestas Garay y Ovando: uno decía que la tierra era suya, pues el Rey se la daba; otro que no, pues el Rey mandaba que no entrase en ella teniéndola poblada Cortés, y tal era la costumbre en indias; de suerte que la gente de Garay padecía entre tanto, y deseaba la riqueza y abundancia de los contrarios, y hasta perecía en manos de los indios, y los navíos se comían en broma y estaban en peligro de fortuna; por lo cual, o por negociación, Martín de San Juan, guipuzcoano, y un tal Castromocho, maestres de naos, llamaron a Pedro de Vallejo secretamente y le dieron las suyas. Él, cuando las tuvo, requirió a Grijalva que surgiese dentro del puerto, según usanza de marineros, o se fuese de allí. Grijalva respondió con tiros de artillería; mas como volvió Vicente López, escribano, a requerirle otra vez, y vio que las otras naves entraban por el río, surgió en el puerto con la capitana; lo prendió Vallejo, mas luego lo soltó Ovando, y se apoderó de los navíos, que fue desarmar y deshacer a Garay; el cual pidió sus navíos, y gente mostrando su provisión real y requiriendo con ella, y diciendo que se quería ir a poblar en el río de Palmas; y se quejaba de Gonzalo de Ocampo, que le habló mal del río de Palmas, y de los capitanes del ejército y oficiales de concejo, que no le dejaron poblar allí al desembarcar, como él quería, por no trabar más pasión con Cortés, que estaba próspero y bienquisto. Diego de Ocampo, Pedro de Vallejo y Pedro de Albarado le persuadieron de que escribiese a Cortés en concierto, o se fuese a poblar en el río de las Palmas, pues era tan buena tierra como la de Pánuco, que ellos le devolverían los navíos y hombres, y le abastecerían de vituallas y armas. Garay escribió y aceptó aquel partido; y allí se pregonó después que todos se embarcasen en los navíos que fueron, bajo pena de azotes al peón, y a los demás de las armas y caballos, y que los que habían comprado armas, se las devolviesen. Los soldados, cuando vieron esto, comenzaron a murmurar y a rehusar; unos se metieron tierra adentro, a los que mataron los indios, y otros se escondieron; y así se disminuyó mucho aquel ejército. Los demás echaron por achaque que los navíos estaban podridos y abromados, y dijeron que no estaban obligados a seguirle más que hasta llegar a Pánuco, ni querían ir a morir de hambre, como habían hecho algunos de la compañía. Garay les rogaba no le desamparasen, les prometía grandes cosas, les recordaba el juramento. Ellos a hacerse los sordos; anochecían y no amanecían, y hubo noche en que se le fueron hasta cincuenta. Garay, desesperado con esto, envió a Pedro Cano y a Juan Ochoa con cartas a Cortés, en las que le encomendaba su vida, su honra y remedio, y en cuanto tuvo respuesta se fue a México. Cortés mandó que le proveyesen por el camino, y le hospedó muy bien. Capitularon después de haber dado y tomado muchas quejas y disculpas, que casase el hijo mayor de Garay con doña Catalina Pizarro, hija de Cortés, niña y bastarda; que Garay poblase en las Palmas, y Cortés le proveyese y ayudase; y se reconciliaron en grande amistad, Fueron ambos a maitines la noche de Navidad del año 1523, y almorzaron después de la misa con mucho regocijo. Garay sintió después dolor de costado con el aire que le dio saliendo de la iglesia; hizo testamento, dejó por albacea a Cortés, y murió quince días después; otros dicen que cuatro. No faltó quien dijese que le habían ayudado a morir, porque habitaba con Alonso de Villanueva; pero esto era falso, pues murió de mal de costado, y así lo juraron el doctor Ojeda y el licenciado Pero López, médicos que lo asistieron. Así acabó el adelantado Francisco de Garay, pobre, descontento, en casa ajena, en tierra de su adversario, pudiendo, si se hubiese contentado, morir rico, alegre, en su casa, al lado de sus hijos y mujer.
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Esta pintura de El Bosco probablemente formó parte de una serie dedicada a los Pecados Capitales, de la que también formaría parte la Nave de los Locos. Esta imagen se dedica al pecado de la Avaricia, y está adornada con todo tipo de elementos, tan del gusto de El Bosco. La escena se centra en la alcoba del moribundo, llena de demonios que esperan el alma del avaro. Su comportamiento en vida está simbolizado por el anciano, que echa monedas en un saco sostenido por un demonio. El saco está en un cofre bajo el que vemos más demonios escondidos. El avaro recibe la llegada de la Muerte, que porta unas flechas, una imagen común de las ilustraciones del Ars Moriendi, un libro muy conocido en la Edad Media. Ante la llegada de la muerte, el avaro extiende sus manos hacia un saco de monedas que otro demonio le roba, mientras que su ángel de la guarda implora por su alma al crucifijo que milagrosamente ha aparecido en la ventana. Sin embargo el moribundo no da señales de arrepentimiento y todo indica que los demonios conseguirán su propósito.
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Como en el caso del boceto de la Nave de los Locos, tenemos en esta ocasión un dibujo previo a una famosa obra al óleo de El Bosco, la Muerte del Avaro. Muy pocas cosas son las que cambian respecto de la obra definitiva, como son pequeñas variaciones en el gesto del moribundo, los objetos de caballería que se encuentran a la izquierda, o la ausencia del marco arquitectónico general en la escena.
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Es una escena de las más sobresalientes de todo el ciclo de la Basílica Superior de Asís en lo que respecta a la caracterización psicológica de los personajes y la expresión de sus sentimientos. El caballero de Celano, fiel devoto del santo de Asís, invitó a comer a San Francisco, que le prometió su salvación. Después de quedar tranquilo, sabedor del destino de su alma, el caballero murió, cuando los comensales se estaban sentando a la mesa. El estrépito de la muerte repentina del caballero hace que todos se levanten y asistan al muerto. Giotto dispone una composición con el motivo de la mesa puesta. Esta parte está recuadrada con las formas claras de la rica arquitectura de la casa del caballero. La horizontal que traza la mesa se va oscureciendo hacia la zona de la derecha, sirviendo de transición el tono claro de la capa de una mujer que se sorprende tras el suceso. En esta zona, todo es agitación y movimiento, expresiones abiertas de incredulidad y dolor, con el cuerpo del caballero de Celano tendido en el suelo. Mientras que un personaje ejemplifica la situación de los comensales volviéndose al santo, San Francisco, de pie y señalando con la mano, parece mucho más tranquilo y sosegado en sus actitudes que el resto. Evidentemente siente la muerte, pero sabe que el alma del difunto está a salvo.
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Muerte del Gobernador Don Juan de Villandrando Un sábado, a medio día, fue avisado como el navío del Provincial había tomado el dicho puerto de las Piedras, que es en la isla, cinco leguas del pueblo, y le dijeron que traía mucha gente de guerra con indios flecheros; y el cruel tirano, muy enojado y bravo, y blasfemando de Dios y de sus Santos, andaba muy orgulloso con sus soldados, apercibiéndolos para pelear con el fraile, pensando que traía mucha gente; y con este temor, por prendar más a sus soldados, que no se le osasen huir y se pasasen al fraile, diciendo: "de los enemigos los menos", mandó que bajasen a una cámara baja, que estaba en la dicha fortaleza, al Gobernador y a Manuel Rodríguez, alcalde, y a un Cosme de León, alguacil mayor, y a un Cáceres, regidor, y a otro Juan Rodríguez, criado del Gobernador, a todos en las prisiones en que estaban, y viéndolos el tirano tristes, por los consolar, les dijo que no tuviesen pena ni temor, que les prometía y daba su palabra que aunque el fraile trujese más soldados que cardones y árboles había en la Margarita, que no hay en ella otra cosa, y aunque todos sus soldados muriesen que ninguno dellos había de morir; que así lo tuviesen por cierto que él les aseguraba. Y con esto que les dijo estaban algo contentos y consolados; pero el dicho tirano tenía la condición conforme a su mala vida y obras, que jamás, o por gran maravilla, cumplió palabra que a nadie diese, y cuando aseguraba alguno, entonces lo quería matar o dañar, como esto se paresció este día; y a la noche, mandó que se fuesen a sus casas los vecinos de la isla y sus mujeres que tenía presas, porque no entendiesen lo que querían hacer; y después de todos idos, a gran rato de la noche, vino adonde estaba preso el Gobernador y todos los que arriba hemos dicho que estaban presos con él, un Francisco de Carrión, alguacil mayor del tirano, y con él otros soldados y negros con cordeles y garrotes; y fueron primero al Gobernador, y le dijeron que se encomendase a Dios, que había de morir; y él respondió que cómo era aquello, que el gobernador Lope de Aguirre les había acabado de dar su palabra que no los mataría; y el dicho Alguacil y soldados le dijeron que, no obstante aquello, habían de morir; y luego dieron garrote al Gobernador y tras dél a Manuel Fernández, alcalde, y a Cosme de León, alguacil mayor, y al Juan Rodríguez, y a la postre el Cáceres, regidor, que era un viejo manco y tullido; y muertos todos cinco, los cubrieron con una estera, porque nadie los viese; y a la media noche, llamando el tirano a sus soldados, y metiéndolos en la fortaleza con las velas encendidas, mandó descubrir la carnecería, y mostrándoles los muertos, les dijo: "Mirad, marañones, qué habéis hecho, que, allende de los males y daños pasados que en el río Marañón hicisteis matando a vuestro Gobernador Pedro de Orsúa, y a su teniente D. Juan de Vargas y a otros muchos, jurando y alzando por Príncipe a Don Fernando de Guzmán y firmándolo de vuestros nombres, habéis también muerto en esta isla al Gobernador della y a los Alcaldes y Justicias que, veislos, aquí están; por tanto, cada uno de vosotros mire por sí y pelee por su vida, que en ninguna parte del mundo podéis vivir seguros sino en mi compañía, habiendo cometido tantos delitos." Y luego mandó hacer dos hoyos en la misma cámara y allí los enterraron; y luego a aquella hora se partió el perverso tirano con ochenta soldados arcabuceros a la Punta de las Piedras a verse con el fraile, y quedó su maese de campo, Martín Pérez, en el pueblo en guarda de los presos; y el dicho Maese de campo comió aquel día en la fortaleza con trompetas y grande regocijo. Allegado el dicho tirano Lope de Aguirre con sus ochenta soldados a la Punta de las Piedras, halló que el navío del fraile venía ya a la vela la vía del pueblo; y luego, con toda brevedad, se volvió, y llegó al pueblo el mismo domingo, tarde: y su Maese de campo y los soldados que con él habían quedado le hicieron gran recibimiento, con salva de arcabucería; y luego que llegó, un Capitán suyo, llamado Cristóbal García, que era calafate, como se ha dicho, o por envidia o mala voluntad, y porque quizá fue verdad, dijo que su Maese de campo convocaba amigos para le matar y alzarle con la gente y navíos, e irse a Francia; y que él y los conjurados habían comido aquel día juntos en la fortaleza, con trompetas y gran fiesta; y trujo por testigo un muchacho, criado suyo, el cual dijo que había visto la junta y entendido el concierto, y que era como su amo lo había dicho. Luego, el cruel tirano se determinó de matar a su Maese de campo; y enviándolo a llamar a su posada, mandó a un su muy amigo y de su guardia llamado Chaves, que al entrar de la puerta le matase con un arcabuz; y venido el Maese de campo, sin sospecha de lo que le había de venir, estando descuidado, el dicho Chaves llegó por detrás y le dio un arcabuzazo, de que le hirió muy mal; y luego le acudieron otros amigos del tirano, que estaban avisados, con muchas cuchilladas y estocadas; y el dicho Maese de campo, como se sintió herido mal, andaba huyendo de una parte a otra de la fortaleza, pidiendo confesión, y llamando al General, y así lo acabaron de matar; y el dicho Chaves le degolló con una daga. Fue tan grande el ruido y alboroto que hubo cuando mataron al dicho Maese de campo dentro de la fortaleza, que las mujeres y vecinos de la isla que estaban presos en la misma fortaleza pensaron que a todos los querían matar, y en especial a las mujeres, que unas se metían debajo de las camas, otras detrás de las puertas y en los rincones; y una Marina de Trujillo, mujer de Hernando de Riveros, se arrojó por una ventana de la fortaleza a la calle, y dio gran golpe, pero del miedo no lo sintió, y se fue a esconder; y de las almenas de la fortaleza se arrojaron un Domingo López y otro Pedro de Angulo, vecinos de la isla, y sin hacerse mal, se huyeron al monte; y el tirano se asomó a una ventana de la fortaleza, y desde ella dijo a la gente que estaba en la plaza, alborotada, que no sabían qué ruido era el que había dentro en la fortaleza, y les dijo a todos como había muerto a Martín Pérez, su Maese de campo, porque lo quería matar, y los asosegó. A estas voces, estando el Maese de campo muerto y tendido en el suelo, y por muchas heridas que tenía en la cabeza se le parecían los sesos y le corría la sangre, y un Capitán de la munición, grande amigo del tirano, llamado Antón Llamoso, que había sido uno de los que dijeron al tirano que era en el concierto de matarle con el Maese de campo; y a aquella sazón le dijo el tirano: "Y vos, hijo, Antón Llamoso, también dicen que queríades matar a vuestro padre." El cual negó con grandes reniegos y juramentos; y pareciéndole que le satisfacía más, arremetió al cuerpo del dicho Maese de campo, delante de todos, y tendiéndose sobre él, le chupaba la sangre que por las heridas de la cabeza le salía, y a vueltas, le chupó parte de los sesos, diciendo: "a este traidor beberle he la sangre"; que causó grande admiración a todos. Quitó luego el tirano la capitanía de su guardia a un Nicolás de Çoçaya, porque también sospechó que era con el Maese de campo, y diola a otro, llamado Roberto de Çoçaya, barbero, muy su amigo. Mandó el tirano a todos los vecinos de la isla que tenía presos, que se fuesen a sus casas con sus mujeres, y que de ahí adelante viviesen seguros y sin miedo, que ya eran acabadas todas las muertes y crueldades, porque su Maese de campo, a quien él había ya muerto, las hacía y causaba todas; en lo cual mintió, porque el Maese de campo no hacía cosa ninguna sin su mandado, y aun se creyó que matara muchos más, y que el Maese de campo le estorbaba y rogaba mucho que no matase tantos. Pasado todo lo que se ha dicho, un martes, por la mañana, llegó el navío Provincial al pueblo, y surgió en el puerto, casi media legua desviado de la fortaleza; y el dicho tirano, como lo vido surto, puso su gente en orden, y con cinco falconetes de bronce y uno de hierro, que tomó en esta isla, salió por la playa adelante, pensando que querían saltar en tierra; y el dicho tirano y soldados de la tierra y los del fraile, desde unas piraguas en que habían entrado para hacer ademán de tomar tierra, se llamaban unos a otros de traidores, y se dijeron otras muchas afrentas de palabra, pero nunca saltaron en tierra, y así se estuvieron todo aquel día en el puerto con estandartes reales alzados en el navío, y visto por el tirano que no saltaban en tierra, se volvió con su gente a la fortaleza, y de allí escribió una carta al dicho Provincial, que dijo desta manera: