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Entre 1945 y 1946 el Régimen organizó una campaña de prensa y de publicaciones para convencer a la opinión extranjera de que el Gobierno español era esencialmente un sistema de instituciones orgánicas católicas y que nunca había estado comprometido con el Eje, ni había creído en su victoria. Franco no tenía intención alguna de ofrecer un santuario a ninguno de los más destacados líderes del orden hitleriano -aunque algunos de los menos conocidos encontraron refugio en España- a pesar de que un número indeterminado de colaboracionistas franceses y nazis de menor importancia, habían entrado en España durante los últimos días de la guerra. Al más notorio, Pierre Laval, se le repatrió a Francia en julio de 1945. Cuando los aliados exigieron el 3 de septiembre que se evacuaran las fuerzas españolas del distrito de Tánger, se hizo rápidamente. En otoño el presidente español de la organización internacional estudiantil Pax Romana, Joaquín Ruiz Giménez, hizo un viaje por Gran Bretaña y Estados Unidos para encontrarse con los líderes católicos y hacer propaganda del Régimen. Ninguna de estas actividades tuvo mucho efecto. Los archivos que se confiscaron del Tercer Reich contenían pruebas fehacientes de la relación del Régimen con Alemania y los rumores iban más allá de los hechos. En un informe de la inteligencia francesa se aseguraba que unos 100.000 nazis habían encontrado refugio en España, los portavoces soviéticos en Estados Unidos elevaban el número a 200.000 y añadían que se estaban construyendo bombas atómicas en Ocaña, a 70 kilómetros de Madrid, y que había planes para invadir Francia en la primavera de 1946. A medida que las elecciones fueron ratificando el poder de la izquierda, en Europa occidental fue creciendo la antipatía hacia el Régimen español. El 20 de noviembre el embajador de Estados Unidos abandonó Madrid, dejando su puesto en manos del encargado de negocios. Se dice que antes de su partida, Franco o el ex Ministro de Asuntos Exteriores, Lequerica -hay diferentes versiones- le dijo que no se podía pretender que el Gobierno español se tirara por la ventana. El 26 de octubre, en un discurso en la Academia de Infantería, Franco proclamó que defendería el Régimen hasta el final. Pero para entonces, el Gobierno británico y el americano habían dejado claro que no habría una intervención militar directa en España por mucha presión diplomática o económica que hubiera. Dentro del país se presentó esta campaña contra el Régimen como esencialmente antiespañola, como una conspiración de la izquierda liberal extranjera para marcar al país con una nueva Leyenda Negra. El papel que jugaron en esta campaña la Unión Soviética y fuerzas comunistas como la Federación Mundial de Sindicatos, se exageró hasta límites insospechados y en cuanto a las potencias occidentales, el propio Franco hablaba de un Superestado masónico, que era el responsable de todos los males de España. Para obtener más apoyo, reanudó sus visitas por el país. A menudo eran viajes agotadores que duraban desde el amanecer hasta la puesta del sol, pero le llevaban personalmente a regiones lejanas donde enormes masas de gente le veían y oían, aunque fueran masas creadas por el Movimiento. No cabe duda de que gran parte de la España moderada se acercó al Régimen durante este periodo de ostracismo. Los grupos sociales más alienados eran, como siempre, los trabajadores industriales y los agricultores desposeídos. La inmensa mayoría de los católicos, que en 1945 era mucho más numerosa que una década atrás, apoyó al Régimen. Aquí se incluía la mayor parte de la población rural del norte y mucha de la clase media urbana. Lo que no está tan claro es hasta qué punto la clase media no católica apoyó activamente a la oposición. En general, el Régimen contó con la misma clase social, los mismo grupos y regiones en que se había apoyado para obtener la victoria militar. La Guerra Civil estaba demasiado reciente y los recuerdos eran demasiado amargos para que se dieran muchos cambios. En enero de 1946 hubo manifestaciones a favor de Franco, dirigidas por el Movimiento, por todo el país. Las condiciones económicas seguían siendo muy duras, aunque no tanto como a principios de los años 40. El tiempo, que había sido relativamente bueno en 1944, empeoró considerablemente en 1945-46 y hubo grandes sequías. Se estaban realizando grandes esfuerzos para construir plantas hidroeléctricas, pero los cortes de electricidad eran muy frecuentes. El racionamiento seguía siendo parte de la vida diaria, del mismo modo que lo era el estraperlo. El Gobierno francés había cerrado su frontera temporalmente en junio de 1945 y lo hizo de forma definitiva el 1 de marzo de 1946. Fue inmediatamente después de la ejecución de Cristino García, uno de los jefes guerrilleros comunistas que era un veterano de la resistencia francesa. En Madrid, el Ministerio de Asuntos Exteriores comentó el significado simbólico que tenía que los franceses cerraran una frontera por la que tantos miles habían huido de Francia durante la guerra. También publicó una larga lista de malas acciones de los franceses, entre las que estaba permitir ataques a los consulados españoles, a los puestos fronterizos e incluso a españoles en Francia. El 4 de marzo un comunicado tripartito firmado por Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos condenaba el Régimen una vez más y exigía la formación de un nuevo gobierno provisional en Madrid. Pero el efecto de este pronunciamiento quedó algo mitigado cuando al día siguiente Churchill hizo su famoso discurso del Telón de Acero en Fulton, Missouri. Para Madrid, esto significaba -como siempre había esperado- que las potencias occidentales estaban empezando a darse cuenta de que existían otros peligros más graves que el Régimen. La condena moral y política del Régimen no era obstáculo para los intereses económicos y estratégicos de quienes lo condenaban, y esto se estaba haciendo más evidente en el caso de Estados Unidos, la potencia que más preocupaba a Franco. Se había anunciado desde Washington que la sufrida España no estaría incluida en la lista general para la exportación de posguerra. Sin embargo, Madrid sí estaba en la lista para el desarrollo de la red de transporte y comunicaciones que estaba dirigiendo el país norteamericano. En la Conferencia Internacional sobre Aviación Civil que se celebró en Chicago estaba invitado un representante español y, en cambio, no había tomado parte la Unión Soviética. Más adelante, a España se le adjudicó un envío de nuevos aviones Hércules, marcado para naciones amigas. Además, el Departamento de Estado americano ya había informado al Gobierno republicano en el exilio que Washington no podía reconocerlo ya que sólo representaba a uno de los partidos que tomó parte en el conflicto civil, de modo que no era totalmente legítimo. Franco presentó el boicot internacional a la opinión pública española como una cuestión de supervivencia nacional. En las Cortes de mayo de 1946 declaró que la única forma de acallar semejantes campañas sería renunciar a la independencia y la soberanía, o dejar que reinara el anarquismo. La misión de España, aseguró, era encabezar la resistencia anticomunista de toda Europa. El 1 de octubre -la fiesta nacional del Caudillo- en Burgos declaró que "los blancos del comunismo estaban en la zona del Mediterráneo y especialmente España, el reducto de la espiritualidad del mundo. Nuevamente España tiene un papel en el mundo". La presión no disminuyó nada en 1946. En el informe de un subcomité especial del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se decía que el Régimen de Franco era un régimen fascista y consideraba que era una amenaza potencial aunque no de hecho para la paz, a pesar de la debilidad extrema de las fuerzas armadas españolas y la completa inexistencia de actividad terrorista o subversiva más allá de sus fronteras. El 12 de diciembre, la Asamblea General votó por 34 votos a favor y seis en contra, con 13 abstenciones, que no se reconociera diplomáticamente el Régimen español a no ser que se instaurara pronto un gobierno representativo. Esto trajo como consecuencia la retirada del embajador británico, el último representante destacado de la diplomacia internacional en Madrid, aunque ningún Estado occidental rompió relaciones por completo. Anticipándose a esta votación, se organizó una manifestación masiva de varios cientos de miles el 9 de diciembre en la Plaza de Oriente de Madrid, enfrente del Palacio Real -que Franco utilizaba siempre en estas ocasiones- para demostrar el apoyo que había al Régimen. Fue, quizá, la congregación más numerosa de la Historia de España, sólo superada 36 años después con ocasión de la visita del Papa. El único apoyo del exterior que tuvo España durante esta época procedía de algunos gobiernos latinoamericanos, aunque México y algunos más eran enormemente hostiles al Régimen. El 2 de noviembre de 1940 se había inaugurado el Consejo de la Hispanidad, de 74 miembros reclutados del Gobierno, el Ejército y la Falange para fomentar relaciones más estrechas con los países de Latinoamérica. Desde 1944 en adelante, los contactos culturales y diplomáticos adquirieron mayor relevancia a la vista del creciente ostracismo internacional. El nuevo Gobierno argentino de Juan Perón fue el que más ayuda prestó al Régimen español sobre todo en los años cruciales de 1946-48. El líder del nuevo social-nacionalismo argentino que quería ser totalmente independiente, veía el sistema español como un primo lejano con problemas y objetivos internacionales muy similares. Se saltó la veda de las Naciones Unidas y nombró un nuevo embajador en Madrid para dejar claro que al menos un país próspero y con capacidad de exportar bienes estaba dispuesto a colaborar con España. En 1948 las importaciones de Argentina suponían al menos un 25 por ciento de todos los productos que entraban en España y durante dos años garantizaron alimentos de primera necesidad para una población hambrienta. Aunque la ayuda de Argentina bajó mucho durante 1949, debido a sus propios problemas económicos cada vez más agudos, durante dos años fue casi indispensable. La asistencia que prestó Latinoamérica empezó a dar frutos cuando un grupo de representantes latinoamericanos trabajó en Estados Unidos para acabar con la política del ostracismo. Mientras tanto, el Consejo de la Hispanidad se reorganizó en 1946 y se le cambió el nombre por Instituto de Cultura Hispánica, así como la doctrina de la Hispanidad en la que ahora se incluiría la cooperación de ambos hemisferios con Estados Unidos.
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En buena medida los tres apelativos del enunciado aún hoy en día se utilizan indistintamente, o casi indistintamente, por los historiadores para designar la secuencia estilística en la evolución de nuestra pintura medieval que estamos intentando definir. Si bien algunos estudiosos como Gudiol i Cunill, Bertaux, Sanpere i Miquel, Mayer, etcétera, a lo largo del primer cuarto de nuestro siglo ya se interesaron por el problema de la transición entre la pintura del románico pleno y la del gótico pleno (utilizamos una terminología posterior), fue Ch. R. Post quien, en su segundo volumen de "A History of Spanish Painting" (1930), intentó definir un cuerpo congruente para esa primera fase del estilo gótico en España. Siguiendo un tanto a C. Enlart, que había propuesto el nombre -nunca aceptado, por otra parte- de estilo francés para designar toda la producción gótica, Post adoptó el de francogótico para agrupar aquellas obras realizadas en la Península Ibérica, anclada durante todo el siglo XIII en el mundo románico, en las que empiezan a ser patentes las primeras formas góticas que ya han alcanzado gran aceptación en el país vecino. Para el historiador norteamericano, las vías de penetración del gótico francés fueron fundamentalmente la miniatura, tanto la autóctona francesa como las posibles adaptaciones hispánicas de la misma, los modelos de vidrieras y la producción escultórica. En esa pintura la estilización hierática bizantina, característica del románico, quedó superada por la concepción naturalista propia de la cultura occidental, y la austeridad románica dejó paso a una concepción del mundo en la que se empezaron a valorar las realidades, las emociones y lo cotidiano de la vida. Tras Post diversos fueron los estudios que se preocuparon del tema. Mn. Trens, en "La Peinture Gothique jusqu'a Ferrer Bassa", considera que la influencia francesa fue decisiva en la renovación pictórica románica, en total decadencia en el siglo XIII y en el que sólo incidía la savia regeneradora del mundo árabe. Gudiol Ricart en sus primeras publicaciones, referidas sobre todo a la pintura catalana, plantea que existen dos momentos importantes en la renovación estilística de la pintura medieval: uno, a principios del siglo XIII, en el que se infiltran influencias de Roma y la Toscana y otro en el último cuarto del siglo XIII, en el que el gótico francés es la tendencia aceptada. Tras estos historiadores el tema reapareció en trabajos de Cook y Gudiol, Ainaud, Durliat, etc., si bien fue Gudiol quien en el volumen de la colección "Ars Hispanie" correspondiente a la pintura gótica se replanteó en profundidad la cuestión. Su aportación básica fue la propuesta del cambio de la denominación introducida por Post; lo que éste llamaba francogótico, Gudiol lo pasó a llamar gótico lineal: "No lo hacemos por subestimar ciertos sectores del arte extranjero sobre la pintura hispánica -aclara Gudiol en su texto- sino por considerar inexacto el apelativo, ya que la modalidad en cuestión, eminentemente linealista, no era característica en exclusividad del gótico francés de aquel momento, sino que lo encontramos en otros países de Europa". Gudiol centró la cronología del estilo gótico lineal entre 1300 y 1390 y señaló los caracteres fundamentales del mismo: figuras recortadas sobre fondos monocromos dentro de un sistema rigurosamente bidimensional, predominio del diseño sobre lo pictórico y la influencia de las vidrieras. Pero quizá el mayor acierto de Gudiol fue el poner de manifiesto un hecho de capital importancia para la comprensión de este tipo de pintura: "Hallazgos recientes demuestran que, contra lo que se ha venido diciendo, la pintura mural existió en abundancia dentro de este ciclo de transición y, como en siglos anteriores, resulta en general más trascendente y progresiva que la pintura sobre tabla". Efectivamente, lo que ha hecho avanzar el estudio de la pintura protogótica ha sido el descubrimiento de numerosos conjuntos murales. Pero, como se ha visto, el apelativo protogótico no había aparecido aún en los estudios relativos al arte medieval español, aunque sí en el de otros países. El primer historiador que lo utiliza congruentemente es el profesor Azcárate en su muy importante discurso de entrada en la Real Academia de Bellas Artes: "El protogótico hispánico" (1974). Azcárate se adentra en el problema haciendo ver la falta de concreción sobre esta época de nuestra historia del arte, y entiende que el error primordial ha sido la consideración del período cronológico que abarca aproximadamente de 1170 a 1225, es decir, una época que debe considerarse como final del románico y no como inicio del gótico. En la concreción de estas fechas, Azcárate se decide por unas fechas más significativas para los reinos occidentales que para los orientales de la Península. El estilo protogótico, para el gran medievalista, queda enmarcado en torno al reinado de Alfonso VIII de Castilla, cuyo mecenazgo artístico supone la iniciación del nuevo estilo, y alrededor también de Pedro II el Católico. Es de destacar, por tanto, que al menos en el ámbito de la pintura, Azcárate avanzó de manera considerable los inicios del arte gótico en tierras hispánicas, ya que, con diferencias, los historiadores que le habían precedido en el estudio de este problema se refieren al mismo a partir de la segunda mitad y aun desde finales del siglo XIII. En lo que respecta a las tendencias dentro de la pintura protogótica, Azcárate cita cuatro básicas: la arcaizante, la neobizantina, la naturalista y la protogótica avanzada, si bien la que configura la estética de la pintura protogótica es la neobizantina. Con posterioridad a Azcárate, otros historiadores como el propio Gudiol, Ricart y Yarza han estudiado esta pintura, pero sin realizar sustanciosas aportaciones al respecto. En 1977, Joan Sureda, en "El gótic catalá. Pintura I", planteó sin embargo una nueva definición de pintura protogótica. Aunque el término fuese el mismo, el marco de referencia cronológico y estilístico de la pintura protogótica era muy distinto al señalado por Azcárate; para Sureda, la mayor parte de la pintura que Azcárate señala como protogótica debe considerarse como constituyente de la última secuencia estilística del románico, la tardorromántica, entendiendo como protogótica aquella pintura que empieza a aparecer en la Península en el último tercio del siglo XIII, se desarrolla en su último tramo junto a la italianizante a lo largo de la primera mitad del siglo XIV, prolongándose en su epigonismo hasta los inicios del último cuarto del siglo XIV y en casos aislados, aunque con absoluta plenitud como ocurre con el retablo de Quejana, hasta finales del mismo siglo y principios de la siguiente centuria. No es pues la pintura de la que hablamos entonces y de la que hablamos ahora una pintura de transición, sin contenido propio, ni una última expresión de la tradición románica; es la primera pintura que sin romper los lazos con lo románico tiene rasgos pertinentes que la distancian de la misma y que la definen como propia.
obra
François-Marius Granet era amigo de Ingres, también pintor, especializado sobre todo en paisajes. Granet provenía de familia acomodada y permaneció en Roma durante los años de la Revolución. Al término de la misma donó su colección de pintura al museo de su ciudad natal, que desde entonces lleva su nombre como Museo Granet. Ingres retrató a su amigo vestido con la ropa de viaje, portando un libro que lleva escrito su nombre. El retrato es digno de pleno romanticismo, pese a situarse Ingres en el anterior neoclasicismo. El busto masculino se halla en el exterior, contra un impresionante paisaje de Roma con el Quirinal al fondo. El cielo se halla cubierto por oscuros nubarrones que forman una diagonal muy dinámica en contraposición con la figura del modelo. Este tipo de retrato será el más utilizado por Ingres en su etapa italiana para captar a sus clientes masculinos, mientras que los retratos femeninos los suele ubicar en lujosos interiores.