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Las premoniciones apocalípticas sobre el destino de Europa de Meidner y Beckmann -y de otros muchos intelectuales- se materializaron en la I Guerra Mundial, el conflicto que, en efecto, marcó el comienzo del declinar de la hegemonía europea en la historia. Significativamente, el nuevo orden mundial que saldría de aquella guerra fue diseñado en buena medida por un hombre de Estado no europeo, por el presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson. Ello no fue casual: era la más clara indicación del creciente papel que en el ámbito internacional estaba adquiriendo ese país. Se trataba de una nación, desde la perspectiva europea, joven y sin experiencia en la política mundial; pero que a los ojos de millones de europeos -como por citar un ejemplo literario, a los ojos de los exprisioneros y repatriados de guerra centroeuropeos de la novela Hotel Savoy (1924), de Joseph Roth- aparecía como un ideal de libertad y trabajo, como una esperanza de salvación.
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Mucho antes de su abrupto final en 1945, el fascismo italiano suscitó considerable interés en toda Europa. Tanto el golpe de Estado de septiembre de 1923 del general español Primo de Rivera, que no era fascista, como la intentona de Hitler en Munich en noviembre de 1923, tuvieron como referente último el caso italiano de 1922. El fascismo adquirió pronto un auge desigual pero evidente. El partido nazi alemán, el NSDAP, se creó en 1920 a partir de un grupúsculo anterior, el Partido Alemán de los Trabajadores de Anton Drexler, y que en noviembre de 1923 tenía ya 55.287 afiliados. Para entonces disponía de diario propio, el Völkischer Beobachter (El observador del pueblo), fuerzas paramilitares uniformadas, las SA (Sturm Abteilung, Secciones de choque), dirigidas por Ernst Röhm, un emblema espectacular -la bandera roja con un círculo blanco en su centro y sobre éste, una "svástica" negra-, y un programa de 25 puntos elaborado por su líder Adolf Hitler (1889-1945). En 1932, con 230 diputados, 13.745.781 votos (cerca del 40 por 100) y un millón de afiliados, el NSDAP era ya el primer partido de Alemania. Los ejemplos italiano y alemán repercutirían decisiva pero contradictoriamente en Austria. Un primer fascismo, inspirado y financiado por el italiano, surgió, bajo la dirección del príncipe Ernst Starhemberg, de las "guardias nacionales", la Heimwehr o Defensa del país, las milicias nacionales creadas en 1919-20 como cuerpos fronterizos tras la disolución del Ejército (movimiento que en 1930 contaba con unos 200.000 afiliados). Pero, en 1926, nazis austríacos crearon el Partido Nacional-Socialista, dirigido por Walter Riehl, un partido proalemán y partidario del Anschluss, la unión de Alemania y Austria, claramente adverso, por tanto, a las tesis del nacionalismo austríaco de la Heimwehr y Starhemberg. En Hungría habían surgido también desde 1919-20 numerosos grupos, ligas y movimientos de naturaleza y significación fascista o filofascista, ultraderechistas y nacionalistas. Pero la dictadura de Horthy (1920-1944) o impidió su desarrollo o terminó por absorberlos: Gyula Gömbos, un oficial del Ejército vinculado a uno de los grupos fascistas creados en 1919, sería nombrado primer ministro en 1932. Hubo una excepción: el Partido de la voluntad Nacional (o Movimiento Hungarista o La Cruz y la Flecha dado que el emblema del partido era una cruz flechada), creado en 1935 por fusión de varios de aquellos grupúsculos y dirigido por otro oficial, Ferenc Szalasi, cristalizaría en un verdadero movimiento de masas, con amplio apoyo campesino y obrero. En las elecciones de 1939, por ejemplo, La Cruz y la Flecha obtuvo cerca de 750.000 votos -de un electorado de dos millones y medio- y 31 escaños (en una cámara de 259 diputados). Sólo otro movimiento fascista adquirió fuerza comparable en la Europa central y del este: la Guardia de Hierro rumana (o Legión del Arcángel San Miguel, según su nombre original), creada en 1927 por Corneliu Z. Codreanu (1899-1938), un estudiante nacionalista, visionario y fanático -al estilo de Hitler-, movido, además, por una especie de misión de salvación cristiana de Rumanía. Movimiento violento que a partir de 1932 recurrió a la acción terrorista, la Guardia de Hierro obtuvo, en las elecciones de 1937, 66 de los 390 escaños del Parlamento, lo que hizo de ella la tercera fuerza del país. La instauración en 1938 de la dictadura del rey Carol detuvo, sin embargo, su ascensión: catorce dirigentes del partido, entre ellos Codreanu, fueron violentamente eliminados. En los demás países de esa región europea, los movimientos fascistas no tuvieron tanta importancia. En Checoslovaquia hubo dos minúsculos partidos seudofascistas cuya fuerza electoral fue prácticamente nula. Incluso, el régimen que Hitler impuso en la Eslovaquia independiente que creó tras invadir y dividir el país en marzo de 1939 fue un régimen -dirigido por el Partido Popular Eslovaco de Andrej Hlinka y Monseñor Tiso- de significación cristiana y tradicionalista más que fascista o nazi (aunque fuera fanáticamente antisemita). En Yugoslavia, en 1929 se creó, con financiación italiana, la Ustacha ("Insurgencia") croata, que fue más una organización terrorista clandestina que un movimiento de masas, y que sólo llegó al poder impuesta por el Ejército alemán, que, tras invadir Yugoslavia, creó en 1941 una Croacia independiente. En Bulgaria y Grecia, en Polonia y en los nuevos Estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) los movimientos declaradamente fascistas fueron aún menos significativos. La evolución del fascismo en las democracias de la Europa occidental y del Norte fue igualmente contradictoria y ambigua. En Francia, donde Acción Francesa había creado desde 1899 el núcleo principal de las ideas del nacionalismo reaccionario del siglo XX, proliferaron desde los años 20 las ligas, movimientos y grupos fascistizantes, pero casi ninguno adquirió fuerza política de relieve, entre otras razones porque la mística antifascista creada a partir de 1933 por la izquierda y sobre todo por escritores e intelectuales ganó en Francia la batalla de las ideas. La misma Acción Francesa derivó con el tiempo hacia el tradicionalismo monárquico, y en los años treinta, era una asociación abiertamente elitista, prestigiosa en medios intelectuales y universitarios católicos y aristocráticos, y hostil a la idea misma de la movilización de masas. En 1925, Georges Valois, que procedía de Acción Francesa, creó el primer movimiento francés de inspiración fascista, Faisceau, una traducción literal de la palabra italiana fascio, un fascismo sindicalista y de izquierda que llegó a disponer de unos 150 grupos locales pero que, falto de apoyos, se disolvió en 1928. En 1927, se creó, bajo la presidencia del teniente coronel De La Rocque, la asociación de ex-combatientes Croix de feu (Cruz de fuego), liga de carácter ultranacionalista, con secciones femeninas y juveniles, que, fusionada con otros movimientos similares, llegó a tener unos 100.000 afiliados en 1934. Se dotó de un ritual fascistizante (grandes mítines de masas, desfiles, maniobras motorizadas) y pudo haber constituido el fundamento de un fascismo francés: pero la ideología cristiana y tradicionalista -familia, patria, trabajo- de La Rocque y de muchos de sus seguidores, sus contactos con la derecha liberal republicana (y no, con los enemigos de la República francesa) y la moderación política en momentos cruciales de La Rocque, hicieron de las Croix-de-feu un movimiento más próximo a la derecha católica conservadora que al fascismo (al extremo que, en un gesto de pacificación ante la creciente polarización de la vida francesa, el movimiento se autodisolvió en junio de 1936. La Rocque creó de inmediato el Partido Social Francés, que aceptó las instituciones republicanas y que, hasta su desaparición en 1940, se alineó con la derecha conservadora francesa). Un antiguo colaborador de Valois, Marcel Bucard, quiso revivir el fascismo puro y en 1933 creó, con dinero italiano y al estilo italiano -uniforme de camisas azules y boinas vascas-, el francismo: tampoco jugó papel significativo alguno. Sólo lo jugó el Partido Popular Francés, creado en julio de 1936 por Jacques Doriot (1898-1945), un obrero metalúrgico, militante socialista primero y luego, desde 1920, destacadísimo dirigente comunista -en 1931 sería elegido alcalde de Saint-Denis, el distrito rojo por excelencia de la región parisina-, expulsado en 1934 del Partido Comunista por su apoyo a la idea de un frente común de la izquierda (entonces todavía idea execrable para la dirección del PC). Pero incluso el éxito del PPF -300.000 afiliados en 1938, de ellos un 55-65 por 100 obreros- fue efímero: su actitud abiertamente proalemana le desacreditó en un país donde el sentimiento antialemán tras la guerra franco-prusiana y la I Guerra Mundial era casi consustancial con la identidad nacional (de ahí, la paradójica contradicción en que incurrieron el nacionalismo francés del siglo XX y muchos de los grupos y organismos citados: terminar integrados en el régimen formado en Vichy en 1940 por el mariscal Pétain tras la invasión alemana, como colaboracionistas de las fuerzas de ocupación y de los gobiernos títere impuestos por Hitler). El caso de Bélgica fue parecido: proliferación en los años veinte de ligas y movimientos de ex-combatientes de carácter ultranacionalista, aparición relativamente tardía (diciembre de 1935) del único movimiento fascista políticamente relevante, el movimiento Christus Rex o rexista, de Léon Degrelle -11 por 100 de los votos y 21 escaños en 1936-, un fascismo monárquico de inspiración católica y populista, colaboracionismo posterior con la ocupación alemana. En Gran Bretaña, la Unión Británica de Fascistas creada en 1932 por el carismático e inteligente Oswald Mosley, un aristócrata militante durante años del partido laborista y ministro con este partido en 1929, no logró romper la estabilidad tradicional del sistema de partidos ni hacer del nacionalismo un factor de movilización política porque, como quedó dicho, parlamentarismo y liberalismo constituían desde el siglo XIX parte esencial e irrenunciable de la cultura política inglesa, y porque el tipo de ritual e ideas que Mosley quiso introducir -uniformes, marchas militares, antisemitismo- eran ajenos a los hábitos de comportamiento y a la sensibilidad del pueblo británico. En Holanda, parte de la gran comunidad germánica en los esquemas nazis, y en los países escandinavos, la influencia alemana, notable en muchos aspectos de la vida social y cultural, no fue suficiente para que los partidos de ideología nazi que se crearon -y se crearon varios- lograran apoyos significativos. Las excepciones fueron el Movimiento Nacional-Socialista holandés, creado en diciembre de 1931 por Anton Mussert -copia exacta del partido nazi alemán, con tropas de asalto, camisas negras, organización sindical y juvenil-, que llegó a tener unos 52.000 afiliados (en 1935) y a alcanzar el 8 por 100 de los votos -unos 300.000- en las elecciones provinciales de 1935; y el movimiento finlandés Lapua (luego, Movimiento Patriótico Popular) que en 1936 obtuvo el 8,3 por 100 del voto popular. No fueron, por tanto, excepciones formidables. En Suecia y Dinamarca, los partidos fascistas o nazis no llegaron siquiera a alcanzar la barrera del 2 por 100 de los votos. Tampoco en Noruega, contra lo que pudiera creerse visto el apoyo que los pro-nazis noruegos de Vidkun Quisling dieron a la invasión alemana de 1940 (Quisling, además, presidió entre 1942 y 1945 el gobierno impuesto por los alemanes): el partido de Quisling, la Unión Nacional Noruega, obtuvo en 1936 26.576 votos, menos también del 2 por 100 y a gran distancia de laboristas (618.616 votos), conservadores (310.324), liberales (232.784) y agrarios (168.038). Además, el rexismo belga, el nacional-socialismo holandés y el Movimiento Patriótico finlandés perdieron votos en las elecciones que con posterioridad a las citadas en el texto se celebraron en sus respectivos países antes de la II Guerra Mundial. El fascismo no prosperó en los países, como los mencionados, donde los valores democráticos, parlamentarios y constitucionales impregnaban ya profundamente la vida política. El fascismo distaba, pues, de ser un fenómeno genérico y homogéneo. Las diferencias, por ejemplo, entre el nacionalsocialismo alemán y el fascismo italiano eran, como se verá más adelante, considerables. En Austria, profascistas y pro-nazis estaban profunda y violentamente enfrentados: la Heimwehr aplastaría en julio de 1934 el intento insurreccional de los nazis austríacos. El rexismo belga era exaltadamente católico y la Guardia de Hierro rumana era de inspiración cristiana: la mayoría de los fascismos eran, sin embargo, aconfesionales, ateos o anticlericales. La Ustacha croata y la Guardia rumana recurrieron al terrorismo. Fascistas italianos y nazis alemanes hicieron de la violencia callejera una forma de acción política y de intimidación de la población: La Cruz y la Flecha húngara renunció explícitamente al uso de la violencia. La mayoría de los fascismos fueron movimientos interclasistas, con apoyo preferente en las pequeñas burguesías urbanas y rurales, y militancia mayoritariamente joven. Pero el PPF francés fue un partido obrero, la Guardia de Hierro rumana la integraron sobre todo, estudiantes y campesinos, el rexismo belga sólo estudiantes, y La Cruz y la Flecha húngara fue un movimiento de desempleados, estudiantes y campesinos sin tierras. Mussolini y Hitler eran de origen modesto y oscuro. La elite nazi la integraban, como la del fascismo italiano, seudo-intelectuales, tipos desclasados e inadaptados. Starhemberg y Mosley, por el contrario, eran aristócratas; Doriot, obrero de fábrica; Szalasi, militar; Codreanu, estudiante; Mussert, ingeniero; Ante Pavelic, el líder de la Ustacha croata, abogado; Degrelle, periodista; Quisling, ex-oficial de artillería. En suma, los distintos fascismos europeos fueron fenómenos singulares y particulares definidos por su propia especificidad. Pero tenían estilos, ideas, programas y hasta mentalidades comunes, si bien combinados en grados muy distintos: ultra-nacionalismo, elementos militaristas e imperialistas, antiliberalismo, anti-comunismo, sindicalismo nacional, agrarismo, populismo, culto al líder y a la fuerza, autoritarismo, mística del heroísmo, de la acción y de la violencia y un estilo militar y disciplinadamente ritualizado.
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Frente a la Europa que se mantuvo en la senda de la democracia, en el Este del Viejo Continente otra Europa eligió -o, mejor dicho, se vio obligada a elegir- la senda divergente del comunismo. Aunque más adelante veremos que cuanto allí sucedió tuvo una crucial importancia en las relaciones internacionales de la época, resulta preciso tratar de esta cuestión de forma detallada. La importancia de esta ruptura o corte en la Historia de Europa así lo requiere al margen de su repercusión.
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Durante el siglo XVI comienzan a conformarse algunos estados-nación europeos, proceso que aun habrá de durar largo tiempo. El ensanchamiento del mundo, propiciado por los descubrimientos geográficos, lanza a algunas potencias europeas hacia la colonización de nuevos territorios, lo que provoca no pocas confrontaciones. El Mediterráneo, no obstante, sigue siendo el eje principal de las relaciones europeas, y el Imperio otomano se convertirá en uno de los principales problemas para el comercio cristiano y un obstáculo en las rutas comerciales hacia el Oriente. En general, los estados tienden a centralizarse y a asumir cada vez mayores cotas de poder, en detrimento de los poderes locales y de los estamentos con los que antes competía el soberano: la alta nobleza y la Iglesia. El proceso de creación de los estados-nación se encontrará con no pocos problemas: la resistencia a la uniformización por parte de grupos, minorías o territorios concretos, la oposición de los estamentos poderosos, que temen perder su cuota tradicional de poder, el enfrentamiento con la Iglesia y su poder transnacional, etc. Durante este siglo el mundo europeo conformará bloques y entidades que serán protagonistas en los siglos venideros.
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En 1867 Mutsu-Hito accede al trono imperial del Japón. Con ello da comienzo la era Meiji, caracterizada por la modernización del país y su conversión en una potencia imperialista. En 1874 Japón se anexiona las islas Ryu Kyu; un año más tarde hará lo mismo con las Kuriles y las Bonin. Tras la primera guerra con China, entre 1894-95, obtiene Formosa. Diez años más tarde, después de la guerra con Rusia, se anexiona el sur de Manchuria, la mitad de Sajalin y Port Arthur. En 1918, como consecuencia de la derrota alemana en la I Guerra Mundial, obtiene el mandato sobre los archipiélagos de las Palaos, las Marianas, Carolinas y Marshall, aunque Guam queda bajo control de los Estados Unidos. En 1910, los japoneses ocupan toda la península de Corea. La expansión japonesa en China le llevará a controlar toda Manchuria en 1931, a partir de entonces denominada Manchukuo. En 1933, Japón ocupó Jehol, y cuatro años más tarde extendió la frontera de Manchuria hacia el oeste. En 1938, las tropas japonesas ocupan una amplia franja y posesiones costeras en el litoral chino. Por último, en 1939, gana a China la isla de Hainan, el corredor de Nanjing y algunos territorios más en la región central. El imperialismo japonés por el Pacífico ha alcanzado su cima, lo que pronto provocará el choque con las potencias occidentales, especialmente Estados Unidos.
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En realidad, en Atenas se producen graves alteraciones sociales, provocadas por los efectos negativos de la guerra y sus consecuencias, pero también por el nuevo impulso de la riqueza paralelo a la recuperación militar. Por el orador Lisias se conoce el caso de Ergocles, demócrata que se hizo rico a través de la navegación y que desde entonces pasó a favorecer a las oligarquías. En efecto, desde el año 389 Trasibulo comienza a recuperar el control sobre el Egeo, en acciones que van desde Rodas a las costas del Helesponto. Aquí emprende acciones diplomáticas entre los pueblos indígenas, aprovechando los conflictos entre grupos, para convertirse en el mediador y árbitro, capaz de restablecer la concordia, lo que lo coloca en una posición privilegiada para establecer desde allí el control de los estrechos. En Bizancio se estableció una especie de aduana en la que cobrar tasas a las naves que regresaban del mar Negro. Con el apoyo a la democracia había conseguido que la presencia de los atenienses no resultara molesta a las poblaciones locales, según Jenofonte. Más tarde, en Lesbos expulsó a la guarnición espartana. Desde allí se dedicó a devastar el territorio de la costa continental, lo que, al parecer, tuvo que ver con su muerte, en una emboscada, y con el surgimiento de problemas en Atenas en torno a sus partidarios, síntomas de que comenzaban a renacer los conflictos que envolvían el movimiento expansivo. Paralelamente, los cambios se manifestaban en otro terreno. Los problemas de la ciudadanía repercutían en las posibilidades de conservar en el plano militar el sistema tradicional ciudadano, nutrido de campesinos sirviendo como hoplitas. Poco a poco se impone el método de reclutamiento mercenario, por lo demás caro, necesitado de aportaciones tributarias o de acciones de pillaje. Ifícrates elige una vía más barata, consistente en formar ejércitos de tropas ligeras, que, sin ser propietarios capaces de aprovisionarse ellos mismos del armamento, tampoco requerían un gasto especial por parte de la ciudad. Las tropas se mostraron eficaces sobre todo en la victoria del Lequeo, donde atacaron por sorpresa a un ejército hoplítico espartano y demostraron las ventajas de la movilidad. Del año 387-86 se conoce el decreto que regulaba las relaciones de Atenas con Clazómene, ciudad jónica situada en la costa de Asia Menor, donde se establecía la participación económica y la normativa para el envío de guarniciones, circunstancia ésta que se dejaba a la decisión del demos ateniense. Para algunos, son pasos dados en la política de recuperación legal de las relaciones imperialistas.
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Durante todo el siglo XVI, el enfrentamiento entre musulmanes y cristianos será una de las mayores preocupaciones de los países europeos. La posición dominante lograda por el Imperio otomano en el Mediterráneo oriental, sus intentos en el occidental y su avance hasta Europa central y por el contorno del Mar Negro, será motivo constante de preocupación de los Habsburgo, ante el temor de ser invadidos; de Polonia-Lituania y de Venecia, a quienes arrebatará parte de sus territorios; y del principado de Moscú, que en su impulso expansionista deberá forzar las posiciones turcas en el sureste europeo, para alcanzar el Mediterráneo a través del Mar Negro, constante de su política exterior hasta el siglo actual. Las diferencias religiosas hacían inviable cualquier consideración de acuerdo y sólo Francia, en su perpetua lucha contra los Habsburgo, llegó a mantener cierta alianza diplomática con los otomanos, que en algún momento se plasmó en ayuda militar, ante el escándalo general. Los enfrentamientos se localizaron en dos áreas geográficas diferenciadas, con participantes diferentes en cada caso, por un lado en la Europa situada al norte de los Balcanes, y por otro en el Mediterráneo.
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Polibio comienza sus Historias diciendo: "¿Qué hombre en todo el mundo puede ser lo bastante estúpido o frívolo como para no querer conocer cómo y bajo qué forma de gobierno casi todo el mundo habitado, conquistado en menos de 53 años, ha pasado bajo la autoridad de Roma? Es un hecho que no tiene precedentes". Esta imparable expansión de Roma sorprendía ya a los historiadores antiguos y para los modernos no están resueltas, ni mucho menos, todas las claves del proceso. Polibio se refiere a los acontecimientos bélicos posteriores al 264 a C, pero la fecha no es lo fundamental, puesto que si se acepta que Roma ejerció una política imperialista, el momento, el punto de arranque que justifique esta afirmación es bastante discutible. Se considera -con muy poca lógica- que la conquista de Italia no supuso ningún tipo de imperialismo por parte de Roma. Serían más bien guerras defensivas y habría por tanto que esperar a la Primera Guerra Púnica o incluso a la segunda para hablar de una política imperialista, ya que Roma no pudo ver ninguna amenaza directa. Otros autores señalarían el inicio del imperialismo romano a partir de la segunda guerra contra Macedonia, etc. Pero, en nuestra opinión, no puede establecerse en ningún momento determinado el comienzo del imperialismo romano. Si existió, sus raíces están en la propia estructura de la sociedad romana y en la evolución posterior de ésta, en la que, a factores políticos, se fueron añadiendo otros de carácter económico, psicológico, diplomático, etc... que marcaron la política exterior de Roma y posibilitaron que se convirtiese en una potencia dominadora de medio mundo. Por otra parte, es difícil explicar en qué sentido fue Roma imperialista. En muchos casos Roma no buscaba anexiones, como lo demuestran, por ejemplo, su tratado con los etolios del norte de Grecia -a los que sólo exigía su parte del botín en las operaciones conjuntas-, o la creación en el 167 a.C. de cuatro repúblicas artificiales en Macedonia, o el rechazo de territorios legados por testamentos, como es el caso de Egipto en el siglo I a.C. o la propia existencia de los llamados estados clientes, como es el caso de Tracia (anexionada en el 46 a.C.), Mauritania (donde Juba II había sido colocado por Roma como Rey en el 25 a.C.), el reino de Emesa, la tetrarquía de Abilene, etc. Lo cierto es que en Roma, desde sus comienzos, se configuró una sociedad militarista. La asamblea creada por Servio Tulio, los comicios centuriados, era básicamente militar y en ella se vinculaba el poder y la riqueza al honor militar. La virtus romana era, en definitiva, el valor, la valentía. Desde los comienzos de la República las magistraturas más elevadas eran las militares. Por tanto, Roma practicó una política militar desde sus comienzos y uno de los objetivos militares básicos de entonces era la expansión. En muchas ocasiones podrían considerarse razones defensivas, en otros casos no. Se buscaban intereses económicos -nuevas tierras- o estratégicos: seguridad en sus fronteras, aumentar su autoridad política protegiendo a sus aliados frente a otros agresores, etc. En una segunda fase, a partir del siglo III, los intereses siguieron siendo básicamente los mismos, pero los éxitos conseguidos habían generado una dinámica de alianzas políticas, de grupos de poder y de necesidades que implicaban la continuación de su política expansionista. En primer lugar, la más alta ambición para cualquier miembro de la oligarquía era el triunfo. La celebración de la victoria, con su despliegue de procesiones, equiparaba al vencedor casi con un dios. Es sabido que se dieron campañas provocadas por generales para conseguir tal triunfo, incluso antes de que el Senado perdiera el control sobre las guerras en el siglo I a.C. La tradición aristocrática romana estaba bajo el influjo del mundo helenístico. Quizá ya Escipión siguió el modelo de Alejandro, como hicieran después Pompeyo y César. Por otra parte, la oligarquía romana adquiría, a través de la victoria militar, prestigio y clientes en las nuevas provincias dominadas. La mayoría de los propios conquistadores pasaban posteriormente a ser elegidos patronos de la ciudad o provincia por los propios vencidos. Los patronos obtenían el apoyo de la comunidad cliente hacia él y su familia; su título de patrono era hereditario. A cambio, protegía a sus clientes de los malos tratos o abusos y, en general, intentaba promocionar a las élites provinciales, ahora clientes suyos, y a la ciudad. Así, C. Fabricius Licinius, vencedor de los samnitas, es elegido por éstos patrono en el 282 a.C. El propio Catón, en el 195 a.C. y después de sus campañas victoriosas en Hispania, es elegido patrono por los hispanos. Los intereses económicos jugaban también un papel determinante. En principio, el botín estaba legalmente a disposición del general, aunque normalmente, se entregaba parte de él al Tesoro estatal y otra parte se destinaba a obras públicas que aseguraban la gloria y popularidad del benefactor. También era la forma más segura de pagar a las tropas, entre las que el general repartía parte del botín oficial. Los pequeños propietarios campesinos (y a finales del siglo II a.C. los proletarios) verán en las guerras la posibilidad de hacer fortuna. No olvidemos que durante las guerras itálicas la victoria había llevado a menudo a parcelar la tierra conquistada entre los ciudadanos pobres incluso después de las guerras ultramarinas. El Estado a veces adquirió tierra para arrendar a los ciudadanos y las colonias de veteranos fueron después seguidas por emplazamientos para la plebe romana a gran escala. En este sentido, a veces las guerras eran la vía más segura para neutralizar las amenazas o revueltas internas. Los negotiatores encontraron en las guerras y las anexiones, un filón que les permitió hacer grandes fortunas. Cicerón dice, posiblemente sin exagerar, que Roma fue a menudo a la guerra a causa de sus mercaderes. Esclavos, metales, objetos manufacturados y todo tipo de productos obtenidos en las guerras proporcionaban un constante beneficio para los comerciantes romanos y latinos. El Estado aumentó estas operaciones con la creación de puertos libres (como el de Delos en el siglo II a.C.) o, a veces, con la exención de tasas portuarias. Sólo el comercio de grano fue siempre vigilado y controlado por el Estado. La provisión de los ejércitos y el mantenimiento de la plebe romana eran objetivos prioritarios. Así, económicamente, la política de guerras y de expansión practicada por Roma contaba con el consenso no sólo del Senado y la oligarquía romana y latina, sino con la de todos los sectores sociales incluida la clase más desfavorecida. Además, el Tesoro estatal se hizo cada vez más dependiente de los ingresos exteriores: las indemnizaciones, los impuestos y tributos, los aranceles... eran la fuente esencial que permitía financiar los enormes gastos que las guerras suponían. Sin duda los romanos no consideraron nunca inmoral o reprobable su política imperialista. Su conservadurismo hacía que el aval legal que justificaba una guerra sancionara a ésta como un acto patriótico y necesario. Se atacaban a veces las guerras inspiradas por la codicia de algún oligarca. Se conocen las objeciones que se plantearon a la campaña parta de Craso o la oposición de Catón, en el 167 a.C., a una proyectada contra Rodas. Pero aún así, a veces esta voluntad era manejada, como sucedió con la expedición a Sicilia del 264 a.C. Dice Polibio que el Senado se negó a responder a la llamada de Mesina, pero la plebe la aceptó bajo presión de los cónsules Apio Claudio Caudex y Marco Fulvio Flaco. Los Fulvios, originarios de Tusculum, habían dominado la ciudad durante la primera Guerra Púnica junto con familias de origen campano y samnita, como los Atilios y los Octilios, y obviamente les preocupaba la suerte de sus compatriotas instalados en Sicilia y amenazados por Siracusa. Así, el imperialismo romano no fue ni constante ni premeditado, como han mantenido muchos historiadores, ni tampoco el resultado de una serie de contingencias. Cada progreso de Roma en Italia aumentaba sus responsabilidades, convirtiéndola en potencia más idónea para proteger el mundo de las ciudades, demasiado dividido para ser sólido, contra las oleadas procedentes de los pueblos montañeses. Por otra parte, en muchas ocasiones Roma prefirió -como hemos visto- cambiar sus relaciones con los pueblos extranjeros por un sistema de clientela, base de la vida social y de la actividad política de la aristocracia que la dirigía. Sin duda se fue relajando con el tiempo la fides, base de sus relaciones con los extranjeros y entre los propios ciudadanos. Pero también su experiencia política los condujo a un mayor pragmatismo y cierta desconfianza política. Así lo constataron con la actitud de gran parte de sus aliados itálicos durante la segunda Guerra Púnica. E incluso antes, en el siglo IV a.C., cuando se batieron contra los galos, ignoraron que estas bandas errantes, empujadas por necesidades materiales, eran utilizadas por Dionisio de Siracusa para debilitar a sus adversarios. Estas y otras experiencias guiaron la política de Roma, como en general han guiado la política de todos los pueblos a través de los siglos. Concluyendo, en nuestra opinión, el impulso que llevó a Roma a la conquista del mundo mediterráneo y las formas que adoptó dicha conquista están íntimamente ligados a las instituciones republicanas, responsables de su orientación y de los medios para llevarla a cabo. A esto habría que añadir que la visión actual de la expansión de Roma es bastante incompleta, ya que de muchos de sus principales contrincantes (los samnitas, cartagineses, etc.) no poseemos testimonios propios, ni conocemos sus juicios y valoraciones sobre su propia política o la de Roma. La justificación histórica de Roma se apoya en su éxito político y éste ha determinado, como sucede generalmente, el juicio de la posteridad.
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En 1533 heredó el trono de Moscú Iván IV el Terrible (1533-1584), niño aún. Cuando pudo imponerse sobre los boyardos, que habían mantenido durante su minoría al Imperio en un estado de anarquía, inició una política claramente dirigida a que en el interior y en el exterior se reconociese su voluntad suprema como zar, título con el que fue coronado en 1547. Durante su mandato el Imperio se extendió por el Don hasta su desembocadura en el mar de Azov y por las regiones del medio y bajo Volga hasta el Caspio, mientras que por el Este llegó y superó los Urales. Continuando la política expansionista de sus antecesores, Iván IV convirtió a Rusia en una potencia ya temible en esta zona de Europa. La primera campaña expansionista la dirigió hacia Livonia, donde, en 1558, tomó Narva, abriendo con ello una puerta al Báltico, donde Moscovia se convirtió en una nueva potencia en liza por la hegemonía. Los restantes competidores lanzarán la contraofensiva. La Hansa consiguió que la Dieta imperial declarase el bloqueo económico, Reval y el norte de Estonia consiguieron la protección de Suecia, Dinamarca se estableció en la isla de Oesel y Segismundo Augusto de Polonia ofreció la protección a Livonia y Curlandia, siempre que la Orden Teutónica aceptase el protectorado polaco, cosa que hizo en 1559. Por el Norte entrará en contacto con los "Merchants Adventurers", que en 1554 llegaron a Arkángel e iniciaron un comercio beneficioso para ambas partes, alentados por el zar, que aprovechó el contacto para trabar relaciones diplomáticas con Inglaterra e intentar conseguir una alianza militar que no logró. Aunque los ingleses deberán compartir en el futuro el mercado con los holandeses, siempre mantendrán una situación preferente en Rusia. La iniciativa privada de los grandes propietarios Stroganov, en busca de salinas y minas de hierro, será la causa de la expansión más allá de los Urales, que tendrá una rápida continuación en el siglo siguiente. Tras la muerte de Iván IV en 1584, el retraso mental de su hijo Fedor habría provocado de nuevo la anarquía si no fuese por la tutela de su cuñado Boris Godunov, que será capaz de mantener el orden interior y sortear los problemas del exterior, sobre todo las ambiciones polacas y suecas. Pero, a pesar de ser elegido zar a la muerte de Fedor en 1598, Boris no pudo impedir las banderías internas y las guerras entre facciones, que mantendrán al Imperio ruso, durante la denominada "época de las perturbaciones", sumido en el caos. La amenaza del avance ruso forzó la unión de Polonia y Lituania, que en la Asamblea celebrada en Lublin en 1569 decidieron constituir un solo Estado con un soberano común, situación que se mantendría por dos siglos. Ya, desde 1549, el temor ante el avance ruso había provocado un acercamiento entre Jagellones y Habsburgos, sellado con el matrimonio entre Segismundo Augusto y una hija del emperador, que se mantendrá en los decenios siguientes, aunque alternando con períodos de amistad francesa. Mientras, la rivalidad permanente entre Suecia y Dinamarca por el control sobre el Báltico, acabó desembocando en la guerra de los Siete Años (1563-1570), que terminó en un conflicto generalizado. Iván IV participó con Lübeck en apoyo de Federico III de Dinamarca, mientras Segismundo Augusto de Polonia se aliaba con Erik XIV de Suecia. La larga contienda supuso un desastre para todos los países ribereños, que vieron perjudicado su comercio por la acción de los piratas sobre barcos de cualquier nacionalidad, y para todos aquellos con intereses mercantiles en la zona. Especialmente afectados fueron los "Merchants Adventurers" ingleses, que habían extendido su radio de acción por el Báltico, fundamentalmente a través de Hamburgo, puerto que conoció en el siglo XVI un momento de esplendor, y también la Monarquía española, necesitada de defender los intereses de los Países Bajos. Al Congreso de Stettin de 1570, que dio fin a la guerra, asistieron representantes de los contendientes y de Inglaterra, Escocia, España, Brandeburgo y Sajonia, que vieron con preocupación el deterioro del comercio de un área conveniente para todos. Sólo los rusos no fueron invitados, dado el rechazo de los demás ante su considerable avance geográfico. Stettin fue una fecha importante en el área báltica, a partir de la cual se impuso como norma teórica de derecho público europeo la libertad de navegación para todos, y no el control de las aguas ni de los estrechos por uno solo. Además, Suecia ganó Estonia, y su aliada polaca, Livonia. Dinamarca, que conservó la isla de Oesel, debió abrir el Sund a los suecos y, por tanto, resultó perdedora.
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La potente Rusia no cesaba de hostigar a la Sublime Puerta y los logros de Kainardji le parecieron insuficientes. El privilegio de nombramiento de cónsules en los principados rumanos de Moldavia y Valaquia proporcionaron a Catalina la posibilidad de intrigar contra los intereses turcos, al tiempo que alentaba conspiraciones en Crimea, zona estratégica en el dominio del mar Negro y ambicionada secularmente por Rusia, y trabajaba para que su influencia sobre las comunidades cristianas de los Balcanes desembocara en la independencia bajo la tutela zarista. No cabía duda de que los planes rusos incluían al Imperio otomano, con graves problemas sociales, económicos y políticos, en sus proyectos de reparto. Pronto tuvo la oportunidad y el detonante fueron los conflictos surgidos en Crimea por la expulsión del kan por los tártaros, mientras el sultán argumentaba que iba a la guerra por la unidad del Islam. La intervención de Austria rompió el tejido diplomático ruso y tuvo que iniciar conversaciones, con la mediación de Francia, que cristalizaron en el Tratado de Ainalikawak, donde los beligerantes declararon la neutralidad en los problemas de Crimea y los turcos permitían la entrada por los estrechos a los barcos mercantes rusos. Las negociaciones diplomáticas en 1780, entre José II y Catalina II, concluyeron en una alianza defensiva general en caso de ataque turco al año siguiente. De forma consciente, ignoraron a los pacifistas franceses y sólo informaron a Vergennes cuando todo había terminado. En respuesta, Versalles se negó a ratificar la alianza, pero no tuvo ninguna consecuencia porque era una reacción esperada. Oriente formaba parte de los planes rusos de colonización y repoblación de las tierras entre el Volga, Don y Dnieper. Catalina II ignoró el Tratado de Ainalikawak y, después de la caída del kan protegido por Rusia en Crimea, en septiembre de 1782 informó a José II de un proyecto de reparto y de su pretensión de reconstruir el Imperio griego, inspirada por Potemkin. Consistía en la creación de un Estado independiente con los principados rumanos y la Besarabia, al que llamaría el reino de Dada, entregado a su nieto el gran duque Constantino. Austria recibiría anhelados territorios fronterizos: Serbia, Dalmacia, Bosnia, Herzegovina, Albania y parte de Grecia. Rusia, en cambio, conseguiría Crimea, Kuban y una parte del litoral oriental del mar Negro. Todo ello sería posible con la conquista de Estambul por ambas potencias. Ningún Estado se oponía a la división de la Sublime Puerta, salvo Francia, liberada ahora del conflicto norteamericano. Vergennes presionó a José II con la formación de una coalición antiaustríaca, envió embajadores a Turquía para que se concediesen ventajas jurídicas y económicas a Catalina II y rechazó la participación en el reparto, ya que los coaligados le prometieron Egipto. Una vez tomada Crimea por los rusos, debido a la diplomacia francesa, José II se retiró de la guerra porque estaba supeditado a las directrices de la zarina y temía el desequilibrio de poder en el Este, que tarde o temprano se volvería en su contra. Catalina II, aislada y sin dinero, aceptó la mediación versallesca y firmó el Tratado de Estambul, en enero de 1784, donde los turcos reconocían su debilidad y el kan de Crimea pasaba a considerarse su vasallo; pero el proyecto griego fracasó por falta de respaldo internacional porque la diplomacia se había impuesto a las ambiciones particulares.