Busqueda de contenidos

contexto
El espejismo de la explosión planetaria del mundo occidental, el desarrollo sin precedentes de las técnicas mercantiles y financieras y el liderazgo resultante del mundo urbano en la organización político-social no deben inducir a olvidar un hecho esencial: que a comienzos de la Edad Moderna la agricultura constituía la principal fuente de producción económica y el sector mayoritario de ocupación de la población activa europea, seguido a gran distancia por la industria y el comercio. Estos últimos serían a la larga los agentes de un proceso profundo de transformación que sacudiría los cimientos sobre los que se asentaba la organización económica del Continente, pero entre tanto la Europa preindustrial continuó siendo un Continente eminentemente rural, que en gran medida, por lo que afecta a las técnicas agrícolas, a los niveles de rendimientos del suelo cultivado y a las formas de organización social de la producción conservó las mismas características que el período anterior. El tradicionalismo de las estructuras agrarias no obstó, sin embargo, para que en el siglo XVI se produjera una fase coyuntural de expansión. El principal de los factores que condicionaron este fenómeno lo constituyó el crecimiento demográfico, que conllevó un aumento de la demanda de alimentos y una mayor presión sobre los recursos naturales. El cambio verificado no fue sin embargo cualitativo, sino tan sólo cuantitativo, pues no afectó casi nunca (con algunas excepciones) a una intensificación de los cultivos, ni a la introducción -casi anecdótica- de nuevas especies, consistiendo tan sólo en una extensión de la superficie cultivada a costa de superficies marginales incultas o a terrenos abandonados a raíz de las grandes crisis demográficas de fines de la Edad Media. El resultado consistió en un proceso de reconquista del suelo arable y de humanización del paisaje rural tras el retroceso de los cultivos que tuvo lugar sobre todo en el siglo XIV como consecuencia de la drástica despoblación que determinó en Europa la peste negra. La expansión afectó al cultivo de los cereales, al que se destinaba la mayor parte de la tierra, pero también a cultivos más especializados, como el de la vid, más orientados a la comercialización de sus productos en los mercados urbanos. En algunos casos, la dilatación de la demanda interior se vio complementada por la demanda exterior, y ello potenció aún más los estímulos de la expansión agrícola. En Andalucía, por ejemplo, la superficie cultivada se incrementó no sólo como consecuencia del aumento de la población, sino también de la demanda de aceite y vino en el recién abierto mercado americano. Aumentó también en Polonia, quizá en torno a un 25 por 100, como efecto de la demanda occidental de grano. En otras regiones, en las que no operaba el estímulo de la demanda exterior, la extensión de los cultivos es también claramente perceptible. Así, por ejemplo, sucede en el caso de Francia, Inglaterra, los Países Bajos (donde se ganaron al mar importantes superficies para uso agrícola), Italia o Noruega. Un tercer estímulo para la expansión agraria del XVI fue la coyuntura de precios, en alza por efecto del incremento de la presión de la demanda y de la dilatación del stock monetario en circulación. Aunque los precios altos incidían también de forma negativa en los costos de producción, las expectativas de ganancia espolearon el interés por la agricultura y, en general, la tierra se revalorizó.
contexto
Si se da por sentado que la sociedad tardo-carolingia hasta el año 1000 fue todavía de corte esclavista y que la Europa de los carolingios y luego de los otónidas mantuvo cierta unidad a pesar de la menor dimensión del segundo Imperio, ¿se acepta decididamente la llamada por G. Bois "revolución del año mil"? Y si se acepta, ¿se admite, asimismo, la diferente datación en torno a dicha fecha -descargada y desactivada de cualquier simbolismo apocalíptico- del inicio de los cambios que Raúl Gláber certifica para comienzos del siglo XI? Parece claro que el crecimiento agrícola se había iniciado antes (si hacemos caso del "coloquio de Flaran 10"), y que una primera fase, aún en la alta Edad Media, había conducido a un crecimiento demográfico puramente interno con la densificación de antiguos núcleos de población, para, en una segunda fase, entre los siglos Xl al XIII, constatarse la exteriorización del crecimiento y la generalización del progreso técnico junto a la extensión espacial del horizonte agrario, a tenor de las nuevas condiciones políticas y sociales. Dichos cambios se sucedieron poco antes y después del fin del primer milenio: la fundación de Cluny en el 910 y lo que representa en lo religioso cultural; el agotamiento de las familias carolingias desde mediados del siglo X y el acceso al poder de la familia otónida procedente de Sajonia, con la instauración o restauración del nuevo Imperio después del 962, en lo político; la puesta en cultivo de nuevas tierras a partir de los años 1010 y la aparición de los primeros contratos de asociación en torno al año mil, en lo económico y comercial -como expresa R. Fossier-; o la llamada de atención del obispo Adalberón de Laón sobre la amenaza de ruptura del esquema estamental de la sociedad en lo ideológico-funcional. Cambios que justifican la visión optimista de R. Glaber sobre el "umbral del año mil". Las iglesias reparadas, revestidas o edificadas de nuevo, a las que se refiere el cronista milenario, no se hicieron con la fe, sino con el resurgimiento económico y la dedicación de recursos excedentarios. Sin embargo, se puede seguir discutiendo sobre cuál o cuáles fueron, y en que medida actuaron, los motores principales del cambio: "la variación del clima, la inflexión demográfica, la reestructuración familiar, la nueva articulación del espacio (y la jerarquización social), los tímidos avances tecnológicos o las roturaciones y colonizaciones agrarias", entre otros; interesando, especialmente, los resultados más que los factores, al convertirse a su vez en causas y efectos de las transformaciones progresivas. No obstante, entre los factores más condicionantes cabe situar la generalización del "señorío banal" o jurisdiccional, que vino a sustituir al viejo sistema de las estructuras dominicales aún vigentes: como el régimen señorial clásico del norte del Loira que dividía el espacio entre la reserva y los mansos, con las consabidas prestaciones de trabajo; y el implantado en las regiones del sur, donde la mayor romanización había perpetuado la explotación directa con cesión de tierras a cambio de rentas en especie. Todo ello generando un nuevo marco en las relaciones de poder sobre la base del tránsito de una agricultura itinerante a otra sedentaria, organizada y acaparada en las manos de la aristocracia militar y de la Iglesia, dentro de unos esquemas jerarquizados que someterán al campesinado indefenso y desunido ante la agresión feudal. Porque la posesión sobre los hombres irá completando la posesión sobre la tierra. Todo esto hubiese sido imposible, pese a todo, sin la ampliación del horizonte agrícola, el aumento extensivo e intensivo de los cultivos, la recuperación de los bosques, los pantanos y aun el mar para la producción agraria, que duplicó y triplicó los rendimientos de las cosechas y generó excedentes que motivaron el comercio y alimentaron a los incipientes núcleos urbanos; núcleos urbanos que, a su vez, abrieron aparentes marcos de libertad dentro del primer ensayo feudal, y excedentes que despertaron la codicia de los poderosos, los cuales hicieron por sustraer de los campesinos buena parte de sus rentas y prestaciones personales bajo la amenaza, la coerción, el miedo y la indefensión. Por eso, a la hora de situarse en el origen de un mundo en transformación, es el ámbito rural el punto de arranque que en su evolución hacia nuevas fórmulas y formas de explotación de los recursos naturales, arrastró diversas mutaciones y cambios en el ámbito doméstico y familiar, en la fecundidad demográfica y en la acotación y secuestro de las últimas libertades civiles heredadas del viejo Imperio romano. En definitiva, y como escribe C. M. Cipolla al hacer un diagnostico pesimista sobre la producción en la Alta Edad Media, "a partir del año mil se empezó a superar el despilfarro del esfuerzo humano, la falta de división y especialización del trabajo, la autosubsistencia sin inversión ni beneficios y el mínimo consumo". Aunque beneficios, consumo, lujo e influencia sobre el medio se dirigieran entonces hacia las manos de los poderosos, con el consentimiento de la autoridad superior (imperial, real o condal) y la protección de las leyes feudales.
contexto
El avance de los alemanes hacia el este por territorios eslavos del Báltico -fenómeno denominado por aquellos como Drang nach Osten- fue consecuencia de la conjunción de factores políticos, económicos y religiosos. Entre los primeros hay que situar la acción de los principados alemanes del cuadrante nororiental, con una línea de actuación diferente al resto de los componentes del Sacro Imperio, seguida de la importantísima trayectoria que conseguirá la "Orden de los caballeros teutónicos", en esta zona europea, a partir del primer tercio del siglo XIII. Junto a lo político-militar, la idea de cruzada -hasta entonces limitada al ámbito islámico- hará acto de presencia en la lucha contra el paganismo de estos pueblos. Su erradicación sería resultado tanto de las armas como de la labor evangelizadora de premostratenses y cistercienses. Por último, como factor económico, destacará la colonización de estas zonas por holandeses, frisones y, sobre todo, por alemanes -a instancias de la clase aristocrática, de las órdenes militares y por iniciativa de colonos y mercaderes- que paralelamente extenderán su influencia por otros países centroeuropeos como Polonia, Bohemia o Hungría. En este sentido, el germanismo obtuvo una generosa compensación en el centro y especialmente en el este, cuando, tras la batalla de Bouvines en 1214, se cerró su proyección hacia el oeste de Europa. La marcha progresiva de los germanos hacia el este, iniciada con los carolingios, no se había interrumpido en ningún momento. Más allá del Elba, las operaciones militares efectuadas por algunos magnates, con independencia del Imperio, se fueron haciendo habituales a medida que avanzaba el siglo XII. La anarquía surgida en Polonia, después de la muerte de Boleslav III, en 1138, facilitó esta acometida, que fue protagonizada por Alberto el Oso y Enrique el León, duque de Baviera y Sajonia. Alberto el Oso ocupó Brandeburgro y se intituló margrave del mismo hacia 1150. Sus herederos proseguirían su obra engrandeciendo el margraviato mediante una expansión hacia el Báltico, en la margen derecha del bajo Oder. Por su parte, Enrique el León, intentando crear un gran Estado sajón, conquistó los territorios vendos de la costa entre el Elba y el Oder, estableció en ellos los ducados de Mecklemburgo y Pomerania y ejerció influencia en el Holstein oriental. Se instaló en Lübeck -fundada en 1143- donde fijó una sede episcopal y creó Rostock. Así, mientras Federico I Barbarroja dirigía una cruzada en Oriente, estos hombres lo hacían contra los paganos próximos a sus dominios. La idea de "cruzada contra los eslavos" seria decisiva para proseguir su avance. A la conquista seguiría la colonización, que se desarrolló de forma potente a partir de la segunda mitad del siglo XII, gracias al impulso de los príncipes. Ellos fueron los que favorecieron la inmigración masiva de caballeros, mercaderes, colonos y monjes del Císter, los cuales sentaron firmes bases para la futura germanización y cristianización del país. Lübeck se convirtió rápidamente en un importante centro urbano que se unirá a la futura "Liga Anseática". Sus habitantes fueron responsables de la fundación de Riga en 1201 que, como nueva zona de cruzada, pronto acogió el establecimiento de los "Fratres militiae Christi", más conocidos como los "Caballeros Portaespadas", que hicieron reconocer la posesión de Livonia como nuevo feudo imperial y procuraron la atracción de nuevos contingentes de población germánica. Con anterioridad, los pueblos autóctonos de esta zona habían mantenido contactos comerciales con los nórdicos y aunque dichas relaciones habían decaído a fines del siglo XI, para no perder toda su influencia, los daneses, también con matiz cruzadista, fundaron Reval (Tallinn) en Estonia. Sin embargo, Dinamarca sólo controló el sector eclesiástico, pues la mayor parte de los cuadros socioeconómicos fueron alemanes, procedentes de Lübeck. En el siglo XIII, bajo el estímulo de reducir el paganismo, la progresión germana continuó por el Báltico oriental, sentando los cimientos de la futura Prusia. Esta nueva fase expansiva tuvo como protagonistas, de un lado, a la orden teutónica, de otro, a los pueblos baltos: prusianos (situados entre el Vístula y el Niemen), lituanos y letones (del Niemen al Dvina; los primeros, en el interior, ocupando zonas de bosques frondosos), livonios y estonios (entre los golfos de Riga y de Finlandia). La orden teutónica -así denominada por limitar sus filas exclusivamente a alemanes- nació en Acre en la segunda mitad del siglo XII. Más tarde, desde esta posición en el Mediterráneo oriental, ampliará y trasladará su campo de acción a la Europa Báltica. El creador de su grandeza y de la nueva etapa fue Hermann von Salza, amigo personal de Federico II. De este gran monarca recibiría el titulo de "Príncipe Imperial", y su orden cuantiosos privilegios y mercedes. El maestre Hermann sacó a sus caballeros de Tierra Santa para llevarlos a una cruzada más prometedora en Hungría, pero, ante los escasos éxitos, aprovechó la oportunidad que se le ofrecía en los territorios paganos del norte de Europa. En efecto, en el ano 1226, el duque polaco Conrado de Mazovia, no pudiendo reprimir una revuelta general de los prusianos, solicitó ayuda a los teutónicos, que se embarcaron en una nueva cruzada contra los infieles. A cambio, recibirían todos los territorios que pudiesen conquistar. Derechos que fueron ratificados por el propio Federico II y que vinieron a demostrar que las disposiciones dadas a dicha orden en la "Bula de Oro de Rímini" no habían sido estériles. Las motivaciones que movieron a Conrado a efectuar el llamamiento de los caballeros germanos pudieron ser varias: poner freno a las devastaciones que los prusianos -recientemente evangelizados- efectuaban en sus dominios, o poner fin a la acción de los cistercienses que, con ayuda de los portaespadas, organizaban este territorio al margen de Polonia. Por otro lado, también se ha debatido respecto a los intereses de Federico II, si fue o no el impulsor de esta expansión, pretendiendo restar la influencia del Pontífice en este área. De ser afirmativa la respuesta a esta última cuestión, su proyecto no triunfó, pues en 1234 la orden entregó todas sus propiedades al Papa, que se las devolvió en calidad de feudos de la Iglesia. El asentamiento de los teutónicos en Prusia se afianza con su fusión a los Hermanos Portaespadas de Livonia en 1237, unión que inaugura una nueva fase de su poderío en el Báltico. La costa oriental hasta Finlandia fue abierta a las misiones de la Iglesia, a los nobles y pobladores urbanos, que fueron los principales agentes de colonización. Allí explotaron a los pueblos autóctonos que, como campesinos, quedaron en su mayor parte sometidos a servidumbre. Los nobles recibieron feudos y formaron parte de la milicia; los pobladores de los burgos obtuvieron plena autonomía y llegaron a formar parte de la Hansa. Desde el punto de vista urbano, es la época de la fundación de ciudades: Thorn (1231), Kulm (1232), Marienburg (1233), Elgbing (1237), Memel (1252), Konigsberg (1254), Braunsberg... hasta un total de unos ochenta nuevos núcleos urbanos, a los que no se exigió ningún impuesto, salvo los aduaneros. La fuerza y el auge obtenidos por la orden hicieron concebir los ambiciosos planes de ensanchar sus dominios mediante una nueva cruzada contra los cismáticos ortodoxos del norte de Rusia. Un objetivo que les conduciría a una seria derrota junto al lago Peipus, en 1242, a manos de Alexander Nevski, príncipe de Nóvgorod y que cerraría definitivamente su expansión por Rusia. Un año antes, la orden, junto a los polacos, había sido igualmente derrotada por los mongoles en Leignitz. Al calor de los citados descalabros, entre 1242 y 1253, tuvo lugar una revuelta prusiana, que fue sofocada con ayuda de Bohemia y Alemania Mientras tanto, mejor organizados que los prusianos, unos nuevos enemigos, los lituanos, se levantan frente a la presión teutónica. Las tribus lituanas paganas, protegidas por bosques y pantanos, se unieron bajo la jefatura de Mindovg, que logró formar un vasto imperio. Mindovg, para impedir a los caballeros el pretexto de cruzada contra ellos, se convirtió al cristianismo en 1251, recibiendo a cambio el título de príncipe real de manos de Inocencio IV. Sin embargo, pronto abdicó de la nueva fe, enemistándose con la orden, a la que derrotó en Durben en 1260. A consecuencia de este hecho, el paganismo recuperó terreno y la conversión definitiva de Lituania no llegaría hasta finales del siglo XIV. El desastre de Durben fue seguido de un nuevo levantamiento prusiano, dominado esta vez con la colaboración de Polonia. A la victoria, seguiría una exterminación sistemática y deliberada de los naturales del país. Represión que condujo de forma inevitable a la completa germanización de Prusia, que se sometió totalmente hacia 1285. Un hito importante para la orden teutónica sería la autorización papal para comerciar, en 1263. De manera que, nacida como una institución semimonástica para las cruzadas en Tierra Santa, se convirtió primero en una organización prioritariamente militar y más tarde comercial, con claros fines económicos que habría de defender frente a los intereses de las ciudades que ella misma había fundado. Su potencial y empuje quedó refrendado en 1309, fecha en que el maestre Sigfried von Fenchwagen trasladó la residencia oficial de los teutónicos desde Venecia a Marienburg, inaugurando, a partir de entonces, su periodo más brillante.
video
A mediados del siglo VI, durante el reinado de Justiniano, el Imperio Bizantino comienza su gran expansión por el Mediterráneo. Así, pasará a controlar las islas de Sicilia, Cerdeña y Córcega, algunas grandes regiones de Italia y el antiguo reino vándalo en el norte de Africa. En la península Ibérica, la expansión bizantina le lleva a asentarse en las Baleares y una amplia franja en el sur. Además de los bizantinos, en Europa otros pueblos dominan grandes territorios, como los ostrogodos, asentados en Italia, o los francos, en Francia y parte de Centroeuropa. En la Península Ibérica, el reino de los suevos se ubica en el noroeste, mientras el reino visigodo de Toledo resiste la amenaza bizantina. Este panorama cambiará de manera radical dos siglos más tarde. La expansión musulmana desde Arabia consigue reducir de manera considerable la extensión del Imperio bizantino, mientras que, en la Península Ibérica, los reinos suevo y visigodo han desaparecido definitivamente, quedando sólo algunos reductos cristianos en el área norte. Como contrapeso a la expansión islámica, un nuevo poder comienza a surgir en este momento, el reino franco de Carlomagno. Este conseguirá ampliar sus dominios anteriores y expandirse por el Europa oriental e Italia, creando a lo largo de los Pirineos la Marca Hispánica, un área defensiva contra el empuje musulmán.
contexto
¿Cómo ha llegado Gran Bretaña a esa privilegiada situación? Sin duda, la Gran Revolución es el punto de arranque. El 5 de noviembre de 1688, llamado por los nobles, el ejército y el clero anglicano, desembarca en Tor Bay (Inglaterra) bajo el lema "Pro religione protestante, pro libero Parlamento", Guillermo de Orange, Estatúder de Holanda, que era sobrino del rey Jacobo II Estuardo y estaba casado con su hija mayor, María. Y da comienzo a una nueva etapa de la historia de Europa por cuanto que los reinados de María (1689-1695) y Guillermo (1689-1702), y de Ana (1702-1714) (también hija del destronado Jacobo Estuardo), van a dar a la Monarquía inglesa una fisonomía que han de conservar en los siglos siguientes, y en ellos se crean las bases doctrinales, los principios del pactismo británico y la mayoría de sus instituciones políticas. Guillermo de Orange, que en su calidad de Estatúder de Holanda, representaba al autoritarismo frente a lo que él creía debilidad burguesa, en Inglaterra, paradójicamente, se convirtió en el campeón del parlamentarismo y del equilibrio político. Y en otro orden de cosas, en el plano internacional, Guillermo III y su sucesora en el trono, Ana, se erigirán en los paladines de las dos coaliciones antiborbónicas que movilizaron a media Europa contra Luis XIV: la alianza de la Liga de Augsburgo (1688-1697) y la alianza de La Haya (1701-1713). ¿Cuál es el significado de la gloriosa Revolución de 1688 y de las leyes que van completando la estructura político-administrativa de Gran Bretaña en estos primeros años del siglo XVIII? Tras las violencias y traumas vividos por los ingleses durante el siglo XVII, "1688 fue una fecha capital para la historia de Inglaterra y para la historia universal, puesto que firma el establecimiento de un verdadero contrato concluido entre un pueblo y un soberano (...) una Monarquía contractual". La base doctrinal de esa Monarquía pactada seguía los postulados de Locke: contrapesos a la autoridad, equilibrio de poderes. "En realidad, el rey trabaja de acuerdo con la burguesía y el departamento más importante es el Tesoro, en relación constante con la banca de Inglaterra (..). Sobre la alianza de la Monarquía y del capitalismo se fundará el siglo XVIII inglés" (F. Mauro). Así, uno de los principios de la Revolución establece que las subvenciones económicas se concederán sólo por un año, lo que obliga a la Corona a recabar anualmente esas subvenciones. Por su parte, en 1694 se funda, con capital privado y con el fin de hacer frente a los gastos de la guerra contra Francia, una institución financiera que acabaría siendo el Banco de Inglaterra (The Company of the Bank of England), y también ese año se votan dos leyes trascendentales: la abolición de la censura -con lo que la prensa se convierte en un vehículo de las ideas políticas y de portavoz de la opinión pública- y la Ley de Trianualidad (Triennal Act) que determina la necesidad de celebrar elecciones para cubrir los puestos de la Cámara de los Comunes cada tres años, asegurándose así la movilidad de sus miembros e impidiendo al rey que se sirva de unos parlamentarios a los que el transcurso del tiempo en sus escaños pudiera volver demasiado sumisos. "El rey reina pero no gobierna". El rey representa los intereses históricos colectivos, el pasado y el futuro, es el símbolo hacia el exterior, el equilibrio de poderes; pero la intervención concreta del monarca, la actuación directa sobre la cosa pública, está proscrita por la Ley. En esos años iniciales del moderno parlamentarismo británico nacen, también, las dos grandes corrientes de la historia política inglesa. Los torys, representantes de la aristocracia rural, los grandes señores, el clero anglicano, son partidarios de reforzar la prerrogativa real. Incluso son reticentes hacia muchos de los postulados de la triunfante Revolución. Frente a ellos, los whigs, partido compuesto por habitantes de las ciudades y pequeños propietarios rurales, son defensores de los derechos del Parlamento y acérrimos enemigos del autoritarismo monárquico, y aparecen como auténticos triunfadores en 1688 y en 1714 al asentarse la dinastía de Hannover y apartar definitivamente a los Estuardos católicos de la Corona británica. Otras dos decisiones trascendentales para el futuro de los británicos serán tomadas en los primeros años del siglo XVIII: en 1701 se promulga la Ley de Establecimiento y en 1707 la Ley de Unión. Ante la enfermedad de Guillermo III y la muerte del último hijo de Ana (su cuñada y sucesora en el trono), los parlamentarios whigs, en un clima ferozmente antipapista, temían que otro Estuardo católico accediese al trono por lo que aprobaron en 1701 una ley que regulaba la sucesión (Act of Settlement) que proscribía para siempre a los católicos; en caso de morir sin herederos Guillermo o Ana, los derechos a la Corona británica recaerían en una nieta protestante de Jacobo I, Sofía, casada con el elector de Hannover, o en sus descendientes, que habrían de ser, por supuesto, anglicanos. Así fue como, en 1714, accedió al trono de Londres la dinastía de Hannover, en la persona de Jorge I (hijo de Sofía). La otra gran decisión política se fecha en la primavera de 1707, cuando los parlamentarios escoceses admiten el Acta de Unión por la que se constituye el Reino Unido de la Gran Bretaña; esta unión política significa, además, que los escoceses y los ingleses tendrán un mismo Parlamento, en Londres, aunque Escocia continuará en posesión de su religión -gran mayoritariamente presbiterianos- y sus leyes. Por contra, los comerciantes escoceses consiguen que sean suprimidas las aduanas interiores, caminando los británicos hacia un mercado nacional en claro proceso de expansión. Este Reino Unido estará en condiciones de hacer más patente su ya iniciado dominio de las rutas marítimas y de iniciar una sutil pero eficaz forma de hegemonía en el Continente europeo, sobre todo desde 1713-1714. Con la dinastía hannoveriana Jorge I, Jorge II y Jorge III- se pasará de la Inglaterra rural, inquieta y enfrascada en luchas internas del siglo XVII, a la Gran Bretaña que definiera, despectiva, pero atinadamente, Napoleón como un "país de tenderos". Pero de tenderos del mundo. Si cuando se iniciaba el siglo -de hecho el XVII concluye históricamente en 1714- y el primero de los Jorges se sentaba en el trono de la Corte de San Jaime, el valor del comercio alcanzaba los 14 millones de libras y las naves mercantes con base en Londres ascendían a 3.500 (con un arqueo de 260.000 toneladas), en la última década del siglo se superaban los 40 millones de libras y los barcos de carga eran más de 16.500 (con 2.780.000 toneladas). Y es que la importancia que tenía para el dominio de Europa el problema colonial y, por tanto, naval- en los albores del siglo XVIII fue visto por sus contemporáneos con claridad meridiana. Así, Daniel Defoe (1660-1731), ferviente partidario de Guillermo III, y genial autor de "Las aventuras de Robinson Crusoe", desde su dilatada experiencia como periodista político, armador, comerciante y agente de varios gobiernos británicos durante más de cuarenta años decisivos de la historia de Inglaterra (1680-1720), escribía que: "...ser dueños del poder marítimo representaba serlo de todo el poder y de todo el comercio en Europa..." (en su Plan of the English Commerce). Por su parte, Voltaire escribió que "el comercio que ha enriquecido a los ciudadanos ingleses, ha contribuido a hacerles libres y esta libertad, a su vez, ha extendido el comercio; esta es la base de la grandeza del Estado". Como vemos, palabras tales como mar, libertad, comercio, poder, adquieren un enorme significado en esta naciente potencia colonial que tiene, en Utrecht, el punto de arranque. Durante la Guerra de Sucesión a la Corona de España "va afirmándose cada vez más netamente la existencia de una política exterior británica que, llegada a un nivel de poder internacional que hasta entonces no había alcanzado nunca, aspira, no ya a ser mero partenaire en una coalición destinada a impedir la hegemonía de la mayor potencia continental, sino a ordenar el Continente, de acuerdo con su propia iniciativa y su propia inspiración, sobre unos principios que dejen garantizado, de manera estable, el equilibrio europeo" (Jover-Hernández Sandoica).
contexto
1.Castilla se abre al Atlántico. La época de la gran depresión. Los primeros síntomas de la crisis. Alfonso XI restablece la autoridad real. La crisis que no cesa. Crisis, guerra y peste negra. Un monarca conflictivo: Pedro I. La guerra fratricida. Los primeros trastámaras: Enrique II. El reinado de Juan I. El reinado de Enrique III. La pleamar de las Cortes. El ascenso de la nobleza. La resistencia antiseñorial. Auge ganadero y estancamiento agrícola. Ruptura de la convivencia cristiano-judaica. El pogrom de 1391. Castilla y el Cisma de Occidente. La reforma de la Iglesia. Inestabilidad política y fortaleza económica. El reinado de Juan II. Recuperación demográfica y agraria. El fin del cisma. Los herejes de Durango. El reinado de Enrique IV. El poderío real absoluto. Economía castellana en el siglo XV. Una postrada industria. Auge del comercio internacional. La sociedad castellana: luchas internas. La segunda guerra irmandiña. Declive de las comunidades judías. La hostilidad contra los conversos. Los mudéjares. Esclavos y pobres. La beneficencia. Los hospitales. El legado de la Castilla medieval. La exclusión de las castas no cristianas. Castilla y el Atlántico. Bibliografía sobre la Castilla bajomedieval. 2.Navarra, entre Francia y Castilla. De los Evreux a los Trastámara. La aproximación navarra a Castilla. Incorporación de Navarra a Castilla. 3.Aragón: de Pedro el Grande a Juan II. Introducción. Apogeo y declive demográfico. Geografía del declive. Evolución de los precios. El problema de la crisis. La economía de la Corona de Aragón. Producción minera aragonesa. Producción artesanal en Aragón. La industria pañera. Dinámica mercantil e infraestructura. El desarrollo mercantil de Aragón. Rutas peninsulares y europeas. Las rutas mediterráneas. La Banca. Diversidad y unidad monetaria. La sociedad en la Corona de Aragón: la nobleza. El clero. La oligarquía de las ciudades. Los grupos populares urbanos. Los campesinos y las servidumbres. Los judíos: de la aceptación al rechazo. Los musulmanes vencidos. La plenitud política. La incorporación de Sicilia. La guerra y la diplomacia por Sicilia. La Península y el Magreb. Expansionismo por Cerdeña y Oriente. Inicios de la decadencia política. Las Uniones y el fracaso del autoritarismo. El reintegracionismo mediterráneo. La guerra de los Dos Pedros. La crisis y el cambio de dinastía. Continuidad y cambio en política exterior. El Compromiso de Caspe. Los Trastámara de la Corona de Aragón. Tiranía del subsidio e iniciativas de reforma. El desafío a los estamentos. ¿La Península o el Mediterráneo?. La conquista del reino de Nápoles. La política exterior de un monarca ausente. Juan II y las guerras civiles. Preludio de guerra. La guerra civil catalana. Literatura medieval catalana. La lírica. La poesía de Ausiàs March. La narrativa. La obra de Ramón Llull. Tirant lo Blanc. Los cronistas. Moralistas y predicadores. El teatro. Los escritores humanistas. La prosa humanística. Bibliografía sobre la Corona de Aragón bajomedieval.
video
A comienzos del siglo XV los reinos cristianos de la Península Ibérica han conseguido no sólo afianzarse, sino empujar a los musulmanes hacia un territorio cada vez más reducido. Con todo, son conscientes de que la etapa final de la Reconquista abre ante ellos un nuevo panorama, en el cual los musulmanes, ahora reducidos al reino nazarí de Granada, dejan de ser una competencia importante, al tiempo que el enemigo para su expansión serán a partir de este momento los demás reinos cristianos. La situación de la Península en el siglo XV es compleja. A comienzos de la centuria, son varios los reinos que coexisten y rivalizan entre sí. El mayor de todos es Castilla, beneficiado por un largo proceso de reconquista en el que ha ido añadiendo nuevos territorios. Le sigue en importancia el reino de Aragón, que podía contar con cerca de 1.000.000 de habitantes. Entre Castilla y Aragón, el reino de Navarra lucha por mantener su independencia, orientando su política hacia las alianzas con la vecina Francia. El último reino cristiano peninsular es el de Portugal, cuya población rondaría 1.250.000 habitantes. Caso aparte es el reino nazarí de Granada. Presionado por Castilla, a la que debe pagar parias o impuestos, cuenta con cerca de 750.000 habitantes, establecidos fundamentalmente en su capital, la ciudad de Granada. La lucha contra el enemigo musulmán ya no es prioritaria. En cualquier caso, los dos reinos hegemónicos, Castilla y Aragón, acuerdan que la conquista de Granada, cuando haya de producirse, será asunto privativo del primero de ellos. Aparcado el problema musulmán, el objetivo de los monarcas y sus reinos será ahora expandir su poder. Castilla mira al Atlántico como ámbito de expansión, en competencia con Portugal, interesadas ambas en el lucrativo comercio con Oriente. Aragón se expande por el Mediterráneo, una ruta directa hacia los caros productos orientales, favoreciendo la creación de consulados mercantiles y consejos de mercaderes. Las monarquías peninsulares se hallan envueltas en frecuentes disputas dinásticas, que a veces derivan en auténticas guerras civiles, como la que enfrentó en Castilla a los partidarios de Pedro I el Cruel y a los de su hermanastro, Enrique II. Tampoco escapa a las intrigas y a las luchas por el poder el reino de Granada. Los muros de la bellísima Alhambra ven cómo, entre 1238 y 1492, se suceden 26 sultanes, seis de ellos depuestos, otros tantos asesinados y uno proclamado hasta en tres ocasiones. En épocas de paz, cuando los monarcas se sienten seguros en su trono, gustan de rodearse de lujos y riquezas, promoviendo la construcción de suntuosas residencias reales, como el palacio-castillo Real de Olite, uno de los monumentos más emblemáticos y hermosos de Navarra. Para su edificación, el rey llamó a su corte a numerosos maestros y artesanos peninsulares y europeos. Estos aportaron un tipo de arquitectura muy del gusto francés, que se puede ver en los miradores, la proliferación de torres y las chimeneas con tejados de plomo, conformando un conjunto de gran belleza. La expansión económica, fundamentalmente la mercantil, promueve el surgimiento de un nuevo y pujante grupo social, la burguesía, llamado a jugar un papel importante en el futuro. Burgueses, junto con el artesanado urbano y una amplia capa de desfavorecidos, forman el paisaje humano de las ciudades medievales. Éstas siguen un trazado urbano sinuoso e irregular, existiendo a veces zonas despobladas. Las calles son estrechas y tortuosas, siempre ocupadas por una intensa actividad. El desarrollo económico de algunas urbes, especialmente las dedicadas al comercio, hizo que se construyeran nuevas áreas. En éstas, las viviendas podían alcanzar dos o tres plantas. Frente a la ciudad, el campo congrega a la mayor parte de la población medieval, habitando en granjas o pequeñas aldeas. Muchas de éstas pertenecen a la Iglesia, pues los monasterios son los grandes propietarios de tierra del momento y también los responsables de la roturación de muchos territorios baldíos. En sus posesiones trabajan campesinos dependientes, que deben pagar un alquiler por labrar el terreno, trabajando desde la salida del sol hasta su puesta. Sólo las obligadas pausas y fiestas religiosas rompían el ritmo del trabajo constante, necesario para la supervivencia. La economía, fundamentalmente agraria y ganadera, en la que la Mesta castellana vive un proceso de expansión, no es ajena, sin embargo, a las crisis periódicas. Provocadas por las malas cosechas o las guerras, las hambrunas sacuden con especial dureza a los más desfavorecidos, afectados también por sucesivas epidemias de peste, que tiene su punto álgido en el año 1348. El descontento de la población se traduce en revueltas y en la búsqueda de culpables, recayendo la mayoría de las miradas en el grupo judío, uno de los más ricos y dedicados tradicionalmente a la recaudación de los impuestos. Alimentado el antisemitismo por la Corona y la Iglesia, son frecuentes las persecuciones, asaltos a las juderías y asesinatos, alcanzando su punto máximo en el año 1391. El clima de persecución no cesará, y sólo finalizará un siglo más tarde, con el decreto de expulsión de los judíos, firmado por los Reyes Católicos en 1492.
video
Entre los siglos XIV y XV, la península Ibérica se encuentra inmersa en un proceso de unificación. La Reconquista parece hallarse estancada, aceptando los reinos cristianos la supervivencia del último reducto musulmán, el reino de Granada, a cambio del pago de parias o impuestos. En cualquier caso, los dos reinos hegemónicos, Castilla y Aragón, acuerdan que la conquista de Granada, cuando haya de producirse, será asunto privativo del primero de ellos. Castilla, Navarra, Aragón y Portugal son los cuatro reinos cristianos peninsulares. Sus relaciones son cambiantes, sucediéndose las alianzas y enemistades. Superado el enemigo común que suponía el Islam, el objetivo de los monarcas y sus reinos será ahora expandir su poder y hacerse un hueco en el conjunto de los nacientes estados europeos. Castilla mira al Atlántico como ámbito de expansión, en competencia con Portugal, más interesados ambos en el lucrativo comercio con Oriente que en la conquista de grandes territorios. Aragón se expande por el Mediterráneo, una ruta directa hacia los caros productos orientales. Navarra, un pequeño reino situado entre los gigantes Castilla y Aragón, ve en sus relaciones con Francia una forma de garantizar su propia supervivencia.
contexto
El crecimiento del comercio, así como el de la producción industrial, estuvo íntimamente ligado a la expansión heterogénea, no obstante, -desde diversos puntos de vista- de la demanda. Ésta fue motivada por la combinación de diversos factores, entre los que señalamos el aumento de la población -contrarrestado en parte, no obstante, por el deterioro de los salarios reales de algunos sectores sociales- y, más aún, el progreso agrario y el paralelo incremento de las rentas procedentes de la agricultura, la difusión de la industria en el mundo rural, el desarrollo urbano y el crecimiento del aparato estatal (civil y militar) sin olvidar el efecto multiplicador del propio desarrollo económico. Creció, pues, el número de familias, urbanas y rurales, que se proveía de alimentos en el mercado; también lo hizo la demanda, impulsada directa o indirectamente por el Estado; y mejoró la disponibilidad económica de capas sociales cada vez más amplias, entre las que, no se olvide, los comerciantes al por menor fomentaban la imitación de los más encumbrados. El resultado fue la mayor comercialización de la agricultura y la intensificación del consumo, ante todo, de productos de primera necesidad, pero también de muchos otros -a veces traídos desde territorios muy lejanos antes considerados lujos o semilujos. Y, por último, se ha de añadir el crecimiento de la demanda extraeuropea, con la población colonial -en gran parte abastecida desde el Viejo Continente- en lugar destacado. No ha faltado la polémica historiográfica a la hora de otorgar a la demanda interna o a la externa la primacía como motor del desarrollo económico. Si tradicionalmente se insistía, ante todo, en la demanda externa -en el comercio internacional, pues-, en las últimas décadas diversos historiadores han señalado, entre otras cosas, la escasa importancia que en relación con el producto nacional bruto, aun en los países marítimos, tenían las exportaciones a las colonias y, en general, a la periferia económica (P. O´Brien), y la elevada cuota de la reexportación de artículos coloniales en los valores del comercio internacional, lo que, sin duda, era menos significativo que la exportación de artículos nacionales (E. Labrousse). Hoy tiende a asignarse más peso a la demanda interna como estímulo del crecimiento económico europeo del siglo XVIII, aunque no se olvida el papel dinamizador del comercio colonial e internacional, ante todo, en países y regiones ya industrializados -Inglaterra o Verviers (pañerías), en el principado de Lieja, son dos ejemplos-, pero sin limitarse a ellos: T. M. Devine, F. Crouzet o P. Leon, por ejemplo, han demostrado su influencia en la industrialización y aun en el desarrollo agrícola de determinadas comarcas francesas, tanto del entorno de los puertos como del interior (zona del Garona medio, Delfinado), así como la inversión de capitales procedentes de reexportaciones tabaqueras en industrias del vidrio y del lino en Escocia.