Aspecto en esencia convencional, ya que se trata de establecer rupturas en un continuo poblacional, pero cargado de significado en este caso, la transición del Paleolítico Medio al Superior supone una serie de importantes cambios y renovaciones: -Tecnológicos: leptolización en el instrumental lítico -sustitución de la talla de lascas por la de hojas- y aparición de manufacturas realizadas en nuevas materias primas: hueso/cuerna y marfil (desarrollo de una industria ósea estandarizada), rocas blandas pulimentadas (lámparas, colgantes...) y barro cocido (figurillas de Dolní Vestonice). - Instrumentales: industrias con tipologías muy estandarizadas, aunque abunden los útiles inventados desde el Achelense (raspadores y buriles sobre todo). Los repertorios se enriquecen enormemente (industria ósea además de lítica), se diversifican, con fuertes variaciones cronoespaciales, y aparecen incluso útiles compuestos (raspador-buril, buril-perforador...). - Económicos: la explotación del entorno se hace cada vez más intensiva, con aprovechamiento de recursos no utilizados, y más especializada. Se colonizan territorios anteriormente despoblados (la tundra ártica, la selva ecuatorial...). - Sociales: fuerte estructuración en los hábitats, aparecen los poblados semipermanentes o estacionales, se desarrollan las estructuras de habitación y las cabañas, y se incrementan los intercambios e interacciones entre grupos. Además, los aspectos nuevos en el caso europeo incluyen un decisivo cambio étnico, ya que los neandertales son sustituidos más o menos bruscamente por los hombres anatómicamente modernos (CroMagnon). Tampoco se debe olvidar que en la nueva etapa se desarrollan completamente las capacidades simbólicas (arte, religión, lenguajes, adornos personales...), comenzando el grafismo (inicios del almacenamiento de información codificada en soportes externos al propio organismo). Aunque el problema de la transición es hoy en día una de las fronteras de nuestro conocimiento histórico -límite de resolución en las cronologías que se manejan en los procesos de este tipo-, existen dificultades para ofrecer un panorama totalmente convincente debido al caos de las secuencias locales, muchas veces formadas con yacimientos mal estudiados o sin posición cronoestratigráfica clara. Ante esta situación, la investigación ha sufrido una periódica oscilación entre dos modelos radicales: a) Continuistas: prácticamente hegemónicos en el Coloquio UNESCO sobre L'origine de I'homme moderne (París, 1969), fueron posteriormente desbancados. Son partidarios de una cierta continuidad entre el Paleolítico Medio y el Superior, sobre todo a nivel cultural, basados, esencialmente, en la posible filiación Musteriense de Tipo Quina-Auriñaciense, todavía no probada, y en la continuidad MTA tipo B-Chatelperroniense. Hoy en día se acepta este proceso, pero se duda de la evolución del Chatelperroniense hacia otras formas culturales del Paleolítico Superior. Antes esta hipótesis contaba con mucho peso porque se consideraba al Chatelperroniense antecesor del Perigordiense-Gravetiense. b) Rupturistas: emparentados con los monogenetistas en Antropología. Son partidarios de una sustitución abrupta tanto en el plano cultural como en el físico y suponen que el Paleolítico Superior se forma fuera de Europa y es traído a ella por los hombres modernos. Hoy en día existen evidencias nuevas (el neandertal de St. Césaire, asociado a Chatelperroniense, las secuencias de Europa Central y Oriental, los neandertales tardíos de la Península...) que refutan los continuismos casi en su totalidad, aunque la teoría rupturista clásica presenta también muchos puntos discutibles. El proceso parece haberse iniciado por impulsos externos en Europa occidental, aunque fue más progresivo de lo que se suponía y hubo tal vez muchas interacciones entre los distintos grupos neandertales y sapiens. Desde el punto de vista cronológico, el Paleolítico Superior se desarrolla a partir del Complejo Interpleniglacial würmiense (40.000-28.000 B.P.), hasta el Holoceno (10.000 B.P.), ocupando esencialmente el Pleniglacial Superior. La base de su cronología, hasta hace poco, era más paleoclimática que bioestratigráfica, obtenida a base de secuencias loéssicas, en las que se marcaban pequeños interestadios del Pleniglacial Superior detectados como paleosuelos, paleontológicas, polínicas, continentales y marinas. Desgraciadamente, siempre existe alguna dificultad a la hora de correlacionarlas. Durante el gran interestadio würmiense la situación en Centroeuropa es muy distinta a la que presenta Europa occidental. Los complejos industriales detectados aquí, según Desbrosse y Kozlowski, son los siguientes: - El Szeletiense: industria no muy definida durante mucho tiempo, hoy en día parece restringirse a Hungría y Moravia (yacimientos de Szeleta, Bukk, Vedrovice...). Evoluciona en el tiempo entre el 42.000 y el 32.000 B.P., haciéndose cada vez más laminar. Aunque no tiene muchos útiles retocados, lo característico de este complejo son las puntas bifaciales de tipo Blattspitzen, por lo que se supone que deriva del Micoquiense oriental de Cueva Kulna. - Complejos de puntos bifaciales del Norte de Europa: diferentes al Szeletiense en algunos aspectos. Engloban al Lincombiense (Inglaterra, Bélgica), el Ranisiense (Alemania) y el Jerzmanowiciense de la cueva Nietoperzowa (Sur de Polonia). Hacia la antigua Checoeslovaquia existen otras industrias parecidas cuya posición se discute todavía (Bohuniciense, Jankovichiense). Aunque no presentan mucha homogeneidad industrial, tienen en mayor o menor medida una técnica Levallois que se hace también cada vez más laminar. - El Auriñaciense balcánico: datado en 42-40.000 B.P. en las cuevas de Istallöskö y Bacho-Kiro. Es ya una industria laminar, con predominio de raspadores y buriles, y tiene industria ósea. A partir del 35.000 B.P. esta industria del Paleolítico Superior está presente en toda Europa Central, desplazando a los complejos de puntas bifaciales o influyendo en sus fases tardías. En Europa occidental, en cambio, el Musteriense parece permanecer sin cambios hasta el 35.000 B.P., salvo en lo que respecta a las últimas evidencias contradictorias de la Península Ibérica. A partir de esta fecha comienzan a aparecer ocupaciones atribuibles al Auriñaciense inicial, que conviven con otras complejos industriales hasta el 28.000 B.P.: (1) El Chatelperroniense (o Perigordiense Inferior): restringido a la fachada atlántica francesa y la región cantábrica española, aunque tiene una variedad italiana (el Uluzziense). Se caracteriza por las puntas de dorso curvo (de Chatelperron), junto a un substrato musteriense (raederas, denticulados...) ya muy cargado de elementos del Paleolítico Superior (raspadores, buriles, perforadores). Aparecen los primeros adornos (colgantes de Arcysur-Cure) y los balbuceos del arte. El hecho de que haya aparecido interestratificado con el Auriñaciense inicial en muchos sitios (Le Piage, Roc de Combe, El Pendo), testimoniando su contemporaneidad, y el hecho de que se considere obra de neandertales el hallazgo de St. Césaire, parece indicar que sería una aculturación de éstos por parte de los recién llegados cro-magnones, autores a su vez del Auriñaciense. Desaparece hacia el 28.000 B.P. (2) Los últimos musterienses, que van siendo desplazados progresivamente por los complejos anteriores. Como ya se ha dicho, en el sur de España (Carihuela, Zafarraya), parecen haber pervivido hasta bien entrado el Pleniglacial Superior. Aunque identificado desde el 42.000 B.P. en el área balcánica, el Auriñaciense sólo se difunde por toda Europa a partir del 35.000 B.P. y, pese a su gran dispersión geográfica, parece presentar una cierta homogeneidad industrial. Ya desde los tiempos de Peyrony se aceptaba su amplia convivencia con el Perigordiense. En Europa Occidental se aceptaba, con alguna modificación posterior, una secuencia de 6 estadios (del 0 al V) basada en las ideas de Breuil y en los fósiles-guía, sobre todo de hueso. Hoy en día este aspecto tiende a simplificarse en un esquema más o menos tripartito, dependiendo de las regiones: Auriñaciense Inicial, normalmente con azagayas de base hendida y hojitas Dufour (con finos retoques), Auriñaciense Típico y Auriñacienses evolucionados o finales, con muchas variaciones. Sus útiles característicos en industria ósea son las azagayas (de base hendida, de sección aplanada o losángicas) y en el material lítico los raspadores espesos (carenados) y en hocico, así como las hojas auriñacienses (a veces estranguladas) y los buriles (con predominio de los diedros). En Europa occidental parece perdurar algo más que en el resto del continente, como lo demostraría el problemático Auriñaciense V francés. Lo curioso es que en Alemania se caracteriza por el excelente arte mueble animalista, mientras que en Francia y España parece corresponder a las primeras pinturas rupestres, todavía muy poco afortunadas. Después del Auriñaciense, la mayor parte del continente asiste a la expansión del Gravetiense. Es un complejo industrial que tiene una enorme extensión cronológica y espacial, dependiendo de las zonas (entre el 28.000 y el 20.000 B.P. aprox.). Las fechas más antiguas proceden de Alemania (Weinberghöhle, Brillenhöhle), mientras que en Francia y España aparece realmente a partir del 25.000 B.P. Su característica básica son las piezas de dorso (hojas, puntas de La Gravette), junto a raspadores sobre hoja, buriles (sobre todo sobre truncatura) y perforadores. La industria ósea es menos importante que en el Auriñaciense. Aunque hay facies regionales muy importantes (Pavloviense moravo, Kostienkiense ruso...) su pertenencia a un gran tronco común parece hoy en día fuera de duda. En la región cantábrica española y en el Suroeste francés se le denomina Perigordiense (tradicionalmente Perigordiense IV, según la secuencia de Peyrony). Sus fases evolucionadas (El Perigordiense V o Noaillense) tienen buriles de Noailles, puntas de la Font-Robert y numerosas truncaturas (yacimientos de Le Flageolet, Roc de Combe...). En Corbiac y Laugerie-Haute, F. Bordes confirmó la presencia de un Perigordiense VI y de un Perigordiense VII (protomagdaleniense), pero esta secuencia sólo tiene valor en el Perigord. En el plano cultural, el Gravetiense es conocido sobre todo por el arte mueble (las venus), los enterramientos (Pavlov, Dolnï Vestonice) y las cabañas rusas y moravas de cazadores de mamuts. Haciendo balance del Paleolítico Superior inicial, es evidente que, desde hace años, se viene produciendo un importante debate en torno al significado de los distintos complejos industriales implicados. Así, para algunos investigadores, los grupos de puntas foliáceas son industrias que evolucionan desde un substrato nativo y resultan claramente transicionales hacia el Paleolítico Superior, mientras para otros son culturas del Paleolítico Medio contaminadas por rasgos culturales de sus vecinos auriñacienses, tal vez llegados de Próximo Oriente. Este problema está claramente imbricado con el final de los neandertales. Para algunos autores es posible que manifestaran aculturaciones (Chatelperroniense) y sufrieran, tarde o temprano, una absorción, genética y cultural, por parte de la masa de sapiens recién llegados. Otros opinan que fueron sustituidos bruscamente (¿aniquilación?). Además, la cohabitación entre ambas etnias es un hecho probado durante varios milenios en Próximo Oriente y Europa, y se revela como uno de los problemas más interesantes de la actualidad. Posiblemente el modelo de cambio no sea único para toda Europa, sino que haya que distinguir circunstancias particulares y respuestas diferentes por regiones. Si tenemos en cuenta la evidencia actual, existen importantes anomalías que afectan a las dos posturas teóricas anteriormente reseñadas. Por ejemplo, para los rupturistas son incómodas las fechas publicadas hace poco del inicio del Auriñaciense en El Castillo y L'Arbreda (España), que lo sitúan en torno al 40-38.000 B.P., casi en la misma época que en los Balcanes. También es una anomalía para este tipo de ideas el hecho de que el Auriñaciense en Próximo Oriente no sea más antiguo del 38.000-35.000 B.P. Sólo el yacimiento de Staroselje (Crimea) se cita como posible origen oriental de esta industria, pero no tiene una cronología convincente. También las hipótesis continuistas tienen elementos en contra. Así, si la mayor parte de los musterienses europeos no parecen presentar ningún proceso evolutivo hacia el Paleolítico Superior hasta que no aparece el tándem Auriñaciense-sapiens, como es el caso del Chatelperroniense, que además tiene una delimitación espacial muy clara, parece difícil no aceptar la alternativa contraria. Además, existe una amplia base documental para afirmar que los neandertales autóctonos tuvieron muchas respuestas adaptativas ante la aparición de nuevos elementos culturales que ellos mismos no generaron, y con los que en gran medida resultaron incompatibles a la larga. En cualquier caso, a partir-del 22.00020.000 B.P., tal vez a causa de problemas ecológicos, como es el avance del glaciar continental por el norte y, por el sur, formación de una posible barrera de hielo en los Alpes, Europa se va a fraccionar en dos dinámicas culturales diferentes, que sólo con el Magdaleniense, a causa del retroceso glaciar en el Tardiglacial, volverán a presentar numerosos rasgos comunes. Mientras en la parte oriental se desarrollan complejos de tipo Epigravetiense, en una parte importante de Europa occidental aparece el Solutrense, que se caracteriza por la fabricación de puntas foliáceas mediante una cuidada talla bifacial. La evolución en la silueta de estas puntas de proyectil, aunque tiene rasgos regionales, ha sido la base sobre la que se ha sistematizado la evolución interna del complejo, hasta el punto de que la distribución temporal de algunos tipos está fijada con notable precisión. Junto a estas piezas características, el Solutrense presenta otros instrumentos relativamente mediocres, con la excepción de los raspadores, e incluso supone un cierto renacimiento de algunos útiles musterienses como raederas y discos. Su industria ósea no es tampoco muy original, con la notable excepción de las agujas en asta de cérvido, cuya función parece obvia al presentar incluso ojo para enhebrar. Los yacimientos clásicos del Solutrense se encuentran en Francia occidental (Laugerie-Haute, Laussel, Badegoule, Le Placard, Montaud...), sin rebasar el valle del Ródano, y en la Península Ibérica, tal y como se verá a continuación. Sus límites temporales están bastante bien fijados entre el 19.000 y el 16.000 a. C., aproximadamente, siendo tal vez algo más tardío, para fases equivalentes, en el norte de España. El debate clásico en torno al Solutrense se centra en su origen, ya que en algunas zonas parece intrusivo en una secuencia de tipo gravetiense o auriñaciense, mientras que en otras (Périgord, Valencia) pueden encontrarse elementos evolutivos que anuncian su aparición. Hoy en día tiende a minimizarse el aspecto invasionista de sus estudios teóricos, para enfatizar las evidentes relaciones que presenta con algunos gravetienses septentrionales y con las industrias anteriores y contemporáneas del valle del Ródano e Italia (el Salpetriense...). A finales del Würm, coincidiendo con su última pulsación fría (el Tardiglacial), aparece el último gran complejo industrial del Paleolítico europeo, el Magdaleniense, cuyos orígenes algunos autores sitúan en Francia basándose en algunas industrias que se consideran transicionales (Badegouliense o Protomagdaleniense), aunque las últimas investigaciones parecen considerarlas paralelas al verdadero Magdaleniense Inicial, que las absorbería con relativa rapidez. Su cronología iría desde finales del Solutrense (16.00015.000 a. C.) hasta el 8.000 a. C., aunque en algún punto puede haber perdurado hasta los inicios del Holoceno. El Magdaleniense, tal y como se conoce en Europa occidental (España, Francia, Países Bajos, sur de Alemania), se caracteriza por una verdadera eclosión de instrumentos sobre hueso, muchas veces decorados con grabados, bastones perforados, propulsores con esculturas, varillas semicilíndricas, varios tipos de azagayas, arpones de una o de dos filas de dientes,discos, pendeloques, espátulas... La industria lítica, en cambio, es relativamente monótona y exhibe bastantes tradiciones gravetoides. Se caracteriza por el predominio de grandes buriles, vinculados, sin duda, con la profusión de materiales grabados que aparecen en este momento, la sencillez de los raspadores y la presencia en cantidades variables de perforadores, hojitas con retoques abruptos y los primeros geométricos, piezas líticas diminutas de morfología muy estandarizada (triángulos, trapecios, medias lunas...) que sólo pueden haber sido utilizados enmangadas en un soporte de madera o asta. En esta fase es cuando se produce la mayor cantidad de obras de arte de todo el Paleolítico. La densidad de yacimientos magdalenienses, su buen grado de conservación y el gran número de elementos culturales que han dejado, desde el arte mobiliar hasta las cabañas, ha favorecido el estudio en detalle de sus grupos regionales, que se extienden desde el valle del Rin (Gönnersdorf, Andernach, Petersfels) hasta el sur de Francia (La Madeleine, Mas-d'Azil) y la Península Ibérica. Tanto en lo que respecta a la transición entre el Paleolítico Medio y el Superior, como en lo que atañe a la evolución cultural del final del Paleolítico, la Península presenta una clara diferenciación geográfica en dos tramos casi independientes: la cornisa cantábrica y la fachada mediterránea. La amplia zona central, representada por la meseta castellana y sus comarcas adyacentes, son casi dos vacíos en la investigación, en donde sólo se conocen instrumentos solutrenses (El Sotillo) y magdalenienses (Verdelpino, Jarama II), aunque la presencia de arte paleolítico permite sospechar que al menos el Paleolítico Superior Final tiene que tener una representación más importante que la que esta pobreza de hallazgos permite sospechar. Por lo que respecta a la región cantábrica, el modelo de evolución cultural existente en el sector comprendido entre el País Vasco y Galicia parece responder con relativa fidelidad al modelo aquitano, aunque siempre con algún retraso cronológico respecto a los yacimientos franceses. Según se desprende de las estratigrafías de El Pendo y Morín (Cantabria), el Paleolítico Superior se inicia en el norte de España algo antes del 30.000 B.P. con la dicotomía Chatelperroniense-Auriñaciense Arcaico. Sin embargo, las nuevas fechas de El Castillo han subido la cronología del Auriñaciense inicial hasta el 39.000 B.P., con raíces al parecer en el Musteriense local. Pasada esta primera etapa, el Auriñaciense es la única industria que permanece en la región, comenzando una evolución similar a la del Perigord. Sólo en un momento tardío aparecen elementos industriales típicos del Gravetiense, que, según F. Bernaldo de Quirós, son más bien una aculturación de la población auriñaciense y no la llegada de una tradición cultural foránea. El Paleolítico Superior Final también se inicia con un nuevo influjo del suroeste francés, esta vez bajo la forma del Solutrense medio, datado en torno al 19.500 B.P. en la cueva de Las Caldas. A partir de este momento, esta industria sufre una evolución tipológica ligeramente distinta a la de Francia (cuevas de Chufin y La Riera). Con el Magdaleniense sucede algo similar, ya que llega como una variedad ya formada y luego sigue una evolución especial que parece indicar una adaptación al entorno por parte de esos nuevos grupos (cuevas de Altamira, Rascaño, La Viña, Tito Bustillo, El Juyo, Abauntz...). El Magdaleniense final, ya en el Holoceno, evoluciona hacia el Aziliense, industria epipaleolítica con la que no presenta grandes diferencias. Por lo que respecta a la fachada mediterránea, según los últimos trabajos efectuados en la zona, la aparición del Paleolítico Superior no ha sido simultánea en todas sus regiones. En Cataluña, según las fechas de l'Arbreda, el Auriñaciense aparece, de modo intrusivo, a la misma vez que en El Castillo. A éste le sigue un Auriñaciense arcaico similar al del valle del Ródano, documentado en los yacimientos de Reclau Viver, l'Arbreda y Abrí Romaní. En otros yacimientos catalanes pueden verse etapas más evolucionadas de esta misma industria (Can Crispin, Cal Coix). En la región valenciana, el Auriñaciense es raro y se presenta bajo una facies evolucionada en Mallaetes y Beneito. En Andalucía y el Sureste los vestigios atribuidos al Auriñaciense son muy discutibles y no cuentan con buenas dataciones. El Gravetiense, por el contrario, está bastante mejor representado tanto en Cataluña (Reclau Viver, l'Arbreda, Roc de Melca, Castel Sala) como en Levante (Parpalló, Mallaetes, Maravelles, Barranc Blanc), aunque siempre con dataciones ligeramente anteriores al 20.000 B.P. En Andalucía está representado por evidencias poco claras en esas mismas fechas. Según los trabajos de L. G. Vega, el Musteriense ha perdurado en Andalucía hasta fechas equivalentes a las de la mayor parte del Auriñaciense europeo, lo que explica que la aparición de los hombres modernos en las latitudes más meridionales de la Península sea bajo la forma de un Auriñaciense o un Gravetiense terminales. La industria más característica del mediterráneo español es, sin duda, el Solutrense, que además tiene fechas muy tempranas en la región valenciana (anteriores al 20.000 B.P.), por lo que se ha sugerido que aquí podría existir un origen independiente del franco-cantábrico. Además de presentar una evolución original, en la que aparecen las famosas puntas de aletas y pedúnculo, que sugieren la existencia del arco y la flecha, es una industria que aparece tanto en Cataluña (Reclau Viver, Cau des Goges, l'Arbreda), como en Valencia (Parpalló, Mallaetes, Barranc Blanc) y Andalucía (Cueva Ambrosio), llegando su influencia hasta Portugal. Tras un Solutreo-Gravetiense en el que desaparecen las características puntas de retoque bifacial, el panorama mediterráneo parece presentar un Magdaleniense con fuerte carácter autóctono y relativamente pobre en industria ósea y arte mobiliar (yacimientos de Parpalló, Volcán del Faro, Cendres, Bora Gran, Nerja, Matutano...), lo que recuerda a las industrias contemporáneas del sureste francés e Italia, aunque en el caso español existen arpones y bastones perforados característicos. Al igual que en el norte, las industrias epipaleolíticas de este sector derivarán claramente del Magdaleniense Final.
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En un momento no determinado aún, pero que se puede establecer hacia el 10.000 a.C., se produce un profundo cambio tecnológico mediante el cual las industrias del Paleolítico Medio caracterizadas por el retoque unifacial, son desplazadas por otras de trabajo bifacial, talladas por percusión y por presión. El utensilio principal es la punta de proyectil, que se asocia a tajadores, cuchillos, perforadores, raederas, agujas y muy variados utensilios, de piedra, madera y hueso. Esta transformación va unida a la especialización del hombre como gran cazador, de manera que la mayor parte de ellas estarán asociadas a esqueletos de grandes hervíboros. Este proceso se detecta por primera vez en Estados Unidos, donde se ha establecido una secuencia de puntas denominadas Llano, Folsom y Plano. La cultura Llano está definida por un instrumento de matanza: la punta Clovis, que se relaciona con restos de mamut y forma parte de un complejo de utensilios que incluye cuchillas prismáticas, lascas, raederas y objetos de hueso y marfil. Clovis es una punta lanceolada de 7 a 15 cm de longitud, en cuya base se ha practicado una acanaladura que abarca un tercio del instrumento, con el fin de ser atada a un astil. Esta técnica se expande desde el 9.500 al 9.000 a.C., y se asocia a pequeñas bandas de cazadores de grandes hervíboros como mamut imperial en sitios de muerte y destazamiento. Su distribución afecta al sur de Canadá y grandes zonas de Estados Unidos. Blackwater Draw, Ceca de Clovis, Nuevo Mexico, Debert, Bull Brook y otros sitios manifiestan esta tradición. La evidencia arqueológica muestra que caballos, bisontes, mamuts, caribú, buey almizclero y otros grandes herbívoros fueron conducidos desde sus pastizales a zonas pantanosas y desfiladeros por parte de los cazadores. Allí se produjeron estampidas mediante gritos y fuego hasta acorralar a los animales en el fango o en el desfiladero y sacrificarlos. Después, los destazaron, ahumaron y trataron la carne para su conservación, curtieron sus pieles, y transformaron algunas de sus materias básicas. La tradición Clovis fue desplazada por otra, Folsom, tipificada por una punta más acanalada, ligera y pequeña, quizás como respuesta a una nueva adaptación a animales más pequeños como el bisonte, según se ha podido comprobar en Debert, Bull Brook y Lindermeier. Su distribución cronológica abarca desde el 9.200 al 8.600 a.C. Plano desplaza las puntas acanaladas por otras sin escotadura basal, y su secuencia dura entre el 9.000 y el 6.000 a.C. En el sitio Olsen Chubbock aparecieron los restos de cerca de 200 bisontes en las orillas de un arroyo asociados a varios tipos de puntas. La excesiva cantidad de animales y la variación instrumental documentan un hecho de importancia: en ciertas épocas de abundancia de caza se ha podido producir una integración interbandas, que colaboran en la caza pero que, de manera más importante, interaccionan entre sí, intercambiando productos, conocimientos, esposas y experiencias culturales. No todas las sociedades de Norteamérica se especializaron en esta dirección, sino que los cambios en el medio ambiente produjeron grandes diferencias ecológicas, que tenían su reflejo en diferentes sistemas adaptativos; de modo que otros grupos vivían preferentemente de la recolección, emparentándose con un sistema de vida típico de la etapa anterior y desarrollando la Tradición Cultural del Desierto, de la que se hablará más adelante. En Mesoamérica son muchos los yacimientos en los que se ha detectado el uso de puntas de proyectil, si bien algunos de ellos presentan variaciones regionales. En Santa Isabel Iztapan se hallaron dos mamuts imperiales, pero en otros muchos sitios de los Estados de Sonora, Nuevo León, Tamaulipas, Puebla, Oaxaca, Chiapas, etc., su relación no es únicamente con restos de grandes herbívoros, sino que se combinan con el uso de semillas y vegetales asociados a instrumentos de molienda (manos y morteros), indicando otras posibilidades de subsistencia más emparentada con el consumo de productos vegetales. En América del Sur este fenómeno está comprobado con precisión, y se define por dos tradiciones básicas que surgen poco antes del 9.000 a.C.: las puntas de cola de pescado, que aparecen desde el Lago Madden en Panamá hasta la Cueva Fell en Patagonia, y tienen una orientación sureña; estos útiles presentan también variaciones regionales como las denominadas El Jobo en Venezuela y Ayampitin en Argentina. Y las puntas de tipo lanceolado, de origen más septentrional, como las detectadas en Lauricocha (7.525 a.C.), Toquepala (7.540 a.C.), Telarmarchay, Chivateros y Guitarrero, documentadas en diversas zonas de Ecuador y Perú. En cualquier caso, ambos tipos de útiles estaban emparentados con restos de venados y auquénidos como vicuña, llama y guanaco, poniendo de manifiesto que aquí también se estaba produciendo la extinción de los grandes herbívoros, que fueron reemplazados por otros animales de tamaño más pequeño. Se asocian a herramientas de piedra tallada más especializadas, puntas bifaciales de forma foliácea, romboidal y triangular, raederas, taladros y tajadores.
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Muchos historiadores han creído ver en el palladianismo inglés y, en general, en las diferentes versiones de la lección arquitectónica de Palladio realizadas durante el siglo XVIII, un posible origen de la arquitectura neoclásica posterior. Sin embargo, el fenómeno dista mucho de poder ser reducido a unos términos tan simplistas. Entre el palladianismo de Lord Burlington o el de F. Milizia, entre G. Leoni o W. Kent, hay más puntos de oposición que de convergencia. En todo caso, en lo que sí parecen coincidir todos es en apreciar la historicidad de la arquitectura de Palladio, entendida como una de las más seductoras lecturas de la Antigüedad y de Vitruvio. Entendida también en su carácter cívico, en su capacidad de hacer efectiva la usanza nuova del lenguaje y de las tipologías antiguas, acomodándolas a nuevos usos y necesidades históricas. No es su supuesto atenerse a una idea de los clásicos lo que importa a los arquitectos y teóricos palladianos del siglo XVIII, sino su peculiar versión del clasicismo entendida históricamente, es decir, también con sus componentes anticlásicos. Lo que el neoclasicismo redujo a una imitación de manual, a una apropiación histórica de soluciones avaladas por el peso de la autoridad de un modelo, era contemplado, durante el siglo XVIII, desde muy diferentes supuestos. Recuérdese, por ejemplo, que en un palacio rococó como el de Wüzburg (1743), B. Neumann construyó un salón, decorado por Tiépolo en 1752, en el que es reconocible la reconstrucción de una tipología antigua, descrita por Vitruvio, como la sala corintia, ateniéndose a la restitución realizada por Palladio en su "I Quattro Libri" (1570).El palladianismo del siglo XVIII, por tanto, plantea una complejidad histórica y teórica que lo aproxima a la discusión genérica del siglo sobre la relación entre Razón, Clasicismo e Historia, sin que por ello haya que considerar el palladianismo como una especie de interpretación privilegiada del clasicismo. Durante esta época podríamos encontrar la permanencia de una tradición palladiana en Venecia, de la iglesia de Santi Simeone y Giuda, construida en 1718-38 por G. Scalfarotto (1690-1764), a la iglesia de la Magdalena (1748), construida por T. Temanza, de las lecturas críticas y teóricas sobre Palladio, realizadas por F. Muttoni, a las de A. Visentini, F. Maria Preti o O. Bertotti Scamozzi. Pero también en Alemania, del mencionado palacio de Wüzburg, de B. Neumann, al Museo Friedericianum (1769), de S. L. du Ry, en Kassel, o en los países escandinavos, en los que un arquitecto tan importante como N. Tessin el Joven (1654-1728) llegaría a proyectar un Templo de Apolo (1714), dedicado a Luis XIV, en Versalles, inspirado en la Rotonda de Palladio.De Rusia a los Estados Unidos de América, de Irlanda a Francia, el palladianismo recibió casi infinitas lecturas y apropiaciones arquitectónicas y teóricas. Pero es posible que la experiencia inglesa sea una dé las más significativas. Es más, puede decirse que es a través del filtro inglés como se difunde el palladianismo por Europa y Estados Unidos durante el siglo XVIII.De Palladio, de su arquitectura y de su tratado, en el que además de los órdenes y de los edificios de la Antigüedad representaba, rectificados, sus propios proyectos y edificios construidos, se podían utilizar e instrumentalizar problemas de orden tipológico y compositivo, soluciones del lenguaje arquitectónico o motivos de superficie para ordenar fachadas o interiores. La claridad compositiva y las diferentes versiones de una articulación clásica y emblemática como es la de la relación entre columna, arquitrabe y frontón, combinada en casi infinitas formas, serán objeto predilecto de atención por parte de los arquitectos en su obsesivo referirse a Palladio. Pero, a la vez, también hay un consumo académico de su arquitectura a través, básicamente, de las ilustraciones de su tratado, que servían a los discípulos de arquitectura para diseñar con elegancia los órdenes de arquitectura o los ejemplos de la Antigüedad tal como los había reconstruido idealmente Palladio. Y esa es otra forma de acceso a la Antigüedad enormemente significativa. Es decir, el coloquio con la arquitectura y con el arte griego y romano no se realiza en el siglo XVIII exclusivamente por medio del estudio directo de las ruinas o de los descubrimientos arqueológicos divulgados por toda una tratadística específica, sino que también es frecuente que se realice a través de la interpretación ideal, clásica y normativa que los artistas del Renacimiento y del Barroco habían planteado. Se trata de una visión historicista del pasado a la que ya se ha hecho referencia y que, sin duda, constituye uno de los caracteres distintivos del período.No es desconocido, por otra parte, que las Academias de Bellas Artes, que proliferan por Europa en esta época, tendían a privilegiar esa tradición, atendiendo también a las propias tradiciones nacionales que vendrían a completar y enriquecer el legado del mundo clásico. Basta recordar los nombres de Rafael, Miguel Angel, Carracci, Poussin o Palladio. Lo confirmó Diderot, con un sentido más crítico, cuando escribió que los antiguos tenían una ventaja sobre su época y era que los "Antiguos no tenían antiguo", resumiendo paradójicamente los problemas de la multiplicidad de miradas que podían lanzarse al pasado. En este sentido, el palladianismo inglés de comienzos del siglo XVIII tampoco era un salto en el vacío para elegir un modelo ahistórico cargado del prestigio de su perfección ideal o de inmediata aplicabilidad. En efecto, en el siglo XVII un arquitecto como Iñigo Jones revolucionó la arquitectura inglesa con su palladianismo militante, haciendo incluso una lectura rigorista de Palladio, corrigiéndolo con Vitruvio y Bramante, con el ánimo de aproximarse lo más fielmente posible al espíritu de la Antigüedad.Esa tradición inaugurada por Jones tendría continuación en su discípulo J. Webb o en teóricos como H. Wotton. Incluso la, presencia de las ideas y de la arquitectura de Palladio puede encontrarse en algunos de los más importantes arquitectos barrocos ingleses, de C. Wren a J. Vanbrugh, N. Hawksmoor o J. Gibbs, que desarrollaron una notable actividad en la reconstrucción de Londres. Pero fue contra esa arquitectura en la que confluían modelos del barroco romano y francés, elementos góticos y soluciones clasicistas, contra la que se alzaron los palladianos ingleses, recuperando, a la vez, una tradición consolidada. Una confrontación que también ha querido ser leída como un correlato de la confrontación política entre el partido whig y el tory, aunque esta última interpretación resulta muy difícil de confirmar.En cualquier caso, el comienzo del palladianismo inglés está vinculado a la publicación de dos tratados y al mecenazgo de un personaje tan entusiasta de Palladio como Richard Boyle, tercer conde de Burlington. El primero de los tratados es el "Vitruvius Britannicus" de Colen Campbell, publicado en Londres entre 1715 y 1717. El segundo es la magnífica y lujosa edición de "I Quattro Libri" de Palladio, realizada por Giacomo Leoni entre 1716 y 1721. Con ambas publicaciones, estos dos arquitectos pretendían inaugurar una nueva era en la arquitectura inglesa y a la vez buscaban encontrar un mecenas para sus proyectos, lo que es especialmente evidente en la edición de Palladio preparada por Leoni. Es más, la alegoría que aparece en el frontispicio, dibujada por Sebastiano Ricci, es toda una declaración de intenciones ya que representa a Inglaterra que, bajo el patrocinio regio ilumina el busto de Palladio que, de esta forma, brilla de nuevo. A pesar del éxito editorial de la edición, Leoni no alcanzó sus propósitos, consiguiendo, sin embargo, la oposición de Lord Burlington, que vio en sus rectificaciones y correcciones a las láminas originales del tratado de Palladio una irreverencia intolerable. De hecho, y después de haber consolidado el palladianismo de su círculo, Lord Burlington encargó a un arquitecto de su confianza, I. Ware, una nueva edición, publicada en 1735, del tratado de Palladio que sirviera como desagravio.Muy diferente era la obra de C. Campbell, que reunía una antología de los mejores edificios ingleses de I. Jones a J. Vanbrugh y N. Hawksmoor, pasando por sus propios proyectos. La edición fue notablemente bien acogida, especialmente por Lord Burlington, que llegó a encargarle algunas obras. El noble mecenas había tenido oportunidad de conocer la arquitectura de Palladio durante su Grand Tour por Italia, en 1714-1715, y acabaría convirtiéndose en un erudito en la obra del arquitecto italiano, reuniendo incluso dibujos originales. Pero lo más importante es que también encontró a un pintor y arquitecto, William Kent (1684-1748), capaz de poner en práctica sus ideas sobre la arquitectura en Inglaterra. Esa asociación sería fundamental para el arte y la arquitectura británicos del siglo XVIII. Entre las obras que realizaron, haciendo Lord Burlington también de arquitecto, destacan la Villa Chiswick (1725), a medio camino entre la Rotonda de Palladio y la villa Rocca Pisani (Lonigo), de V. Scamozzi; la Casa Holkham, en Norfolk (comenzada en 1734) y las Assembly Rooms de York (1730). Una especial mención requiere la sala de Holkham, en la que Kent dispuso una planta cuadrada con un ábside, todo ello subrayado por una gran columnata, que tenía un precedente directo en la sala de las Assembly Rooms de York. En esta última, Burlington sigue fielmente la reconstrucción que hiciera Palladio en su tratado de la sala egipcia descrita por Vitruvio, señalando además que era utilizada como lugar adecuado para las fiestas. Sin embargo, Kent utilizó para la sala de Holkham la reconstrucción de Palladio de la basílica romana, según la descripción de Vitruvio. Se trata de estructuras y tipologías clásicas derivadas directamente de la Antigüedad, pero interpretadas por Palladio. De esta manera se completaba la aspiración de imitar a los antiguos a través de uno de sus mejores intérpretes, por medio de un arquitecto que se suponía que había desvelado el secreto de la grandeza de la arquitectura clásica.Otras muchas obras e ideas surgieron de la actividad de Burlington y Kent, referidas tanto a problemas compositivos como decorativos, que acabarían marcando muy significativamente toda la arquitectura inglesa posterior.
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Tras aquella guerra victoriosa y políticamente aún sin resolver, Israel se vio implicada en un sinfín de conflictos: la guerra de desgaste del Canal de Suez (1969/70), la del Yom Kippur (1973), la guerra terrorista desplegada por los palestinos y respondida por Israel con el "terrorismo de Estado", que no es otra cosa que la represalia multiplicada por cien (1967/1988); la invasión de Líbano (1982); la Intifada (1987/91), con rebrotes en 1996 y, sobre todo, en septiembre de 2000. Ese clima de violencia sin fin convertía a Israel en un Estado resistente, cuya finalidad única parecía mantenerse encastillado en unas fronteras desaprobadas internacionalmente y combatidas por los perjudicados, en la esperanza de que el mundo se olvidase y los palestinos desaparecieran. Interiormente, la sociedad israelí vivía bajo perpetua amenaza; sus jóvenes padecían un servicio militar de tres años, con posteriores períodos de instrucción y servicio y la expectativa de un nuevo estallido que les llevara a la línea de fuego peinando canas. Económicamente era inviable, con gastos militares que consumían un tercio del presupuesto nacional y sólo el río de las ayudas norteamericanas mantenía el tinglado en pie. Todo ello hizo que el Gobierno laborista de Yitzhak Rabin y Simon Peres se planteara resolver el problema, cuyo gran paso inicial fueron las negociaciones secretas de Oslo, en 1993, que parecieron cristalizar en los acuerdos de la Rosaleda de la Casa Blanca (13-9-1993). Desde entonces la negociación ha producido algunos frutos: la existencia de una Autoridad Provisional Palestina y el autogobierno de una serie de fragmentos de los territorios ocupados. No se ha avanzado más. Rabin fue asesinado precisamente por su política negociadora; el Gobierno del Likud (derecha) presidido por Benjamín Netanyahu (1996-99) se las arregló para alargar la negociación e incumplir los plazos acordados en Oslo y Washington; el Gobierno laborista (centro-izquierda) de Ehud Barak (1999-2000) quiso ver hasta donde se estiraba la cuerda negociadora: lograr el acuerdo, sí, pero restituyendo lo mínimo posible que los palestinos fueran capaces de aceptar. En esas estaban cuando Ariel Sharon, el halcón del Likud, que ahora encabeza el Gobierno de Israel, subió a la Explanada de las Mezquitas, en abierto gesto provocador, y desencadenó la Intifada que se llevó por delante las negociaciones y al propio gobierno laborista. El cambio de primer ministro no varía, sin embargo, ni la composición de la Knesset (Parlamento) de Israel -tan fragmentada que cualquier acuerdo resultará muy difícil-, ni la general idea israelí de conseguir la paz por la paz, es decir sin devolver nada o lo menos posible. Con Sharon cambiará, sin embargo, la táctica negociadora: más palo y menos zanahoria. A las pedradas de la Intifada replican los israelíes con tiros a la barriga; a los disparos con armas ligeras, con fuego de cañón, tanques y helicópteros. Al terrorismo palestino, con asesinatos selectivos de dirigentes de la OLP perpetrados por los servicios secretos o unidades especiales y con cierres de las zonas palestinas, deprimidas hasta una escandalosa depauperación.
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La historia de la elaboración de los poemas homéricos a lo largo de la época oscura es, al mismo tiempo, la historia del pueblo griego y de su formación como tal. Desde el punto de vista geográfico, entonces se produce el gran movimiento migratorio que los llevó a ocupar las islas del Egeo y la costa de Asia Menor en su parte occidental. Fue ya en esa nueva disposición donde los poemas se pusieron por escrito y este mismo hecho significó una cierta toma de conciencia de la unidad de los griegos, basada precisamente en la constitución de tradiciones comunes, entre las que la más eficaz fue la referente a la expedición a Asia Menor para emprender la guerra de Troya. En ella habían participado tropas y naves procedentes de toda Grecia, de norte a sur, y de las islas, incluida Creta, es decir, de todos los emplazamientos que se consideraban vinculados, directa o indirectamente, a los recuerdos de la civilización palacial. Los catálogos del libro II de "La Ilíada" sirven para dar nuevo prestigio a la Grecia en su conjunto, así como para justificar su presencia en las fundaciones de Asia Menor. El pasado se usa, se manipula e incluso se inventa, a pesar de que arqueológicamente se apoya en bases constatables, lo que da un nuevo valor histórico a los poemas como visión del pasado desde el pasado, para comprender un nuevo aspecto de la realidad micénica: el de la imagen que era capaz de transmitir y hacer perdurar a lo largo de los siglos oscuros. A través de las transformaciones sociales y políticas, a través de las migraciones, el sistema social se considera modelo de prestigio para la aristocracia que entonces se constituye y su realidad de conjunto sirve de apoyo para un nuevo panhelenismo, el que se forja como fundamento de la sociedad aristocrática que muestra su solidaridad de clase al participar en prácticas religiosas que se desarrollan en santuarios panhelénicos, fenómeno paralelo al del panhelenismo de la épica. La tradición oral, dúctil, permite las adecuaciones al momento vivido hasta que la tradición confía en la diosa Mnemosyne para mantener íntegras unas estructuras a las que ahora acudir con nuevos objetivos, como cuando se hacen nuevas ofrendas en lugares micénicos, capaces de pervivir en el tiempo a pesar de las transformaciones.
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El panorama arquitectónico de época macedónica es muy distinto al del siglo de Justiniano. Poseemos un inventario de las realizaciones llevadas a cabo por Basilio I y, a diferencia de entonces, puede observarse cómo todos los esfuerzos constructores se limitan a Constantinopla. La biografía del emperador -La Vita Basilli- escrita por su nieto Constantino VII, tiene como tema principal la idea de restauración del pasado, la regeneración del Imperio por un gobernante perfecto. El catálogo de sus obras relaciona veinticinco iglesias que él renovó en Constantinopla y seis de los suburbios. Entre ellas hay algunas de las más grandes y veneradas de la capital: Santa María de Calcoprateia, San Mocio, los Santos Apóstoles y Santa Sofía, esta última su trabajo más importante. Fue, sin duda, un gran esfuerzo que ha sido descrito de este modo: "En el tiempo que mediaba entre sus diversas empresas militares, que a menudo llevó a buen fin para la seguridad de sus súbditos, a modo de presidente de competiciones atléticas, él, Basilio el emperador amante de Dios, con inquietud constante y abundante suministro de todo lo necesario, levantó de la ruina muchas santas iglesias que habían sido partidas en dos por anteriores temblores de tierra o se habían venido abajo totalmente, o amenazaban colapso inmediato por sus numerosas fracturas; y a la solidez añadió (nueva) belleza". Tras su restauración, los mosaicos de Santa Sofía fueron inaugurados con una homilía pronunciada en el ambón de la gran iglesia el Sábado Santo, 29 de marzo del año 867. Una investigación reciente ha revelado que la Virgen con el Niño Jesús del ábside y el arcángel Gabriel, así como un fragmento del arcángel Miguel, son, sin duda, obras originales del siglo IX. Allí se conservan unas cuantas letras de inscripción -el conjunto se transmitió a una colección de epigramas del siglo X- que reza como sigue: "Las imágenes que los impostores -los iconoclastas- habían suprimido, los piadosos emperadores -Miguel III y Basilio I- han erigido de nuevo". Aquí apuntan ya algunos de los principios que iban a regir en la decoración de las iglesias de los siglos venideros. El problema de la creación de un ciclo para Santa Sofía era que las superficies de las curvas de las bóvedas se encontraban tan altas que únicamente figuras extraordinariamente grandes podían resultar visibles para los fieles desde el suelo. Sin embargo, ninguno de los espacios disponibles podía albergar figuras lo suficientemente grandes. La imagen más grande de las conservadas, la Virgen del ábside, resulta diminuta vista desde el suelo. Lo que hizo, pues, fue ignorar los problemas visuales y disponer las figuras de acuerdo con principios teológicos. Por eso, la representación de Jesucristo fue destinada a la cúpula -la forma exacta se desconoce, puesto que el mosaico tuvo que ser reemplazado después de 1346- y en los inmensos tímpanos se alojaron tres series de figuras, en orden y tamaño descendente: desde los Angeles, pasando por los Profetas, hasta catorce Padres de la Iglesia. En las bóvedas de las galerías, las escenas bíblicas trataban de mostrar aquellos momentos en los que el hombre ha experimentado la visión de Dios. En el nártex, otro mosaico acoge a los que se aprestan a introducirse en la Iglesia. Corona la puerta principal llamada imperial y presenta a un emperador arrodillado delante de Cristo, que reina en presencia de dos medallones simétricos que contienen a una mujer cubierta con un velo y un ángel. El emplazamiento de este mosaico le confiere una importancia particular. Está encima de la entrada de la Gran Iglesia, dedicada a Santa Sofía, es decir, a Cristo en tanto que Divina Sabiduría; nada más oportuno que la presencia de un emperador a los pies de Cristo en el primer santuario del Imperio. Este basileus es León VI y en sus sermones y, sobre todo, en su homilía de la Anunciación podemos encontrar todos los elementos que explican el mosaico en el sentido adecuado, y también la elección por él de esta iconografía: Cristo reinante acompañado de la Virgen y el arcángel Gabriel evocando la Anunciación. Este mosaico expresa plásticamente, una vez más, la vertebración del Imperio Bizantino, gobernado por Cristo y administrado por el Emperador.
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Los asirios tomaron buena parte de sus ideas religiosas de babilonios, quienes a su vez las habían recibido de sumerios y acadios. El panteón asirio era numeroso, pudiendo llegar hasta los 2.500 dioses, según una tablilla de Nínive. Las deidades eran tanto masculinas como femeninas y usualmente su aspecto era antropomorfo. Los dioses asirios se agrupaban en tríadas y binas, a su vez subdivididas en numerosas familias, en las cuales cada individuo tenía sus propias características. El dios más importante era Assur, que ya aparece citado en las tablillas capadocias de Kanish. Con el paso del tiempo Assur fue elevado en él panteón asirio, convirtiéndose en una deidad de carácter nacional. Su prestigio fue de tal importancia que cuando se hizo la copia asiria del Poema de la Creación (o Enuma elish) en la época de Senaquerib, su nombre sustituyó al de Marduk, el dios central de tal poema. Después de Assur se situaba la diosa Ishtar, probablemente su esposa, cuyo culto estuvo muy extendido. Diosa entre otras advocaciones de la guerra, se la adoró en templos como los de Araba-ilu (Arbelas), Kalhu, Nínive y, sobre todo, el de Assur, que compartía con su esposo. Aquí fue conocida con el epíteto de Assuritum (La asiria). Marduk y su hijo Nabu, dioses babilonios, fueron incorporados con gran éxito al panteón asirio ya desde el siglo XIV, aunque en la época de Senaquerib la población reaccionó contra un culto que consideraba ajeno. Otros dioses muy venerados fueron Enlil, dios de las tierras; Ninurta, el hijo de Assur; Adad, dios del rayo y de la tormenta; Sin, el dios luna, señor de la sabiduría, el destino y los oráculos; Shamash, dios de la justicia, o Gula, diosa de los remedios.
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En el año 27 antes de Cristo Agripa hizo construir un templo en el Campo de Marte dedicado a Augusto. El edificio sufrió bastantes desperfectos en el incendio del año 80, siendo restaurado por Domiciano. Sin embargo, un nuevo incendio en tiempos de Trajano acabó por destruir el edificio. Será Adriano quien ordene la construcción del nuevo templo, conservando en su fachada una inscripción que alude a su fundación por Agripa. Su nombre vendrá motivado por ser un templo dedicado a distintas divinidades, albergando en los siete nichos del interior otras tantas imágenes de dioses. Al templo se accede por su lado norte, concretamente por un pórtico de tres hileras de columnas coronado por un frontón. Esta disposición divide el primer espacio interno en tres naves, siendo las de los laterales iguales entre sí y terminadas en sendos ábsides. La naos tiene planta circular, con casi 44 metros de diámetro. En alzado tiene forma de cilindro que se cubre con una cúpula de las mismas dimensiones que la planta. La cúpula se decora con grandes casetones e iluminada por una amplia claraboya. La bóveda está formada por una serie de arcos de descarga en su arranque, y el resto es de hormigón recubierto de ladrillo. El peso de la cúpula se concentra en varios puntos lo que permite abrir en los espacios intermedios del muro capillas profundas.
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En la religión egipcia nos encontramos con un buen número de dioses, cada uno con signficados y funciones diferentes, no siempre bien determinadas. Cada ciudad tiene sus dioses principales. El panteón egipcio es bastante amplio: Amón es el dios de Tebas; Anubis el de Cinópolis; Anukis es la diosa de la isla de Sehel y se representa con forma humana, tocada con un alto cilindro; forma parte de una tríada con Khnum y Satis. Atum es el dios de Heliópolis, representado como un rey tocado con la Doble Corona; sus animales sagrados son el león y la serpiente. Bastis es la diosa de Bubastis; Bes era un dios protector de la infancia; Harsafes es el dios de Heracleópolis y está representado por un carnero; es el esposo de Hathor. Hapy era el dios del Nilo; Hathor es la diosa de Dendera y Afroditópolis; Horus es el dios halcón. Imhotep fue un arquitecto adorado como un dios. Isis es considerada la esposa de Osiris y la madre de Horus. Khentamentiu es el dios chacal de Abidos, siendo reemplazado por Osiris en el Imperio Medio. Khentekhtai es el dios local de Athribis y fue pronto asimilado a Horus. Khnum es el dios de Hípselis y Letópolis, representado por un carnero. La leyenda le presenta como el creador del mundo y de los hombres con su torno de alfarero. Khonsu es el dios-luna de Tebas, representado por un hombre que lleva sobre su cabeza la luna creciente. Min es el dios de Coptos y su región, representado con un falo erecto y un casquete de plumas. Monthu es el dios guerrero de Hemonthis, armado con hacha y arco, representado de manera antropomorfa con cabeza de halcón o toro. Mut era la diosa de Asheru, representada como un buitre o una mujer con la doble corona. Era esposa de Amón y también se llamaba Amenet. Nefertem era dios de la región de Menfis y se le representaba como un hombre coronado con una flor de loto. Neith era la diosa de Sais y se mostraba como una mujer tocada con la corona roja del Bajo Egipto, un arco y dos flechas. Nnekhbet era la diosa buitre de el-Qab. Neftis era la diosa de Dióspolis Parva y se representaba como una mujer tocada con un jeroglífico en el peinado. Onuris era el dios de Thais y de Sebennites, representado en forma de hombre con un largo manto. Ofois es el dios lobo de Asiut, representado por ese animal. Osiris era el dios de Busiris; Pakhet es la diosa gato de Speos Artémidos. Ptah es el dios de Menfis, patrono de los escultores y de los herreros, representado antropomórficamente con la cabeza rasurada; su animal sagrado era el toro Apis. Satis era la diosa de Elefantina y esposa de Khnum. Sobek era dios de El-Fayum y de Kom-Ombo; Sekhmet era la diosa de Rehesu y se representaba con cabeza de leona como diosa guerrera que era. Selkis era la diosa escorpión. Seth era el dios de Ombos y de todo el Alto Egipto. Shu era el dios de Leontóplis, representado como un hombre que lleva una pluma erguida en la cabeza, siendo su animal el león. Había separado a Nut y Geb, personificando el espacio vacío entre el cielo y la tierra. Thot era dios de Hermópolis del Delta y de Hermópolis Magna; Tueris era la diosa de los partos; Uto era la diosa serpiente de Buto. Ra era el sol y viajaba con su séquito por el cielo; Geb era el dios de la tierra y esposo de Nut, personificando al suelo.
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Pocos dioses mayas tenían plenamente forma humana; la mayoría muestra en las representaciones una mezcla de rasgos humanos y animales. Tienen carácter dual, como síntesis de oposiciones, de manera que pueden ser a la vez benéficos y maléficos, jóvenes y viejos, masculinos y femeninos. Un mismo dios suele tener varias advocaciones y nombres, lo que da la impresión de que el panteón era más numeroso de lo que debió ser en realidad. Por lo general, los dioses están conectados con períodos de tiempo y con números, a la vez que con colores y direcciones, y es frecuente que en la iconografía o los textos sean mencionados por medio de estos u otros atributos, como lo son en las inscripciones por sus respectivos jeroglíficos. Los dioses principales de la civilización maya son: Itzam Ná, dios creador y conservador de la especie humana, representado primero con aspecto de reptil y después como un anciano. Una de sus manifestaciones, como dios de la fertilidad y de la vegetación, es Bolon Dz'acab. Ix Chebel Yax es la esposa del creador y aparece en los códices con una madeja de algodón como patrona del tejido, y a veces volcando el agua de un recipiente, pero casi siempre como una mujer vieja pintada de rojo. Kinich Ahau es el dios del Sol y se le representa como un anciano de ojos cuadrados y una especie de línea o lazo por debajo, o bien bizco con un solo diente en la mandíbula superior en forma de T. Ix Chel es la diosa de la Luna, patrona de los nacimientos y las relaciones sexuales y asociada con el agua del mar y de los lagos y con la tierra. Chac es el dios yucateco de la lluvia, cuyo culto estuvo desde fechas remotas muy arraigado entre el pueblo, hasta el punto de que aún hoy es venerado en algunas regiones de las tierras bajas. Tiene una larga nariz colgante y a veces la boca desdentada. En los códices suele llevar en las manos un hacha, símbolo de los rayos o del trueno, una antorcha, símbolo de la sequía, o una vasija de la que cae agua. Ah Mun es el dios del maíz, un personaje muy joven de cuya cabeza sale, o en cuyas manos o tocado aparecen, una mazorca o las hojas de la planta del maíz. Yum Cimil, por último, es el dios de la muerte, con forma humana y rasgos de esqueleto. Su cuerpo está manchado de negro o amarillo, colores de muerte que simbolizan la descomposición de los cadáveres.