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Ante la imposibilidad de comprometer a los reinos periféricos en la salvaguardia del prestigio internacional de la monarquía, cada vez más contestado por las potencias europeas, con los ingresos ordinarios de la hacienda real hipotecados a causa de los juros y las sumas que restan libres consignadas por adelantado, con préstamos de los asentistas genoveses por valor de 6.612.000 ducados de plata y con una tasa de inflación en Castilla superior al 13 por ciento a consecuencia de la acuñación de veinte millones de ducados entre 1621 y 1626, lo que además ha supuesto una desvalorización de la moneda de cobre respecto de la de plata del 34 por ciento, a Olivares sólo le queda el recurso de promulgar una nueva suspensión de pagos (31 de enero de 1627), de la que se exime a los Fugger viejos y a Octavio Centurione. Pero en tanto que se arbitra la solución definitiva de la quiebra, el monarca promulga el 27 de marzo de 1627 un decreto reduciendo el valor facial de la moneda de vellón a su valor intrínseco, encargando a los genoveses la operación de recibir de los particulares dicha moneda al 5 por ciento de interés y de entregarles a cambio moneda de plata, pero sólo por el 80 por ciento de su importe y al cabo de cuatro años. Esta medida tropezará, sin embargo, con el rechazo de las oligarquías urbanas y del Consejo de Castilla, haciendo muy difícil su ejecución en un momento en que, por otra parte, la Corona mantiene negociaciones con los asentistas afectados por la suspensión de pagos para acordar las compensaciones que deben recibir. Tras arduas polémicas, y no sin reticencias, los hombres de negocios han de conformarse, según lo establecido en el Medio General, sancionado el 17 de septiembre de 1627, con que el importe de sus créditos (6.612.000 ducados de plata) sea cancelado con juros situados en los servicios de millones, después de ser transformado en vellón con el 34 por ciento de premio, lo que les suponía perder entre 1.500.000 ó 2.000.000 de ducados. Esto explica las dificultades que encontró Olivares para conseguir nuevos préstamos, aunque obtenga su propósito a comienzos de 1628, fecha a partir de la cual los asentistas portugueses empiezan a sustituir a las firmas genovesas. Con todo, es preciso también que las Cortes se avengan a conceder un nuevo servicio de dieciocho millones de ducados en seis años, aun a costa de sacrificar el programa reformista, como así sucede, pues Felipe IV se ve obligado a suspender la retirada o consumo de la moneda de vellón, a levantar la prohibición decretada en 1623 contra las importaciones de manufacturas extranjeras con la finalidad de abaratar los precios y a abandonar el proyecto de los Erarios y Montes de Piedad. Entre 1629 y 1631 las urgencias financieras se hacen cada vez más imperiosas, mientras Castilla se hunde en una profunda crisis económica que afecta por igual a la agricultura -malas cosechas y reconversión del cultivo de cereales por la vida-, la ganadería, la industria y el comercio, sin que los planes diseñados por el valido en orden al fomento de la economía y al crecimiento demográfico obtuvieran éxitos duraderos. Ante la imposibilidad de cargar con nuevas contribuciones a los castellanos el monarca remite a los consejos el 2 de noviembre de 1629 una orden para que estudien la manera de aumentar las rentas y reducir los gastos. El resultado será la ejecución de varias propuestas para obtener el dinero con que costear las campañas militares en Europa, y que van desde el secuestro de las remesas de plata con destino a los particulares en calidad de préstamo forzoso y la creación de nuevos impuestos (papel sellado, estanco de la sal y del tabaco), hasta la rebaja al 4 por ciento del interés devengado por los juros, la retención de un 5 por ciento de todos los ingresos procedentes de mercedes y encomiendas, o el cobro de la media anata de los sueldos del primer año a todas las personas que tomasen posesión de un cargo. Tales expedientes suscitaron vivas protestas, en especial la implantación del estanco de la sal creado en 3 de enero de 1631, previa abolición del servicio de millones. Para el Conde-Duque era evidente que el cambio beneficiaría a las grandes regiones cerealistas y viticultoras de Castilla y Andalucía, las más afectadas hasta entonces por la presión fiscal, pero en el norte de España, donde la demanda de sal para la alimentación del ganado y la salazón de pescado era considerable, este tributo resultaba muy gravoso. Con todo, las primeras manifestaciones en contra del impuesto procedieron del clero, que veía en peligro su inmunidad fiscal al tener que pagar la sal al mismo precio que lo hacían los seglares. Esta actitud, que provocó serios enfrentamientos entre Madrid y la Santa Sede, cuando además se solicitaba del Pontífice la concesión de un servicio extraordinario de la Iglesia española, se extenderá al País Vasco, donde el 24 de septiembre de 1631 se producen altercados violentos contra la oligarquía gobernante por no defender con firmeza los fueros. La protesta popular estallará abiertamente en el mes de octubre de 1632, alcanzando una beligerancia alarmante en Madrid al dirigirse también contra los recaudadores de las rentas, en su mayoría portugueses, que tuvieron que ser cesados y sustituidos por tres ministros. Para frenar los desórdenes, el Conde-Duque amenaza con aplicar al comercio las reglamentaciones del Almirantazgo que venían siendo infringidas con el pretexto de que atentaban contra las libertades del pueblo vasco. La elite mercantil, que no está dispuesta a perder sus negocios, se asocia con la Corona para abortar la revuelta, que es sofocada poco tiempo después, si bien en contrapartida, y ante el temor de una confrontación con Francia, el monarca otorga un perdón general y autoriza que el abastecimiento y distribución de la sal se practique como antes del decreto de 3 de enero de 1631. Tampoco la aristocracia estaba satisfecha, porque a la media anata y el recorte en las mercedes se añadía el tener que satisfacer un donativo para reclutar soldados -al duque de Béjar se le solicitan 100.000 ducados y más al de Medina Sidonia-. Por su parte, las Cortes, convocadas el 7 de febrero de 1632 para jurar al príncipe heredero, pusieron de manifiesto que la concesión de nuevos servicios dependía de la reducción del precio de la sal, pero el monarca no pensaba claudicar en este asunto y menos todavía aceptar que el voto de los procuradores quedara supeditado a la decisión de las ciudades, según venía siendo habitual, por lo que obtuvo del Consejo de Castilla una sentencia que confirmaba la autoridad del rey para exigirles plenos poderes, asestando así un duro y decisivo golpe a las ciudades castellanas. Estas finalmente se avinieron a votar un servicio de dos millones y medio de ducados anuales por un trienio, pero lograron a cambio que el impuesto de la sal desapareciera como tal tributo, aunque aceptaron el repartimiento y el precio que la Corona había establecido para la venta de dicho producto, cuya recaudación contribuiría a financiar parte del servicio de millones. Era el fin para una medida fiscal que sólo había reportado a Olivares quebraderos de cabeza.
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Como en otras épocas, pero quizá todavía más en esta, resulta fundamental tener en cuenta el contexto general occidental a la hora de valorar el acontecer español, es decir, las coordenadas en que se desarrolló la vida española durante los años del franquismo, y sobre todo aquellas que incidieron de manera más intensa en la vida de las mujeres españolas. Lo que granjeó a Franco el rechazo europeo no fueron los cruentos episodios de la Guerra Civil, a su vez continuación y radicalización de los tiempos de violencia política vividos en años anteriores. Lo que más desprestigió el Nuevo Estado fue la Ley de Responsabilidades Políticas (9-II-1939), promulgada al término del conflicto, que castigaba a los considerados culpables de la tragedia de la contienda española. En esta medida subyacía la intención de construir una España basada en una única manera de pensar, al menos durante la primera década, como se vio después. Esta ley condujo a percibir el Régimen de Franco como análogo a la Europa de los totalitarismos. La Guerra del 14 había dejado una estela de muerte y desánimo que condujo a la crisis de las democracias y a unos años treinta caracterizado por el auge de las ideologías totalitarias de raza en Alemania y de clase en la Unión Soviética. Gráfico Al final de la década de los treinta termina la Guerra Civil española 1 de abril de 1939), pocos meses antes de empezar la Segunda Guerra Mundial (1 de septiembre de 1939). En este final de los años treinta sólo un tercio de los países europeos no estaban sometidos a un régimen dictatorial, es decir, tan sólo diez estados habían sobrevivido a la hecatombe democrática. Semejante contexto internacional no sólo no ayudó a la recuperación española, sino que contribuyó muy negativamente a ella. Terminado el conflicto mundial en 1945, al tiempo que España quedaba rechazada por el resto de Europa, la segunda posguerra mundial acentuaba en la propia Europa la pérdida de su influencia política y su confusión en los círculos intelectuales de todo el mundo. La Segunda Guerra Mundial acentuó el desprestigio de la idea de superioridad y centralidad de Europa occidental en materia política y cultural. Además, en la posguerra mundial -últimos años cuarenta-, se constató la pervivencia de una profunda crisis de la cultura moderna. Los pensadores analizaban un mundo en proceso de liquidación, caracterizado por la angustia espiritual y la necesidad material. A pesar de eso, el empeño por conseguir la reconstrucción europea terminó por generar en Europa occidental una intensa transformación que fue llevándola poco a poco al comienzo de una auténtica edad de oro económica, lo que los franceses llaman sus "treinta años gloriosos" o los alemanes "el milagro económico". Afortunadamente esta bonanza europea de los años cincuenta se hizo notar en España durante la toda la década, especialmente al final: en 1957, en España llegó el momento de un cambio marcado. Franco, ante el desafío de una Europa unida de la que España podría quedar excluida, decidió una renovación profunda del gobierno entonces vigente y realizó un cambio que trataba de conjurar ese peligro. Nombró ministro de Hacienda a Mariano Rubio, letrado del Consejo de Estado, y ministro de Economía a Alberto Ullastres, catedrático de Economía Política y Hacienda Pública. Ambos propusieron un Plan de Estabilización económica del país según las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). La ejecución del plan se llevó a cabo con éxito al conseguir la liberalización de la vida económica. A continuación se pusieron en marcha los Planes de Desarrollo, dirigidos por Laureano López Rodó, catedrático de Derecho Administrativo, que pretendían ordenar y racionalizar el empleo de los recursos económicos. López Rodó tomó como modelo el plan del ministro francés Monet, que adaptó a las circunstancias españolas. El objetivo principal de esas medidas era la homologación de la economía española con las de sus vecinos occidentales. Gracias a los Planes de Desarrollo y a la coyuntura económica internacional, se elevó notablemente el nivel de vida de los españoles. En 1959, por primera vez en la historia, un presidente norteamericano, Dwight Eisenhower, visitó España. Franco convirtió la visita en un símbolo de la nueva situación internacional de su régimen, que habría pasado del aislamiento al reconocimiento. Al año siguiente tuvo lugar el tercer y último encuentro entre Franco y Don Juan de Borbón, el heredero de la corona española, para diseñar los estudios universitarios del príncipe Juan Carlos en España. España regresaba así paulatinamente al concierto internacional. Gracias a la devaluación de la peseta y a la prosperidad de Europa occidental, la costa española empezó a llenarse de turistas. Los ingresos de los emigrantes españoles que trabajaban en Alemania y Suiza, y las inversiones extranjeras contribuyeron a equilibrar la balanza económica exterior. Entre 1960 y 1975 la renta per capita de los españoles se triplicó. En 1962 los conflictos laborales y la creciente audiencia mediática de la oposición franquista en el exterior, empujaron a Franco de nuevo a otro cambio Gobierno. El nuevo ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, trabajó para aprobar una ley que eliminase la censura y garantizase una cierta libertad de información. En 1966 fue aprobada la Ley de Prensa, que sustituyó la censura previa por un sistema de sanciones. El mismo año entró en vigor la Ley Orgánica del Estado, que determinaba los poderes del futuro rey y establecía un sistema de reforma de las Leyes Fundamentales. Gráfico En la década de los sesenta, la crisis de mentalidades que había afectado las élites en el período de entreguerras y había emergido en la segunda posguerra, se contagió a las clases medias (con especial intensidad entre estudiantes y clérigos) suscitando respuestas distintas: desde la opción utópica de la Revolución del 68 a la búsqueda de la espiritualidad cristiana en una época de crisis de la Iglesia Católica, pasando por el nacimiento de movimientos terroristas en diversos países europeos y por la generalización del consumo de drogas en algunos sectores juveniles. La llamada Revolución o revuelta del 68, no fue propiamente una revolución política, ni tampoco social, sino cultural o quizá contracultural, es decir una propuesta juvenil (madurada en los despachos de algunos profesores) contra la cultura moderna. Una nueva concepción de la vida como camino hacia el placer (búsqueda de la felicidad en el sexo, la música rock y las drogas, etc.) y una sonora protesta contra los valores vigentes para generaciones precedentes. Entre los motivos de protesta y esperanza, muchas veces compartidos por sus mayores, estuvieron la liberación de la mujer o la de las minorías raciales. Algunos autores tienden a destacar que, de hecho, la sociedad occidental apenas cambió a consecuencia de las manifestaciones y los movimientos revolucionarios. Otros, al contrario, subrayan cómo nuestras sociedades cambiaron radicalmente con lo que se ha llamado la revolución sexual de los sesenta, una transformación que no afectó a instituciones públicas como los Estados o los Gobiernos, pero sí a las familias. Gráfico En la universidad española había ingresado una generación de jóvenes, fruto de la mejora económica del país y del baby boom de la posguerra, a los que la Guerra Civil y Franco ya no les decían nada. Cambiaron los estilos de vida y los gustos de la generación anterior gracias a la mayor renta, el aumento del tiempo libre y la búsqueda de mayor bienestar. Las protestas que iniciaron estos estudiantes fueron respaldadas por jóvenes profesionales (abogados, profesores, funcionarios de la Administración, etc.) recientemente incorporados al mundo laboral. Este proceso aumentó la fuerza de la oposición al franquismo de las clases medias y altas de la sociedad. Y este descontento se vio reforzado a su vez por la clase obrera y por algunos sacerdotes y militantes en organizaciones cristianas. Uno de los momentos más graves se produjo en enero de 1969: un busto de Franco fue destruido en el rectorado de la Universidad de Barcelona y murió un estudiante detenido en Madrid. La ola de violencia surgida entre policías y estudiantes duró varias semanas y terminó con dos meses de estado de excepción en toda España. Esta coincidencia en el tiempo, de posturas extremas que hicieron tambalear incluso sistemas democráticos, ha condicionado con frecuencia la valoración de la situación española del periodo franquista. La consideración de ese contexto probablemente ayude a comprender mejor la valoración que puede hacerse del acontecer español.
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En España, la violencia terrorista de extrema izquierda presenta la peculiaridad de abordar un combate real contra un régimen dictatorial al que ya se había intentado subvertir por métodos de guerrilla rural (maquis) y urbana (Sabaté, Facerías y otros anarquistas) en las décadas anteriores. En octubre de 1964, el recién constituido PCE (m-1), pionero de los grupos maoístas españoles, proclamó la necesidad de una "guerra popular" antifranquista que debía ser llevada a cabo por unas Fuerzas Armadas Revolucionarias. El Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico (FRAP), constituido oficialmente en París en noviembre de 1973, tenía como objetivo la instauración de una República Popular y Federativa a través de un movimiento insurreccional. Tras la ruptura con el Partido Comunista Chino y su acercamiento al modelo albanés, los activistas del PCE (m-1) intervinieron por primera vez en enfrentamientos callejeros con la Policía Armada los días 1 y 2 de mayo de 1973, causando la muerte de un agente. Las fuerzas de seguridad practicaron detenciones masivas de militantes, pero la acción callejera no resultó un factor desestabilizador determinante, y ante la aceleración del cambio político con la muerte de Carrero Blanco y la primera enfermedad del dictador, el Comité Permanente del FRAP decidió, en abril de 1975, cambiar de estrategia. Se trataba de organizar una campaña armada en Valencia, Barcelona y Madrid con acciones de baja intensidad y carácter limitado: robo de armas, atracos y agresiones a personas y empresas relacionadas con conflictos laborales, contra locales del Estado e intereses norteamericanos. Sin embargo, los asesinatos de varios policías ese verano condujeron a una nueva oleada de represión: once miembros del FRAP fueron juzgados en un consejo de guerra, y tres fueron condenados a muerte y fusilados junto a dos militantes de ETA el 27 de septiembre de 1975.Por esa época proliferó en Barcelona y su periferia una serie de grupos armados de corta vida y posición ideológica muy heterogénea. El más destacado fue el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL), grupúsculo marxista-anarquista cercano al consejismo y a la tradición violenta de anarquismo catalán, que creó los Grupos Armados de Combate (GAC) dedicados a la agitación armada (robos y atracos) entre febrero de 1972 y marzo de 1973, hasta su autodisolución en agosto de 1973 y la ejecución el 2 de marzo de 1974 de uno de sus miembros, Salvador Puig Antich, al parecer vinculado con la actividad del Groupe d'Action Révolutionnaire Internationaliste (GARI) creado en 1973 en Francia, Bélgica e Italia para derribar al régimen de Franco, y que protagonizó diversos atentados con explosivos en el verano de 1974.Varios núcleos procedentes del área del PCE fundaron en Bruselas en septiembre de 1968 la Organización de Marxistas Leninistas Españoles (OMLE), con vista a la reconstrucción del Partido Comunista Marxista Leninista Español al margen de un PCE oficial considerado revisionista. El éxito de ETA, la enfermedad de Franco en el verano de 1974 y la Revolución de los claveles en Portugal animaron al Partido Comunista de España Reconstituido (nuevo nombre de la OMLE desde junio de 1975) a intensificar una acción armada que, en su opinión, podría desestabilizar a la dictadura. Sus primeras actuaciones violentas coincidieron en el tiempo y en sus objetivos con las que realizó el FRAP: asesinato de cuatro agentes de policía el 1 de octubre de 1975, tras los fusilamientos de activistas de ETA y FRAP a fines del mes anterior. Dos meses después, ya muerto Franco, el PCE(r) se dispuso a la lucha revolucionaria contra la reforma política, reestructurándose en varias comisiones. La comisión técnica se encargaría de planear una acción armada más amplia dentro de un presunto frente antifascista. Este fue el origen de los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO).Tras los sucesos de Vitoria, el 3 de marzo de 1976, en que cinco manifestantes murieron en enfrentamientos con la policía, el PCE(r) llamó a las armas y a la creación de un embrión de Ejército Rojo estructurado en núcleos locales y dirigido por un Comando Central. Fue el momento de la aparición de una segunda generación de militantes del GRAPO partidarios de un activismo de agitación en el umbral del terrorismo, cuya presentación pública fue una serie de explosiones. el 18 de julio de 1976, aniversario del inicio de la Guerra Nacional revolucionaria. Sin embargo, el secuestro el 11 de noviembre de 1976 (pocos días antes del referéndum para la reforma política) del presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol y Urquijo, y del presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, general Villaescusa, el 24 de enero de 1977 (el mismo día que unos pistoleros del entorno del sindicato vertical asesinaron a cinco abogados laboralistas en un despacho de la madrileña calle de Atocha), y la muerte de varios miembros de las fuerzas de seguridad cuatro días después supusieron un salto cualitativo hacia una violencia de carácter provocativo. Violencia que coincidía de forma sospechosa con actos de la ultraderecha que alimentaron la "estrategia de la tensión" en esas semanas cruciales de la transición a la democracia. Aunque en 1979 cuadruplicó el número de atentados con relación a los dos años precedentes, el GRAPO no logró sus objetivos: ni consiguió desestabilizar al régimen naciente ni fortalecer su imagen como grupo revolucionario, sino que más bien la deterioró, al aparecer ante la opinión como un grupúsculo de provocadores manipulados por la ultraderecha o por algún servicio de inteligencia extranjero.La transición democrática permitió una fugaz suavización de la legislación represiva de los delitos políticos, pero el recrudecimiento de las acciones violentas impuso el retorno a una legislación de excepción. El 26 de diciembre de 1984 se promulgó la ley orgánica contra la actuación de las bandas armadas y elementos terroristas, de desarrollo del artículo 55.2 de la Constitución. Esta Ley Antiterrorista, inspirada en el modelo italiano, ampliaba los plazos de detención e incomunicación de los detenidos, restringía los derechos de asistencia letrada, facilitaba los registros policiales, la intercepción de las comunicaciones privadas y la suspensión cautelar de asociaciones y cargos públicos, además de agravar las penas establecidas, equiparando la frustración al delito consumado, fijando penas mínimas para determinados actos delictivos y previendo circunstancias de atenuación en el caso de terroristas arrepentidos. La amnistía de 1977, la normalización democrática y la creciente eficacia de la represión jurídica y policial dejó al PCE(r) como grupo residual. El GRAPO mantuvo esporádicamente sus acciones armadas a través de comandos móviles como baza para una eventual negociación con el Gobierno respecto a la amnistía, la depuración del aparato del Estado, la garantía de las libertades políticas y la neutralidad exterior. Pero la captura por parte de la policía de la práctica totalidad de sus comandos operativos y servicios técnicos e informativos obligó al GRAPO a simplificar su estructura y a actuar desde 1980-81 de forma más esporádica.Después de una nueva oleada de detenciones de activistas efectuadas tras el 23-F y la muerte de los dirigentes Enrique Cerdán Calixto (5-IX-1981) y Juan Martín Luna (5-XII-1982), sólo un puñado de militantes se mantuvo en la clandestinidad, colocando explosivos en zonas turísticas y realizando atracos a mano armada o extorsiones a empresarios. Tras la llegada al poder del PSOE y el fracaso de los contactos habidos con representantes del Ministerio del Interior en 1983 para el abandono de la violencia, el GRAPO se escindió entre los que consideraban cerrada la crisis revolucionaria y pretendían abandonar las armas, los que deseaban la articulación de un auténtico partido combatiente y los "atentistas" partidarios de reorganizar y fortalecer el PCE(r) a la espera de tiempos mejores. A mediados de enero de 1985, la policía desarticuló de nuevo la estructura del GRAPO, y en noviembre de 1989 el Ministerio de Justicia decidió la dispersión de los presos de la organización. A pesar de los avances en la reinserción individual de sus integrantes y de las detenciones periódicas de sus dirigentes más activos, el GRAPO parece haberse enquistado en un terrorismo de resistencia cuya salida política resulta muy incierta.
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En el mes de enero Norteamérica había proclamado las denominadas "Cuatro Libertades" que, resumiendo el espíritu característico del país, venían a concentrarse en referencias a la libre expresión y culto, así como el derecho de las poblaciones a enfrentarse a las situaciones de miseria y temor generalizado. La Ley de Crédito y Arriendo había significado un paso decisivo hacia la entrada del país en el conflicto. Más tarde, ya en agosto, la firma por parte de Churchill y Roosevelt de la Carta Atlántica suponía el más inmediato antecedente para la formación del frente aliado formado por los Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, en su lucha común contra la agresión de las potencias del Eje. Esta unión era, por su propia naturaleza, algo antinatural ya que situaba en un mismo frente a países que ideológicamente eran opuestos en sus planteamientos básicos. Sin embargo, las necesidades bélicas habían hecho posible esta alianza, que beneficiaba de forma clara a soviéticos y británicos, pero que fomentaba al mismo tiempo la producción norteamericana de elementos de toda clase destinados a cubrir las necesidades planteadas. La Carta Atlántica, directo precedente de la declaración fundacional de las Naciones Unidas, expresaba ante todo la más firme voluntad de defender los valores democráticos como forma de organización de los Estados, una vez liberados del yugo totalitario. Una declaración de principios que la Unión Soviética, que se ordenaba según formas particulares de totalitarismo, no tendría inconveniente alguno en firmar. Con la llegada del mes de septiembre, las fuerzas alemanas y sus aliados -finlandeses, italianos, rumanos y otros- habían estabilizado sus posiciones sobre algunas zonas vitales del territorio soviético. Caída la ciudad de Kiev, se había organizado el cerco de las dos capitales, Moscú y Leningrado. Mientras, por el sur los invasores trataban de alcanzar los yacimientos petrolíferos del Cáucaso, vitales para el mantenimiento de la resistencia del Gobierno de Stalin. Con el fin de frustrar toda operación realizada desde el sur por los alemanes, británicos y soviéticos llevarían a cabo la operación de la ocupación del territorio iraní. Mientras tanto, la aviación inglesa incrementaba el número de sus operaciones realizadas sobre las ciudades de Alemania, que se encontraban desguarnecidas debido al masivo traslado de efectivos con destino al frente del este, voraz consumidor de hombres y de materiales. Pero todavía no se anuncia el fin del conflicto para las armas que por el momento se muestran triunfantes en los campos de batalla. En octubre de 1941, Alemania domina el continente europeo, desde el Cabo Norte hasta el Mar Egeo, y desde la frontera franco-española hasta los mismos arrabales de Moscú. Junto a los países directamente ocupados, los satélites e incluso los neutrales no son más que comparsas que actúan al son que se marca desde Berlín. Todavía no ha llegado el momento en que comiencen a manifestarse actitudes de recelo y desconfianza ante el triunfo final del Reich. Mientras, el entusiasmo generado por lo que se presenta como una cruzada antibolchevique lanza a contingentes de voluntarios de varios países europeos hacia los frentes del este. Desde la España de Franco, exhausta después de tres años de guerra civil, es enviada la División Azul. Muestra de connivencia ideológica y contraprestación por la no participación directa en el conflicto mundial, la División pretende asegurar a las autoridades de Madrid la benevolencia del árbitro de los destinos de la Europa del momento.
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Es este un largo capítulo en tiempo, amplio en espacios y denso en acontecimientos. Más de diez millones de hombres midieron sus armas en inmensos espacios, en frentes de más de cinco mil kilómetros. Enormes ofensivas y contraofensivas arrebataban al enemigo centenares de miles de kilómetros cuadrados. Las batallas producían las bajas por centenares de millares... Cualquier otro escenario militar de la Segunda Guerra Mundial fue pequeño si se le compara con el Frente del Este. El gran Rommel y su Afrika Korps se hubiera perdido en cualquier recodo de los ejércitos Sur de Von Manstein; lo mismo les hubiera ocurrido a las divisiones que combatieron en Italia a las órdenes de Kesselring. La guerra, pues, se combatió fundamentalmente en el Este y allí se contabilizaron más del 50 por ciento de sus víctimas. Veremos en este capítulo varias subdivisiones: la ofensiva alemana de 1942 culminada con el infierno de Stalingrado; el descubrimiento de las espantosas matanzas de Katyn, otro crimen stalinista, aprovechadas por la propaganda nazi para sembrar la discordia entre los aliados, mientras que en sus campos de exterminio se multiplicaba por 10.000 el espanto de Katyn.
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Hacer un homenaje a Beethoven fue el motivo de la XIV Exposición de la Secession de Viena. Para este evento, Klimt realizó una de sus obras maestras: el Friso Beethoven, siete paneles pintados a la caseina sobre yeso. Para su ejecución, tomó como inspiración la "Novena Sinfonía" del gran genio alemán. En el Anhelo de felicidad se representan los sufrimientos de la débil humanidad: el género humano apela al caballero, armado con una gran espada, como fuerza exterior, y a la compasión y la ambición como fuerzas interiores que impulsan al hombre a emprender la lucha por la libertad y la felicidad. Las dos figuras más cercanas al caballero se arrodillan y extienden sus brazos a modo de súplica; mientras la tercera, en pie, junta sus manos a la altura del pecho, en una actitud similar a sus compañeras. En otro panel se encuentran Las fuerzas enemigas, contra las que debe luchar el caballero. El gigante Tifeo, con rasgos de simio, ocupa buena parte de la composición; a su lado observamos a sus hijas, las tres gorgonas, desnudas y cubiertos sus cabellos con serpientes. Sobre ellas se sitúan la Enfermedad, la Locura y la Muerte, simbolizadas como caras femeninas deformadas. En la zona de la derecha encontramos a la Lujuria -interpretada como una "femme fatale" que dirige su sensual mirada al espectador-, la Impudicia y la Incontinencia, representada ésta como una obesa mujer, con el torso desnudo, cubriéndose las caderas y las piernas con una rica falda de color azul y adornos dorados. Un poco apartada se sitúa la figura de la tristeza lacerante, una mujer de largo cabello negro, cubierta con velos del mismo color. Será esta parte del Friso la que coseche más críticas por parte de la prensa y del público. El panel titulado El anhelo de felicidad encuentra su culminación en la poesía supone el momento definitivo de la composición. Las tres artes supremas nos conducen al coro de ángeles, integrado por tres filas de figuras femeninas vestidas con largas túnicas doradas, situado en un prado de brillantes flores. A continuación nos encontramos con el caballero, que se ha despojado de su armadura y se funde en un abrazo con una mujer, también desnuda; tras los amantes podemos observar un rosal, el sol y la luna. El beso significa en este conjunto el triunfo sobre las fuerzas hostiles. El premio de la victoria del caballero es el amor que le espera, personificado en una mujer. Tras la exhibición, el friso se cortó en ocho piezas que fueron vendidas a coleccionistas particulares. En la actualidad vuelve a exhibirse en la Casa de la Secession.
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Quien por primera vez llega al Museo de Delfos pendiente del encuentro con el célebre Auriga y previamente accede a la Sala del Tesoro de los Siphnios, queda deslumbrado por los destellos de candor, genialidad y boato narrativo emitidos por aquellas placas de mármol pario, sin duda las más representativas del relieve arcaico y uno de los conjuntos más fascinantes entre los muchos que ofrece la decoración escultórica. Atraído por el tropel de personajes representados en las más diversas actitudes -unos discuten, otros gesticulan, los más se enzarzan en feroz combate-, el visitante se interesa por lo que allí está pasando, que son episodios mitológicos, entre los que destaca la corte olímpica reunida en asamblea para decidir sobre la Guerra de Troya; la batalla de los Dioses contra los Gigantes; el Juicio de Paris y el rapto de las hijas de Leucipo por los Dioscuros, temas respectivamente de los lados este, norte, oeste y sur del friso. Los relieves de los lados este y norte son los mejor conservados y los que permiten hacer más exactas observaciones iconográficas y estilísticas. La asamblea de dioses representada en el lado este es presidida por Zeus sentado en un lujoso trono en medio de los dos bandos que han formado los demás dioses; a la izquierda del espectador están los protectores de los troyanos y a la derecha los de los aqueos. Entre los primeros vemos a Ares, dios de la guerra, que sostiene el escudo y empuña un arma, perdida, con la mano derecha; ante él Afrodita o Leto y Artemis llaman la atención de Apolo, que se vuelve vehemente hacia su hermana. Entre los segundos tenemos a Atenea en conversación con Hera y, posiblemente, con Deméter, tan alteradas y gesticulantes como los del bando contrario. A los pies de Zeus se postra Tetis para suplicar por su hijo Aquiles, de la que sólo se conservan los dedos de la mano que tocan la rodilla del dios. La escena es fastuosa, como indican los atuendos y el mobiliario, pero no oculta las pasiones, intrigas y sentimientos encontrados de los protagonistas, que discuten locuaces y acalorados. Efectos aún más dinámicos e inquietantes, crueles a veces, se logran en la Gigantomaquia del lado norte, en la que los dioses avanzan en el sentido normal de la marcha, de izquierda a derecha, y los Gigantes al contrario, convencionalismo que da a entender que aquéllos son los vencedores. Las mismas dotes de penetración psicológica constatadas en el lado este se repiten en el norte, unidas a una gran calidad plástica. Artemis y Apolo disparan flechas y como flechas avanzan ellos raudos e implacables contra toda una formación de gigantes, representados como hoplitas. Hera y Atenea se nos muestran en perfecta antítesis: Hera, consorte oficial de Zeus y señora del Olimpo, acude al combate revestida de sus mejores galas; y naturalmente se ve en apuros para deshacerse de un gigante que yace a sus pies. En cambio, Atenea, toda sagacidad y precisión, armada de pies a cabeza, está en su elemento; ha dejado fuera de combate a un gigante y se dispone a despachar a otro. El análisis de los lados oeste y sur no puede ser minucioso por su estado fragmentario, pero merece ser mencionado un detalle del Juicio de Paris representado en el lado oeste, que nos muestra a Afrodita en el momento de bajar de su carro. Con gracia y agilidad envidiables la diosa salta a tierra y, deliciosamente frívola, se lleva la mano al cuello para ponerse un collar. En los trabajos del friso tomaron parte dos maestros distintos con sus respectivos equipos de ayudantes y colaboradores; uno es responsable de los lados este y norte y otro de los lados oeste y sur. El maestro de los lados este y norte es un escultor joven e innovador, gran conocedor del mármol de Paros, formado en talleres de las islas o de Asia Menor e influido por las maneras áticas, mientras el maestro de los lados oeste y sur demuestra apego por las fórmulas tradicionales impuestas en los talleres jonios. Ecos del estilo acuñado en el friso del Tesoro de los Siphnios llegan a la Magna Grecia y se observan en las metopas del templo de Hera en Foce del Sele, obra de los años 510-500.
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Cuando se llega a la sala del Museo Británico, en la que se expone el friso del Partenón, las primeras percepciones que se tienen, curiosamente, no son visuales sino, más bien, auditivas. Aquellos metros y metros de mármol, todo elegancia, naturalidad y garbo, son una melodía penetrante y pegadiza que abstrae al espectador, cuya vista vaga de placa en placa, hasta que algo le llama la atención y mira con fijeza. Entonces se empieza a ver el friso. La instalación en el Museo Británico, a pesar de la altura, permite captar con detalle la calidad excepcional de la labra y se la aprecia mucho más cuando se piensa que los escultores pusieron en ella toda su alma, a sabiendas de que el friso iría en la zona más alta y peor iluminada del templo. Como el relieve tiene alrededor de 5 cm de fondo y resulta más bien plano, los inconvenientes derivados de la ubicación se paliaron y contrarrestaron de la única manera posible, que consistió en no dar a los bloques de mármol forma rectangular y plana, sino ligeramente inclinada hacia fuera por la cara anterior, para que al relieve le llegara la luz de abajo. Por los cuatro lados del friso se representa el cortejo procesional de las fiestas panatenaicas, festividad celebrada en honor de Atenea cada cuatro años, que culminaba con la entrega del peplo a la diosa, es decir, una escena real protagonizada por la sociedad ateniense y por el pueblo ático, matiz importante para comprender el éxito y la popularidad de la obra en su tiempo. La procesión arranca del ángulo suroccidental y se bifurca en dos direcciones, una por los lados oeste y norte y otra por el lado sur, para confluir ambas en el lado este. Por todo el lado oeste y la mitad del norte se desarrolla la cabalgata, dada la importancia y rango social de la caballería. En el punto de arranque, que es el ángulo del lado oeste con el lado sur, vemos la formación del cortejo; los que llegan y les tienen los caballos preparados; los organizadores; los primeros grupos de jinetes. Formada la cabalgata, avanza por los lados oeste y norte a distinto ritmo, pues unos caballos se adelantan, otros se encabritan asustados, otros cogen el paso en tropel. Vienen luego los carros de los apóbatas, que son los participantes en unos juegos de vieja tradición, y por delante de ellos, ya en la mitad del lado norte, se inicia el cortejo a pie, señal de proximidad al lugar sagrado. Allí van los "thallophoroi" o ancianos portadores de ramas, especialmente elegidos por su belleza; siguen citaristas y flautistas; portadores de hydrias; conductores de víctimas para el sacrificio (ovejas, carneros, terneras). El lado sur es el otro flanco de la procesión y repite, por tanto, los mismos grupos. De nuevo secciones de jinetes, carros de apóbatas y cortejo a pie con "thallophoroi", músicos y víctimas conducidas al sacrificio. En el lado este desembocan las dos ramas del desfile procesional. Se acercan al lugar sagrado las jóvenes atenienses ataviadas con ellísimos peplos y los representantes jerárquicos, grupo que participa en la ofrenda del peplo ante la cella del templo de Atenea. En el centro contemplan la escena dioses y héroes desde la esfera olímpica, sin que su presencia resulte advertida por los humanos. Desde el punto de vista iconográfico es interesante preguntarse, si hay precedentes para el friso del Partenón. Es probable que lo fuera el friso de los tributarios del Gran Rey en el Palacio de Persépolis, si bien el sentido cambia radicalmente. Lejos de representar la idea de sometimiento al rey, es decir, de despotismo oriental, se exalta el significado de la democracia ática con la participación de ciudadanos libres. A los dioses se les da respetuosa cabida y se los reconoce por sus actitudes, gestos y atributos característicos. Por lo que se refiere al estilo, hay que decir que las diferencias no son tan grandes como en las metopas, aunque no dejan de existir. La presencia de jóvenes maestros, discípulos de Fidias algunos de ellos, como Agorácritos y Alcamenes, es un aspecto del mayor interés en relación con el estilo, como también la proximidad de placas soberbias y placas más flojas. Con frecuencia la calidad del relieve va unida a un sentido de intensa evolución y así se ve en las placas de las jóvenes ataviadas con peplos, magníficas en su majestuosa sencillez y con un tratamiento de paños vibrante y colorista que denuncia un estadio muy avanzado. Lo mismo se puede decir de algunos grupos de cabalgata, o bien de la célebre placa que representa a Poseidón, Apolo y Artemis, asombrosa por la vitalidad y valentía del relieve, de donde se deduce la relación con un escultor joven, tal vez Alcamenes. En la organización del trabajo del friso se constata también cierta anarquía, que parece oponerse a la idea de proyecto general unificado y propugna más bien una cohesión lograda a base de indicaciones orales, de esfuerzo común y de criterios que pueden resumirse así: 1.° Las diferencias estilísticas deben ser atribuidas a la participación de numerosos escultores y, además, al hecho de que unos bloques fueron esculpidos a pie de obra y otros tras haber sido colocados en su sitio. El análisis exhaustivo permite saber que primero se esculpieron los lados cortos, este y oeste, cuyos bloques tuvieron los escultores a mano; luego se montaron los bloques de los lados norte y sur y, una vez asegurados en el muro, se inició la labra. 2.° Seguramente existieron y circularon "paradeigmata", esto es, muestras escultóricas o paradigmas en materiales perecederos que se conservaron durante algún tiempo en los talleres y contribuyeron a la compenetración desde el punto de vista del estilo. 3.° En puntos distintos del friso se repiten esquemas o composiciones, cuyos rasgos resultan unificados. 4.° A lo largo del proceso de elaboración del friso se crea el canon estilístico peculiar y propio de los escultores que trabajan en él. Es el estilo Partenón, cuya expresión más depurada se halla en los lados norte y sur del friso. Es ahí donde se revive la atmósfera de la fiesta y donde la ficción artística cobra visos de verosimilitud. 5.° Se caracteriza ese estilo por su maravillosa plasticidad, por la destreza y fluidez del modelado, que obtiene del mármol resultados similares a los de un material blando. De ahí la apariencia real de la anatomía, la gracia espontánea de los peinados y, sobre todo, la contextura de los paños, airosos y naturales en la caída como copos de algodón. Llegados a este punto surge nuevamente la pregunta: ¿cuál es y cómo se manifiesta la relación de Fidias con el friso del Partenón? La única posibilidad de hallar respuesta es a través del parangón con las obras seguras del maestro y no siempre es fácil. En el estado actual de conocimientos hay que admitir, por un lado, la dificultad de descubrir un influjo directo; por otro, el carácter fidíaco del friso. Existe una dependencia pero, hoy por hoy, no podemos concretarla; es inaprehensible. ¿Podría significar esto que Fidias es el autor de los paradeigmata o de las líneas maestras de modelos y proyectos? Es una posibilidad, pero no una respuesta firme para sacamos de la duda.
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El Concurso de las Amazonas supone un paso adelante por la vía del realismo patético, cuyas primeras manifestaciones se remontan al arte de Olimpia, a comienzos de época clásica. No es, por tanto, extraño que esa corriente se reavive dentro de la escuela peloponésica, cuyo influjo se acrecienta tras el prestigio ganado por la obra de Policleto. El ideal de un cuerpo atlético, vigoroso y varonil, tan del gusto del maestro argivo, llega hasta la Magna Grecia, de donde posiblemente proceden los restos escultóricos de un frontón trasladados al templo de Apolo Sosiano en Roma a comienzos de época imperial, en el que se representaba la matanza de los hijos de Níobe por las flechas de Apolo y Artemis. Se conservan las figuras de Apolo y tres Nióbides que comparten el esmerado estudio anatómico y el interés por giros y movimientos vivaces plenos de dramatismo. De todas ellas la que mejor expresa la asimilación del ideal clásico, a la manera de una heroína policlética, es la Nióbide de los Orti Sallustiani, hoy en el Museo de las Termas de Roma, un bellísimo desnudo femenino que compagina realismo y sobriedad. Herida en la espalda por una flecha, la Nióbide cae de rodillas y hace un esfuerzo ímprobo por arrancársela con gesto y grito de dolor. El intenso dinamismo de la composición no empaña la opción clásica del punto de vista principal en el que la fuerza poderosa del torso contrasta con la flexibilidad del paño.