Busqueda de contenidos

contexto
Los ciudadanos de las diferentes poleis eran los verdaderos protagonistas del ejército helénico, ya que la defensa del territorio y la lucha por los intereses de la patria se consideraban un derecho reservado a ellos. Evidentemente, la paulatina descomposición de las estructuras políticas de las poleis provocará la integración en el ejército de tropas mercenarias y de los no ciudadanos, metecos y esclavos. La educación helénica se culminaba con la preparación militar por la que los nuevos ciudadanos se convertían en soldados, siendo requeridos por el Estado durante los próximos cuarenta años para participar en operaciones ofensivas. A los cincuenta años, el ciudadano tenía la obligación de defender el territorio patrio. Como podemos observar, durante las épocas arcaica y clásica el ciudadano debía estar preparado para la guerra, siendo una parte importante de su educación y llegando incluso a ostentar cargos directivos en el ejército.
contexto
Toda investigación sobre la historia del ejército y de la defensa de Hispania durante el Bajo Imperio debe tomar siempre como punto de partida la información que proporciona un documento que se fecha entre los últimos años del siglo IV y las primeras décadas del siglo V. Nos referimos a la Notitia Dignitatum, que nos cuenta que el ejército romano asentado en Hispania se distribuía geográficamente de la siguiente forma: - En la provincia Gallaecia se encontraban estas tropas: a) En León, la legión VIII mandada por un prefecto (Praefectus legionis septimae geminae. Legione). b) En Poetavonium, cerca de Rosinos de Vidriales, en la provincia de Zamora, la cohorte segunda flavia pacatiana a las órdenes de un tribuno (Tribunus cohortis secundae Flaviae Pacatianae). c) En un lugar no precisado de la Gallaecia, la cohorte segunda gálica y su tribuno (Tribunus cohortis secundae Gallicae. Ad cohortem Gallicam). d) En Lugo, la cohorte lucense y su tribuno (Tribunus cohortis Lucensis. Luco). e) Primero en Brigantium, La Coruña, y ahora en Iuliobriga, cerca de Reinosa, Santander, la cohorte celtíbera bajo las órdenes de un tribuno (Tribunus cohortis Celtiberae, Brigantiae, nunc Iuliobriga). - Y en la provincia Tarraconense: a) En Veleia, en el ahora despoblado de Iruña, no lejos de Vitoria, la cohorte primera gálica mandada por un tribuno (Tribunus cohortis primae Gallicae. Veleia). Como se sabe que Diocleciano llevó a cabo una gran reorganización de la administración. Ha habido autores, Balil entre otros, que han atribuido el emplazamiento de estas tropas a dicho emperador: habría sido continuista al conservar los emplazamientos que ya tenían la legión VII? y la cohorte situada junto a Rosinos de Vidriales, mientras los otros emplazamientos de tropas serían nuevos y elegidos por los responsables de la administración militar diocleciánea. Ahora bien, otros autores como Le Roux consideran que desde Diocleciano hasta el momento en que se escribió la Notitia Dignitatum pudo haber cambios de emplazamientos motivados por las nuevas exigencias estratégicas. Una prueba en su favor se encuentra en la mención expresa del cambio de localización de la cohorte celtíbérica situada primero en Brigantium y más tarde en Tuliobriga. De modo semejante, la cohorte primera gálica habría sido trasferida del área de los astures a Veleia por el propio Diocleciano. Como puede comprobarse por los textos latinos anteriores, algunas unidades militares llevan epítetos correspondientes a topónimos: así, la cohorte lucense asentada en Lugo. Y hay otros testimonios de otras tropas de fuera de Hispania que indican que ésta era una práctica frecuente, la de llevar epítetos en su titulatura que aluden a su lugar de emplazamiento. Por ello, no se entiende bien que la que había sido durante el Alto Imperio el ala II Flavia Hispanorum c(ivium) R(omanorum), asentada cerca de Rosinos de Vidriales, cambiara ahora de nombre (cohors secunda Flavia Pacatiana) recibiendo el epíteto Pacatiana, que no encuentra explicación alguna convincente, ya que no tiene ningún sentido establecer alguna relación de la misma con personaje alguno de nombre Pacatus. Los efectivos militares no eran muchos. La legión VII? había quedado reducida a unos componentes de 3.000-4.000 hombres; parte de sus tropas habían sido desplazadas como apoyo para el conde -comes- de la parte oriental del Imperio. En el recuento de efectivos tampoco puede olvidarse que había otras tropas móviles que acompañaban al conde de las Hispanias, comes Hisponiarum, quien, al menos desde el siglo V, tenía funciones militares. Esas tropas comitatenses estaban constituidas por efectivos variados, entre los que, al parecer, se encontraban algunos componentes legionarios, así como otros soldados reclutados expresamente para ese servicio en las distintas ciudades de Hispania. Le Roux ha calculado que el total de los efectivos militares para las provincias Gallaecia y Tarraconense no debieron sobrepasar los 6.000 hombres. Esta pequeña cifra se justificaría bien al considerar que la Península Ibérica se encontraba alejada de los grandes acontecimientos militares que tenían lugar en las zonas fronterizas del Imperio, donde era preciso frenar el empuje de los pueblos bárbaros. La reducción de efectivos con relación al Alto Imperio así como la forma de ser presentadas las unidades militares en la Notitia Dignitatum permite sostener que la población civil y la militar fueron quedando incluidas en el interior de un mismo recinto amurallado: las tropas estarían dentro de la ciudad de Veleia, de la de Lugo, etc. y no en campamentos situados en sus cercanías. Y, a su vez, la población civil que venía residiendo junto a las murallas del campamento de la legión VIII debió pasar a residir en el interior de las murallas, hecho que, sin duda, implicó una reorganización del espacio urbano. En este caso, se dieron las circunstancias propicias para que la población civil se organizara a semejanza de los municipios romanos dando así paso al surgimiento de la ciudad de León.
contexto
El ejército romano se hallaba muy estructurado, aunque su organización cambió con el paso del tiempo. En tiempos de César, la unidad mínima era la centuria, compuesta por 80 hombres y mandada por un centurión. Dos centurias hacían un manípulo; tres manípulos componían una cohorte, con 480 legionarios, y diez cohortes integraban una legión, que, en orden de batalla, formaba en tres filas. El equipo básico de un legionario se componía de un yelmo, un protector dorsal o cota de malla, un escudo circular o rectangular, una daga, una espada y una lanza arrojadiza. Los legionarios se incorporaban al ejército, tras un periodo de dura instrucción, para servir durante veinte años. En caso de necesidad, Roma podía ampliar los contingentes reales de tropas de cada legión o bien enviar a uno de sus dos cónsules, ya que los cónsules tenían mando sobre dos legiones. Así, se calcula que se emplearon en el cerco de Numancia a unos 20.000 hombres. En Hispania, la conquista de la Península no fue llevada a cabo sólo con las tropas romanas, sino con el apoyo de los indígenas. Ya desde la época de la II Guerra Púnica, las legiones romanas comenzaron a contar con los celtíberos, que se situaban junto a las tropas auxiliares. Los cartagineses se sirvieron igualmente de hispanos, de unos como aliados que se costeaban su equipo y sus gastos, pero de otros como mercenarios. Las malas condiciones económicas de algunas poblaciones obligaban a que muchos buscaran en la guerra un medio de subsistencia. La guerra de conquista contribuía a disolver las tensiones sociales de Italia. Además, los soldados legionarios encontraban pocos estímulos para desear el fin de las operaciones militares, ya que la guerra les ofrecía al menos un medio de vida.
contexto
La conquista de la Península no fue llevada a cabo sólo con las tropas romanas sino con el apoyo de los indígenas. Ya desde la época de la II Guerra Púnica, las legiones romanas comenzaron a contar con los celtíberos que se situaban junto a las tropas auxiliares. Desde el siglo V a.C. hay noticias de iberos/hispanos formando parte de ejércitos extranjeros como mercenarios: los encontramos en Grecia y en Sicilia. Los cartagineses se sirvieron igualmente de hispanos, de unos como aliados que se costeaban su equipo y sus gastos pero de otros como mercenarios. Gran parte de los soldados que Aníbal llevó a Italia eran hispanos. El fracaso inicial de los dos Escipiones en el alto Guadalquivir se debió en gran parte a la retirada del apoyo que le prestaban los celtíberos. Poco más tarde, otros celtíberos ganaron la batalla en favor de Catón al abandonar a sus aliados turdetanos. No es, como a veces se ha dicho, que los hispanos fueran muy belicosos; las malas condiciones económicas de algunas poblaciones obligaban a que muchos buscaran en la guerra un medio de subsistencia. Roldán ha visto bien que, hasta fines del siglo II a.C., la colaboración de los hispanos en el ejército romano, aunque frecuente, no era sistemática. Los cuadros legionarios estaban formados por ciudadanos romanos y las tropas auxiliares las componían los latinos. Los hispanos se incorporaban como refuerzos y generalmente divididos en múltiples grupos y bajo estandartes distintos. Con la reforma militar de Mario y con la masiva concesión de derechos de ciudadanía a los latinos itálicos, Roma empieza a reclutar provinciales para sus tropas auxiliares. Y en esas fechas de comienzos del siglo I a.C., ya había un nutrido grupo de latinos en la Península Ibérica. A partir de entonces, Hispania proporciona una parte de las tropas auxiliares al ejército romano y continúa aportando contingentes de tropas de apoyo especializadas. Tales eran los honderos baleáricos. Grupos de bardietas del Norte formaban la guardia personal de Mario. Nos consta además que, durante la guerra social, grupos de hispanos estuvieron en Italia; así se testimonia por la plancha de bronce hallada en Ascoli, en el Piceno: el texto del bronce nos cuenta que un escuadrón de caballería de hispanos que luchaba en apoyo del padre de Pompeyo el Grande recibió la ciudadanía romana en recompensa a sus méritos militares en el año 89 a.C. Por el listado de nombres y la mención de sus lugares de origen, sabemos que procedían de diversas comunidades del valle medio del Ebro: de Salluia, Bagara, Segia, Ilerda, etc. (Dessau, 8.888). Durante la Guerra Sertoriana así como en la fase final de la República, durante las guerras entre cesarianos y pompeyanos, la participación de los hispanos en el ejército romano fue habitual. El incremento de ciudadanos romanos en Hispania permite entender que se llegara a reclutar una legión puramente hispana.
contexto
En la estructura del ejército también puede verse la asimilación del mundo visigodo al romano. Esto es más claro si se piensa en la larga convivencia de los visigodos como foederati del Imperio. De hecho, su distribución decimal, aunque quizá sólo teórica, se basa en la del ejército bajoimperial. La unidad fundamental era la thiufa, mandada por el thiufadus, similar al millenarius romano, debajo del cual estarían el quingentenarius, el centenarius y el decanus, aunque es probable que tales divisiones no respondieran generalmente a la realidad. Hemos indicado ya cómo cada vez se da una mayor militarización de la administración, lo que trajo consigo el ejercicio de ciertas funciones y controles militares por comites o duces. Concretamente el dux exercitus provinciae, con control sobre cada una de las provincias, inicialmente seis en esta época, de Hispania, y con un poder cada vez mayor que, sumado a las otras atribuciones, le conferiría un predominio sobresaliente con respecto al resto de la nobleza. Pero lo que interesa resaltar especialmente no es tanto la composición del ejército sino su constitución como fuerza defensiva de la monarquía. La distribución descrita se refiere al ejército real, pero existían también ejércitos privados, y en origen el ejército visigodo en sí estaba formado por las contribuciones de hombres y armas que los nobles tenían, de manera que el ejército real se componía básicamente de las mesnadas aportadas por los nobles, cuyos soldados eran saiones y buccellarii. Leovigildo intentó controlar el ejército captando miembros de origen tanto visigodo como romano no ligado directamente a la nobleza; pero lo cierto es que ésta, cada vez más poderosa, a pesar de algunos intentos regios, contaba con fuertes contingentes; hecho que explica el porqué de la relativa facilidad con que se sucedían las rebeliones y motivaría la concentración de poder en los duces, aunque fueron éstos precisamente los que a veces se sublevaron. Por último, debe señalarse que la política fiscal, la aderación de los impuestos y la acuñación de moneda estaban relacionadas en buena medida con el avituallamiento y mantenimiento de tropas. Igualmente cabría hablar de la construcción de elementos defensivos y fortificaciones en las zonas más conflictivas.
video
En el siglo VIII, el emirato de Córdoba alcanza su máxima expansión en la Península Ibérica. Hacia el 750, sólo los núcleos cristianos de la franja norte peninsular quedan fuera del alcance musulmán. La presión del Emirato sobre el reino franco hace que éste lleve sus fronteras hacia el sur, comprendiendo los territorios de Navarra, Aragón y la Marca Hispánica. La llamada reconquista cristiana logra tomar, hacia el 780, una ancha franja de terreno, extensión que se irá agrandando progresivamente en los años siguientes. Así, hacia el 868, los reyes cristianos consiguen avanzar hacia el sur, ocupando o repoblando ciudades como Santiago, Astorga o León. El empuje progresivo de la frontera lleva, en el 912, hasta una línea tras la que se sitúan las ciudades de Oporto, Zamora o Simancas. Finalmente, hacia finales del siglo X, los cristianos han conseguido adelantar la frontera y tomar ciudades como Coimbra, Salamanca o Sepúlveda. De forma paralela al proceso conquistador, los territorios cristianos van evolucionando en su organización. Así, surgen nuevas entidades, como el reino astur-leonés, el condado de Castilla y los señoríos de Vizcaya y Alava. En el antiguo territorio bajo control franco, se configuran ya hacie el año 1000 el reino de Pamplona y los condados de Aragón y Sobrarbe, que poco después pasarán a formar el reino de Navarra. En el Pirineo central se ubican los condados de Ribagorza y Pallars, mientras que por el lado oriental permanece la Marca Hispánica.
Personaje Político
Hijo de un rico campesino, se interesó pronto por la carrera militar, participando en la Guerra del Rosellón que tuvo lugar entre 1793-1795. La penetración de las tropas napoleónicas le llevó a levantarse en su contra, atacando un correo en el camino de Madrid a Francia ya en abril de 1808. Una vez iniciado el levantamiento contra el invasor francés, Martín entró a formar parte de las fuerzas del general Cuesta, luchando en las batallas de Cabezón y Medina de Rioseco (junio-julio de 1808). Abandonó el ejército regular y dirigió un importante cuerpo guerrillero que en algunos momentos del conflicto llegó a contar hasta con 10.000 hombres. Se hizo fuerte en la zona de Guadalajara, Valladolid, Burgos Cuenca y Segovia, llegando con sus incursiones hasta Levante o Portugal. La autoridad de José Bonaparte no pudo hacer nada contra él y los generales que recibieron la orden de detenerle fracasaron en su empresa. Colaboró con eficacia con las tropas de Wellington y sus éxitos le valieron el ascenso a general. El regreso de Fernando VII y la restauración absolutista llevaron al Empecinado -llamado así por el apodo identificativo de los vecinos de su pueblo natal debido a las charcas o "pecinas" de los alrededores- a proclamar su credo liberal y reclamar al monarca el mantenimiento de la Constitución, lo que le valió el confinamiento en Valladolid. Durante el Trienio Liberal (1820-1823) fue nombrado gobernador militar de Zamora y segundo jefe de la capitanía General de Castilla la Vieja, enfrentándose a las partidas absolutistas del cura Merino. Luchó en vano contra la restauración absolutista de los "Cien Mil Hijos de San Luis" y se exilió en Portugal durante un breve periodo de tiempo, antes de regresar a España para ser detenido en noviembre de 1823. Fue encarcelado en la localidad burgalesa de Roa y juzgado por un "comisario regio especial" que le condenó a muerte, siendo ejecutado en agosto de 1825.
contexto
La máxima autoridad representativa del Japón clásico era el emperador -a quien se consideraba descendiente de la diosa Amterasu-, si bien quien ejercía el poder realmente era el shogun, quien lo hacía por delegación suya. El emperador y su corte de nobles hereditarios (kuge) residían aislados en Kyoto. Sus recursos financieros eran muy limitados, incluso menores que los de un daimyo de segundo nivel. En la práctica, el emperador Tokugawa se hallaba muy limitado en sus prerrogativas por el shogun, pues hasta las ceremonias se hallaban reguladas por éste. A pesar de esto, en ningún momento el shogunado se planteó acabar con la figura del emperador, a quien se veía como un jefe sagrado, que podía o no tomar parte en la administración del país, pues no estaba obligado a ello. Para los japoneses de este periodo, el emperador ocupaba su lugar correspondiente en la jerarquía, sin cuestionarse su utilidad política, su inoperancia política o su situación efectiva subordinada al shogun. La existencia de la corte de Kyoto no fue nunca objeto de discusión, ni su inexistente papel político. Estaba más allá de cualquier interpretación, siendo considerada como algo intrínseco e inherente al país: el emperador "era" el país. De la misma forma que cada individuo, como cada objeto de la Naturaleza, debía ocupar su lugar correspondiente en la jerarquía y la estructura social, sin que ello diera lugar a discusiones, tampoco el papel del emperador a la cabeza del sistema jerárquico japonés llegó a ser cuestionado. Este régimen de cosas acabó sin embargo a finales del siglo XIX, con la Reforma Meiji. Bajo la consigna Sonno Joi ("Restauremos al emperador y expulsemos a los bárbaros", los reformadores Meiji intentaron "mantener al Japón incontaminado y restaurar la edad de oro del siglo X, antes de que existiera el "poder dual" del emperador y el shogun", en palabras de R. Benedict (El Crisantemo y la Espada, 1946). A partir de 1868, pues, una alianza samurai derroca al Bakufu y restaura el poder imperial; el emperador Mutsu-Hito traslada la corte a Edo, rebautizada como Tokio, y (1889) entrega al pueblo la Constitución del Japón. Con este cambio el emperador deja de ser una figura meramente decorativa para desempeñar un papel más activo y con mayor presencia de cara al pueblo, aunque, en cualquier caso, no se produce en modo alguno un menoscabo de su papel reverenciado y sagrado. La Constitución Meiji, pese a la apertura que significó con respecto a la situación anterior, estableció mecanismos para evitar que el emperador, puesto que deja de ser una figura oculta al pueblo, pudiera verse envuelto en un conflicto con el mismo, lo que se consideraba "indigno del espíritu del Japón". Por esto se aseguró de afirmar que el carácter del emperador era "sagrado e inviolable", no pudiendo ser responsabilizado por la actuación de sus ministros y desempeñando su papel de símbolo supremo de la nación. Los reformistas Meiji se ocuparon de transferir hacia el emperador la fidelidad que el pueblo debía a los señores feudales. Todos los ciudadanos, como en tiempos pretéritos, mantienen una deuda (on) hacia el emperador por el mero hecho de existir, cuya devolución (chu) no se produce sino parcialmente y sin límite de tiempo. A pesar de la Reforma, el emperador continuó en su reclusión. Era función suya investir a los gobernantes políticos con su autoridad, aunque no era competencia suya dirigir al Gobierno ni el Ejército, ni dictar directrices políticas. La figura del emperador conservó, si no se acrecentó, el máximo respeto, convirtiéndose en un símbolo para sus súbditos. Sus apariciones públicas, escasas, fueron rodeadas de la correspondiente esfera de veneración. Los congregados debían, en el máximo silencio, agacharse ante su presencia ni alzar sus ojos para mirarle. En las calles, todas las ventanas de las casas, por encima de la planta baja, debían quedar cerradas, pues ninguna persona podía mirar desde arriba al emperador. No sólo con el pueblo, también con los gobernantes y administradores el protocolo era muy rígido. Cuando se hallaba enfermo o a punto de morir, todo Japón se convertía en un templo en el que se rezaba por su salud.