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Tras la derrota de la Primera Guerra Mundial, en Alemania quedaba un Ejército reducido a cien mil hombres. Los primeros seguidores de Adolf Hitler fueron precisamente miembros de este Ejército que se sentían heridos en su orgullo nacional. Empezaron por asociarse en Baviera y muy pronto constituyeron las SA (Schutz Abteilung). Bajo la dirección del capitán Hermann Göring, y convertidos en guardia pretoriana de Adolf Hitler desde los tiempos de la República de Weimar, los SA se entregaron al terrorismo y al asesinato por toda Alemania. El nacionalsocialismo concedió a los SA poderes ilimitados y fueron ellos los que abrieron los primeros campos de concentración. Ya en 1927, trescientos mil SA desfilaron en Nuremberg. Entre ellos se encontraban doscientos hombres que formaban la "sección de protección". Se trataba de los SA más fieles y fanáticos, el germen de las futuras SS (Schutz-Staffel). El 14 de julio de 1933, todos los partidos democráticos fueron prohibidos en Alemania. El NSDAP (Partido Obrero Alemán Nacional-Socialista), fundado por Adolf Hitler, fue declarado "partido único y base del Estado". Inmediatamente después quedaron fuera de la ley las asociaciones de juventudes, los sindicatos fueron suprimidos y tuvieron lugar las primeras detenciones de judíos. Estas detenciones se generalizaron a partir de las leyes racistas de Nuremberg en 1935, y alcanzaron su paroxismo durante la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, llamada por los nazis "la noche de cristal". Desde entonces, centenares de miles de judíos alemanes serían conducidos a los campos de concentración para ser exterminados. Entre 1933 y 1939, casi trescientos mil antifascistas alemanes fueron condenados a seiscientos mil años de prisión. En total, un millón de alemanes fueron enviados a los campos de concentración por pertenecer a la raza judía o por sus convicciones políticas, ideológicas y filosóficas. Más de treinta y dos mil alemanes adversarios del régimen de Adolf Hitler y de su sistema fueron condenados a muerte y ejecutados. Una ideología, con el soporte económico de la gran industria -que se beneficiaba económicamente con el rearme y el militarismo-, supo reunir, bajo la filosofía de la barbarie y de la supremacía aria, a la parte más fanática, irracional y descontenta del pueblo alemán. Industriales directamente culpables, como la dinastía Krupp, la inhibición de algunos partidos políticos, la ceguera de los Gobiernos europeos ante el irresistible ascenso del nazi-fascismo alemán, fueron sin duda acicates que, consciente o inconscientemente, ayudaron a encumbrar este fenómeno. Sus consecuencias serían trágicas, no sólo entre la población civil de los países ocupados, sino también en el inmenso universo concentracionario nazi, en el cual perecerían alrededor de diez millones de seres humanos. Hacia 1933, los SA habían instalado campos de concentración en todas las ciudades alemanas de cierta importancia: en subterráneos de edificios abandonados, en fábricas requisadas, en un simple terreno rodeado de alambradas. Muchos tuvieron una existencia efímera, por lo cual no se ha podido establecer una lista completa con precisión. No eran todavía campos de concentración oficiales, pero se puede asegurar que el universo concentracionario nazi ya había comenzado. El 21 de marzo de 1933, el periódico de Munich Münchener Nauesten Nachrichten publicó una circular del jefe de policía de la ciudad, en la que se anunciaba la apertura del campo de Dachau. El mismo año se inauguró el de Sachsenhausen, en Oranienburg, al norte de Berlín. A partir de este momento, las siglas K. Z. abreviación del término Konzentrationslager, formaron parte del vocabulario cotidiano en Alemania, convirtiéndose en símbolo del terror. En esta misma época surgen los K. Z. de Lichtenburg, Hohenstein, Sonnenburg, Estarwegen y el de Papenburg y sus anexos. La justificación jurídica del terror nazi se basaba en un decreto del presidente del Reich del 28 de febrero de 1933. Este decreto suspendía seis artículos de la Constitución de Weimar. El 12 de abril de 1934, el Ministerio del Interior del Reich dirigió a las autoridades locales y al procurador del Estado una instrucción por la que el internamiento preventivo sería un derecho en virtud del decreto del mes de febrero de 1933. Allí se precisaba que este internamiento sólo podía tener lugar en las prisiones del Estado o en los campos de concentración. Las primeras víctimas fueron concentradas -una manera eufemística de designar la idea de exterminio- en tres grandes campos: Esterwegen, Sachsenhausen y Dachau. En un discurso de Heinrich Himmler sobre La naturaleza y los deberes de la SS y la policía, el Reichsfürer dijo: "Los campos están rodeados de alambradas eléctricas. Es comprensible. A quien entra en una zona prohibida o pasa por campo sin permiso, se le dispara. A quien en los lugares de trabajo, en los pantanos o en las construcciones de carreteras, por ejemplo, intenta huir, se le dispara. Si alguien intenta resistir, es llevado al calabozo, a la oscuridad, al régimen de pan y agua. Y, en los casos graves, recibe veinticinco azotes en el trasero. Los hombres que vigilan a los prisioneros apenas eran, al principio, SS: Nosotros los hemos formado en unidades denominadas La vanguardia de la muerte. No están organizados en compañías, sino en centurias. Naturalmente, disponen de ametralladoras. En cada campo tenemos dos o tres miradores equipados con ametralladoras siempre a punto para disparar cualquier intento de rebelión. Con esta clase de gente, esta situación no debe quedar excluida. Las unidades La vanguardia de la muerte han sido también designadas para formar el encuadre de centurias de 25.000 hombres en caso de guerra, con el fin de mantener la seguridad interna del país". Según Himmler, los detenidos eran la escoria de la mala vida, los fracasados. En el mismo discurso había declarado: "No existe demostración más auténtica y eficaz sobre la influencia de las leyes hereditarias y raciales que la que ofrece un campo de concentración. Podemos encontrar en él a hidrocéfalos, a individuos deformes, lisiados, medio judíos, hombres inferiores desde el punto de vista racial". Los campos de concentración, pues, fueron concebidos fríamente para exterminar a los enemigos del régimen nazi, considerados como esclavos y sin ningún derecho para pertenecer a la sociedad exterior. Después de la noche de los cuchillos largos, el 30 de junio de 1934, los SS reemplazaron a los SA en el mando y vigilancia de los campos. Desde entonces, Adolf Hitler concedió todo el poder de la represión a los SS bajo el mandato del Reichsführer Heinrich Himmler, que sustituyó a Göring como jefe de la policía secreta del Estado (Geheime Staatspolizei, Gestapo). A partir de 1938, esta es la única policía que llevará a cabo las detenciones por cuestiones de seguridad. En principio, la Gestapo se encarga de dar cuenta de todas las detenciones y también de avisar a los familiares de los detenidos. Pero en la mayoría de los casos el silencio envolverá el destino de los prisioneros. Según la orden dictada por el entonces ministro del Interior, Wilhem Frick, el 25 de febrero de 1938, el detenido por seguridad ingresa en un campo de concentración para todo el tiempo que convenga. Entre los SS mejor adiestrados, se elige a los que formarán las unidades de los guardias especiales de los campos. Se trata de los SS-Totenkopfverbánde, veinticinco mil hombres entrenados especialmente para el exterminio y en cuyo casco ostentarán una calavera. Al frente de cada campo estaba un Lagerkommandant, oficial SS de alto rango, ayudado por una Kommandantur, compuesta de varios oficiales subalternos. La Politische Abteilung (sección política) controlaba los ficheros, llevaba a cabo los interrogatorios y ordenaba las ejecuciones. La Schutzhaftlager (sección de guardia) se encargaba de la vigilancia general. Sus componentes entrenaron a los famosos perros amaestrados para descuartizar a los prisioneros. La Verwaltung (Administración) se ocupaba de la intendencia y de la apropiación de los bienes de los deportados. La gran mayoría de los prisioneros ignoraba la pesada máquina burocrática que organizaba los campos de exterminio. Ellos dependían directamente, tanto en los campos centrales como en los kommandos exteriores (anexos) y en los kommandos de trabajo, del Lagerfürer, el suboficial responsable ante el Lagerkommandant. Los SS ejercían sus funciones represoras en centros de trabajo y blocks (barracas donde eran instalados los prisioneros). Sin embargo, ellos eran los señores, los jefes de la raza superior y, por tanto, sólo mandaban. Crearon una jerarquía paralela entre los detenidos y confiaron la inmediata. ejecución de sus órdenes a los kapos, detenidos de derecho común que cumplían con especial saña y dedicación las órdenes de los SS. Esos auxiliares del Totenkopfverbánde (batallón de la calavera), en la gran mayoría de los casos, contribuyeron a hacer todavía más penosa la vida de los deportados. Con el tiempo, muchos deportados políticos consiguieron ocupar el puesto de kapo (tanto en los blocks como en los kommandos de trabajo), y de este modo lograron salvar muchas vidas humanas, efectuar sabotajes y organizar la resistencia clandestina en los campos.
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Los ciudadanos de las diferentes poleis eran los verdaderos protagonistas del ejército helénico, ya que la defensa del territorio y la lucha por los intereses de la patria se consideraban un derecho reservado a ellos. Evidentemente, la paulatina descomposición de las estructuras políticas de las poleis provocará la integración en el ejército de tropas mercenarias y de los no ciudadanos, metecos y esclavos. La educación helénica se culminaba con la preparación militar por la que los nuevos ciudadanos se convertían en soldados, siendo requeridos por el Estado durante los próximos cuarenta años para participar en operaciones ofensivas. A los cincuenta años, el ciudadano tenía la obligación de defender el territorio patrio. Como podemos observar, durante las épocas arcaica y clásica el ciudadano debía estar preparado para la guerra, siendo una parte importante de su educación y llegando incluso a ostentar cargos directivos en el ejército.
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Toda investigación sobre la historia del ejército y de la defensa de Hispania durante el Bajo Imperio debe tomar siempre como punto de partida la información que proporciona un documento que se fecha entre los últimos años del siglo IV y las primeras décadas del siglo V. Nos referimos a la Notitia Dignitatum, que nos cuenta que el ejército romano asentado en Hispania se distribuía geográficamente de la siguiente forma: - En la provincia Gallaecia se encontraban estas tropas: a) En León, la legión VIII mandada por un prefecto (Praefectus legionis septimae geminae. Legione). b) En Poetavonium, cerca de Rosinos de Vidriales, en la provincia de Zamora, la cohorte segunda flavia pacatiana a las órdenes de un tribuno (Tribunus cohortis secundae Flaviae Pacatianae). c) En un lugar no precisado de la Gallaecia, la cohorte segunda gálica y su tribuno (Tribunus cohortis secundae Gallicae. Ad cohortem Gallicam). d) En Lugo, la cohorte lucense y su tribuno (Tribunus cohortis Lucensis. Luco). e) Primero en Brigantium, La Coruña, y ahora en Iuliobriga, cerca de Reinosa, Santander, la cohorte celtíbera bajo las órdenes de un tribuno (Tribunus cohortis Celtiberae, Brigantiae, nunc Iuliobriga). - Y en la provincia Tarraconense: a) En Veleia, en el ahora despoblado de Iruña, no lejos de Vitoria, la cohorte primera gálica mandada por un tribuno (Tribunus cohortis primae Gallicae. Veleia). Como se sabe que Diocleciano llevó a cabo una gran reorganización de la administración. Ha habido autores, Balil entre otros, que han atribuido el emplazamiento de estas tropas a dicho emperador: habría sido continuista al conservar los emplazamientos que ya tenían la legión VII? y la cohorte situada junto a Rosinos de Vidriales, mientras los otros emplazamientos de tropas serían nuevos y elegidos por los responsables de la administración militar diocleciánea. Ahora bien, otros autores como Le Roux consideran que desde Diocleciano hasta el momento en que se escribió la Notitia Dignitatum pudo haber cambios de emplazamientos motivados por las nuevas exigencias estratégicas. Una prueba en su favor se encuentra en la mención expresa del cambio de localización de la cohorte celtíbérica situada primero en Brigantium y más tarde en Tuliobriga. De modo semejante, la cohorte primera gálica habría sido trasferida del área de los astures a Veleia por el propio Diocleciano. Como puede comprobarse por los textos latinos anteriores, algunas unidades militares llevan epítetos correspondientes a topónimos: así, la cohorte lucense asentada en Lugo. Y hay otros testimonios de otras tropas de fuera de Hispania que indican que ésta era una práctica frecuente, la de llevar epítetos en su titulatura que aluden a su lugar de emplazamiento. Por ello, no se entiende bien que la que había sido durante el Alto Imperio el ala II Flavia Hispanorum c(ivium) R(omanorum), asentada cerca de Rosinos de Vidriales, cambiara ahora de nombre (cohors secunda Flavia Pacatiana) recibiendo el epíteto Pacatiana, que no encuentra explicación alguna convincente, ya que no tiene ningún sentido establecer alguna relación de la misma con personaje alguno de nombre Pacatus. Los efectivos militares no eran muchos. La legión VII? había quedado reducida a unos componentes de 3.000-4.000 hombres; parte de sus tropas habían sido desplazadas como apoyo para el conde -comes- de la parte oriental del Imperio. En el recuento de efectivos tampoco puede olvidarse que había otras tropas móviles que acompañaban al conde de las Hispanias, comes Hisponiarum, quien, al menos desde el siglo V, tenía funciones militares. Esas tropas comitatenses estaban constituidas por efectivos variados, entre los que, al parecer, se encontraban algunos componentes legionarios, así como otros soldados reclutados expresamente para ese servicio en las distintas ciudades de Hispania. Le Roux ha calculado que el total de los efectivos militares para las provincias Gallaecia y Tarraconense no debieron sobrepasar los 6.000 hombres. Esta pequeña cifra se justificaría bien al considerar que la Península Ibérica se encontraba alejada de los grandes acontecimientos militares que tenían lugar en las zonas fronterizas del Imperio, donde era preciso frenar el empuje de los pueblos bárbaros. La reducción de efectivos con relación al Alto Imperio así como la forma de ser presentadas las unidades militares en la Notitia Dignitatum permite sostener que la población civil y la militar fueron quedando incluidas en el interior de un mismo recinto amurallado: las tropas estarían dentro de la ciudad de Veleia, de la de Lugo, etc. y no en campamentos situados en sus cercanías. Y, a su vez, la población civil que venía residiendo junto a las murallas del campamento de la legión VIII debió pasar a residir en el interior de las murallas, hecho que, sin duda, implicó una reorganización del espacio urbano. En este caso, se dieron las circunstancias propicias para que la población civil se organizara a semejanza de los municipios romanos dando así paso al surgimiento de la ciudad de León.
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El ejército romano se hallaba muy estructurado, aunque su organización cambió con el paso del tiempo. En tiempos de César, la unidad mínima era la centuria, compuesta por 80 hombres y mandada por un centurión. Dos centurias hacían un manípulo; tres manípulos componían una cohorte, con 480 legionarios, y diez cohortes integraban una legión, que, en orden de batalla, formaba en tres filas. El equipo básico de un legionario se componía de un yelmo, un protector dorsal o cota de malla, un escudo circular o rectangular, una daga, una espada y una lanza arrojadiza. Los legionarios se incorporaban al ejército, tras un periodo de dura instrucción, para servir durante veinte años. En caso de necesidad, Roma podía ampliar los contingentes reales de tropas de cada legión o bien enviar a uno de sus dos cónsules, ya que los cónsules tenían mando sobre dos legiones. Así, se calcula que se emplearon en el cerco de Numancia a unos 20.000 hombres. En Hispania, la conquista de la Península no fue llevada a cabo sólo con las tropas romanas, sino con el apoyo de los indígenas. Ya desde la época de la II Guerra Púnica, las legiones romanas comenzaron a contar con los celtíberos, que se situaban junto a las tropas auxiliares. Los cartagineses se sirvieron igualmente de hispanos, de unos como aliados que se costeaban su equipo y sus gastos, pero de otros como mercenarios. Las malas condiciones económicas de algunas poblaciones obligaban a que muchos buscaran en la guerra un medio de subsistencia. La guerra de conquista contribuía a disolver las tensiones sociales de Italia. Además, los soldados legionarios encontraban pocos estímulos para desear el fin de las operaciones militares, ya que la guerra les ofrecía al menos un medio de vida.
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La conquista de la Península no fue llevada a cabo sólo con las tropas romanas sino con el apoyo de los indígenas. Ya desde la época de la II Guerra Púnica, las legiones romanas comenzaron a contar con los celtíberos que se situaban junto a las tropas auxiliares. Desde el siglo V a.C. hay noticias de iberos/hispanos formando parte de ejércitos extranjeros como mercenarios: los encontramos en Grecia y en Sicilia. Los cartagineses se sirvieron igualmente de hispanos, de unos como aliados que se costeaban su equipo y sus gastos pero de otros como mercenarios. Gran parte de los soldados que Aníbal llevó a Italia eran hispanos. El fracaso inicial de los dos Escipiones en el alto Guadalquivir se debió en gran parte a la retirada del apoyo que le prestaban los celtíberos. Poco más tarde, otros celtíberos ganaron la batalla en favor de Catón al abandonar a sus aliados turdetanos. No es, como a veces se ha dicho, que los hispanos fueran muy belicosos; las malas condiciones económicas de algunas poblaciones obligaban a que muchos buscaran en la guerra un medio de subsistencia. Roldán ha visto bien que, hasta fines del siglo II a.C., la colaboración de los hispanos en el ejército romano, aunque frecuente, no era sistemática. Los cuadros legionarios estaban formados por ciudadanos romanos y las tropas auxiliares las componían los latinos. Los hispanos se incorporaban como refuerzos y generalmente divididos en múltiples grupos y bajo estandartes distintos. Con la reforma militar de Mario y con la masiva concesión de derechos de ciudadanía a los latinos itálicos, Roma empieza a reclutar provinciales para sus tropas auxiliares. Y en esas fechas de comienzos del siglo I a.C., ya había un nutrido grupo de latinos en la Península Ibérica. A partir de entonces, Hispania proporciona una parte de las tropas auxiliares al ejército romano y continúa aportando contingentes de tropas de apoyo especializadas. Tales eran los honderos baleáricos. Grupos de bardietas del Norte formaban la guardia personal de Mario. Nos consta además que, durante la guerra social, grupos de hispanos estuvieron en Italia; así se testimonia por la plancha de bronce hallada en Ascoli, en el Piceno: el texto del bronce nos cuenta que un escuadrón de caballería de hispanos que luchaba en apoyo del padre de Pompeyo el Grande recibió la ciudadanía romana en recompensa a sus méritos militares en el año 89 a.C. Por el listado de nombres y la mención de sus lugares de origen, sabemos que procedían de diversas comunidades del valle medio del Ebro: de Salluia, Bagara, Segia, Ilerda, etc. (Dessau, 8.888). Durante la Guerra Sertoriana así como en la fase final de la República, durante las guerras entre cesarianos y pompeyanos, la participación de los hispanos en el ejército romano fue habitual. El incremento de ciudadanos romanos en Hispania permite entender que se llegara a reclutar una legión puramente hispana.
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En la estructura del ejército también puede verse la asimilación del mundo visigodo al romano. Esto es más claro si se piensa en la larga convivencia de los visigodos como foederati del Imperio. De hecho, su distribución decimal, aunque quizá sólo teórica, se basa en la del ejército bajoimperial. La unidad fundamental era la thiufa, mandada por el thiufadus, similar al millenarius romano, debajo del cual estarían el quingentenarius, el centenarius y el decanus, aunque es probable que tales divisiones no respondieran generalmente a la realidad. Hemos indicado ya cómo cada vez se da una mayor militarización de la administración, lo que trajo consigo el ejercicio de ciertas funciones y controles militares por comites o duces. Concretamente el dux exercitus provinciae, con control sobre cada una de las provincias, inicialmente seis en esta época, de Hispania, y con un poder cada vez mayor que, sumado a las otras atribuciones, le conferiría un predominio sobresaliente con respecto al resto de la nobleza. Pero lo que interesa resaltar especialmente no es tanto la composición del ejército sino su constitución como fuerza defensiva de la monarquía. La distribución descrita se refiere al ejército real, pero existían también ejércitos privados, y en origen el ejército visigodo en sí estaba formado por las contribuciones de hombres y armas que los nobles tenían, de manera que el ejército real se componía básicamente de las mesnadas aportadas por los nobles, cuyos soldados eran saiones y buccellarii. Leovigildo intentó controlar el ejército captando miembros de origen tanto visigodo como romano no ligado directamente a la nobleza; pero lo cierto es que ésta, cada vez más poderosa, a pesar de algunos intentos regios, contaba con fuertes contingentes; hecho que explica el porqué de la relativa facilidad con que se sucedían las rebeliones y motivaría la concentración de poder en los duces, aunque fueron éstos precisamente los que a veces se sublevaron. Por último, debe señalarse que la política fiscal, la aderación de los impuestos y la acuñación de moneda estaban relacionadas en buena medida con el avituallamiento y mantenimiento de tropas. Igualmente cabría hablar de la construcción de elementos defensivos y fortificaciones en las zonas más conflictivas.
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En el siglo VIII, el emirato de Córdoba alcanza su máxima expansión en la Península Ibérica. Hacia el 750, sólo los núcleos cristianos de la franja norte peninsular quedan fuera del alcance musulmán. La presión del Emirato sobre el reino franco hace que éste lleve sus fronteras hacia el sur, comprendiendo los territorios de Navarra, Aragón y la Marca Hispánica. La llamada reconquista cristiana logra tomar, hacia el 780, una ancha franja de terreno, extensión que se irá agrandando progresivamente en los años siguientes. Así, hacia el 868, los reyes cristianos consiguen avanzar hacia el sur, ocupando o repoblando ciudades como Santiago, Astorga o León. El empuje progresivo de la frontera lleva, en el 912, hasta una línea tras la que se sitúan las ciudades de Oporto, Zamora o Simancas. Finalmente, hacia finales del siglo X, los cristianos han conseguido adelantar la frontera y tomar ciudades como Coimbra, Salamanca o Sepúlveda. De forma paralela al proceso conquistador, los territorios cristianos van evolucionando en su organización. Así, surgen nuevas entidades, como el reino astur-leonés, el condado de Castilla y los señoríos de Vizcaya y Alava. En el antiguo territorio bajo control franco, se configuran ya hacie el año 1000 el reino de Pamplona y los condados de Aragón y Sobrarbe, que poco después pasarán a formar el reino de Navarra. En el Pirineo central se ubican los condados de Ribagorza y Pallars, mientras que por el lado oriental permanece la Marca Hispánica.
Personaje Político
Hijo de un rico campesino, se interesó pronto por la carrera militar, participando en la Guerra del Rosellón que tuvo lugar entre 1793-1795. La penetración de las tropas napoleónicas le llevó a levantarse en su contra, atacando un correo en el camino de Madrid a Francia ya en abril de 1808. Una vez iniciado el levantamiento contra el invasor francés, Martín entró a formar parte de las fuerzas del general Cuesta, luchando en las batallas de Cabezón y Medina de Rioseco (junio-julio de 1808). Abandonó el ejército regular y dirigió un importante cuerpo guerrillero que en algunos momentos del conflicto llegó a contar hasta con 10.000 hombres. Se hizo fuerte en la zona de Guadalajara, Valladolid, Burgos Cuenca y Segovia, llegando con sus incursiones hasta Levante o Portugal. La autoridad de José Bonaparte no pudo hacer nada contra él y los generales que recibieron la orden de detenerle fracasaron en su empresa. Colaboró con eficacia con las tropas de Wellington y sus éxitos le valieron el ascenso a general. El regreso de Fernando VII y la restauración absolutista llevaron al Empecinado -llamado así por el apodo identificativo de los vecinos de su pueblo natal debido a las charcas o "pecinas" de los alrededores- a proclamar su credo liberal y reclamar al monarca el mantenimiento de la Constitución, lo que le valió el confinamiento en Valladolid. Durante el Trienio Liberal (1820-1823) fue nombrado gobernador militar de Zamora y segundo jefe de la capitanía General de Castilla la Vieja, enfrentándose a las partidas absolutistas del cura Merino. Luchó en vano contra la restauración absolutista de los "Cien Mil Hijos de San Luis" y se exilió en Portugal durante un breve periodo de tiempo, antes de regresar a España para ser detenido en noviembre de 1823. Fue encarcelado en la localidad burgalesa de Roa y juzgado por un "comisario regio especial" que le condenó a muerte, siendo ejecutado en agosto de 1825.