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La Revolución Soviética de 1917 comprometió de tal modo la construcción de la vanguardia que esa experiencia histórica ilustra ejemplarmente el principio y el fin de una utopía, la de la relación entre vanguardia política y vanguardia artística. Sin embargo, entre el año 1917 y los años treinta la posibilidad de comprobar históricamente cómo el sueño de la vanguardia podía hacerse realidad social y política sedujo a numerosos arquitectos y artistas europeos.Con anterioridad a la Revolución, la vanguardia había penetrado en la cultura rusa, desde las investigaciones formalistas sobre el lenguaje que tanta influencia tendrían en la construcción de las vanguardias más radicales, a los ecos de las vanguardias europeas a través del cubofuturismo, del rayonismo o del suprematismo. De Malevich a Maiakovski, la vanguardia rusa no tardaría en comprometerse con una utopía que, nacida en el seno de las prácticas artísticas, buscaría vincularse a la construcción del socialismo, aspirando a la configuración formal de la nueva sociedad revolucionaria. Lo que De Stijl soñaba sin revolución, o lo que Le Corbusier buscaba exclusivamente con los medios disciplinares de la arquitectura.La arquitectura podía ser entendida como un enorme objeto social o bien asumir su autonomía disciplinar como la garantía más apropiada para preservar su carácter revolucionario. Y esa dialéctica cruzará la trágica aventura de las vanguardias y su compromiso político en la antigua URSS. A. Gan lo resumía ejemplarmente en un artículo publicado en 1924 sobre la pintura de Malevich, señalando cómo sus composiciones suprematistas planteaban tales dudas sobre su significación ideológica que no se sabía si interpretarlas como ilustración de la descomposición de la burguesía o, al contrario, como el ascenso de la joven clase del proletariado. En todo caso, una actitud sí parecía compartida, la del rechazo del pasado y de la historia que afectaba tanto a los comportamientos revolucionarios como a la práctica del arte y de la arquitectura. M. Chagall lo representó con elocuencia en Paz a las cabañas, guerra a los palacios (1919).En este contexto el Futurismo representó un revulsivo, una apuesta por la modernidad y la velocidad y una crítica ácida sobre el pasado. Pero se trataba tan sólo de una negación necesaria. Su violencia presagiaba el silencio, mientras que la abstracción del Suprematismo de Malevich desde su silencio proyectaba la construcción del futuro. La investigación formalista y de laboratorio de este último, su reducción de la pintura a puro signo, pronto se proyectaría hacia la arquitectura, o mejor, como en el neoplasticismo, hacia las maquetas, sus conocidas Architektone de los años veinte. Modelos que no son sólo aplicación, espejo y reflejo de la pintura, sino que se ofrecen a representar lo imaginario. No son sólo luminosas esculturas, ni las de Malevich ni las de Tatlin, sino sobre todo proyección de planos y volúmenes en el espacio: el verdadero alfabeto del constructivismo. El propio Malevich titulaba sus Architektone con los nombres de las letras y, en 1920, enunciaba sus intenciones: "El Suprematismo, en su evolución histórica, ha tenido tres etapas: del negro, del coloreado y del blanco. Todos los períodos han transcurrido bajo los signos convencionales de las superficies planas al expresar, diríase, los planos de los volúmenes futuros, y efectivamente, en el momento actual, el Suprematismo crece en el tiempo, volumen de la nueva construcción arquitectónica... Habiendo establecido los planos determinados del sistema suprematista, la evolución ulterior del Suprematismo, en adelante arquitectónico, lo confío a los jóvenes arquitectos, en el sentido amplio del término, pues veo la época de un nuevo sistema de arquitectura sólo en él".La Revolución apoyará con institutos especializados y con la reforma de las enseñanzas artísticas y arquitectónicas la nueva cultura de la vanguardia. Artistas, arquitectos e intelectuales como Maiakovski, V. Tatlin, El Lissitzky o Malevich tendrán así la oportunidad de hacer institucional la vanguardia. Dos términos, por otra parte, casi contradictorios. El constructivismo, aunque cabría hablar de los constructivismos, intenta vincular las tendencias de laboratorio y sus investigaciones sobre el objeto artístico y la muerte del arte a la construcción de la arquitectura, entendida también como construcción del socialismo. La idea de la funcionalidad social del arte inicia su compromiso revolucionario.Los productivistas del LEF (Frente de Izquierda de las Artes) abogan por la disolución del arte en la vida, en la producción. Son los años en los que El Lissitzky proclama su concepto de Proun, como construcción creadora de formas, y Tatlin construye su maqueta del Monumento a la III Internacional (1919), esa suerte de Torre de Babel construida, según Slovski, de hierro, vidrio y revolución. El Lissitzky, además, fue uno de los más importantes artistas empeñados en hacer internacional también al Constructivismo. En 1923 expuso en Berlín su Proune Raum o espacio de demostración, verdadera declaración de los principios constructivistas. De su obra afirmaba que la pared no puede concebirse como cuadro pintura. Pintar paredes o colgar cuadros de la pared son acciones igualmente erróneas. El nuevo espacio no necesita y no quiere cuadros. Tatlin, por su parte, comentando su Torre, señalaba que "habían empezado a combinar en una forma artística materiales como hierro y cristal, los materiales del nuevo clasicismo, comparables, en su severidad, al mármol de la antigüedad". Metáfora de la adhesión de las vanguardias y del Movimiento Moderno a la máquina y a la técnica.El Constructivismo en arquitectura tuvo, además, un lugar privilegiado de meditación en el apoyo institucional a través de organismos como el VCHUTEMAS (Facultad de Arquitectura), y de asociaciones de arquitectos como la ASNOVA, promovida por N. Ladovski. De hecho, la actividad pedagógica del VCHUTEMAS, planteada como una rigurosa investigación sobre la especificidad formal de la disciplina, estuvo en los orígenes metodológicos de la ASNOVA, en la que participaban los arquitectos más vinculados al formalismo como K. Menikov o N. Ladovski. Abstracción formal y extrañamiento de la producción que, sin embargo, no afectó a la seducción que sentían por el mito de la máquina y de la industria.Otros arquitectos como los Hermanos Vesnin, M. Guinzburg o I. Golosov, comprometían su formalismo con la producción y con el proceso revolucionario. Un compromiso que planteaba la disolución de la arquitectura en la ideología del Plan, entendida como parte de la planificación económica y social. Un drama que no tardaría en fragmentar la utopía, rompiéndola en los pedazos del realismo socialista. Drama en el que participarían otras asociaciones de arquitectos como la VOPRA (Unión de Arquitectos Proletarios) o la OSA (Unión de Arquitectos Contemporáneos), con la que algunos arquitectos del constructivismo intentaron acentuar el compromiso político de la vanguardia, entre los que se encontraban Guinzburg y los Vesnin.Metáforas del industrialismo, funcionalismo tecnológico, entendidos casi como una aspiración, más que como una realidad, unidos al formalismo utópico de un Ladovski, quizás el arquitecto más riguroso de esos años, son constantes de una poética y de una nueva imagen disciplinar de la arquitectura que no ha cesado de seducir hasta tiempos recientes. Experiencias y vanguardias sobre la forma de la arquitectura, en las que la memoria parece haber desaparecido tan radicalmente como la sociedad capitalista y burguesa, y que, además, profundizan en algunos de los problemas tipológicos decisivos del Movimiento Moderno, desde los condensadores colectivos, a la vivienda mínima, a las fábricas, a la nueva imagen arquitectónica del poder o la nueva idea de la ciudad socialista.Clubes obreros, de Melnikov o Golosov, rascacielos como los de El Lissitzky, pabellones como el de la URSS en la Exposición de Artes Decorativas de París (1925), arquitecturas puras y autónomas como las de Ladosvki (Instituto Lenin de Moscú, 1927), constituyen un legado irrenunciable que supieron admirar arquitectos como Le Corbusier o Gropius. Es más, muchos arquitectos vieron la posibilidad de construir sus utopías en la URSS y colaboraron con entusiasmo en muchos de los concursos realizados para proyectar la arquitectura y la ciudad de la nueva sociedad revolucionaria. Sin embargo, como ha señalado F. Dal Co: "No puede sorprender que la ciudad formalista del futuro, que como pura forma era indiferente a aquellos contenidos, sólo pueda convertirse en silenciosa utopía". El Concurso celebrado para la construcción del Palacio de los Soviets, en 1931, al que se presentaron los constructivistas soviéticos y los racionalistas europeos, como Le Corbusier o Gropius, puso fin al sueño. El realismo socialista, la arquitectura académica y monumental, de B. Jofan, ganó retóricamente el concurso.
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El golpe del 18 de Brumario fue en realidad una conspiración de "notables" que querían defender, con el apoyo del ejército, los intereses de una burguesía salida de la Revolución. Su consecuencia esencial fue la de restablecer el orden en Francia y la de institucionalizar los logros revolucionarios. Esa burguesía brumariana, a cuyo frente se hallaba Sieyès, no había pensado ceder el poder a un militar, sino reforzar el ejecutivo y restablecer la unidad en la acción gubernamental sin renunciar al ejercicio de la libertad. Sin embargo, como señala Lefèbvre, "dando prueba de inconcebible mediocridad", empujaron a Napoleón al poder sin ponerle condiciones y sin establecer previamente los rasgos esenciales del nuevo régimen. Desde luego, está bastante claro que el golpe de Estado de Brumario no fue un golpe de los militares que quisieron llevar a Bonaparte al poder. Si, como señala Soboul, éste aprovechó el brillo de sus victorias para alcanzar la Monarquía, no fue el ejército el que empujó a Bonaparte hacia el trono... "El ejército ocupa sin duda un lugar esencial en esta época de guerras que se renuevan sin cesar, pero es lejos de las fronteras, al menos hasta 1814".El 18 de Brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799), fue convocado el Consejo de Ancianos a primera hora de la mañana y, bajo el pretexto de una posible conspiración jacobina, se realizó una rápida votación en la que se acordó trasladar los dos Consejos a Saint-Cloud y el nombramiento de Bonaparte como comandante de la fuerza pública. Sieyès conseguía la dimisión de los Directores. Al día siguiente, Bonaparte se presentó ante las Asambleas con 5.000 soldados, donde fue increpado y acusado de actuar fuera de la ley. El presidente del Consejo de los Quinientos, Luciano Bonaparte, hermano del general, con el pretexto de las amenazas, llamó a la tropa que despejó inmediatamente la sala donde se celebraba la sesión. Esa misma noche, una reunión de urgencia de diputados de las dos cámaras nombraron a tres Cónsules provisionales: Bonaparte, Sieyès y Roger-Ducos. Se designó también a un comité para proceder a la revisión de la Constitución. La presidencia del gobierno debía llevarse a cabo mediante rotación entre los tres cónsules por orden alfabético. Eso le daba preeminencia a Bonaparte, quien trató con cuidado de mostrar un talante moderado ("Ni bonnets rouges ni talons rouges") y de aparecer en público con frecuencia para aumentar su popularidad. Tomó medidas financieras que permitieran una cierta capacidad de actuación al gobierno, como la de sustituir el empréstito forzoso por un apéndice de 25 céntimos sobre las tres contribuciones principales: la agrícola, la mobiliaria y la suntuaria. Tranquilizó a los banqueros y a los notables prometiéndoles una política de orden, de respeto a la propiedad y de tranquilidad en el exterior. Al mismo tiempo que desterró a muchos jacobinos, prohibió el regreso de los emigrados y el predominio de ningún culto. En resumen, lo que Bonaparte hizo en esta primera etapa de su gobierno fue actuar con suma prudencia y prepararse para el definitivo asalto al poder.El comité encargado de revisar la Constitución presentó un proyecto sólo un mes más tarde de haber sido nombrado y el nuevo texto fue promulgado el 25 de diciembre de 1799 (4 de Nivoso del año VIII). La Constitución del año VIII tenía un total de 95 artículos y en ellos se regulaba en primer lugar el derecho electoral de los ciudadanos, de tal manera que se mantenía teóricamente el sufragio universal, pero en la práctica sólo tendrían derecho al voto los ciudadanos incluidos en las llamadas "listas de confianza" que se confeccionaban en varios grados: comunal, departamental y nacional. Se creaba un Senado compuesto por 80 miembros elegidos por cooptación a partir de unas listas propuestas por el primer Cónsul, el Cuerpo Legislativo y el Tribunado. Su función era la de velar por la Constitución y participar en la elección de una serie de personas para las asambleas legislativas. Estas asambleas eran dos, el Tribunado y el Cuerpo Legislativo. La primera estaba compuesta por 100 miembros y la segunda por 300, todos los cuales eran designados por el Senado a partir de unas listas de "confianza nacional". El poder ejecutivo se ponía en manos de tres Cónsules, nombrados por un periodo de diez años por el Senado, pero renovables indefinidamente. No obstante, era el primero de ellos el que reunía casi todo el poder: nombraba ministros y funcionarios, tenía el derecho de iniciativa en las leyes y no era responsable ante las asambleas. En cuanto al poder judicial, la Constitución sólo regulaba la elección por sufragio universal de los jueces de paz y el nombramiento de los demás por parte del gobierno.La Constitución del año VIII ponía en manos de Bonaparte todas las funciones legislativas y ejecutivas y, con una serie de medidas posteriores, sometió a su dominio a los tribunales de justicia. Al año siguiente, consiguió también someter al gobierno local de todo el país. Se conservaban las circunscripciones administrativas de los departamentos, asistidos por un prefecto; los distritos (arrondissements), a cuyo frente estaba un subprefecto, y la comuna, en la que mandaba el alcalde (maire). Todos estos funcionarios eran nombrados por el gobierno. Los extensos poderes que las Asambleas legislativas concedían a las corporaciones electivas de los departamentos y los distritos menores eran manejados por prefectos y subprefectos. Seguían existiendo los Consejos locales electivos, pero no se reunían más que dos semanas al año y sólo se ocupaban de la distribución de las contribuciones. El prefecto y el subprefecto podían consultarlos, pero no tenían jurisdicción sobre el poder ejecutivo. Los alcaldes de las pequeñas communes eran elegidos por el prefecto, pero en las ciudades de más de 5.000 habitantes eran de nombramiento directo de Bonaparte. La policía en las ciudades de más de 10.000 habitantes dependía del gobierno central.Esta organización del gobierno, tan fuertemente centralizado, no dejaba al pueblo mucha intervención en los asuntos gubernamentales, pero presentaba la ventaja de la rápida ejecución de las decisiones, las leyes y los decretos emanados del poder central. En todas las reformas emprendidas por Napoleón existía ese afán centralizador que se aplicaba, a veces, a expensas de la libertad política. Roederer, aquel republicano moderado y escritor de la época, definió el sistema de una forma concisa, pero muy gráfica: El "prefecto, que esencialmente se ocupaba de su ejecución, transmitía las órdenes a los subprefectos; éstos a los alcaldes de las ciudades, pueblos y aldeas, de forma que la cadena de ejecución desciende sin interrupción desde el ministro al administrado y transmite la ley y las órdenes del gobierno hasta las últimas ramificaciones del orden social con la rapidez del fluido eléctrico".La reforma judicial acompañó a la reforma administrativa. Se conservaban los jueces de paz, pero mediante la ley de 27 de Ventoso del año VIII (18 de marzo de 1800) se creaban 400 tribunales de primera instancia, es decir, uno por cada distrito. En cada uno de ellos, tres jueces y un comisario gubernamental juzgaban los asuntos civiles. Para el conjunto, se pusieron en funcionamiento 28 tribunales de apelación, que resolvían sobre aquellos asuntos que habían sido ya juzgados en primera instancia por los tribunales de distrito. Se creaban además 98 tribunales para los asuntos criminales, uno por departamento, compuestos por un presidente, dos jueces, un comisario gubernamental y dos jurados. La gran novedad de la reforma judicial es que se suprimía la elección de los jueces, que pasaban a ser nombrados y retribuidos por el gobierno y se convertían de esa forma en funcionarios del Estado.Una de las principales preocupaciones del Consulado desde el primer día fue la situación del Tesoro. Para mejorar las finanzas, se tomaron medidas inmediatas, como fue la de sustraer a las autoridades locales el cobro de los impuestos directos, que quedaron en manos de funcionarios dependientes del poder central. Todo el sistema quedaba bajo la dirección de un director general de contribuciones del que dependían los directores departamentales, los inspectores y los controladores. Más tarde, en 1807 se crearía el Tribunal de cuentas, encargado de verificar todos los asuntos relativos a los ingresos del Estado.También se reorganizó el sistema financiero y mediante la ley del 7 de Germinal del año XI (28 de marzo de 1803) se creaba el franco, que se constituía así como la nueva unidad monetaria de la República. El franco se convirtió en una moneda metálica fuerte, ya que se desistió de emitir papel moneda después de la experiencia negativa de los assignats. En 1800 se había creado el Banco de Francia, que estaba dirigido por un Consejo de regencia elegido por los accionistas y un Comité formado por tres regentes. Este Banco se convirtió en un banco de emisión, además de serlo de depósitos y de descuentos. En 1803 su organización fue reformada y confiada a 15 regentes, elegidos por los 200 accionistas más importantes, y tres censores, reemplazados en 1806 por un gobernador y dos subgobernadores nombrados por el Estado. De esta manera, la reforma financiera quedaba basada en tres instituciones: la Hacienda, el franco y el Banco de Francia, las cuales contribuirían a reforzar la centralización del Estado en este dominio.El Consulado emprendió también la reforma educativa mediante la ley de 11 de Floreal del año X (1 de mayo de 1802). La enseñanza primaria quedaba en manos de los ayuntamientos, que eran los encargados de financiarla, aunque en la práctica muchas escuelas quedaron en manos de los religiosos y las religiosas. Pero donde se puso un especial interés fue en la enseñanza secundaria, por ser la encargada de formar a los funcionarios. La enseñanza secundaria se impartía en los liceos y en las escuelas secundarias municipales. Estas últimas eran libres, pero se hallaban bajo el control de los prefectos. En ellas se enseñaba el francés, matemáticas, geografía e historia según los métodos de la enseñanza moderna. El liceo era, sin embargo, el centro más importante para este tipo de enseñanza. Se ha dicho que aunaba el espíritu jesuítico y el espíritu napoleónico. El espíritu jesuítico porque mezclaba los programas de las humanidades con los científicos y el napoleónico por la disciplina que imprimía a los discentes y a los docentes.En el ámbito educativo superior se estableció una universidad muy centralizada dividida en 27 academias, en cada una de las cuales había una facultad de letras. También se crearon 15 facultades de ciencias, 13 de derecho, 7 de medicina y varias de teología católica y teología protestante. La operatividad del sistema universitario fue, sin embargo, escasa y la mayor parte de estas facultades tuvieron dificultades para sobrevivir hasta el final de la época napoleónica.Otra de las cuestiones fundamentales que había que regular era la cuestión religiosa. Francia seguía siendo en su mayoría un país católico, aunque estaba dividido por un cisma. Las difíciles negociaciones entre Bonaparte y Roma dieron como resultado la firma del Concordato del 15 de julio de 1801. El Papa Pío VII no tenía un carácter fuerte como su predecesor Pío VI y no supo negarse a la propuesta de Napoleón, quien ya en junio de 1800 comenzó a entrar en contacto con la iglesia para preparar el acuerdo. A Bonaparte le interesaba la normalización de las relaciones para desarmar a los contrarrevolucionarios más recalcitrantes que seguían negándose a reconocer a un Estado laico y a aceptar la libertad de conciencia. En el Concordato se reconocía que el catolicismo era la religión de la gran mayoría de los franceses. El Primer cónsul nombraba a los arzobispos y a los obispos, pero era el Papa el que otorgaba la institución canónica. El Papa se comprometía a pedir a los obispos refractarios que renunciasen a sus sedes, y si se negaban, los retiraría. Napoleón, por su parte, debía pedir a los obispos constitucionales su dimisión, y de esta manera se terminaría con el cisma existente en Francia. Los obispos eran quienes determinaban las diócesis y nombraban a los curas, pues, como señala Lefèbvre, Bonaparte pensaba que controlando a los obispos, controlaría a sus sacerdotes, sin necesidad de tener que vigilarlos él mismo.Para la aplicación del Concordato se aprobó un reglamento titulado Artículos orgánicos del culto católico, sin consultar al Papa, mediante el que se establecía que la publicación de bulas, la convocatoria de concilios, la creación de seminarios y la publicación de catecismos, quedaban sujetos a la aprobación del gobierno. Asimismo se reconocía como atribución del poder civil la autorización de actividades como el repique de las campanas de las iglesias o la organización de procesiones.Paralelamente, y para poner bien claramente de manifiesto que la religión católica no era la religión del Estado, se aprobó también un reglamento para las otras religiones titulado Artículos orgánicos del culto protestante. En él se establecía que los calvinistas serían administrados por consistorios compuestos por los fieles más destacados y presididos por un pastor. Los luteranos también eran organizados por medio de consistorios. Este reglamento de las religiones protestantes se unió al Concordato y a su propio reglamento con el objeto de que todos ellos formasen parte de una misma ley. Más tarde, en 1808, los judíos verían también reglamentada su religión. Aunque la nueva regulación de las relaciones entre la Santa Sede y el Estado francés aparentaba haber terminado con la tradición galicana de una iglesia nacional autónoma, en el futuro Napoleón llevaría a cabo una serie de imposiciones que sobrepasaría los límites de lo que habían hecho sus predecesores.La política social de Napoleón estaba dirigida a reforzar el poder de la burguesía, ya que pensaba que la estructura de la sociedad debía estar basada en la riqueza. Bonaparte desconfiaba de lo que él llamaba la "gente de talento", en tanto que ese talento no se viese acompañado de la posesión de riqueza, puesto que esa disociación podía constituir un fermento revolucionario. Como ha puesto de manifiesto el historiador Georges Lefèbvre, en este sentido puede decirse que como defensor de la burguesía censitaria y una vez desaparecido su despotismo, el régimen social del año X puso los fundamentos de la Monarquía de Luis Felipe de Orleans, con la que el régimen censitario alcanzó su máxima expresión.Pues bien, el Código Napoleónico, compuesto por el Código Civil (1804), el Código de Procedimiento Civil (1806), el Código de Procedimiento Criminal (1808) y el Código Penal (1810), consagrarían un tipo de sociedad en la que primaba el orden y la estabilidad en las relaciones interpersonales, además de la igualdad civil, la libertad religiosa, la centralización y el poder del Estado. El Código Civil recogía los elementos esenciales del pensamiento social de la época napoleónica y además las transmitió a toda Europa, en muchos de cuyos países contribuyó a establecer las bases de la sociedad moderna. Concebido, como ya se ha señalado, en función de los intereses de la burguesía, consagraba y sancionaba el derecho a la propiedad. La familia aparecía como uno de esos cuerpos sociales que "disciplinan la actividad de los individuos". La autoridad del padre, que se había visto debilitada por la Revolución, se veía reforzada en el Código, de tal manera que podía imponer prisión a sus hijos durante seis meses sin necesidad de control por parte de la autoridad judicial. Se le reconocía la propiedad de los bienes de éstos y la administración de los de su mujer. En definitiva, como ha señalado Henri Calvet, el Código de Napoleón era el fruto de la evolución de la sociedad francesa y señalaba el compromiso entre el Viejo y el Nuevo Régimen.Todas estas reformas emprendidas por Napoleón durante el Consulado contribuyeron a restablecer el orden y la disciplina en Francia después de los agitados años transcurridos desde 1789. Se acabó con el bandolerismo y la sistemática violación de las leyes. Se garantizó la vida y la propiedad privada. Se pusieron en marcha las obras públicas y se dieron más oportunidades a los franceses para que adquiriesen una mejor educación según la capacidad de cada uno. Sin duda, su iniciativa y sus dotes de organizador contribuyeron decisivamente a la modernización de Francia.
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El contenido del libro II Aunque algo más breve que el primero, el segundo es también una miscelánea de temas muy variados, unos más interesantes, otros menos. Son muy atractivas, por ejemplo, las páginas en las que aborda los conocimientos médicos de los antiguos mexicanos. En ellas hace una serie de críticas al ejercicio de la medicina y rechaza el uso de remedios vehementísimos y venenosísimos, calientes y fríos. Los médicos nahuas, titici, son para él meros empíricos y a ellos les falta método y estudio. En el fondo de tales críticas podemos ver un apego a las corrientes médicas del Renacimiento, particularmente a la teoría de los humores y a la ciencia vesaliana, de intenso estudio de la anatomía basado en la disección. En varios capítulos nos presenta Hernández el mundo de Moctezuma, un mundo rodeado de lujo y refinamiento. Es indudable que a él, como a otros cronistas de su época, la corte azteca le produjo gran admiración, quizá por el contraste que ofrecía con la austeridad de la corte de los Austrias. Se asombra ante la comida que servían a Moctezuma sus mujeres; pondera la vajilla, la mantelería y la música con que acompañaban a esta ceremonia, revestida de un ambiente de veneración casi sagrado. También se deleita nuestro protomédico describiendo el palacio del tlahtoani azteca, sus jardines, estanques, aviarios y la hermosísima casa de fieras, única en el mundo. Aunque el clima de la ciudad de México propiciaba la belleza de la vida vegetal y animal, es evidente que en este paraíso privado de Moctezuma estaba presente el gusto y refinamiento de los emperadores aztecas. Todo esto se mantenía gracias a un sistema de tributos muy bien organizado, que generaba grandes ingresos al erario de Moctezuma. Las riquezas de los reyes mexicanos eran infinitas y el gasto cotidiano inmenso y admirable38, dice Hernández. Tres capítulos dedica a las cosas sagradas. En ellos sobresale la descripción que hace del Templo Mayor de la ciudad de México, con sus muchos adoratorios anexos y desde el cual se divisaban los pueblos y bosques rodeados de agua y nada más hermoso podía verse a la vista39. Parte importante de lo sagrado la constituía el mundo de los augurios. Destaca Hernández la gran cantidad que tenían --en relación con animales, hierbas y árboles-- al grado que casi no había momento de la vida que no estuviera condicionado por un augurio. De gran interés son las páginas en las que aporta datos históricos acerca de los reinos de México-Tenochtitlan, Tetzcoco y Tlatelolco, con el título Del origen de la Nueva España. Comienza con la llegada de los chichimecas y la fusión de ellos con gentes nahuas toltecas. Tal mestizaje fue origen de pueblos muy cultos como el tetzcocano, el cual tuvo su momento de esplendor bajo el gobierno del sabio rey Nezahualcóyotl. Después de los chichimecas, otros grupos de habla nahuatl hicieron su aparición en el valle de México, los acolhuas. A la llegada de los españoles, éstos habían logrado crear florecientes reinos, como el muy conocido de los mexicas o aztecas, el tlaxcalteca y el cholulteca. Interesa aquí hacer una precisión, y es la de que Hernández, al hablar de estos pueblos, recoge la opinión de que todos ellos provenían de las tribus perdidas de Israel. En realidad no la acepta totalmente, pero tampoco la rechaza e incluso ofrece algunos argumentos en pro, como el de la lengua, la semejanza de algunos ritos y la naturaleza prolífica de los habitantes de la Nueva España. Tal postura no debe parecernos rara, ya que en el Renacimiento aún estaba muy en boga la tesis hebraísta, la cual postulaba que el origen universal de pueblos y lenguas había que encontrarlo en los semitas. Quizá durante su estancia en Tetzcoco, Hernández se encariñó con esta ciudad. Al menos así se traduce en las últimas páginas del libro segundo. Alaba su cielo y su temperatura, menos húmeda y más saludable que la de México. La disposición de las casas, cada una rodeada de un pequeño huerto, le hace recordar la visión idealizada de su patria en la literatura del mundo clásico: De modo que no creerías ver ciudades sino los huertos de las Hespérides y campos amenísimos40. Parecidos elogios expresa de los tezcocanos, a los cuales pone casi como forjadores de la grandeza del imperio azteca. Es evidente que Hernández supo captar y admirar el pasado y el presente de Tezcoco, ciudad a la que se llamó la Atenas de México. Resalta en este segundo libro el capítulo final, en que nos ha dejado juicios muy valiosos acerca de la lengua nahuatl o mexicana. En ellos se refleja una gran percepción de la frasis y la esencia de esta lengua. En palabras de Hernández, el nahuatl tiene: Composición feliz y fecunda de las dicciones y en esto no cede a la lengua griega... Parece admirable que entre gentes tan incultas y bárbaras apenas se encuentre una palabra impuesta inconsideradamente al significado y sin ethimo, sino que casi todas fueron adaptadas a las cosas con tanto tino y prudencia que, oído sólo el nombre, suelen llegar a las naturalezas que eran de saberse o investigarse de las cosas significadas41. Tales apreciaciones nos hacen recordar las expresadas por otros humanistas del siglo XVI como Molina, Sahagún y Juan Bautista. Fray Alonso de Molina encontraba al nahuatl tan copiosa, tan elegante y de tanto artificio y primor en sus metaphoras y maneras de decir cuanto conocerán los que en ella se exercitaren42. Fray Bernardino de Sahagún habla de los primores de la lengua mexicana y fray Juan Bautista la califica de elegante, copiosa y abundante43. El párrafo citado de Hernández nos deja ver una penetración admirable de un hombre que, sin ser propiamente un lingüista, supo captar la estructura y la composición de las palabras en cuya raíz está ciertamente la esencia, el ethimo, como él dice. Es más que probable que Hernández llegara a esta comprensión a través de la botánica. En la lengua nahuatl, el vocabulario de plantas y animales, en muchos casos, responde a una idea de grupos, de conjuntos de familias, de tal manera que se puede hablar de una taxonomía espontánea que mucho atrajo a los naturalistas del XIX44 y que es seguro Hernández supo calibrar y admirar.
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Nos resulta imposible señalar en el arte pictórico una caracterización de ruptura con la tradición. Los principales centros de producciones miniadas, durante el siglo X, siguen repitiendo los modelos del inmediato pasado carolingio con una calidad que bien pudiéramos denominar rusticitas. Sólo a partir del 1000, se inicia una recuperación de la calidad de factura, pero no hay grandes variaciones de los modelos icónicos. La renovación técnica muchas veces corre paralela a la presencia en los talleres de miniaturistas de origen inglés. Limoges se convierte en uno de los centros más importantes del sudoeste francés. Se ilustran aquí numerosos libros de la cultura antigua: la "Psicomaquia" de Prudencio, el "Catálogo de las constelaciones" de Aratus, o las "Fábulas" de Esopo. De los contactos con obras hispanas surgió el célebre "Comentario del Apocalipsis de Saint-Sever". Se trata de una interpretación plástica a la carolingia de la conocida obra de Beato de Liébana. Fue un encargo del abad Gregorio Muntaner de Saint-Sever (1028-1072), realizado por un pintor llamado Esteban García. El esplendor del monasterio de Fleu bajo el abadiato de Gauzlin (1004-1030) alcanza también a la miniatura. En un escritorio, donde habían trabajado iluminadores ingleses en la segunda mitad del X, aparecerá un pintor italiano, Nivardus, que compondrá un rico evangeliario para el monasterio por encargo de Roberto el Piadoso. Es una obra lujosísima, compuesta sobre un pergamino púrpura, con escritura en oro y plata, que bien se puede situar en la continuidad de las obras otonianas de Reichenau. Otros centros francos denotan la misma dependencia formal e icónica de modelos carolingios, aunque acusa su proximidad a lo sajón. En Saint-Bertin se produce un florecimiento del taller con el abad Odberto (986-1007), que hace traer pintores ingleses. Otros talleres con estas características serán Saint-Vaast, en Arras, Saint-Amand (Nord) y el monasterio de Germain-des-Prés. La miniatura hispana sintió la influencia de algunas formas del mundo carolingio, en la segunda mitad del X, pero en líneas generales siguió dentro de sus propias tradiciones. Durante la primera mitad del siglo siguiente, en los condados catalanes, la "Biblia de Roda" y la "Biblia de Ripoll" representan la total ruptura con el pasado y la adopción de una manera de hacer inspirada en la plástica e iconografía de origen carolingio. En los reinos hispanos occidentales, donde la arquitectura todavía seguía apegada a las tradiciones locales, se iniciará, en el arte de la miniatura, la aproximación a las formas europeas, tal como vemos en la producción del taller real que trabaja para Fernando I: "Beato de Fernando I", hacia 1047, y, de poco después, el "Diurnal de Fernando I". De las artes suntuarias es muy poco lo conservado y de mala calidad, lo que no permite el planteamiento de una teoría general, aunque todo indica que, tanto en territorio francés como italiano, existe una marcada pervivencia del pasado. Las obras de mayor empeño están muy relacionadas con el arte del Imperio o de Bizancio.
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Perdida la iniciativa, con graves daños materiales y humanos y prácticamente agotados los suministros, Rommel decidió mantener las posiciones en lugar de retirarse, lo que es considerado un error estratégico. Las razones de esta decisión parecen estar en la falta de combustible y vehículos (Fuller), aunque el Alto Mando alemán era partidario de la resistencia a ultranza. Paralelamente, continuaba el sangrante goteo de pérdidas en los convoyes que deberían haberle hecho llegar refuerzos materiales por el Mediterráneo, mientras que, en el lado contrario, el 3 de septiembre eran desembarcados en Alejandría los 300 Sherman prometidos por Roosevelt a Churchill y otras 100.000 toneladas de material para el Octavo Ejército. Rommel preveía un ataque británico en cuanto hubiese luna llena, por lo que ideó basar su defensa en el cinturón de minas que le separaba de los británicos -más de 500.000- y en el fuego artillero, obligando a los aliados a luchar en los campos minados. Dispuso a la 164 y a la 90 Divisiones ligeras alemanas alineadas en el sector norte; la 15 Panzer y la Littorio italiana ocuparían el sector central, mientras que la 21 Panzer y la Ariete defenderían un posible ataque por el sur. Sus mermadas fuerzas incluían 300 tanques italianos de escasa operatividad, 180 Panzer III con cañones de 50 mm. y 30 Panzer IV con cañones de 74 mm. Por si fuera poco, el general alemán se encontraba enfermo, por lo que viajó el 22 de septiembre a Alemania -donde le fue entregado el bastón de Mariscal como premio por la toma de Tobruk-, dejando al general Stumme en su puesto. Por su parte, los británicos, conscientes de su situación privilegiada, anticipaban ya la posibilidad de expulsar a las fuerzas del Eje del norte de África. Preparado el plan de ataque de la "Operación Torch", desembarco aliado en las costas norteafricanas, la única duda consistía en saber si las tropas de la Francia de Vichy en Marruecos y Argelia opondrían o no resistencia. Por ello, para asegurar una posición dominante, Churchill pensó que previamente a producirse el desembarco era preciso acabar con las tropas del Eje en Egipto y Libia, lo que dejaría el norte de África prácticamente en manos aliadas. Así pues, el éxito de la ofensiva final británica en El Alemein era un factor clave para el desarrollo de la "Operación Torch", por lo que debía ser cuidadosamente preparada. Era necesario un periodo de adaptación y entrenamiento de las dotaciones de los tanques Sherman prometidos por Roosevelt; también había que esperar a la luna llena, que se produciría en la noche del 23 de octubre. Otra consideración importante era dilucidar cuál era la mejor dirección para el ataque. Si se hacía por el sur, se tenía la ventaja de chocar con unos campos de minas más débiles, pero, puesto que el objetivo final era exterminar al enemigo, el ataque desde esta dirección empujaría a los italo-alemanes en dirección norte, justo a la carretera de la costa, lo que facilitaría su retirada. En consecuencia, se decidió atacar por el norte, lo que daría a los aliados el control sobre la carretera costera y aislaría a las tropas italo-alemanas establecidas en el sur. Planeada la dirección del ataque, el problema radicaba en cómo sobrepasar los campos de minas, que podían tener entre 5 y 9 kilómetros de anchura. Como solución, se halló que la artillería y los bombarderos podrían proteger el avance de la infantería y los tanques sobre un frente de entre 10 y 12 kilómetros. Dirigido por el teniente general Leese, del XXX Cuerpo de Ejército, el avance por los campos minados se desarrollaría mediante dos grupos que abrirían sendos corredores, uno al norte, al sur de Tel el Aisa, y otro al sur, cercano a las colinas de Miteiriya. Abiertos los pasillos, la 1? y 10 Divisiones blindadas del X Cuerpo, a cargo del general Lumsden, entrarían por ellos, al tiempo que, por el sur y de manera independiente, el XIII Cuerpo de Ejército, al mando de Horrocks, y la 7? División blindada atacarían frontalmente, con el fin de sujetar en su posición a la 21 División Panzer y evitar su desplazamiento hacia el norte. Por último, se consideraba esencial engañar al enemigo, tanto con respecto al volumen de las fuerzas propias como de las carencias e intenciones. Por ello, se camuflaron los movimientos de fuerzas y se construyeron instalaciones y armamento ficticios. El ataque comenzó con un intenso fuego artillero (1.000 cañones) a las 21,40 del 23 de octubre, tal como estaba planeado. Tan solo veinte después, comenzó el doble avance de la infantería, que resultó más fácil de lo previsto: en las primeras horas del día 24, se habían tomado las posiciones más adelantadas de la defensa alemana. Sin embargo, a medida que la vanguardia de infantería avanzaba, la resistencia alemana se iba haciendo más tenaz. La 51 División, por el centro, fue fuertemente repelida, así como la 1? División africana, por el sur, cuyo avance resultó frenado. Mejor suerte tuvieron los australianos de la 9? División y los neozelandeses de la 2?, quienes llegaron a sus objetivos en el tiempo previsto. Los campos minados, sin embargo, dificultaron enormemente el avance aliado, de manera que se retrasó la apertura del corredor sur, por el que hasta la madrugada del 24 no pudieron entrar la 9? Brigada blindada y la 10 División blindada. Esta última se posicionó al este de las colinas de Miteiriya, pero quedó allí estancada al recibir un fuerte castigo de la artillería alemana. Por el corredor norte, la situación no era más favorable. Los campos minados y la artillería enemiga retrasaron la apertura del pasillo hasta primeras horas de la tarde, requiriendo de un gran esfuerzo artillero y de la acción conjunta de la 51 División y de la 1? División blindada. Por el sur, el XIII Cuerpo de Horrocks encontró tantas dificultades en su ataque frontal que Montgomery ordenó su retirada y el mantenimiento de la 7? División blindada en reserva. A partir de entonces, los hombres de Horrocks se dedicarán a realizar acciones esporádicas de desgaste y fijación del enemigo en sus posiciones. Por su parte, las tropas del Eje, a pesar del aguante de las posiciones de vanguardia, se encontraban poco a poco más debilitadas. El inmenso castigo artillero acabó por romper el sistema de comunicaciones, lo que descoordinó las acciones de las diferentes unidades. Para agravar más la situación, el general Stumme falleció de un ataque al corazón, lo que hizo que Von Thoma, jefe del Afrika Korps, tomara el mando. El ataque británico sorprendió a Rommel, enfermo, hospitalizado en Semmering. Rápidamente, tras hablar con Keitel, emprendió viaja a África. Haciendo escala en Roma, conoció por el general von Rintelen que sólo quedaban sobre el terreno tres suministros de combustible, lo que provocó que Stumme restringiera las incursiones de la aviación y los grandes movimientos de blindados y camiones. En consecuencia, únicamente se había podido producir un ataque por parte de la 15 División Panzer, que resultó desastroso y redujo a 31 el número de tanques operativos. Sin embargo, a pesar del paulatino debilitamiento, las fuerzas de Rommel estaban plantando cara a los británicos, por lo que Montgomery apostó por abandonar la táctica de "desmoronamiento" y volcar el ataque por el sector norte. Para ello, ordenó al XXX Cuerpo de Ejército que lanzara a la 9? División australiana en dirección a la costa, para cercar al enemigo al norte del sistema de Tel el Aisa, lo que resultó un éxito. También, la 1? División blindada debía desplazarse hacia el este, en dirección a la cadena Kidney, un avance sumamente dificultoso debido a que Rommel había situado justo enfrente a la 90 División ligera, algunas unidades de la 15 Panzer y la Littorio, y un batallón de bersaglieri. En consecuencia se produjeron violentísimos combates, que dejaron cientos de bajas en ambos bandos. Sólo al anochecer, la 1? División sudafricana y la 2? neozelandesa consiguieron ganar apenas un kilómetro en las estribaciones de Miteiriya, mientras que la 1? División blindada pudo tomar posiciones en las colinas Kidney. Los pobres resultados de la ofensiva británica forzaron a Montgomery, a partir del 26 de octubre, a desplegar una estrategia defensiva, con la finalidad de reorganizar sus efectivos de cara a la realización posterior de un gran ataque por el norte. Así, realizó el envío de la 2? División neozelandesa a posiciones de reserva y su sustitución por la 1? División sudafricana, al tiempo que el lugar de ésta era tomado por la 4? División india, ahora integrada en el XIII Cuerpo de Ejército. Por otra parte, ordenó al XIII Cuerpo que lanzara a la 7? División blindada en dirección norte, acompañada de tres brigadas de infantería. En la noche del 26 de octubre, Rommel realizó también nuevos movimientos de sus efectivos. La 21 División Panzer fue enviada al norte, al tiempo que lanzó un fuerte ataque el 27 contra las posiciones inglesas en la cadena Kidney. La ofensiva, sin embargo, resultó detenida, lo que permitió a Montgomery enviar a posiciones de reserva a la 1? División blindada y la 24 Brigada blindada. Simultáneamente, hizo que en la noche del 29 se produjera una ofensiva en el sector costero, a cargo de la 9? División australiana. Este ataque, no obstante, se encontró con una fuerte oposición alemana, pues Rommel había reforzado este sector con efectivos provenientes del frente sur, a los que sustituyó con parte de la división Ariete. La llegada de refuerzos -armas pesadas y unidades alemanas- hizo que la oposición a la ofensiva de la 9? División australiana fuera extremadamente poderosa. Los combates se produjeron a lo largo de seis horas, en las que el cielo se iluminaba mediante bengalas arrojadas en paracaídas, lo que otorgaba a los bombarderos ingleses una gran ventaja en sus acciones sobre las tropas alemanas. El desarrollo de los acontecimientos forzó a Rommel a considerar la posibilidad de iniciar la retirada. A las graves pérdidas que estaban sufriendo sus tropas, se unía el hecho de que el combustible, siempre escaso, comenzaba a agotarse, así como los alimentos y munición. Conocido por Montgomery el envío de Rommel a la zona de Sidi Abdel Rahman de la 21 División Panzer, lo que podría poner en serias dificultades la ofensiva británica sobre el sector costero, decidió dar un giro radical a los planes de ataque, ordenando un avance en dirección sur, defendido por los italianos. Para ello, en el seno de una operación denominada en clave "Supercharge", encomendó a la 9? División australiana la realización de un ataque en la noche del 30 de octubre, al tiempo que la 2? División neozelandesa debería irrumpir en el frente enemigo en el sector norte abriendo un corredor que, posteriormente, permitiría la entrada de las divisiones blindadas 1?, 7? y 10, del X Cuerpo de Ejército. La misma noche del 30 Rommel mandó reconocer la posición de Fuka, entre la costa, a 80 kilómetros al oeste de El Alemein, y la depresión de Qattara, anticipando una más que probable retirada. El problema, no de orden menor, era la carencia de transportes que pudieran permitir un retroceso bien defendido y organizado, sin dejar de combatir ni romper el frente, lo que permitiría una ofensiva en masa de los británicos. El ataque australiano hacia la costa, en la noche del 30, resultó un éxito inicial. Tras tomar posiciones, se dirigieron hacia el este, rodeando a los granaderos Panzer de la 164 División. Sin embargo, la fuerte defensa alemana, con ayuda de la 21 División Panzer y la 9? ligera, consiguió retrasar la maniobra envolvente, lo que permitió la huída de la mayoría de los rodeados. La evolución de los acontecimientos, no obstante, hizo que Montgomery se viese obligado a retrasar el comienzo de Supercharge hasta la madrugada del 2 de noviembre. Precedido por un intenso fuego artillero y la acción de los bombarderos, dos brigadas de la 2? División neozelandesa, reforzadas con la 23 Brigada acorazada, avanzaron sobre un frente de cuatro kilómetros, con la finalidad de limpiar un amplio pasillo de minas y permitir el acceso de la 9? División blindada. Esta, antes de las primeras luces del día, habría de ganar dos kilómetros de terreno en dirección al sur de Sidi Abdel Rahman, lo que permitiría establecer una cabeza de puente hacia el desierto desde la que operaran las Divisiones blindadas 1?, 7? y 10. Aunque cumplieron con su objetivo de limpiar el corredor de minas, la incursión por el mismo de la 9? División blindada se vio frenada por un intenso fuego de los antitanque alemanes, lo que provocó la destrucción de 87 carros británicos. Al mismo tiempo, la 1? División blindada se encontró de frente con el Afrika Korps, lo que provocó una violentísima lucha de carros en Tel el Aqqaqir. La superioridad de los Grant y Sherman puestos por los norteamericanos a disposición de los británicos no logró, sin embargo, asegurar el éxito de la penetración, pues los blindados de Rommel expusieron una fuerte defensa.
obra
No es muy habitual en la obra de Degas el empleo de composiciones horizontales, teniendo éstas el denominador común de tratarse siempre de asuntos de danza. El título de esta obra viene por el enorme contrabajo que contemplamos en la zona izquierda del lienzo, ocupando la mayor parte del espacio. A su lado encontramos una bailarina en un tremendo escorzo mientras que al fondo se observan otras figuras en variadas posturas iluminadas por la potente luz que penetra por los amplios ventanales del estudio, tamizada dicha luz por visillos blancos para crear un efecto más atractivo. La zona de primer plano queda en penumbra al apenas recibir la iluminación posterior. La vaporosidad de los tules siempre nos llama la atención, obtenidos con una pincelada vibrante que olvida los detalles pero están ahí presentes como ocurre en las obras de Goya. Tonalidades blancas luchan por resaltar en un conjunto dominado por marrones y ocres mezclados con verdes.
contexto
Desde el punto de vista del control de las provincias, aparte de Mérida, que a pesar de la desobediencia terminó sometida hacia el año 834, destacan sobre todo los disturbios en Toledo entre 829 y 837. Una guerrilla ciudadana contra los beréberes de la región de Santaver degeneró en una nueva disidencia de la ciudad, que hubo que asediar de nuevo y donde se reedificó la antigua ciudadela construida por Amrus que los toledanos habían derribado. En la Marca Superior, el predominio de la aristocracia muladí se consideró un hecho consumado, a pesar de lo cual las buenas relaciones entre los jefes locales y el poder central parecen mantenerse. Incluso en estas regiones fronterizas, el carácter arabo-islámico de la organización político social parece bien implantado desde mediados del siglo IX. Un texto cristiano conservado en la catedral de Huesca habla del martirio sufrido en el 851 por dos jóvenes mozárabes, Nunilo y Alodia quienes, educadas en el cristianismo por su madre tras la muerte de su padre musulmán, fueron decapitadas por haberse negado a volver al Islam, religión del padre. El desarrollo de los hechos, contado someramente, muestra que, originarias de Alquézar, comparecieron primero ante el emir local de la Barbitaniya Jalaf b. Rashid, que debía residir en Barbastro. Más adelante, a raíz de una especie de apelación, compareció ante el wali de Huesca un cierto Zumel Ismail. Este acontecimiento prueba, en primer lugar, que existía una jerarquía judicial y administrativa regularizada en esta provincia lejana. Por otra parte, hay que resaltar la unidad de la civilización de al-Andalus: en una región que no podía ser más periférica, se produjeron hechos contemporáneos del movimiento de los mártires de Córdoba sobre el que se volverá más adelante y que, evidentemente, habrá que poner en relación con el endurecimiento general y recíproco entre cristianismo e Islam. Sea como fuere la naturaleza exacta de su poder, estas autoridades locales se consideraban, realmente, representantes del poder central que, durante todo el reinado de Abd al-Rahman II, mantuvo en Zaragoza a un gobernador. La relativa tranquilidad de la frontera permitió al emir o a sus generales lanzar desde la Marca expediciones militares contra los países cristianos vecinos, en las que participaron los señores muladíes locales. Si su fidelidad era dudosa con frecuencia, el poder de estos últimos era periférico: los Banu Qasi en Arnedo y Tudela, los Banu Shabrit en la zona de Huesca, los Banu Rashid en Barbitania, ocupaban los límites del territorio islámico y no parecen haber ejercido siempre su autoridad sobre las ciudades más importantes como Huesca y Tudela que, en muchas ocasiones, se han visto depender directamente del wali de Zaragoza. Las relaciones entre el poder omeya y el jefe de los Banu Qasi, Musa b. Musa, apoyado por los jefes cristianos de la zona pirenaica, particularmente los vascos de Pamplona, empezaron a ponerse tensas en el último decenio del reinado de Abd al-Rahman II. Globalmente, sin embargo, el poder omeya logró conservar el control sobre el conjunto de al-Andalus hasta la muerte de Abd al-Rahman II en el 852, no sólo en el sur, donde se plantearon pocos problemas sino también en las regiones alejadas como las de Tudmir, Valencia o Lisboa. En la región llamada Tudmir, los conflictos entre yemeníes y qaysíes llevaron al gobierno a fundar una nueva capital provincial en Murcia en el 831, hecho que tiene su importancia a nivel local ya que manifiesta el control creciente del poder central omeya sobre las regiones hasta entonces mal controladas donde por falta de acción del poder central los factores tribales seguían estando operantes políticamente a comienzos del IX. La agitación tribal árabe en Murcia fue, sin embargo, el último acontecimiento de esta naturaleza segmentaria antes del surgimiento de una agitación étnica cuando se desencadenó la fitna (revuelta) del final de siglo. En Valencia, región donde vivían unas tribus beréberes (qaba'il al-barbar) que al-Yaqubi, el geógrafo oriental del IX describe como tribus disidentes, parecen haber tenido cierto papel, Abd Allah al-Balansí había muerto poco después del acceso de Abd al-Rahman II al poder. Se habla después de unos gobernadores omeyas en la ciudad, pero de forma muy episódica, con escasas informaciones en las fuentes sobre estas regiones periféricas. Al otro extremo del territorio, en el Gharb, donde las poblaciones de origen beréber parecían haber sido relativamente numerosas, un gobernador de Lisboa es también mencionado en el 844: informa a Córdoba de la llegada de una flota normanda a la desembocadura del Tajo. Estos normandos atacaron Lisboa, luego Sevilla, que fue saqueada, antes de que las fuerzas omeyas por fin movilizadas pudieran llegar a infligirles fuertes pérdidas y obligarles a embarcarse nuevamente. Las medidas tomadas a raíz de esta alerta para asegurar una mejor protección del litoral contra nuevas incursiones (se señala otra en el 859) sirvieron para reforzar el control del poder central sobre el territorio de al-Andalus. De esta forma se instaló un grupo de árabes yemeníes en una especie de concesión militar en Pechina, pequeño centro de origen romano cercano a la actual Almería, en una región poco urbanizada que no aparece en las fuentes hasta esta época, y sobre cuyo desarrollo rápido volveremos más adelante.
contexto
La Revolución Francesa pretendió abolir todos los rasgos de la vida cotidiana del Antiguo Régimen, en la medida en que estos suponían un anclaje con el pasado que podría poner en peligro el mismo movimiento revolucionario. La nueva sociedad propuesta habría de basarse en nuevas formas no sólo políticas sino también económicas, sociales, religiosas y culturales. El Estado revolucionario, consciente de la importancia de los símbolos en la vida y mentalidad de los individuos, intentó penetrar incluso en los resquicios más recónditos de la cultura francesa. Así, propuso nuevas maneras de concebir el tiempo, con lo que se lograría a su vez una forma distinta, revolucionaria, de conocer e identificar la realidad cotidiana.La cronología revolucionaria, consciente del inicio de una nueva era no sólo para Francia sino para la Humanidad entera, instauró un nuevo calendario que regularía de manera diferente las vidas de los individuos. Con ello expresaba, además, su importancia y pretensión de ser un hecho fundamental en la Historia. El gobierno revolucionario francés instauraba así su propia forma de controlar los ritmos de lo cotidiano, como expresa Harry Pross en su libro "La violencia de los símbolos sociales".El nuevo calendario comenzaba el 22 de septiembre de 1792, con un primer mes llamado La Vendimia, en alusión a la actividad predominante en el campo francés, y terminaba en el mes de Fructidor. En medio se situaban los meses Brumario, Frimario, Nivoso, Pluvioso,Ventoso, Germinal, Floreal, Pradial, Mesidor y Termidor. Los nombres fueron propuestos por Fabre d'Eglantine. Instauró también cinco fiestas ideológicas, que se convertían en seis en los años bisiestos. Estas se llamaban "Fête de la vertu", Fête du gene", "Fête du travail, "Fête de l´opinion", "Fête de la recompense" y "Fête de la Révolution".El cambio en la cronología no fue sólo nominal, sino que los meses se compartimentaron en semanas de diez días, aboliendo la semana religiosa y rindiendo tributo al sistema métrico decimal, que consideraban más clarificador y racional. Al mismo tiempo, la compartimentación del tiempo se hacía teniendo como punto de partida las necesidades sociales, esto es, el hombre, sin atender a los ciclos astronómicos. Así, al desaparecer la semana cristiana, se eliminó el domingo, el "día del Señor", con lo que los festivos al mes pasaron a ser sólo tres.Los cambios instaurados apenas sobrevivieron a la Revolución. La llegada al poder de Napoleón restauró la semana cristiana al restablecer el calendario gregoriano, lo que ocurrió a partir del 1 de enero de 1806.
contexto
La Inquisición, que había funcionado como un aparato represivo al servicio del Estado en el ámbito del pensamiento, había ido sufriendo una traslación en sus objetivos, desplazando su campo de acción desde la persecución de la herejía y de las minorías religiosas hasta la injerencia en materia de costumbres y en cuestiones ideológicas que sólo de un modo indirecto y aun a veces tangencial estaban relacionadas con la fe. De este modo, si el Santo Oficio había sido un instrumento precioso en la defensa de la unanimidad espiritual en el interior de las fronteras cuando los intereses del catolicismo se confundían con los intereses del imperialismo español, ahora la Corona encontraba en su actuación un obstáculo a su política de modernización del país. La posibilidad de actualizar la cultura española y de adaptarla al ritmo europeo dependía del arrinconamiento de la Inquisición y de su inhabilitación para ocuparse de aquellos temas para los que el proceso de secularización reclamaba radical autonomía respecto de los dogmas teológicos. Así pues, en este terreno existió en los equipos dirigentes de la Monarquía una clara voluntad dirigista que, sin embargo, como en otros casos, no dejó de presentar una manifiesta timidez y aun una notable ambigüedad. En la primera mitad de siglo, la acción de la Corona se limitó a proteger a algunos autores de los posibles ataques de las autoridades inquisitoriales, pero sin una toma de posición frente al poderoso Tribunal. Fue Carlos III quien asentó de modo simbólico la subordinación del Santo Oficio a la Corona con ocasión del asunto del catecismo de Mésenguy, que aceptado por el rey fue condenado por el Inquisidor General, quien hubo de soportar su destierro de Madrid y su confinamiento en un monasterio hasta obtener el perdón del soberano. Con este motivo, el gobierno resucitó el viejo privilegio del exequatur, que exigía la autorización previa para la publicación en España de los documentos pontificios y que tras algunas vacilaciones sería definitivamente puesto en vigor a partir de 1768. En este mismo año se dictaba una nueva disposición sobre el procedimiento que debía seguir la Inquisición en materia de censura de libros, a fin de salvaguardar a los autores de una condena arbitraria o injusta, y que consistía en imponer una audiencia previa del autor, en persona o representado, antes de emitir el edicto condenatorio, que en todo caso exigía también la autorización gubernamental para su promulgación. Dos años más tarde se recordaba al Santo Oficio los límites de su acción represiva, que debía ceñirse a los delitos de herejía y apostasía, al tiempo que se ponían cortapisas al encarcelamiento preventivo anterior a la demostración de la culpabilidad del implicado. Incluso parece que los procesos que implicasen a los Grandes o a los funcionarios reales debían ser sometidos a revisión gubernamental. Toda esta ofensiva legislativa se combinó con una política de nombramientos para los tribunales inquisitoriales que privilegiaba a los eclesiásticos más cultos, tolerantes e ilustrados, frente al personal anterior, compuesto a menudo de religiosos de espíritu cerrado y de preparación cultural deficiente, que ignoraban incluso en muchos casos las lenguas extranjeras en las que estaban escritas las obras que condenaban. No conviene, sin embargo, exagerar el alcance de esta serie de medidas. El Santo Oficio mantuvo intacto su aparato de vigilancia, que preveía la presencia de comisarios en los puertos marítimos y en las fronteras terrestres, así como la visita sistemática a las librerías del reino, que estaban obligadas a presentar un ejemplar del Índice de libros prohibidos, así como un inventario anual de sus existencias. Este Índice, versión española del romano, era todavía en 1790, en pleno esplendor de las Luces, un grueso volumen de más de trescientas páginas de letra apretada a doble columna, que incluía no sólo las obras de los filósofos y científicos extranjeros de mayor prestigio, sino también muchos de los libros que exaltaban los comportamientos naturales, se ocupaban con perspectiva crítica de la historia de la Iglesia o incluso empezaban a plantearse la problemática de España en términos juzgados incompatibles con las interpretaciones ortodoxas. La evidencia más espectacular del poder de la Inquisición fue ofrecida por algunos de los procesos más sonados del siglo. La primera víctima fue el peruano Pablo de Olavide, el famoso asistente de Sevilla y superintendente de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, que, sospechoso de heterodoxia y convicto de la lectura de libros prohibidos, sería encarcelado preventivamente durante dos años y condenado finalmente en auto de fe a una reclusión de ocho años más; su traslado a Cataluña propició su evasión a Francia, quizás con la connivencia del propio inquisidor general, el ilustrado Felipe Bertrán, disconforme con la sentencia condenatoria. Aunque el proceso de Olavide fue el que más ecos despertó en la opinión pública, no sólo española, sino también europea, otros conocidos ilustrados sufrieron persecución inquisitorial, como fue el caso de Bernardo de Iriarte, condenado en 1779 por sus proclamaciones deístas y volterianas, de su hermano Tomás de Iriarte, el conocido fabulista, obligado a la abjuración de sus errores en 1786, o de Luis García Cañuelo, editor del periódico El Censor, que siguió la suerte de este último sólo dos años más tarde. De todo ello puede concluirse, por tanto, que la Corona y los gobiernos reformistas supieron mantener a la Inquisición bajo un cierto control y evitar que se convirtiera en un elemento perturbador de su política de modernización, permitiendo sin embargo su actuación, cuando el movimiento de opinión parecía hacerse demasiado radical o deslizarse hacia posiciones juzgadas peligrosas, y buscando abiertamente su colaboración, cuando el posible contagio revolucionario a partir de los años noventa hizo planear su amenaza al mismo tiempo sobre los cimientos del Trono y el Altar. Si la Corona no utilizó a la Inquisición como una agencia de la censura gubernamental, también es cierto que buscó la dirección de la opinión pública a través de otro aparato de intervención como fue el ejercicio de la censura previa. Desde el reinado de Fernando VI se ponen las bases del sistema, que exige la autorización oficial para la difusión de cualquier tipo de impreso (libro, folleto o periódico), así como una licencia para la importación de libros extranjeros. La legislación se detiene en los requisitos que deben cumplirse (indicación en cada ejemplar del nombre del autor y del editor, de la fecha y del lugar de la edición) y en las penas que pueden arrostrarse (confiscación de bienes, exilio perpetuo e incluso pena de muerte en caso de grave injuria a la fe católica). Diversas autoridades se declaraban competentes a la hora de la concesión de licencias para la edición de libros o del ejercicio de la censura previa para cada uno de los números de las publicaciones periódicas: el Consejo de Castilla, la Secretaría de Estado (para la edición oficial) y el Juez de Imprentas (que se reserva desde 1785 la licencia y censura de todos los impresos de menos de seis pliegos), mientras que los periódicos provinciales caían progresivamente bajo el control de las autoridades locales. Al mismo tiempo, las tradicionales aduanas inquisitoriales se ven dobladas en su cometido por la instalación en las fronteras de inspectores civiles que completan a nivel territorial el aparato centralizado establecido en Madrid. No se trata, por supuesto, de una represión universal o indiscriminada, sino en última instancia de una campaña al servicio de la Ilustración, pues la censura puede actuar contra los enemigos de las Luces y salvaguardar la literatura reformista, aunque el dirigismo suponga siempre una restricción a la libertad, que incluso en el decenio de su máximo apogeo, los años ochenta, fue siempre, en palabras de Lucienne Domergue, uno libertad muy vigilada. Difusión de las Luces, pero bajo el control del Estado es la consigna que tiene siempre presente el gobierno reformista. El dirigismo cultural se propone así una difusión selectiva de los valores de acuerdo con los intereses definidos por el equipo gubernamental. El resultado es, por un lado, un concepto restringido de la libertad intelectual y una atenta vigilancia de la iniciativa particular, como acabamos de exponer, pero también una potenciación de las empresas culturales que sintonizan con el proyecto general del absolutismo ilustrado. Este es el sentido de la intervención en la reforma universitaria, del impulso a la enseñanza extrauniversitaria, de la creación de academias y centros de investigación, y también de la financiación oficial de proyectos considerados de interés general, como pueden ser la apertura de expedientes sobre temas vitales de la economía (la Unica Contribución o la Ley Agraria), la realización de grandes esfuerzos estadísticos (los censos de población ordenados por Aranda, Floridablanca y Godoy o el Censo de frutos y manufacturas de 1799 editado en 1803), la edición de repertorios documentales (como los encargados a Miguel Casiri, Francisco Pérez Bayer o Juan de Iriarte), la cartografía del territorio español (mediante los atlas de Vicente Tofiño y de Tomás López), el inventario de las riquezas materiales, documentales o artísticas del país y la organización de las grandes expediciones científicas que devolvieron a España su papel protagonista en la historia de los descubrimientos.