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El mundo islámico de los siglos VIII al IX fue un inmenso espacio mercantil relativamente homogéneo y abierto en su interior a las actividades del gran comercio a media y larga distancia practicado con técnicas que son propias del capitalismo mercantil aunque el sistema económico en su conjunto no era capitalista como lo demuestra su base productiva agraria y la procedencia de la mayor parte de la renta. Por otra parte, el pensamiento religioso no mostraba reticencias hacia el beneficio y lucro mercantiles (kasb), aunque sí condenara la usura (riba), y el mercader sincero es una figura social reconocida y alabada en diversas tradiciones de la Sunna: los mismos orígenes del Islam y la importancia del comercio caravanero y de las ciudades llevaban a este aprecio e integración sociales, tan lejano, por ejemplo, de lo que ocurría en el occidente europeo por los mismos siglos. Aquel comercio no tenía por objeto "tanto estimular la producción para la exportación como realizar el máximo de beneficio, especulando con las diferencias de precios, y procurar a los que facilitaban los capitales los productos propios del poder y del confort" pero tuvo también la potencia e intensidad suficientes como para tratar con productos de necesidad más general, indispensables a menudo para el abastecimiento de las poblaciones urbanas. Una sencilla enumeración hace ver la importancia de sus diversos aspectos: por una parte, seda china, maderas preciosas de la India, marfil indio o africano, ámbar, alcanfor, perfumes. Pero también oro, que no era un producto de lujo sino indispensable para la estabilidad del régimen monetario, minerales, sobre todo hierro, productos metalúrgicos y madera, indispensables para cubrir déficits productivos interiores. Y esclavos en gran cantidad que cumplían funciones importantes en una sociedad siempre escasa de hombres: turcos, eslavos, zany traídos de la costa este africana. Además, se utilizaba las redes comerciales para redistribuir productos agrarios y manufacturas, algodón, textiles, metalurgia, etc., entre unas y otras regiones del mundo islámico. Las técnicas mercantiles no son nuevas, pero, como ocurre en otros campos de la historia islámica, entonces se perfeccionaron y difundieron mucho más. Entre las de transporte, recordemos la sistematización de puntos de etapa, almacenamiento y venta, plasmada en khans o caravanserrallos, almacenes y alhóndigas o funduq, alcaicerías, etc., o, en el ámbito marítimo, la introducción en el Mediterráneo de la vela latina, propia hasta entonces del Océano Índico, de la brújula y de diversos cálculos astronómicos de posición, también de origen oriental. Entre las técnicas asociativas para acumular trabajo y capitales en una misma empresa, el Derecho islámico describe algunas ya conocidas antes: la madaraba o qirad era semejante a la commenda pues aliaba a un socio capitalista con otro técnico y ejecutivo; la sirka era otro tipo de sociedad, en la que todos sus miembros participaban en la propiedad de las mercancías. El sistema monetario respaldó durante siglos el desarrollo e incluso la supremacía mercantil del Islam, debido al buen abastecimiento en oro y plata y a la abundancia y fluidez de las acuñaciones que, en el Próximo Oriente, permitieron mantener el bimetalismo aunque se percibía la diferencia zonal en función de los dos sistemas que el califato heredó, el de los sasánidas, basado en la plata, y el de los bizantinos, que lo estaba sobre el oro. La relación oro-plata solía ser 1:10 y las monedas principales el dinar de oro de 4,25 gramos y el dirhem de plata de 2,97, además de piezas de cobre (fals), también imitadas de antiguos tipos romanos. La abundancia de oro creció en el siglo X lo que permitió efectuar acuñaciones en áreas hasta entonces sólo argénteas -caso de al-Andalus-, cuando el mundo islámico recibía oro de casi todos los puntos de producción (Africa subsahariana, Nubia, Armenia, Cáucaso) además de contar con el atesorado en siglos anteriores por bizantinos y sasánidas. Se utilizaron también diversos medios de créditos y pago pues algunos mercaderes eran también cambistas (sayrafi) o prestaban a crédito, y se conocían procedimientos de transferencia de fondos (suftaya, hamala) que anticipan lo que sería siglos después la letra de cambio, y órdenes de pago (sakk) antecedente de los cheques, aunque tanto unos como otras tenían un uso limitado al campo de la fiscalidad pública. Los mercaderes dedicados al gran comercio no intervenían directamente en los mercados locales; su especialidad era el comercio exterior y los productos, una vez pagadas las aduanas, se almacenaban en alhóndigas donde los adquirían los comerciantes locales en transacciones acompañadas por nuevas tasas sobre el tránsito y compraventa. Solían actuar como intermediarios corredores (sismar), y a veces había que sujetarse a la intervención del poder público, que podía establecer monopolios de venta gestionados directamente o arrendados a mercaderes (en Egipto, por ejemplo, sobre la madera, el hierro y el alumbre) o, al menos, lugares de venta de uso obligatorio en alcaicerías, tiendas o alhóndigas de propiedad estatal. El mundo de los grandes mercaderes y de sus factores y agentes estaba formado por musulmanes, y el árabe era la lengua de uso común, pero había también sirios y armenios cristianos, mazdeos y judíos. Entre estos últimos hay noticias más precisas sobre los rahdaníes (caminantes) que recorrían la ruta del Mosa-Saona-Ródano hasta el Mediterráneo y traficaban con esclavos transportados por ella y por el Mediterráneo hacia Oriente, o sobre los judíos del Egipto fatimí cuyas actividades están reflejadas en los documentos de la Geniza de la sinagoga de El Cairo. La centralidad del Iraq en el siglo IX, cuando confluían todos los caminos en Bagdad, se vio desplazada en el X en beneficio de Alejandría para lo que se refiere al tráfico del Mar Rojo, y en el XI y XII por la zona norte de Siria, que comunicaba directamente con Irán y Asia Central a través de los nudos de Mosul y Tabriz. Las dos grandes rutas hacia Oriente eran una marítima desde las ciudades del Golfo Pérsico (Basra, Siraf) hacia el Yemen y Africa Este o hacia la India y el Sureste asiático: en Cantón hubo una colonia musulmana y por aquel camino se difundiría pacíficamente el Islam, como también por el terrestre, la conocida ruta de la seda que, por el Asia Central, desembocaba en China del Norte. Otro gran haz de caminos comunicaba con la cuenca del Volga, dominio de jázaros y búlgaros, hasta enlazar con las rutas de los varegos escandinavos. Las comunicaciones con Constantinopla a través de Asia Menor y del Mar Negro siempre existieron a pesar de la enemistad entre los dos imperios. Y, en fin, se desarrollaron los caminos que atravesaban el Sahara en busca de los mercados del Sudán situados al sur del Senegal y del gran recodo del Níger. Dentro de la unidad de este conjunto hay matices y ámbitos de relativa especialización o autonomía. Así, por ejemplo, el Mediterráneo y el Índico son espacios bien diferenciados y los marinos y mercaderes trabajan en uno o en otro; el Magreb tenía mayor relación con Europa occidental, sobre todo a partir del siglo XII, y con los países subsaharianos; Egipto y Siria mantenían vínculos comerciales más intensos con Bizancio; Yemen cuidaba sus tradicionales enlaces con las escalas del Océano Índico; Asia Central las suyas con China, a través de la ruta de la seda, y con el espacio europeo oriental.
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Fue la hija predilecta de la economía borbónica y logró resultados espectaculares. El siglo comenzó con un absoluto dislocamiento de los circuitos tradicionales como consecuencia de la presencia de buques franceses en todos los puertos hispanoamericanos. Contaron con el beneplácito de Felipe V desde 1702 y suministraron las manufacturas europeas hasta la paz de Utrecht. A partir de entonces comenzó la presencia legal de los ingleses. Teóricamente era un sólo buque de comercio, el navío de permiso, y buques negreros de la Compañía de la Mar del Sur, pero en la práctica eran cientos de navíos, ya que el de permiso se abastecía de mercancías en alta mar (tenía así un fondo ilimitado) y los buques esclavistas introducían contrabando continuamente. Como los holandeses hacían también un intenso comercio ilegal desde Curaçao, el problema del contrabando adquirió dimensiones dantescas. La Corona pidió a sus autoridades en América que reprimieran dicho contrabando, protegió el corso, trasladó el monopolio sevillano a Cádiz (1717) -donde se ubicaron también la Casa de la Contratación y el Consulado- y restableció el viejo sistema de flotas (Proyecto de Galeones y Flotas de 1720), remozándolo con algunas mejoras (se sustituyó el almojarifazgo por el derecho de palmeo y se trasladó la feria de Veracruz a Jalapa). Posteriormente, el ministro Campillo elevó a medio millón de pesos el comercio legal de Filipinas con Nueva España y prohibió enviar ninguna flota de los galeones hasta que no se hubieran vendido las mercancías llevadas por la anterior. Nada de esto cambió la situación. El contrabando siguió igual y la persecución del mismo, realizada por los corsarios -único medio eficaz de combatirlo- terminó por desembocar en la guerra angloespañola o de la Oreja, llamada así porque el capitán contrabandista Jenkins protestó con toda razón ante los Comunes por la insolencia de un corsario español que le había cortado dicho apéndice. Los ingleses destruyeron Portobelo y trataron inútilmente de tomar Cartagena, pero lo que de verdad lograron fue hundir el moribundo sistema de los galeones, que fue sustituido por el de navíos sueltos. Subsistió, no obstante, la Armada de la Nueva España, si bien cada vez más raquítica. Desde 1720 hasta 1760 hubo ocho convoyes. Los navíos sueltos comenzaron a utilizar la vía del Cabo de Hornos para llevar sus mercancías a los puertos del Pacífico, lo que hizo bascular el comercio hacia el sur, revaluándose el Río de la Plata y la costa chilena, y entrando en decadencia las plazas de Tierra Firme y del Caribe. Para evitar que éstos cayeran totalmente en manos de los contrabandistas se dio libertad (1765) a las islas de Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Trinidad y Margarita para negociar con nueve puertos peninsulares. La libertad se hizo luego extensiva a Louisiana, Yucatán, Campeche, Riohacha y Santa Marta (1768), aumentando también el numero de puertos españoles autorizados. El mismo año se liberalizó el comercio intercolonial, autorizándose el comercio entre México, Nueva Granada, Guatemala y Perú. El Reglamento de Libre Comercio de 1778 puso término a esta política, autorizándose el tráfico libre entre los puertos indianos y los peninsulares (los de México y Venezuela siguieron con el régimen anterior hasta 1789). Se suprimió la Casa de Contratación y se crearon juzgados de arribadas en cada puerto autorizado. Siguió vigente la obligación de las colonias de comerciar únicamente con España. Poco duraron los efectos de esta política liberalizadora, pues al poco inició España una serie de guerras con Inglaterra que fueron nefastas para el comercio, ya que se luchaba contra la potencia naval que dominaba el Atlántico. Tras la de 1779-82 vino un período de paz durante el cual se normalizó el comercio. En 1796 sobrevino otro conflicto con los británicos y la Corona tuvo que autorizar el comercio con América a los buques de las naciones neutrales, para evitar que quedara totalmente desabastecida. Los norteamericanos fueron los más beneficiados por ello, ya que se brindaron a llevar cacao y azúcar a España, y vinos, aceite y harinas a Hispanoamérica. El permiso se suspendió en 1801 y hubo que volver a otorgarlo en 1805, al sobrevenir otra guerra con los ingleses que duró ya hasta 1808. La situación de Hispanoamérica en los años previos a la emancipación fue dramática pues llegaron a faltar artículos necesarios como harina y vestidos (lo que disparó los precios) y no pudieron exportarse los excedentes agropecuarios. Otros elementos esenciales del reformismo comercial fueron las compañías comerciales y los consulados. La primera compañía fue la de Honduras y se fundó en 1714 para negociar con dicho territorio. En 1728 se creó la Guipuzcoana o de Caracas. Siguieron luego las de Campeche (1734), Sevilla (1747), La Habana (1740), Barcelona (1752), los Cinco Gremios Mayores de Madrid (1784) y la de Filipinas (1785). La fundación de nuevos consulados para fomentar la agricultura, la ganadería y el comercio estaba contemplada en el Reglamento de 1778 y se puso en marcha a fines de siglo. Se crearon los de Caracas y Guatemala en 1793, Buenos Aires y La Habana en 1794, y posteriormente los de Cartagena, Veracruz, Guadalajara y Santiago de Chile. En cuanto al tráfico comercial, aumentó progresivamente. Entre 1710 y 1747 negociaron 1.271 buques con un total de 330.476 toneladas, que entre 1748 a 1778 fueron ya 2.365 embarcaciones y 738.758 toneladas. García Baquero señala que, tomando un índice 100 para principios de siglo, el tonelaje creció a 160 entre 1710 y 1747, y a casi 300 entre 1748 y 1778. Entre 1782 y 1796 se cuadruplicaron las exportaciones hispanoamericanas, lo que pareció demostrar la bondad del Reglamento de 1778. Este comercio estuvo controlado en un 76% por Cádiz, pese a la libertad comercial. En América, la Nueva España fue el primer mercado receptor seguido del Perú, el Río de la Plata y Venezuela. El intercambio siguió la tónica de exportar de España manufacturas e importar caudales, productos tropicales y colorantes. Entre 1717 y 1738, los caudales importados superaron los 152 millones de pesos, que ascendieron a 439.728.441 pesos entre 1747 y 1778. Posteriormente, entre 1782 y 1796, alcanzaron los 20,6 millones de pesos. Más significativa es la proporción entre las exportaciones americanas de metales preciosos y de productos agropecuarios. En 1778 el oro y plata suponían el 76% del valor de dichas exportaciones, pero entre 1782 y 1796 bajaron al 56%, demostrándose así que Hispanoamérica exportaba cada vez menos metales preciosos en relación a los productos tropicales.
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Las caravanas atravesaban el interior del Imperio llevando hasta las ciudades del interior los artículos que demandaba la sociedad cortesana. Igualmente trasladaban desde Cachemira hacia el Sur maravillosas indianas estampadas, así como cereales del campo a las capitales. Productos de lujo y de consumo básico, desde la plata hasta el mijo, recorrían el Imperio para abastecer el mercado interior. Las asociaciones de comerciantes indios asentadas en las ciudades también seguirán manteniendo relaciones con el exterior, pero ahora cada vez más como intermediarios de las florecientes compañías europeas, que en muchas ocasiones se servían de sus naves y sus marineros para los intercambios en el Índico. El comercio que hiciese viable tan gran trasiego debía ser forzosamente floreciente. Y, efectivamente, en las grandes ciudades importantes mercaderes locales abastecían la demanda interna, mientras en determinados puertos -Calcuta, Cochim, Cannannore, Goa- bullía un intenso tráfico de productos propios e importados: alcanfor chino, almizcle y ruibarbo de Asia Central, benjuí de Insulindia, incienso árabe, mirra etíope, azafrán del Levante mediterráneo y, finalmente, oro y plata de diversas procedencias asiáticas y, sobre todo, de América. Los mercaderes indios, como en toda esta zona del sudeste asiático, formaban estrechas asociaciones regionales -guiaratíes, bengalíes- al estilo de las europeas. Pero los comerciantes indios fueron desbancados en su actividad internacional por los árabes y después por los portugueses, asentados desde 1500 en Goa, centro de su Imperio asiático. Las dificultades de los portugueses para mantener su imperio colonial frente a otros europeos les hizo ceder posiciones en la India, donde al finalizar el silo XVII sólo les restaban Diu y Goa. La "East India Company", fundada en 1600, inició su andadura en esta parte de Asia con la concesión en 1615 por Jahangir de la licencia de apertura de una factoría en Surat, centro de sus operaciones durante mucho tiempo. Más tarde consiguió las de Masulipatam (1633), Madrás (1640), Bombay (1668) y Calcuta (1686). La "Vereenidge Oostindische Compagnie" (VOC) se asentó también en Surat, Masulipatam, Pulikat y Negapatam, y arrebató Ceilán (1656) y Cochim (1663) a Portugal. Pero tras la doble derrota ante ingleses y franceses, la VOC se ciñó fundamentalmente a las especies de Indonesia y la porcelana de Extremo Oriente, y retrocedió en el Indostán. La "Compagnie Française des Indes Orientales", por su parte, consiguió Pondichery (1673) y Chandernagor (1686). Los comerciantes daneses también habían extendido sus redes comerciales por estas alejadas costas y contaban con instalaciones en Tranquebar y Sarapore. La altísima fiscalidad impuesta al comercio occidental y el craso latrocinio de los funcionarios locales eran fuente de tensiones, incrementadas por el clima de inseguridad existente. La creciente presencia de los europeos no será ociosa, sino que intervendrán activamente en los conflictos internos, apoyando a quien mejor podía garantizarles, no sólo la permanencia, sino la defensa militar. A fines de siglo se agudizará la necesidad de este intervencionismo, dado que la mayoría de las factorías se situaban en la mitad sur, donde los mahratas y los príncipes del Dekán estaban en abierta insurrección.
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Las ciudades romanas estaban llenas de talleres y tiendas. Orfebres, tejedores, zapateros, etc. vendían sus productos al público en su mismo lugar de trabajo. Había también muchos comercios dedicados a la venta de alimentos, algunos de ellos especializados en la comida preparada. Buena parte de la actividad comercial era realizada por los mismos productores. Los excedentes agrarios eran llevados a la ciudad por el campesino, quien adquiría o cambiaba en los talleres los productos necesarios. El propio Estado era el encargado de llevar a los campamentos militares todo lo necesario para su manutención. Pero a pesar de estas limitaciones ya existía la figura del intermediario, dedicándose a las actividades comerciales un buen puñado de romanos e itálicos. El comercio se realizaba preferentemente por vía marítima -más rápido y más barato- siendo hombres libres los propietarios de los barcos, habitualmente organizados en sociedades mercantiles. Para evitar desplazamientos continuos, el armador solía delegar cierta responsabilidad en un esclavo de su confianza, que representaba jurídicamente al comerciante. Los grandes emporios comerciales del Imperio eran las principales ciudades -Roma, Alejandría, Marsella, Antioquía- y en ellas podíamos encontrar expertos de diferentes orígenes -judíos, hispanos, sirios-. La manera de conseguir una fortuna con mayor facilidad era dedicarse al comercio.
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A finales de la Edad Media, Europa es escenario de un intenso intercambio mercantil. Núcleos principales de este comercio son las ciudades de Amberes, París, Génova y Venecia, mientras que otras, como Colonia, Magdeburgo, Munich o Lyon, entre otras, participan también de manera activa. En el norte de Europa tiene lugar una importante red comercial, la Hansa, que alcanza a ciudades como Londres, Amsterdam, Hamburgo o Lübeck. Desde el mar del Norte llegan productos a la península a través de Bilbao, Santiago, Lisboa y Sevilla. En España, el comercio castellano se basaba en la existencia de tres núcleos fundamentales, Bilbao, Medina del Campo y Sevilla. Otras ciudades, como Santander, Burgos o Almería, desarrollaban una gran actividad mercantil. El comercio exterior se basaba en dos focos de actividad, el del Cantábrico oriental, por un lado, y el de la Andalucía atlántica, por otro. El primero partía fundamentalmente de Burgos, siendo embarcados los productos en los puertos de Santander y Bilbao con destino hacia Francia, Inglaterra, Flandes o las ciudades de la Hansa. El segundo foco comercial castellano se basaba en Sevilla y se apoyaba en el comercio mediterráneo, fundamentalmente con las Baleares e Italia. También se importaban productos africanos, sobre todo oro y esclavos, y de las islas Canarias, proveedoras de azúcar.
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Ciertamente, América vino a representar un constante balón de oxígeno para la economía española. Pese a las insuficiencias en las políticas reformistas, la verdad es que las tierras americanas fueron intensamente explotadas durante la centuria, hasta el punto de realizarse de hecho una segunda conquista de las colonias, esta vez pacífica y económica. Tres eran las funciones que América cumplía: territorio que debía nutrir a la metrópoli de materias primas abundantes y baratas, lugar de colocación exclusiva de productos españoles y, finalmente, continente proveedor de una plata que debía llenar tanto los bolsillos de los particulares para facilitar las inversiones como las arcas de la hacienda para financiar los planes de las autoridades reformistas. América era el gran espacio comercial que los españoles deseaban conservar en exclusiva. Si España gastaba dinero en el mantenimiento de sus colonias era lógico, pensaban los contemporáneos, que disfrutara del monopolio de sus frutos: nadie debía comerciar con ellas directamente ni tampoco las propias colonias tenían que fabricar las mercancías que la metrópoli pudiera producir. Y desde luego no faltaban buenas razones para quererse asegurar el mercado indiano. En 1792 las exportaciones a tierras americanas representaban el triple de las realizadas a Francia o Inglaterra, siendo las manufacturas el 69 por ciento y los frutos el 31 por ciento, mientras que las importaciones, al margen de la plata, que ocupaba con diferencia el primer lugar, se las repartían los alimentos (cacao y azúcar) y el tabaco con un 94 por ciento, dejando para las materias primas un 6,5 por ciento y prácticamente nada para las manufacturas. Aunque los guarismos debieron variar durante la centuria, no parece que la naturaleza básica del tráfico colonial sufriera cambios importantes. Sin embargo, es preciso recordar el importante comercio de reexportación que América representaba: una parte sustancial de los productos importados terminaban en el mercado europeo y una buena porción de las manufacturas exportadas tenían procedencia europea. En cuanto a las formas de actuación en la Carrera de Indias, el siglo deparó tres etapas diferenciadas. En la primera el monopolio pasó de Sevilla a Cádiz, ciudad de donde continuaron saliendo regularmente las Flotas y los Galeones escoltados por buques de guerra. Cuando este sistema bicentenario mostró sus debilidades para anular el contrabando y agilizar el comercio al alza, fueron apareciendo, en una segunda etapa, las compañías privilegiadas de comercio al estilo de las existentes en Europa (Guipuzcoana de Caracas, La Habana, Barcelona, Filipinas), al tiempo que se establecían los registros sueltos (1740) para posibilitar a los barcos el desplazamiento individual hacia América con el único requisito de pasar por Cádiz. Finalmente, en 1765 y 1778, viendo que estas reformas eran insuficientes, se promulgaron los decretos de Libre Comercio, que posibilitaron a una serie de puertos peninsulares el tráfico directo con determinadas áreas americanas sin pasar por la ciudad gaditana. Además de agilizar el comercio y vivificar las economías regionales, los citados decretos permitirían mayores recaudaciones para el erario público. Existió, pues, un claro crecimiento interior y exterior del comercio español setecentista. A ello contribuyó el alza demográfica, el aumento de la producción agraria, la bonanza internacional y las diversas medidas gubernamentales. No obstante, como en otros órdenes de la vida nacional, el crecimiento no derivó en cambios cualitativos esenciales. El consumo continuó siendo bajo, la demanda inelástica, el mercado interior poco articulado y América pasó finalmente, tras el decreto de neutrales (1797), a ser un territorio franco para las demás potencias europeas. La balanza comercial no tuvo nunca un saldo positivo para España y tampoco parece que el auge del comercio permitiera un definitivo despegue de la industria nacional.
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El comercio exterior fue una prioridad de todos los gobiernos del siglo XVIII. Bajo la impronta mercantilista que propugnaba vender mucho y comprar poco para crear una balanza comercial positiva con las otras potencias, los diversos responsables trataron de conseguir el anhelado crecimiento interior. Y en este sentido, la voz de la burguesía comercial periférica no dejó de escucharse en compañía de los pensadores económicos más destacados del siglo. Aunque no poseemos cifras incontestables de la situación del comercio exterior español, las contabilidades de países extranjeros, las cifras aportadas por Cangas Argüelles y los datos de la Balanza de Comercio realizada en 1792, permiten aventurar algunas afirmaciones. Los guarismos indican que el comercio español con Europa era deficitario para los intereses hispanos: España compraba más que vendía. Así, por ejemplo, entre 1786 y 1796, el déficit de la balanza comercial ascendió a 3.877 millones de reales, un promedio de 352 millones anuales. La causa de este importante saldo negativo era doble. Por un lado, provenía de las importaciones para el propio consumo interior centradas en el trigo, el bacalao y las manufacturas. Por otro, se derivaba de la necesidad de comprar productos para las colonias americanas que el país no era capaz de producir. Como en tiempos de los Austrias, la forma de pago de estas importaciones continuaba siendo el numerario, especialmente el que procedía de las Indias. Situación estructural del comercio con Europa que desde luego cambiaría con la pérdida de las colonias americanas ya en el siglo siguiente. Los principales clientes de España eran Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y Holanda. Nuevamente la Balanza de 1792 nos da una indicación de la estructura del comercio con estos países. Las exportaciones realizadas se centraban principalmente en materias primas (67%) y alimentos (28%) con una escasa incidencia de las manufacturas (5%). Entre las materias primas destacaban la lana y el hierro, mientras que entre los alimentos eran los vinos y aguardientes así como los frutos secos y el aceite los que tenían primacía. Por último, se canalizaban hacia Europa diversos productos coloniales tales como el cacao, el azúcar y el tabaco. En cuanto a las importaciones, la balanza se invierte: los productos industriales ocupan el 57%, mientras que los alimentos alcanzan un 31% y las materias primas un 12%. En conclusión, todo viene a indicar que el intercambio con el continente era desigual y claramente desfavorable, y ello sin contar con que buena parte del tráfico hispano era de reexportación de productos americanos, sobre todo a partir de los decretos liberalizadores del comercio indiano.
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La estructura del comercio exterior durante la Segunda República era la de un país productor de alimentos y materias primas y deficitario en manufacturas. Los primeros representaron en este período el 83,6 por ciento de las exportaciones, prácticamente la misma proporción en que se importaban productos fabricados y determinadas materias primas, como el petróleo, que no se encontraban en el interior. La balanza comercial era deficitaria desde la Primera Guerra Mundial, situación que se acentuó durante la República, en buena parte por el aumento de los costes internos de producción: 512 millones de déficit en 1931, 643 en 1932, 445 en 1933, 680 en 1934. Los principales clientes de España eran Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania, mientras que británicos y franceses aparecían como principales proveedores. A diferencia de otros sectores económicos, el comercio exterior resultó bastante perjudicado por la crisis mundial, hasta el punto de contraerse, según cifras oficiales, en casi tres cuartas partes de su volumen. Según estas fuentes, su peso en el conjunto de la renta nacional disminuyó, pasando del 23 por ciento en 1930 a sólo el 12 por ciento en 1934. Las principales exportaciones -naranjas, aceite, vino, almendras y minerales- habrían descendido a un tercio e incluso a un quinto de su valor. En los vinos de mesa, por ejemplo, se pasó de vender en 1928 por valor de 291 millones a hacerlo por sólo trece millones en 1935. Por lo que respecta a las importaciones -algodón, maquinaria, acero, productos químicos, etc.- también disminuyeron mucho, afectadas por la depreciación de la peseta, que no pudo estabilizarse hasta 1933, y por la caída de las inversiones empresariales. Sin embargo, algunos autores consideran hoy que el impacto de la crisis del comercio exterior fue menos brusco de lo que indican las cifras de la época, y que se vio en parte refrenada por la propia depreciación de la peseta, que hizo más competitivos los productos españoles en el mercado internacional. Aun así, el perjuicio causado por la crisis en el sector fue considerable. Ante la caída del comercio mundial, pocas eran las soluciones que los gobernantes republicanos podían aportar al sector exterior. Sus propósitos librecambistas se estrellaron contra la oleada de proteccionismo que recorría el mundo y contra la carencia de organismos reguladores del mercado internacional. Así, la aprobación por el Congreso norteamericano en junio de 1930 de la proteccionista Hawley-Smoot Tariff Act afectó sensiblemente a las exportaciones españolas a Estados Unidos. Al año siguiente, Francia estableció una severa política tarifaria y de contingentes, que dificultó la entrada de productos hispanos, sobre todo de vino, frutas y conservas de pescado. Y en 1932, la Conferencia de Ottawa y la Ley de Aranceles británica, al fortalecer el circuito comercial entre el Reino Unido y su imperio colonial representaron un nuevo golpe a las exportaciones agrícolas españolas. Las medidas proteccionistas de estos tres países debían a la fuerza representar un duro golpe para nuestro comercio exterior, ya que representaban casi la mitad del total de las exportaciones. Acuciadas por la presión de los grupos económicos afectados y enfrentadas a crecientes barreras internacionales, las autoridades republicanas reaccionaron con medidas bastante moderadas. El instrumento general de política aduanera, el Arancel Cambó, establecido en 1922, siguió en vigor, y se buscó la aplicación de otros métodos menos directos. En diciembre de 1931 se estableció una normativa restrictiva de licencias sobre contingentes de importación, que se reforzó, superada parcialmente la crisis de la peseta, con un Decreto de diciembre de 1933, que fijaba altos aranceles para los productos protegidos, como el carbón y el trigo. Al margen de ello, los responsables económicos dispusieron primas y créditos para fomentar la exportación, negociaron convenios y acuerdos de clearing con los principales socios comerciales, procedieron al bloqueo de divisas como respuesta al similar trato de que era objeto la peseta en otros países, etc. Medidas impuestas por las circunstancias y que no pudieron evitar que la contracción del comercio exterior se convirtiera en el más claro indicador económico de la crisis española de los años treinta.
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Consecuencia de la depresión fue la contracción del comercio exterior. Esta contracción no resulta difícil de entender si se considera que la falta de recursos monetarios impedía la compra de productos extranjeros y por tanto de las importaciones. Por otra parte, sin una producción industrial competitiva y sin excedentes de los productos ultramarinos, no se podía vender ni exportar al extranjero. Al cortarse el tráfico comercial con América, que constituía aproximadamente el 50 por ciento de las exportaciones españolas, éstas se redujeron drásticamente. Las balanzas de comercio de 1792 y de 1827, estudiadas por J. Fontana, muestran esta disminución del volumen del tráfico exterior en general, que se reduce, para el caso de América al orden de la décima parte, y para el de Europa, aproximadamente al de un tercio. Además, hay que tener en cuenta el contrabando, no contemplado naturalmente en las balanzas españolas, y cuya consideración hace aún más desfavorable nuestro equilibrio en el comercio exterior. El comercio de contrabando había alcanzado en España unas cotas importantes a finales del siglo XVIII, pero cuando creció verdaderamente fue durante el primer tercio del siglo XIX. Las potencias más industrializadas de Europa buscaban nuevos mercados donde colocar sus productos y España ofrecía un indudable atractivo por su numerosa población y por el hecho de que era un país con una industria muy pobre y que, además, había sido destrozado por las calamidades de la guerra de la Independencia. Existía un obstáculo importante: las barreras proteccionistas que trataban de evitar la entrada de productos extranjeros con el objeto de reconstruir sus centros de producción y de fomentar la riqueza española. Pero esa dificultad iba a ser superada mediante el recurso a los cauces que tradicionalmente había utilizado el comercio ilícito y que ahora iban a permitir la entrada masiva de mercancías procedentes de otros países, sin que las autoridades encargadas de vigilar este tráfico pudiesen hacer mucho para evitarlo. Este comercio se realizaba a través de la frontera de los Pirineos, por cuyos intrincados pasos y desfiladeros transcurrían las mercancías que, procedentes de Francia, se distribuían por el norte del país, especialmente por Cataluña; por la frontera de Portugal, y fundamentalmente desde Gibraltar, que en esta época se convirtió en una auténtica plataforma desde la que los productos procedentes de Gran Bretaña y de otros países se distribuían por el sur y el levante de la Península. El primer ministro inglés, Lord Palmerston, respondiendo a las protestas de las autoridades españolas, justificaba este comercio fraudulento por las leyes fiscales existentes en el país que impedían las exportaciones legales desde Gran Bretaña. Aunque durante la guerra de la Independencia se había facilitado la concesión de exenciones especiales a los aliados ingleses, quienes pudieron introducir sus mercancías en la España que iba quedando liberada del dominio francés, el restablecimiento de la Monarquía de Fernando VII reinstauró también la política arancelaria anterior a la guerra. Ahora bien, si no iba a permitirse que las exportaciones británicas circulasen libremente en España, éstas lo harían de forma ilegal. Durante el Trienio Constitucional, el nuevo arancel de 5 de octubre de 1820, mantuvo en líneas generales la política proteccionista, y lo mismo sucedió durante la última década del reinado de Fernando VII, sobre todo con respecto a las importaciones de las manufacturas de algodón que quedaron totalmente prohibidas en virtud de la presión de los fabricantes catalanes. Las cifras el contrabando de Gibraltar nos pueden dar una idea aproximada del volumen general de este tráfico ilícito en comparación con lo que suponían las importaciones. Según los libros que recogen las exportaciones inglesas a todo el mundo (Ledgers of Exports), las mercancías que Gran Bretaña exportó oficialmente a España en 1828 alcanzaron un valor de 337.923 libras esterlinas. Ese mismo año, Gran Bretaña exportó a Gibraltar mercancías por valor de 1.025.705 libras esterlinas. Excepto una pequeña parte de estas mercancías, que iban a parar al norte de Africa, el resto se introducía en España a través del contrabando. En un informe que redactó el diplomático francés Charles de Boislecomte, en misión en España durante aquellos años, se incluyen algunas cifras del contrabando que otros países introducían en España. Para el año 1825, mientras que los Países Bajos exportaron oficialmente en España mercancías por valor de 3.090.000 francos, por Gibraltar introdujeron productos por valor de 4.000.000 de francos. Los Estados Unidos, en ese mismo año, exportaron oficialmente a España productos por valor de 1.434.000 francos, y de contrabando introdujeron mercancías por valor de 9.464.000 francos. El tabaco, los productos manufacturados de lana, lino y, sobre todo, de algodón, fueron los que alcanzaron una mayor cuantía. En lo que respecta al contrabando inglés desde Gibraltar, las mercancías de algodón representaban aproximadamente el 50 por ciento del total. Las cantidades son suficientemente reveladoras de un fenómeno que cobró una gran importancia en estos años y que no podemos ignorar a la hora de analizar el comercio exterior español.
contexto
Al igual que en la etapa anterior, llamada etapa orientalizante, el comercio de época ibérica no estaba dominado por los indígenas. Los iberos no fueron protagonistas de la actividad comercial en el Sur y Levante de la Península Ibérica, sino que fueron los pueblos comerciantes del Mediterráneo, fenicios y griegos sobre todo, quienes dominaron el comercio. Aunque faltan todavía muchos estudios concretos sobre el material arqueológico hallado en España y no producido en ella, estudios que nos indiquen la procedencia y el medio por el cual ha llegado a nuestro país ese material, sí estamos en condiciones de poder afirmar que el comercio de estos productos y de los producidos por los indígenas se hacía a través de las colonias griegas, fenicias y, más tarde, cartaginesas establecidas en las costas del Sur y del Levante. Pero mientras que para otros aspectos la tradicional distinción en la historiografía entre zonas de influencia griega y de influencia fenicia y púnica puede considerarse relevante, los comerciantes apenas se vieron afectados y comerciaban indistintamente en una u otra zona, explicándose así el hallazgo de productos griegos en origen en zonas de influencia fenicia y viceversa. De las colonias y asentamientos fenicios, griegos y cartagineses partían rutas comerciales hacia Oriente, con escalas intermedias (Magna Grecia -sur de Italia-, Cartago, Etruria, Marsella), hasta las grandes metrópolis de Grecia y las islas y las costas más orientales del mar Egeo (Corinto, Atenas, Chipre, Samos, Focea, Tiro, etc.). Desde el punto de vista comercial España es un país colonial, pues exporta materias primas e importa productos manufacturados. En opinión de Presedo este comercio debió estar en manos de mercaderes orientales, que realizaban su actividad en los grandes centros mercantiles de oriente (metrópolis) y que tenían agentes en las costas que comerciaban con los indígenas. El interlocutor de estos agentes entre los iberos del Sur y del Sudeste debió ser el grupo que controlaba el excedente, especialmente de las minas, cuyo antecedente quizá se deba buscar en el legendario Argantonio. También controlarían el excedente de la producción agrícola de la rica y fértil Turdetania, aunque este comercio es posible que tuviera un radio de acción menor, teniendo como destino las poblaciones costeras donde vivían los mercaderes. Son los que están enterrados en las grandes tumbas del Sudeste con ajuares que demuestran claramente su riqueza y los destinatarios de las obras de arte, muchas de ellas importadas. Muy poco es lo que sabemos sobre las formas concretas de comercio y, aun lo poco que sabemos, no puede ser aplicado de la misma forma a unas u otras zonas, sino que hay que distinguirlas. Turdetania conocía desde épocas más antiguas (influencia orientalizante) formas bastante avanzadas de intercambio, mientras que la que consideramos como región ibérica nuclear (Sudeste de España y Murcia) adquirió estas técnicas bastante más tarde. No es probable que el intercambio se realizara en estas zonas de España de manera muy distinta a como se realizó en etapas históricamente paralelas en otras zonas del Mediterráneo. No es necesaria la existencia de moneda para que se produzca un importante desarrollo comercial con una organización compleja, como se ve claramente en el Próximo Oriente, donde, a pesar de que hasta el primer milenio a. C. la economía es premonetal, hubo un importante desarrollo del comercio ya en etapas anteriores. Las primeras etapas de intercambio en la Península Ibérica fueron, sin duda, premonetales, utilizando como medio de trueque algún producto especialmente apreciado o incluso cambiando unos productos por otros, como sabemos por los datos de los escritores clásicos que hacían los ártabros (pueblo de Galicia) en el siglo II a. C., que entregaban a los comerciantes el estaño y el plomo a cambio de cerámica, sal y utensilios de cobre. El uso de la moneda es traído a las zonas costeras del Sur y Levante por los propios mercaderes griegos, una vez que este uso se ha generalizado en la zona oriental del Mediterráneo. Las primeras monedas encontradas en España fueron acuñadas en Focea y aparecen en Cataluña, ya en los siglos VII y VI a. C. Se abre más tarde el abanico de procedencias de estas monedas, en los siglos VI y V a. C. Acuñaciones de Marsella, Magna Grecia, Focea, Sicilia y Rodas, se encuentran en Alicante y Cataluña. En el siglo IV ya hay abundantes acuñaciones españolas y, junto a ellas, siguen apareciendo monedas exteriores, concretamente de la Magna Grecia, que en el siglo III a. C. llegan hasta Portugal. Tanto las monedas como los hallazgos arqueológicos de materiales importados apuntan a Grecia como el primer destinatario de la actividad comercial, tanto de importación, como de exportación. El sistema de pesos utilizados en la España ibérica nos es conocido por los estudios de Cuadrado a partir de las series encontradas en Valencia y Murcia. El peso máximo es de 290 mgs. y este autor cree que los platillos de balanza que aparecen junto con los pondérales se utilizaban para el peso de la moneda. Por su parte Ramos Folqué halló en Elche y realizados en piedra basáltica pesos de 3.525, 1.600, 960 y 425 grms., empleados, según Cuadrado, como unidades de peso de metales preciosos. Presedo concluye, a partir de estos datos, que las transacciones comerciales en la Península Ibérica se hacían con el mismo método que en el Oriente Mediterráneo. España fue en la Antigüedad un país exportador de metales, siendo su abundancia, para muchos autores, la causa de la presencia de colonizadores extranjeros desde el inicio de la Edad de los Metales, que se continúa en la etapa orientalizante y no desaparece en época ibérica. Entre estos metales destacan el oro, que se obtenía en gran cantidad en los ríos Segura, Darro y Genil, y la plata, muy abundante en la zona del Sur y el Sudeste de España, desde Huelva hasta Cartagena pasando por Cástulo. Esta se comercializaba en época tartésica y siguió comercializándose en época ibérica, siendo uno de los metales con más demanda para la acuñación de monedas en las ciudades griegas. Junto a la plata aparece el plomo, importante en época romana y que ya debió ser exportado en época ibérica. Otro importante producto es el hierro, cuya explotación sistemática es de esta época, pero cuyo conocimiento se remonta hacia el año 700 a. C. por influencia fenicia. Hay abundantes e importantes restos de metalurgia del hierro en los poblados y necrópolis ibéricos, que nos dan idea de lo avanzado de las técnicas empleadas por estos pueblos. El cobre, cuya producción abarcaba Riotinto, El Algarve, Cerro Muriano y Almería fue objeto de gran exportación a Oriente Próximo por los fenicios en la época anterior y por los griegos en la época ibérica. No propiamente ibero es el estaño, que, procedente de Galicia, era exportado a través de Cádiz. Además de la exportación de los metales, se produce una importante exportación de fibras textiles de la España ibérica: esparto, cuyos primeros cultivadores, según Plinio, fueron los cartagineses, siendo comprado incluso por los sicilianos (el tirano Hierón II de Siracusa). Este esparto era empleado en cordajes para la flota. En El Cigarralejo, Cuadrado halló gran cantidad de objetos fabricados con esparto: calzado, gorros, redes de pesca y de caza. Del lino y la lana, que también debieron exportarse, tenemos menos noticias. Como tercer elemento objeto de exportación está la cerámica. Vasijas de cerámica ibérica (cerámica de barniz rojo y cerámica ibérica pintada) han aparecido fuera de España, concretamente en Italia (isla de Ischia) y en Cartago. Probablemente su exportación no es debida a su propio valor, sino como continente de algún producto árido o líquido objeto de exportación, creyendo Cuadrado que éste sería la miel, abundante en la zona ibera. Por lo que se refiere a las importaciones del mundo ibérico, podemos decir que se centran mayoritariamente en productos manufacturados, aunque no falten importaciones de materias primas, como es el caso del estaño que, procedente de Galicia, es introducido a través de Cádiz, que sirve también, como hemos dicho anteriormente, de centro de exportación hacia el Mediterráneo Oriental. Decae la importación de marfil tan importante en la etapa anterior y continúan a buen ritmo las importaciones de objetos de adorno y el vidrio que llega al mundo ibérico por medio de las factorías púnicas y griegas. También los cartagineses debieron ser los introductores de los numerosos escarabeos egipcios que se han encontrado en los yacimientos ibéricos. Especial atención merece la cerámica, que en la época anterior había sido sobre todo oriental y griega y que sirvió como elemento catalizador de la propia evolución interna de la producción de cerámica para desembocar en la denominada cerámica ibérica. En la época ibérica no se distinguen claramente las cerámicas orientales y cartaginesas de las iberas y queda como elemento único la cerámica griega y sus derivados en la Península Ibérica. Respecto a este tema el exhaustivo y documentado trabajo de G. Trías de la Primera Reunión de Historia de la Economía Antigua de la Península Ibérica y los posteriores de M. Picazo y otros autores nos dan una visión bastante exacta de lo que pudo suceder. Desde finales del siglo VI a mediados del siglo V a. C. decae la importación de cerámicas áticas (las excavaciones en Rosas por ejemplo no han proporcionado ni un solo fragmento anterior al siglo V), pero, cuando España entra en el área comercial ateniense (fines del siglo V), empieza a introducirse cerámica ática que, desde los puntos de la costa, sigue las rutas hacia el interior. Como han visto bien los autores antes citados, a partir del último cuarto del siglo V y en la primera mitad del siglo IV aumenta extraordinariamente la cantidad de cerámica ática encontrada en los poblados ibéricos de Levante y Alta Andalucía, coincidiendo precisamente con un período de gran esplendor de la cultura ibérica. Sin embargo, todavía no se han descubierto indicios de ningún establecimiento griego en la costa levantina, por lo que, de nuevo, hemos de afirmar que la pretendida exclusividad de ciertas zonas para los pueblos "colonizadores" no es tal en el caso del comercio, coexistiendo diversas vías comerciales en el área de la cuenca occidental del Mediterráneo. El siglo IV es el momento en que prácticamente en todo el Sur y Levante de la Península Ibérica se encuentra cerámica ática. Lo vemos en los poblados de toda Andalucía, de Alicante a Cartagena con varias rutas terrestres que se dirigen al interior y en los territorios al norte de Alicante, al igual que en Cataluña (Ampurias continúa las importaciones de cerámicas áticas de figuras rojas y en Ullastret se reanudan las importaciones a finales del siglo V y continúan en el siglo IV, sólo por citar dos ejemplos significativos), e incluso con incursiones hacia el norte, como se ve por los hallazgos de cerámica ática en la desembocadura del Tajo o por el hallazgo de Medellín. El tratado romano-cartaginés del año 348 a. C. concede a los cartagineses el Sur y el Sudeste de Hispania, con lo que las importaciones griegas, que continúan al norte de Cartagena, tienen mayores dificultades en la zona de dominio cartaginés. No obstante en el siglo III se sigue importando cerámica de lujo, la campaniense, hasta la llegada de la terra sigillata. También hay que considerar como cerámica de importación la cerámica gris ampuritana o massaliota que se extiende por la costa oriental y el Sudeste. En feliz expresión de Presedo, la cerámica griega constituyó la vajilla de lujo de los iberos, que desplaza en las tumbas de los personajes más importantes a la cerámica ibérica pintada de mejor calidad. Su imitación por los iberos tuvo muy poco éxito, pues resultaba muy compleja para ser copiada por los artesanos locales. Los bronces y objetos de arte, que analizaremos en el apartado dedicado al arte, como esculturas, relieves y otros objetos son también objeto de importación por parte de los iberos.