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El claustro es el lugar por donde las religiosas circulaban para ir a las diversas dependencias y, en las horas libres, por él paseaban, leían o meditaban. Como ya hemos visto, las dos primeras pandas que se construyen son la del capítulo y la adyacente a la iglesia. A veces, pasaban bastantes años hasta que se concluían las dos restantes. Provisionalmente, en los muros hacia el jardín y en la cubierta de las pandas se utilizaba la madera, para después ser sustituida por piedra, aunque en algunos casos esa primitiva cubierta leñosa fue la definitiva -Gradefes, San Andrés del Arroyo-; otros claustros, como el de San Fernando de Las Huelgas, se cubren con bóveda de medio cañón de tradición arcaizante; en otros, se pierde el primitivo al construirse uno nuevo, en época moderna, como en Cañas. En la distribución de los claustros femeninos no se aprecian grandes diferencias con los de los monjes, a excepción de la panda del capítulo. No hay dormitorio alto, no hay restos de escaleras que indiquen su posible existencia, así como tampoco queda constancia de la sala de monjas. El dormitorio, en origen, pudo estar desplazado sobre la sala de monjas, quedando así libre la parte alta del capítulo. Esta disposición permite que las salas capitulares de los monasterios femeninos, en España, alcancen una gran altura, superior a la de los capítulos de hombres, como las de Las Huelgas, Cañas y San Andrés del Arroyo.
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De excepcional localización, el claustro es la otra gran pieza de la seo tarraconense, tanto arquitectónica como escultóricamente. Merece un análisis detenido, una vez tratada la iglesia. Debió iniciarse poco más tarde que ésta, y por su configuración homogénea debe responder a un proyecto uniforme. Todo ello a pesar de ciertas irregularidades existentes en la adaptación del abovedamiento de la galería sur ante los ingresos a la iglesia y a la antigua sala capitular. Se ha supuesto que se iniciaría a finales del siglo XII, pero los indicios claros de actividad se fechan en la segunda década del XIII. Así, el arzobispo Ramón de Rocabertí legaba, en su testamento en 1214, una cantidad anual para las obras del claustro -operi claustri-; el mismo año, el paborde Ramón de Sant Llorenç y el canónigo camarero Ramón Guillem, encargado de las obras del claustro, firmaban un contrato para la manutención de los obreros y para la explotación de unas canteras. Además, los signos heráldicos representados en cimacios del ala norte pertenecen a la familia Rocabertí -roques-, mientras que las formas de castillos que los acompañan pueden referirse al antecesor de Ramón de Rocabertí, Ramón de Castellterçol (1194-1198). No existen referencias a documentación que de indicios para fechar el fin de las obras, aunque es muy posible que duraran hasta más allá de mediados de siglo. De considerables dimensiones y planta casi cuadrada, su composición arquitectónica difiere profundamente de los claustros catedralicios y monásticos precedentes en Cataluña, como los de Ripoll, Girona y Sant Cugat del Vallés, en los que se trabajaba entre finales del XII y primeros años del XIII. La organización de los tramos de arcadas se asemeja, en cambio, a construcciones cistercienses, como el claustro mayor de Poblet o el más alejado de Fontfroide (cerca de Narbona); consiste en un arco apuntado abarcante de un orden inferior compuesto de tres de medio punto. Los tramos se separan a base de pilares, reforzados por contrafuertes con una columna adosada. El sistema de abovedamiento también ha variado sustancialmente, al utilizarse sistemáticamente la bóveda de crucería cuyos nervios caen sobre los haces de columnas de los pilares y, en el muro perimetral, sobre ménsulas de sección trapecial. Sistema que también se aplica en Poblet y Fontfroide. La familiaridad, que ha de implicar una relación de dependencia a nivel constructivo respecto a centros del Císter, se extiende también en la organización de la fachada de la antigua sala capitular (convertida luego en capilla del Corpus Christi y actualmente dependencia del Museo). La decoración escultórica constituye otro de los aspectos destacables y significativos a la hora de definir el arte de su época. Capiteles, cimacios, ménsulas y claves de bóveda son el marco para una temática extraordinariamente rica y variada. El amplio desarrollo decorativo está acentuado por algunos detalles más: en primer lugar, el calado de cada par de óculos abiertos sobre el orden inferior de arcos, muchos de los cuales fueron rehechos; además, los arquillos heptalobulados que recorren el muro bajo la cornisa, de claro recuerdo hispanomusulmán. Se ha intentado hallar paralelismos con la Aljafería de Zaragoza, que podría haber servido como ejemplo. No olvidemos, sin embargo, que precisamente la puerta de La Anunciata de la Seu Vella de Lleida ofrece el mismo motivo encabezando uno de los nichos del grupo de la Anunciación; ni tampoco, los arcos polilobulados del claustro barcelonés de Sant Pau del Camp, o los de la desaparecida fachada del Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela. En algunos de los capiteles de las arcadas se desarrollan, en determinados puntos de las galerías norte y sur, los grupos de temas historiados, mayoritariamente relativos al Antiguo y Nuevo Testamentos. En un pilar del ala meridional se representan escenas sobre Adán y Eva y Caín y Abel, flanqueadas simétricamente por otra de Abraham e Isaac, y José. Parece claro que el tema de la Caída del hombre junto con sus consecuencias es acompañado por dos prefiguras de la vida de Cristo, en concreto de su muerte redentora. Dos pares de capiteles de la galería septentrional contienen representaciones de la infancia y vida pública de Jesús, mientras que en el pilar del vértice nororiental se combinan escenas del Antiguo Testamento (Caín y Abel, de nuevo, Noé, y seguramente Lot) con las de la muerte y resurrección de Jesucristo, en un claro juego de paralelismos tipológicos. Capiteles y cimacios contienen otros tipos de figuración: escenas de juglaría, de lucha entre personajes, armados o desarmados, entre éstos y seres animales o monstruosos, etcétera. A destacar el cimacio que presenta los trabajos de los meses del año, sobrepuesto a dos de los capiteles de la vida de Cristo. El desarrollo del bestiario, sea a base de composiciones ya muy experimentadas, o en el marco apaisado de los cimacios, constituye una de las notas más originales del claustro: en este género, quizá el más significativo sea el conjunto de un pilar del ala sur, donde aparecen temas relacionados con las fábulas, y que sirven sin duda como advertencia ante los peligros de las tentaciones y engaños preparados por el demonio; el zorro y el gato, éste en el célebre Processió de les Rates que ya llamó la atención al padre Villanueva en su "Viage literario a las iglesias de España", son algunos de los motivos más populares del claustro tarraconense. Numéricamente, el repertorio vegetal predomina en los capiteles, sobre todo el tipo de los dos niveles de hojas de superficie lisa, cuya forma y composición conduce otra vez a hallar analogías en obras cistercienses. Así, en los claustros de Poblet, o en el lavabo de Santes Creus. Especialmente en los cimacios prodigan los esquemas geométricos ocupados por palmetas u otros motivos vegetales, manifestándose una clara intención por la variedad. Hasta aquí, y a través del análisis arquitectónico y decorativo del claustro, hemos podido ver reflejada la relación con los conjuntos cistercienses. También, aunque rápidamente, con Lleida. Pero hay que añadir los puntos de contacto con otros ámbitos. Es significativo que una parte del repertorio cuente con modelos bastante claros en Toulouse y su área de influencia. El segundo y tercer talleres de la Daurade -claustro, fachada de la sala capitular-, serían los focos más destacados de esta filiación, aunque no hay que olvidar centros secundarios como el claustro de Saint-Bertrand-de-Comminges. De hecho, ya habíamos observado cómo en Lleida el componente tolosano se convertía en decisivo. En el terreno de lo estilístico, y conocida la relación con la leridana puerta de La Anunciata (con las implicaciones que ello supone), no podemos olvidar una pieza clave para la definición del taller: se trata del frontal de altar, en mármol, dedicado a san Pablo y a santa Tecla. Diversas referencias documentales han hecho suponer que estaría realizado durante la época del arzobispo Aspáreg de la Barca (1215-1233). El registro central está presidido por la figura de Pablo, con la santa a su derecha. Es aquí donde caben los paralelismos más inmediatos con las dos figuras del grupo de la Anunciación de Lleida, y que permiten atribuirlas al mismo taller, especialmente a través del trabajo de los pliegues de las vestiduras y de ciertos detalles como las manos de los personajes. Todo ello cuando nos referimos a las figuras de gran tamaño, ya que son las escenas desarrolladas en los recuadros de los lados, dedicadas a la vida de santa Tecla, las que permiten definir la asociación con el claustro. Ahora son las figuras de canon corto, que participan en composiciones abigarradas, con una tendencia a acumular las cabezas de los personajes, llegando incluso a una cierta estereotipación, y la identidad de ciertos esquemas geométricos y seres zoomórficos, los componentes que acercan frontal y parte sustancial del claustro. De las conexiones del llamado Mestre del frontal de Sant Pau y Santa Tecla ya se ha hablado en parte en nuestra referencia a su labor en Lleida. Pero es quizá en el claustro tarraconense donde es posible llegar más a fondo respecto a sus aportaciones, al disponerse de numerosas escenas y de repertorio variado, y porque en determinadas representaciones cabía un mayor grado de libertad. Por lo que respecta al espíritu del 1200, el sentido del movimiento, una mayor verosimilitud en los gestos y actitudes de los personajes, así como el interés puesto en la expresión y rasgos faciales de algunas figuras destacadas, son el síntoma claro de las diferencias establecidas respecto a un románico pleno, e incluso de otras obras del primer tercio del siglo XIII. Es lo que algunos autores denominaron naturalismo, más próximo a lo gótico que a lo románico. A ello hay que añadir el clasicismo, una versión de lo tardo-antiguo que cuenta con paralelos en Italia y quizá en Provenza, dejando aparte los conjuntos más destacados. Por otro lado, algunos motivos, como el de un combatiente con un solo ojo en la frente (¿cíclope, arimaspo?), que es atacado por un dragón, puede ser un préstamo del mundo romano. Cabe siempre la posibilidad de que los restos de la antigua Tarraco proporcionaran modelos, aunque todo forma parte de un fenómeno generalizado en el arco occidental del Mediterráneo, que incluye desde Sicilia a la Península Ibérica. Por otro lado, la relación con lo bizantino renovado es perceptible en algunos temas, a pesar de que es en la pintura y miniatura donde este aspecto ha sido observado con más detalle, tal como sucede en los frescos de la sala capitular de Sijena, o en el frontal de Aviá. Desde esta perspectiva, algunas escenas del claustro, como la que presenta a Caín celoso de Abel, mantienen una relación con representaciones de la Condena al trabajo donde Eva aparece amamantando un hijo, y especialmente con el ejemplo de Sijena, donde aparece con dos.
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Al sur de la iglesia se alza el claustro de San Fernando. Sus pandas se abrían al patio interior por arcos apuntados, que volteaban sobre columnas con capiteles de crochets. De todos ellos sólo se conservan tres, ubicados en el ángulo noreste, junto a la capilla de Belén, ya que los demás se macizaron con un muro, por amenazar ruina, en una reforma del siglo XVII. Se cubre con bóvedas de ladrillo de cañón apuntado, dividido por arcos fajones que apoyan en ménsulas de ornamentación vegetal. En los plementos de dichas bóvedas todavía se conservan fragmentos de yeserías, de tradición hispanomusulmana, con decoraciones de lacerías, atauriques, temas vegetales, epigráficos y motivos heráldicos, con restos de la policromía original. La Sala Capitular, una de las mejores construcciones del monasterio, se comunica con el claustro de San Fernando por tres vanos; los laterales, en arco apuntado y de medio punto el central. Cuatro soportes la dividen en tres naves de igual altura, cubiertas por nueve tramos de bóvedas de ojivas. Dichos soportes están constituidos por un núcleo central cilíndrico al que se adosan ocho columnillas, cuyos capiteles, como los de los arcos de la entrada, quedaron sin tallar. Las tradiciones francesas en Las Huelgas son claras: elementos aquitanos en la cabecera, angevinos en las bóvedas de las capillas laterales; o bien influjos indirectos de Borgoña o del Norte de Francia. A pesar de todo ello, existe una gran unidad tanto en lo arquitectónico como en lo decorativo. Asimismo, no sólo se recogen tradiciones francesas, sino que también se pueden establecer semejanzas con otros edificios españoles coetáneos, como las catedrales de Sigüenza y Cuenca, o monásticos como Santa María de Huerta. Para concluir, y en relación con la cronología de Las Huelgas, hay que decir que el grueso de las obras se inició en el primer cuarto del siglo XIII (1220-1225). A partir de estas fechas hay que considerar una primera campaña unitaria que responde a las características del gótico pleno. En ella se acometen las obras de la iglesia, claustro de San Fernando -con sus dependencias- y atrio. Dichas obras estarían concluidas, o muy avanzadas, en el último tercio del siglo XIII, pues en 1279 el obispo de Albarracín, don Miguel Sánchez, consagra iglesia, atrio y cementerio, a la vez que la capilla de San Juan. A todo esto hay que añadir que en este mismo año tuvo lugar el traslado de los cuerpos de los fundadores, desde la capilla de la Asunción a su emplazamiento definitivo en la nave central de la iglesia. Este plan, concebido en tiempos de Fernando III, se ha mantenido hasta nuestros días, salvo algunas alteraciones que tuvieron lugar en el siglo XVII. Entre ellas destaca la realización de un claustro alto, cuyas obras fueron costeadas por Ana de Austria, abadesa de Las Huelgas entre 1611 y 1629, para lo que fue necesario macizar las arcadas del claustro.
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Fue un estamento numeroso, que destacaba especialmente por su poder económico. Sin embargo, en su seno también podían observar claras diferencias de situación jerárquica. Así, mientras que el alto clero se codeaba con la alta nobleza y la monarquía, algunos sacerdotes apenas poseían recursos muy limitados. La sede eclesiástica de Toledo fue la más rica de España, alcanzando unos 200.000 ducados de renta. El número de clérigos fue alto, si bien no tanto como a veces se ha querido ver. Ya en la época algunos pensadores denunciaron lo pernicioso de mantener un número tan alto de clérigos. Lo cierto es que desde la Contrarreforma se fomentó la ordenación de sacerdotes, alcanzándose a finales del XVI el número de 100.000. El Concilio de Trento promocionó el papel del clero secular frente al regular, fomentando la figura del párroco y convirtiendo al obispo en la máxima autoridad en materia eclesiástica. El motivo de ello es atajar a los díscolos monasterios y conventos, cuyo control se quiere asumir desde Roma. Así, se establece una reestructuración de las órdenes religiosas, suprimiendo algunas y refundiendo otras. El monacato femenino crecerá hasta igualarse con el masculino, cuyo número ha experimentado un vertiginoso descenso. Fomentados por Roma, los clérigos aumentan como lo hace también su capacidad económica y de intervención en la vida cotidiana. Controlan la educación, la beneficencia, el régimen festivo, y poco a poco ser convierten en una referencia de primer orden en la vida de las localidades. La Contrarreforma intenta así evitar el peligro que supone la desviación de la doctrina, de la que hace una interpretación rígida y rigurosa. La moral se estrechó hasta límites hasta entonces no conocidos, y el control de los párrocos sobre las conductas ajenas se hizo cada vez más visible, reconviniendo especialmente aquéllas que atentaban contra la castidad y el recato sexual. El galanteo de monjas, por ejemplo, fue una actividad muy perseguida. El control del clero de la vida cotidiana se hizo de manera programada. Desde Trento se dieron instrucciones para que el párroco local ordenara y administrara la vida de la comunidad, no sólo en los aspectos eclesiásticos. A partir de entonces se le considera responsable de la educación moral y espiritual de sus feligreses, y debe anotar y estar presentes en todos los acontecimientos relevantes de la vida cotidiana: bautismos, defunciones, bodas, fiestas, misas dominicales y diarias, etc. La iglesia se convierte así en reguladora y centro de la vida diaria, centralizando en su edificio y en la figura del párroco la administración de la fe y la religión. Así, la misa sólo puede oficiarse en la iglesia, que deberá tener unas determinadas características. El rito se regula en tiempo y forma, y los comparecientes han de adecuarse a unas normas concretas en cuanto a su comportamiento. Se impone un nuevo misal y un breviario romano, en aras de lograr una uniformidad que hasta entonces no era la norma. Sin embargo, se trata de un proceso lento, tardándose más de cincuenta años en conseguir la uniformización del culto. Además, la prohibición constante de trabajar en domingo indica que era una práctica repetida. La nueva ideología contrarreformista se instaló más fácilmente por medio de la iconografía. Fiestas, romerías y procesiones sirvieron de vehículo para hacer llegar al pueblo la doctrina religiosa oficial, y cada vez se fueron haciendo más complejas y llenas de ceremoniosidad.
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Aunque el clero era un grupo humano definido por la función religiosa y unido por creencias y obediencias, estaba internamente dividido por la posición económica y la extracción social de sus miembros. En la dirección de la Iglesia había en la Corona dos arzobispos (el de Tarragona y el de Zaragoza) y un conjunto de obispos, procedentes, en general, de las filas de la alta nobleza y de la propia familia real; unas jerarquías intermedias de canónigos, abades y priores, que dirigían instituciones clave de la Iglesia o colaboraban con la alta jerarquía en el gobierno, y que procedían de la pequeña nobleza y los grupos altos de la ciudades, y el bajo clero (frailes, monjes y clero parroquial), que integraba las filas del monacato (cluniacenses, cistercienses), de las órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos, mercedarios) y el grueso del clero secular, que se ocupaba de los feligreses en el marco de las parroquias rurales y urbanas. El bajo clero procedía de familias campesinas acomodadas y del artesanado urbano. Desde los siglos XI y XII, la Iglesia era el principal sostén de la monarquía, a la que ayudó incluso cuando la incorporación de Sicilia valió a Pedro el Grande la excomunión (1282). Cuando a finales del siglo XIII ya era evidente que las rentas del patrimonio real resultaban insuficientes para desarrollar la política exterior que la situación aconsejaba, las abundantes riquezas de la Iglesia, formadas de dominios y señoríos con sus rentas (sólo en Cataluña un tercio de los hogares pertenecía al señorío de la Iglesia), y de tributos eclesiásticos (el diezmo), atrajeron la atención del monarca. Con el pretexto de organizar una cruzada contra los musulmanes, Jaime II obtuvo entonces (1295) del papa Bonifacio VIII autorización para quedarse con la décima parte de los ingresos de los eclesiásticos de la Corona, situación que se perpetuó para el resto del período medieval. A pesar de esta punción en las rentas de la Iglesia, la relación armoniosa de la institución con la monarquía se mantuvo, y, durante el siglo XIV, el estamento eclesiástico sostuvo al rey en las Cortes y no dudó en votar, junto al brazo real, la concesión de subsidios extraordinarios y donativos con los que sufragar los gastos crecientes de la política real. A cambio, el clero obtuvo la confirmación de sus privilegios. Los dirigentes de la Iglesia (arzobispos, obispos, arcedianos, abades y comendadores de las órdenes militares), en los distintos reinos de la Corona, formaban el brazo eclesiástico de las Cortes, y los jerarcas más importantes se integraban en el consejo real. Cuando desde mediados del siglo XV los reyes Trastámara de la Corona desarrollaron en Cataluña una política filopopular de sostén de las reivindicaciones campesinas y de las clases medias urbanas, el alto clero catalán, que poseía enormes intereses agrarios, se dividió: el canónigo barcelonés Felip de Malla, diputado de la Generalitat, se distinguió por su oposición a Alfonso el Magnánimo, mientras que Joan Margarit, obispo de Elna y Gerona, dio acogida a la reina Juana Enríquez y al príncipe Fernando (futuro Fernando II el Católico) cuando la Generalitat se levantó en armas contra la monarquía.
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En la XII Dinastía encontramos las primeras alusiones al clero de Amón. Era dirigido por un gran sacerdote llamado el "primer profeta de Amón" que paulatinamente alcanzará mayor peso político en la vida de Egipto, llegando un momento en el que se nombren miembros de la familia real para ejercer un control mayor sobre el cargo. El gran sacerdote contaba con un alto clero y un bajo clero como asistentes. El alto clero lo integraban los "sacerdotes divinos" y tenían exclusividad en la participación de los sacrificios. El bajo clero estaba formado por los purificadores - llevaban la barca del dios, purificaban el templo y adornaban las estatuas - y los sacerdotes lectores que se encargaban del ritual. Entre los sacerdotes existían jerarquías. Un amplio personal femenino acompañaba a los sacerdotes: las cantoras y las esposas del dios. La reina tenía el título de "divina adoratriz" ya que creían que Amón se unía a ella para mantener el divino linaje de los faraones. Los sacerdotes de Amón estaban entre los más ricos de Egipto ya que contaban con tierras, depósitos, tributos llegados de las provincias y ganados, contando con un amplio número de trabajadores a su cargo. Esta riqueza favorecerá el incremento de poder del clero de Amón.
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La iglesia americana tuvo dos grandes cometidos: Convertir a los paganos y cuidar las almas de las comunidades cristianas (españoles, criollos y mestizos). Los esclavos estaban incluidos teóricamente entre las últimas, pues eran bautizados al llegar. Lo primero se encomendó a los regulares, lo segundo a los seculares. Surgieron así dos Iglesias, una de choque, encargada de las almas de los indios, y otra de retaguardia, que atendía las de los ciudadanos, principalmente españoles. Las órdenes religiosas de franciscanos, dominicos, agustinos y finalmente jesuitas, hicieron una gigantesca labor de adoctrinamiento de los naturales. Roma intentó asumir cierto protagonismo en esta actividad el año 1568, cuando creó la Congregación para la Conversión de los Infieles y, sobre todo, a partir de 1622, año en que creó Propaganda Fide, precisamente con un propósito misional en América, pero España (también Portugal) no permitieron que el Papa se injiriese en sus asuntos, por lo que tuvo que limitarse a recomendar políticas de evangelización a través de su nuncio. Tampoco las órdenes regulares respondieron favorablemente a la intromisión papal, pues por entonces tenían ya organizado su sistema misional en tierras marginales de la colonización y necesitaba sostenerlo con ayuda del rey de España, más que con los buenos consejos papales. La actividad del clero regular en Hispanoamérica fue enorme, sobre todo en el siglo XVI, cuando América tuvo una iglesia que puede calificarse de frailes. Entre 1493 y 1600, pasaron a América 5.428 de ellos, que controlaron no sólo las misiones sino también las primeras parroquias de las ciudades recién fundadas y hasta altos cargos eclesiásticos. Baste decir que 142 de los 214 obispos nombrados a lo largo del siglo XVI fueron regulares. Durante el siglo XVII este clero perdió preponderancia, pero ganó enraizamiento, pues se nutrió de vocaciones criollas y mestizas. El clero regular jugó un gran papel en la defensa de los indios, particularmente los dominicos. La gran figura de Las Casas representó la mejor crítica al sistema laboral impuesto a los indios y de ella derivaron numerosas leyes en favor de los naturales. El clero secular cuidaba de la atención espiritual de los cristianos con su organización jerárquica y estaba bajo el control del Regio Patronato, que nombraba los candidatos para las vacantes. En sentido estricto, el Consejo de Indias proponía los candidatos y los nombraba el Papa, pero en la práctica todo funcionaba como si los nombrara el Rey, ya que el elegido por éste para un beneficio partía para su plaza sin esperar el nombramiento papal, que le llegaba cuando ya estaba ejerciendo, momento en que simplemente se le consagraba. El Clero secular fue por esto doméstico a los intereses reales, cosa que no ocurría con el regular, controlado por los Priores elegidos en los capítulos de cada orden. La Corona intentó algunas maniobras para controlar a los regulares (pudo vetar el paso de los religiosos), fracasando siempre, hasta que, en 1574, entró en vigor el decreto del Concilio de Trento, que prohibía ejercer acción pastoral sobre seglares a quienes no dependían de un obispo. El clero regular debía abandonar por ello todas las antiguas iglesias misionales transformadas por el tiempo en parroquias de las ciudades y cederlas al clero regular, con la aquiescencia del Regio Patronato. El asunto se prestó a situaciones extrañas. Así, el Chocó, donde los jesuitas habían establecido misiones en 1654, se declaró de pronto una zona civilizada en 1686, a poco de haberse encontrado oro en su territorio. La verdad es que se encontraba casi igual que en la época precolombina, pero los jesuitas se fueron y llegaron los sacerdotes seculares. Los regulares buscaron el amparo del Regio Patronato para no someterse a los seculares. Algunos, como fray Alonso de la Veracruz, defendieron con ardor la teoría del Vicariato Regio, según la cual los reyes venían a ser casi pontífices (Vicarios) de la Iglesia indiana, por haber delegado los papas en ellos la labor misional. A esta postura se sumaron personalidades como Mendieta, Remesal, Silva y Solórzano. Roma denunció el peligro regalista al que conducía dicha teoría y se puso en marcha una gran polémica, en la que el Consejo de Indias no quiso mediar. De su postura de equilibrio da prueba el hecho de que 94 de los 185 prelados nombrados en el siglo XVII fueron regulares y 91 seculares. Desposeída de sus parroquias de españoles, la iglesia regular se replegó a los territorios de misión, donde tuvo una vida más opaca, aunque no menos importante.
obra
La elección de la prostituta será el tema de este aguafuerte en el que Degas muestra la familiaridad de las mujeres con el hombre al que ya conocen. Una de ellas le agarra por el brazo para mostrarle las habitaciones mientras que él no pierde la compostura, con su elegante bombín y su bastón. El espejo del fondo vuelve a reflejar los focos de las lámparas de gas que iluminaban las estancias. El exquisito dibujo y las expresiones de las figuras son dignos de mención.
lugar
El río Set divide esta pequeña localidad de Les Garrigues situada a 279 metros de altura. En sus cercanías se hallan las primeras referencias sobre el hábitat de la zona: las famosas pinturas rupestres de la Roca dels Moros, famosas por su escena de danza. También en las cercanías volvemos a encontrar nuevas referencias al pasado, en este caso musulmán. Se trata de las tumbas del Saladar, rectangulares y horadadas en la roca viva. Del pasado cristiano también hallamos referencias en una cueva, al haberse descubierto unas cruces trazadas o dibujadas en las paredes. En la población propiamente dicha se conservan algunos vestigios de la Edad Moderna, como la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y algunas casas de los siglos XVI y XVII. En la actualidad, la villa tiene algo más de 200 habitantes, dedicados a la agricultura de olivos y almendros.
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Mediado el año 1928, el régimen de Primo de Rivera comenzó su decadencia que se acentuó de manera considerable en el siguiente. Varios factores confluían en este hecho. En primer lugar Primo de Rivera estuvo enfermo, durante todo el período, de la diabetes que al final le llevaría a la muerte. Ya estaban lejanos los éxitos de su política y se demostraba su evidente incapacidad de crear un régimen político nuevo. El papel de la oposición era creciente y, además, existía un ambiente de murmuración crítica en contra del sistema político vigente. Al mismo tiempo, se hicieron cada vez más frecuentes las conspiraciones armadas en contra del régimen. En enero de 1929 estalló una que tenía su origen en Valencia, cuyo principal protagonista fue Sánchez Guerra, y en la que se intentaba conseguir un retorno al sistema liberal vigente antes del golpe de Estado. Ante el aumento de las dificultades, en un primer momento Primo de Rivera trató de endurecerlo, pero siempre con conciencia de que era una solución provisional. Más adelante, parece que optó por el abandono del poder, sin tener en cuenta los riesgos que esta operación podía tener para la monarquía. Evidentemente, todas las soluciones que intentó tomar resultaban tardías. En diciembre de 1929 propuso un nuevo plan a Alfonso XIII para la convocatoria de una Asamblea única formada por 250 senadores y 250 diputados, elegidos tres por provincia y otros 100 a través de una lista nacional. El Rey le pidió tiempo para meditar sobre la solución propuesta. En 1929 reaparecieron los conflictos sociales que habían desaparecido durante la Dictadura: por las huelgas se perdieron casi cuatro millones de días de trabajo. También tomaba un importante cariz la conspiración militar, que en Andalucía se llevaba casi a la luz pública. Probablemente, si Primo de Rivera no hubiera decidido retirarse, hubiera sido una conspiración militar la que hubiera acabado con él. El Dictador, tras sopesar varias posibles salidas al régimen, eligió el procedimiento más insospechado, que sólo su mal estado de salud y las ganas que tenía de abandonar el ejercicio de sus responsabilidades pueden servir de explicación. Finalmente, acabó por salir de España y en muy poco tiempo fallecía en un modesto hotel de París. La importancia de la Dictadura radicó en que vino a demostrar lo agotado que ya a estas alturas estaba el liberalismo oligárquico. En líneas generales, suele considerarse positiva la labor del Dictador en el tema de Marruecos y en el terreno económico, y se juzga negativa su gestión en el terreno político. La realidad es que se benefició de una coyuntura positiva en la economía mundial, y la continuidad de un régimen no parlamentario y sin posibilidad de crítica fue decisiva para su actuación en Marruecos. El balance negativo en lo político era inevitable por la propia simplicidad del regeneracionismo que alimentaba las posturas del Dictador. El bagaje doctrinal podía ser popular pero resultaba también tan simple, variable y confuso que hacía presumible su fracaso. La oposición no reconoció el apoyo popular que tuvo la Dictadura y culpó a Alfonso XIII del mantenimiento del régimen y de los males del período sin poder apuntarse sus éxitos.