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Rossetti retrató infinidad de veces en sus protagonistas femeninas de otros cuadros a Jane Morris, esposa del poeta William Morris y madre de May, también retratada por el artista. Rossetti sufría una pasión incontrolable por esta mujer, que nunca se tradujo en una aventura física. Aquí la vemos según la mirada de Rossetti, un excelente ejercicio para un psicoanalista. La mujer aparece con los melancólicos ojos grises que fascinaban al pintor, la misma boca sensual de la Amada, y el espeso cabello negro alrededor del rostro, con la misma pose de otros retratos renacentistas (es inevitable pensar en la Gioconda). Bajo las manos de la modelo se ve un papelito. Escrito en italiano se puede leer "color d'amore e di pietá semblante", es decir, "color de amor y apariencia de tristeza".
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La afición por lo oriental está presente en numerosas obras de Manet, pero quizá sea en este excelente retrato en donde se muestra de manera más contundente. El fondo sobre el que se recorta la figura de la pianista Marie Anne Gaillard aparece repleto de abanicos japoneses, mientras que las paredes se recubren de sedas con motivos orientales. Esta afición por lo japonés, concretamente por las estampas, será tradicional entre los impresionistas. La modelo regentaba uno de los salones más conocidos de París, frecuentado por políticos, literatos y pintores. La pianista era más conocida por Ninfa de Villar, aunque empleaba frecuentemente el apellido de su marido, Hechor de Callas, el editor y crítico de arte de Le Figaro. Ninfa viste el traje argelino con la chaquetilla corta - llamada bolero español - con el que hacía de anfitriona en su local, a pesar de haber posado en el estudio del pintor. Las notas de eclecticismo se acentúan por el diván turco y las babuchas, así como las variadas joyas con las que se engalana. Lo más sorprendente del cuadro es el rostro de la dama, que ha captado la actitud bohemia y desenfadada de una mujer de la noche parisina. Quizá es la parte en la que el tratamiento sea más cuidado, mientras que en el resto de la imagen emplea una factura muy suelta, con pinceladas en forma de coma que apenas muestran los detalles. El contraste entre las tonalidades claras y oscuras - que marca la mayor parte de la producción de Manet, como la Olimpia o el Descanso - también está aquí presente, pero añade otras tonalidades para acentuar ese contraste. El marido de Nina, del que vivía separado desde hacía tiempo, pidió al pintor que no expusiese el cuadro, al menos como retrato de su esposa. Manet contestó que la obra siempre permanecería con él, apareciendo en el inventario de bienes tras su muerte.
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Entre los retratos de Tintoretto abundan los masculinos, especialmente hombres de edad que detentaban el poder en la República de Venecia como el Caballero barbado o el Hombre de la cadena de oro. Pero en las imágenes femeninas el pintor sabe mostrar la gracia y la belleza, como se pone de manifiesto en la Joven enseñando un pecho o esta Dama de luto que aquí contemplamos, obras contrastadas que manifiestan ideas similares. En ambas imágenes la anónima figura dirige la mirada hacia un lateral, apoyando en este caso su brazo izquierdo en un pedestal. Sus vestidos negros se confunden con el fondo neutro sobre el que se recorta la figura, en la tradición de Tiziano, centrando su atención en el rostro, iluminado por un potente foco de luz que resalta la belleza de la dama. Las transparencias de su escote enmarcan la cabeza togada, a la moda de la época. Las manos son el otro elemento de la composición que destaca el artista, creando un efecto atmosférico que será muy atractivo para Velázquez o Rembrandt.
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Dos años después de realizar esta obra, Manet la presentó al Salón de 1868, acompañada del Retrato de Zola. Las críticas volvieron a ser negativas, alejándose cada vez más el deseado triunfo en París. Como también era habitual, sus amigos le apoyaron y contraatacaron dichas críticas. Posó para la dama su modelo favorita, Victorine Meurent, la misma que empleó para el Desayuno en la hierba o la Olimpia. Realizada a tamaño natural, la bella figura de la mujer aparece vestida con una casta y cerrada bata rosa - a diferencia de las obras anteriores - con la que confiere cierto carácter intimista a la composición. Huele un ramillete de flores, mira maliciosamente hacia un lateral y lleva un collar similar al de la Olimpia, lo que hace entender a algunos especialistas que se trata de la imagen de una prostituta. La naranja y del loro han hecho pensar también en una alegoría sobre los cinco sentidos, en referencia a la brevedad de la vida, muy de moda por otra parte en el Barroco. Si esta hipótesis es cierta, estaríamos ante una síntesis de tradición y modernidad, muy del gusto del pintor. Resulta muy atrayente el contraste entre las tonalidades claras de la bata y el fondo oscuro sobre el que se recorta la figura; para acentuar ese contraste, elimina las tonalidades intermedias en un acto de modernidad. La sensación volumétrica de la bata se obtiene a través de los pliegues, perfectamente marcados por las líneas del dibujo que emplea el artista. Igual que ocurre en el Pífano, renuncia a la separación entre el suelo y la pared, como ya había hecho Velázquez, considerado por Manet el pintor de los pintores.
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Los mejores retratos de Gutiérrez de la Vega están pintados entre 1845-55, empleando un estilo firme y homogéneo, mostrando a los personajes con gran vida interior, retrato con mucha pasta de color y gratas tonalidades en los que no renuncia a la fuerza expresiva y la rapidez de factura, tomando como referencia a Reynolds o Van Dyck.
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Tradicionalmente se ha identificado este espectacular retrato con doña Jerónima de las Cuevas, la mujer con la que El Greco mantuvo relaciones al poco tiempo de llegar a Toledo, fruto de las cuales nacería Jorge Manuel. Son escasos los datos referentes a esta dama, a quien algunos especialistas consideran miembro de la nobleza toledana, aunque en los archivos no aparezcan datos referentes a nobles con estos apellidos. Se ha sugerido que doña Jerónima sería de ascendencia morisca por lo que el matrimonio con Doménikos no se llegó a realizar aunque también se ha apuntado que el pintor estaría casado en Italia o, permaneciendo soltero, no pudo demostrar que no tenía cónyuge en otro lugar ni había pronunciado votos religiosos. En el testamento de El Greco no se cita a doña Jerónima como beneficiaria lo que ha sido considerado como una prueba de su fallecimiento anterior; Marañón afirmó que había muerto muy joven, elaborándose una romántica teoría según la cual Doménikos ya no tuvo ningún contacto con otra mujer y la utilizó como modelo idealizado de numerosas obras. Bien es cierto que no tenemos más referencias a ella en la vida del artista que el testamento, en donde es mencionada como madre de Jorge Manuel. Este soberbio retrato femenino se pone en contacto con la estancia de El Greco en Madrid cuando intentaba obtener encargos de la Corte. Ésa es la razón por la que existe un estilo muy cercano a Sánchez Coello y Pantoja de la Cruz, los dos mejores retratistas en Madrid por aquellas fechas, destacando la calidad de las telas y los adornos de la dama, recortada su figura sobre un fondo neutro muy oscuro. Su bello rostro parece mostrar cierta frialdad y distancia con el espectador, a diferencia de los retratos naturalistas habituales en el cretense. Recientemente se ha sugerido que podría tratarse de la Duquesa de Béjar mientras otros especialistas piensan que no es obra de Doménikos sino de Tintoretto. El misterio con el que se dirige a nosotros la dama del armiño refuerza las controversias entre los críticos.
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Dentro del retrato escultórico del Quattrocento, La dama del ramillete de Verrochio constituye una obra singular. El tratamiento de los paños, la atracción visual que ejercen las manos constituyen una renovación del retrato en el campo de la escultura equiparable a la del retrato clasicista formulado por Leonardo.