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Esta Crucifixión se conoce junto al Juicio Final como los Paneles de Nueva York, porque están pintados sobre madera y se conservan en el Metropolitan Museum de esta ciudad. Los dos cuadros se encontraban en España, donde los compró el embajador ruso Tatischeff en 1845. Originalmente formaban un tríptico, siendo esta pintura el ala izquierda. Sin embargo, el panel central que posiblemente llevara una Adoración de los Magos, le fue robada a Tatischeff por un criado. El ruso los donó al zar y más tarde los compró el Metropolitan, donde hoy día se exhiben. Se consideran una obra temprana de Jan, tal vez con intervención de un discípulo. La estructura compositiva es bastante arcaizante pero ya anuncia el estilo miniaturístico y preciosista del pintor.
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Tabla central del registro superior del reverso del panel principal de la Maestá de Duccio, en la catedral de Siena. En lo alto de la tabla un grupo de ángeles simétricamente dispuestos en torno a la Cruz adoran a Cristo crucificado flanqueado por los ladrones. Sobre un fondo dorado, que hace intemporal el acontecimiento, la cruz preside y divide la tabla simétricamente. En la zona de abajo, sobre un escenario que, con unas rocas acartonadas, nos describe el Monte Calvario, distinguimos a dos grupos muy definidos, separados a derecha e izquierda por la presencia de la cruz, clavada en la roca que recoge la sangre acumulada procedente del cuerpo de Cristo, que se desangra dramáticamente. En el grupo de la izquierda, vemos a María, en una posición de cierto naturalismo, al borde del desfallecimiento mientras es sujetada por un compungido San Juan. Este grupo se completa con las figuras femeninas que rodean a la Virgen ordenadas rígidamente unas encima de las otras. En el lado izquierdo, el grupo de personas es mucho más numeroso y agitado. El efecto de muchedumbre es conseguido por Duccio a la manera antigua, colocando las cabezas en fila unas encima de otras. Sin embargo, como rasgo de modernidad aparece un intento muy marcado de diversidad en el tratamiento de los personajes. Diversidad en el vestuario, en la fisonomías y en un registro variado de posiciones y gestos, conseguido a través de un depurado trabajo dibujístico, que pretende lograr un efecto natural de multitud agitada. Llaman la atención el fondo, de un intenso color oro, que descontextualiza el acontecimiento a la manera bizantina, ocupando las dos terceras partes de la escena
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Este tema constituye una de las principales obsesiones de Saura desde los años cincuenta y su forma de abordarlo -con un carácter monstruoso y agresivo desde el punto de vista sexual- ha sido interpretada como sacrílega y blasfema; pero el pintor ha salido en su propia defensa diciendo que no se trata del Cristo de los católicos, ni responde a motivos religiosos; no es irreverente ni místico, sino un hombre clavado absurdamente en la cruz, un grito de protesta, la tragedia de un hombre solo ante un universo amenazador, un símbolo trágico de nuestra época, como el Perro de Goya o las Multitudes.
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La Contrarreforma motivará un importante cambio en la iconografía de los años centrales del Renacimiento. Se introduce el concepto de devoción que empieza a ponerse de manifiesto en buena parte de los trabajos realizados por Tiziano, como observamos en esta Crucifixión pintada para la iglesia de Santo Domingo de Ancona. Comparada con la obra de El Escorial apreciamos una mayor intensidad dramática gracias a los efectos lumínicos empleados. Azules y blancos dominan la escena para acentuar el dramatismo. Cristo aparece ahora acompañado por San Juan Evangelista y la Virgen María mientras Santo Domingo agarra con fuerza los pies de la cruz. La composición está estructurada a través de dos triángulos contrapuestos para formar una estrella. La luz y el color se convierten en los principales protagonistas de esta imagen, apreciándose una pincelada más fluida, creando cierta ambientación atmosférica.
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Viendo esta imagen resulta difícil imaginar que apenas llega a los 13 centímetros de alto por 9 de ancho. En efecto, Durero ha superado el marco asfixiante que diseña para algunas de sus escenas de la Pasión, y nos ofrece una escena holgada, llena de aire, sobre un hermoso paisaje crepuscular herido por algunos rayos de luz, tal y como lo describían los Evangelios.Las figuras son de pequeño tamaño y exacta proporción. Rodean a Cristo pero no dan sensación de abigarramiento. Cristo es muy pequeño, puesto que de otra forma no cabría en la cruz que se eleva sobre los otros personajes. Contrasta con la figura angustiada de San Juan, de pie, con una hermosa figura varonil que expresa de manera singular el dolor por la muerte de su maestro.
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Adosada al cuerpo del Retablo de San Marcos de Florencia, la tablita de la Crucifixión hace más fundamental aún la obra del altar mayor del convento. Si en el retablo figuraba la Madona de más avanzadas concepciones pictóricas que saliera de la mano del monje pintor, la escena de la Crucifixión daba su significado y potencia más importante al conjunto. De esta manera, Fra Angelico figuraba en una misma composición los motivos de la Madre de Dios, el Lamento por el Cristo muerto y la continuación última de su Pasión en la celebración del sacramento de la Eucaristía, en el altar de la iglesia del convento. Sobre el fondo de oro de gran luminosidad se recortan las figuras del crucificado y los flancos de María y San Juan. Con la simplicidad de los Cristos de Giotto, sobre todo en el montículo desde donde se eleva la cruz, la tabla también se asemeja en su concepción al Cristo en la Cruz del Retablo de Pisa, obra de Masaccio, aunque de menor calidad volumétrica. Pero las expresiones de los que luego recogerán al Cristo muerto, ya son patentes en este momento. En cierta manera, la obra de la Crucifixión, superpuesta al retablo, era la mejor solución en la celebración de la Misa, dado el componente de recogimiento y vida contemplativa de los monjes dominicos.
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El Bosco ha pasado a la historia por su fantasía desbordante y sus imágenes sugestivas. Sin embargo, no debemos olvidar que era un artesano de la imagen que trabajaba para un patrono que le pedía obras muy concretas. También hemos de recordar que su éxito fue grande y que vendió sus obras a lugares muy lejanos, en un momento de fe y religiosidad que no se hubiera entusiasmado con lo que hoy consideramos atrevimientos y transgresiones, pero que en la época no eran sino interpretaciones profundamente moralizantes del pecado y la vida del cristiano. En estas circunstancias, el Bosco también trabajó para un donante, retratado en esta tabla, que encarga una Crucifixión completamente convencional, en la línea de tantos pintores de la época. El Bosco anticipa ya los grandes paisajes que va a introducir en su época de madurez y se limita a los elementos tradicionales de la escena, con matices de asimetría y relación psicológica entre los personajes, no tan frecuentes en la pintura de sus contemporáneos. Destaca el rostro del donante, pálido, cadavérico y totalmente concentrado, puesto que ya ha entregado su destino a Dios. San Pedro y San Juan interceden por su bienestar ante la Virgen y Cristo deja caer su cabeza protectoramente hacia su fiel.