El recorrido de los conflictos que ya se han producido debe ser completado con el de los que están vigentes en el momento actual o que, por las realidades de fondo que descubren, pueden tener lugar o incrementarse de forma exponencial en un próximo futuro. Resulta muy posible, por ejemplo, que el mundo del futuro sea el de la "revolución de los pobres", tanta es la distancia entre los países que merecen ese calificativo y los ricos. Por lo que se aprecia en los datos de la ayuda de los Estados ricos al desarrollo, es muy posible que en estos momentos se esté produciendo ya un cierto "cansancio de la caridad" por más que las organizaciones no gubernamentales tiendan a sustituir a los Gobiernos en esa misión. Además, desde comienzos de los años ochenta, la evolución de las ideas ha convertido al tercermundismo objeto de admiración utópica por parte de izquierdistas en objeto de condenas generalizadas. El libro de Pascal Bruckner El gemido del hombre blanco resultó, en este sentido, muy revelador. El calificativo "tercermundista" no sólo es denigratorio sino que también descalifica a quien se atribuye porque implica la incapacidad de superar sus limitaciones. Puede añadirse, incluso, que después de la caída del Muro, la atención pública en Europa Occidental se ha centrado en los países del Este que realizaban la transición más que en el antaño más prometedor Tercer Mundo. Hay que partir de la base de que mucho ha cambiado la situación desde que a comienzos de los cincuenta Alfred Sauvy inventara este concepto. Hoy no existe un Tercer Mundo sino varios y todos ellos definibles por rasgos muy diversos. Además de que no pueda hablarse de su homogeneidad, su frontera relativa con respecto a los países más desarrollados cambia de forma constante. En lo que en otro tiempo se consideraba como Tercer Mundo hoy hay países "casi desarrollados", como Tailandia o Taiwán, o "países predesarrollados", como buena parte de los de América del Sur. Pero también figuran en el elenco del Tercer Mundo los púdicamente denominados "países menos desarrollados", una cuarentena de naciones, la mayor parte de ellas en África, que, en conjunto, suponen tan sólo el 0.3% del comercio mundial, mientras que la industria representa un porcentaje del PIB inferior al 10%. Pero, de todas formas, el hecho de que existan todas estas gradaciones en el Tercer Mundo no implica que no perdure la abismal diferencia de nivel económico entre las naciones. En el Sur se concentran tres cuartas partes de la mano de obra mundial y tan sólo algo menos de un quinto de la riqueza. Además, ya a finales del siglo XX, han aparecido unas nuevas lacras del Tercer Mundo que no se refieren en exclusiva a la riqueza. Se trata de las armas, la deuda y el crecimiento demográfico. Paradójicamente, el desarme del Norte ha venido acompañado de una verdadera carrera de armamentos en el Sur. Ambas realidades están estrechamente relacionadas porque el final de la guerra fría, que ha hecho posible lo primero, ha traído una inestabilidad que ha facilitado lo segundo. A pesar de la carencia de un verdadero nuevo orden mundial, se ha intentado evitar la proliferación del armamento por la superficie del globo. Los acuerdos iniciales en torno al comercio de armas datan de 1991 y, en 1993 en París fue suscrito por multitud de países un protocolo que presupuso la desaparición del arma química. Pero la realidad resulta mucho menos esperanzadora de lo que indican estos datos. En primer lugar, así sucede por lo que respecta al arma nuclear. Unos quince países del mundo tienen en la actualidad programas nucleares más o menos clandestinos; de ellos, ocho están en Oriente Medio o en el Asia Central. La situación cambia de año en año de acuerdo con su evolución interna: en 1991, África del Sur firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear y, en 1993, Corea del Norte se retiró de él cuando quisieron imponérsele inspecciones. Lo más grave es que el arma nuclear puede servir para mantener instituciones políticas periclitadas, como en este caso, aparte de enconar a países que tienen un conflicto aparentemente insoluble; el de Cachemira, por ejemplo. Pero la proliferación de las armas no se refiere tan sólo a la nuclear. El arma química por su sencillez y poco coste puede desempeñar un papel semejante en los países del Tercer Mundo. Además, así como puede existir un programa de inspección en materia nuclear resulta mucho más difícil llevarlo a la práctica respecto al arma química. Incluso el arma convencional contemporánea -que ha sido la única utilizada, pues el propio Sadam Hussein no llegó a utilizar la química- puede tener un efecto enormemente destructivo. En el comercio mundial de armas figuraban, a comienzos de los noventa, como principales importadores, India con el 16% del total, e Iraq, con el 11%. Sin duda, el volumen mismo de las armas de que se dispone no induce de forma necesaria a usarlas, pero el hecho es que el primer país las ha utilizado ya. El mayor exportador sigue siendo la antigua URSS, seguida por Estados Unidos y Francia. Para tener una idea del esfuerzo económico que significa el peso de esas armas convencionales en los presupuestos de esos países, basta con referirse a la concentración de armamento en una única zona conflictiva del mundo y ponerla en comparación con el volumen del que dispone una gran potencia industrial. En Medio Oriente, Iraq tiene seis veces más carros de combate que Francia. Egipto, por su parte, tiene tres veces más; Israel, cuatro veces y Siria, una cifra incluso algo superior. Ni siquiera hace falta que un país del Tercer Mundo esté situado en una región crítica del mundo para que procure dotarse de un aparato militar importante, porque éste siempre suele ser atractivo para gobernantes no democráticos. Indonesia, por ejemplo, ha adquirido un tercio del total de los efectivos de la Marina de Guerra de la antigua Alemania Oriental. En segundo lugar, el monto de la deuda pública ha sido también habitualmente un grave impedimento para el desarrollo. La deuda la contraen, con frecuencia de forma irresponsable, gobernantes que no deben responder de sus actos y que la legan a sus sucesores. Si puede constituir un instrumento para el despegue económico, también puede ser una peligrosa adicción que incluso haga desaparecer la base cultural imprescindible para el desarrollo. Sobre todo, la deuda pública pude provocar, como de hecho ha sucedido ya, violentos estallidos populares en aquellos momentos en que se pretende un ajuste. La deuda ascendía a 2.000 millones de dólares en 1995, mientras que, como ya se ha indicado, la ayuda pública al desarrollo tendía a disminuir. En esas fechas, se calculaba que cincuenta países del mundo, casi todos subdesarrollados, padecían una sobrecarga de deuda. Ni siquiera tenían una idea clara acerca de cómo salir de este problema: algunos países pretendían obtener escalonamientos de pago mientras que otros querían compensarla con materias primas. La realidad es que, sólo en 1996, empezaron a producirse reducciones voluntarias por parte de los acreedores del monto total de la deuda pública en el Tercer Mundo. Pero quizá, de todos los problemas enumerados el más grave sea el que se refiere a la demografía, que crea una presión agobiante sobre las posibilidades de desarrollo económico. La población mundial se duplicó entre 1950 y 1990 y lo hará de nuevo en el año 2050; en 1999, se alcanzaron los 6.000 millones de habitantes, el doble que en 1960. El crecimiento demográfico ha tenido como consecuencia que la distancia entre los países pobres y los ricos se haya incrementado en lugar de disminuir, como hubiera podido preverse. Además, el crecimiento demográfico de Asia se ha detenido pero el de África y especialmente el de sus zonas musulmanas -por la concepción existente acerca del papel de la mujer en la sociedad- se mantiene, dando lugar a situaciones sociales explosivas. Al estallido demográfico se suma, como fenómeno concomitante, la urbanización acelerada: ya en los años noventa, el 30% de la población del África subsahariana vivía en ciudades. La población urbana del Sur del globo se ha multiplicado por seis entre los años 1950 y 2000. Esa redistribución tan rápida de la población no se debe, como en otros tiempos y latitudes, al crecimiento económico, sino que testimonia graves problemas de integración social. El mismo mundo desarrollado percibe el impacto de esta realidad, ya tan lejana a su forma de comportarse e incluso a su concepción del mundo, al convertirse en receptor de los movimientos migratorios. Este tipo de inmigración ya no tiene comparación posible con la producida con otros países y en otros momentos históricos. Entre los años 1840 y 1920, cincuenta millones de europeos se establecieron en América, pero ni los irlandeses, ni los italianos o polacos cambiaron de tal modo el país de recepción de su emigración como pueden hacerlo los emigrantes cuyo modo de vida resulta radicalmente distinto. Al mismo tiempo, el mundo desarrollado, estancado, necesita esta inmigración todavía en mayor medida que los Estados Unidos del período indicado. Los flujos de población son hoy, sencillamente, inevitables. Europa Occidental tiene hoy 324 millones de habitantes y África, 590, pero en el año 2025 estas cifras pueden ser 319 y 1.500, respectivamente. Se ha llegado a decir que con que tan sólo uno de cada diez jóvenes africanos traten de llegar a Europa la población de ésta crecerá entre treinta y cincuenta millones de personas, el equivalente aproximado de un sexto de su población. Eso alterará de forma sustancial su realidad demográfica. Europa Occidental se encuentra, en efecto, en la proximidad de la zona de turbulencia máxima de las migraciones, por ser una de las regiones más desarrolladas del mundo, padecer estancamiento demográfico y estar en la frontera misma de las demografías más explosivas del planeta. Argelia está pasando de 26 millones de habitantes a 52 en el período 1991-2025 y el Magreb, en su conjunto, de 60 a 114 millones. Uno de cada cuatro magrebíes no tiene trabajo y, además, el porcentaje de la población femenina que trabaja es mínimo, de modo que la presión demográfica imaginable tenderá a multiplicarse. Ya en 1991, la Comunidad Europea en conjunto tenía nueve millones de inmigrantes legales y quizá un tercio más de clandestinos; en el caso de Italia, por ejemplo, la proporción se invertía a favor de la inmigración clandestina. A mediados de los años noventa, el 8% de la población en Gran Bretaña y el 11% en Francia nacieron en el extranjero. Desde 1989 hasta mediados los noventa, Alemania recibió más de un millón de alemanes procedentes de la antigua Unión Soviética, Hungría y Rumania, pero todavía queda una población muy superior a esa cifra de procedencia étnica germánica en el Este de Europa y que puede convertirse en potencial inmigrante. En realidad, en todas las latitudes la inmigración está produciendo un cambio sustancial en la heterogeneidad y en la proporción relativa de los componentes de la población. La relación demográfica entre América del Norte y del Sur es de uno a dos, pero la de Europa y África es de una a tres y, como hemos visto, resultará creciente, de modo que la presión migratoria tenderá a incrementarse. Los Estados Unidos presencian el aumento de la población hispana, que supera ya a la negra y a la asiática; de este modo, puede decirse que se trata del primer país con una población mundializada. Esa realidad no está exenta de conflictos. En la Europa de finales del siglo XX, se padece a menudo una crispación por el statu quo característico de las sociedades sobreprotegidas y envejecidas. En los propios Estados Unidos, receptores de una emigración nutrida durante tantos años y capaces de llevar a cabo una amalgama multicultural -el melting pot- se han enfrentado en los últimos tiempos con la resistencia etnocéntrica por parte de los nuevos inmigrantes a perder sus características culturales propias. El historiador Arthur Schlesinger ha podido escribir un ensayo sobre lo que denomina "la desunión de América", producida como consecuencia de esa realidad. Pero ésta es una visión del mundo desarrollado muy alejada de aquella que tienen los parias que tratan de llegar a él. La otra cara de la moneda es la que ofrece África, un continente que ha sido descrito como náufrago, habiendo desmentido todas las esperanzas que sobre él se engendraron en otro tiempo: las ideológicas, por la pretendida oportunidad de imitar sus revoluciones, y las económicas, por una supuesta riqueza inextinguible. África, además, ha dejado de ser el continente "deseado" de otro tiempo, para convertirse en un espacio marginal. Para el observador superficial, da la sensación de un movimiento constante pero, si se observa detenidamente, también puede interpretarse que en ella no ha sucedido verdaderamente nada desde la independencia. Buena parte de los datos objetivos existentes ofrece la sensación de que este continente desea entrar en el futuro unos pasos atrás. Así se aprecia, por ejemplo, en lo que respecta al crecimiento económico. La treintena de países miembros de la Banca Asiática de Desarrollo consiguió en 1990 un crecimiento superior al 5%. Por el contrario, en África se ha producido en los últimos tiempos un decrecimiento en términos reales. La inversión misma ha retrocedido en los tres últimos lustros y, en el momento actual, todo el continente sólo contribuye en un 1.5% al comercio mundial. En el África subsahariana, sus 500 millones de habitantes producen lo mismo en valor que 10 millones de belgas. Todavía más: todos esos países producen una décima parte que los siete países del antiguo Este de Europa. Además no se puede, para contrapesar esta afirmación, acudir al argumento de la insuficiencia o el fracaso de la ayuda poscolonial, pues África ha recibido un tercio de la misma cuando sólo viene a representar el 11% de la población mundial. África es, además, el continente más endeudado del mundo: en 1987, la deuda representaba casi el triple de las exportaciones. Gran parte de su tragedia consiste en que, desde la independencia, no ha creado las élites técnicas y humanas que hubiera necesitado. Todo ello tiene también mucho que ver con las instituciones políticas. Sólo una novena parte de los países africanos funcionaba como democracia a comienzos de los años noventa y existía un manifiesto contraste entre ellos y aquellos que viven sometidos a una brutal miseria y a regímenes despóticos que ya ni siquiera se molestan en maquillarse como supuestas dictaduras del proletariado. En los años noventa, se ha producido una transición hacia un cierto multipartidismo y mayor respeto de los derechos humanos, pero en su mayor parte los cambios han sido ficticios. África, además, padece plagas del subdesarrollo que no se dan en otras latitudes. Al margen de la fortísima presión demográfica, sufre de una dependencia alimentaria que no ha hecho más que crecer. En parte, se debe a la destrucción del medio natural: se ha llegado a apuntar que los desiertos de Kalahari y del Sahara se aproximan a un ritmo de 150 kilómetros al año. Desde 1970, el suelo cultivable ha disminuido en una extensión semejante al conjunto de la tierra productiva de la India. En ésta, los problemas alimenticios más acuciantes pueden haber desaparecido en la actualidad, pero no así en África. Pero el hambre no es sólo consecuencia de los desastres ecológicos, las deficiencias de la clase dirigente o el monocultivo, sino también de la guerra. La ausencia de intervencionismo de las grandes potencias -el abandono de Mozambique y Angola por la URSS, por ejemplo- no ha producido la paz, sino que ha revelado que en gran parte esos conflictos no eran más que luchas de clanes por el poder y por el alimento escaso, aunque se enmascararan tras grandes principios ideológicos, como en el pasado. Las guerras han sido frecuentes a mediados de los años noventa en toda África, en especial en su zona central. En parte, se deben a que los Estados son el resultado de las delimitaciones fronterizas entre las potencias coloniales. Pero más frecuente que eso han sido las guerras civiles sin propósito ideológico alguno. Muchos de esos conflictos cuentan su duración por décadas. Nadie en Eritrea con menos de cuarenta años de edad conoce, por ejemplo, la vida sin guerra. Ésta ha llegado a producir no sólo la militarización de la sociedad sino incluso la infantilización del soldado. A menudo se ha visto acompañada por el saqueo y el desplazamiento de la población, dos fenómenos habituales en la Historia africana, pero que hoy parecerían impensables en otras partes del mundo. Las guerras han estado frecuentemente vinculadas con el hambre: han consistido en la lucha por recursos alimenticios escasos que sólo el poder político puede otorgar. También han reaparecido los enfrentamientos étnicos, con una ferocidad incrementada de forma exponencial. En Ruanda, en un conflicto cuyos orígenes se remontan al siglo XVI y que ha enfrentado a un pueblo guerrero con otro agricultor -tutsis y hutus-, pueden haber sido asesinadas 500.000 personas en 1994. La caída de Mobutu en el Congo (1997) revela el fracaso de un Estado que tenía toda la apariencia de ser una férrea dictadura. La nueva guerra civil de Angola revela que no sólo alimentaba la anterior la confrontación entre las superpotencias. En Argelia, la guerra civil, iniciada a partir de 1995 y causante de decenas de miles de muertos, nace del fundamentalismo religioso pero éste consigue su éxito merced a la presión demográfica y al fracaso económico de un régimen dictatorial. Todas estas guerras han resultado muy a menudo invisibles y lejanas al mismo tiempo para Occidente con momentos de súbita aparición en los medios de comunicación pero también con largos períodos de silencio que pueden dar la falsa impresión de normalidad. Pero ésta no existe. La guerra y la desertización han producido en el África subsahariana veintisiete millones de refugiados, lo que equivale a la mitad del censo mundial de esta categoría de personas.
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De la confusión cronológica de estos acontecimientos se desprende, sin embargo, un hecho: los Banu Tuyib, una destacada familia árabe de origen yemení establecida en la Marca Superior desde el siglo VIII, habían ayudado enormemente a la restauración del poder omeya. Hacia el año 862, el emir Muhammad les había confiado la misión de luchar contra la potencia cada vez más inquietante de los Banu Qasi. De este modo, escribe María Jesus Viguera, "Muhammad I había alzado contra los Banu Qasi a una familia bien arraigada en la zona y perteneciente al partido de los "árabes del sur", con su antigua oposición a los "del norte", entre cuya clientela contaban los Banu Qasi". Frente al señorío muladí de los Banu Qasi, fuertemente arraigado al oeste de Zaragoza (Arnedo, Tudela), el emir omeya favoreció, en los años 860, la constitución de un poder local competidor, cuya autoridad consagró sobre Daroca y Calatayud, al sur de la capital provincial. Tres cuartos de siglo después de los últimos enfrentamientos entre árabes el emir se aprovechó, en su propio interés, de los viejos antagonismos, apoyando un potente linaje árabe todavía capaz de movilizar alrededor de él antiguas solidaridades tribales. Las rivalidades, persistentes o reactivadas, entre los diferentes elementos étnicos, aunque no fueran con seguridad el motor principal de la historia de al-Andalus -especialmente a medida que se iba fraguando la unificación arabo-islámica de la sociedad- no pueden ser minimizadas en exceso. Según una breve noticia transmitida por al-Udhri, después de haber controlado el poder en la Marca (en el 257/870-871), Lubb b. Musa b. Qasi, en el 260/873-874, "hizo una matanza de los árabes de Zaragoza, de distintas tribus (qaba'il), les hizo salir hacia Viguera y los mató allí, en un prado que se conoce con el nombre de Prado de los árabes (Mary al-Arab)". Los acontecimientos de los siguientes decenios muestran claramente que, al final del siglo IX, la pacificación relativa que los omeyas habían logrado imponer en al-Andalus no había hecho desaparecer ni el recuerdo de las realidades tribales entre los árabes y los beréberes, ni los sentimientos de oposición étnico-cultural entre los diferentes grupos que poblaban la parte musulmana de la Península. En la Marca Superior, la restauración del poder directo de los omeyas sobre Zaragoza no iba a durar mucho tiempo. En efecto, desde el año 890, en medio de circunstancias confusas y, parece ser, con la complicidad del emir omeya, los Banu Tuyib asesinaron al gobernador nombrado por Córdoba y se apoderaron de la ciudad. Debieron luchar durante dos decenios contra los Banu Qasi, que no renunciaron a la recuperación del dominio sobre la capital regional que habían controlado en la época anterior. Los tuyibíes recibieron en esta ocasión la ayuda de los jefes locales muladíes hostiles a los Banu Qasi, como el de Huesca, Muhammad al-Tawil y lograron mantenerse en Zaragoza, donde constituyeron desde entonces el linaje local más potente, cuya importancia se afirmó en el siglo X y no tendría rivales cuando las familias muladíes desaparecieran en época de Abd al-Rahman III. El papel dominante de los tuyibíes en la Marca sustituyó al de los Banu Qasi y se mantuvo durante el califato y hasta los comienzos de los reinos de taifas del XI. Los verdaderos factores que llevaron a la sustitución del poder de una familia muladí por el de una familia árabe se nos escapan en gran parte, pero hay que resaltar el paralelismo con lo que ocurrió en otras regiones de al-Andalus, como Sevilla o Elvira. Al final del siglo IX y comienzos del X, en varios lugares se asiste al afianzamiento de los árabes, que estaban sólidamente arraigados en la época de la caída del califato, a comienzos del XI. En las otras regiones sobre las que las fuentes dan alguna noticia, la evolución no es siempre tan fácil de seguir. La ciudad de Mérida parece que obedeció al poder central hasta 868, fecha en que estalló la revuelta de un jefe muladí perteneciente a una familia importante de la ciudad, Abd al-Rahman b. Marwan al-Yilliqi. Una expedición omeya logró someterlo y lo mandó residir en Córdoba. Pero, insultado por el potente visir y general Hashim b. Abd al-Aziz, se escapó de la capital en el 875 e intentó encontrar, en la región del Guadiana, un refugio seguro contra las tropas cordobesas que le perseguían. Fortificó la localidad de Badajoz, se refugió durante años en el reino astur-leonés, volvió en el 884 y terminó logrando que el emir Abd Allah reconociera su poder sobre Badajoz, donde los muladíes habían llegado en gran número y la habían convertido en una verdadera ciudad, que iba camino de sustituir a Mérida como capital regional. La propia Mérida, a la que estas vicisitudes habían reducido a poca cosa, pasó desde el reinado de Muhammad al poder de la familia o clan beréber de los Banu Tayit. En cambio, Toledo se mantuvo como un núcleo urbano importante, poblado principalmente, como se ha visto, por muladíes y sin duda también mozárabes. La ciudad vivió una época relativamente tranquila después de haber sido sometida en el 856. La vida interna de la ciudad, que parece haber gozado de una autonomía bastante amplia, sufrió sin embargo alguna alteración. En el 872, el emir Muhammad se vio obligado a intervenir para mantener el orden: llamado por dos jefes toledanos que se disputaban el poder, reconoció a cada uno de ellos el gobierno de una parte de la ciudad. Como vimos, las relaciones de los toledanos con los grupos beréberes que poblaban las regiones situadas al oeste, al este y al sur de la ciudad eran difíciles desde hacía mucho tiempo. En el 259/872-873, los toledanos atacaron una plaza llamada Sakyan o Saktan ocupada por los beréberes (no sabemos si había alguna relación entre este hecho y la intervención del emir en el mismo año). Las divisiones entre sus jefes les llevaron a la derrota. Al año siguiente, Ibn al-Athir hizo constar otra derrota sufrida por un fuerte ejército toledano, salido en campaña contra los beréberes hawwara de Santaver, que habían atacado con anterioridad una fortificación en los límites del territorio de Toledo. Allí también, la causa determinante de la derrota fue la rivalidad entre los jefes. Diez años más tarde, en el 887-888, el Bayan hace constar un tercer revés sufrido -no se sabe contra quién- por los toledanos, que habían reclutado a los beréberes expulsados de Trujillo. Los Banu Dhi I-Nun de la tribu de los hawwara, eran la familia beréber dominante en la región central, a la que el emir Muhammad había reconocido una preponderancia oficial sobre la región de Santaver. Tal vez la razón por la que los toledanos se sometieron en el 283/896-897 a un miembro de la familia de los Banu Qasi fuera para ayudarles a hacer frente al peligro beréber. Eduardo Manzano, hablando de este acontecimiento oscuro, hace observar con razón que "la facilidad con que se produce la entrado de miembros de este linaje en la ciudad contrasta vivamente con la incapacidad que había venido mostrando la autoridad omeya para imponer su dominio durante toda la segundo mitad del siglo III/IX. Ello mueve a pensar que la familia muladí contaba con apoyos dentro de la ciudad que facilitaban su intervención". Este mismo Lubb b. Muhammad b. Qasi organizó en el año 898, desde Toledo, una expedición hasta el interior de la región de Jaén y se apoderó de la fortificación (hisn) de Cazlona, de la que el Bayan dice que estaba poblada entonces por cristianos en conflicto con Ubayd Allah b. Umayya Ibn al-Shaliya, un señor muladí local, que dominaba la región montañosa de Somontín (entre Linares y el Guadalquivir) y que quería, según parece, hacer de Cazlona, la antigua Castulo, el núcleo de su dominación político-administrativa. Según la misma fuente mató después a los ayam de la ciudad, es decir, aparentemente a los mismos cristianos, atrapados entre dos jefes muladíes y finalmente eliminados por uno de ellos. Como vemos, la composición étnica de este sector de las regiones centrales no era, en absoluto, menos compleja que la existente en otras regiones de al-Andalus.
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Durante el siglo XVI, las relaciones internacionales estuvieron dominadas por la necesidad de conservación de los inmensos territorios de los Habsburgo. La extensión y dispersión de sus Estados, primero unidos bajo Carlos V y después divididos en dos ramas, convertían en propios los asuntos de toda Europa. Enfrente encontrarán dos enemigos constantes. Por un lado, el Imperio otomano, en su mejor momento, que avanzaba amenazadoramente por el Sudeste y por el Mediterráneo. Por otro, Francia, que a las fricciones por Italia, el Rosellón y Navarra añadirá el deseo de romper el cerco de las posesiones de los Habsburgo. Además de los problemas apuntados, durante el reinado del emperador Carlos V hay que añadir la enemistad de varios Estados italianos, que deseaban liberarse de toda relación con el Imperio. Especialmente conflictivas serán las relaciones con la Santa Sede, donde la mayoría de los Pontífices guardaban una actitud recelosa ante el emperador, no sólo por su poder creciente en Italia sino por su concienzudo empeño en encontrar una vía de acuerdo con los protestantes. Los príncipes alemanes, por su parte, unirán sus pretensiones particularistas con las de reforma religiosa. La rebelión protestante debilitará la posición de Carlos V y proveerá de múltiples ocasiones a sus enemigos. En los Países Bajos se reproducirá el conflicto político-religioso del Imperio, originando las primeras represiones y las primeras rebeliones. Como aliado, salvo el apoyo ocasional de algún Papa, sólo podía contar con Inglaterra, carente aún de pretensiones coloniales. Los Reyes Católicos ya habían buscado su amistad, contra el enemigo común francés, sellada con el matrimonio de la infanta Catalina con Enrique VIII. Durante el proceso de divorcio de los reyes se nubló esta buena relación, resucitada en cuanto la necesidad lo requirió. Otro matrimonio, el de María I Tudor con el futuro Felipe II, en 1554, acercó a las dos potencias, ofreciendo un seguro para las comunicaciones de España con los Países Bajos a cambio de ayuda al catolicismo inglés. La muerte de la reina sin descendencia común y la entronización de Isabel I terminaron con cualquier posibilidad de buenas relaciones, que fueron sustituidas por los enfrentamientos en el terreno político, religioso y ahora también económico. En el Norte, el matrimonio de Isabel de Austria, hermana del emperador, con el rey danés Cristian II buscaba la amistad de la mayor potencia báltica, gracias a su control de los estrechos del Sund. Esta circunstancia, y la extensión de la reforma luterana a Europa septentrional, también afectarán a la política imperial, que en determinados momentos se creerá obligada a intervenir.
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Fuera de la Península, la década de 1520 no resultó menos problemática para el Rey Católico-Emperador que lo que lo era en el interior. De un lado, las Guerras de Italia se reinician en 1521 y Carlos V encuentra su gran rival caballeresco en Francisco I (1494-1547); de otro, la presión turca encabezada por Solimán el Magnífico llega ese mismo año hasta Belgrado; por último, se suceden los primeros movimientos del protestantismo alemán y Martín Lutero es condenado como hereje en la Dieta de Worms, también en esa fecha crucial del 1521. En realidad, aunque haya que presentarlos por separado y cada uno de ellos responda a su particular proceso explicativo, todos estos conflictos se encuentran íntimamente unidos. Por ejemplo, Francia no dudará en aliarse con el Turco o con los protestantes para enfrentarse a la potencia del Emperador y éste podrá actuar de una forma más o menos decisiva contra los príncipes alemanes que se han ido uniendo a la Reforma sólo si se lo permiten sus compromisos en Italia o en el Norte de Africa, utilizando siempre la amenaza que representa Solimán para fortalecer su postura en España o dentro del Imperio. Frente a la sedentarización que para la figura real supone la época de Felipe II, la primera mitad del siglo XVI está llena de monarcas-guerreros que acuden con sus huestes al campo de batalla. Así, Carlos I participará activamente en las campañas alemanas -recuérdese el célebre cuadro de Tiziano que lo retrata en Mühlberg- y lo mismo harán Solimán y Francisco I. Pero esto puede resultar especialmente peligroso. En 1525, el rey francés, que había cruzado los Alpes con un contingente numerosísimo de soldados, es derrotado en la batalla de Pavía, cerca de Milán, y hecho prisionero. Trasladado a Madrid, en 1526 se firma el Tratado que lleva el nombre de esta villa por el que se pone fin a la primera guerra hispano-francesa de Carlos V, pero se dará paso rápidamente a una segunda conflagración en la que Francia se alía con Florencia, Venecia y el Papado contra Carlos V en la Liga de Cognac o Liga Clementina, llamada así en honor a Clemente VII de la casa de Médicis que la preside. La respuesta imperial a la Liga de Cognac o Clementina será el envío de sus tropas contra la misma Roma donde, con el Papa Clemente VII cercado en el Castel Sant'Angelo, se produce el saco de la ciudad por las tropas de lansquenetes y otros mercenarios que han entrado en ella bajo el mando del Condestable de Borbón. El célebre Saco de Roma de 1527 supuso una conmoción para toda Europa y deja bien claro tanto que el Emperador no se detendría en su intento de controlar Italia como que la Santa Sede era una potencia que entraba abiertamente en los enfrentamientos seculares de su tiempo. Las guerras con Francia no terminarán con la Paz alcanzada en Cambrai en 1529 (Paz de las Damas), pero la hegemonía de los Austrias en la Península italiana va a ir asentándose progresivamente. Además de mantenerse en la posesión de Sicilia y Nápoles, Milán quedará definitivamente en la órbita de los Austrias españoles desde que el futuro Felipe II es investido como Duque de Milán; los Médicis son expulsados de Florencia y sólo volverán a ella bajo tutela hispánica; Génova abandona el partido francés y los Doria se convierten en grandes aliados de los españoles, poniendo a su servicio la fuerza marítima de su flota de galeras. En suma, la coronación de Carlos V como Emperador en Bolonia en 1530 por el Papa Clemente VII marca su ascendencia hegemónica en la Península, de la que sólo Venecia parece poder librarse. La pujanza otomana que representa el largo sultanato (1520-1566) de Solimán el Magnífico, llegará a amenazar también Italia con su progresiva expansión desde el Mediterráneo oriental hacia las costas norteafricanas de Berbería, así como la frontera imperial avanzando sobre los Balcanes; ocupando Hungría, después de la batalla de Mohacs (1527), en la que muere el rey Luis II, y llegando a cercar Viena, por vez primera en 1529. La Conquista de Túnez (1535) constituye el gran triunfo de Carlos V contra este enemigo tradicional de la Cristiandad que pone en jaque continuo el poder imperial y que, como un elemento más, entra en las operaciones diplomáticas europeas con toda naturalidad. Desde las costas norteafricanas del Magreb, los piratas berberiscos apoyados por los turcos atacaban continuamente las plazas y el tráfico comercial del Mediterráneo occidental, poniendo en grave peligro a Italia, los archipiélagos (Sicilia, Cerdeña, Baleares) y el mismo litoral valenciano y andaluz. En este escenario, Carlos V sí logrará compaginar su imagen de Emperador que defiende el mundo cristiano contra el infiel y la ley del Rey Católico que es heredero de la política norteafricana de Isabel I y de Cisneros (conquista de Orán), con lo que contará con el apoyo de sus súbditos peninsulares. En 1529, Barbarroja (Kheir-ed-Din) se apodera de Argel y, desde aquí, cinco años más tarde se hace con Túnez, una plaza de importancia capital para la defensa del tráfico, en especial de cereales, entre Sicilia y los puertos españoles. El 31 de mayo de 1535, Carlos I parte de Barcelona con una gran flota en la que no sólo hay tropas españolas, sino también portuguesas, italianas, alemanas, flamencas y maltesas. A ella se unirá más tarde la armada genovesa al mando de Andrea Doria. En total más de cien barcos de guerra y trescientos de transporte que se dirigen hacia el Norte de Africa como si partiesen hacia una nueva cruzada. Después de ser ocupada la fortaleza de La Goleta, a la entrada de la bahía de Túnez, caerá también la ciudad teniendo que huir Barbarroja. Al frente del gobierno de la plaza se restaura al antiguo rey, que firma un tratado de vasallaje con el Emperador. Este, no pudiendo tomar Argel, se dirige hacia Italia, que lo recibe como un héroe clásico y cristiano. Pero la gloria de Túnez no supuso el final de Barbarroja ni terminó con el hostigamiento de los piratas berberiscos. En 1541, Carlos V intenta de nuevo tomar Argel, donde se había refugiado Barbarroja en 1535, y para ello se organiza una gran expedición naval en La Spezia. Su fracaso será conocido como el Desastre de Argel, cuyo recuerdo no será borrado por algunos éxitos que, como la toma de Africa-Mahadia en 1552, se logran contra el corsario Dragut, quien había sustituido a Barbarroja como principal aliado norteafricano de los turcos. Los corsarios berberiscos mantenían continua relación con los moriscos granadinos y levantinos -Argel, por ejemplo, estaba lleno de ellos-, así como con Francia, que los utilizaba para impedir los contactos entre España e Italia, que suponían un peligro evidente para su fachada mediterránea. En realidad, esta colaboración no era más que una parte de las relaciones que Francisco I estableció directamente con Solimán el Magnífico, con quien firmó un tratado de alianza en 1536. Francia también formalizó contactos con los príncipes alemanes que se oponían a Carlos V y que habían creado con algunas ciudades la Liga de Esmalkalda en 1530. El movimiento reformado iniciado por Martín Lutero en 1517 se convirtió rápidamente en soporte para numerosas aspiraciones sociales y políticas. En la década de 1520, caballeros y campesinos alemanes recurrieron al credo luterano para justificar sus protestas en sendas revueltas que acabaron por ser dominadas. Mayor relevancia y duración tendrá la vinculación con el Protestantismo de los intereses de los príncipes territoriales del Imperio. Bien porque compartieran la fe reformada y, en conciencia, se opusieran a la proscripción que Carlos V lanzaba contra Lutero como hereje; bien porque esperaran hacerse con las propiedades de abadías y episcopados que el luteranismo ponía en sus manos al suprimir el orden sacerdotal; bien, por último, porque hicieran de la Reforma un instrumento de su propio poder y autoridad, los príncipes coaligados en la Liga de Esmalkalda se opusieron militarmente a Carlos V quien, además de a sus campañas francesas y africanas, tuvo también que enfrentarse a las llamadas Guerras de Alemania. Las razones de tipo político parecen haber sido especialmente importantes para explicar por qué los príncipes se adhirieron a la Reforma. De un lado, lo hacían porque así se debilitaba la posición del Emperador, cuya política, desde tiempos de Maximiliano I, tendía a recortar la autonomía alcanzada por los señores en sus respectivos territorios; de otro, la idea de autoridad que defendía y propiciaba el luteranismo reforzaba la capacidad de acción de los príncipes sobre sus súbditos particulares, porque los convertía en jefes de las distintas comunidades espirituales que se iban formando y porque dotaba a los titulares seculares de un poder incontestado en función de la teoría del origen divino del poder que había manifestado Lutero. A su vez, Carlos V se veía obligado a actuar en materia religiosa porque así lo exigía su condición de Defensor Fidei como brazo ejecutor de la Iglesia y porque no podría retroceder ante el robustecimiento de la posición de los príncipes en la esfera territorial. Una vez que quedó claro que ni las Dietas (Augsburgo, Ratisbona) ni el Concilio General que, en principio, todos proponían no iban a servir para solucionar el conflicto espiritual, el enfrentamiento militar se reveló inaplazable. Aprovechando el respiro que le suponían tanto la Paz de Crepy con Francia (1544) como la firma de una tregua con el Turco, Carlos V inició la campaña danubiana de 1546, obteniendo la victoria de Ingoldstadt, y trasladó el teatro de operaciones a la cuenca del Elba al año siguiente. Aquí se produciría la batalla de Mühlberg (23-24 de abril, 1547), en la que el Emperador derrotó a los jefes militares de la Liga, Federico de Sajonia y Felipe de Hesse. Sin embargo, Mühlberg es sólo un espejismo de victoria imperial sobre los príncipes protestantes. En 1552, Enrique II de Francia, el sucesor de Francisco I, firma con los príncipes alemanes el Tratado de Chambord y ocupa las plazas de Metz, Toul y Verdun. El Emperador sufre la humillación de tener que huir de Innsbruck y, además, fracasa estrepitosamente al intentar recuperar Metz (1553). La solución definitiva se alcanzará en la Paz de Augsburgo de 1555 por la que cada príncipe podrá determinar la religión de su territorio (cuius regio, eius religio), y la posición del Emperador quedará irremediablemente debilitada en el interior del Imperio. El gobierno de Carlos de Gante llega, así, a su final con un balance no muy favorable en el que ni turcos ni príncipes alemanes han sido vencidos y, ni siquiera, los franceses que, ahora con el nuevo rey Enrique II, siguen contestando el supuesto poder universal que había querido imponer aquel Duque de Borgoña, Rey Católico y Emperador. Las abdicaciones de Bruselas parecen haber sido más la solución a un momento crítico que ese abandono del mundo y de sus pompas con el que la mitología monárquica recreó el retiro a Yuste. La postura mantenida por Fernando de Austria, futuro Fernando I, era claramente contraria a los designios de su hermano, e incluso en la sucesión de su hijo Felipe II hay más de sustitución que de relevo.
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La conflictividad social, qué duda cabe, no había faltado en los periodos anteriores de la Edad Media, pero es indiscutible que en el transcurso de los siglos XIV y XV conoció una virulencia inusitada, de la que den fe los testimonios conservados de aquel tiempo. Por lo demás, en dicha época las luchas sociales tuvieron un amplio alcance desde el punto de vista territorial, pues se propagaron por todo el Continente europeo, desde Escandinavia hasta la Península Ibérica y desde Inglaterra hasta Bohemia. Ciertamente esa conflictividad adoptó formas muy diversas, tanto por sus protagonistas como por los cauces específicos que adoptó. No obstante, hay un aspecto esencial que recorre prácticamente todos los conflictos que se sucedieron en Europa en los últimos siglos de la Edad Media: la participación, como agentes principales de las luchas sociales, de los sectores populares, ya fueran éstos del ámbito rural o del urbano. La aludida conflictividad respondía, en ultima instancia, a la existencia de grupos sociales con intereses claramente contrapuestos. En el medio rural el conflicto potencial es el que enfrentaba a los campesinos con los señores territoriales, bajo cuya jurisdicción se encontraban. En los núcleos urbanos la dicotomía entre la aristocracia y el común ofrecía asimismo las condiciones apropiadas pare el choque. Ahora bien, esa estructura social, plasmada en la existencia de clases antagónicas, no era una creación del siglo XIV, sino que había sido heredada del pasado. ¿Por qué, entonces, se agudizaron las contradicciones sociales en los siglos XIV y XV? Sin duda la respuesta hay que buscarla en la crisis bajomedieval, que fue la que generó las circunstancias idóneas pare acentuar los enfrentamientos. De todos modos es preciso huir de una explicación simplista, que vea en las revueltas populares sin más los estallidos típicos de una época dominada por la miseria. No cabe duda de que en los malos años, con su cortejo de catastróficas cosechas y de posibles hambrunas, la desesperación de los desheredados favorecía, lógicamente, la explosión social. Pero no es menos cierto, asimismo, que en los movimientos populares del mundo rural una parte importante les cupo a los campesinos de mejor posición económica, quejosos del marasmo de los precios de los granos. Por otra parte, la presión fiscal, particularmente notoria en aquellos países que se enfrentaron directamente en la guerra de los Cien Años, es decir, Francia e Inglaterra, fue un factor muy destacado a la hora de explicar la génesis de los conflictos. ¿Cómo olvidar, por otro lado, la reacción popular ante la práctica frecuente, por parte de los grandes señores territoriales, de los malos usos? Pero las luchas sociales no fueron exclusivas del ámbito rural. También las hubo en las ciudades, por más que siempre puedan mencionarse algunos ejemplos de núcleos urbanos que escaparon a dichos conflictos. Tales fueron los casos, por ejemplo, de ciudades tan significativas como Venecia, Burdeos o Nuremberg. Mas la tónica dominante de la mayoría de las urbes, en los siglos finales de la Edad Media, fue la acentuación de la conflictividad social. Los sectores populares de las ciudades, en términos generales, estaban explotados desde el punto de vista económico por las minorías rectoras, pero al mismo tiempo estaban excluidos del acceso al poder político local, claramente oligarquizado. Ahí se encontraban las claves de la mencionada conflictividad.
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El feudalismo nos aparece como una sociedad de clases en la que hay que incluir las ciudades, y como tal sociedad de clases conoció los conflictos propios de los diferentes intereses, aspiraciones y evoluciones de dichas clases. Ahora bien, si por una parte hay que considerar los conflictos existentes entre las ciudades y los elementos feudales, por otra se debe hacer igualmente con los suscitados entre los menestrales y los comerciantes, que constituían oligarquías económicas y políticas frente a aquéllos y otros sectores medianos y modestos; sin olvidar las tensiones entre maestros de oficio y otras categorías laborales que dieron lugar a veces a enfrentamientos violentos. En lo relativo a los conflictos de las ciudades con el poder feudal, la lucha estuvo en la aspiración de los comerciantes urbanos a partir del siglo XI por llegar a conseguir "cartas de franqueza" que les permitiera la autonomía administrativa como entes locales, la libertad personal para comerciar, un comercio libre dentro de la ciudad sin tasas feudales o revirtiendo en favor de los burgueses, para controlar el intercambio, y también una jurisdicción interna para todos los habitantes de la ciudad; jurisdicción que si seguía administrada por los delegados señoriales no reclamara que los burgueses fuesen juzgados por tribunales feudales ajenos a la ciudad. Estas aspiraciones de autonomía tras la consecución de privilegios comunes por las ciudades enfranquecidas lo eran en contra de la autoridad real o señorial, pero servían asimismo para privilegiar a las oligarquías mercantiles en contra de los artesanos y clases bajas. Por eso, aun cuando se ha hablado fervorosamente del movimiento comunal (sobre todo en Francia), acaso se ha exagerado la importancia de dicho movimiento como liberación burguesa del yugo del feudalismo; porque en realidad no representó tal liberación. En la Francia comprendida entre el Loira y d Rin, a fines del siglo XII apenas había veinte ciudades constituidas en comunas, y algunas verían suprimido después su régimen abierto, pues en realidad -como ha demostrado Petit-Dutaillis- aun existiendo en ellas conflictos violentos, dichas comunas no eran movimientos dirigidos en contra de la feudalidad sino que los propios monarcas feudales y los señores que rodeaban la corte las mantenían y alimentaban frente a los señores feudales que las administraban, tratándose por tanto de conflictos, si los hubo, dentro del seno feudal y entre feudales más que entre éstos y burgueses o de los burgueses entre sí. Ahora bien, si en el norte el movimiento comunal fue un hecho controvertido y contradictorio por las razones expuestas hasta ahora, en el mediodía se formaron algunos gobiernos urbanos llamados consulados, en los cuales sus primeros miembros fueron a menudo de la pequeña nobleza y de la burguesía comercial -como recuerda R. Hilton-. De hecho, el paso del "gobierno señorial al consular" se pudo hacer sin violencias y con el acuerdo entre los condes y señores con los cónsules. Se puede discutir, no obstante, si el movimiento comunal que tuvo en Francia tanto predicamento sirvió para otras regiones como movimiento liberalizador de los yugos señoriales de la monarquía o de los particulares laicos o eclesiásticos. Comunas existieron en otras áreas continentales e insulares, como en Inglaterra, pero muchas de estas comunas nunca fueron una seria amenaza para la monarquía o sus señores privados. Así lo demuestra el hecho de que Londres, por ejemplo, recibió en 1130 una carta de franquicia dada por la monarquía a la que siguieron otras ciudades; a pesar de que algún cronista recogiera una mala impresión de la comuna (lo hemos visto con Guibert de Nogent), como sucede a fines del siglo XII con el monje Ricardo de Devizes, quien escribe: "la comuna es el temor de la plebe, el temor del reino y la tibieza de los sacerdotes". En Inglaterra, algunas ciudades lograrán con este movimiento comunal que los burgueses compren los privilegios necesarios para actuar con libertad mediante el arriendo al rey de todas las rentas reales cuando la monarquía necesitaba dinero corriente para sus necesidades. Y aunque algunas franquicias se abolieron en momentos de crisis política, otras se mantuvieron. No obstante lo cual, se puede ratificar el juicio de Petit-Dutaillis al decir que buena parte de las ciudades europeas -especialmente las de Francia e Inglaterra- eran "señoríos colectivos" en una sociedad feudal. De forma que, sin particularizar, las ciudades podían ejercer su dominio sobre el alfoz como un señorío más; la ciudad podía autoadministrarse sin desvincularse del todo del poder feudal que la había soportado en principio; y, finalmente, algunos gobiernos urbanos ejercieron un control feudal sobre la masa de la población a través del predominio oligárquico de una minoría de comerciantes que controlaban la actividad productiva de los artesanos y operarios, en general, como los señores rurales hacían con la renta campesina. Claro que la plusvalía urbana se explotaba de diferente manera que en el señorío feudal, pero la coerción era la misma en su sentido represivo y acosador. En este cruzamiento de intereses, jurisdicciones y aspiraciones, aparte de los conflictos jurisdiccionales, más similares a los producidos en la sociedad rural, existieron conflictos entre las diversas clases sociales. Conflictos en los que el argumento más socorrido era el de enfrentar a poderosos con débiles (comerciantes con artesanos, artesanos con oficiales y aprendices, etc.), a unas clases con otras, dentro de una dinámica de lucha de clases urbanas con una mentalidad feudal. Sin embargo, aun reconociendo que existía una fuerte jerarquía de clases y que había algunas familias burguesas que controlaban los oficios, la producción y la distribución de bienes y servicios, creando antipatías en el resto, los conflictos vinieron más bien por la continua queja de la población de las ciudades a causa de la política impositiva. Los maestros artesanos, los comerciantes, los trabajadores y las gentes de la ciudad en general, sintiéndose excluidos del gobierno municipal, contemplarán los impuestos como una sustracción que los poderosos de la comunidad manejaban para descargarse ellos mismos y hacer recaer su peso sobre el resto. Fue, por ello, a causa de la percepción de impuestos por la monarquía o los príncipes feudales en general, pero también por las cargas concretas de los gobiernos urbanos, por lo que vinieron los conflictos que, si bien fueron de mayor envergadura en la baja Edad Media, alteraron la paz y el orden en el medio urbano de Europa. En cuanto a las relaciones entre maestros y oficiales, hay que tener en cuenta que los menestrales maestros de oficio fueron a veces cabecillas de los movimientos en contra de los abusos impositivos tanto como lo fueron asimismo en contra del cerramiento de los campos comunales, aspecto este último que causaría igualmente alteraciones. Pero, a la vez, tenían que apoyarse en la oligarquía urbana pare sofocar la rebeldía de los oficiales contra ellos, deshaciendo la idea idílica de que el taller menestral medieval era un oasis de paz y concordia, cuando lo frecuente fue precisamente lo contrario. Todos estos movimientos y enfrentamientos en el seno de las ciudades que constituyeron un capítulo importante dentro de la llamada por J. L. Romero "revolución burguesa en el mundo feudal" hace que se pueda pensar que las revueltas y contestaciones no eran irracionales; se trataba de movimientos de clase y en ocasiones acogían otras protestas añadidas de pobres, menesterosos y desalmados; los cuales, al provocar particularmente la agresividad, en muchos casos cruenta, han dado pie para interpretar los alzamientos, rebeliones y asaltos como movimientos esporádicos sin ideario ni finalidad concrete. Visión que desde los propios contemporáneos a los hechos hasta hoy mismo se ha sostenido en algunos ambientes del poder o de la historiografía. En resumen, la identificación entre los poderes feudales y los grandes mercaderes hizo que ni siquiera los movimientos comunales fueran dirigidos, por sistema, contra los principios del feudalismo, puesto que los intereses de ambos grupos eran los mismos. Lo que no significa, sin embargo, que en el ambiente urbano predominase la armonía en muchos casos. El estudio de la ciudad, aunque se pueda hacer aisladamente desde la componente física, topográfica, urbanística y de planificación durante los siglos XI al XIII -es decir, en su materialidad-, encajándola en un apartado contrastado con el medio rural, en cuanto se le acompaña de vida y relación social -es decir, económica y fiscal- se inserta en el sistema feudal imperante en estos siglos de la madurez del fenómeno del feudalismo. Porque, como hemos visto, la sociedad urbana no fue entonces ni una sociedad aséptica, ni separada totalmente de la mentalidad y condicionantes rurales, ni tampoco desclasada. Los mecanismos de acceso al poder municipal, consular, comunal o concejil sirvieron pare crispar la relación entre clases, distanciar dentro de las propias clases, que depuraban sus dirigentes, y crear una conciencia de dependencia feudal en los oficios y talleres, de libertad de actuación secuestrada y de rentas sustraídas por la fiscalidad real o urbana en favor de la oligarquía dominante. Lo cual no es simplemente un discurso teórico sino una realidad contrastada en los ejemplos conocidos hasta ahora.
Personaje
Religioso
Entre las figuras más importantes de la historia china destaca Confucio, fundador del pensamiento que lleva su nombre. KungTse nació en el seno de una familia campesina y ejerció la labor de agricultor, al tiempo que inspeccionaba los víveres. Desarrolló una rápida carrera administrativa en el feudo de Lu, convirtiéndose en una especie de ministro de Justicia. Pero el señor feudal no aceptó sus sabios consejos por lo que fue enviado al exilio, iniciando un recorrido por toda China en busca de algún señor que pusiese en práctica sus principios filosófico-políticos. La infructuosa búsqueda le llevó de nuevo a Lu. Su pasión por los clásicos se fortaleció con motivo de la muerte de su madre y los consiguientes tres años de luto, momento en el cual meditó sobre asuntos relacionados con la moral y las tradiciones de su país. Acabado el luto se planteó cambiar las costumbres de China, por lo que realizó una intensa campaña educativa, complementada con la escritura y edición de cuatro libros de carácter moral con los que muestra el camino de la sabiduría y la moderación. Pronto consiguió un buen número de adeptos que extendieron sus ideas. El sistema filosófico-político planteado por Confucio está basado en la necesidad del estudio de los textos canónicos y en la bondad, medios imprescindibles para el perfeccionamiento moral del individuo