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monumento
Aunque en la década de 1760, los encargos de arquitectura decayeron en la Corte, y las obras más importantes estuvieron en manos de los ingenieros militares (Sabatini o Hermosilla), Rodríguez trabajó intensamente muy por encima de sus competidores. Una de las obras de la nueva situación fue el Real Colegio de Cirugía de Barcelona (1761), cuyo encargo debió venirle a través de Ricardo Wall, ministro de Estado y de la Guerra hasta 1763. La tipología del Colegio de Cirugía, con un anfiteatro circular cupulado en el centro, carecía de antecedentes en nuestro país. Fueron las ideas del médico de la institución, Pedro Virgili, la experiencia francesa de la Academia de Cirugía de París (1707) y la probable reflexión de Rodríguez sobre las teorías de Laugier (1755) lo que le llevó a crear una obra de gran funcionalidad, empleando el estilo desornamentado de reminiscencias herrerianas, con un claro sentido de la articulación barroca. El edificio presenta planta rectangular, envuelto por fachadas de dos cuerpos de altura, moduladas en vertical por pilastras entre las que se abren ventanales rectangulares lo que refuerza el ritmo horizontal de la construcción, ritmo interrumpido por el amplio ventanal rematado en un arco de medio punto que se abre en el centro del cuerpo superior de la fachada principal, rompiendo de esta manera la cornisa y ocupando parte del frontón que la corona.
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El Colegio fue fundado por don Alonso de Fonseca y Acebedo, primado de la sede metropolitana de Toledo, en 1521. Toma el sobrenombre de los Irlandeses por la gran cantidad de alumnos de este país que acogieron sus aulas en tiempos pasados. Actualmente es la residencia de profesores de la Universidad de Salamanca. Diego de Silóe y Pedro de Ibarra serán los encargados de las trazas del edificio, eligiéndose a Juan de Alava para dirigir su ejecución. La primera piedra se puso en 1528 y cincuenta años después era inaugurado. Sobre un atrio con escaleras se levanta la fachada, donde observamos un interesante contraste entre el color gris del granito y el tono dorado de la piedra de Villamayor. La portada está enmarcada por columnas y profusamente decorada con los escudos de los Fonseca, los rostros de los dos arzobispos de la familia, conchas y otros elementos típicamente renacentistas, coronándose con un medallón en el que se representa al apóstol Santiago en la batalla de Clavijo. La capilla presenta planta de cruz latina, cubierta con bóveda de crucería estrellada. El patio es, quizá, la pieza más interesante del conjunto. Consta de dos plantas con arquerías, más estilizada la inferior al tratarse de arcos de medio punto mientras que la superior presenta arcos escarzanos; pilastras corintias recorren la zona inferior. En las claves de los arcos y en las enjutas encontramos decoración escultórica, nada menos que 128 medallones, aunque el aire general del conjunto sea de inspiración clasicista.
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Una de las principales novedades en los palacios florentinos del Quattrocento la encontramos en el patio, no tanto por ser el eje del edificio, como ya ocurría en la casa romana o en los claustros medievales, sino por introducir elementos clasicistas en estas zonas, especialmente los arcos de medio punto o la decoración vegetal. Juan de Ibarra había empezado en 1521 la construcción del Colegio de los Irlandeses o de Fonseca en Salamanca y Diego de Silóe comenzó a trabajar aquí ocho años después, tras su estancia en Granada. El patio que podemos observar consta de dos plantas con arquerías, más estilizada la inferior al tratarse de arcos de medio punto mientras que la superior presenta arcos escarzanos; pilastras corintias recorren esta zona inferior. En las claves de los arcos y en las enjutas encontramos decoración escultórica, aunque el aire general del conjunto sea de inspiración clasicista.
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El cardenal Silíceo es el fundador de este colegio dedicado a la educación de los monaguillos de la catedral. Se trata de un edificio de planta irregular en el que destaca la portada plateresca, obra de Francisco de Villalpando.
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La portada del Colegio de Infantes está constituida por un hueco rodeado de dos canéforas y rematado por el escudo del cardenal fundador, coronándose el conjunto con un relieve circular de la Virgen y el Niño.
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El cardenal Silíceo es el fundador de este colegio dedicado a la educación de los monaguillos de la catedral. Se trata de un edificio de planta irregular en el que destaca la portada plateresca, obra de Francisco de Villalpando. Está constituida por un hueco rodeado de dos canéforas y rematado por el escudo del cardenal fundador, coronándose el conjunto con un relieve circular de la Virgen y el Niño. En el interior del Colegio sobresale el patio, que aporta la luz natural a las aulas, y el artesonado de la capilla.