La expansión de la obsidiana

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América

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Allá por los albores del siglo IV de nuestra era paseaban sus banderas triunfantes por el sur de Mesoamérica unas gentes que eran mitad guerreros, mitad mercaderes. No sabemos de qué manera se llamaban a sí mismos, pero los aztecas, mucho después, denominaban a su ciudad capital Teotihuacán, una inmensa urbe, la más grandiosa que los indios americanos construyeron jamás, cuyas ruinas cubren alrededor de veinte kilómetros cuadrados en el altiplano central de México, cerca del moderno Distrito Federal. Estos teotihuacanos dominaron una red de rutas comerciales hasta Guatemala, y fundaron colonias o embajadas mercantiles un poco por todas partes. Justo al lado de la ciudad de Guatemala ocuparon un sitio de nombre Kaminaljuyú, y desde él se adentraron en las selvas yucatecas dispuestos a obtener las plumas ricas, las pieles del jaguar y del venado, el copal, la resina del chicozapote, la cal, y otros productos vegetales o minerales que sólo existen en la tierra caliente. El reino más poderoso en ese tiempo, o quizá el lugar central, mejor situado para las incursiones comerciales, era Tikal, y allí se establecieron los teotihuacanos, no sin apoyo militar -los mayas designaban a los forasteros, al parecer, como el pueblo del lanzadardos, un arma superior a las lanzas locales-, y fundaron una dinastía que dio reyes famosos como Cielo Tormentoso (hacia 435 d.C.). Portaban además un arma de efectos más contundentes porque repercutían en la economía de Mesoamérica, la obsidiana, el vidrio volcánico útil para cortar en unos países donde no se conocían los metales; el monopolio de la obsidiana, sobre todo de la bella variedad verde extraída cerca de la metrópoli, en Pachuca, dio a los teotihuacanos su Imperio en los cuatro puntos cardinales.

Pero la hipertrofia de ese gigantesco Estado condujo a la bancarrota final, a mediados del siglo VII en el altiplano de México, y antes en las selvas mayas; Tikal y otros lugares se vieron libres de extranjeros, pero algo del espíritu emprendedor, del estilo político y de las fórmulas religiosas teotihuacanas quedó para siempre en Guatemala y Yucatán. Los dioses dinásticos del período Clásico Tardío, los antepasados fundadores, guardaron desde entonces cierta semejanza con el dios nacional y étnico de los hombres del lanzadardos, la famosa deidad acuática Tláloc, a la que los aztecas concedieron más tarde el honor de compartir el Templo Mayor de Tenochtitlan con su numen guerrero Huitzilopochtli.

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