Las sectas judías en época romana

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Judaísmo

Desarrollo


Entre los diversos grupos judíos había algunos que por sus particularidades doctrinales y de acción merecen la denominación de sectas. Todas eran igualmente judías, porque salvaguardaban el contenido fundamental de la creencia y la práctica del judaísmo; pero sus diferencias eran profundas, su irreductibilidad, evidente; su presencia en el pueblo, muy visible, y la influencia, considerable. Flavio Josefo cita cuatro: la de los saduceos, la de los fariseos, la de los zelotas y la de los esenios. Las tres primeras han sido ya mencionadas anteriormente; la cuarta tiene la importancia que le confiere el afortunado hallazgo de una rica documentación en papiro encontrada en cuevas cercanas al mar Muerto y correspondiente al monacato esenio de la zona. El grupo esenio era una segregación que hacía vida aparte, defendiendo la pureza tal cual ellos la interpretaban. Los zelotas traducían sus vivencias judías en un nacionalismo antirromano violento, más cargado de política que de religiosidad. Los saduceos y los fariseos eran dos modalidades del judaísmo oficial: la sacerdotal y la sinagogal; la del templo y la de la ley. Los saduceos pretendían una vinculación directa a Sadoc, el sumo sacerdote a quien David pusiera al frente del templo de Yahvé; eran una derivación del sacerdocio sadocita, el legítimo. Al igual que habían sido conformistas con los dominadores helenísticos, lo eran ahora con los romanos.

Dominaban el Sanedrín y los sacerdocios, y tenían la responsabilidad del culto a Yahvé en el templo de Jerusalén. Su más destacada peculiaridad doctrinal era el rechazo del más allá y, consecuentemente, de la resurrección. Los fariseos eran hombres dedicados al estudio e interpretación de la ley, que respetaban más en la letra que en el espíritu. Desarrollaron una riquísima casuística, desde la que se desprendían pautas para la observancia. Eran enemigos de los romanos, de la misma forma que rechazaron con anterioridad las imposiciones helenizantes. Controlaban la religiosidad de las sinagogas y las escuelas rabínicas tanto elementales como superiores. Los zelotas, nacionalistas a ultranza, pudieron nacer con el movimiento rebelde de Judas el Galileo; pretendían la constitución de un estado teocrático, que pasaba por la eliminación de los paganos y el odio a todo extranjero que se interfiriera. Propugnaban la acción violenta, y serían el fermento que haría posible la crisis de la primera guerra judaica. Conocíamos a los esenios por lo que de ellos nos dicen el judío Flavio Josefo y el romano Plinio el Viejo. Ahora sabemos mucho más de ellos gracias a los descubrimientos de Qumrám. Era una secta hiperpurista, tal vez heredera de los hasidim intransigentes del período helenístico, descontenta y segregada. Hacían vida cenobítica a las puertas del desierto, creían que el templo de Jerusalén estaba mancillado por un sacerdocio indigno y se consideraban lo que quedaba del auténtico Israel, autoatribuyéndose la denominación de "el resto".

Las cuatro sectas tienen su importancia. La de los saduceos porque representaba el culto sacrificial de Jerusalén e integraba los órganos visibles del judaísmo y su autonomía. Los zelotas, por su lucha antirromana y porque acabarían provocando la catástrofe. Los esenios, porque los hallazgos de sus escritos explican importantes aspectos del judaísmo palestinense y porque al menos algunos autores creen que también iluminan facetas del primitivo cristianismo. Los fariseos, porque su enseñanza de la ley tenía carácter oficial, o lo adquiriría, y porque serían los únicos en sobrevivir tras la destrucción de Jerusalén y el templo en 70 d.C., de tal forma que el rabinismo talmúdico posterior sería empresa exclusivamente suya. Y cabría, para cierre, una brevísima referencia más: la que merece la secta judía que nace de la aceptación de Jesús como mesías; el judeocristianismo, que es rama sin desgajar del judaísmo hasta que se inicia, no sin temores y dudas, la apertura de la Iglesia primitiva a la gentilidad, gracias especialmente a San Pablo; quedan abandonadas prácticas de la ley, y acaban el cristiano y el judío por no reconocerse en la doctrina fundamental del otro, y sobre todo se disuelve o pierde significación la Iglesia-madre de Jerusalén con la destrucción del año 70.

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