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Bliztkrieg

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El 20 de junio de 1940 era firmado en el bosque de Compiégne el armisticio franco-alemán. Gran Bretaña quedaba de este modo sola para soportar el peso de su propio destino... Churchill no era Chamberlain, y eso lo notó el Führer desde el mismo instante en que le fue traducido el mensaje radiofónico del premier, pues éste "había observado que nadie hacía buenos negocios con Hitler". Ciertamente, el enérgico piloto británico no podía confiar en un hombre que jamás mantenía su palabra de paz ni respetaba tratados. Estaban tan recientes los casos de Renania, Austria, Checoslovaquia y Polonia..., sin olvidar el terrible ataque a Francia por Holanda, Bélgica y Luxemburgo, que era suicida imaginar siquiera que en la retorcida mente del dirigente del nazismo existiesen verdaderos deseos de negociación. Cualquier acuerdo con el III Reich quedaba reducido a la nada en poco tiempo por el uso exclusivo de las armas. Hitler mantenía, de hecho, dos actitudes extremas ante Gran Bretaña; paz y guerra. Unas veces parecía ofrecer un generoso armisticio y otras se inclinaba por la salida más violenta, pensando arrasar todo vestigio del poderío inglés. El dictador no llegaba a entender cómo Churchill se obstinaba en seguir con una resistencia a la desesperada. La gran victoria obtenida ante Francia planteaba, de hecho, una duda enorme; ¿qué hacer con Gran Bretaña?, ¿era mejor tenerla como aliada compartiendo con ella el futuro de Europa o se podía liquidarla de un golpe? La Marina alemana era insuficiente para proteger el paso de un gigantesco convoy que debía transportar las 40 divisiones necesarias para establecer una firme cabeza de puente en las playas.

¿Hubiera variado la firmeza del premier británico si llega a descubrir el destino programado para su país en caso de una invasión nazi en masa? Hasta después de la guerra no se descubrió el grueso expediente titulado Ordenes concernientes a la Organización y Función del Gobierno militar de Inglaterra. En él, el III Reich reflejaba el porvenir de los ciudadanos británicos comprendidos entre los 17 y 45 años: trabajos forzados en Alemania, el equivalente a la esclavitud bajo el rígido control de la temible orden de la calavera de Heinrich Himmler; sus más potentes SS harían de sementales de las mujeres para crear una nueva raza; asesinato de todos los intelectuales y judíos. Conociendo la volutad de hierro de Winston Churchill, fácil es imaginar que su resistencia habría sido entonces auténticamente numantina. Si ya sin conocer ese despiadado plan ideado en Berlín las milicias británicas estaban incluso dispuestas a usar gases mortíferos para expulsar a los nazis de su suelo, es seguro que el premier no hubiera dudado un instante en practicar la táctica de tierra quemada, dejando pequeña la misma usada por Stalin a partir de junio de 1941. Mientras Churchill recibía al general De Gaulle -recién llegado de Burdeos en un avión especial- en la tarde del 18 de junio de 1940, pensando ofrecer los micrófonos de la BBC a la nueva Francia Libre como réplica adecuada al mensaje colaboracionista de Philippe Pétain, varios políticos británicos actuaban por su cuenta a espaldas del premier, buscando con urgencia una paz de compromiso con el III Reich. Esto de descubrió muchos años después gracias a la confesión de Bjoern Prytz, en aquel entonces embajador sueco en Londres, que en el verano de 1965, a través de la emisora de la Sveriges Radio A. B., en Estocolomo, pudo hablar por fin sobre uno de los secretos más celosamente guardados de toda la Segunda Guerra Mundial.

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