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Cuando se convocaron las elecciones de 1945, en Gran Bretaña todo el mundo pensaba que las ganaría Churchill; así lo juzgaba incluso el propio Stalin. Los laboristas, victoriosos, no consiguieron sin embargo, la mayoría en el voto popular, pero pasaron de 8 a 12 millones de sufragios y fue en las circunscripciones inglesas donde consiguieron mayor ventaja. Los conservadores, por su parte, descendieron de casi doce millones de votos a algo menos de diez. Por su parte, apenas entró en los Comunes una docena de liberales, a pesar de haber conseguido su partido más de dos millones de votos. En realidad, las elecciones parciales efectuadas para sustituir a diputados fallecidos ya habían proporcionado indicios del crecimiento del voto laborista. Churchill era enormemente popular y en las encuestas llegaba a obtener un nueve sobre diez puntos, pero solamente dos de cada diez electores le consideraban como el líder para la posguerra. Los electores no olvidaron el pasado, sino que precisamente recordaron los inconvenientes que había tenido la gobernación de los conservadores durante todo el período de entreguerras. El Beveridge Report acerca de política social tuvo la virtud de producir un consenso nacional en torno a esta cuestión, pero no proporcionó más popularidad al Gobierno conservador. Churchill, que había cedido a los laboristas el predominio en política interna durante la etapa bélica, no dudó en utilizar en contra de ellos durante la campaña algunas acusaciones de grueso calibre, como asegurar que su acceso al poder supondría una especie de vuelta a la Gestapo o que el Estado socialista sería idéntico al de los "camisas negras" de Mussolini.

En los dieciocho meses que siguieron a la victoria de los laboristas se produjo una profunda transformación de la economía británica, que fue consecuencia de un ambiente de utopismo y de deseo de cambio social. Las medidas socializadoras apenas encontraron dificultades de aplicación en el ambiente de la época, porque las compensaciones que obtuvieron los propietarios afectados fueron generosas. Lo peculiar del caso es que estas medidas fueron aplicadas lugar en el mismo momento en que Keynes, principal asesor del Gobierno en materia económica, decía ver en el horizonte "un Dunkerque económico" en cuanto se acercara la paz. Clement Atlee llegó, por tanto, al poder con una autoridad que nunca había tenido ningún primer ministro socialista. Procedente de un socialismo de raíz religiosa era un licenciado en Oxford de clase media que daba clase en la London School of Economics. Su pequeña figura y su laconismo expresivo hicieron que fuese considerado como el de aspecto más anodino de todos los primeros ministros británicos del siglo. Sus enemigos -como el propio Churchill- hacían bromas sobre él, como decir que "llegó un taxi vacío y salió de él Attlee". A menudo pasivo y borroso, su mérito en las elecciones de 1945 había consistido tan sólo en no perder. Pero tal imagen engañaba, porque en realidad era un político tenaz que tenía un particular talento para dirigir a sus colegas. Era el perfecto líder de un equipo y eligió uno que era bueno.

Sólo en 1947 se produjo algún movimiento que intentó sustituirle por Bevin, pero que fracasó dada la escasa voluntad de éste por sustituir a su jefe. Los ministros que nombró Attlee eran todos personajes de edad y experiencia, debido a los papeles que habían desempeñado a lo largo de la guerra; de un total de veinte, doce procedían de las clases obreras. De entre ellos, debe citarse principalmente a Ernest Bevin, desde hacía tiempo más influyente que el sindicalista británico. Agresivo, trabajador y con una larga experiencia, desde 1910, en los sindicatos, donde se había enfrentado a los comunistas, Bevin mantuvo en sus puestos a los funcionarios del Foreign Office, supo controlar la imprevisibilidad norteamericana en asuntos de política exterior y jugó un papel decisivo en vincular a este país con la reconstrucción económica y defensiva de Europa, aunque lo hiciera con un exceso de confianza en las capacidades económicas británicas. El tercer personaje más decisivo en el Gobierno laborista fue Aneurin Bevan, un aristócrata de izquierdas, que demostró ser un visionario pero también un buen administrador. Había también un sector radical en la política laborista -representado por el Laski- pero tuvo poca importancia. Sin embargo, en torno a un centenar de diputados laboristas parece haber sido partidario de emprender una cierta vía intermedia entre el socialismo y la democracia. El panorama que servía como punto de partida para la labor del Gobierno laborista resultaba poco alentador.

Durante la guerra, Gran Bretaña había perdido una cuarta parte de su riqueza nacional y un 28% de su Flota. La deuda pública se había triplicado y los problemas de la libra esterlina pronto alcanzaron especial gravedad. Cuando pasó a ser convertible, se derrumbó en el mercado y, en el verano de 1949, hubo de ser devaluada en más de un 30%. Hasta ese momento la balanza exterior británica había sido negativa, mientras el país mantenía un millón de hombres en armas. Con todo, el Gobierno no tardó en imponer su impronta sobre la economía nacional. El Partido Laborista no tenía planes sistemáticos para las nacionalizaciones de las grandes industrias, pero sin embargo, en 1946 fueron nacionalizados el Banco de Inglaterra y la Aviación civil. En 1947, le tocó a la industria del carbón, telégrafos y teléfonos; el transporte y la electricidad pasaron a dominio público en 1948; el gas, en 1949 y quedaron para 1951 el hierro y el acero. En realidad, el 20% de la industria británica nacionalizada fue el porcentaje que menor beneficio daba. Al mismo tiempo, en el Parlamento fueron recortados los poderes de la Cámara de los Lores, reduciéndose el tiempo de dilación de que disponía para que una ley fuera aprobada. Pero la obra más importante de los laboristas en el poder consistió en la difusión del Welfare State, el Estado de bienestar. Este término, nacido en los años treinta, había empezado a ser utilizado de forma masiva durante el conflicto bélico, en contraposición al Warfare State -Estado de guerra- de Hitler.

Lo verdaderamente nuevo fue la pretensión de llegar a la universalización de estos servicios sociales. Se concretó en dos medidas especialmente importantes: el National Insurance Act y el National Health Service Act, ambas de 1946. Bevan fue el principal impulsor de las medidas relativas al servicio de la salud: lo decisivo y más controvertido fue la nacionalización de los hospitales. Una legislación relativa a la vivienda fue aplicada en 1949 y también Bevan fue responsable de ella, pero el resultado de su labor fue inferior al que obtendría Macmillan en años siguientes. La política exterior estuvo en manos de Bevin, que en el pasado había sabido reconciliar a los laboristas con el rearme y ahora los sumó a una actitud gracias a la que en 1946 Gran Bretaña inició su programa atómico. Sólo una minoría radical -Foot, por ejemplo- llegó a creer realmente que era posible la existencia de una tercera fuerza en el campo internacional. El resto optó por una posición occidentalista y vinculada con los Estados Unidos. La tradicional política de los laboristas había sido, como la norteamericana, contraria al colonialismo y ya en 1942 Bevin había escrito que "los Imperios tal como hasta ahora los hemos conocido tienen que convertirse en una cosa del pasado". Durante la guerra, sin embargo, había habido también planes para llevar a cabo importantes inversiones en las colonias. El resultado de esta actitud fue una mezcla de retirada y atrincheramiento en las mismas.

La retirada de Palestina y de la India fue motivada por la violencia existente en aquellos espacios y por los inmensos gastos que causaba. En otros lugares se prestó mucha mayor atención a las colonias. La Administración colonial triplicó sus efectivos y las inversiones realizadas fueron importantes, a pesar de las dificultades con que vivía la metrópoli. De acuerdo con la visión del Gobierno británico, su país fue en ocasiones tratado por los Estados Unidos, no como un amigo que se hubiera arruinado combatiendo un peligro común, sino como un mero competidor comercial. Pero la estrecha vinculación de Gran Bretaña con Estados Unidos, nacida en la época de Churchill, se vio ahora confirmada. Lo más importante para Bevin era lo que sucedía en Europa, amenazada por la URSS. Su deseo más acuciante fue mantener a Estados Unidos involucrado en Europa y, sin duda, lo consiguió. Pero la política laborista respecto a una Europa federal fue escéptica e incluso Attlee estableció una gran diferencia entre el socialismo continental y el británico. En cuanto a la oposición, los nuevos conservadores no discreparon en exceso de sus adversarios: Macmillan, por ejemplo, escribió un libro titulado The Middle Way. En 1947, la Carta industrial del partido conservador dio nuevas pruebas de que no se oponían a la política social laborista. En las elecciones de 1950, los conservadores insistieron en que sus adversarios habían hecho desaparecer los beneficios de las empresas, pero no atacaron el Welfare State.

Consiguieron dos millones de votos más -doce millones y medio- pero los laboristas, con más de trece millones, lograron el voto más nutrido de su historia. Sin embargo, el Gobierno laborista de 1950-51 no hizo otra cosa que nacionalizar la industria del acero. En realidad, era un Gabinete formado por personas ya de cierta edad que daban la sensación de estar terminando su carrera política y que, por tanto, no tenían mayor interés en el futuro. Bevin se había retirado ya y Attlee lo hizo en 1951. La segunda fase de Gobierno laborista se significó por la aparición de figuras como Hugh Gaitskell, tecnócratas a la americana que no eran de procedencia obrera sino universitarios mejor formados desde el punto de vista profesional. Otro rasgo de este momento fue la división interna del partido. La aprobación de un amplio programa de defensa con el apoyo de los conservadores llevó a la supresión de los pagos por atención oftalmológica y odontológica en la Seguridad Social y esto supuso que algunos personajes de la izquierda del partido, como Wilson y Bevan, dimitieran. En la campaña electoral de octubre de 1951, se debatió principalmente la capacidad de los dirigentes de los dos grandes partidos para dirigir el país en guerra. Los conservadores consiguieron 13.700.000 millones de votos y los laboristas doscientos mil más pero ganaron los primeros por 321 escaños contra 295 diputados. Los liberales sólo consiguieron seis diputados y perdieron muchos votos que en su mayoría fueron a parar a los conservadores.

En el momento culminante de la guerra fría, predominó, aparte del evidente agotamiento de la propuesta laborista, la sensación de que era preciso recurrir a quien había dirigido al país durante la guerra. Churchill tenía 77 años cuando formó su segundo Gobierno. Había superado dos infartos y sufrió otros dos más que no modificaron sus hábitos, excepto en sustituir su consumo de coñac por el de otras bebidas alcohólicas. Elegido diputado por vez primera al final del reinado de la reina Victoria, no puede extrañar que la media de edad de sus ministros fuera de sesenta años. En la oposición -época en que con su tarea literaria consiguió una fortuna que nunca había tenido e incluso un Nobel- apenas había hecho otra cosa que hacer alguna declaración significativa sobre política exterior: si sus declaraciones sobre el "telón de acero" habían sido criticadas en un principio, la evolución internacional parecía darle la razón. Como siempre, pretendió que su Gobierno fuera nacional y eso le llevó a ofrecer la cartera de Educación a los liberales. Las figuras más determinantes del nuevo Gabinete fueron Eden, Butler y Macmillan. Este último llevó a cabo una política de vivienda muy radical, en la que implicó a la iniciativa privada y que explica su posterior ascenso hasta la dirección del conservadurismo. Esta política se explica porque los conservadores aceptaron las líneas esenciales del Welfare State.

The Economist empleó el término "butskellism" -término que unía los apellidos de Butler y Gaitskell- para denominar la fundamental coincidencia de principios en política social entre los dos partidos. Las medidas de privatización de conservadores fueron escasas y se limitaron a la industria del acero. En realidad, si fueron otros políticos conservadores los que asumieron la política interior fue porque ésta no le interesaba a Churchill. En cambio, sí le apasionaban las cuestiones relacionadas con la exterior, hasta el extremo de que asumió la cartera de Defensa. Sus ideas sobre esta materia eran a veces grotescamente anticuadas -calificó a Gandhi de "miserable hombrecillo"- pero en algunas cuestiones como el europeísmo fue un precursor, a pesar de lo cual la no participación del Ejército británico en la CED contribuyó a hacer imposible esta iniciativa. En cambio, fue muy consciente de lo que Estados Unidos significaba para la Gran Bretaña: llegó a tener la idea de que podía tratar a Eisenhower como un maestro a un discípulo o, al menos, como a un igual y recomendó hasta el final no distanciarse de ellos. Hasta el final de sus días quiso entrevistarse con los líderes soviéticos, en la idea de que podría superar la guerra fría. Pero no consiguió apoyos para hacerlos y en 1955 los conservadores llegaron a la conclusión de que tenían que prescindir de su liderazgo. Luego, como explica Macmillan en sus memorias, se sintieron despreciables por haberle desplazado del poder.

Retirado con ochenta años, Churchill conservó su escaño todavía durante una década. En los últimos tiempos, sus relaciones con Eden, su sucesor, se enturbiaron, pero en las elecciones de 1955, dirigidos por él, los conservadores obtuvieron 344 escaños y los laboristas, muy divididos, tan sólo 277. En torno a 1954, concluyó el período de racionamiento en Gran Bretaña y ese mismo año se introdujo la televisión comercial mediante ley. La fecha parece, pues, significativa en este caso como en el de muchos otros países europeos. La sociedad británica de la posguerra parecía mucho más optimista que en el pasado. En 1942, en momentos difíciles, por vez primera desde los años ochenta del XIX se había experimentado un crecimiento de la tasa de nacimientos, signo evidente de un cambio de actitud de fondo. Pero, aunque las novedades legislativas habían sido muchas, no hubo un auténtico cambio en materia de estratificación social. Dalton, Cripps y Strachey, dirigentes socialistas de primera fila, podían ser considerados como personas de clase alta y el propio Attlee era descendiente de una prestigiosa familia de abogados. La alta Administración estuvo también dominada por la clase más acomodada: el 74% de sus miembros procedía de Oxford o Cambridge, gobernaran los conservadores o los laboristas. Si existió esta continuidad social es porque, en realidad, en la vida pública no hubo discrepancias tan graves. El consenso implicó acuerdo en cuestiones tan espinosas como la política social, el gasto militar o incluso qué hacer respecto al Imperio (tampoco lo hubo sobre los gastos de la boda de la futura reina).

La herencia de la guerra fue, al menos en apariencia, un aspecto exterior de unidad. Aunque para la derecha significaba un patriotismo constructivo mientras que para la izquierda suponía la cohesión social, la coincidencia en lo fundamental estaba asegurada. A pesar de esa identidad de fondo en las posturas, las interpretaciones de los historiadores sobre esta época de la Historia británica han resultado muy controvertidas. Si se ha presentado esta etapa como una singladura radicalmente novedosa, al mismo tiempo se ha asegurado, también, que el pueblo británico esperaba y obtuvo la solución de sus problemas de paro y de carencia de protección social, pero al mismo tiempo se atribuyó a sí mismo una misión excesiva en un momento en que se derrumbaban sus exportaciones y se habían volatilizado ya sus inversiones exteriores. Aunque los norteamericanos fueron especialmente generosos con los británicos en lo que respecta a la asistencia concedida a través del Plan Marshall, esta ayuda fue empleada para proyectos poco solventes y no para infraestructuras. Sólo los norteamericanos superaron durante estos años a los británicos en lo que respecta a número de Premios Nobel conseguidos. Gran Bretaña gastaba mucho más que la media de las naciones europeas en investigación y desarrollo, pero quedó al margen en lo que respecta a su capacidad de innovación tecnológica. Como a ello hubo que añadir una política que mantenía el recuerdo de la época imperial, la carga acabó siendo muy difícil de soportar. En 1950, quien había sido la potencia hegemónica era sólo el séptimo país en PIB del mundo; en 1970, estaba en el puesto dieciocho. Era demasiado y la combinación entre la política social y la combinación con una política exterior muy activa pudo provocar la decadencia económica a medio plazo.

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