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Vida cotidiana

Desarrollo


La apariencia física fue un elemento determinante de las relaciones sociales durante el Siglo de oro. En este sentido, el vestido jugaba un papel fundamental, pues a simple vista permitía establecer una clasificación de los individuos y juzgar su posición social y económica. En general, el color más usado era el negro, sobre todo entre los hombres, pues acentuaba el aspecto de seriedad que la mentalidad de la época requería. Se usó durante todo el período, excepto un corto lapso de tiempo durante el reinado de Felipe III en el que gustaron más los colores vivos. El hombre se vestía con un jubón, que le cubría desde cabeza hasta cintura, o llevaba un "coleto", un pespunte sin mangas, a modo de chaleco, sin aberturas, habitualmente fabricado en piel, con un forro interior y una rígida armadura de ballenas, que hacía las veces de defensa contra cualquier ataque por daga o puñal. Por encima de estas prendas, el caballero portaba la "ropilla", una vestidura corta con mangas, ceñida sobre los hombros formando pliegues. Sobre las piernas se llevaban las "calzas", pantalones ajustados que primero fueron enteros y después se dividieron en dos piezas, medias y muslos, o muslos de calzas. Más tarde las calzas se sustituyen por medias de seda negra o hilo, sujetas con ligas, que tapan otras medias blancas interiores. Otras veces , los muslos y las mangas de la ropilla se adornaban con cuchilladas, que dejaban ver la ropa interior blanca. Los varones más humildes vestían calzones largos, no muy ajustados, que podían estar cortados por la rodilla.

Completaba su vestimenta una camisa de lienzo, una capa y un sombrero de alas anchas y caídas, que servía para realizar un ceremonioso y complicado saludo. Los zapatos estaban hechos en piel, generalmente de color negro, atado con amplios lazos. Para el campo o los viajes, la bota de ante es el complemento más usado. Las clases populares usan alpargatas. Un adorno esencial son los cuellos, gruesas "lechuguillas" que cubren totalmente la garganta y que no eran precisamente cómodas de llevar. Espada y capa, para quien podía permitírselo, denotaban hidalguía. La moda femenina también dejaba ver la clase social a la que pertenecía el sujeto. Las mujeres humildes vestían faldas largas y lisas, sin adornos, combinadas con blusas o camisas sencillas. Normalmente se llevaba una pañoleta que cubría los hombros y se anudaba sobre el pecho. En épocas de frío, un manto de paño o lana proporcionaba algo de calor. Entre las mujeres de clase noble, el "guardainfante" fue la prenda que más se usó. Consistía éste en un armazón hecho de varillas, aros, cuerdas y ballenas, que daban forma de campana a la enagua. Importado de Flandes, su uso atendía no sólo a cuestiones estéticas sino que también se usaba para proteger o disimular el embarazo, lo que provocaba no pocos escándalos. La complicación de la prenda se acrecentó con los años, llegando a adquirir un volumen tal que las mujeres que lo llevaban debían entrar de lado por las puertas, al no poder hacerlo de frente.

El abultamiento acentuaba el contraste con el talle, muy ceñido, y el pecho, ceñidísimo por el corsé. En el siglo XVII, los escotes se fueron haciendo cada vez más pronunciados, hasta que fueron prohibidos excepto para las prostitutas, que debían ganarse el sustento con su cuerpo. Los vestidos eran siempre largos, llegando a cubrir los pies. El pie femenino es, en la España del Siglo de Oro, el último reducto a ceder por la dama ante el galanteo del caballero. Gustan los pies pequeños y gráciles, que se ocultan en "chapines", una especie de chanclas muy elevadas con suela de madera y forradas de cordobán. Su misión era doble: ocultaban el pie en su interior y protegían a los zapatos del barro y la suciedad de la calle. El maquillaje fue usado con largueza; tanta, que voces como las de Vives, Laguna o fray Luis de León se alzaron contra el ocultamiento y la artificiosidad que, según su gusto, denotaban los rostros femeninos. Coloretes, afeites, emplastos, etc. Cubren desde la parte inferior de los ojos hasta las orejas, cuello, escote y manos, tanto de nobles damas como de sencillas mujeres. Los labios se abrillantaban con ceras y la piel se blanqueaba con solimán, pues la piel morena o tostada daba a entender que el individuo trabajaba y no llevaba una vida ociosa y regalada, como era el ideal de vida. Perfumes y aguas (de azahar, cordobesa o de rosas) se usaban con abundancia, para disimular los olores. Las joyas, siempre que fuera posible, completaban el panorama de la vestimenta. Los anteojos fueron muy usados, así como otros complementos, lo que levantó críticas a la ostentación y el derroche. Guantes cortos y abrochados a las muñecas y medias cortas de seda cruda completaban la vestimenta femenina.

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