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Pontificado e Imperi

Desarrollo


Antes de su ascenso al pontificado Honorio III (cardenal Censio Savelli) había destacado como preceptor de Federico II y como buen gestor del patrimonio papal. Era, sin duda, la persona mas indicada para proseguir la tarea de Inocencio III. La reanudación de la cruzada fue uno de los objetivos del nuevo Pontífice. En este tema, tanto él como su sucesor, mantendrían graves fricciones con Federico II. En 1216, el monarca logró un aplazamiento de su promesa de ir a Tierra Santa so pretexto de pacificar Alemania. Las operaciones militares en Oriente fueron conducidas por el rey de Jerusalén, Juan de Brienne, y el de Hungría, Andrés II. En el lenguaje académico se habla de Quinta Cruzada. Se inició con buenas perspectivas con la toma de Damieta en el delta del Nilo (noviembre de 1218) pero concluyó con un fracaso tres años más tarde (junio de 1221) al tener los cruzados que devolver la plaza. Entretanto, Federico II había trabajado activamente para consolidar sus posiciones. En la solemne Dieta de Francfort (abril de 1220) convirtió a su hijo Enrique -coronado rey de Sicilia- en rey de romanos, titulo que, automáticamente, le reconocía como potencial heredero al Imperio. Federico II tranquilizó a Honorio III asegurándole que ambos territorios (Italia y Alemania) se administrarían con absoluta independencia. Garantías que al Pontífice le parecieron suficientes ya que transigió (noviembre de 1220) por coronar solemnemente como emperador en Roma al monarca Staufen.

En los años siguientes, y amparándose en la debilidad del Pontífice, Federico II impuso su autoridad tanto en Sicilia como en las ciudades de Lombardía. La promesa de tomar la cruz fue reiteradamente burlada hasta el momento mismo de la muerte de Honorio III. El nuevo Pontífice (cardenal Hugolino) Gregorio IX era un anciano que, a diferencia de su predecesor, no eludió el choque frontal con el emperador. Uno de sus primeros actos de gobierno fue instar a Federico a que no demorara más su marcha a Tierra Santa. La oportunidad parecía excelente ya que un elevado número de caballeros se habían concentrado en el Sur de Italia con la finalidad de pasar a Ultramar. El 8 de septiembre de 1227 el emperador partía de Brindisi... para retornar a los pocos días so pretexto de enfermedad. El ejército expedicionario empezó a disolverse y Gregorio IX mandó el anatema contra el Staufen. La familia Frangipani, aliados romanos del emperador, replicó provocando en la capital de la Cristiandad un motín que forzó al Papa a huir. La guerra abierta entre los dos poderes quedaba de nuevo abierta. Federico, en un gesto sorprendente, volvió a hacerse a la mar con un reducido contingente de caballeros. Hablamos, a este respecto, de Sexta Cruzada. Una extraña operación conducida por un monarca excomulgado y cuya finalidad última no era combatir con el poder islamita en el Próximo Oriente, sino llegar a un acuerdo honorable. En efecto, por el Tratado de Jafa (4 de febrero de 1229) Federico II y el sultán Al-Kamil otorgaban a las ciudades de Jerusalén, Belén y Nazaret un estatuto de condominio confesional.

Algo que escandalizó a Gregorio IX que, inmediatamente, renovó su excomunión contra el emperador. Este no perdió la calma ya que, a su retorno a Italia, no sólo recuperó algunas plazas que se habían perdido en su ausencia, sino que, en un alarde de habilidad diplomática, logró una reconciliación con el Papa. Fue el acuerdo de San Germano (julio de 1230) por el que -a cambio del levantamiento de la excomunión- el monarca se comprometía a devolver a la Iglesia todos los bienes que le habían sido arrebatados. Fue el respiro necesario para tomar nuevas fuerzas y afrontar los distintos problemas que se acumulaban en Alemania e Italia. En la primera, Federico reprimió la rebelión de su hijo Enrique que acabó muriendo en prisión. En el norte de Italia, el emperador obtuvo una rotunda victoria (1237) sobre las ciudades lombardas en Cortenuova. El podestá imperial Ezelino de Romano se convirtió en el feroz represor de las libertades ciudadanas. Al año siguiente, Federico dio un paso mas: la designación de su hijo natural Enzio como rey de Cerdeña. El dogal de los Staufen se estrechaba más aun sobre Roma. Gregorio IX no dudó en esta tesitura en lanzar una nueva excomunión contra Federico (marzo de 1239). La guerra en los campos de batalla entre güelfos y gibelinos se dobló con otra en el terreno de la propaganda. Por primera vez en la historia, los máximos representantes del poder político y el poder eclesiástico abogaban por una misma solución para resolver los problemas: la convocatoria de un concilio universal.

Ambas partes, también, se acusaban recíprocamente del mismo delito: la herejía. Se trataba de una imputación que, en ninguno de los dos casos, tenía fundamento pero que, en el terreno de la propaganda política, podía surtir efectos demoledores. Federico II basaba su acusación en la protección pontificia a ciudades del Norte de Italia, alguna de las cuales -especialmente Milán- tenían cumplida fama de inclinaciones heterodoxas. Federico, a su vez, en los escritos denigratorios del Papa aparecía como "tocado por la magia y suscitador de sectas heréticas". En 1240 la situación parecía madura para poner en práctica el expediente del concilio. Sin embargo, en los meses siguientes un grave acontecimiento tuvo lugar: la escuadra siciliana, al mando de Enzio de Cerdeña, hacía prisionero a un elevado número de eclesiásticos que acudían a Roma a lo que se suponía iba a ser la apertura de la magna asamblea. Unas semanas más tarde (agosto de 1241) moría Gregorio IX. El sucesor será Inocencio IV.

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