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De la aldea la Estad

Desarrollo


La producción agrícola en muchas comunidades neolíticas excedía sus necesidades de abastecimiento, lo que permitió dedicar los excedentes al intercambio con otras comunidades y, al mismo tiempo, servia para alimentar a algún miembro de la comunidad, dedicado a tareas organizativas y gerenciales, que progresivamente dejaría de participar en el trabajo productivo. Desde su nueva posición ese jefe tenderá a incrementar las posibilidades de generación de riqueza a través de las dos fuentes principales: la producción agrícola y el abastecimiento exterior. En este segundo caso intervienen no sólo las relaciones de intercambio, sino también los botines obtenidos como resultado de las campañas militares, de tal forma que la guerra se convierte en un procedimiento ordinario para la obtención de los bienes de los que se carece. Por otra parte, los efectos de las relaciones externas no afecta de modo indiferenciado a la totalidad de la población, sino que ésta paulatinamente tiene un acceso desigual a los productos externos, reproduciendo así las diferentes posiciones que comienzan a detectarse en el seno de la comunidad. Por lo que respecta a la principal fuente de riqueza, la explotación colectiva del suelo no implica una redistribución equitativa del producto, sino que en virtud de la modalidad del trabajo, formas de agrupación, etc., unos productores o grupos de productores pueden percibir mejores cotas en la redistribución, lo que afectará también al desigual reparto de los bienes exteriores.

La solución violenta de las posibles disputas impone también una lógica distibutiva que consolida las desigualdades individuales o de grupo. Éstas, a su vez, se ven sancionadas por los jefes redistribuidores que, con frecuencia, son al mismo tiempo intermediarios en las relaciones de la comunidad con los seres sobrenaturales. Y así se obtiene la pretendida aquiescencia divina que es el procedimiento para proyectar en una esfera externa al orden social la razón de las desigualdades. Si ese orden de cosas requiere, adicionalmente, otras formas de agrupamiento para el trabajo colectivo, como es el caso de Mesopotamia y Egipto, se sitúa en las manos de los jefes de cada comunidad la posibilidad de acentuar las diferencias entre los distintos miembros de la comunidad. En efecto, la necesidad de controlar la irrigación y el drenaje supone el contacto y el trabajo colectivo de unidades productivas poco extensas, incapaces por sí mismas de someter la naturaleza a sus menesteres. De ese modo, pequeñas agrupaciones que en condiciones ambientales diferentes hubieran desarrollado una vida política independiente, quedan integradas en un proceso de colectivización del trabajo, por encima del horizonte de sus propias unidades productivas, dando así lugar a la aparición de las aldeas. En la actualidad se niega la vinculación del trabajo infraestructural colectivo (por innecesario, se dice) con el proceso de estatalización; no obstante, la propuesta alternativa, que basa el origen del proceso en una necesidad psicológica que se proyecta simbólicamente en la forma de estado, resulta sospechosamente idealista, demasiado gratificante para el sistema naciente.

La mejora de la capacidad productiva que conlleva la nueva ocupación del territorio genera la posibilidad de desarrollos técnicos, cuya aplicación, además, multiplica su potencialidad. Así, por ejemplo, la adquisición de una tecnología hidráulica permite una mejora en la explotación del suelo, de tal forma que el excedente producido es cada vez mayor. Su control, redistribución y uso, permite no ya a un individuo, sino a un grupo social abandonar las tareas productivas para especializarse definitivamente en las de gestión. Ese grupo desarrollará todos los mecanismos posibles de coerción física e ideológica para no perder jamás su posición de privilegio y perpetuarla en su descendencia, de manera que la sociedad queda dividida en dos grupos con intereses opuestos. Es cierto que frente a esta percepción conflictivista de la formación del estado hay obra integracionista, que hunde sus raíces modernas en el pensamiento de Rousseau y su "contrato social". Según esta interpretación, se habría producido un acuerdo entre las partes, mediante el cual los productores entregaban voluntariamente su excedente para que fuera eficazmente administrado y defendido por quienes tenían la posibilidad de hacerlo. Al margen de las dificultades reales de que tal pacto hubiera llegado a producirse en algún momento de la historia, resulta tan groseramente beneficioso para justificar las desigualdades que se articula más como deseo que como exposición de la realidad.

Por otra parte, mientras se consolida la existencia de un grupo dominante, también va arraigando la especialización laboral de individuos que no se dedican a la producción de bienes alimenticios, sino de objetos artesanales o al sector de servicios, con lo que la estructura socio-económica se va haciendo cada vez más compleja. Estos artesanos especializados, primero a tiempo parcial y posteriormente a tiempo completo, no son propietarios de las materias primas que transforman, por lo que quedan integrados dentro de los circuitos económicos de quienes los controlan, de modo que se ven sometidos a unas especiales relaciones de dependencia. Y es precisamente en torno al grupo dominante y a los trabajadores artesanales alrededor de los cuales se articula el nuevo modelo de ocupación territorial, que podemos definir ya como típicamente urbano. En efecto, la diferencia entre la aldea y la ciudad no se basa en las dimensiones, el tamaño, sino en las funciones. La novedad que introduce la ciudad es que sus habitantes no están dedicados a una única función, la agricultura, como ocurre en las aldeas por grandes que sean, sino que existe una diferenciación laboral que se proyecta y reproduce en la topografía del hábitat. En definitiva, podemos afirmar que la ciudad es la expresión física de la sociedad compleja articulada en clases sociales. En ella se integra un doble sistema de contradicciones, el primero, de carácter vertical está representado por los conflictos entre las clases y, el otro, horizontal, afecta a las relaciones campo/ciudad y, posteriormente, a mayor escala, centro/periferia.

Un problema distinto es establecer el proceso y las condiciones en las cuales el grupo dominante termina controlando prácticamente la totalidad de los medios de producción, como ocurre en el mundo próximo oriental. Ciertamente, la realidad se percibe de una forma más compleja ahora que como se formulaba hasta no hace mucho tiempo. De hecho se acepta que junto a la apropiación insolidaria, muchas antiguas comunidades rurales consiguieron mantener la propiedad de las tierras que trabajaban, quedando su sumisión reducida al pago de importantes porcentajes tributarios, pero no conlleva necesariamente la pérdida de la propiedad comunitaria. Por otra parte, se admite que incluso entre los trabajadores dependientes de los circuitos económicos de los templos habría situaciones diversas, ya desde los orígenes de la formación del sistema. Las modalidades que pueden adquirir el control social y el político son de muy diversa naturaleza, pero las condiciones ambientales en el Próximo Oriente permitieron el desarrollo de unos mecanismos especificos que, tomados como modelo, han sido denominados modo asiático de producción, término que encierra una enorme controversia, incluso entre los seguidores de la teoría de los modos de producción. Destaca, en principio, la forma de propiedad de la tierra y de los restantes medios de producción base de todo el sistema económico, que queda definido, además, por las relaciones entre los medios de producción y las fuerzas productivas.

Los procesos de neolitización habían difundido un modo de producción doméstico, en el que existe coincidencia entre las fuerzas productivas y los poseedores de los medios de producción, que se va desintegrando conforme avanza el proceso de complejidad social al que se ha hecho alusión con anterioridad. Por otra parte, la urbanización no había sido otra cosa sino la consolidación del modo de producción palacial (o más específicamente templario-palacial), en el que los medios de producción están controlados por el grupo dominante que reside en el centro nuclear, desde el que somete a los productores a una situación de servidumbre y en el que se toman las decisiones políticas y redistributivas. Ya se ha adelantado cómo en plena época de predominio palacial persiste el modo de producción doméstico, como sistema paralelo e integrado mediante procedimientos tributarios. La gestión económica se lleva a cabo, lógicamente, desde los templos, vértice en el que confluyen los dos modos de producción y verdadero centro regulador, tanto de la vida urbana como de las comunidades agrícolas. Los campesinos poco a poco no van a ser más que la fuerza de trabajo capaz de generar la riqueza necesaria para reproducir el sistema y, aunque muchos de ellos jurídicamente sean libres, carecerán de cualquier mecanismo real de control político capaz de modificar el orden de las cosas. Por esa razón, las sociedades hidráulicas han infundido en los observadores esa apariencia de inmutabilidad que tanto las aleja de otras formaciones sociales con diferentes formas de propiedad de la tierra.

Al templo concurren los excedentes agrícolas y desde allí se desunan a la alimentación de los artesanos o al comercio. En consecuencia, los trabajadores especializados en manufacturas tienen también una relación de dependencia con respecto al templo, lo que los sitúa en una posición social análoga a la de los campesinos. Y los comerciantes, puesto que no son propietarios de los objetos con los que trafican, no son más que meros transportistas sometidos a unas relaciones sociales similares a las de los artesanos. Sin embargo, la usurpación de la propiedad del suelo, que se ve acompañada de una centralización en las tareas de decisión política, no puede impedir la persistencia de viejos instituciones propias de las comunidades igualitarias, como son las asambleas. Su existencia pone de manifiesto, por una parte que la masa productora -lógicamente aquella que no está sometida a una relación de dependencia servil- mantiene ciertas prerrogativas políticas, que le permite reunirse y aclamar o no las propuestas que la jerarquía política le plantea. Por otra parte, la consolidación de una clase dominante se expresa políticamente a través de una institución propia, como es la asamblea restringida o consejo de ancianos, representantes inicialmente de las unidades productivas, compuesta en el periodo estatal por los miembros del grupo privilegiado. Desde el punto de vista analítico, el problema es discernir el papel político real de tales asambleas, pues como instituciones han podido quedar enquistadas de modo que su convocatoria puede ser un mero ejercicio formal.

En este sentido, el poder efectivo del monarca podría no verse afectado por la existencia de tales asambleas. Frente a esta interpretación últimamente se va abriendo paso una imagen novedosa que tiende a minimizar el poder absoluto del monarca en el periodo formativo. Se trataría más bien de un jefe carismático y obligadamente distante, manipulado por un sector social privilegiado que sería el auténtico gestor de los asuntos públicos. Sin embargo, la monumentalidad vinculada al poder unipersonal en los momentos iniciales de la consolidación del estado, tanto en Egipto como en Mesopotamia, otorga escasos favores a esa imagen, según la cual emergería primero el grupo y de él el líder, frente a la que postula el surgimiento del grupo dominante en torno a un jefe caracterizado como tal previamente. La disputa, no obstante, resulta clarificadora en el sentido de que probablemente se había simplificado en exceso la realidad, cuya correcta interpretación sería la de la combinación de los dos procesos, ya que la conformación del líder vitalicio y de su grupo sería paralela, lo que permitía la integración de instituciones propias del modo de producción doméstico, transformándolas en virtud de la nueva realidad y creando otras nuevas para el correcto funcionamiento del sistema palacial. En la delimitación de las instituciones no se aprecia inicialmente la dicotomía entre el templo y el palacio, propia de un momento más avanzado. En la gestación de las desigualdades aún no se había hecho necesario un reparto de poderes, pues la articulación interna dentro del grupo no productivo carecía de sentido.

Es probable que los contactos bélicos con las comunidades limítrofes estén en la base del surgimiento de una aristocracia con un fondo de poder basado en la comandancia militar, frente al fondo religioso ostentado por quienes se quedaban en el centro nuclear agasajando a los dioses. En principio no tendría por qué apreciarse esta doble función, solamente el proceso de complicación de las relaciones sociales en Mesopotamia la haría necesaria, dando lugar a un proceso de diferenciación funcional propio de un estado avanzado. Tampoco somos capaces de explicar con exactitud el proceso de transformación en la participación en las tareas bélicas. Si la guerra propia del modo de producción doméstico es la comunidad en armas, la ciudad dispone de otros mecanismos para la composición de las tropas, relacionados con la desvinculación de los productores y los medios de producción. La aparición de los ejércitos profesionales es un síntoma adicional de la ruptura de la cohesión social, como consecuencia del surgimiento de los dos grupos antagónicos que protagonizan este discurso. El nuevo orden militar puede ser interpretado, al mismo tiempo, como una usurpación de la posesión de armas y una monopolización de las tareas bélicas, de modo que se convierte en un procedimiento adicional represivo y coercitivo que garantiza la seguridad interior y la integridad del territorio estatal. Obviamente, en caso de necesidad -y debía de ocurrir con frecuencia- se realizan levas entre la población dedicada a otras actividades que, de este modo, participa en la defensa de los intereses del Estado como una forma más de trabajo forzoso; pero al tiempo sirve de mecanismo de integración y cohesión social ya que la masa productiva armada se hace partícipe, al menos teóricamente, de la ideología dominante. De esta manera, los señores de la guerra, junto con el clero, constituyen las fuerzas sociales dominantes en la desintegración de las sociedades igualitarias. En torno a ellos, precisamente, se articulan las instituciones estatales que tienen como misión la preservación del orden establecido, que se sustenta en la asunción de las desigualdades como aplicación de una lógica divina. Esa es la dimensión en la que se sustrae a la voluntad de los hombres y, por tanto, resulta un orden inmutable.

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