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El reino de Nápoles trató durante algunos años de establecer su hegemonía sobre el resto de la península. Roberto el Prudente de Anjou (1309-1343), basándose en el apoyo militar y político de Francia y en la alianza con la Santa Sede, aspiró a erigirse en árbitro de la escena política italiana. Jefe del güelfismo peninsular, su figura fue exaltada por Boccaccio y Petrarca. Su capital, Nápoles, se convirtió en un importante foco cultural, que atrajo a los principales artistas de la época, como Giotto y Simone Martini. Pero, pese al aparente florecimiento del estado napolitano, el reino contaba con numerosos problemas de carácter interno, entre los que sobresalían la anarquía feudal y el monopolio de la actividad comercial y financiera por parte de los extranjeros. Estos se beneficiaban de los privilegios concedidos por el rey sin aportar capitales a la economía nacional. Roberto de Anjou intentó sin éxito hacer partícipes e integrar a los barones en el aparato monárquico a través de la concesión de diversas prerrogativas reales, al no poder contar en las tareas de gobierno con el apoyo de los grupos urbanos, escasos y poco vertebrados. El rey no sólo tuvo que hacer frente a los asuntos internos, ya que a la vez se vio obligado a defender el patrimonio angevino en el exterior. Desde mediados del siglo XIV, las posesiones piamontesas de los Anjou se encontraban amenazadas por la presión ejercida por los Visconti, señores de Milán, y por los marqueses de Monferrato.

Por otra parte, en 1342 estalló una revuelta en Provenza, que demostraba la precariedad del dominio angevino sobre la región. Por lo que respecta a la herencia de las empresas de Carlos de Anjou en Oriente, ésta se había convertido en una serie de títulos vacíos de contenido político, como el de rey de Jerusalén. Ante todo lo expuesto -dificultades internas y externas-, resulta fácil comprender por que el proyecto hegemónico napolitano se vino materialmente abajo, sobre todo si tenemos en cuenta las sucesivas bancarrotas sufridas por la banca florentina, principal sostén económico de Roberto de Anjou como jefe del partido güelfo en Italia. La crisis del reino angevino se hizo patente tras la muerte de Roberto en 1343 y el acceso al trono de su nieta Juana I. Comenzó una etapa presidida por las luchas por el poder entre tres ramas de los Anjou: los príncipes de Durazzo, los príncipes de Tarento y los reyes de Hungría. Roberto, antes de su muerte, había pactado el matrimonio entre Juana y Andrés, hermano del rey de Hungría Luis de Anjou, con el fin de asegurar la sucesión dentro de la casa francesa. Pero en 1345 Andrés fue asesinado en Aversa con la complicidad de su mujer. Luis I de Hungría decidió entonces intervenir en la cuestión napolitana, marchando hacia el sur de Italia con la intención de vengar a su hermano y tomar la corona para sí. Una vez establecido en Nápoles, de donde había huido Juana, Luis se encontró con la hostilidad creciente de los barones locales.

Atosigado por el descontento popular y por la irrupción de la peste negra en la región, decidió olvidar sus pretensiones, no sin antes realizar una nueva campaña militar en 1350. Las partes implicadas abandonaron las armas ante la mediación en el conflicto del papa Clemente VI (1342-1352). Juana I volvió a tomar las riendas del gobierno, junto a su nuevo marido Luis de Tarento y al financiero florentino Nicolás Acciaiuoli, consejero real. El reino de Nápoles, recuperado de la crisis interna, trató de recuperar Sicilia sin éxito alguno, debido a los problemas internos que seguían asolando al país. La isla, perdida tras las Vísperas Sicilianas (1282), se encontraba en manos de una rama colateral de la casa real aragonesa, inaugurada por Fadrique (1296-1337), hermano de Jaime II de Aragón (1291-1327). La reina, que no contaba con ningún hijo, designó como sucesor al príncipe Carlos de Durazzo, heredero de la corona húngara. No obstante, ante la presión del Papado, del rey de Francia y de parte de la nobleza, Juana cambió de parecer y sustituyó a Carlos por Luis de Anjou, hermano del monarca francés. Tras varios años de guerras y luchas intestinas, en las que pereció la propia reina (1382), Ladislao, hijo de Carlos de Durazzo, accedió al trono gracias al acuerdo de ambas partes. Sin embargo, en el seno de la nobleza napolitana más tradicional siguió existiendo un fuerte partido filoangevino, que se opuso en todo momento a la política del nuevo monarca.

Ladislao trató de aprovecharse de la situación creada por el Cisma para ensanchar las fronteras napolitanas a costa de los Estados Pontificios. Ante la respuesta ineficaz del dividido pontificado, Florencia y Luis II de Anjou reaccionaron declarando la guerra a Nápoles e iniciando un conflicto en el que cobrarían gran protagonismo las ambiciones políticas de los capitanes de ventura Alberico de Barbiano, Muzio Attendolo Sforza (1369-1424) y Braccio da Montone. El rey murió en 1414, dejando el trono a su hermana Juana II, quien inauguró una nueva etapa de crisis de autoridad en el reino, marcada por los titubeos políticos de la reina.

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