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Siglo XVII: grandes

Desarrollo


Desde 1624, año en que fue llamado para formar parte del Consejo del rey, hasta el momento de su muerte, acaecida en diciembre de 1642, el cardenal Richelieu constituyó la pieza clave del aparato de poder centralizado que tenía en Luis XIII el símbolo del absolutismo monárquico. Entre ambos personajes se dio una confluencia de intereses que hizo posible tanto el engrandecimiento de la Monarquía de derecho divino y el fortalecimiento de su prestigio, como la permanencia al frente del Gobierno del astuto prelado pese a las fuertes oposiciones que su posición privilegiada generó y a los repetidos intentos de asesinato que contra él se produjeron. Así pues, el mandato de Richelieu no estuvo nunca del todo consolidado ni la situación política se normalizó durante su larga estancia en el poder; por contra, contó casi siempre con el rechazo de poderosos enemigos dentro de la Corte y fuera de ella, con las maquinaciones continuas de un partido opositor, con las luchas iniciadas en varias ocasiones por los hugonotes y con una repulsa popular por la fuerte presión fiscal que impuso para mantener sus proyectos de guerra contra los Habsburgo. Pero aun teniendo en cuenta todos estos inconvenientes, su Gobierno no fue débil ni indeciso. Supo ganarse, tras una primera etapa de titubeo, la completa confianza del monarca que le garantizó en los momentos difíciles su supervivencia, fue capaz de organizar un eficaz sistema de control y represión de sus contrincantes, utilizando para ello un cuerpo de vigilancia policial y un aparato propagandístico en apoyo de sus planteamientos, sometió de forma decidida a la alta nobleza que no le quería, a los protestantes que ponían en peligro la unidad del Estado y al clero que mostraba reticencias a contribuir a los gastos continuos que la maquinaria bélica exigía, y sofocó sin ningún titubeo las numerosas agitaciones populares que se dieron a consecuencia del fuerte aumento de la carga impositiva que sobre los sectores humildes de la población se implantó.

Se pueden establecer tres etapas durante el reinado de Luis XIII en función del protagonismo creciente logrado por Richelieu. Desde 1610 a 1624 la relación del entonces obispo de Luçon con el jovencísimo monarca no fue nada amistosa, ya que inicialmente, tras su activa participación en la reunión de los Estados Generales de 1614, el prelado pasó a ser un protegido del influyente Concini, llegando incluso a entrar en el Consejo. El asesinato de éste le supuso un fuerte revés al ser apartado del poder, junto a los demás colaboradores de la reina madre y de su favorito, por el rey. No obstante, maniobró con habilidad actuando de conciliador en la pugna que enfrentaba a Luis XIII con María de Médicis, lo que le supuso recuperar parte de su presencia política en la Corte y la promesa de llegar a obtener el capelo cardenalicio, que efectivamente lograría en 1622. La muerte de Charles Albert de Luynes, quien verdaderamente dirigía la voluntad del monarca, y la ausencia de otro favorito destacado que ocupara el lugar dejado por la desaparición del noble provenzal, propició el encumbramiento del ya cardenal Richelieu, llamado a formar parte del Consejo real en abril de 1624. Desde este año hasta 1630, el nuevo hombre de confianza del monarca tuvo que hacer frente a las diversas intrigas fraguadas contra su persona en los ambientes cortesanos y a los problemas políticos planteados por las conspiraciones nobiliarias y por los protestantes, que estaban poniendo en peligro la centralización y la unidad del Estado.

Descubierto un complot que pretendía llegar incluso a su asesinato, la reacción de Richelieu fue enérgica y radical, ordenando la ejecución de varios miembros de la alta nobleza y la detención o el exilio de los personajes influyentes que habían participado en la conjura. La guerra de La Rochelle fue el otro gran asunto que ocupó su atención como estadista. La rebelión de los protestantes alcanzó un punto de enorme peligro, no ya solamente porque suponía una grave contestación a la política absolutista, sino también por la ayuda que estaban recibiendo los sublevados de los ingleses, concretada en la participación activa y en la presencia en territorio francés de fuerzas extranjeras. El asedio que se hizo a la plaza clave de La Rochelle provocó finalmente su rendición, alcanzando las tropas reales un notable éxito con la derrota del levantamiento. El Edicto de Alès (1629), otorgado por el monarca, mantuvo en líneas generales el espíritu de tolerancia hacia los hugonotes que se había conseguido desde el Edicto de Nantes, pero anuló los privilegios políticos y militares que los calvinistas franceses venían gozando desde entonces. Un importante escollo que tuvo que salvar Richelieu para poder desarrollar su política antiaustriaca, volcando todo el potencial del Estado en su enfrentamiento con los Habsburgo, lo que consideraba esencial si se quería lograr el engrandecimiento de Francia, fue la opción contraria a sus planes representada por el partido devoto, del que formaban parte destacadas figuras de la familia real y de la Corte y que preconizaba una política amistosa hacia la Casa de Austria, defensora de la causa católica, la revocación del Edicto de Nantes para acabar de una vez con el problema hugonote y la necesidad de aplicar una serie de reformas internas (económicas, fiscales, judiciales) que remediasen la mala situación que se padecía por aquellos tiempos.

Luis XIII se encontró ante la difícil tesitura de tener que escoger entre ambos planteamientos, duda que resolvió finalmente a favor de las propuestas del ministro-prelado al otorgarle definitivamente su confianza en 1630, decisión que resultaría de gran trascendencia a partir de entonces por lo que supuso de pleno apoyo a las pretensiones de Richelieu de poner en un primer plano de actuación la lucha, encubierta primero, declarada públicamente después, contra los Austrias, olvidándose por tanto de cualquier reforma interior que pudiera distraer la atención prioritaria que se iba a tener sobre el objetivo exterior. De 1630 a 1642 Richelieu impuso un auténtico régimen de guerra en Francia, subordinando todas las decisiones al logro de sus deseos de acabar con el dominio de los Habsburgo. Para ello necesitó fortalecer el poder central, afianzar su autoridad, controlar férreamente los distintos consejos y los poderes regionales para evitar toda disidencia interna, a la vez que procuraba aumentar todo lo que se pudiera los recursos económicos de la Hacienda real para poder financiar su costosa política bélica y poner en pie un gran ejército y una poderosa marina, de la que tan necesitada se encontraba Francia. La colocación de hombres de su confianza en los principales órganos de la Administración, la utilización de los intendentes en las provincias, la creación de un eficaz montaje propagandístico y policial que justificara y garantizara sus proyectos, la exigencia de que todos los estamentos contribuyeran a los cuantiosos gastos que demandaba la empresa pública en la que se había embarcado, sin excluir a los grupos privilegiados, la petición de préstamos obligados, la venta de oficios y un fuerte aumento de la presión fiscal sobre las clases trabajadoras y humildes, fueron algunas de las principales medidas que se tomaron para poder dar satisfacción a la rígida política de Richelieu, que venía a profundizar para colmo de males la grave crisis socioeconómica que se estaba dejando sentir con gran intensidad sobre la población francesa, producto de las epidemias, malas cosechas y hambrunas que se padecían por aquellos años, lo que no hacía más que aumentar el descontento social.

Lógicamente se produjo un amplio rechazo a este régimen de guerra, establecido además en una pésima coyuntura y con un ambiente político lleno de tensiones y de luchas partidistas y estamentales. Las protestas y las agitaciones vinieron por todas partes y de casi todos los grupos sociales. Hubo intrigas en la Corte, conspiraciones de la nobleza, quejas del clero, reacciones opuestas en los Parlamentos y una serie casi ininterrumpida de levantamientos y revueltas populares, tanto urbanas como rurales, que marcarían esta etapa como una de las más conflictivas de la historia moderna francesa. Frente a tales resistencias y oposiciones, el Gobierno de Richelieu aplicó una dura acción represiva e intimidatoria que posibilitó, aun a costa de muchos sacrificios y pesares, seguir adelante con sus planes, aunque los frutos maduros de su política no llegaría a recogerlos con plenitud el todopoderoso cardenal, que moría a finales de 1642 con un gran renombre político internacional, aunque en su propio país muchos se mostraran satisfechos con su desaparición. Luis XIII no tardaría por su parte en desocupar el trono, pues su muerte se produjo algunos meses después de la de su ministro, en mayo de 1643, dejando tras de sí un heredero de tan sólo unos pocos años de edad, lo que llevaba de nuevo al período de incertidumbre política que toda regencia implicaba.

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