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Mundo fin XX

Desarrollo


En los primeros años sesenta, Europa occidental parecía un extraño oasis de paz en un mundo convulsionado por la lucha en pro de los derechos civiles en Estados Unidos, las guerrillas revolucionarias en Latinoamérica, las tensiones de la descolonización en Asia y Africa y los desencuentros de la URSS con sus Estados Satélites y con la República Popular China. La recuperación económica de los cincuenta y el establecimiento de regímenes democráticos estables no habían estimulado la acción violenta de los grupos extremistas de derecha o izquierda, en parte también por el recuerdo de las atrocidades nazis, por la psicosis de amenaza comunista heredada de la Guerra Fría y por el reforzamiento generalizado de los Estados Europeos, cada vez más capacitados para ejercer con eficacia el monopolio de la coerción. Precisamente en Europa oriental, la URSS y los regímenes de socialismo real perfeccionaban unos instrumentos de violencia estatal que se dirigían contra la disidencia interior, pero también si era necesario contra los países aliados, como pudieron constatar en junio de 1953 los obreros de Berlín Este, en octubre de 1956 los húngaros y en agosto de 1968 los impotentes testigos de la Primavera de Praga. Y sin embargo, a partir de estos momentos se observó un recrudecimiento generalizado de la violencia política en las sociedades europeas occidentales. Se trata de la reaparición de ese fenómeno político, social e ideológico denominado terrorismo.

El terrorismo no es sólo una doctrina o un régimen político, sino sobre todo una estrategia compleja de lucha violenta de la cual se han servido y se sirven Estados, partidos, comunidades étnicas y religiosas, organizaciones y movimientos nacionales o internacionales y grupúsculos de muy diversa ideología. La intención del terrorismo es destruir o al menos alterar el tejido social, político y económico de un país, interfiriendo en la distribución del poder y de los recursos materiales o espirituales en el seno de una sociedad. En la mayoría de los casos, el terrorismo no supone un acto aislado, irreflexivo y aberrante, sino que a pesar de la sorpresa e imprevisibilidad de sus acciones, éstas suelen apuntar a objetivos designados en función de su relevancia social, política, económica o simbólica, y forman parte de una estrategia global o de una táctica vinculada a fines políticos concretos.El terrorismo desestabilizador aparecido en los años sesenta actúa contra regímenes democráticos reales, pero con unos mecanismos coercitivos más poderosos, complejos y sofisticados que sus homólogos de la preguerra. Ello induce a los grupos terroristas a tratar de imitar a su manera esta eficacia tecnocrática y a organizarse en un entramado fuertemente centralizado, colocado fuera del alcance represivo de los Gobiernos afectados y encargado de elaborar la estrategia general de lucha. Sin embargo, la situación de aislamiento y la rígida división del trabajo establecida entre el brazo armado militante y el brazo legal o político dentro de estos movimientos provoca una dinámica interna peculiar: marcado por la clandestinidad y la sectarización, el grupo terrorista pierde poco a poco sus referencias en los movimientos sociales y se transforma en un "sistema de guerra" que ya no emplea la violencia como arma transformadora, sino como coartada para la autoconservación del grupo.

El mantenimiento a ultranza de la lucha armada con apoyo social decreciente conduce a luchas internas y escisiones que van relegando al grupo terrorista hacia la marginalidad y la desaparición.Resulta significativa la coincidencia del momento culminante del terrorismo revolucionario en Italia, España, Alemania y otros países que sufrieron sus embates de forma menos dramática. Aunque ese punto álgido se situó de mediados de los setenta a inicios de los ochenta, los precedentes del terrorismo urbano europeo hay que buscarlos, al menos, una década atrás, en el nacimiento, desarrollo y reflujo de una "nueva izquierda" que apareció como manifestación episódica de un ambiente generalizado de cambio ideológico, social y cultural tras las tensiones de la Guerra Fría. Como elemento constitutivo de una subcultura universitaria marcada por el optimismo y la utopía, pero también por el inconformismo y el maximalismo, la "nueva izquierda" elaboró una crítica global al "statu quo" político y social occidental -incluyendo en él al marxismo ortodoxo- donde se mezclaban de forma confusa aportaciones ideológicas de Mao, Trotski, Gramsci, Lukacs, Luxenburg, Sartre, McLuhan, la Escuela de Frankfurt o el pensamiento libertario clásico.La destrucción de la sociedad capitalista por métodos de lucha armada fue uno de los grandes mitos movilizadores de esta "nueva izquierda", subyugada por los éxitos de la guerrilla revolucionaria y antiimperialista en China, Vietnam, Argelia o Cuba, y persuadida, tal y como Frantz Fanon había descrito en Los condenados de la tierra, de que la violencia política ejercía una función moralmente emancipadora.

Los atentos lectores de Mao o de Ernesto Guevara que pululaban por las universidades europeas de los sesenta no pensaban, por supuesto, levantar una guerrilla en los Apeninos o la Selva Negra. Tanto más cuando a fines de la década la guerrilla rural "foquista", ensayada por el Che en Bolivia con resultados dramáticos, dejaba de ser un modelo atrayente ante los avances de la lucha contrainsurgente y el alejamiento de los movimientos sociales de referencia que sufrieron las organizaciones revolucionarias de América Latina; proceso de inversión que Régis Debray denunció en 1974 en otro ensayo famoso. Se miraba, por contra, con gran interés, la aparición de una táctica de lucha revolucionaria que podía aplicarse a los países desarrollados: la guerrilla urbana, utilizada con cierto éxito en Argelia y varios países latinoamericanos a fines de los cincuenta e inicios de los sesenta.El declive de la acción de masas tras la oleada reivindicativa de 1968 marcó el lento repliegue de la "nueva izquierda" hacia posturas reformistas en el seno de los partidos socialdemócratas o hacia movimientos reivindicativos sectoriales como el ecologismo, el feminismo, el pacifismo o los derechos humanos. A mediados de los años setenta, el izquierdismo y el movimiento de autonomía universitaria no eran sino un bello recuerdo que había dejado por el camino a una minoría de activistas inadaptados.

Los militantes más activos se dispusieron a actuar en pequeños grupos secretos de vanguardia en las grandes urbes.Además de su breve trayectoria política, las organizaciones terroristas de la izquierda revolucionaria muestran tres características reseñables. La primera es que, a diferencia de la guerrilla urbana tercermundista, que interpretaba el terrorismo como un factor táctico integrado dentro de una estrategia insurreccional de masas, se pretendió dar a este tipo de violencia un valor estratégico central y exclusivo. La segunda es su exiguo apoyo y su limitada extracción social, reducida en su mayor parte a grupúsculos universitarios y obreros de tono radical. En tercer lugar, y a pesar de su componente sectario, los grupos terroristas de la izquierda radical tienen un concepto global de la lucha revolucionaria que les impulsa a intervenir más allá de las fronteras de sus países de origen en acciones violentas de carácter internacional o transnacional.

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