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Economía Sociedad

Desarrollo


La Europa merovingia y visigótica vivió bajo el signo de la depresión demográfica heredada del Bajo Imperio. Algunos graves coletazos de peste que se han datado aún para los años 742-743, secuelas últimas de las oleadas que, desde unos siglos atrás, sacudieron a Inglaterra (664), Italia (hacia el 680) o la Narbonense (694). Desde mediados del siglo VIII sin embargo, se acostumbra a fechar un cierto enderezamiento demográfico que, se ha sugerido, posibilitó la restauración política impulsada por los primeros carolingios. Algunos estudios como los de P. Toubert para el Lacio, han avalado el auge del poblamiento desde comienzos del IX. Seguirá sosteniéndose a lo largo del siglo X a través de la "multiplicación de los puntos de población y la conquista de nuevos espacios agrícolas". La gran expansión, patente después del Año Mil, dispuso, así, de una buena plataforma de despegue. Se ha hablado de la inseguridad de los tiempos como de un factor retardatario para la recuperación demográfica. En efecto, regiones como las del Mediodía de Francia sufrieron una aguda crisis por ser frecuentemente campo de batalla entre cristianos y musulmanes o entre francos y poderes locales como el de la nobleza aquitana. Las segundas invasiones fueron menos graves que lo que los cronistas del momento pretenden. P. Toubert ha rebajado a la condición de epifenómenos las incursiones magiares o sarracenas sobre la Italia de los sucesores de Carlomagno.

Las oleadas de bandolerismo (el de los latrunculi christiani) tienen en más de una ocasión un poder desestabilizador mayor. Por todo ello, hablar de recuperación demográfica para los siglos VIII al X es hablar de un fenómeno extraordinariamente irregular y nada fácil de verificar en su conjunto. La Europa de Carlomagno sigue siendo un continente muy pobremente poblado. Para un millón largo de kilómetros cuadrados los cálculos más prudentes dan entre 15 y 18.000.000 de habitantes. La densidad, por tanto, estaría también entre los 15/18 habitantes por kilómetro cuadrado. Apreciación demasiado ilusoria ya que enormes extensiones de tierra están prácticamente vacías de hombres. La desigualdad en la distribución parece notable. Slicher van Bath ha establecido una escala que sitúa en el nivel superior a la región de París con 35 habitantes por kilómetro cuadrado; el segundo escalón lo facilitaría el Westergoo con 20; el tercero entre nueve y doce sería el de Frisia o Inglaterra; y el más bajo, entre cuatro y cinco, lo daría la zona del Mosela. Datos, como se ve, que no afectan más que a la Europa al Norte del Loira y que, además, muestran profundas diferencias entre regiones cercanas entre sí. Estos cálculos resultan tanto más ilusorios si tenemos en cuenta que, hasta hace poco, han sido resultado de la explotación casi exclusiva de algunos testimonios -muy valiosos, evidentemente- a los que resulta falaz abordar con criterios actuales. Por ejemplo, hablar de densidad de población en París y su región (la mejor dotada) es hablar de datos extraídos de la lectura del "Políptico" del abad Irminón de la abadía de Saint-Germain-des-Près.

La densidad deducible es la más alta y permite hablar de un incremento de la población en la región entre los siglos VI y VIII. Sin embargo, como ha observado G. Duby, estos datos optimistas sólo son válidos para nudos de poblamiento, para islotes en los que los hombres tienden a agruparse y entre los cuales quedarían inmensos espacios vacíos... Aparte la inseguridad de los tiempos como factor comprometedor del equilibrio demográfico, es necesario tener en cuenta también otras circunstancias. En primer lugar, la fuerte mortalidad, especialmente infantil. Se ha calculado que representaría hasta un 40 por 100 del conjunto: de cada cinco difuntos uno lo es en edad inferior a un año y dos antes de los catorce. Entre los adultos son las madres jóvenes las más afectadas. La tasa de fertilidad se sitúa entre el 0,22 para las mujeres fallecidas antes de los veinte años y el 2,8 para las que llegan al final del periodo de procreación. El número de hijos por pareja en tiempos de Carlomagno -y siguiendo los datos del ya mencionado "Políptico" de Irminón- no supera los 2,7 en los mejores casos, siendo la media general ligeramente inferior a dos. Estos datos, si es que pueden hacerse extensivos al conjunto del Occidente, nos presentan una sociedad que, en torno al 800, tiene cierta tendencia a quedar bloqueada en sus posibilidades de expansión. Para los años siguientes (siglo IX y comienzos del X) algunos documentos borgoñones permiten hablar de un incremento de la población en torno a un octavo por cada generación.

Pese a su carácter eminentemente estático, la sociedad de la Europa carolingia y otoniana presenció también algunos importantes desplazamientos de población. En su reborde meridional ibérico, el siglo IX conoce un proceso de colonización del valle del Duero y la vertiente sur del Pirineo. Iniciativas privadas y repoblaciones oficiales acabarían integrando estas tierras en los primeros conjuntos políticamente coherentes de la España cristiana. Distinto es el caso italiano en donde el incremento de población del siglo X acarrea un nuevo ordenamiento de los espacios habitados: es el llamado incastellamento resultado de la multiplicación de castelli levantados no sólo por razones defensivas sino también con ánimo de dominar un hábitat rural en vías de concentración. De empresa urbanística y de urbanismo aldeano ha calificado P. Toubert este fenómeno. Ello nos llevaría a preguntarnos ¿qué papel desempeña la ciudad en la Europa de los carolingios y sus epígonos? Bajo distintos nombres (urbs, civitas, castrum, burg... ) se conocen en la época aquellas aglomeraciones de población que son centros de poder político o eclesiástico, puntos de defensa o, en algunos casos, centros de intercambios comerciales. La contracción generalizada de la vida urbana en el Alto Medievo contó con algunos paliativos. Vendrán, por ejemplo, de la dinamización de algunos núcleos favorecidos por el poder político como centros de decisión lo fue Aquisgrán bajo Carlomagno, Worms para los otónidas y Oviedo -y más tarde León- para los monarcas hispano-cristianos occidentales.

Vendrán del importante papel religioso como sedes episcopales o centros de peregrinación: Roma, aunque reducida urbanísticamente a un simple poblachón, seguía conservando mucho de su viejo prestigio. O vendrán -casos de la Italia del siglo X que han ilustrado Cinzio Violante o Pierre Toubert- del propio dinamismo de los grandes propietarios rurales (laicos o importantes abadías) interesados en extender a los centros urbanos sus circuitos de intercambios. Ciudades como Milán o Pavía se beneficiaron notablemente de este proceso. En último término, las propias necesidades defensivas pueden dar pie a la multiplicación de numerosos puntos de defensa (los boroughs ingleses, por ejemplo) que, a la larga, contribuyan a hacer más tupido el tejido urbano.

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