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Fue el resultado de rivalidades históricas. El Imperio sueco, forjado a raíz de los acuerdos de Westfalia, chocaba en su escenario geopolítico con los intereses de Polonia, Rusia, Dinamarca y Brandeburgo, e incluso se había inmiscuido en los asuntos continentales por los compromisos y ventajas adquiridas en el siglo XVII. No sólo intervenía en el área comercial báltica, sino que con su ejército y marina, reorganizados con Carlos XI, presionaba sobre Brandeburgo y manipulaba el equilibrio de poder en perjuicio de Dinamarca por medio de las posesiones de Bremen, Verden y Wismar y la alianza dinástica con el duque de Holstein-Gottorp. Su protagonismo se vio facilitado por la debilidad de Rusia y Polonia, la participación de las potencias marítimas en el Báltico, que obstaculizaban el control danés de los dos lados del Sund, y la rivalidad entre Borbones y Habsburgos. Numerosas coincidencias tuvieron lugar en 1698, preámbulo de la Guerra del Norte. El matrimonio del duque de Holstein-Gottorp con Edvige Sofía, hermana de Carlos XII, crispó a Cristian V de Dinamarca, porque contemplaba impotente el cierre de la frontera sur y aumentaba el peligro de una invasión, y provocó su acercamiento a Pedro I, deseoso de la recuperación de las tierras bálticas y de la apertura de una puerta al mar. Al mismo tiempo, los nobles livones, capitaneados por Patkul, se consideraron agraviados por la reducción -recuperación de las tierras de antigua propiedad real-, aplicada en la provincia y conspiraron para facilitar una irrupción en el territorio.

Tales ofertas animaron a Polonia a entrar en la coalición secreta al lado de Rusia y Dinamarca. Augusto II asaltó Livonia con tropas sajonas, pero fueron rechazados por Suecia en Riga gracias a las dotes de estratega y diplomático del monarca. Carlos XII atacó a los daneses y firmó el Tratado de La Haya de 1700 con las potencias marítimas, preocupadas por atraer a Suecia al bando antifrancés, que aportaron contingentes navales para invadir las islas danesas y conseguir la Paz de Travendhal, en agosto de 1700, con el reconocimiento de la plena soberanía del duque Holstein-Gottorp. Después, los suecos realizaron varias operaciones en la costa oriental báltica y hostigaron a rusos y sajones, con la famosa victoria de Narva contra Pedro I. También persiguieron a los ejércitos de Augusto II hasta Polonia, al que depusieron a finales de 1704 y lo sustituyeron por Estanislao Leczinski, perteneciente al bando de partidarios, e impusieron el Tratado de Varsovia., en noviembre de 1705, por el que podían reclutar hombres en Polonia, nutrir con suecos las guarniciones de las fortalezas, cerrar los puertos comerciales, canalizar los intercambios hacia los puertos livones, anular los pactos concertados sin su aprobación, eximir a los comerciantes suecos de aranceles en sus negocios o en los de reciente creación y, por último, ordenar la incorporación del tratado a la legislación polaca para su juramento en las coronaciones. Semejantes vejaciones despertaron el nacionalismo de los partidarios de Augusto II, pero Carlos XII, inesperadamente, entró en el Electorado de Sajonia y le obligó a su renuncia en 1706 por el primer Tratado de Altranstädt, que, además, significaba la ruptura de todos los compromisos exteriores polacos, el reconocimiento del Tratado de Varsovia, y de Leczinski, la entrega de Pakul y la autorización para la invernada militar en Sajonia.

Estas actuaciones no representaron el final de la guerra, pues el bando antisueco en Polonia ofreció partes de su territorio a Federico I y a Pedro I. Al comienzo de la invasión de Sajonia, Estocolmo lanzó una red diplomática para que los países de Europa occidental no justificasen la intervención por la intromisión sueca en el Imperio. Se adujo que no habían actuado antes porque la guerra era favorable a los aliados y, por tanto, innecesaria, mientras que ahora Francia obtenía los mejores resultados en los campos de batalla. La excusa tuvo los objetivos previstos y no existió una condena unánime a la entrada sueca en el Electorado. José I Habsburgo se apresuró a firmar con Carlos XII el segundo Tratado de Altranstädt, temeroso de una alianza franco-sueca que reforzase su posición como en la Guerra de los Treinta Años, y confirmó los derechos de las Iglesias protestantes en Sajonia. La inquietud provocada por la Guerra del Norte no sólo llegó a Viena, pues Luis XIV y los aliados aceleraron el envío de emisarios y delegados para ganarse el favor del monarca triunfador. Carlos XII, equivocado en sus predicciones, pensó que disponía de tiempo suficiente para atacar a Pedro I y antes quiso asegurar los logros conseguidos. Sin las tropas auxiliares prusianas prometidas destinadas a Polonia bajo mando sueco, tuvo serias dudas a la hora de la retirada de Sajonia por temor a que Augusto II atacase por la retaguardia cuando estuviese enfrascado en la campaña de Rusia.

Por tal motivo, inició negociaciones con las potencias marítimas para el reconocimiento de Estanislao Leczinski, aunque, tras negar los Tratados de Altranstädt, únicamente consiguió la confirmación de Gran Bretaña a cambio de la promesa de neutralidad en la guerra española y ayuda militar a los aliados al término de la empresa contra Pedro I. Por su parte, los holandeses rechazaron la posibilidad de cualquier concesión por el peligro de perder las ventajas comerciales con Rusia. En definitiva, incumplido el objetivo de afianzar sus posiciones, Carlos XII reinició la contienda sin la protección y garantías debidas, tras la pérdida de demasiados meses en territorio polaco y sajón. El rey sueco quiso el rescate de las zonas tomadas en 1700 y la rectificación de las fronteras a favor de Suecia y Polonia. La ruta poco habitual adoptada en la campaña de 1708, atravesando Ucrania para mantener contacto con los cosacos, no asustó al zar, quien propuso conversaciones de paz con la sola condición de conservar la desembocadura del Neva. La importante presencia sueca en los foros internacionales disuadió al resto de los países de cualquier intervención como mediadores. Pedro I, fracasada la vía diplomática, reorganizó su ejército, abandonó el suelo polaco y utilizó la estrategia de la tierra quemada con excelentes resultados. En el verano de 1709, los rusos recibieron la orden de resistir en la plaza de Poltava, desafió buscado por los suecos para fortalecer su posición en Occidente y atraerse a cosacos y turcos.

Pero el refuerzo de la fortaleza, la retirada de Carlos XII herido y la desmoralización general de su ejército provocó la rendición de Perevolovna, en julio de 1709, con catastróficas consecuencias: Suecia, desprovista de sus contingentes militares, pasó a un segundo plano en Europa y sólo mantuvo su prestigio en el Báltico; el rey se vio obligado a refugiarse en el Imperio otomano, donde quedó aislado durante años; los cosacos fueron castigados con la pérdida. de sus libertades y sus colonias pasaron a la supervisión de los vaivodas o gobernadores locales; Augusto II, por su renuncia a los derechos sobre Livonia y por la conveniencia estratégica rusa, recuperó la Corona polaca; el ataque conjunto de los daneses a Suecia y Holstein-Gottorp se tradujo en devastaciones y agresiones constantes; la Paz de Travendhal se anuló por la falta de concurso de los países garantes, enfrascados en la Guerra de Sucesión española. Conocida la situación, las potencias marítimas celebraron las Convenciones de La Haya de 1710 para asegurar la neutralidad de las posiciones suecas en el Imperio, único medio de preservar la paz en Alemania y utilizar las tropas sajonas y danesas contra Francia. El resultado fue un antagonismo permanente entre Carlos XII y las potencias marítimas y el consiguiente acercamiento a los Borbones, ratificado con la firma de una alianza en abril de 1715. Las proyectos de contraofensiva se oponían no sólo al acuerdo, sino también a los planteamientos del Consejo de regencia de Estocolmo, mucho más preocupado por los problemas internos, en especial por la crisis económica y por la oportunidad de limitar la autoridad real en favor de la mejora del papel político de la nobleza, que por la anhelada reorganización del ejército pedida por el rey ausente.

Nadie supuso que la estancia de Carlos XII en Turquía duraría cuatro años. Obsesionado por la reparación de los efectos de Poltava, intrigó en la corte del sultán Ahmet III contra Pedro I hasta que consiguió la declaración de guerra en 1711. No estaba solo en tales conspiraciones; los hábiles enviados franceses procuraban que continuase la antigua posición de fuerza de los suecos en la Europa septentrional. Los desastres militares rusos, cuyos ejércitos carecían de las ventajas derivadas de las reformas posteriores, apresuraron la firma del Tratado de Pruth, en julio de 1711, donde el Romanov concluía una guerra demasiado prematura con vagas negociaciones, renunciaba a los territorios adquiridos tras Carlowitz y abandonaba la causa de Augusto II de Sajonia. Carlos XII se convirtió, entonces, en un invitado demasiado molesto para la nueva coyuntura diplomática. Ahora, los turcos precisaban el consenso de países hostiles a Estocolmo porque iniciaron la conquista de Morea y una guerra con Venecia. Desde Poltava, el zar había ganado un indiscutible prestigio en los foros internacionales, sobre todo en Oriente, ya que se perfilaba como una gran potencia a la que no se podía olvidar. Después de conversaciones bilaterales, se firmó el Tratado de Adrianopolis, en junio de 1713, por el que se rectificaron las fronteras meridionales rusas hasta el río Orel, al tiempo que se producía la retirada de Polonia, y Augusto II fue reconocido por la Sublime Puerta.

El giro político otomano se explicaba por la posesión veneciana de Morea y la presencia constante de su flota, lo que despertaba el temor de una invasión de la capital. Tal situación convirtió a las cuestiones danubianas en secundarias y el inicio de las contiendas sólo era cuestión de tiempo. Efectivamente, en enero de 1715, por una serie de asuntos sin importancia relacionados con las rebeliones montenegrinas, se declaró la guerra para recuperar el ansiado territorio. En septiembre de 1714, Carlos XII, acompañado de sus colaboradores Estanislao Poniatowski y Felipe Orlik, abandonaron el Imperio otomano en dirección a Stralsund para, después, pasar a Suecia. Con el regreso se abrió un período reformista orientado a sentar las bases para recomenzar su proyecto y lograr el expansionismo exterior. De acuerdo con los dictados de su padre, consideró que debía terminar la autonomía administrativa de las provincias y creó un Consejo en Estocolmo que centralizó todos los asuntos; las relaciones internacionales dejaron de ser competencia exclusiva del Consejo real o del Consejo de regencia, en su caso, para pasar a la cancillería, que él dirigiría según los intereses de la Corona, y sin el concurso de los principales nobles; reorganizó la hacienda y se preocupó de la coyuntura económica general, básica para el buen fin de sus proyectadas campañas militares; por ejemplo, aplicó un férreo mercantilismo destinado a la obtención de oro y plata. Las reformas le permitieron disponer de nuevo de un ejército disciplinado, numeroso, bien pagado y magníficamente pertrechado.

Como se esperaba, las reivindicaciones de Carlos XII desencadenaron la guerra en 1715. Cualquiera que fuese el resultado del conflicto desestabilizaría el juego de fuerzas en el área septentrional y hasta el derivado de los Tratados de Utrecht-Rasttadt. Suecia podría recuperar su anterior protagonismo, que sólo había ocasionado problemas al resto de los países porque siempre había seguido una política confusa y cambiante, mientras que la sustitución por Rusia también despertaba grandes recelos. Carlos XII, condicionado por las alianzas enemigas, inició conversaciones de acercamiento con Rusia y Gran Bretaña, consideradas otra vía alternativa para sus fines. Fracasó por varias razones: la negativa rusa a la devolución de los puertos de la costa oriental, las pretensiones de Jorge I de ocupar Bremen y Verden, el rechazo de Carlos XII ante cualquier demanda considerada de importancia, la creencia generalizada de todos los participantes en las negociaciones de que podrían conseguir mayores ventajas con un conflicto bélico, el menosprecio danés por la firma de acuerdos que mantuviesen la inestabilidad en la zona y, por último, las conspiraciones de Estocolmo por medio de contactos con Jacobo Estuardo y el zarevich Alexis, que motivaron el recelo de Jorge I y Pedro I, asustados por sus coronas, y la retirada de las reuniones tras comprender que necesitaban campañas victoriosas exteriores para afianzar sus posiciones interior e internacional.

Envalentonado por el triunfo de sus reformas internas y la actitud negociadora de los aliados, Carlos XII continuó en 1718 con la campaña de Noruega y murió en el asalto de la plaza de Frederiksten. Con este accidente se truncaban los sueños imperialistas de los suecos, aunque el suceso no significó el final de la contienda porque sus generales, identificados con la causa, intentaron cumplir las órdenes recibidas. La sucesión al trono se planteaba como un asunto complicado por las aspiraciones de Federico de Hesse, casado con Ulrica Eleonora, y su sobrino Carlos Federico de Holstein-Gottorp. Federico de Hesse se convirtió en Federico I a costa del régimen absolutista defendido desde el Seiscientos, si bien siguió la política exterior carolina y se afianzó en la idea de no renunciar a nada antes de disponer de auténticas garantías. A pesar de todo, la desesperada situación sueca se salvó gracias al temor despertado por la presencia rusa en el Imperio y Polonia y a la necesidad de preservar el equilibrio báltico. Gran Bretaña y Francia dirigieron las conversaciones diplomáticas ante las inminentes victorias rusas, que cuajaron en los Tratados de Estocolmo y Frederiksborg, de 1719 y 1720, compuestos por múltiples cláusulas, aunque los principales acuerdos significaron los traspasos de Bremen y Verden a Hannover, Stettin a Prusia y ciertas partes de Holstein-Gottorp a Dinamarca. Curiosamente, el personaje que había iniciado la Gran Guerra del Norte, Augusto II, perdía Livonia y no estaba incluido en las discusiones.

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