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Datos principales


Rango

Expans europea XVI

Desarrollo


Si los siglos XV y XVI fueron una etapa decisiva para la formación de los Estados protonacionales, de las nuevas organizaciones políticas que pretendían cerrarse en torno a un marco propio que las caracterizaran territorialmente, con una marcada tendencia a la unificación (administrativa, social, religiosa) y a la centralización política, no fue menos cierto que dicha época asistió también al desarrollo de grandes construcciones imperiales que alcanzaron en su transcurso la madurez necesaria para convertirse en potencias de primerísima fila en el plano de las relaciones internacionales, gracias a que supieron construir una maquinaria de poder (demográfico, económico, burocrático, militar) sobre la que sustentar su expansionismo y su supremacía en amplias zonas. El caso del Imperio turco fue quizá el más relevante, pues durante el Quinientos logró su máximo esplendor, en un dominio que se extendió por tres Continentes (Europa, Asia, África). La creación de este vastísimo conjunto territorial no se produjo por motivos de herencia, enlaces matrimoniales o relaciones dinásticas, sino pura y simplemente por efecto de conquistas que iniciadas en el Medievo se continuaron a lo largo de varios siglos hasta alcanzar su mayor extensión en el siglo XVII. Originarios del Asia Central, los turcos otomanos se establecieron en la península de Anatolia a raíz de la destrucción, a fines del siglo XIII por los mongoles de Gengis Khan, del que hasta entonces había sido el primitivo imperio de los turcos selyúcidas.

En poco tiempo la belicosa tribu de los turcos otomanos, ya asentada tras su marcha hacia el Oeste, se apoderó de núcleos importantes en el Asia Menor, volcando su esfuerzo a continuación contra los grupos eslavos balcánicos. Ya a finales del XIV habían penetrado en Europa, derrotado a búlgaros, servios y albaneses (batalla de Kosovo en 1389), ocupado la zona griega (toma de Atenas en 1397) y puesto cerco a Constantinopla, capital de lo que quedaba del ya casi desaparecido Imperio Bizantino. Superado en los primeros años del siglo XV el peligro que supuso en la propia península de Anatolia la presencia otra vez de los mongoles, el sultán Mohamed I (1413-1421) logró consolidar el Reino otomano. Renovado impulso le dio su hijo, Murad II (1421-1451), sometiendo a casi toda la península de los Balcanes. Con su prolongada estancia en el poder establecería una característica que se repetiría con frecuencia en el transcurso de esta época de avance otomano, siempre en beneficio de la estabilidad del Imperio, pues la mayor parte de los sultanes que le sucederían gozaron de dilatados periodos de mandato. Prueba de ello fueron las tres décadas del gobierno (casi idéntica duración a la de su padre) de Mohamed II (1451-1481), iniciadas con una de las conquistas más conocidas de la historia: la toma de Constantinopla en 1453. Caía así el último baluarte del Imperio Romano de Oriente, lo que suponía además un notable triunfo de la ley coránica, del credo musulmán, con lo que ello significaba de pérdida para el Cristianismo occidental.

Murad II había sido el creador de esa fuerza incontenible de las llamadas tropas nuevas, de los jenízaros; su hijo supo sacarle un notable rendimiento convirtiéndola en eficaz instrumento de su política de conquista. Los éxitos de Mohamed II fueron repetidos y destacados: en 1456 ocuparía Belgrado, aunque de forma provisional; en 1460 le tocó el turno a Morea y a las islas todavía defendidas por los griegos; en 1463 el ejército otomano destruyó el Reino de Bosnia; en 1468 fueron los albaneses los que definitivamente tuvieron que rendirse; en 1480 ocurrió la tan temida por Occidente penetración en Italia con la toma de Otranto que amenazaba directamente a Venecia y al Papado. Hacia el Este los triunfos no fueron menos llamativos: ocupación de Trebisonda en 1461 y de Crimea en 1479.

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