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Datos principales


Rango

Bajo Imperio

Desarrollo


La proclamación de Diocleciano como emperador tras el alzamiento de sus tropas no lo diferenciaba en nada de sus antecesores inmediatos. Pero la constitución que se redactó, después de años de tanteos, sí que significaba el fin de medio siglo de anarquía: un sistema de gobierno presidido por dos Augustos, uno para Oriente y otro para Occidente, secundados por dos Césares que al cabo de veinte años pasarían a ser Augustos y designarían a dos nuevos Césares. . Una visión simplista de la historia cree que esto significó el fin del Imperio Romano. Nada más lejos de la realidad: Diocleciano no quería otra cosa que ser emperador, y de hecho lo fue en los veinte años de la Tetrarquía. En el fondo su régimen venía a perfeccionar el de los Antoninos, e incluso el de los Severos, con su reparto de poder (Marco Aurelio y Lucio Vero, Septimio Severo y Caracalla). Cualquiera que fuese la residencia de los emperadores, Roma seguía siendo la capital del Imperio, y lo fue hasta el año 360; de hecho, durante el gobierno de Diocleciano la romanización y latinización del Imperio alcanzaron su máxima intensidad. Lo primero que en el terreno del arte diferencia a esta época de su predecesora es la reaparición de las obras patrocinadas por el Estado. Las únicas que lo habían sido en el cincuentenio de la Anarquía tenían todas carácter militar: los Muros Aurelianos, en Roma, y cinturones defensivos similares en multitud de ciudades del norte del Mediterráneo.

Alguna otra, como el Templum Solis de Aureliano, apenas ha dejado rastro. Ahora era distinto: el año 298 inicia el Augusto de Occidente, Maximiano Hercúleo, la construcción de las termas que unos años después serán inauguradas a nombre de Diocleciano y de su primer promotor, las más grandes que nunca tuvo Roma, y las mismas que, en parte pequeña, convirtió Miguel Angel en una de las principales basílicas de Roma: Nuestra Señora de los Angeles. En el 315 alza Constantino las suyas en el lomo del Quirinal, en las proximidades de dos estatuas de las más célebres de la Roma de hoy: los Dioscuros de Montecavallo, testigos, como otras estatuas, del esplendor ornamental de aquellas termas. Entre Majencio y Constantino levantaron la basílica que hoy es más conocida con el nombre del primero.

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