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Datos principales


Desarrollo


El mismo Bertrand Russell, haciendo un breve balance de su vida cuando en 1952 cumplió los ochenta años, recordaba la ilusionada confianza en el futuro en que su generación, nacida en torno a 1875, había sido educada: "en mi juventud -escribió- nadie ponía en duda el optimismo victoriano. Se pensaba que la libertad y la prosperidad se extenderían gradualmente por todo el mundo, siguiendo un ordenado proceso de desarrollo; se esperaba -añadía- que la crueldad, la tiranía y la injusticia irían disminuyendo de manera continua". Políticamente, la idea de progreso decimonónica quedó asociada a la creación de sistemas políticos liberales y parlamentarios. Y en efecto, la edad de las masas propició en principio el desarrollo de las instituciones parlamentarias. Ciertamente, en 1900, Rusia era un Imperio autocrático; Bulgaria, Serbia y Montenegro eran monarquías autoritarias, y Alemania y Austria-Hungría, imperios conservadores con Constitución, libertades políticas, parlamentos, partidos y elecciones pero con gobiernos designados por la Corona y no plenamente parlamentarios. Pero Gran Bretaña, Bélgica, Dinamarca, Holanda, Portugal, España, Suecia, Noruega (que se separó de Suecia en 1905), Italia, Rumanía, Grecia y Luxemburgo (desgajado de Holanda en 1890) eran ya monarquías parlamentarias, gobernadas por gabinetes responsables ante legislaturas elegidas por electorados más o menos amplios; y Francia y Suiza eran repúblicas.

El sufragio universal masculino había sido introducido en Francia y en Alemania en 1871; en Suiza, en 1874; en España, en 1890; en Bélgica, en 1893; y en Noruega, todavía integrada en la Corona sueca, en 1898. En Gran Bretaña, las reformas de 1867 y 1883 habían elevado el electorado a 2,4 millones de electores en 1869 y a 5,7 millones en 1884, lo que suponía que tenía derecho al voto aproximadamente el 30 por 100 de los varones de más de 20 años. La vida política distaba aún de ser plenamente democrática. El sufragio femenino tardó en ser aceptado: antes de 1914, sólo lo hubo en Finlandia (1906) y Noruega (1913). A principios del siglo XX, el mismo sufragio masculino tenía severas limitaciones de edad: hacia 1914, la edad electoral de una mayoría de países estaba fijada en torno a los 25 años (en Italia, en los 30), por lo que, como en Gran Bretaña, el derecho al voto correspondía en términos generales sólo a una tercera parte de la población adulta. El poder de muchos Parlamentos era limitado: por ejemplo, en la Alemania imperial. En muchos países (Gran Bretaña, Francia, Italia, España, Dinamarca, Suecia), existía una Cámara alta que primaba la representación o censitaria o indirecta, e incluso, en el caso británico, la representación hereditaria (y ya quedó dicho que la Cámara de los Lores no perdió su poder de veto hasta 1911). El trazado de los distritos tendía, en muchos países, a disminuir el voto urbano y a primar el voto rural y conservador.

Los sistemas y leyes electorales eran complejos y en muchos casos, excluyentes: el sistema del voto plural belga de 1893, por ejemplo, daba votos adicionales a los padres de familia, a los propietarios y a los licenciados, mitigando así el sufragio universal. Los censos siguieron siendo imperfectos hasta bien entrado el siglo XX. Muchas constituciones monárquicas aún reservaban amplias facultades ejecutivas a la Corona: era el caso, entre otros, de Dinamarca (hasta 1901), Suecia (hasta 1917), Holanda, Bélgica, Italia, España y Portugal. Las formas tradicionales de clientelismo perduraron y en algunos países -Italia, España, Portugal, por citar sólo países occidentales- siguieron de hecho suplantando a la voluntad nacional. Los partidos políticos, finalmente, base del sistema parlamentario, eran todavía en casi toda Europa partidos de notables: en Inglaterra, el club aristocratizante, exclusivista y minoritario por definición, siguió siendo pieza esencial de la política hasta bien entrado el siglo XX. Pero con todo, el principio de que el poder político debía derivarse de la voluntad popular manifestada en elecciones periódicas, y estructurarse en gobiernos parlamentarios presididos por un primer ministro salido de la mayoría parlamentaria, constituía en 1914 un principio casi indiscutible en la política europea. En ese contexto, la aparición de las masas -electorados ampliados, opinión pública articulada, prensa moderna, partidos populares- en la vida pública en los últimos veinte años del siglo XIX y primeras décadas del XX cambió sustancialmente la política.

De una parte, potenció las posibilidades democráticas implícitas en los supuestos del liberalismo parlamentario europeo: fue entonces cuando se produjo la definitiva evolución hacia la monarquía democrática de países como Gran Bretaña, Bélgica, Holanda y los Países escandinavos, y cuando se modernizó sensiblemente la política en Alemania, Austria-Hungría, Italia, España, Grecia, Portugal e incluso en Rusia y Turquía: a título de ejemplo, el sufragio universal masculino se extendió ahora a Finlandia (1906), gran ducado autónomo del Imperio zarista, Austria (1907), Italia (1912), Dinamarca (1915), Holanda (1917) y Suecia (1918). Pero la entrada de las masas en la política conllevó también la irrupción de ideologías y mitos colectivos, ilusiones universales, pomo las llamó según quedó apuntado Gaetano Mosca, y propició, además, en casi todas partes, una amplísima movilización política y social de la opinión y una polarización sin precedentes de la vida pública (e incluso, en ocasiones, el estallido de manifestaciones de irracionalismo colectivo previamente desconocidas). Fue por eso que aquella evolución hacia formas más democráticas de participación y organización políticas no siguiese más que excepcionalmente aquel ordenado proceso de desarrollo en que, según Russell, se creía mayoritariamente hacia los años setenta y ochenta del siglo XIX.

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