Su precedente, el Spitfire Mk XIV, iba a pasar a la historia de la aviación como uno de los aparatos más eficaces y poentes. Se Para ello, se incrementó su capacidad para el carburante y se consolidó su estructura reforzando el tren de aterrizaje. De estos y otros cambios surgió el Spitfire Mk XVIII. En 1945 ya se habían producido 300 unidades de este modelo -una tercera parte eran cazas y los restantes cazas de reconocimiento-. Además de éste se creó un avión de reconocimiento fotográfico en regiones tropicales, bautizado como PR.Mk XIX. Estos se continuaron empleando después de la guerra en países como China, pero cambió su nombre por el de PR Mk 19.
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El Walrus -que significa morsa- surge ante una petición del gobierno australiano, que solicita al británico 12 hidroaviones catapultables. Tras esta petición inicial se aumentó el número de su fabricación hasta 556 hidroaviones. Dentro de esta partida, se introdujeron ciertas mejoras en los últimos al llevar incorporado un radar aire-superficie. El objetivo de esta serie era desempeñar labores de reconocimiento y salvamento en aire y mar. Hasta enero de 1944 se llegaron a entregar 191 unidades del Walrus MKI.
obra
El grupo SITE, con el liderazgo de James Wine, ha consolidado una forma metafórica de hacer arquitectura, la de-arquitectura. Sus trabajos más conocidos son, sin duda, los supermercados de la cadena BEST, realizados durante los años setenta. En esos edificios, las fachadas se convierten no sólo en un reclamo publicitario y ambiguo, en el que los muros aparecen arruinados, doblados, inclinados o despegados, sino que además plantean la recuperación de una vieja polémica de la Ilustración, la de la relación entre arquitectura y construcción en la que el muro cumple una función decisiva como forma de la arquitectura. Es más, cómo no establecer una vinculación entre la ruina construida del supermercado BEST y la ruina de un muro romano grabada por A.J.B. Rondelet en su "Traité théorique et pratique sur l'art de batir", publicado en París a comienzos del siglo XIX.
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La religión romana era animista, es decir, consideraba que todos los objetos y las fuerzas del cielo tenían relación con lo divino. En consecuencia, los hombres debían intentar aprovechar estas fuerzas en su provecho, para lo que recurrían a prácticas mágicas. La mala suerte era combatida mediante el uso de amuletos, que a veces se colocaban en pequeños contenedores (bullae) que eran colgados del cuello de los niños. Otro remedio contra la mala suerte y los malos espíritus era utilizar un símbolo fálico, que representaba la fertilidad. El símbolo del falo era usado para combatir la esterilidad de campos, animales y mujeres, situando estatuas de Príapo cerca de jardines y viñedos. También se utilizaban estatuas de Hermes de Arcadia, con forma de pilar, el pene erecto y los genitales en relieve. La superstición popular personificó sus temores en fantasmas, brujas, vampiros y hombres-lobo. En ocasiones, la magia no era utilizada sólo como defensa sino también como forma de atacar a un enemigo, invocando en este caso a los dioses del infierno. La magia era usada también para maldecir a alguien, recurriendo a palabras sin sentido con las que, probablemente, imitaban a algún lenguaje supuestamente demoníaco. Los enamorados rechazados combatían la resistencia del otro con filtros de amor, muy difíciles de usar. Así, según Suetonio, Calígula enloqueció a causa de un filtro administrado por Cesonia, su esposa. Los filtros se confeccionaban mezclando elementos puros con impuros. Así, en ellos se utilizaban órganos de niños, obtenidos en sacrificios secretos. En la tumba de un niño del Esquilino, antiguo cementerio de Roma, puede leerse: "Vivía en mi cuarto año, pero ahora estoy bajo tierra cuando podría haber sido la alegría de mis padres. Una bruja cruel tomó mi vida y ella aún sigue viva practicando sus peligroso artificios. Vosotros, padres, cuidad de vuestros hijos si no queréis que el corazón se os rompa a causa de la desesperación". Otra práctica llevada a cabo por los enamorados consistía en utilizar dos pequeñas estatuas, una de cera y otra de barro. Puestas ambas al fuego, la primera representaba, al fundirse, el corazón solícito de la persona deseada, mientras que la segunda, al endurecerse, simbolizaba ese mismo corazón despreciando al resto de amantes.
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Los ataques continuos de árabes, búlgaros y eslavos pusieron a prueba la capacidad de resistencia de un imperio reducido en su extensión pero más homogéneo, debilitado pero capaz de poner a punto un régimen administrativo y más relaciones entre sociedad y poder más eficaces. Aquellos tiempos difíciles fueron el crisol donde se formó un país distinto, en el que ha desaparecido ya todo elemento transicional con respecto a la Antigüedad. Heraclio había dado mayor estabilidad a la transmisión del título imperial al designar co-emperador en vida, lo que permitió la creación de una dinastía que duró hasta el año 711 en la que se sucedieron cuatro generaciones de heraclidas: Constantino III, Constante II (641-668), Constantino IV (668-685) y Justiniano II (685-695 y 705-711). La inestabilidad creció desde el año 695 debido a sublevaciones militares que daban origen a emperadores efímeros como Tiberio II (696-705), Bardanes (711-713), Artemio (713-715) y Teodosio III (715-717). El acceso al trono del estratega de Anatolia, León el Isáurico (717-741) marcó el comienzo de una nueva dinastía. Heraclio consideró imposible reaccionar ante las conquistas árabes después de las derrotas de Adinadeyn y Yarmuk y de la pérdida de Jerusalén y Damasco, y abandonó Palestina y Siria para concentrarse en la defensa de Anatolia, protegida por la cadena montañosa del Taurus. Tampoco tuvo éxito la contraofensiva de su nieto Constante II en el año 644 para reconquistar Alejandría y expulsar a los árabes de Egipto, donde habían contado con fuertes ayudas de los monofisitas. Los árabes ocuparon buena parte de Armenia en el 653 y, contando ya con barcos egipcios y sirios, llegaron a tomar Chipre y Rodas y a vencer en el mar a los griegos (año 655) poco antes de la querella interna que enfrentó a Ali y a Mu'awiya: Constante II encontró en ella un alivio inesperado pero no intentó volver sobre las tierras perdidas frente a los árabes, lo que es muy significativo, sino que aprovechó las circunstancias para intentar la recuperación de Macedonia, desde donde deportó en el año 658 muchos eslavos a Anatolia, iniciando una práctica que se repetiría en los siglos VIII y IX, y para asegurar sus dominios en el Mediterráneo occidental africano e italiano y en la costa dálmata del Adriático que, a pesar de las invasiones eslavas, seguiría siendo bizantina hasta el siglo X, a través de diversos avatares, y se organizó como tbema desde el año 870. Después de viajar a Nápoles y Roma, el emperador murió en Siracusa. Su hijo Constantino IV hubo de hacer frente a la segunda oleada de expansión árabe, bajo la dinastía omeya, y a nuevas situaciones de peligro en los Balcanes. En el primer aspecto, los árabes intentaron la entrada en Anatolia e incluso el asalto a Constantinopla por vía marítima, después de tomar la isla de Chio y la península de Cízico, cutre los años 674 y 678 pero los griegos consiguieron conjurar ambos peligros, en el caso de la defensa de su capital apelando al uso del recientemente descubierto fuego griego, que les permitió incendiar los barcos enemigos. El cese de los ataques árabes desde 678 y el equilibrio logrado con ellos en zonas disputadas como Chipre y Armenia, permitió concentrar la atención en el otro gran escenario donde se jugaba la supervivencia imperial, el de los Balcanes. El alejamiento de los ávaros era ya definitivo a finales del siglo VII, así como su sedentarización en Panonia y regiones adyacentes pero nuevos e igualmente peligrosos vecinos habían venido a sucederlos en la persona de los búlgaros, pueblo de raza turca que se había establecido, en gran parte, sobre el curso del bajo Danubio a principios del siglo VII, primero bajo dominio de los ávaros y luego, en época del jan Kuvrat, independientes: la llegada de otro pueblo nómada, los jácaros, los obligó a un nuevo desplazamiento, primero a las tierras de la desembocadura del Danubio, hacia el año 670, y luego, tras vencer la resistencia bizantina, a las situadas entre el río y los Balcanes, en la antigua provincia de Mesia, bajo el mando del jan Asparuch, donde se mezclaron con poblaciones eslavas. Se formó así un nuevo poder búlgaro-eslavo que Bizancio hubo de reconocer, e incluso pagarle tributo para mantenerlo como aliado: el jan Tervel obtuvo en el año 705 el título de César, máxima concesión posible para integrar en el espacio político bizantino a aquel Estado búlgaro que tenía su capital en Pliska y organizaba poblaciones heterogéneas pues a los búlgaros mismos se unían numerosos eslavos y válacos de origen latino. Más allá del Danubio, en el vasto territorio situado al Norte de los mares Negro y Caspio se había asentado desde finales del siglo VII el pueblo, también de estirpe turca, de los jázaros, sobre todo en el bajo valle del Volga. Los jázaros organizaron políticamente un espacio amplísimo hasta su sustitución por pechenegos y rusos, entre los ríos Don y Ural, el Cáucaso, al Sur y los bosques de la taiga, era un ámbito intermedio entre los mundos bizantino e islámico, entre el Mar Negro y el Asia Central, y, como dominadores suyos, los jázaros obtuvieron ventajas apreciables, unas de tipo mercantil y urbano, con el desarrollo de ciudades como Itil, cerca de Astrakán, Samandar, junto al Caspio o Sarkel, sobre el Don. Otras políticas, pues fueron un poder estable durante cerca de tres siglos, dominado por una diarquía (jagán y beg) de modo que su presencia tuvo efectos mucho mayores que la de otros pueblos de origen nómada y alcanzó a pueblos caucásicos, iranios y ugrofineses asentados en el territorio. Los jázaros, que respetaron el ejercicio del cristianismo y el Islam, se convertirían en masa al judaísmo a finales del siglo VIII, lo que es un caso histórico singular, y mantuvieron generalmente buenas relaciones con Constantinopla. Para los emperadores, lo más penoso era aceptar la presencia independiente de eslavos en los Balcanes, a los que consideraban, junto con Anatolia, el fundamento territorial de Bizancio, pero estaban dispuestos a combinar la sumisión por las armas con la asimilación cultural y étnica. Sin embargo, de momento no contaban con medios para emprender acciones decisivas: treinta años transcurren entre la gran campaña del 658 y la de 688-689, que tuvo como objetivo el territorio de Tesalónica y se saldó con nuevas deportaciones de eslavos a Asia Menor y Bitinia como soldados-colonos: algunos pasarían a territorio islámico después de la ofensiva árabe de los años 691-692. Los años finales del siglo VII y primeros del VIII fueron, de nuevo, muy difíciles: el usurpador Tiberio II perdió Cartago y el exarcado de África a partir del año 697. Búlgaros y jázaros mediatizaron la vuelta al trono de Justiniano II y los efímeros mandatos de sus sucesores, y las defensas de Constantinopla se debilitaron hasta el extremo de que los califas de Damasco la sometieron a un asedio prolongado en los años 717 y 718: el prestigio del nuevo emperador, León el Isáurico, se cimentó en la liberación de la capital, que puede considerarse como un símbolo, pues los árabes no volverían contra ella y, en los años siguientes, sus incursiones en Asia Menor fueron perdiendo fuerza hasta que León consiguió derrotarlos en la batalla de Akroinon (740), en Frigia, que marcó un límite a la primera expansión islámica comparable al fijado por la de Poitiers en Occidente algunos años antes, y permitió estabilizar la frontera del Imperio desde Cilicia, a lo largo de la cordillera del Taurus, hasta el Cáucaso.
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Mucho más hábil que el hayib titular del que se sirvió hasta entonces para sus propios intereses, Ibn Abi Amir se aseguró en los siguientes meses el control del ejército, en el que se había ganado simpatías cuando cumplía su misión en Marruecos: mostró su disposición primero a llevar a las tropas en una expedición a la frontera occidental peligrosamente expuesta a incursiones cristianas desde Galicia (febrero de 977) y participó en mayo y junio del mismo año, con un contingente cordobés, en una expedición dirigida contra la frontera leonesa por el viejo general Ghalib, que mandaba desde Medinaceli toda la Marca Central. Justo antes, había hecho que se atribuyera a éste el codiciado título de doble visir. A la vuelta, y siguiendo el consejo del propio Ghalib que odiaba a al-Mushafi, obtuvo del califa la destitución de Muhammad b. Yalfar, hijo del hayib, de su puesto de sahib almadina (prefecto de la ciudad) y lo sustituyó. Al-Mushafi, consciente del peligro que representaba para él la ambición desenfrenada de Ibn Abi Amir, intentó acercarse a Ghalib, pidiéndole la mano de una de sus hijas, Asma', repudiada hacía poco por el visir Abd al-Rahman b. Hudayr, para desposarla con un hijo suyo. Pero a quien Ghalib otorgó la mano de su hija fue a Ibn Abi Amir. Teniendo en cuenta los sentimientos de Ghalib hacia al-Mushafi y el apoyo que los Banu Hudayr habían dado hasta entonces a Ibn Abi Amir, es evidente que este golpe de escena fue preparado de antemano entre el viejo general y el joven visir. Este último, incluso antes de la celebración del matrimonio que tuvo lugar con grandes pompas en Córdoba el primero de enero de 978, se había unido a Ghalib en septiembre-octubre del 977, en una tercera expedición militar contra los cristianos de Salamanca de la cual volvió triunfante como de las otras dos anteriores, cubierto de gloria a los ojos de los cordobeses. Esto justificaba la atribución que le hizo el califa del título de doble visir y su nombramiento como co-hayib. Los acontecimientos del año 977 atestiguan con toda evidencia tanto la capacidad de maniobra de Ibn Abi Amir como su insaciable ambición y sorprendente actividad. El desenlace no se hizo esperar: en marzo del 978, al-Mushafi fue destituido y apresado con sus hijos y su sobrino. Al final de un largo proceso, fue asesinado en el año 983. Aparentemente, Ibn Abi Amir, único hayib desde el 978, se había asegurado la totalidad del poder. Sin embargo, si examináramos atentamente los acontecimientos de los años siguientes, nos daríamos cuenta de que quizá la realidad no era tan simple.