SESION TERCERA Del ilícito comercio que se hace en todos los reinos de Cartagena, Tierra firme y el Perú, tanto con géneros de Europa como con los de la China en el Perú. El modo de ejecutarlo, y vías por donde se introducen, con las causales de que no se pueda conseguir su extinción y, juntamente, del fraude y extravío que padecen los Derechos Reales en el comercio lícito 1. Para tratar del comercio ilícito en las Indias, de cuyo mal no hay puerto, ciudad o población que no adolezca, con sólo la diferencia de ser en unos más cuantiosos que en otros, habremos de dar principio por Cartagena, como que es el primer puerto que se nos ofrece para este asunto, y donde parece que conjurada la malicia contra la legalidad, convierte en fraude aun aquellas mismas providencias y recursos que lo debían destruir y aniquilar, pues las que con tan premeditado acierto se han imaginado para desarraigar de las costas todos los motivos del ilícito trato, son las que ya en los tiempos presentes sirven de solapa para que se frecuenten aquellas prohibidas vías con mayor desahogo y seguridad. 2. Acordóse con bastante madurez, después de reflexionado el medio con que estorbar el cuantioso comercio ilícito que las provincias de arriba hacían en Cartagena, para cortar el motivo o pretexto que les daba ocasión a ello, que luego que llegasen a Cartagena las armadas de galeones, empezasen a vender libremente, y que pudiesen bajar a hacer sus compras los comerciantes de las tres provincias Santa Fe, Popayán y Quito , a fin de que se abasteciesen de los géneros que necesitaban para su consumo; porque se consideraba que esto era lo único que podía contener el desorden de ir a emplear en la costa, eximiéndolos de que hubiesen de bajar unidos con el comercio del Perú a hacer sus empleos en la feria de Portobelo, como estaba dispuesto antes, por considerarse serles extravío, mediante estar estas provincias tan apartadas de la derrota que lleva la armada del mar del Sur que, para unirse con ella necesitaban hacer mucho tránsito por tierra con sus caudales y con las mercancías, tránsito en que, además de los crecidos gastos que se les ocasionaban, los exponían a los evidentes e inevitables riesgos de los ríos y laderas. Estos inconvenientes hacían impracticable esta vía, y no usando de ella los comerciantes, quedaban aquellas provincias reducidas a los rezagos de galeones que volvían a Cartagena por no haber tenido despacho en Portobelo; quedaban precisados los comerciantes a emplear en ellos, que, siendo desechos del otro comercio, se deja entender sería lo peor, y quedaban atenidos asimismo a la cantidad, que tal vez no era suficiente para compensar todos los caudales que habían bajado de las tres provincias. De lo cual resultaba que aquellos que no tenían cabimiento para emplear en los rezagos, bien fuese por no alcanzar las mercaderías o por no encontrarlas a su satisfacción, pasaban a la costa con sus caudales, y allí empleaban en mercancías ilícitas para no volverse con ellos a sus países después de unos costos tan crecidos como los que se dejan considerar en tránsitos de 600 leguas, más o menos, parte por tierra y parte por el río Grande de la Magdalena, que hay para llegar a Cartagena, según del paraje de donde venían. 3. Con estas reflexiones se puso en uso el modo de emplear los caudales luego que llegase a Cartagena la armada, y se empezó a practicar desde el año de 1730, no sin que el comercio del Perú dejase de sentirlo. Y para evitar que a éstos se les siguiese algún perjuicio, como podría causarles si, empleando aquellas provincias, pasasen luego a vender sus géneros a Lima ínterin que los del Perú estaban en Portobelo, pues de esto resultaría que, a su vuelta, no tendrían los géneros que ellos llevasen toda la estimación que deberían, por hallarse ya, con los primeros, abastecido el Perú, se reparó este inconveniente mandando que, desde el punto que se publicase el arribo de galeones a Cartagena, se cerrase la comunicación de ropas y otros géneros de Europa entre Quito y Lima, con la severa pena de ser perdidas todas las mercancías que se intentasen introducir ocultamente, y multados los que lo ejecutasen, además de en esto, en otra suma. Con esta providencia quedaron las provincias de Quito, Popayán y Santa Fe en aptitud de poderse proveer de ropas a contemplación de sus comerciantes, y las de Lima y el Perú libres de que por aquéllas se perjudicase su comercio. Resolución fue ésta de tanta conveniencia que no será fácil mejorarla; pero aun siendo tan admirable, no ha tenido los efectos suficientes para remediar el principal asunto a que se dirigió, no porque falte ninguna de las circunstancias que necesitaba, sino porque el vicio que ha criado el comercio en aquellas partes es difícil que se desarraigue de los ánimos de los que se emplean en él, como se está viendo palpablemente. 4. El año de 1737 llegaron a Cartagena los registros que fueron convoyados por el teniente general don Blas de Lezo, y con ellos se ha experimentado cuán poco fruto se ha sacado de aquella providencia, porque bajan los comerciantes a aquella ciudad con una crecida suma de caudales, emplean allí la mitad, más o menos, según les parece, y con lo restante van a la costa, donde, hallando tanta providencia de lo que necesitan, concluyen el resto de su empleo en mercancías ilícitas, y a la sombra de una guía y de la confianza de que lo disimulen los jueces por donde pasan hasta llegar a su destino, introducen dos o tres tantos más de lo que emplearon lícitamente. Así se estaba reconociendo en Quito donde, con el motivo de haberse retirado a ella en 1740 el tesoro de galeones y comercio del Perú, subían todos los empleos, cuyas facturas, y no menos la calidad de las mercaderías, estaban publicando el hecho; pero ni aún era necesaria tanta prueba donde la fama común estaba siendo pregonera del desorden y manifestándolo sin cautelas, de modo que, al paso que no era ignorado de ninguno, se había hecho tan disimulable para todos que no causaba reparo, ni se hacía novedad. Además de estos hechos sobrevinieron tales accidentes que ellos mismos conspiraron a hacer más patente el fraude, porque algunos de los comerciantes que bajaban a Cartagena, después de haber hecho allí el menor empleo y pasando a la costa a concluirlo, fueron apre-sados por los ingleses al tiempo de hacer el tránsito marítimo, y conducidos a Jamaica con las ropas del primer empleo y el dinero que tenían reservado para el segundo; y de este modo, los mismos enemigos de la corona castigaron en ellos, por casualidad, su delito. Pero los que escapaban con bien, no encontraban ningún embarazo después que pudiese sobresaltarles con el temor de que, siendo descubierta la maldad, se les impusiese el castigo que correspondía. 5. Este comercio ilícito de la costa de Cartagena se hizo tan común que no se exceptuaron de él los comerciantes de España que habían ido en los registros, los cuales, viendo que iba larga su demora en Cartagena y que los gastos no cesaban, aunque hubiesen expendido las ropas, se entregaron a él con el pretexto de que sus ganancias les contribuyesen a soportarlos. Y con este motivo han mantenido siempre, desde el año de 1737 que llegaron allí y empezaron a vender a los comerciantes de Santa Fe, Popayán y Quito, hasta el de 1744, que salimos de Quito para España, llenos de mercaderías sus almacenes, porque, al paso que daban salida a unas, las reemplazaban con otras, bien que en esto, aunque algunos han ganado, otros han quedado totalmente arruinados, porque, padeciendo los riesgos de la costa, en la cual han sido apresados sus caudales, o los de ser descubiertos y descaminados en Cartagena, en unos o en otros accidentes lo han perdido todo cuando, más cebados en las ganancias de los primeros lances, continuaban este comercio con mayores confianzas. 6. Este lícito comercio que hacían los comerciantes de España en Cartagena, se debe tener por accidental, respecto de que siendo casualidad la irregular demora allí, faltando ésta, cesa también no solamente el motivo, sino el tiempo necesario para ello. Pero el que hacen los comerciantes de aquellas provincias interiores, no sólo es continuo en todas las ocasiones de armada, sino también en tiempo muerto, y aunque en éste no parezca tan cuantioso por hacerse con menos frecuencia, nunca falta. 7. Parece que habiendo tanto desahogo en el comercio ilícito de Cartagena, deberían llegar a España los ecos de sus noticias más abultadas de lo que vienen regularmente, porque, aunque no dejan de alcanzar algunas, no levantan el desorden a grado tan superior como el que acabamos de referir. Pero el que no suceda en esta forma no debe causar novedad, respecto de que, aun dentro del mismo Cartagena, no son sabidores de todo lo que pasa sobre este particular los jueces principales y celosos, porque como es allí el lugar donde se comete la culpa, es asimismo en donde todos la procuran ocultar para que, manteniéndose reservada de los ministros, no pueda llegar el caso de que se castigue el desorden y se ponga remedio en él. Y así no parece regular que un introductor de mercaderías haga público su delito; ni que otro que está tan comprendido en él como aquél, lo divulgue; ni que uno ni otro hagan alarde de descubrir la industria de que se valen para conseguir su fin, estando en el mismo paraje donde les amenaza el castigo; pero luego que se hallan fuera de él y en sitio donde no hay recelo que pueda atemorizar, se hace público el hecho, y se refiere como cosa pasada que ya no trae consecuencias nocivas contra sí. Esto estaba pasando en aquellos reinos, y todo lo que se mantenía sigilosamente oculto en Cartagena, publicaban en Quito los comerciantes, y aunque no se acusaban a sí mismos porque sería impropio, hacían pública la conducta de los de Cartagena con tanta puntualidad que señalaban los sujetos que hacían comercio de costa, expresando los viajes que hasta tal tiempo tenían hechos sus caudales, los quebrantos o ganancias que habían experimentado, y los que se mantenían libres de él por no haberse querido exponer a sus riesgos. 8. Por otra parte, los contrarios accidentes que experimentaban los que bajaban de las tres provincias, las facturas y calidades de las mercaderías, según tenemos ya dicho, eran clarines que divulgaban su conducta. Y entre éstos y aquéllos se hacía el fraude con igualdad, para lo cual es una de las pruebas que más lo convencen lo que sucedía con los caudales del Perú ínterin estuvieron en Quito. 9. La armada del Perú, que salió del puerto del Callao para Panamá el día 28 de junio del año de 1739, llevaba registrados cosa de nueve millones de pesos, inclusas las cantidades que se remitían a España. Por lo que llevaban para empleo, se consideraba que la feria sería ventajosa para el comercio de España, porque con los rezagos del Perú crecían más los caudales, y no eran equivalentes a ellos los géneros que llevaban cargados los registros. Estos caudales pasaron, después que se retiró en 1740 la Armada del Sur a Guayaquil, íntegros a Quito, donde empleando unos en las menorías de géneros que había ya en aquélla, y en las que subieron inmediatamente de Santa Fe y Popayán, y bajando otros a hacer sus empleos a Cartagena, se abrió el comercio por aquella parte y empezó a hacer feria a fines del año de 1740. Esta no había cesado a mediados del año de 44 que dejamos aquellos reinos, en cuyo tiempo había ya muchas porciones de los mismos caudales que tenían hechos dos empleos y continuaban el tercero; esto es, que habiendo sido empleados en Quito luego que llegaron, pasaron a Lima, vendieron y volvieron a Quito; hicieron segundo empleo y se restituyeron a Lima con él, donde ya lo tenían vendido, y caminaban para hacer un tercer viaje. Bien que esto sólo sucedía con las pequeñas porciones de 30, 40 ó 50 mil pesos, porque las crecidas no podían tener tan pronto su despacho, habiendo entonces en Lima, por la brevedad de éste, tanta carestía de ropa que valía 12 y 13 pesos una pieza sencilla de bretaña angosta, 14 y 16 una vara de bayeta, y a este tenor todos los demás géneros. Con que las ventas de Cartagena no habían cesado y, con todo eso, existían tantos géneros que siempre esperaban los comerciantes ocasión oportuna para hacer la feria, como situviesen en su ser todas sus mercaderías y no las hubiesen desmembrado, para no decir vendido, por lo menos una vez con el continuo tráfico que hizo todo el comercio del Perú junto con el de las tres provincias de Quito, Santa Fe y Popayán. 10. En tiempo muerto no deja de hacerse algún comercio ilícito dentro de Cartagena por sus comerciantes, pero no es tanto como el que se practica en las costas de su inmediación, que es adonde acuden para este fin los comerciantes de la tierra de arriba, porque a más de ahorrarse la penalidad y costos de llegar hasta Cartagena, podría ser reparable entonces que fuesen a comprar allí en tiempo que no hay galeones. El que hace Cartagena en estas ocasiones es para el consumo de aquella ciudad y poblaciones de su jurisdicción, y también alguno, aunque no muy considerable, por los comerciantes gruesos que tienen allí su continua residencia, los cuales, con el pretexto o motivo de hacer por su cuenta remisiones a la tierra de arriba con los géneros que les quedan de armada, bien sea comprados o encomendados de los rezagos que no han tenido venta, incluyen con ellos algunos de la costa. Pero esto sucede cuando hay tardanza de galeones o registros, porque de no suceder así, no se experimentaría escasez de ropas y sobra de caudales en las provincias interiores, que es lo que da ocasión en toda aquella América a que los comerciantes se vicien en el comercio prohibido. 11. Entrando con nuestro asunto al mar del Sur, diremos que sus puertos no son menores almacenes de géneros de ilícito comercio que de los del permitido y corriente, y de haber alguna diferencia, podrá seguramente aplicarse por exceso al prohibido. Empezaremos por Panamá, que es la puerta por donde pasa todo, haciendo antes la prevención de dividirlo en tres especies: una, de géneros de Europa; otra, de negros, y la tercera y última, de géneros de la China. Las dos primeras se introducen en Panamá por la costa, y aunque precisamente no entren en aquella ciudad los que no se han de consumir en ella, pasan por la jurisdicción de la provincia, se depositan en sus pueblos, y de ellos van a bordo de los navíos que hacen viaje para los puertos del Perú, sin que se les ofrezca obstáculo a los interesados, porque, mediando el indulto que tienen establecido entre éstos y los que están para celarlo, pasan sin dificultad. 12. La gente que se emplea en la introducción de los géneros desde la costa del mar del Norte y los pone en la del Sur, son los mismos que tienen establecimientos en aquella provincia, y de éstos es de los que se valen los comerciantes para hacer sus empleos, mediando para ello un tanto por ciento que les dan, con lo cual se costean y les quedan ganancias suficientes. Estos tienen conocimiento de las veredas más seguras y ocultas, por las cuales se encaminan a los puertos donde están las embarcaciones de trato; compran y, por los mismos caminos o por otros algo extraviados si tienen algún motivo de recelo, se vuelven hasta poner los fardos en el paraje donde se ha con-tratado. Unas veces pasa el atrevimiento a introducirlos en Panamá, si les parece que conviene que salgan de aquella ciudad para el Perú llevando despachos corrientes, como que son mercancías de España rezagadas, para lo cual es preciso que la coyuntura sea proporcionada a este disimulo, y otras, que son las más regulares, lo embarcan directamente en los navíos sin pasar por la ciudad. Pero aun siendo de esta manera, se hace forzoso el disimulo en los jueces y guardas, porque es indispensable haber de pasar, antes de llegar a las playas del mar del Sur, por varios parajes adonde están apostados, por lo que si hubiera el debido celo en ellos, no se podría hacer este comercio. 13. Con el mismo método que se comercia en géneros ilícitamente en Panamá, se ejecuta con los negros en las ocasiones que existen los asientos, y al abrigo de una pequeña partida comprada en las factorías, se introducen otras de fraude, mucho más considerables. Pero, así para este género de comercio como para aquél, siempre es preciso que medie un indulto de tanto por cada fardo o por cabeza, con cuya circunstancia no hay ninguna dificultad para introducir todo lo que se quisiere, con el mismo desahogo que si fuera comercio lícito. 14. El comercio de los géneros de China, prohibido en aquellas partes, no tiene cabimiento en Panamá, porque abundando tanto el de la costa, no hay necesidad de él si no para algunas sedas. Pero como hay arbitrio en aquellos presidentes de conceder licencia a algunas em-barcaciones para que pasen a la costa de Nueva España, van éstas con registros corrientes, y a su vuelta infestan de ropa de la China todas las costas del Perú, porque, aunque no les es lícito llevarla, no por eso dejan de hacerlo, y tomando alguna carga de tinta añil, brea, alquitrán y hierro, que son los efectos que se pueden traer de Nueva España al Perú lícitamente, a la sombra de ellos entran todos los demás, no sin grave perjuicio del comercio lícito ni sin gran menoscabo de la Real Hacienda en los derechos que dejan de contribuir. 15. Uno de los almacenes principales en aquellas costas, donde entran con gran franqueza los géneros de la China, es Guayaquil. Y para que este fraude tenga algún género de disimulo llegan los navíos que vienen de la costa de Nueva España a cualquiera de los puertos de Atacames, Puerto Viejo, Manta o la punta de Santa Elena. Allí desembarcan todo lo que es contrabando, y mediando aquel indulto que tienen ya establecido, el mismo teniente del partido suministra bagajes y se conduce a Guayaquil, donde, interesados en ello el corregidor y oficiales reales, se desentienden de su entrada. Después pasa a Guayaquil la misma embarcación, y entonces se le ponen guardas; pasan a fondearla aquellos jueces, con cuya diligencia se falsifican jurídicamente las sospechas que pueda haber dado la embarcación, y, habiendo hecho una gran papelada de mucho volumen y poca sustancia, queda asegurado el dueño de la embarcación y resguardados los Jueces. 16. A este modo de consentir y aun patrocinar los contrabandos, llaman generalmente en aquellos países comer y dejar comer, y los jueces que los consienten por lo que les rinde cada fardo, hombres de buena índole que no hacen mal a nadie. Pero no atienden a que es defraudar las rentas reales, y que las defraudan de tal manera que aquello que el soberano prohibe absolutamente ellos lo dispensan, y que los derechos, que sólo pertenecen al príncipe, se los apropian ellos a sí mismos; como ni tampoco a que destruyen el comercio lícito, aminorándolo, y viciando los ánimos de aquellas gentes para que, dejándolo, se apliquen al que les está prohibido, pues con el seguro de que toda la pena que merecían por él se conmuta en pagar unos derechos, llevados de la mayor ventaja en las ganancias, no se detienen en lograr la ocasión luego que se les proporciona, y por esto será muy raro el comerciante de pequeño o grande caudal que se deja de interesar con el discurso del tiempo. 17. Puede hacerse reparable, y no sin bastante motivo, que pudiendo aquellos jueces descaminar toda la carga de una embarcación de las que llevan géneros prohibidos, y quedar muy interesados con la parte que les toque, o con toda ella, no lo ejecuten y se contenten con una cosa moderada, dejando que pase libre el introductor, cuando haciéndolo de aquella forma cumplían con las obligaciones de sus empleos, servían al soberano, al bien público y quedaban con un ingreso considerable. Pero ellos tienen razones favorables a su propio interés para no descaminar, y son que, si lo practicaran con uno, no volvería a aquel puerto, y entonces ni tendrían ocasión de hacer segundo descamino ni coyuntura de gozar ningún indulto, y como éstos se repiten con frecuencia, cuando no descaminan tienen una considerable renta en ellos, de la cual se privan cumpliendo con su obligación. De modo que todos aquellos corregidores y oficiales reales que están en postura de contrabandos, lleguen a sus puertos embarcaciones con contrabandos, no sólo no ponen mal semblante a los introductores, sino que, por el contrario, los obsequian y congratulan para obligarlos a que prefieran aquel paraje. Con esta máxima, dirigida a que no cesen las contribuciones de los introductores, se deshacen todas las providencias que se puedan premeditar conducentes a la extinción del comercio ilícito, y lo mismo que sucede con el de las mercaderías de la China pasa con el de las de Europa que llevan a las costas las embarcaciones extranjeras. 18. Muy posible será que haga repugnancia tanta libertad como la que aquí se expresa en el juicio de las personas que no loan experimentado, y particularmente en el de aquellas que, distribuyendo la justicia con igualdad, viven arreglados a ella, celando con el servicio del monarca la conducta de su propia conciencia. Pero, suponiendo que sería horrible temeridad en nosotros ponderar más de lo que es en un asunto donde peligra el crédito y reputación de tantos, sólo podremos decir que todo lo que se expresa en cuanto a la libertad y publicidad con que se comercia allí ilícitamente, lo hemos tocado y experimentado en todas ocasiones, y que en presencia de uno de nosotros sucedió en uno de aquellos puertos que, hallándose varios comerciantes con designio de pasar a Panamá para emplear en ropa de contrabando, y si no la hubiese pronta hacerlo en la costa de Nueva España con géneros de la China, el mismo que les gobernaba, después de haberles obsequiado y asegurado que tendrían firme su amistad, les dijo que esperaba merecerse prefiriesen para la vuelta aquel puerto a otro cualquiera; que él les haría más equidad que la que podían esperar en ninguna otra parte, naciendo esto de que estaba recién entrado en el empleo, y como no conocían los comerciantes su genio o inclinación, quería darla a entender para que corriese la voz y acudiesen otros allí. 19. Muchas veces sucede que los corregidores y oficiales reales, queriendo manifestarse celosos, hagan uno u otro descamino, pero para ello es preciso que concurra una de las dos circunstancias siguientes: bien que tengan concebido encono con el sujeto por haberle trampeado algunos indultos u otro equivalente motivo, o que concurran tales circunstancias en el caso, que no penda ya de ellos el poderlo excusar. Pero estos descaminos no hacen ejemplar, respecto de que los interesados conocen que aquellos en quienes confiaban no han sido árbitros para eximirlos del descamino, y así queda en su ser la confianza, y los demás no alteran el concepto que por la anterior experiencia tenían hecho de los tales jueces. 20. De este comercio ilícito que se hace en Guayaquil, una parte se consume en aquella jurisdicción, otra entra en la provincia de Quito y, repartida en todos los corregimientos pertenecientes a la Audiencia, tiene en ellos su expendio, y otra parte se interna al Perú, donde también se reparte, y cuando la cantidad es grande alcanza hasta Lima. 21. Lo dicho hasta aquí es suficiente para que se comprenda el ilícito comercio que se hace en Quito y las vías por donde lo recibe, que son la de Cartagena, la de Guayaquil y por el puerto de Atacames. Por esta última no es tan cuantioso como por las dos primeras, porque como ha poco tiempo que se empezó a abrir aquel camino, no ha sido practicable sino en estos últimos años; pero aun ya en ellos han pasado algunas mercaderías. 22. Parece, según lo natural, que aquel paraje donde los virreyes tienen su asiento podría ser, en alguna manera, privilegiado con el respeto de su inmediata presencia o que a lo menos fuese menor el fraude en el comercio a vista de tanto tribunal, de tanto ministro y de tanto juez y guardas como hay para celarlo. Pero allí es donde el desorden llega a su mayor punto y donde sin temor, sin recelo y sin empacho se introducen las mercaderías de contrabando en la mitad del día, y aun son los mismos guardas los que las comboyan, las ponen en lugar seguro hasta que salgan del peligro que pudieran tener en poder de su mismo dueño, como recién llegado, y, para decirlo en una palabra, incluso son ellos los mismos introductores. Pero, ¿qué mucho puede extrañar que suceda esto con las mercaderías de contrabando si para tener ingreso solicitan ellos mismos que las que no lo son vayan sin guías, para aprovecharse de la mitad de los derechos, y que el interesado quede usufructuado en la otra mitad?; cuyo asunto es tan público y corriente que no hay ninguno que lo ignore ni que deje de aprovecharse de la ocasión. 23. Aquí es forzoso referir lo que el marqués de Villagarcía nos insinuó al tiempo de ir a tomar sus últimas órdenes para restituirnos a España. En el tiempo que este virrey gobernó aquellos reinos se habían acrecentado tanto las introducciones que ya no sabía qué medio tomar para atajarlas, porque con el motivo de la total escasez de géneros que padecía Lima y todo el Perú, tenían éstos crecido valor, según queda ya notado, y el incitativo de las ganancias tan crecidas que dejarían sus ventas a los mercaderes, aumentó en ellos el desorden, y todos arriesgaban sus caudales sin limitación; de aquí resultaba que se abasteciesen aquellos reinos suficientemente de ropas. El virrey conocía cuán cuantioso era este fraude, pero nunca se le proporcionaba ocasión de corregirlo, porque los demás jueces que estaban para celarlo lo consentían, y como no descaminaban a ninguno ni le pasaban aviso de que llegaban los mercaderes con ropa de ilícito comercio a los puertos de aquella costa, le era imposible hacer ejemplar para contenerlo. 24. Pasó a más este desorden, y fue que habiendo dado noticia al virrey, extrajudicialmente, algunos sujetos que conocían su buen celo de que incesantemente llegaban navíos a aquellos puertos con ropa de contrabando, y que el corregidor y oficiales reales a quienes pertenecían la dejaban pasar libremente y aun daban guías corrientes para que la pudiesen internar, eligió la persona en quien le pareció que hallaría más celo y desinterés para que fuese al tal puerto denunciado en particular a celar las introducciones y hacer pesquisa contra los que las habían permitido hasta entonces. Llegó éste a su destino, a Paita, y con dictamen y convenio de los mismos contra quienes iba, se dispuso aumentar el derecho de indulto una tercera parte más, aplicada para el tal nuevo juez, y que pasasen las mercancías como antes. Súpolo el virrey y nombró otro en su lugar, que hizo lo mismo, hasta que, sabiéndose que debía llegar a aquel puerto un navío, el "Santo Cristo de Lezo", que hacía viaje de los puertos de Nueva España sumamente interesado en ropas de la China, dio comisión de juez de decomisos y pesquisado a uno de los alcaldes de corte de aquella Audiencia, Don José Antonio de Villalta, el cual confiscó el navío luego que llegó, porque no era disimulable el caso; procesó al corregidor, oficiales reales y a los jueces antecesores a él, enviólos presos a Lima, y habiendo entrado las causas en la Audiencia se desfiguraron los casos que de allá se habían remitido con una plena justificación, de tal suerte que las graves culpas, acreedoras de muy severos castigos, quedaron destruidas y convertidas en parvidades tales que aun la pensión de una ligera multa no hallaba motivo suficiente sobre qué recaer. Y como el virrey sabía muy bien que estábamos hechos capaces de todo lo que pasaba en aquellos reinos sobre este particular y otros asuntos, al despedirnos nos pidió encarecidamente que, pues pasábamos a España, no dejásemos de informar al Ministerio sobre ello cuando llegase la ocasión, haciéndole presente al ministro que no teniendo los virreyes más arbitrio que el de castigar en las causas que se justificaba serlo legítimamente, allí era bastante esta circunstancia para que no llegase la ocasión de que se ejecutase ningún castigo, porque todas las culpas se desvanecían antes que llegase este caso. Y aunque en particular no ignoraba el virrey tanto fraude como había, porque todos aquellos géneros se vendían después en Lima públicamente, en lo jurídico le era preciso desentenderse de lo mismo que sabía con toda certidumbre. Por el siguiente caso que insertaremos se vendrá en más pleno conocimiento del sumo desahogo y libertad con que se comercia en el Perú con géneros prohibidos. 25. Restituyéndonos de Lima a Quito el año de 1741, y haciendo la travesía de mar que hay desde El Callao a Guayaquil en el navío "Las Caldas", dio fondo éste en el puerto de Paita el día 15 de agosto y entonces se hallaban en el mismo puerto dos navíos, nombrados el uno "Los Angeles" y el otro "La Rosalía". Aquél acababa de llegar de Panamá cargado de fardos de ilícito comercio, los cuales tenía ya descargados; parte de ellos iban caminando para Lima, y la mayor porción estaban arrumados todo lo largo de la calle de aquella población, porque no cabían en las casas y se estaba esperando que fuesen llegando las recuas de mulas necesarias para irlos despachando a Lima, no descaminados, como debiera ser, sino por cuenta de sus dueños, los cuales habían contribuido ocho pesos por cada fardo, que era entonces lo establecido, y con este indulto tenían el paso franco; el mismo teniente de oficial real, que era el que entonces residía en aquel puerto, solicitaba las recuas para su conducción y franqueaba las de los indios de toda la jurisdicción de Piura. El segundo navío, "La Rosalía", había hecho viaje de la costa de Nueva España también sin registro, como el primero, y porque los interesados en las mercancías prohibidas querían ir con ellas a Guayaquil para vender allí e internar la mayor parte de ellas a la provincia de Quito, y el maestre de esta embarcación estaba contrapunteado con aquellos oficiales reales, tomaron el puerto de Manta. Y habiendo desembarcado en él todo lo que era contrabando, hizo derrota después para Paita, llevando a su bordo la demás carga, que consistía en tinta añil, brea y alquitrán, y aunque estos efectos son permitidos allí, en el caso presente debía descaminarse por haber ido esta fragata a los puertos de Nueva España sin licencia y sin registro, y haber vuelto sin él, pero habiendo mediado una regalía o indulto, como con los fardos, no hubo dificultad en que continuase su viaje. Después, sin novedad, los comerciantes que desembarcaron en Manta sus mercaderías continuaron a Guayaquil, y, como contra éstos no tenían los oficiales reales ninguna displicencia, pasaron los géneros sin novedad. 26. Estos dos navíos fueron comprendidos en el número de los muchos de que se les hizo cargo al corregidor de Piura, oficiales reales y demás jueces, y todos los demás que antes y después entraron en aquel puerto fueron de la misma especie y sin variedad en las circunstancias. Esto supuesto, se pueden combinar los hechos con las resultas que hubo en las causas seguidas en el Tribunal de la Audiencia de Lima y ver cómo se pueden disponer unos casos tan constantes como éstos para que quede totalmente desvanecido en ellos el delito. 27. Es una prueba clara de la grande abundancia de este comercio ilícito y la facilidad con que se emplean en él sin reserva, el desahogo con que se hallaban en Paita los comerciantes del Perú, con crecidos caudales, cuando entró en aquel puerto el vicealmirante Anson y lo saqueó, dejándole sus riquezas admirado a él y a los suyos al ver en una población tan reducida y pobre, cantidad de plata y oro tan excesiva, y esto aun no habiendo logrado cogerla toda, porque queda dicho en otra parte, que la omisión de los que desembarcaron dio tiempo y oportunidad a los negros y mulatos vecinos de Palta y esclavos de los comerciantes para que pusiesen en libertad mucha parte, sacándola de las casas y enterrándola en la arena. También le sirvió de no menor admiración un barquillo costeño, de los que van del Callao a la costa de Paita a pescar el tollo, que apresó junto a las islas de Lobos y cogió en él más de 70.000 pesos en oro pero lo que extrañó más de este caso fue que su dueño se arriesgase con tanto caudal en una embarcación tan pequeña, y era el caso que éste hacía diligencia para llegar a Paita a tiempo de poderse incorporar con todos los demás comerciantes que estaban en aquel puerto, los cuales esperaban la salida de dos navíos que había en él para irse, unos a emplear a Panamá y otros a la costa de Nueva España, cuyo designio no podía ser oculto por no ser aquella derrota para otra parte. 28. La fardería del navío "Los Angeles", que pasando de Panamá en ocasión que ni presente ni anteriormente había habido galeones ni registros, llegó a Palta en 1741 sin guías ni registros, parece difícil el que se interne hasta Lima sin que sea conocido; pero no se para allí el escándalo, porque, luego que están corrientes las cosas, se les dan guías contrahechas y despachos que se fingen, de modo que entran en Lima las recuas cargadas, el virrey las ve pasar desde los balcones de su palacio y, aun constándole que es mercancía de ilícito comercio, le hace persuadir a lo contrario la falsedad con que todo va dispuesto. Este asunto se hace sumamente difícil de creer, pero, con el buen artificio y el método en que se dispone, no debe ser extraño que en Lima no se haga reparable mediante que estos fardos van a la Caja Real, se registran allí, se toma razón de las guías y se cobran después los reales derechos que pertenecen por la entrada. Pero, ¿qué diremos de lo que se introduce en aquella ciudad sin tanta circunstancia ni otra formalidad que la de entrar con ello, seguros de que no ha de haber quien lo estorbe? Pues ahora se verá cómo se ejecuta, y para que no parezca que exageramos en nada, será refiriendo lo mismo que pasó en otro caso, de los cuales pudiéramos repetir varios. 29. El día 19 de noviembre de 1740, haciendo viaje de Quito a Lima, salimos de Piura, donde se incorporaron en nuestra compañía dos mercaderes que llevaban empleo de ropas, parte de la costa de Panamá y de la China. Estos habían conseguido alguna gracia en el indulto y no quisieron llevar guías de Piura para Lima, por ahorrarse en aquella ciudad el importe de la mitad de los derechos. Como entonces no estábamos tan instruidos en el método de todas las introducciones y la facilidad que hay para ello, se nos hacía difícil creer que pudiesen entrar en Lima con su empleo sin ser descubierto el fraude y, por consecuencia, descaminadas las mercancías, y más no siendo tan reducidas o pequeñas que se pudiesen ocultar fácilmente. Esta confusión en que estábamos, y la serenidad con que iban los dueños sin precaverse de nada, nos dio ocasión a investigar el motivo de su seguridad, y a saber de ellos que allí donde nosotros considerábamos el mayor riesgo, había de ser donde con más descuido y mayor confianza habían de abandonar sus mercaderías. Así sucedió, pues luego que llegamos a estar a una jornada de Lima, nosotros continuamos nuestro viaje, y ellos hicieron alto en aquel paraje, que era donde estaban los primeros guardas de Lima, los cuales tienen obligación de reconocer las guías y dar pase a los arrieros. Los dos comerciantes dieron noticia a estos guardas de que sus géneros eran de contrabando y no llevaban guía, y que las cargas se detendrían allí dos días, ínterin que el uno de los dos pasaba a ver al guarda mayor de Lima. Así lo ejecutaron, y aunque ninguno de los dos comerciantes tenía amistad ni conocimiento con el que ocupaba este empleo, el que se adelantó se fue derechamente a él y le descubrió todo el negocio, informándole que en el camino dejaba tantas cargas de mercadería que deberían llegar a Lima tal día a tal hora, que no llevaban guías ni despachos, y que así se sirviese disponer su entrada ínterin que él se iba a tal posada, adonde tenía aviso el otro compañero de venir con las demás cargas de sus equipajes que no contenían ningún fraude, y que a la misma posada le podía remitir esotras cuando fuese tiempo, y lo hallaría puntual a satisfacerle lo justo; el guarda mayor despachó otro guarda cuando le pareció tiempo, para que saliera a encontrarlas en el camino, y entre dos y tres de la tarde entraron en Lima las cargas y pasaron a ser depositadas en casa de uno de los mismos guardas, y el segundo interesado se fue a la posada con las que no tenían cosa de cuidado. Pasados dos o tres días fue el mismo guarda mayor con otros ministros y un escribano a registrar la habitación de estos comerciantes, suponiendo como haber tenido aviso de que eran recién llegados y que llevaban mercaderías de contrabando; reconocieron las petacas y lo demás de sus equipajes, y como no encontraron en ello lo que fingían que buscaban, hicieron poner esto por diligencia, con la cual desvanecían totalmente la noticia que ellos mismos habían esparcido. Estas diligencias jurídicas las pasaron después a los oficiales reales para que quedasen satisfechos, y habiendo mediado otros tres o cuatro días para que, si querían volver a repetir el reconocimiento, los oficiales reales no hallasen más de lo que constaba por las diligencias del primero, remitieron a la posada todas las mercaderías, tomando por indulto la mitad de lo que habían de pagar por derechos reales de entrada y alcabalas, y dejando la otra mitad en beneficio de los dueños; recibidas éstas, empezaron éstos a desenfardelar desde el mismo día, y a vender públicamente sin riesgo ni reserva. 30. Con este método se hacen en Lima las introducciones sin que peligren los caudales empleados en los géneros prohibidos, y en esta forma lo practican los contrabandistas, quienes en parte deben ser disculpados, porque abriéndoseles las puertas para la entrada por los mismos que las habían de cerrar, se aprovechan ellos de la ocasión para adelantar las ganancias de su comercio, lo que no se atreverían a ejecutar si supieran que había de ser gran casualidad el salir con su fin, pues no hay ninguno tan falto de consideración que quisiera exponer caudales tan crecidos, como de 50.000 y 100.000 pesos, y en ocasiones mucho más, a un riesgo evidente, por el atractivo de las más sobresalientes ganancias. Pero lo más sensible y lastimoso de este asunto es que hasta el presente no se le reconoce remedio. 31. Si tan poco atenta en el cumplimiento de su obligación es la conducta de aquellos guardas por lo tocante a comercio ilícito, deberá aún causar más confusión lo que sucede en el lícito de géneros de Europa y del país, pues no contentos con el crecido ingreso que sacan del comercio prohibido, lo tienen también en éste, usurpándole al rey sus derechos; este desorden es tan grande que aún más es lo que ellos defraudan que lo que se contribuye al real erario. A este fin procuran los comerciantes dividir toda la porción de mercaderías que les pertenece en tres o cuatro partes, y sacan una guía de cada una; por ejemplo, siendo 100 fardos, sacan una guía de 20, otra de 30, otra de 15 y otra de 35, separadas. Al llegar cerca de Lima se adelanta el dueño principal, y llevando las cuatro guías consigo pasa a verse con el guarda mayor, el cual, habiéndolas reconocido, se conviene con él disponiendo que se presenten dos en las Cajas Reales y que se reserven las otras. Con esto entra toda la ropa, y apartadas las partidas pertenecientes a las guías reservadas, las ponen en paraje donde no estén a la vista con las otras, y pasa el mismo guarda mayor a hacer la visita de los fardos, acompañado de los demás sujetos a quienes corresponde hallarse en esta ceremonia; concluida esta diligencia, percibe la mitad de los derechos que habían de pagar aquellos fardos reservados y queda en beneficio del comerciante la otra mitad. 32. No hay duda que pudieran los comerciantes llevar fuera de guías todos aquellos fardos que tuvieran ánimo de introducir, con el ahorro de la mitad de derechos. Esto se hace regularmente con las mercaderías del país, porque, como no pueden equivocarse con las de Europa, no tienen peligro de que los corregidores por donde pasan pretendan ningún indulto sobre ellas para dejarlas pasar. Pero como en las mercaderías de Europa hay el riesgo de que, aun siendo de armada o registros, si no llevan guías las tengan por de ilícito comercio y quieran los corregidores tomar indulto para dejarlas pasar, evitan este expendio con aquella providencia de llevarlas corrientes, y no les sirve de estorbo esta prevención para conseguir su fin cuando llegan a Lima. 33. Lo mismo que se experimenta por tierra, sucede en el comercio marítimo, de modo que la embarcación que viene al Callao cargada de vinos, aguardientes, aceite, aceitunas y otros frutos de los que se producen en Pisco y Nasca; las que llegan de Chile con jarcias, suelas, cordobanes y sebo; las que van de la costa de Nueva España con tinta, alquitrán y brea, o las que de Guayaquil van con maderas, llevan registrada la mitad de la carga y va la otra mitad, o por lo menos un tercio de ella, fuera de registro, para que entre libre de derechos, pagando al guarda mayor del Callao la mitad de su importe. Esto es allí tan público y corriente que ya no se hace extraño ni notable a los que conocen aquel país, pero como no puede dejar de serlo acá, citaremos uno de los muchos casos en que lo experimentamos, para que el ejemplar convenza lo que se hace tan increíble a la razón. 34. El día 24 de diciembre del año de 1743, salí del puerto del Callao para restituirme a Quito por segunda vez en una embarcación que hacía viaje a Panamá, la cual, por ser pequeña, tenía su más regular tráfico en la costa de Pisco y Nasca, llevando frutos al Callao. Su dueño, que la mandaba, haciendo regulación de las ganancias que cada uno de aquellos viajes le dejaba, incluía entre ellas el ahorro de derechos que le pertenecía por la mitad de la carga que llevaba siempre fuera de registro. Y aunque yo no ignoraba nada de lo que sucedía sobre este particular, por ver si adelantaba a lo que ya sabía, le hice algunas preguntas sobre este asunto; y de ellas saqué que en aquellos viajes que son cortos, porque en cosa de un mes van y vuelven las embarcaciones, aun antes de salir del Callao están ya convenidos el guarda mayor y el dueño de la embarcación de la cantidad de carga que ha de ir fuera de registro, y siendo embarcación que no se emplee en otro tráfico más que en éste, si carga 500 botijas se ponen en registro 250 ó 300, y las demás entran de por alto, debajo de cuyo pie corre después en todos los demás viajes. En el que esta embarcación hacía a Panamá, que era el primero que había emprendido para aquella parte, sólo llevaba la cuarta parte de su cargazón fuera de registro, y nacía esto de que el dueño de ella no tenía conocimiento con aquellos guardas, pero decía que después de adquirir amistad con ellos, quedaría convenido en la cantidad que habría de llevar sin registrar en los demás viajes que ejecutase. 35. Aquí se puede ofrecer un reparo, y es que, puesto que allí se defraudan las rentas reales con tanta libertad y desahogo, sería más natural que la vez que se comete la maldad, ya que hay franqueza para todo, hacerla por entero, y no en parte. Pero esto tiene en su contra que los que cometen estas iniquidades, al paso que solicitan interesarse, quieren también quedar cubiertos y disimularlas, lo que no pudiera ser si faltara con qué hacer cara. Y así, a imitación de los reconocimientos que se practican en los fraudes de tierra pasando a visitar las mercaderías que lleva el comerciante y a ver si convienen con las guías, se practica también en el tráfico del mar, y pasan el juez nombrado para este asunto, los oficiales reales, guarda mayor y escribano de registro, a fondear la embarcación. Pero esta diligencia no se reduce a más que a hacer la plataforma de ello, pasando a su bordo con el registro que se les ha presentado, poniendo por diligencia que se ha registrado y que lleva la embarcación lo que consta del registro, y, últimamente, a tomar los derechos que les corresponden por la visita, sin que en realidad se haya hecho, ni sea posible aunque quisieran, porque no lo es el que se reconozca todo lo que tiene a su bordo una embarcación abarrotada, donde no se ve más que aquello que está superficialmente a la boca de la es cilla. Así, esta visita sólo sirve de aviso para el dueño de la embarcación de que puede descargar desde entonces libremente todo lo registrado, y lo que no lo está, porque los ministros del rey están ya satisfechos de lo que lleva y de que en ello no hay fraude. 36. La prueba más evidente del crecido fraude que se hace, en aquellos reinos, en los derechos de entradas y alcabalas que deben contribuir a la Hacienda real todos los géneros y efectos que entran en Lima, Callao y demás ciudades y puertos de aquellos reinos, y los de salida en los que los tienen, se puede ver en lo sucedido con los derechos de "mutuo y nuevo impuesto", establecidos con el motivo de la guerra contra ingleses, para sufragar a los gastos extraordinarios de armamentos marítimos y manutención de tropa que se levantó. Estos derechos, que comprendían plata, géneros de Europa y del país, y frutos, sin excepción de otros que los del trigo y sebo, eran tan considerables sobre cada especie que, bien calculados por las reglas de lo que legítimamente entra en Lima anualmente según la práctica y conocimiento de los hombres más inteligentes en esta materia, debían sufragar en un año a mucho más de lo que importaba el expendio extraordinario que se hacía en él. Pero como el dinero se necesitaba de pronto, dispuso el virrey, con dictamen de la Audiencia, hacer una derrama entre el comercio y vecindario acaudalado de Lima, para habilitar con su monto la escuadra que despachó a Panamá por febrero del año de 42 y los navíos que habían de ir a Chile, lo cual se había de satisfacer de lo que produjesen estos derechos; y para que estuviesen mejor administrados y celados, dio la comisión de su cobranza al tribunal del consulado, esperando que vigilase más bien en ello por ser todo el comercio interesado, precediendo fianza que dio éste para obtener el depósito de lo que redituasen estos impuestos, y en su consecuencia puso contaduría particular aquel tribunal, nombró guarda mayor, visitador y otros guardas para que vigilasen en las entradas y evitasen los fraudes. Pero ¿qué sucedió, si no lo que con tanta desgracia es mal universal en aquellos reinos? Estos guardas se unieron con los otros y siguieron el mismo rumbo, de suerte que, al cabo de tres años de estarse cobrando, que era por octubre del año de 1744, permanecía el empeño en el mismo ser que a los principios, no alcanzando lo que se percibía a soportar los gastos que se repetían, aunque incomparablemente menores, desde el año de 43 en adelante que los que se habían hecho en los de 41 y 42, porque en el de 43 se reformaron los regimientos que se habían levantado, y sólo se armaron dos navíos la Esperanza y el Belén para que fuesen a las costas de Chile, y en el de 44 no se armó más que uno, la Esperanza. Con que todo se convertía en fraude, sin que se consiguiese el fin. 37. Lo que se hace más sensible en este particular es que ni el honor, ni la conciencia, ni el reconocimiento de verse mantenidos por el soberano con los crecidos salarios que le disfrutan, sirve de estímulo en aquellos países para celar lo que es de la obligación de cada uno. Y así está manteniendo el rey a los que le usurpan sus derechos fiscales y menoscaban su Real Hacienda. 37 bis. Volviendo al fraude que se practica en el Perú en los géneros que deben contribuir derechos reales, debemos advertir, para concluir este asunto, que lo mismo que queda dicho de Lima sucede generalmente en todas las demás ciudades y poblaciones de aquellos reinos, y que al tenor con que se practica en las mercaderías y frutos, sucede con todo lo demás con que allí se comercia, porque éste es mal universal de todo el reino, y general sobre toda suerte de mercaderías. 38. Sobre el particular del comercio ilícito que se hace en el Perú con géneros de Europa introducidos por la costa de Panamá, se ofrecen algunos medios que pueden contribuir a su extinción, de tal modo que casi enseña ya la experiencia que puede llegar aún a perderse este curso totalmente, pues al paso que lo hemos visto en su mayor auge, lo hemos conocido también en su total decadencia. Y para aclararnos sobre este asunto, estableceremos primero las causas que conocemos y dan ocasión a él. 39. Para que haya comercio ilícito es preciso no sólo que deje unas utilidades sobresalientes que sufraguen a las contribuciones que se han de hacer para facilitar los pasos y allanar las entradas, sino que deje mayores ganancias que el comercio lícito, porque si fueran iguales los beneficios de uno y otro a favor del dueño, no habría ninguno que, sólo por defraudar los derechos reales, se emplease en él, pues entonces sería ejecutar un daño sin expectativa de algún bien. 40. En segundo lugar, es de suponer que los caudales no pueden estar parados en el Perú, porque, siendo grandes los gastos, si no se hiciesen continuos empleos a proporción que unos efectos se van vendiendo y convirtiendo en dinero, resultaría que se menoscabarían y, con el tiempo, llegarían a deshacerse totalmente, como se experimenta con muchos. Esto asentado, se hace preciso ahora entrar a especular de qué modo se comercia allí con los géneros de Europa y con los del país, de lo cual y de lo que acabamos de establecer, se vendrá en conocimiento de las causas que tienen por principio estos desórdenes. 41. Para mejor inteligencia de lo que se va a explicar, será acertado suponer el caso de unos galeones, como que es en éstos en los que tienen recurso aquellos reinos para hacer sus empleos. Luego que el comercio del Perú se restituye a Lima después de concluidas sus compras en Portobelo, todos generalmente abren sus tiendas y ponen almacenes para empezar las ventas. De las provincias interiores y de toda la sierra bajan a Lima a emplear los que comercian con corto caudal unos compran a dinero de contado, y otros parte a contado y parte a crédito , pero además de esto, envían cajeros suyos los mismos comerciantes de Lima a aquellas provincias, para que vendan por su cuenta. De modo que, tanto por lo que expenden de esta manera, como por lo que venden dentro del mismo Lima, a los seis meses después de haber llegado las mercancías a aquella ciudad, se hallan ya con una gran porción de sus géneros reducidos a dinero, lo cual será mayor en unos que en otros, según la oportunidad de ventas que hubieren logrado. Este dinero y el que sucesivamente va haciendo el comerciante, si lo hubiera de tener parado hasta otros galeones, la mayor parte del tiempo no le redituaría nada y llegaría el caso de hallarse con todo su caudal en dinero, sin poderlo adelantar y, antes bien, comiendo de él, porque ni allí hay comercio de cambios, ni otro alguno en que poderlo entretener, porque un comerciante de Lima no ha de ir a comprarle a otro los géneros que le han quedado por no haberlos podido despachar con tanta prontitud, y como no hay armadas, ni registros que puedan tenerlo entretenido, faltándole otro recurso que el de enviarlo a la costa, así lo hace. Para ello se valen de la ocasión de algún comerciante de pequeño caudal que pase a Panamá y bien sea dándoselo a riesgo, por un tanto por ciento, o por su cuenta, le confía una parte de lo que tiene en plata para que nunca le falten géneros ni esté privado de ganancias, de cuyo modo van los caudales traficando sin parar; con el mismo motivo envían otras porciones a la costa de Nueva España, y no se les ofrece ocasión en qué poder hacer empleo que no la aprovechen, porque el comerciante, menos que otro ninguno, puede tener ocioso su caudal. 42. Esto sucede con los comerciantes gruesos, que son los que fomentan el trato ilícito, y los de pequeños caudales son los que personalmente van a hacer sus empleos, con tanta anticipación cuanto son menores los caudales que manejan, pues, como venden presto y se deshacen de los géneros con facilidad, luego que los tienen reducidos a dinero no piensan en otra cosa si no es en volverlo a emplear. 43. De aquí nace que nunca esté pronto el comercio del Perú para pasar a celebrar la feria a Portobelo cuando llegan los galeones, porque sus caudales están esparcidos unos en la tierra, todavía en efectos que no se han vendido, otros caminando ya hacia Lima, y otros juntos allí, lo cual sucedería en la misma forma al cabo de un año de celebrada una feria como al de tres o cuatro. 44. Es cierto que se puede hacer un reparo bien fundado: que teniendo géneros del país en que emplear aquellos caudales que se van convirtiendo en dinero, como son los paños, bayetas y lienzos que se fabrican en Quito, si no lo hacen será por inclinarse más a las ganancias del comercio prohibido, que a las del que no lo es, por ser menores. Pero no es ésta la causa, sino que el comercio de géneros de Europa se ha de considerar siempre independiente del del país, haciendo división de los caudales, de los cuales se ha de considerar aplicada la una parte a las mercaderías de Europa, y la otra a las del país. El comercio de estas últimas no cesa nunca, porque la gente que se vista de ellas, como son los mestizos, mulatos, indios y gente pobre, usándola siempre, tiene el mismo consumo en tiempo de armada como en el que no lo es, y así todos los comerciantes que bajan de las provincias de la sierra a emplear en Lima, compran parte de mercaderías de Europa, y parte de géneros del Perú, y lo mismo practican los comerciantes de Lima cuando hacen remisión de géneros por su cuenta a aquellos parajes. Con que, estando siempre en curso aquellos caudales que pertenecen a los géneros del país, no dejan hueco para que se empleen en ellos los que pertenecen a géneros de Europa y los de esta división son los que, por no tener en qué poderse embeber en el intervalo que media de una armada a otra, van a la costa o a los puertos de Nueva España. 45. Los géneros de la costa son comprados por aquellos comerciantes, cuando van a emplear en ellos, con tanta rebaja a los del lícito comercio de galeones que dejan usufructo a los que lo ejecutan para hacer las contribuciones necesarias hasta ponerlos en Lima, y allí logran después ganancias sobresalientes a las de los otros; pero aunque no fueran sino iguales, y aún algo menores, en tiempo muerto siempre les tendría cuenta comerciar en ellos con sus caudales, mediante que no hay entonces asunto a qué poderlos dedicar con esperanza de otras ganancias, ni mayores ni menores. Pero hay caso en que el usufructo de este comercio no iguala, con mucho, al del lícito, y entonces no es apetecible. Así se experimentó el año de 43, cuando llegaron en junio al puerto del Callao los tres navíos: el Luis Erasmo, el Lis y La Deliberanza, que, siendo franceses, pasaron a aquella mar con registro de ropas españolas, fletados por los comerciantes de Cádiz Olave y Guisasola. Pues, desde que se supo que habían pasado el cabo de Hornos y entrado en los puertos de Chile, cayó tanto el precio de los géneros que, conociendo su pérdida los que se hallaban entonces con cantidades de mercancías de contrabando de las de Europa, aunque quisieron salir de ellas antes que del todo se aminoraran sus precios, no lo pudieron conseguir sin pérdida de casi un doce por cien y más. 46. La entrada de estos tres navíos fue bastante para contener el desorden del ilícito comercio, haciendo que retrocediesen los que se hallaban en vía para ir a emplear. Después llegó la Marquesa de Antin y el año de 44 el Héctor y el Enrique, y hallándose Lima abastecida de géneros suficientemente, cesó totalmente el trato de Panamá, porque ya era pérdida el ir a emplear allá, y les tenía más cuenta a los comerciantes de pequeños caudales hacerlo en el mismo Lima que el arriesgarse con ellos a una pérdida evidente, porque, aunque las compras de la costa sean cómodas, los gastos de conducir los géneros hasta Lima y los de las contribuciones, juntos con el interés y riesgo del dinero, sube a tanto que son impracticables estos viajes habiendo frecuencias de navíos en la mar del Sur, aunque éstos géneros se vendan, como entonces se vendían, con unas ganancias sobresalientes. Los que reciben perjuicio cuando hay navíos de registro en la mar del Sur son los comerciantes que manejan caudales gruesos, porque como los registros venden a todos los que bajan a emplear de las provincias interiores de la sierra, se inclinan éstos a comprarles para lograr la mayor conveniencia que pueden hacer, y a los otros no les queda otro recurso más que el de comprar pequeñas porciones y remitirlas a la sierra de su cuenta; de lo que resulta que, yendo los registros con frecuencia, esto es, sin dejar de entrar ningún año los necesarios para el abasto de aquellos reinos, nunca llegará el caso de que escaseen los géneros y que sus precios tomen tanto auge que sea cómodo el ir a emplear en géneros de la costa. Así se experimentó entonces tan seguramente que aun el nombre "de costa" se había hecho aborrecible por el quebranto que tuvieron los muchos que se vieron sorprendidos con la novedad de estos navíos, y desde entonces hasta que dejamos aquellos reinos, no se oyó decir que se hubiese atrevido nadie a ir a Panamá con este fin. 47. No hay duda que lo grueso del comercio de Lima recibe menoscabo de que entren navíos en aquella mar, porque se les priva de que ellos sean los únicos que vendan en Lima, que es en lo que tienen todas las ganancias. Pero si el fin del comercio se reduce a abastecer de mercaderías aquellos reinos, y que éstas sean llevadas de España, quitando la ocasión de que sean los extranjeros quienes los surtan de ellas y se utilicen en sacar la plata con extravío de ella, y en las ganancias de sus ventas, en este caso no se debe atender a la mayor comodidad de aquellos comerciantes, cuando, de procurársela, resulta el menoscabo del comercio de España y el de los derechos reales en la entrada y venta de géneros, y en la salida e indulto de la plata, sino a que se consiga el fin por el medio más proporcionado y eficaz para ello, y no hay otro donde hay tan poco celo como allí para mirar por la Hacienda Real, y tan poca legalidad en los que lo tienen a su cargo, que el de que aquellos reinos estén abastecidos de géneros continuamente. Y así el comercio lograría siempre la facilidad y brevedad del despacho de sus géneros, si de golpe no fueran muchos navíos y en ellos un crecido número de toneladas, pues en todos tiempos habría plata en Lima, otras cantidades en la sierra, y efectos en una y otra parte que fuesen continuamente circulando. De este modo se puede conseguir que llegue totalmente a olvidarse el nombre "de costa", y que no tengan los caudales tanto motivo de extravío, pasando inmediatamente a poder de los extranjeros y, juntamente, el que se excusen fraudes en las entradas, porque, poniéndose todo cuidado en la cargazón de los navíos que hubieren de ir a aquellos puertos, y obligando a los cargadores a que paguen por entero en Lima todos los derechos correspondientes a la cargazón que constare por sus registros, aunque con licencia hayan vendido en otros puertos antes de llegar al del Callao, no podrá haber fraude en lo que perteneciere a todo lo registrado, debiéndose tener por cosa evidente que lo que saliere de España fuera de registro, ha de entrar en Lima sin embarazo ni pagar más derechos que la mitad, que será el irremediable indulto de los guardas. 48. Esta providencia de ir frecuentemente navíos con registro a aquellos puertos, no alcanza a destruir el ilícito comercio de los géneros de China que se llevan de la costa de Nueva España, porque es tanta la baratura que tienen allá, que no puede compararse, aun después de costeados y puestos en Lima, a la de los géneros equivalentes que se llevan de España. De lo cual nace que dejen unas ganancias exorbitantes que exceden de un cien por cien, y hay géneros entre los que se llevan que, logrando la coyuntura de comprar en Acapulco de la primera mano, pasan las utilidades que les quedan a los comerciantes, en los renglones más selectos, de un doscientos por cien, bien que hay otros que, en contraposición, sólo les deja un cincuenta por cien. Esto lo confirmé con la ocasión de haberse embarcado en La Deliberanza, para venir a España, un comerciante de aquellos reinos que acababa de hacer viaje de la costa de Nueva España a Lima, y tratando de las utilidades que deja aquel comercio decía que, después de haber tenido algunas averías en su empleo, le había quedado libre de todo costo un ciento cuarenta por cien del principal, pero que esto había nacido tanto de haber logrado la ocasión de emplear en la feria de Acapulco, cuanto porque las contribuciones para el pase habían sido muy moderadas en virtud de algunas recomendaciones que con prevención se les habían hecho a los jueces por donde había de pasar para que lo atendiesen. 49. Con todo esto, como los géneros de China que se pueden introducir en el Perú, por la mayor parte se reducen a sedas, siempre quedarán los de lana y lino, y tejidos de oro y plata, en su ser, y quitada la ocasión de que se introduzcan éstos por contrabando, además de que los tejidos de seda de la China, aunque embarazan el mayor consumo de los de Europa, no les quitan la estimación. Pero aquel comercio será inagotable, no sólo según nuestro sentir, sino por el de todos los hombres de comercio de aquel país, ínterin que vayan navíos de Manila a Acapulco, porque según dicen los mismos que emplean en estos géneros, aunque tuvieran grandes sospechas de que habían de ser descaminados, no podrían resistir a la tentación de la suma baratura con que se venden en Nueva España tales géneros. 50. Queda dicho que el único medio de destruir el comercio de la costa es el que haya abundancia de géneros en Lima, lo cual se ha de entender de tal modo que no sea tanta que esté continuamente abarrotada de géneros aquella ciudad, porque entonces redundaría en perjuicio de los comerciantes que los enviasen o fuesen con ellos, sino en un buen medio, es decir, que sin faltar abundantemente, no sobre; y se puede hacer el cómputo de los que necesitan aquellos reinos por el regular consumo que hay en ellos. Cuando llegaron las primeras tres fragatas francesas a aquella mar, abundaban mucho las mercaderías en Lima, porque, por una parte, estaba abastecida de las que continuamente pasaban de Panamá; por otra, de las que se llevaban de Quito compradas en Cartagena y en su costa, cuyas remisiones no cesaban, y, por otra, de las que pasaban de Nueva España. Y con todo esto llegaron las fragatas y empezaron a vender con estimación sobresaliente, y hubieran evacuado enteramente su cargazón si no hubieran llevado entre ella algunos géneros que tienen allí poca salida. La Marquesa de Antin, que llegó muy poco después y empezó su venta casi al mismo tiempo que los otros, experimentó lo mismo, y así les sucedió también al Enrique y el Héctor. Con que, con mucha más razón sucederá esto cuando cesen las dos entradas de Cartagena y Panamá, que con precisión se han de exterminar, permaneciendo el comercio por la mar del Sur en la forma que queda dicho. 51. Ahora falta especulizar por qué vía puede convenir más el comercio para que se abastezcan de géneros aquellos reinos, si por la regular de Portobelo, que se hace en tiempo de paces, pues también por ésta se pudieran enviar registros con frecuencia, o por la del mar del Sur, pasando por el cabo de Hornos. Y parece que, a vista de lo que queda dicho sobre el comercio de Cartagena, no hay que dudar que la de ir en derechura al mar del Sur es la acertada, porque la otra, en lugar de extinguir el ilícito comercio, serviría de pretexto para acrecentarlo, y así sucede cuando hay armada de galeones, porque, dejándose rezagadas algunas cantidades de mercaderías en Panamá después que se vuelve la armada del mar del Sur para el Perú, o con ánimo de esperar otra ocasión en que los fletes sean más cómodos para enviarlas, o con el de venderlas allí, sirven éstos de capa para que, a su sombra, entren en Panamá continuamente los de la costa. Y así, desde la armada de galeones del año de 1730, que salió de Portobelo para volverse a Cartagena por junio del de 1731, hasta el año de 1736 por enero, todavía había en Panamá géneros de Europa con nombre de ser de la armada, y aunque siempre llevaban algunos las embarcaciones del Perú, nunca se llegaba a ver su fin. Con que esta vía no es conveniente nunca que se pretenda extinguir totalmente el ilícito comercio. 52. La vía de cabo de Hornos, que es la que miramos como la más acertada, tiene el grave inconveniente de aquella penosa navegación, difícil sólo para la marinería de nuestra nación, que no está acostumbrada a navegar en parajes donde, en lo más sazonado del verano, nieva y graniza, ni a sufrir las incomodidades de aquellas mares, casi siempre agitadas con extremo, ventando en ellas continuos temporales, que es lo que los horroriza. Pero pudiera disponerse de tal suerte que, poco a poco, se fueran acostumbrando a soportar sus incomodidades los marineros de las costas de Cantabria y Galicia, que, más endurecidos al frío que los demás de España, podrían soportarlas más bien. Y con pocos que hubiese habituados, en el discurso de dos o tres viajes, a hacer su travesía, serían bastantes para que, a su lado, empezasen otros a seguir la misma carrera, y dentro de pocos años se tendría marinería bastante para no necesitar de la extranjera, que es la única que pasa ahora aquel cabo sin dificultad, porque, acostumbrados a los temporales del Norte, no se les hacen extraños aquéllos.
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SESION UNDECIMA Dase noticia de la conducta del estado eclesiástico en todo el Perú; de los graves desórdenes de su vida y, particularmente, en los religiosos; de los alborotos y escándalos que se promueven con el motivo de los capítulos 1. Esta sesión es el punto crítico de la relación de aquellos reinos, tanto por la naturaleza del objeto que reconoce por asunto, cuanto por la particularidad de sus materias, las cuales ni pueden dejar de tratarse con la veneración que es propia al estado de los sujetos de quienes se ha de hablar, ni fuera justo quedasen en silencio los desórdenes que en ello hay, pues siendo públicos allá, ni debe haber disimulación que los oculte a la inteligencia de los ministros, ni puede de otra suerte encontrarse la proporción de que se remedien o reformen, pues siendo estos ministros el más acertado conducto por donde el soberano se hace capaz del gobierno que tienen sus dominios, de la conducta de sus ministros particulares y jueces, y de la justicia con que viven sus vasallos, querérselo ocultar a los ministros sería desear que nunca llegase a la noticia del príncipe y que, por consiguiente, jamás se pudiesen corregir los desórdenes de los vasallos, lo cual era condescender en su existencia. Cuando no concurrieran en nosotros más circunstancias que la de súbditos, debería sernos excusable el introducirnos en este asunto, y aún lo sería también en todos los que comprenden las demás sesiones de esta relación, pero añadiéndose la poderosa circunstancia de habernos confiado, entre los otros encargos, el de examinar el gobierno y estado de aquellos reinos, sería delito, después de haberlo cumplido, omitir cualquier asunto de los comprendidos en ese concepto. Porque, aunque por la gravedad de los sujetos a quienes pertenece este asunto, parece que se hacía acreedor a algún disimulo, bien por el contrario la misma gravedad está clamando por su remedio, y admite menos dispensación, pues en él se interesa la religión, la cual no consiente ninguna especie de condescendencia o excusa. 2. El estado eclesiástico del Perú debe dividirse en secular y regular; uno y otro viven tan licenciosamente, con tanto escándalo y tan a su voluntariedad, que, aunque hay flaquezas en todos los hombres y en todos los países yerros de la frágil naturaleza, en aquellos reinos no parece sino que es preciso instituto de los eclesiásticos el sobresalir a todos los demás estados en las pervertidas costumbres de su desarreglada vida, siendo en aquel que más debía contenerse, en quien la desenvoltura tiene mayor resolución y los vicios encuentran más cabida. Así se experimenta en los sujetos que componen las religiones, y siendo éstos los que, por sus institutos y circunstancias, habían de corregir los deslices de la fragilidad, son quienes, con el mal ejemplo de sus desórdenes, los fomentan y les dan apoyo. 3. Los eclesiásticos seculares viven mal, pero, o bien porque en éstos es menos notada cualquier flaqueza o porque con pudor procuran disimularlas, o por lo uno y por lo otro, que es lo más seguro, aunque las resultas no dejan de ser escandalosas, con todo no llegan al grado que las de los regulares, en quienes desde el primer paso que dan, aun sin salir de sus conventos, es tan notado y tan público su mal comportamiento que escandaliza y llena el ánimo de horror. 4. Entre los vicios que tienen entablado su valimiento en el Perú, como el más escandaloso y el más general, podrá tener la primacía el del concubinaje, en el cual están comprendidos europeos y criollos, solteros, casados, eclesiásticos, seculares y religiosos. Esta generalidad tan absoluta parece que se debe estimar efecto de un hipérbole, porque, no exceptuándose los de ningún estado, deja sospechas bastantes para que pueda vacilar, dudosa en su creencia, la razón, y debiendo satisfacer a ésta, a fin de que con solidez se tranquilice, procuraremos hacerlo con algunos ejemplos que den a entender completamente lo que sucede en este particular, y los citaremos conforme los pidiere el asunto. 5. Es tan común el vivir las gentes de aquellos países en continuo amancebamiento que en los pueblos reducidos llega a hacerse el haberlo de estar caso de honra, y así, cuando algún forastero de los que llegan a ellos y residen en ellos algún tiempo no entra en la costumbre del país, es notado, y atribuía su continencia no a tal virtud, sino a efecto de miseria y de economía, y creen que lo hace por no gastar. Recién llegados nosotros a la provincia de Quito pasamos con toda la compañía francesa a un campo, distante de aquella ciudad poco más de cuatro leguas, donde se había de medir la primera base para continuar después las demás observaciones, y para estar con más proximidad a nuestra incumbencia nos hospedamos en varias haciendas que ocupaban el tal llano, desde las cuales íbamos los días de fiesta al pueblo inmediato a oír misa. Después de haber estado allí algunos días, preguntaba la gente del pueblo a la de las mismas haciendas por nuestras concubinas, y como les dijeron que vivíamos solos, haciendo una grande admiración daban a entender la que allí les causa una cosa que, fuera de aquel país, es tan regular. 6. Siendo, pues tan común allí este vicio, no podrá ser extraño el que participen de él los que, por el estado tomado, deberían conservarse exentos de él, porque un mal tan general se introduce con facilidad aun a aquellos que más procuran preservarse de su infestación, y quitado de la consideración el reparo que podría haber en la pérdida del honor, entra el envejecido uso de la mala costumbre, y hace que el pudor se olvide de sí y que el temor no reconozca sujeción alguna. 7. Las libertades con que viven en aquellos países los religiosos son tales que ellas mismas abren las puertas al desorden. En las ciudades grandes la mayor parte de ellos vive fuera de los conventos, en casas particulares, y los conventos sirven únicamente a aquellos que no tienen posibles para mantener una casa, a los coristas y novicios u otros semejantes que, voluntariamente, quieren mantenerse en ellos. Del mismo modo, en las ciudades pequeñas, en las villas o en los asientos, los conventos están sin clausura, y así en éstos viven los religiosos con las concubinas dentro de sus celdas, como en aquellas ciudades las mantienen en sus casas particulares con toda precisión, imitando a los hombres casados. 8. Para haber de vivir fuera de sus conventos, los religiosos de todas las órdenes (a excepción de la Compañía) necesitan tener alguna de estas circunstancias: o el hallarse proveídos en curato, o el haber comprado alguna hacienda con su caudal, o el haberla tomado en arrendamiento de las muchas que suelen tener sin cultivo los conventos; cualquiera de estas circunstancias es suficiente motivo para mantener casa en la ciudad, y siempre que se le ofrezca pasar a allá irá a vivir en ella y no al convento. Además de esto, los maestros graduados y los que han sido caracterizados con los primeros empleos de la religión, aunque por modo de instituto suelen regularmente residir en los conventos, suelen tener su casa particular en la ciudad, donde viven su concubina e hijos, y él asiste lo más del tiempo. Es esto con tal seguridad y desahogo que inmediatamente que adolecen de cualquier accidente se mudan de asiento a ellas para curarse, y dejan el convento; pero aun sin tanto motivo se están en ellas casi siempre, y sólo van al convento a decir misa o a aparecer en él a las horas que se les antoja. 9. Además de lo antecedente, es tan poco o ninguno el cuidado que ponen estos sujetos en disimular esta conducta, que parece que ellos mismos hacen alarde de publicar su incontinencia. Así lo dan a entender siempre que viajan, porque llevando consigo la concubina, hijos y criados, van publicando el desorden de su vida. Muchísimas veces los hemos encontrado por los caminos en esta forma, pero se nota con más singularidad en las ocasiones de capítulos, porque en ellas se ven entrar públicamente, con todas sus familias, los que concurren a ellos, o ya por tener voto, o por solicitar curatos, y después de concluido este acto salen de la misma manera los que van provistos a los otros conventos, o en los curatos vacantes. Ínterin que residimos en Quito, se ofreció la coyuntura de hacerse el capítulo en la religión de San Francisco, y con el motivo de vivir en aquel barrio tuvimos el de ver por menor todo lo que pasaba, y era que desde quince días antes de celebrarse el capítulo se hacía diversión el ver los religiosos que iban llegando a la ciudad con sus concubinas, y más de un mes después que el capítulo se concluyó, duró la de ver salir los que volvían a sus nuevos destinos. En esta misma ocasión, viviendo un religioso con toda su familia frente de la casa en donde estaba hospedado uno de nosotros, acertó a morírsele un hijo; aquel mismo día, a las dos de la tarde, fue toda la comunidad a cantarle un responso, y después le fue dando el pésame al doliente cada uno de por sí, lo cual se pudo ver tan completamente porque los balcones de la una casa correspondían enfrente de los de la otra, y no se perdía acción de las que se ejecutaban, acreditándolo además la publicidad. 10. Todo esto, que parece mucho, es nada en comparación de lo demás que sucede, siendo de suponer que apenas alguno se escapa de este desorden, ya sea viviendo en las casas de la ciudad, ya en las haciendas o ya en los propios curatos, porque igualmente en unos como en otros parajes viven con igual desahogo y libertad. Mas lo que se hace más notable es el que los conventos estén reducidos a públicos burdeles, como sucede en los de las poblaciones cortas, y que en las grandes pasen a ser teatros de abominaciones inauditas y de los más execrables vicios, de suerte que hacen titubear el ánimo sobre cuál sea su dictamen cerca de la religión o si viven con temor y conocimiento de la católica. 11. Con el pretexto de ser corto el número de sujetos en los conventos de las ciudades pequeñas o poblaciones cortas, deja de haber clausura en ellos, y entran y salen mujeres a todas horas porque son las que acuden a los ejercicios de guisar, lavar y asistir a los religiosos, de modo que las mujeres hacen oficio de legos. Al respecto mismo de éstas, entran y salen las concubinas a todas horas, sin que en ello haya embarazo ni que se haga reparable, en prueba de lo cual citaremos dos casos, que servirán para confirmarlo. 12. Hallándonos en una ocasión próximos a pasar de Cuenca a Quito, fuimos a uno de aquellos conventos a despedirnos de algunos religiosos conocidos; llegamos a la celda del primero y encontramos en ella tres mujeres mozas de buen parecer, un religioso y otro, accidentado y fuera de sentido, en una cama, que era en cuya busca íbamos; las mujeres le sahumaban y hacían algunas diligencias para que volviese en sí. Preguntamos al otro religioso la causa del accidente, y en breves palabras nos instruyó en que la una de las tres mujeres, la que más se acercaba al enfermo y daba señales de mayor sentimiento, era su manceba, con la cual había tenido un disgusto el día antes, y estando enojado con ella fue ésta con indiscreción a ponérsele delante en la iglesia de un convento de monjas donde estaba predicando y, arrebatándosele la cólera con el efecto de su vista, le acometió tan de improviso aquel accidente que, cayendo en el púlpito, no había podido proseguir el sermón ni volver en sí. De este principio tomó asunto el tal religioso para hacer un largo discurso sobre las pensiones de la vida, y lo concluyó haciéndonos partícipes de que las otras dos asistentes pertenecían la una a él y la otra al que hacía cabeza de la comunidad. 13. En otra ocasión, habiendo asistido uno de los individuos de la compañía francesa a un fandango de los muchos que se hacen allí continuamente, trabó conversación con una de las concurrentes, y llegando el caso de retirarse casi a media noche, se le ofreció el francés a acompañarla. Ella admitió la oferta y, sin decir nada, dirigió su camino a uno de los conventos de frailes; llegó a la portería y llamó. El francés no sabía qué pensar a todo esto, y lleno de confusión esperaba ver el fin del suceso, el cual reconoció en breve tiempo con no pequeña admiración, porque, habiendo abierto el portero, se despidió de él la mujer y se entró adentro, diciéndole ser aquella su casa y dándole las gracias por el acompañamiento. Puede considerarse la suspensión en que quedaría el sujeto francés, poco acostumbrado hasta entonces a semejantes lances y a tanta disolución, pero se continuaron después los que él y todos los demás experimentamos, que ya no los extrañábamos. 14. Si hubiéramos de referir todos los casos de esta especie que pasaron durante nuestra demora en aquellos países, sería forzoso un volumen crecido para ello, pero lo dicho hasta aquí podrá bastar para la comprensión de lo que aquello es, sin adelantar tanto que se ofenda la consideración en la noticia de tales sucesos trasladados al papel. Mas esto no podrá evitarnos la circunstancia de haber de continuar nuestro asunto, dando noticia de todo lo que corresponde a él. 15. La mayor parte de los desórdenes, o todos los que se cometen en los fandangos disolutos, que en los países de aquella América son tan comunes, como ya se ha dicho en la Historia del viaje, no parece que son sino invenciones del mismo maligno espíritu, que las sugiere para tener más esclavizadas a aquellas gentes; pero se hace sumamente extraño y aun increíble que la elección de instrumentos para ponerlas en obra y darles curso sea en la forma que allí se experimenta, y que causa repugnancia a toda razón. Estos fandangos o bailes son regularmente dispuestos por los individuos de las religiones o, para decirlo con más propiedad, por los que allí se llaman religiosos, no siéndolo. Estos hacen el costo, concurren ellos y, juntando a sus concubinas, arman la función en una de sus mismas casas; luego que empieza el baile empieza el desorden en la bebida del aguardiente y mistelas, y a proporción que se calientan las cabezas va transmutándose la diversión en deshonestidad y en acciones tan descompuestas y torpes que sería temeridad el quererlas referir o poca cautela el manchar la narración con tal obscenidad. Y así, dejándolas ocultas en la cárcel del silencio, nos contentaremos con decir que toda la malicia con que se quiera discurrir sobre este asunto, por grande que sea, no llegará a penetrar la cuantía en que se hallan encenagados aquellos pervertidos ánimos, ni será bastante para comprenderla. ¡Tanto es lo que sube allí de punto la disolución y la desenvoltura! 16. Con el pretexto de hacerse estas funciones en la casa de algunos de los religiosos, es bastante para que no haya justicia que se atreva a su sagrado, y aunque van disfrazados en hábitos de seglares los promotores del baile, basta la pública fama para que puedan éstos ser desconocidos. La confianza, pues, y la libertad de que ninguna justicia tendrá atrevimiento para entrar en estas casas ni jurisdicción para contener los desórdenes que se cometen en ellas, hace que se suelte enteramente la osadía y no haya términos en la disolución. 17. Lo más digno de notarse en los fandangos de que empezamos a tratar es que unos actos tales donde no hay culpa abominable que no se cometa ni indecencia que no se practique son con los que celebran allí las tomas de hábitos de religiosos, y las profesiones, y lo más particular es que festejen del mismo modo con ellos la celebridad de cantar la primera misa, la cual parece que es disponer este noviciado a los comprendidos para que según él tengan la vida después. Y tan bien parece que se aprovechan, tan puntualmente, de estos depravados documentos, que no se apartan en lo más mínimo de su observancia. 18. Haráse, sin duda, particular la singularidad de los sujetos que más se señalan en este desorden, pues es extraño no sólo el que las personas de un estado como el religioso concurran inconsiderablemente a los escándalos de los seglares, sino que sean ellos los que en alguna manera los inventan y los que dan la norma a los demás para tener una vida tan desastrada. Pero a esto no tenemos otra cosa con que poder satisfacer más que con la propia experiencia, con los sucesos y con la publicidad de los hechos, la cual es tanta que, heredando allí los hijos los nombres de los empleos distintivos de sus padres, se ven, no sin admiración, en una ciudad como Quito, una infinidad de provinciales de todas las regiones, priores, guardianes, lectores y, a este respecto, de cuantos ejercicios hay en la religión; de modo que los hijos conservan siempre, como títulos de honor, los de la dignidad de su padre, y en lo público casi no son conocidos por otros, siendo el motivo de esto que, muy por el contrario de hacerse vilipendioso entre aquellas gentes el conservar estos nombres distintivos, los tienen por honoríficos, y tanto más cuanto la dignidad del sujeto es mayor. De modo que, así como se gradúan por ésta las personas, del mismo modo lo están los hijos con el mérito de sus padres, y no atendiendo a la ilegitimidad ni al sacrilegio se tienen por felices en poder hacer ostentación de la mayor graduación de la dignidad, y así, ni en ellos causa el menor sonrojo, ni se puede extrañar el ser nombrados por el carácter que sus padres obtuvieron en la religión. 19. Lo antecedente parece que da bastante prueba de lo incauta que es esta vida en los religiosos, pues, a excepción de los libros bautismales, no se distingue la notoriedad de sus hijos de la de los demás. Ellos hacen vida maridable con las mujeres que toman para sí, sin que haya quien les vaya a la mano, y, perdida enteramente la vergüenza y el rubor, atropellan el sagrado de la prohibición, y aún parece que ésta causa en ellos más considerables efectos, no conteniéndose aún su viciosa inclinación dentro de los límites de una regular relajación, sino pasando al extremo de la disolución y del escándalo, y excediendo en todo a los seglares más desarreglados y menos contenidos. 20. Aquí puede hacerse extraño que los superiores de las religiones no pongan remedio en este punto, y que, aún cuando no les moviera otro celo que el del propio honor de las religiones, no lo hagan a lo menos con esta particular idea. Pero a esto no es difícil la respuesta, diciendo no la ejecutan así como parece justo, y son varias las causas que tienen para ello; tal es la de que, siendo abuso envejecido, no es fácil ya el contenerlo; tal el de que, no haciéndose ya escandaloso por lo muy regular que es en todos aquellos países, está recibido como costumbre. Pero lo más cierto es que les falta autoridad a los superiores para contener estos desórdenes, porque están tan comprendidos en ellos como los más inferiores, y siendo en ellos en quienes empieza el mal ejemplo, no puede haber cabimiento para que la reprensión procure con severidad dar a conocer la culpa al que la comete para que se corrija. En prueba de esto se verá lo sucedido sobre el particular por el caso siguiente. 21. Hallábase de cura en un pueblo de los de la provincia de Quito un religioso que en otras ocasiones había sido provincial de su religión, pero tan desarreglado en sus costumbres y tan perversas todas que tenía alborotado el pueblo con el exceso de sus escándalos y desórdenes, de modo que pasaron las quejas de los vecinos al presidente de Quito y al obispo, quienes a la repetición de instancias, no pudiendo disimularlas ya, reconvinieron con exhortos al provincial que entonces gobernaba, para que contuviese al religioso. Llamólo, pues, y pareciendo en su presencia le reconvino amistosamente con su edad avanzada, con su carácter y con otras cosas que le parecieron propias para conseguir de él que dejase aquella mala vida y no le diese ocasión de tener que sentir con el presidente y obispo por causa de sus excesos. El religioso lo estuvo oyendo con gran reposo, y luego que acabó el provincial tomó la palabra y, con la licencia que permite la mayor graduación y la confianza de amigos, con otras circunstancias que desvanecen enteramente las formalidades del respeto y de la subordinación, le dijo con mucho desenfado que si necesitaba el curato para algo sólo era para mantener a sus concubinas y para enamorar, porque por lo que tocaba a su persona, con una saco y una ración de refectorio tenía bastante para vivir, y así que si intentaba prohibirle las diversiones que tenía, podía guardarse su curato, que no lo necesitaba para nada. El, por fin, volvió al pueblo y continuó en su pervertida vida, lo mismo que antes. 22. Pero ¿qué reprensión podrá dar el superior a un súbdito en un delito que comprende a ambos igualmente y que, cuando llega el caso, van de compañeros a las casas de sus concubinas sin la menor reserva, pues tanto acuden a la del provincial a celebrar alguna función como a la de otro religioso particular? Así, allá ya no es extraño a los seglares este método de vida en los religiosos. Lo que les escandaliza son los ruidos que se ofrecen entre ellos y las concubinas, entre los hijos tenidos en una y los de otra, y entre las mismas mujeres que viven en esta corruptela, cuando no se contenía el religioso con una sola, y da celos a otra. De modo que rara vez faltan ruidos, los cuales, cuando sobrevienen en pueblos cortos, son más sensibles, con particularidad si llegan a hallarse mezclados en ellos los mismos vecindarios; también suelen provenir de la superioridad y mano que las concubinas y los hijos de los curas quieren tener sobre los del pueblo, avasallándolos y tratándolos con menosprecio o reduciéndolos a vida servil, como si fueran sus propios domésticos. Y a este respecto proceden no menos los escándalos, no de ver a un religioso cargado de hijos, ni de que viva con una mujer descubiertamente haciendo vida maridable, sino de los desórdenes o inquietudes que trae consigo una conducta, por todos títulos mala y desarreglada. 23. Aunque este desarreglo de vida comprende allá a eclesiásticos seculares y regulares, son los seculares más contenidos y no dan tanta nota. Y entre unos y otros no deja de haber algunos sujetos que vivan más ejemplarmente, pero bien examinados, son éstos aquellos hombres en quienes la adelantada edad ha dado ocasión para mudar la costumbre y reducirse a vida más regular, y suele suceder, en uno y otro que está retirado a buen vivir, el que esto sea después de estar cargado de hijos y de años, y ya por naturaleza vecino a la sepultura. 24. Todo el retiro de estos hombres reputados ya por ejemplares mediante su virtud , todas sus mortificaciones y ayunos quedan reducidos a vivir con continencia, sin comunicación de concubinas. Esto, que a la primera vista parece poco triunfo, lo es grandísimo si se considera que hay muchas personas en quienes concurren las mismas circunstancias y no por esto se separan de este vicio tal vez hasta el instante en que mueren. Muchísimos son los ejemplares que de ello pudiéramos citar, pero nos ceñiremos a uno que será bastante para comprobación de lo que queda dicho. 25. En el llano donde se hicieron las primeras operaciones correspondientes a la medida de la Tierra estaban varias haciendas pertenecientes a religiosos, y entre ellas una que administraba uno de éstos, tan caracterizado que había obtenido en varias ocasiones el empleo de provincial. Era esta hacienda tan cercana a otra en donde nos alojábamos que por la mayor inmediación la preferíamos muchas veces para ir a oír misa los días de precepto. Con esta comunicación tuvimos bastante motivo de saber lo que pasaba en ella y en las demás inmediatas, pero aún no era necesaria tanta para no ignorarlo, siendo cosas tan públicas que, al mismo tiempo que informaban a uno de los nombres y pertenencias de las haciendas, le hacían capaz de todas las circunstancias que concurrirían en su dueño, sin olvidar las de su estado y vida. Este religioso, pues, pasaba ya de los ochenta años, pero, con todo, hacía vida maridable con una concubina moza y de buen parecer, de suerte que ésta se equivocaba con las hijas del religioso tenidas en otras mujeres, porque ya era ésta la cuarta o quinta que había conocido de asiento, y como hubiese en casi todas tenido hijos, era un enjambre de ellos el que había, unos pequeños y otros grandes. Toda esta familia se ponía a oír misa en el oratorio, y la concubina actual en el lugar preeminente, haciendo cabeza. El religioso decía la misa, y uno de sus hijos se la ayudaba. Lo más digno de reparo es que, aun habiendo estado por tres veces sacramentado y a los últimos de su vida, no había sido posible conseguir que la hiciese retirar de su presencia, y por último, a la cuarta, murió, como dicen, en sus manos. Pero esto no debe hacerse extraño si se atiende lo que queda dicho antes: que los que enferman en sus conventos salen de ellos para curarse en sus casas, en las cuales se conservan al lado de las concubinas y asistidos por ellas mismas, hasta que sanan o mueren. 26. Los religiosos, y todos aquellos que no pueden desposarse por ser contrario a su estado, no sólo viven gozando del matrimonio, sino que llevan ventajas a los que verdaderamente están casados, porque tienen la libertad de mudar mujeres, ya sea cuando no convienen con el genio o cuando han perdido con la edad la hermosura. Y así lo practican siempre que se les antoja o que se les ofrece ocasión de mejorarse en ellas. A las que dejan suelen asignarlas un tanto de semana para que se mantengan, y esto les corre, ínterin que viven, cuando el religioso de quien dependen es sujeto de conveniencias y de graduación. De estos antecedentes se puede reflexionar el estado que tendrá allí la religión, la gravedad de los sacrilegios que se cometerán a vista de todo el mundo, la indecencia grande con que se celebrará el Divino Culto, y la poca o ninguna seguridad que habrá en la fe. Déjase todo esto a la prudencia del juicio, porque no fuera justo el avivar en ello la consideración para acrecentar el sentimiento que de ella debe originarse. 27. Sólo falta ahora examinar qué casta o especie de mujeres es la que concurre y se abandona a esta especie de ilícita comunicación, porque en ello no hay menos que extrañar que en lo que se ha dicho antes. 28. No es regular en aquellos países haber mujeres públicas o comunes, cuales las hay en todas las poblaciones grandes de Europa, y, por el mismo respecto, tampoco lo es el que las mujeres guarden la honestidad que es correspondiente a las que no se casan, de suerte que, sin haber rameras en aquellas ciudades, está la disolución en el más alto punto adonde puede llegar la imaginación. Porque toda la honradez consiste allí en no entregarse profanamente a la variedad de sujetos que las soliciten, y ejecutándolo señaladamente con uno u otro no es ni desdoro ni asunto para desmerecer. Así, sin reserva o repugnancia, condescienda en las solicitudes cuando son acompañadas de alguna prueba o seguridad en la permanencia, lo cual se reputa entre aquellas gentes, a poca diferencia, por lo mismo que el matrimonio, con sólo la diferencia de que en éste sólo la muerte puede ocasionar separación verdadera, y en aquél la hay a voluntad de los sujetos. 29. Ya se ha dado a entender en otras partes que lo más crecido de aquellos vecindarios se compone de mestizos y gente de castas; en unas ciudades son éstas provenidas de la mezcla de indios y españoles, y en otras, de españoles y negros, y de españoles, negros e indios. De unas y de otras castas van saliendo con el discurso del tiempo, de tal suerte que llegan a convertirse en blancos totalmente, de modo que en la mezcla de españoles e indios, a la segunda generación ya no se distinguen de los españoles en el color, no obstante que hasta la cuarta no se llaman españoles; en la mezcla de españoles y negros conservan más tiempo la oscuridad, y se distinguen hasta el cuarto grado, o a lo menos hasta el tercero. Estos se conocen por el nombre genérico de mulatos, aunque después se les agrega el distintivo de tercerones, cuarterones, etcétera, según su jerarquía. 30. Estas mestizas o mulatas, desde el segundo grado hasta el cuarto y quinto, se dan generalmente a la vida licenciosa, aunque entre ellas no es reputada por tal, mediante el que miran con indiferencia el estado de casarse con sujeto de su igual al de amancebarse; pero aún es tanta la corruptela de aquellos países, que tienen por más honorífico esto último cuando consiguen en ello las ventajas que no podrían lograr por medio del matrimonio. No son sólo las mujeres comprendidas en las clases de mestizas o mulatas las únicas que se mantienen en esta moda de vida, porque al mismo respecto entran en ellas las que, habiendo salido enteramente de la raza de indios o de negros, ya se reputan y están tenidas por españolas. Y a proporción que es más o menos sobresaliente la calidad de cada una, procuran asimismo no entregarse sino a personas de más jerarquía, de suerte que un sujeto graduado, o ya en lo político, o en lo civil, o en lo seglar, o en lo eclesiástico, es regular que se incline a una mujer española, y tal vez, sin reparar el agravio que hace a la familia, a alguna de un nacimiento distinguido; pero la demás gente que no tiene tantas circunstancias se contenta o se aplica a las que no están tan cerca de ser españolas, según la calidad de cada sujeto. De modo que en este particular se ofrecen dos circunstancias; la una, la que ya queda dicha tocante a la calidad, porque una mestiza en tercer grado tendrá a desdoro el entregarse a otro mestizo también en tercer grado, pero no a un español, y con particularidad si es europeo, porque en este caso ya se supone favorecida, y mucho más cuando concurren en él otras circunstancias que levantan su jerarquía; en segundo lugar, atienden a los posibles de los sujetos para que puedan mantenerlas con la decencia que corresponde a la calidad de ellas, y según es ésta, así se eleva más o menos la ostentación y la profanidad. Estando corrientes estas dos circunstancias, no hay dificultad en todo lo demás, porque después se reduce a un matrimonio clandestino, el cual dura diez, quince o veinte años, hasta que el sujeto muda de idea y sigue otra carrera, o reforma aquella misma tomando otra mujer, lo cual suele suceder muy de continuo. 31. Tan contrario es para el desdoro este método de vida, o que redunde perjuicio de él al honor o decoro de las mujeres o de los hombres, que se celebran los adelantamientos de los concubinos públicamente por las mujeres que les pertenecen, y cuando un religioso ha conseguido dignidad de las de su religión, recibe parabienes su concubina, como interesada en el nuevo honor. A proporción de éstas, todas las demás, como que en ello consiguen mayor ingreso, que es lo que desean. 32. Es regular ser los religiosos los que tengan más ventaja en cuanto a las circunstancias de las mujeres que se les entregan, naciendo esto de que, al paso que están en aptitud de conseguir mayores conveniencias, tienen menores motivos de expendios en sí propios, y por esto lo convierten todo en ellas, lo que ni sucede en los seglares ni en los demás eclesiásticos, porque unos y otros, aunque las mantengan, no es gastando en ello todo su caudal, como lo practican los religiosos, los cuales, como ellos mismos dicen, con un saco tienen concluidas todas sus galas, y todas sus obligaciones están ceñidas a las que ellos mismos se imponen. Con que todo cuanto agencian, ya fuera o ya dentro de la religión, lo convierten en estas mujeres y son el remedio de sus familias. 33. Los hijos e hijas de estos religiosos, por lo regular, siguen el método de vida que tuvieron sus padres, y en esta forma se van heredando las costumbres de unos en otros. No obstante suelen casarse algunas, y esto sucede cuando sus padres han tenido posibles para dotarlas sobresalientemente, en cuyo caso solicitan sujeto de singulares prendas que darlas en matrimonio. Y es muy regular que suelan procurarlas algún europeo o chapetón de los recién llegados, porque éstos, pobres entonces y brindándoseles una fortuna tan considerable como la de tales dotes, no reparan mucho en las demás circunstancias, que son poco notables en el país. 34. Faltando, pues, según se infiere de lo que queda dicho, en los hombres el escrúpulo o repugnancia de parte de la conciencia para retraerse de tal vida, y el pudor o recato en las mujeres para lo mismo, no se hará repugnable el que el número de esta ente sea tanta que apenas haya alguno que no se halle comprendido en ella. No nos adelantaremos, con todo, a decir tanto por no infamar con una nota tal a los que tal vez se hallen exentos de incurrirla, pero podremos asegurar que de varios sujetos que conocidos y tratamos por de vida quieta y cristiana, y los cuales para nuestro concepto estaban en el de que siempre habían vivido en la misma regularidad, el tiempo nos dio a conocer lo contrario, y con circunstancias tales que nos daban motivo para dudar después aún de aquellos que, en lo exterior, dejaban más evidentes señales de virtud. 35. Este desorden en el régimen de vida, así en seglares como en eclesiásticos, es general en todo el Perú, de tal modo que lo mismo practican en Quito, en Lima y en las demás ciudades, sin diferencia alguna, siendo la raíz universal de este daño el que, como todos aquellos países se conquistaron y poblaron con unas mismas gentes, los abusos que éstos introdujeron en los principios han cundido con igualdad en ellos y se han hecho generales. 36. Lo cual supuesto, y continuando el hilo de nuestra narración, pasaremos a dar noticia de los alborotos y ruidos que se causan con el motivo de los capítulos en todas las religiones en las Indias, a excepción de la Compañía, que por tener distinto gobierno no está comprendida en lo que tenemos dicho hasta aquí, ni en lo que se dijere de aquí adelante. 37. Son los capítulos que las religiones celebran en aquellas provincias del Perú no menos escandalosos que la vida de sus individuos, por los ruidos y alborotos que ocasionan. El origen de todo este daño proviene de lo muy apetecibles que son los empleos y dignidades de las religiones, y de esto se originan todos los demás extravíos que padece la conducta de sus individuos. De aquí nace el que atiendan poco o nada a la conservación y aumento de las misiones, el que no se empleen en sus legítimos fines de predicar y convertir infieles, que parezcan en público haciendo bandos de parcialidades, fomentando y acalorando más las discordias de los particulares, cuando deberían ser los que mediasen en ellas y los apaciguasen; de aquí también nace la vida pervertida, desarreglada y escandalosa que tienen todos, desde el primero hasta el menor y, últimamente, que no sean religiosos los que componen el cuerpo de las religiones. 38. Todo el objeto de las comunidades está fijado en la elección de provinciales y, aunque el interés sólo sería bastante a arrastrar del todo la atención, ya en los tiempos presentes se agregan otros motivos más, como lo es el de la alternativa entre europeos y criollos; y aunque es cierto que con ésta se trunca el progreso continuo de un partido, ella por sí causa más alborotos que los que pudiera ocasionar toda la religión junta sin alternativa. Consiste ésta en que un trienio sea gobernada la provincia por europeo o chapetón, y otro por criollo, y a este mismo respecto se provean todos los demás empleos de prioratos, guardianías y curatos. Pero no todas las religiones gozan este modo de gobierno, porque aunque en el primitivo tiempo de su fundación lo tenían, después se ha abolido el derecho, como sucede en Quito en las religiones de San Agustín y la Merced, y en Lima con la de Santo Domingo, las cuales, aunque en otros tiempos se gobernaron con alternativa, al presente no la tienen; antes bien, para que no llegue el caso de que se vuelva a restituir, en algunas religiones ni dan el hábito a ningún europeo que quiera tomarlo en ella, ni admiten a ninguno que siendo religioso vaya con patente para ser conventual allí, de cuyo modo están libres de peligro de que se entable nuevamente la alternativa. El haberse extinguido en estas religiones ha sido por falta de sujetos en quienes recaiga el provincialato, no obstante lo preciso de las constituciones que, con particular previsión en algunas religiones, previenen que en caso de no haber más que un lego europeo, siendo éste apto para recibir las órdenes, se le ordene y recaiga en él la elección de provincial. Pero sin tanta estrechez como ésta, disponen las constituciones en todas las demás religiones que habiendo sujeto europeo sacerdote, aunque le falten todas las demás circunstancias, sea elegido en virtud de la alternativa. 39. La institución de que hubiese esta alternativa en aquellas religiones fue muy acertada porque, sin duda, llevó el fin de que, con esta providencia, se mantuviese en ellas el honor y el lustre, consiguiéndose que los abusos y desórdenes introducidos en el trienio que gobernase la provincia un criollo, si acaso había algunos, se corrigiesen en el gobierno siguiente de chapetón, cuyo sujeto, siendo al parecer natural que conservase las costumbres y buen régimen de su noviciado y provincia matriz, lo sería asimismo, el que procurase entablarlas en la otra el tiempo que gobernase. Siendo su instituto y el carácter con que pasó el europeo a las Indias el de misionero, también parece natural el que pusiese toda su atención, cuando tuviese acción para ello, en fomentar las misiones, adelantarlas y, con celo y fervor, solicitase todos los medios que pudiesen contribuir a la conversión de los infieles. Si esto se practicara y fuera tal la ocupación y cuidado de los provinciales europeos cuando lo fuesen por alternativa, no hay duda que seria muy útil tal providencia y que, en tal caso, debería mandarse que precisamente hubiera de haberla en las religiones que ya la han perdido, pero no siendo así, sino muy por el contrario, sería conveniente extinguirla en todas las religiones, pues, para que sus individuos vivan desarregladamente con el escándalo que ya se ha dicho, no es necesario enviarles sujetos de España, porque ellos lo harán por sí, sin dar ocasión a que con el mal ejemplo se perviertan los que no lo están. Pero vamos a internarnos más en todas las causas de tal conducta polarizada en los capítulos. 40. El usufructo que dejan los provincialatos es tan cuantioso que, con justa razón, se hace en aquellas partes más apetecible el empleo y más acreedor a las disputas, pues si directamente interesa con cuantiosas riquezas al que lo disfruta, facilita potestad y da medio para partir el ingreso, sin perjuicio propio, entre los de la facción, y como ninguno tiene a bien el verse excluido de coyuntura tan favorable, procuran todos arrimarse a aquellos sujetos en quienes tienen esperanza de conseguir el adelantamiento que pretenden. Y como a esto se agregue también la inclinación y afecto de cada uno, de aquí nace el que se dividan en varios partidos y, declarados cada uno por el sujeto de su facción, rompen la guerra civil entre los dos bandos y dura perpetuamente; porque, aunque sea perdidoso el uno, queda siempre esperanzado en la venganza, y así o no llega el caso de que se termine la discordia o es raro el que todos se unan y tengan tranquilidad. 41. Antes de celebrarse los capítulos, se publican, como es regular, en toda la provincia para que todos los que tienen voto, y los que no lo tienen, acudan a la ciudad en donde se celebra; y así, dejando los prioratos, las guardianías y los curatos, pasan a hallarse en el capítulo, a cuyo fin llevan consigo parte de las riquezas que han atesorado hasta entonces; de modo que si se le hubiera de dar el nombre que propiamente pertenece a esto, sería el de feria el que le convendría, porque tal es la que en disfraz de capítulo se celebra. Cada sujeto hace manifestación de sus caudales y se previene de amigos, para lograr con ellos lo que solicita después de concluido el capítulo. 42. Déjase considerar que donde los pretensores son muchos y las alhajas que se ferian no tantas, precisamente han de quedar algunos sin ninguna y que, previendo esto los interesados, se esforzarán todos a tener mayor valimiento, a fin de no ser de los excluidos. Con lo cual se acrecentarán los ruidos, serán más vivas las parcialidades y estarán convertidos aquellos conventos en teatros de confusión en donde la discordia, la enemistad y la ira reinan alentadas del viento de la contrariedad que tienen unos ánimos contra otros. Y como las desazones y ruidos que traen consigo estas alteraciones no pueden estar sigilosas dentro de los ánimos de los que las promueven, en breve se hacen comunes a los ciudadanos y se convierten en asunto público y se vuelven objeto de las principales conversaciones; y esto empieza tal vez desde seis u ocho meses antes que se haga el capítulo, pues con la misma anticipación lo tratan las comunidades. Así, cuando lo interior de éstas se arde, toda la ciudad participa del incendio, y no hay persona de alta o baja esfera que no se declare por alguno de los partidos, ni que deje de tener parte en el capítulo; y así viene a haber tanta pasión en los seglares como en los religiosos, pues, aunque es cierto que la falta de otros asuntos que sirvan allí de diversión da motivo a que se hagan recomendables en la estimación los más pequeños, en el que se va tratando no sucede lo mismo, porque además de que excede el método de empeñarse en él a los términos regulares de mera diversión o entretenimiento, hay el poderoso fundamento de que la pasión de aquellas gentes se mueve por el interés que tienen en los capítulos, y éste es el que gobierna sus ánimos y los reduce a los extremos de una fervorosa contienda. 43. Tienen los seglares varios motivos que los interesen en los capítulos porque, si bien se repara, unos lo están en que sus ahijados sean los que salgan con el lauro, para que logren conveniencias y sean de todos, y así, los gobernadores o presidentes y los oidores no son los que menos parte tienen en los capítulos; otros se interesan en los amigos, otros en los parientes y, por este temor, cada uno tiene lo bastante para no gozar de tranquilidad en el ínterin que duran los alborotos del capítulo. Por esto, si los religiosos cabilan dentro de sus conventos, no se duermen los seglares afuera, y tanto cuanto los unos maquinan para destroncar las fuerzas del partido contrario, lo apoyan los otros con la persuasión y con el consejo, y lo toman a su cargo para que se cumpla su efecto más completamente por medio de sus diligencias y eficacia. De esta forma se mantienen unos y otros sin que en todo aquel tiempo se oigan más conversaciones ni se trate de otro asunto que del capítulo, del partido que tiene cada bando, de la sinrazón del contrario, y de la justicia del de la inclinación o interés de cada sujeto. Llega el día de la función y empieza en él la votación, con la cual empiezan asimismo a declararse descubiertamente los que son de cada partido, entre los cuales votan cada uno por el suyo, como que cada cual desea que prevalezca su bando. Pero como no puede haber más que un provincial y son dos o tres los que lo pretenden, empieza el desorden, falta la obediencia y, sin ella, unos acuden al tribunal de la Audiencia, otros se valen del favor del virrey o presidente, otros empiezan ya a huir para Roma reclamando ante sus generales de la fuerza y, por último, es el virrey, el gobernador o las audiencias quienes hacen que prevalezca el partido que es de su facción, aunque no sea el más justo. Y aunque por entonces, con el destierro de unos y con la mortificación de otros de los que han sido de contrario partido, se tranquilizan alguna cosa, queda no obstante el encono ardiendo interiormente, y tan deseoso de conseguir venganza que, aunque avasallado enteramente, no por esto disimula el sentimiento, y así vuelven a reverdecer estas semillas en el capítulo siguiente, de modo que en ninguno se terminan, pues, aunque lleven buen despacho los que de uno y otro partido ocurren a Roma, y los generales se inclinen siempre al lado de la justicia, no basta esto para extinguir aquella cisma que una vez tomó cuerpo y llegó a apoderarse de los ánimos. 44. Las religiones con alternativa tienen mayores motivos para que estos ruidos sobrevengan en todos los capítulos, porque aun sin éste, tenían bastante con sólo las parcialidades entre criollos y chapetones, para estar en una continua guerra. Pero aun no habiendo esta circunstancia, son por el mismo tenor los alborotos en las religiones en donde se extinguió la alternativa, con sola la causa de los crecidos intereses que pertenecen al provincialato y otros que son anejos a este empleo, los cuales se llevan la atención de los sujetos. Y como cosa tan propia, redunda de ello todo el ruido, las pasiones desenfrenadas, las inclinaciones y demás cosas que se experimentan. 45. Concluido el capítulo, que consiste en hacer la elección del provincial, provee éste todos los demás empleos a su contemplación, o deja por la primera vez la acción al que acaba, cuando ha sido de su facción, de suerte que el elegido hace este obsequio al que lo elige y, bien sea uno o bien el otro, nombra priores o guardianes para todos los conventos de la provincia, prorroga a los curas sus curatos, los promueve o nombra otros en su lugar, todo lo cual le vale sumas muy crecidas. Porque del mismo modo que se ha dicho de las residencias de los corregidores, sucede con todos estos empleos que dan los provinciales, para los cuales hay arancel, según el cual está regulado lo que cada uno debe contribuir, sea con título de pensión, con el de limosna, con el de obsequio o con el que se le quisiere aplicar, porque con cualquiera de estos pretextos se encubre el arancel, y ya se sabe que no se provee empleo ninguno si no es precediendo la cantidad determinada, o la obligación de haberla de entregar cuando el mismo empleo haya rendido para ello. Aunque el nuevo provincial ceda en el que acaba el privilegio de proveer todos estos empleos, no por esto deja de valerle sumas muy crecidas lo que se provee en aquella ocasión, porque, además de las que los interesados dan al que les hace la gracia, obsequian también al que cede la acción para ello, y así quedan con un ingreso muy sobresaliente, pero no es éste comparable al que hacen después en las visitas y en el capítulo intermedio, que es de donde sacan el mayor usufructo. 46. En el capítulo intermedio, cuyo fin es el de proveer lo que estuviese vacante, se ha hecho ya costumbre de no practicarlo así, sino de proveer enteramente todo lo que pertenece a la provincia, y aunque sea en los mismos sujetos a quienes se les confirió en el capítulo, ha de ser precediendo la circunstancia de volver a contribuir con lo que está asignado por el valor de cada empleo, porque sin ello se daría por vacante y nombraría a otro en él. Con que, en propios términos, vienen a ser dos capítulos los que tiene cada provincial para su ingreso. 47. Además de las contribuciones que hacen los religiosos empleados al provincial, tanto al tiempo de ser nombrados como al de ser reelegidos, tienen las obvenciones de la visita, en la cual cada prior o guardián, cura y hacendero, tiene obligación de acudir con un tanto, que es como derecho de la visita y obsequio al mismo tiempo. Esto se entiende después de mantenerlo a él y a su familia, con el mayor regalo que es posible, todo el tiempo que se mantiene en aquel pueblo, y de costearle todo el viaje hasta llegar al inmediato. 48. A1 mismo tiempo que se proveen los empleos eclesiásticos de toda la provincia, da el provincial en arrendamiento, a aquellos religiosos que no han podido tener cabimiento en los curatos y son de su facción, las haciendas que pertenecen a la misma provincia, de las cuales saca también no pequeño usufructo, porque los conventos se mantienen con las demás rentas particulares que pertenecen a cada uno. De suerte que, junto todo, saca el provincial en su trienio cien mil pesos saneados y mucho más, según es el provincialato, pues los de San Francisco y Santo Domingo de Lima se regulan que pasa cada uno de 300 a 400 mil pesos, y a éste respecto son todos los demás de aquella provincia. Ahora pueden disculparse, a vista de unas utilidades tan crecidas, los ruidos, los alborotos, las inquietudes y los sobresaltos que se ocasionan a religiosos y a seglares sobre los capítulos, pues, bien considerado, no es para menos lo que se expone a perder o se va a ganar en salir victoriosos de tal lance, porque además de que el honor y el carácter es grande, excede a uno y a otro el atractivo de un interés tan crecido como el que va cifrado en la consecución de tales empleos. 49. Todo el obsequio con que los provinciales gratifican a los que han sido de su facción, consiste en preferirlos para los empleos mediando en ello el regular indulto, estipulado ya, lo cual no borra el mérito del obsequio, porque siempre lo es el darle a un sujeto cosa en que pueda sacar libres doce mil pesos, o más, en el tiempo que hubiere de gozarlo, aunque él haya concurrido con tres o cuatro mil pesos por modo de regalo, o tal vez, como sucede muy regularmente, de lo mismo que el empleo usufructa, haga el obsequio al provincial. 50. Lo más digno de reparo en este particular será el que una religión como la de San Francisco, no escrupulice allí en manejar los talegos de mil pesos como si fueran maravedises o, más propiamente, como si fueran camándulas; que trate y haga su feria de guardianías y curatos como las demás (esto se entiende siendo todas las casas que hay en el Perú de observantes y de recoletos); que los provinciales saquen de su trienio sumas aún más cuantiosas que los provinciales de las otras religiones, porque es mayor el número de curatos que les pertenecen, y que, a proporción, los guardianes y curas sean ricos, tengan caudales muy saneados, mantengan casas particulares y, finalmente, que haya provinciales, y de todas las otras jerarquías, ricos, ostentosos y haciendo eco en las ciudades y poblaciones grandes, en donde viven. 51. Además del cuantioso caudal que los provinciales sacan del tiempo que lo son, les corresponde de derecho, gratuitamente, luego que han concluido su gobierno, una de las mejores guardianías o curatos de toda la provincia, lo cual se entiende por aquel que da más usufructo, y asimismo son árbitros para escoger para sí la hacienda de la provincia que les parece mejor y, pagando lo que es regular de su arrendamiento, gozarla como propia para poder vivir en ella. A estas conveniencias se les agregan otras de honor y de utilidad, tan sobresalientes todas que no les queda ninguna otra cosa que apetecer. 52. Vista ya la utilidad que tienen los religiosos de todas las órdenes (a exclusión de la Compañía) en las Indias, y que no se les ofrecen motivos en qué expenderla, se está declarando el impropio uso que le darán en mantener una vida perdida y una conducta extraviada. Así se ve que, entre los viciosos que hay en las Indias, sobresalen a toda suerte de sujetos los religiosos, porque si es en el uso de las mujeres, ningunos lo tienen más comúnmente, ni con más desenfado ni desahogo que ellos; si es en el hablar, causa horror el oírles, viendo desatadas sus lenguas y hechas instrumentos de la mayor torpeza y de la sensualidad; ellos juegan como ningunos, beben con más desorden que los seglares, y no hay vicio que les sea ajeno. Todo lo cual nace de la obra de conveniencias, pues, no teniendo en qué emplearlas ni en qué emplear el tiempo que les sobra, aplican uno y otro a los vicios, y en ellos viven hasta que mueren. 53. Siendo (como no hay duda) evidente que el grave desorden de los religiosos en todo el Perú nace de las crecidas sumas que los interesan, y que éstas provienen de los cuartos, podría remediarse con facilidad disponiendo que ningún cuarto (los cuales gozan ahora con título de doctrina) pudiese ser administrado por religiones, sino que todos se agregasen a los obispos y se proveyesen en clérigos, los cuales, por mal que traten a los indios, los tratan con mucha menor tiranía que los religiosos. Y es la razón porque no tienen que sufragar nada para que se les confieran los curatos y, una vez que les son conferidos, no están pensionados en la repetición de los obsequios a los provinciales para ser prorrogados, y así, mirando los curatos como cosa propia y con amor, no hostilizan en ellos como los que, para mantenerse, para solicitar otro mayor, o para quedar con suficiente caudal luego que expire su término, necesitan estrechar la feligresía hasta el último extremo, a fin de sacar lo más que el curato pueda dar de sí. Esto mismo, experimentado allí en las dos suertes o especies de curatos, unos de clérigos y otros de religiosos, aquéllos perpetuos y éstos no, aquéllos conferidos por el mérito de las oposiciones y de los sujetos y éstos por el de la cantidad que dan por ellos a los provinciales, nos ha dado motivo a reflexionar sobre los corregimientos y a ser del dictamen que dejamos ya expuesto en la sesión cuarta sobre el temor que nos parece debería guardarse en su proveimiento. 54. No se evitaría con la providencia de proveerse en clérigos todos los curatos, el escándalo que da la mala vida, porque la de éstos y la de los religiosos, en lo formal es tan depravada una como otra; en lo accidental, no obstante, hay mucha diferencia a favor de los clérigos, porque éstos, como ya se ha dicho, son más cautos, procuran disimular sus flaquezas, se nota en ellos más pudor y ni sus palabras son con tanta desenvoltura, ni sus acciones tan escandalosas, de modo que, para que bien se conozca la diferencia que hay entre la disolución de los religiosos y la fragilidad de los clérigos, diremos que éstos no son ni más disolutos ni más libres que los seglares, antes bien, si hay diferencia entre los dos estados, podrá aplicarse a los clérigos el mayor disimulo y cohonestación, pero los religiosos, por el contrario, en todas circunstancias exceden en mucho a los seglares. Y así, aunque enteramente no se consiguiese la reforma de unos abusos tan perniciosos, podría lograrse en parte y aun tenerse esperanzas de que, con el tiempo, y los buenos ministros y prelados que se enviasen, se fuesen desarraigando los vicios, y los abusos perdiendo el valimiento que ahora tienen, y tomando régimen razonable aquellos países. Y aun cuando no se lograse esto, ni en todo ni en parte, se conseguirían otras ventajas muy favorables al rey y a los vasallos, y tan precisas ya en los tiempos presentes que, sin ellas, no podrán tener gran subsistencia aquellos reinos o, por lo menos, no debe haber esperanza de que sus poblaciones se adelanten a los dilatados países que aún hoy no reconocen más soberano que la barbaridad de los indios, ni más dueño que las fieras. 55. A esta providencia puede objetarse que el poseer curatos las religiones es nacido de que, faltando clérigos para ocuparlos, se las repartieron aún después de haberlos dejado hecho renuncia de ellos las religiones. Pero esto tiene fácil respuesta, pues, ordenando seglares a título de "suficiencia" para los curatos, habrá los bastantes para ellos, quedando a la prudencia de los obispos el no ordenar más que aquéllos que pareciesen precisos para ocupar todos los curatos, porque el extenderse a más sería aumentar los clérigos con exceso, sin tener rentas que darles de pronto para que se mantuviesen; pero si se pretendía que para ordenarse hubiesen de tener ca-pellanías suficientes, en tal caso no sería de extrañar el que no hubiese tantos clérigos cuantos se necesitasen para todos los curatos. Esto no obstante, aun sin aumentar eclesiásticos a los que al presente habrá en cada provincia, si de repente se diese la providencia de que pasasen todos los curatos a ser administrados por clérigos, no faltarían los precisos para llenarlos, porque hay muchos atenidos sólo a la cortedad de sus capellanías y a la misa, por no tener cabimiento en los curatos. 56. Alegarán las religiones, si se intenta despojarlas de los curatos o doctrinas, que no hay razón para hacerlo, y que su derecho a los curatos es, sin comparación, mucho mayor que el de los clérigos, porque, desde los primitivos tiempos en que se hicieron las conquistas, han trabajado en la conversión de aquellas gentes y en su enseñanza, lo cual no se les puede contradecir, pero de entonces acá hay la diferencia de que en aquellos tiempos tenían los pueblos a su cargo para trabajar en ellos y sacar sólo el fruto espiritual, y al presente lo que trabajan es en buscar modos para adelantar más las hostilidades contra los indios y cómo han de sacar mayor ingreso, y con tal de que este fin se consiga, no atienden a nada más. Siendo, pues, tan sensible la diferencia, y habiendo declinado tanto del cumplimiento de su obligación y del buen fin con que se les encomendó aquel ministerio, parece que no hay embarazo en privarlos de los curatos o doctrina o, por decirlo mejor, de unas utilidades crecidas que ni les corresponden por su estado, ni les hacen falta, y no siendo éstas el curato ni doctrina, claro es que no se les priva de lo que les pertenece, y sí sólo de lo que se han ido apropiando. De modo que, bien mirado, no se hallará por ninguna parte razón que con formalidad se oponga a la separación que se debe hacer de los curatos a las religiones, y sí muchas y muy poderosas que obliguen a ello, y que graven la conciencia si, conociéndolo como remedio para evitar tanto daño, se deja de hacer por otros particulares fines. 57. Según se ha dicho, es la sobra de dinero en los religiosos quien les da ocasión para que tengan una vida pervertida y mala, y siendo cosa innegable que estamos obligados a evitar los pecados de los prójimos contra Dios cuando su remedio penda de nuestra mano, en ninguno parece que esta obligación será más grande que en aquel cuya naturaleza y circunstancias son tales que no admiten disimulación, y traen consigo las gravísimas consecuencias contra la religión que vamos a aclarar. 58. La mala vida de los curas admite menos disimulación en aquellos países que en otro alguno, porque siendo recién convertidos a la fe y llenos todavía de gentiles, en éstos, como en plantas nuevas y en quienes no están bien arraigadas los misterios de la fe, causa malísimos efectos el desorden de los mismos que les predican el Evangelio y les han de reprender los vicios; de modo que la religión se hace irrisible y menospreciable entre aquellas gentes, viendo que se les mandan guardar unos preceptos y el ejemplo les enseña totalmente lo contrario. Los efectos de este desordenado y escandaloso régimen se están dejando ver en todas aquellas gentes por el poco fruto que la religión ha hecho en ellas, y sus malas consecuencias se experimentan en la constancia de los indios gentiles a permanecer en los falsos ritos de su idolatría, porque instruidos, como ya se ha advertido en otra sesión, de todo lo que sucede entre los indios cristianos y reducidos a la obediencia de los españoles, ni la religión les da golpe, quedándose lo bueno de ella oculto a su conocimiento, ni el gobierno político se les hace apetecible. Uno y otro defecto se podría remediar con las disposiciones que llevamos prevenidas, y esperarse de ellas alguna mejora de costumbres y policía en aquellos países. 59. Al mismo tiempo que se diese nueva forma en los curatos, convendría el que se prohibiese con la mayor eficacia y penas, hasta la de privación, que en ellos no pudiese haber fiesta alguna de Iglesia hecha por los indios, sino que los curas hubiesen de hacer por obligación las regulares de parroquias, sin que los indios las costeasen ni contribuyesen a ellas más que con sus personas, y que, aunque los mismos indios quisiesen hacerlas, no lo consintiesen los curas por ningún motivo; que con ningún pretexto ni ocasión pudiesen admitir los curas, ni precisar a los indios a que les den camaricos si no es el del huevo y leña que deben llevar los días de doctrina, y que ni por los sermones de doctrina, ni por los panegíricos, pudiesen admitir los curas ningún estipendio con éste o con otro título, estando obligados, como debería imponérseles por orden especial, a predicarles en todos los domingos y días de precepto un sermón sobre el Evangelio, ciñéndolo a que hubiese de durar precisamente media hora, porque de no ser así serían sermones como los que en algunas ocasiones hemos oído en aquellos pueblos, los cuales darán a conocer, con el ejemplo siguiente, el sumo descuido con que tratan las materias de religión, que son las que piden allí mayor formalidad, particularmente para con los indios. 60. Habiendo concurrido a oír misa en un pueblo un día de fiesta, en la provincia de Quito, eran ya las dos de la tarde y todavía no pensaba el cura en ir a la iglesia y, valiéndonos de la amistad que había con él, le instábamos a que no se detuviese más tiempo, porque estando todos en ayunas, empezaba a hacerse sentir la hambre. Viendo él nuestra justicia y no pudiendo acelerarse porque aquel día había fiesta y procesión solemne y no se habían juntado hasta entonces los mayordomos y priostes, nos dio a entender que aquella tardanza se desquitaría después, porque en todo sería breve. Efectivamente, después de las dos y media de la tarde pasamos a la iglesia y, habiendo anotado en tres muestras a segundos la hora a que se empezó la función, apenas se cumplieron diecisiete minutos hasta quedar concluida, y en tan corto espacio, además de la ceremonia del aspersorio, hubo la misa solemne con música, acabado el Evangelio predicó el mismo cura el asunto de la festividad en lengua de los indios, concluyó la misa y, luego, hizo una procesión alrededor de la plaza del pueblo, con la cual quedó terminada la función. Ya puede considerarse la aceleración con que se haría todo, pues los diecisiete minutos casi no son bastantes para referirlo. En este corto intervalo ganó el cura lo muy bastante en la limosna de la misa, del sermón, su asistencia en la procesión, y otros adherentes, que todo junto, con el camarico, pasaría de cincuenta pesos. 61. Este es el método con que los curas enseñan a los indios y el modo en que se celebran las festividades que ellos costean, el cual es general en todos los curatos. El cura de que hemos hablado era clérigo de los más capaces que hay en toda la provincia de Quito, y de los que se preciaban de cumplir mejor con las obligaciones de su oficio. Considérese, pues, los que ponen en ello menos cuidado, de qué forma se portarán. 62. No negaremos que con despojar de los curatos a las religiones no se evitará enteramente el escándalo de los curas, pero será incomparablemente mucho menor por la más arreglada vida de los seculares eclesiásticos y su mayor dependencia del celo de los obispos. Y así, poniendo en ellos todos los curatos, se conseguirán dos cosas: una, contener las tiranías contra los indios, y otra, refrenar la disolución y aminorar el escándalo, lo que no será pequeño triunfo en unos países donde estos desórdenes pasan ya tanto de raya. Pero además de éstas, se lograrán otras ventajas muy favorables para aquellos países, y la principal será escusar el que todas las tierras, las fincas y los bienes, lleguen a entrar enteramente en poder de las religiones, que es lo que ya se experimenta en gran parte con no pequeño perjuicio de los seglares, que, atendido el bien de la república y su conservación, deberían gozarlas, como que son los que mantienen los reinos y las monarquías. 63. Aunque los religiosos expenden en las concubinas e hijos que tienen en ellas mucha parte de lo que adquieren, otra no menor entra en la misma religión, lo cual ha de suceder, precisamente, porque siendo medio para poder vivir fuera de los conventos el tener hacienda propia y casas en la ciudad o villa a donde pertenecen, luego que se hallan con caudal suficiente, procuran comprarlas y, como estas fincas vienen a recaer en la religión por fin del religioso, resultan ser tantas las fincas de una y otra especie que poseen, que seguramente puede decirse no haber, fuera de aquellas que gozan con entero dominio, alguna de las que pertenecen a particulares, sin estar gravada con varios censos, los cuales son tan considerables en muchas, que llegan a montar sus réditos más que lo que puede importar su arrendamiento. 64. Como recaen en las religiones todas estas haciendas, y los conventos no pueden dar cultivo a todas y poner en ellas la atención, las dan a censo a los particulares con el indulto de alguna corta cantidad. Pero esto es para tener su posesión más segura, porque así sacan de ellas tanto cuanto rinden sus tierras, y a veces sube de ello el importe de los censos, y los particulares que las compran de las comunidades es para cultivarlas y trabajar sin propia utilidad, pues lo regular es que ésta no corresponda ni aun al trabajo personal, pero las toman porque la necesidad les obliga a ello, mediante no tener otro recurso. 65. Las haciendas que dan a censo las religiones no son tampoco las más opulentas ni las mejores, sino aquellas que no pueden dar ganancias muy ventajosas, porque las buenas, las que son grandes y pueden usufructuar mucho, las reserva para sí la misma religión y, o bien las hace administrar por religiosos, o se las da en arrendamiento para que de este modo quede dentro de sus dependientes el útil. Y de cualquier modo, será muy rara o ninguna la hacienda en que no tengan las religiones derecho y usufructo, y lo mismo sucede con las casas. Y cada vez se les van unas y otras agregando, porque continuamente compran nuevas fincas los religiosos o se consolidan a la propiedad las dadas a censo, con que los seglares vienen a ser unos meros administradores de las fincas que poseen. 66. Para que mejor se conciba el estado en que están aquellos reinos por lo mucho que va entrando en las religiones continuamente, no es menester más que hacer juicio de las cuantiosas sumas que, con el motivo de los curatos, entran en los religiosos. Supóngase que la mitad de ellas, o las dos tercias partes, las expenden en la manutención y gastos de las concubinas e hijos, con que la otra mitad, o por lo menos la tercera parte, queda a beneficio del convento; ésta se ha de suponer empleada en fincas y, por precisión, han de ser tantas que, con el discurso del tiempo, no ha de haber ninguna que no recaiga en ellas. Esto es lo que ya se experimenta, pues, a excepción de los mayorazgos o vínculos, que no son en crecido número, todas las demás son feudos de las comunidades, con sola la diferencia de ser en unas mayor que en otras la pensión. Esta estrechez en que ya al presente se hallan los seglares, forzados a vivir y a mantenerse de lo que sobra a las religiones, o de lo que éstas desperdician, tiene tan dispuestos los ánimos de aquellas gentes contra ellas, que es de temer el que, con algún motivo, produzca novedades desgraciadas. Así lo dan a entender, siempre que la ocasión rodea la coyuntura de tratar de este asunto, y así lo declararon bastantemente cuando empezó la guerra contra Inglaterra, no recelándose de decir los más prudentes, los más capaces, y aún se lo oímos a varios eclesiásticos seglares, que con tal que los ingleses los dejasen vivir en la religión católica, sería felicidad para aquellos países, y la mayor que sus moradores podían apetecer, la de que esta nación se apoderase de ellos, porque con este medio saldrían de la sujeción de pechar a las religiones. Semejantes proposiciones dan bastante indicio de lo que sienten los ánimos, y no deben despreciarse, mayormente cuando en ello se interesa la quietud y seguridad de las provincias, y la ordenada proporción con que deben estar los miembros de una república. 67. Este daño no sucede con los eclesiásticos seglares, porque aunque entren en su poder muchas riquezas, están precisados a expenderlas casi todas, porque, además de los gastos regulares en los curas religiosos, es forzoso mantengan los correspondientes al vestuario, que en aquellos países son los más crecidos. Y así hay la diferencia de que los religiosos reducen todas sus galas a un poco de jerga o lanilla, cuando los clérigos, para parecer con una decencia regular y proporcionada a su calidad y posibles, necesitan terciopelo, tisúes, brocatos, telas ricas de seda, bordados y paños finos. Pero, aunque extra de estos gastos les sobre mucho y lo apliquen a haciendas, pasan éstas o las casas a los parientes, o se venden a dinero de contado, de modo que nunca está perjudicado el público aunque entren las fincas en poder de los eclesiásticos seglares, como sucede cuando recaen en las religiones. No se les hace perjuicio a las comunidades, privándoles de los curatos, más que en el uso de este derecho, que tan mal han sabido administrar, y en el interés de los particulares, porque ellas no se mantienen de lo que rinden los curatos, sino de las fincas propias que tiene cada casa o convento, con que es cierto que les sobra todo lo demás, cuyas sumas, siendo las mayores y no teniendo en qué expenderlas precisamente, les ha de dar ocasión a que abusen de ellas y vayan a ser el paradero de los vicios, la causa de los escándalos y de los alborotos y ruidos. 68. Como las comunidades son las que gozan unas rentas y utilidades más seguras y crecidas en aquellas partes, son el atractivo de la juventud española y aun de la mestiza blanca, porque, considerando el estado de religioso no como estado de mayor perfección, sino como carrera para adelantar honor con el carácter de los empleos, y para hacer riqueza con estos mismos, aplican los padres a sus hijos desde tiernos a él, sin más inclinación ni voluntad que la del uso y la de estar puesto en práctica el que se haga apreciable esta vida; porque en ella, una vez que falta el temor de Dios y el miramiento para con el público, no carecen de nada y, antes bien, les sobran conveniencias, de lo cual redundan los daños que llevamos dicho y el de que sobrando muchas mujeres, se haya llegado a hacer tan corriente el concubinato como si fuera cosa lícita y que no casándose tantos como pudieran, carezcan de adelantamiento las poblaciones, pues aunque de los concubinatos resulten muchos hijos, es menor siempre su número que el que habría si los que viven amancebados estuviesen casados y, sucesivamente, lo fuesen sus hijos. Porque, además, la misma libertad que hay en los hombres para dejar una mujer, hay en éstas para no tener fijeza ni ceñirse a una voluntad, y de aquí proviene que muchas se esterilicen y que, abandonados los hijos de otras por la duda de sus padres y no haber quien los reconozca por tales, se mueran y pierdan; de todo lo cual es consiguiente el que no se aumenten a proporción de lo que debieran. Así lo da a entender la experiencia y es el sentir de los más célebres naturalistas que han especulizado el asunto de la aumentación de los pueblos, los cuales uniformemente aseguran que la poligamia los aminora y que el modo de conseguir su mayor acrecentamiento es ciñéndose los hombres y mujeres a vivir en el lazo del matrimonio. El doctor Arbuthnott no sólo apoya este sentir, sino que lo demuestra en una memoria presentada a la Real Sociedad de Londres, registrada al número 328, página 186, de los registros de la Real Sociedad, por la cual concluye en un escolio que la poligamia es contraria a la ley de la naturaleza y de la justicia, y a la propagación del linaje humano, porque, siendo los varones y las hembras en igual número (según demuestra él mismo), si un hombre toma veinte mujeres, por precisión ha de haber 19 hombres celibatos, lo cual repugna al designio de la naturaleza, y no es regular que 20 mujeres puedan ser tan bien fecundas a la propagación por un hombre, como por veinte. 69. La libertad con que se vive en el Perú tiene tanto de poligamia cuanto de desorden, porque si unos se ciñen a una sola mujer y viven constantemente con ella, otros varían frecuentemente, de modo que se deben tener todas las que usan por otras tantas concubinas, en cuyo caso incurre en la pluralidad, y con ésta no puede haber procreación correspondiente, extra de que siendo totalmente contrario al estado sacerdotal y al religioso el usar de una o de muchas, debe por todos títulos evitarse la causa que lo es del abuso. 70. Faltando a las comunidades los curatos, se estancan las riquezas que continuamente entran en ellas, y quedarán reducidas a las que les redituaren las haciendas y fincas que poseen al presente, las cuales, aunque bien grandes, son inferiores a las que consiguen por medio de los curatos, y no teniendo ya esta expectativa, serán muchos menos los que seguirán la carrera de las religiones, y otros tantos más los que tomarán el estado matrimonial. Porque se ha de suponer que cuantos intereses dejasen de entrar en las religiones, han de circular entre los seglares y, teniendo éstos los posibles necesarios para mantenerse, es natural que tomen estado, del cual, sin contradicción, ha de resultar aumento del gentío y engrandecimiento de las poblaciones. Esto es lo que se necesita para que aquellos países tomen opulencia y que, con la que tuvieren, crezcan los ánimos de sus moradores y se adelanten a poblar y hacer la conquista de los espaciosos territorios que se mantienen hasta el presente abandonados. 71. Los únicos curatos que se les debe dejar a las religiones son los de conversiones modernas, que son precisamente de misiones, pero esto ha de ser en la forma que queda dicho en la sesión octava, porque en las misiones no tienen ocasión de utilizarse como en los curatos, y es más propio del carácter religioso este ejercicio que el de curas. Pero cuando las religiones no quisiesen continuar en él con el fervor y celo que se debe, en tal caso podrían agregarse todas a la Compañía, que las admitiría con gran amor y con la eficacia que ha manifestado en los demás países de infieles que ha tomado a su cargo. 72. Hállase esta religión fuera de los desórdenes de que hasta aquí hemos hablado, porque su gobierno, diverso en todo al de las otras, no los consiente en sus individuos, como ni la poca religión, los escándalos y el extravío de conducta que es regular en los demás, y aunque quiera empezar a nacer alguna especie de abuso, lo purga y extingue enteramente el celo de un gobierno sabio, con el cual se reparan inmediatamente las flaquezas de la fragilidad. Y así brilla siempre la pureza en la religión de la Compañía, la honestidad se hace carácter de sus individuos, y el fervor cristiano, hecho pregonero de la justicia y de la integridad, está publicando el honor con que se mantiene igual en todas partes, de modo que, comparados en parte o en el todo un jesuita del Perú, sea criollo o europeo, con el de otro reino (y deponiendo de él aquella inconsiderada pasión nacional, que es incorregible y general en aquellos países), podrán equivocarse, sin que se encuentre cosa que los distinga, y del mismo modo un colegio a una provincia de allá parece que, a cada instante del día, se transporta de Europa a aquellos países y acaba de llegar a ellos, según conservan en todo la formalidad del gobierno y la precisión de las buenas costumbres, como preciso instituto de la religión. 73. La inmediación al mucho vicio que hay en aquel país es preciso pervierta la conducta de algunos de sus individuos, pero inmediatamente que se percibe la falta se pone el reparo al daño, y por medio de la expulsión se mantiene siempre en un ser el estado de la religión. Por esta razón es muy común el ver expulsos de la Compañía en aquellos países con abundancia, y el verlos asimismo expulsar continuamente cuando la repetición de las amonestaciones y consejos no puede conseguir la total enmienda. Este es el único medio de lograr la integridad y el buen orden, y éste el de mantenerse sin que la corruptela entre haciendo destrozo en las buenas costumbres. 73 bis. Entre las expulsiones que hubo mientras estuvimos en aquellos países fue célebre la que hizo en la provincia de Quito el padre Andrés Zárate, visitador nombrado por Roma, que había pasado de España para apaciguar algunas inquietudes que había en ella. Este sujeto, digno de la mayor estimación por su mucha capacidad, por su virtud, justificación, integridad e inflexible proceder, halló la provincia de Quito tan decaída de su legítimo ser, que fue menester un sujeto de toda su eficacia y celo para volverla a levantar sin peligro. El fue haciendo la visita de los colegios, y aunque de pronto no era corregible todo el daño porque habían tomado demasiado vuelo los abusos, cortó las alas a los progresos del desorden con la expulsión de los más culpados, de modo que el ejemplar lastimoso de éstos hizo volver sobre sí a los demás, y que entrasen en su acostumbrado régimen, con lo cual puso la obediencia en el grado que le correspondía, contuvo las pasiones y desterró enteramente las malas semillas de los vicios, que se habían apoderado en parte de los ánimos; siendo, empero, de suponer que todo esto que entonces se reformó en la Compañía, aunque eran demasiados excesos en el orden de aquella religión, eran nada respecto de los desórdenes de las demás, pues apenas parece que se llegaban a traslucir los defectos, sin seguridad bastante de que fuesen culpas. Esto es para los de afuera, pues no hay duda que interiormente se descubrían las manchas, y por esto fue preciso limpiarlas, sacándolas en los que eran causa de ellas. 74. Con este remedio quedó otra vez la Compañía como en su primitivo ser, y el padre Andrés Zárate llevó adelante su obra no sin embarazos y dificultades, pues, como entre los culpados había europeos y criollos, y se interesaban los seglares en unos y en otros, ya por parentesco o ya por amistad, pretendían, con imprudente resolución, ponerles contra la visita, manteniéndose por ello inquietas las ciudades, y pasando los vecindarios a contradecir, por los medios de la violencia, la justicia que intentaba hacer en sus súbditos. Los prelados de las demás religiones, los ministros y los jueces, divididos también en partidos por este asunto, aunque la mayor parte estaba declarada contra la Compañía, daba fomento a los demás, y de tal suerte se enconaron todos contra la Compañía, que el padre Zárate y los demás del partido de la justicia experimentaron desaires repetidos, así de los que gobernaban lo político como de los que hacían cabeza en lo eclesiástico, y como si este visitador hubiera ido a proceder contra ellos mismos sin jurisdicción competente, así lo trataban, como hombre que caducaba, como temario y como voluntarioso. Pero ni los desaires, ni los peligros, ni el verse aborrecido y odiado de todos, ni el que escribiesen contra él a su general le atemorizó para que cediese un punto en su comisión, hasta dejarla concluida y perfeccionada, en cuyo tiempo no cesaron las demostraciones del despecho, y aun al tiempo de salir de Quito para restituirse a Europa le hicieron varias burlas, en las cuales, según se publicó y según el atrevimiento de los que las inventaron y su poca cautela, parece que consintieron sujetos de las primeras circunstancias; algunas de ellas las pusieron en ejecución, otras no, porque tuvo poder para contenerlas la madura reflexión de algunos que disuadieron a los implicados. Hasta este punto llegó la enemistad contra el padre Andrés Zárate, y todo porque procuraba castigar y contener los desórdenes de su religión, y cumplía en ello con la comisión que se le había dado. 75. Varios motivos había para que se introdujesen como interesados a embarazar esta obra los que no parecen serlo, seglares y religiones. Tales eran el hallarse mezclado el honor de los particulares en los desórdenes de los de la Compañía, según era público, y como tal no podía desatenderse de ello el visitador, y el solicitar los seglares, en los jesuitas sindicados, que no se les castigasen las culpas, de suerte que, entre unos y otros, había tales enredos que ellos mismos no eran capaces de entenderse. Los seglares, que no se interesaban tan inmediatamente, lo estaban unos por paisanos de los culpados, otros por amigos, y así todos pretendían que el visitador no inmutase nada, cuando su obligación le precisaba a lo contrario. Las otras religiones, disimulando en sí culpas mucho más crecidas, juzgaban a tiranía el expulsar a los sujetos, porque, como frágiles, habían caído en los yerros a que son propensos todos los hombres, y siendo la Compañía únicamente la religión que permanece en aquellas partes arreglada a razón y observando con puntualidad los preceptos de su instituto, pretendían en alguna manera que se le disimulasen a sus individuos aquellas faltas, para que poco a poco fuese perdiendo el lustre con que brilla sobre las demás, y quedasen todas iguales, para de esta suerte no tener el escozor de ver en otra la mejoría que les pueda servir de descrédito y de freno, pues lo más que en ella se nota son las divisiones que padecen de europeos y criollos y los disgustos que de ello se les originan interiormente, sin que con todo lo demás de su gobierno se note cosa que se haga reparable. 76. La Compañía no tiene curatos en aquellos reinos, a excepción de los que mantiene en el Paraguay y en las misiones del Marañón, y con sólo esto se mantiene en todas las ciudades con gran decencia, la cual es mucho mayor que la de las demás religiones; sus iglesias están muy adornadas y ricas; sus colegios, muy capaces, bien fabricados y decentes; sus roperías, abastecidas; sus refectorios, regalados; sus porterías, llenas de pobres, a quienes reparten limosnas, y con todo esto sus procuradurías están muy ricas de dinero, siendo así que, además de no tener curatos, no tiene esta región más haciendas que aquellas que cultiva por sí, no tiene censos sobre las demás de los particulares, ni sobre las fincas de las poblaciones, con que, sin gravar en nada al público, posee más riquezas y más seguras rentas que las otras. Lo cual consiste únicamente en la mejor administración de las que gozan, y en que ninguno disfruta de ellas más que lo preciso para su sustento y manutención, que es lo que no sucede en las demás religiones, aludiendo a lo cual está muy en práctica allí un refrán, y es decir, que los jesuitas van todos a una, y los de las otras religiones a uña. 77. Es innegable que la Compañía se ha hecho poderosa en las Indias y que goza riquezas muy crecidas, y aunque no perjudique tanto a los particulares, no obstante convendría también poner límites a sus rentas, pues lo que ha sucedido es que, con lo que unas fincas les han producido, han comprado otras, y ya en los tiempos presentes son suyas las principales y las más cuantiosas. De tal modo que una provincia como la de Quito, en paños, en azúcares, dulces, en quesos y en los frutos que producen las haciendas de la Compañía, hace unas sumas muy considerables anualmente; lo mismo sucede con la provincia de Lima, y a este respecto con todas las otras, y por esto son los padres de la Compañía los que dan la ley en todas aquellas ciudades sobre los precios de estos efectos. De lo cual puede concluirse que, aunque no perjudiquen a los particulares con las compras de estas haciendas, porque las hacen con dinero propio adquirido en sus propias fincas, con todo esto acrecientan sus rentas con demasía, y por este motivo se apropian todo o la mayor parte del comercio de géneros del país. Ya hace en ello perjuicio al público, en la sustracción de estas ganancias, las cuales están de más en la Compañía, porque le sobran después de haber mantenido, con toda decencia y comodidad, los colegios y todo lo que es correspondiente al divino culto y a los religiosos, debiendo estar en el conocimiento de que, fuera de las fincas de cada colegio para mantenerse, hay además en los colegios máximos una procuraduría particular de la provincia, y a ésta pertenecen todas aquellas fincas de provincia, de cuyos usufructos no se hace ningún expendio en los colegios, aunque lo necesiten y estén alcanzados, porque una vez asignadas las rentas que parecen necesarias para la subsistencia de cada uno, con aquello se ha de mantener y aun lo ha de adelantar, y todo lo que sobra se agrega a la provincia, de donde no vuelve a salir para expenderse en ninguno de aquellos colegios. Estas rentas de provincia son tan cre-cidas que en una como la de Quito, en donde la Compañía tiene diez colegios, exceden aún a las particulares que pertenecen a todos los colegios juntos, por cuyo tenor se deben regular las demás, con que se ve claramente que son muy crecidas las sumas que les sobran, y el expendio que les dan a éstas se ignora allá, porque no se les conoce ninguno. Con todo esto, debe ser más disimulable el que entren caudales tan crecidos en la Compañía que en las demás religiones, atendiendo a que no son adquiridos con tiranía ni extorsiones contra los indios; a que en cualquiera cosa que lo expendan es bueno el fin en que se emplea, porque allá no se les ha podido notar que destinen mal aún una pequeña parte de ello, y últimamente, considerando que es una religión muy útil y necesaria para el público, y que sirve en las repúblicas, lo que no sucede allí con las demás. 78. La religión de la Compañía sirve al público, y es de grande utilidad en aquellas ciudades, porque ella da escuela y enseñanza a la juventud; sus religiosos predican continuamente a los indios en días señalados de la semana, y los instruyen en la doctrina cristiana; asimismo hacen misión al público, tanto en las ciudades, villas y asientos, en donde tienen colegios, como en los pueblos donde no los hay, y continuamente se emplea su fervor en la corrección de los vicios. Los colegios son unas casas donde están depositados los operarios espirituales para el bien de todos, y cumplen este instituto con tanta puntualidad que a todas horas del día y de la noche están prontos a ir a las confesiones que los llaman fuera, o a ayudar a los que están en la agonía de la muerte, y así parece que, aún más obligados que los curas propios, acuden a estas obras piadosas con celo y eficacia nunca bien ponderado, y que, a vista de su mucho fervor y puntualidad, han descargado sobre ellos esta obligación los mismos a quienes les correspondía. Si, por otra parte, van a verse sus iglesias, se hallará en ellas el culto en su mayor auge, decencia y reverencia, y con tan buena distribución que a todas horas del día, hasta la regular por la mañana, se celebran misas, con cuya providencia tiene el público el beneficio de cumplir con el precepto los días de guarda y domingos, sin pérdida de tiempo ni detrimento; en fin, las iglesias de la Compañía se diferencian de todas las demás tanto en su mayor decencia, primor y adornos, cuanto en la mayor concurrencia de gente, que atrae así la devoción del Divino Culto y su continuo ejercicio. 79. Las demás religiones en nada contribuyen al público, porque ni predican a los indios ni instruyen en la doctrina más que a los de sus curatos o doctrinas, y esto lo hacen en la forma que ya se ha dicho. Si predican a los seglares es cuando media interés; no confiesan ni dentro de sus conventos ni se incomodan en ir a practicar esta caridad con los enfermos; no dan limosnas ningunas y, por último, cada religioso atiende a sus fines particulares y a sus propios intereses, mas no al de la obligación que tienen, con que sólo son para sí. 80. Parecerá, puede ser, que hablamos con pasión a favor de la Compañía en lo que decimos de esta religión respecto de las demás, pero para que se vea que nuestro juicio no lleva otra mira que la de la verdad, puede reconocerse lo que se ha dicho en la sesión octava, y dándose allí noticia de la conducta que guarda la Compañía en las misiones de su cargo, se conocerá bastantemente la imparcialidad e indiferencia con que procedemos. Esta es la que hemos seguido en todos los asuntos que se han tratado y la que correspondía a nuestra obligación y al buen celo con que deseamos ver restablecida en su legítimo trono la justicia y la religión.
lugar
Yacimiento del Neolítico, el análisis de los materiales en él hallados ha servido para definir una cultura regional del N. de Grecia, datada en el VII milenio a.C. Esta cultura se caracteriza por formas de habitación rectangulares, con una o dos estancias y muros de adobe sobre basamentos de piedra y refuerzos interiores. La cerámica se compone de vasos con pie o cuencos, con decoración pintada en rojo sobre engobe blanco. Las herramientas líticas asociadas al yacimiento son perforadores, molinos y hachas pulimentadas, generalmente en sílex. El aprovechamiento agrícola del lugar debió basarse en el cultivo de cereales como cebada, esprilla y escanda, así como legumbres, principalmente guisantes y lentejas. La cabaña ganadera se compuso de ovicápridos y bóvidos. La caza de ciervos y corzos y la recolección de pistachos completaba la dieta de los pobladores.
Personaje
Político
A los veinte años Amenemhat I asocia a su hijo Sesostris al trono como corregente con el fin de evitar problemas sucesorios. Esta experiencia será muy positiva para el joven faraón que heredó la Dobla Corona cuando su padre murió mientras que Sesostris participaba en una campaña en Libia. Su reinado es muy largo (1971-1928 a. C.) y bastante pacífico en el interior, ya que continuó la política administrativa desarrollada por su padre, lo que le permitió realizar importantes construcciones, destacando el Quiosco de Karnak. De esta manera se dedicó a la política exterior: alcanzó la tercera catarata del Nilo con el fin de constituir rutas comerciales y tomar las minas de oro de Wadi Allaqi, construyendo una fortaleza para defender este territorio; el conflicto libio -en el que participaba Sesostris cuando murió su padre- parece zanjado durante este reinado, al obtener la sumisión definitiva de ese país; continuó con las expediciones comerciales al país de Punt; y mantiene la paz alcanzada por Amenemhat en la frontera asiática. Siguiendo la práctica iniciada por su padre de asociar el heredero al trono, hizo lo propio con su primogénito, Amenemhat II.
obra
Como los pilares del quiosco reconstruido en Karnak, llevan estos relieves -procedentes de un templo de jubileo en Karnak-, por sus cuatro caras, los temas preferidos del rey Sesostris I: las acogidas fraternales que le dispensaban los cuatro grandes dioses del Egipto de entonces: Atum de Heliópolis, con corona doble; Ptah de Menfis, con envoltura de momia y gorro ceñido; Horus de Edfú, con cabeza de halcón, y sobre todos ellos, Amón de Tebas, formando en cada caso una pareja simétrica y bien proporcionada, entre jeroglíficos grandes y esmeradamente trazados.
obra
Estatua de una serie de diez, casi iguales, frías y esquemáticas. El faraón Sesostris I tiene en la diestra un pañuelo enrollado. Tres de las estatuas llevan escrito su nombre en la hebilla del cinturón y nueve arcos enemigos en el pedestal. No hay más detalles pintados que las cejas y el ribete negro de los ojos. A los lados del trono, símbolos de los dos Egiptos unificados.
obra
La estatua de Sesostris I que contemplamos es compañera de otra en la que faraón lleva la corona roja del Bajo Egipto (hoy en el Metropolitan de Nueva York). Aquí, Sesostris está revestido de la corona blanca del Alto Egipto y de un faldellín de dos sobrepliegues plisados, sujeto por el cinturón. Llevaba en la mano el báculo de puño curvo, y en la derecha, el cetro llamado sechem, que significaba poder. Procede de una tumba particular de Licht.
Personaje
Político
No poseemos numerosos datos del reinado de Sesostris II, el heredero de Amenemhat II, siendo el punto de partida del esplendor del Imperio Medio. Sabemos que fue uno de los máximos artífices de la explotación del oasis de El Fayum, ordenando la construcción de una esclusa en Illahún y una presa que protegía el valle del peligro de crecida. Precisamente para vigilar los trabajos estableció la capital en las cercanías de la ciudad de Illahún. Al igual que su antecesor, Sesostris no se ocupó de Nubia, desarrollando una intensa labor diplomática con los países asiáticos, viviendo durante los 15 años de su reinado un periodo de paz.
obra
El faraón Sesostris III aparece representado como orante en presencia de su dios, con las manos extendidas sobre el faldellín, asimétricamente plisado. La energía de su carácter se sobrepone al cansancio que se hace sentir ya en su mirada, tras un reinado de casi cuarenta años.
Personaje
Político
La llegada al poder de Sesostris III va a suponer un importante revulsivo para Egipto, tanto en el aspecto administrativo como en la política expansionista que desarrollará. El sucesor de Sesostris II abandona la política pacifista de su padre y de Amenemhat II para poner en marcha un programa de campañas encaminadas a controlar Nubia. Cuatro serán las expediciones necesarias para conquistar el territorio, estableciendo fortalezas y adoptando medidas para evitar el acceso de pueblos procedentes de Sudán hacia Nubia. De esta manera se permitirá el inicio de una verdadera colonización egipcia en esta zona. Asia también se convierte en uno de sus objetivos militares, lanzando una campaña contra la ciudad de Siquen que permitió la penetración hasta el centro de Palestina. Se especula con la posibilidad de una especie de protectorado en Fenicia, administrada por un alto funcionario egipcio. Las relaciones con Siria continuaron siendo estrechas y cordiales. Respecto a la política interior, Sesostris III suprime el cargo de nomarca de manera definitiva, consolidando la reforma administrativa iniciada por Amenemhat I al establecer tres circunscripciones territoriales -Norte, Sur y Elefantina-Baja Nubia- que dependen directamente del visir, dirigiendo un funcionario cada una de ellas. Esta medida tiende al fortalecimiento de una monarquía absoluta y al desarrollo de las construcciones arquitectónicas. A su muerte le sucederá su heredero, Amenemhat III.