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Como sabemos, la decisión de Hitler de atacar a la Unión Soviética fue muy temprana. Las directivas para la misma ya estaban tomadas a fines de 1940 y, en realidad, la serie sucesiva de desastres que Italia proporcionó a la causa del Eje sólo tuvo como consecuencia un retraso de un mes en la puesta en marcha de la ofensiva alemana, cuya fecha definitiva sólo se decidió el mismo día en que los británicos reembarcaban desde Grecia. No parece en absoluto que este hecho jugara un papel determinante en el fracaso de la operación. La ofensiva alemana se inició un día antes del aniversario de la invasión napoleónica y resultó tan fatal como en aquel caso, pero "el general invierno", a quien el emperador francés responsabilizó de sus derrotas, sólo fue una de las causas de tal resultado en este caso. Desde un principio, estuvo muy claro cuál era el propósito de la Alemania de Hitler. Se trataba de poner fuera de combate a la URSS en un plazo muy corto de tiempo. El Ejército Rojo sería rodeado y destruido junto a las fronteras, mediante una serie de movimientos de pinza, de modo que se pensaba que en cuatro semanas la victoria sería completa. Los primeros éxitos hicieron pensar incluso en la posibilidad de reducir todavía más este plazo. Para hacer posible esta resonante victoria, Alemania contaba con el núcleo de su Ejército, que no había cesado de crecer hasta un total de cinco millones de soldados, de los que tres -junto con medio millón más de los aliados- fueron empleados en este frente. Se trataba de un arma de guerra excepcional que había dominado Europa con un reducidísimo número de muertos, apenas unos setenta mil, cifra que para situar en sus términos habría que poner en relación con los 43.000 muertos por bombardeo en tan sólo un año de la batalla aérea en Londres. Esta capacidad ofensiva alemana puede dar una impresión de un Ejército moderno y mecanizado, pero tan sólo resulta parcialmente cierta, pues la ofensiva hacia la URSS también se emprendió con nada menos que 600.000 caballos. El arma en la que el desgaste había sido mayor era la Aviación, pero el ataque por sorpresa supuso la destrucción masiva de unos 4.000 aparatos soviéticos, de modo que en la primera parte de la guerra la superioridad alemana fue absoluta y total. Alemania no triunfó en la guerra contra la URSS, pero fue ahora, con esta ofensiva, cuando quedó definitivamente demostrada la calidad de su Ejército. En vez de fulgurantes victorias, se tropezó con una inmensidad de espacio y de sufrimiento por parte del adversario, aunque sus tropas estuvieron a la altura de ese reto. Al final de la guerra, de sus 1.400 generales había muerto más de una tercera parte, en su inmensa mayoría luchando contra los soviéticos. La ofensiva contra la URSS fue una revolución en el propio transcurso de la guerra y también en la concepción bélica contemporánea. En este frente, en efecto, se llevaron a cabo los combates más intensos y en los que participó un mayor número de efectivos humanos y materiales y en él, además, hubo más bajas que en todos los demás frentes juntos. De ahí deriva el crucial papel jugado por la Unión Soviética durante el período bélico y con posterioridad. Pero la novedad del tipo de guerra practicada en el frente oriental no radicó tan sólo en el volumen de los efectivos empleados sino, más aún, en su ferocidad. Antes de proceder a la invasión, Hitler ya había sido muy preciso con sus generales: las diferencias de raza e ideología hacían que ahora el combate con los soviéticos no pudiera librarse en absoluto con las condiciones de caballerosidad con las que luchaba de forma habitual Alemania. Los eslavos eran seres inferiores y embrutecidos, dominados por comunistas y judíos, que debían quedar sometidos a la raza superior destinada a convertirlos en siervos. La tierra que ocupaban tenía que ser abandonada, las ciudades serían arrasadas y se practicaría una explotación sistemática de sus recursos materiales y humanos por déspotas feudales arios. Las minorías dirigentes debían ser sencillamente exterminadas y por ello no tiene nada de particular que el ataque al Este coincidiera con la puesta en práctica de lo que, por otra parte, resultaba inevitable de acuerdo con la ideología del racismo, es decir la "Solución final" o, lo que es lo mismo, el aniquilamiento de los judíos. Hitler confiaba en obtener una victoria rápida, en parte por motivos objetivos, pero también por otros mucho menos justificados. Sabía de las purgas que habían pulverizado a la oficialidad soviética. Gracias a ellas, Stalin no pudo contar con tres de sus cinco mariscales, trece de sus quince jefes de Ejército, más de la mitad de los generales de división y casi idéntica proporción de los de brigada. Pero, como contrapartida, no tuvo en cuenta la capacidad de movilización y de resistencia de los soviéticos. Aunque Alemania producía en 1940 casi el doble de acero que la URSS, ésta pronto concentró con mayor decisión sus esfuerzos en la guerra y fue capaz de producir más de 20.000 carros y 10.000 aviones al año, cifras que en un principio fueron superiores a las alemanas. Pero, sobre todo, el Führer ignoró esa capacidad de resistencia del soldado ruso, del que Federico el Grande decía que era necesario matarle dos veces y luego darle la vuelta para ver si había muerto. La propia brutalidad de la guerra emprendida por los alemanes -que tomaron casi seis millones de prisioneros y más de la mitad murió como consecuencia del trato recibido- no tuvo más consecuencia que la de fomentar la resistencia enemiga y a ello contribuyó que Stalin respondiera con idéntica dureza. Para él, quienes caían en manos del adversario eran poco menos que traidores confesos y no prisioneros. Si la guerra fue brutal, fue porque tuvo al frente como protagonistas esenciales a dos dictadores sin piedad, para cada uno de los cuales ésta fue su experiencia biográfica fundamental. Stalin no podía ignorar que, en un plazo más o menos largo, Hitler le atacaría, pero es probable que pensara que disponía aún de tiempo. La mejor prueba de ello es quizá el hecho de que detuvo la purga del mando militar y preparó nuevos tipos de armas, entre las cuales figuraban tanques de mayor tamaño que los alemanes. Pero, de momento, la preparación soviética para enfrentarse con el Ejército alemán resultó poco menos que nula. Stalin desoyó las advertencias de los anglosajones, no tuvo en cuenta los vuelos de reconocimiento alemanes en su propio territorio e incluso su primera reacción ante el ataque fue de tal incredulidad que pretendió que fuera interpretado como una provocación de quien estaba enfrente. Llegó incluso a desaparecer durante unos días, fuera porque estuviera paralizado por el terror o porque quisiera que las responsabilidades de las primeras derrotas recayeran sobre otros. Más adelante, sin embargo, reaccionó asumiendo todas las decisiones cruciales. Se convirtió en un jefe que hablaba a los soviéticos paternalmente y parecía carente de otra connotación política que no fuera la patriótica. Pero su liderazgo fue tan férreo que pudo trasladar a doce millones de personas supuestamente sospechosas a la retaguardia; en realidad, no se les podía reprochar absolutamente nada, pero estas deportaciones se mantuvieron vigentes hasta los años sesenta. Carecía Stalin de las intuiciones estratégicas de Hitler y cometió frecuentes errores, como, por ejemplo, en la primera fase de la guerra, iniciar ofensivas para las que no tenía fuerzas suficientes. Incluso sus anteriores conquistas fueron contraproducentes, porque trasladaron sus ejércitos a las fronteras, más a mano de sus adversarios que con anterioridad. Todo eso parece demostrar que su alianza pasada con Hitler no le reportó ventaja alguna en última instancia. En sus Memorias, Churchill recuerda que Molotov, el segundo de Stalin, se preguntaba si los soviéticos "se merecían" el ataque alemán y concluye que la diosa de la venganza, Némesis, dio las pruebas de que sí. En cuanto a los errores de Hitler, a pesar de anteriores aciertos, fueron más numerosos y graves. Obsesionado por la guerra con la Rusia soviética, nunca dudó que debía desencadenarla, a pesar de la resistencia de alguno de sus colaboradores. Convencido de que duraría poco, de forma inmediata ordenó orientar la producción hacia la Aviación y la Marina, como si ya no le quedaran más adversarios que los anglosajones. Muy pronto, sus propios generales apreciaron en él ideas absurdas o de imposible cumplimiento. Su despotismo podía servir para impedir el desmoronamiento del frente propio -como sucedió, por ejemplo, a fines de 1941- pero a menudo se perdía en extravagancias, como afirmar que era inconveniente iniciar una guerra en viernes, información que le transmitió al solícito Mussolini. Si en la derrota francesa había jugado un papel decisivo la capacidad de Hitler de pasar por encima de sus generales y optar por la audacia, en el caso de la URSS hubiera hecho mucho mejor haciendo caso al más innovador de ellos, Guderian, que hubiera preferido que se le ordenara una penetración muy decidida, incluso olvidando el enemigo que quedaba en retaguardia. Hitler, por el contrario, optó por una estrategia de ir envolviendo sucesivamente a masas adversarias, lo que daba la impresión de producir victorias decisivas cuando no era realmente así y, además, osciló varias veces en su opinión acerca de cuál había de ser la dirección principal de la penetración propia. La ofensiva se inició el 22 de junio y dio la sensación inicial de triunfar en toda la línea. En dos batallas envolventes sucesivas, los alemanes capturaron más de medio millón de soldados enemigos y tuvieron la sensación de que la guerra todavía sería más corta de lo previsto. Sin embargo, los resultados iniciales de apariencia próspera ocultaban la realidad de que se habían perdido algunas excelentes oportunidades. La mejor de ellas hubiera sido la captura de Murmansk, el puerto de aguas cálidas en el Ártico, por donde les llegaría luego a los soviéticos la ayuda anglosajona. Además, pronto fue evidente también que la inmensidad del espacio ruso planteaba dificultades logísticas excepcionales. A pesar de que el ataque se había desarrollado en las mejores condiciones, los alemanes debieron detenerse durante algún tiempo. Luego reanudaron su avance con otras dos batallas envolventes en la zona central y en el frente Sur, que produjeron cada una de ellas más de medio millón más de prisioneros soviéticos. Gracias a ellas, pudieron tomar Esmolensko y Kiev, pero la misma ocupación de esta segunda ciudad, efectuada en septiembre, denotaba los titubeos de Hitler quien, en vez de concentrar sus esfuerzos en dirección a Moscú, parecía ahora optar por dirigirse hacia el Sur, donde se concentraba gran parte de la riqueza económica de la Unión Soviética. A estas alturas, además, habían aparecido las primeras armas sorpresa de los rusos, como los "Katiusha" o baterías de misiles, también denominados "órganos de Stalin", de una enorme potencia destructora. Cuando los alemanes volvieron a concentrar sus esfuerzos bélicos en dirección hacia el Norte, lograron, aun con crecientes dificultades, proseguir su avance. Las avanzadas llegaron apenas a una veintena de kilómetros de Moscú, donde se produjeron algunas escenas de auténtico pánico. A todo esto, cada uno de los contendientes había obtenido ayuda de sus aliados. La guerra contra la Unión Soviética proporcionó a Alemania la oportunidad de convertirse en la ejemplificación del anticomunismo, pero la ayuda -escasamente deseada- de unidades voluntarias o regulares de otros países del Este europeo o del Mediterráneo supuso poco en el desarrollo del conflicto. En cambio, para los soviéticos la ayuda anglosajona fue muy importante. En menos de un mes, Gran Bretaña firmó un pacto con la URSS y, a continuación, llegó a enviar hasta cuarenta convoyes marítimos hacia Murmansk. Churchill había sido desde siempre un caracterizado anticomunista, pero estaba dispuesto a pactar incluso con el mismo diablo con tal de conseguir a estas alturas un aliado contra Hitler. Stalin siempre fue un colaborador muy incómodo que no dejó nunca de exigir la inmediata apertura de un segundo frente, pero por el momento pareció aceptar que no se le hicieran concesiones territoriales. Tampoco dio facilidades de ningún tipo respecto a Japón cuando este país entró en la guerra contra los Estados Unidos. En parte, ello se explica porque fue la seguridad de tener la retaguardia bien cubierta lo que hizo posible la contraofensiva soviética, iniciada en diciembre del mismo 1941. Stalin recurrió ahora a la figura de mayor prestigio del Ejército Rojo, Zhukov, y a las divisiones siberianas que, durante años, se habían fogueado en una guerra no declarada contra el Japón. El clima, además, favoreció de forma considerable a los soviéticos con el adelanto de un invierno para el que los alemanes, que habían pensado en conseguir una victoria en tan sólo unas semanas, no estaban ni remotamente preparados. La ofensiva hizo retroceder a las tropas de Hitler e incluso en algún momento produjo entre ellas un fenómeno inédito, la aparición del pánico que, hasta el momento en esta guerra, los alemanes sólo habían podido observar en el adversario. En gran medida, fue la intervención de Hitler la que consiguió que el frente no se derrumbara, pero para ello debió relevar a buena parte de los altos mandos y ordenar taxativamente que no hubiera retrocesos. La alta calidad de la oficialidad alemana constituyó un factor decisivo para que no tuviera lugar un desastre. Ninguna gran unidad fue rodeada y las que lo fueron temporalmente, aprovisionadas desde el aire, resistieron hasta el momento de ser auxiliadas. En enero de 1942, se produjo una nueva ofensiva rusa, que vino a confirmar la idea de que las expectativas de rápida conclusión de la guerra carecían de fundamento. No sólo había fracasado la Alemania de Hitler, sino que a partir de este momento se inició su decadencia como poder militar. La "Guerra relámpago" -Blitzkrieg-, que le había proporcionado sus mejores éxitos, ahora parecía de imposible puesta en práctica, tanto porque no existía ese punto de aplicación gracias a cuyo derrumbamiento colapsaba el frente adversario, como por las enormes dificultades logísticas que impedían sacar el provecho total de una victoria inicial. Pero esto es adelantar acontecimientos, porque en el frente oriental, ante el aparente resultado en tablas entre los dos contendientes, el resultado de su confrontación quedó pendiente hasta la campaña de verano de 1942. Mientras tanto, en el Norte de África los británicos, aunque manteniendo la iniciativa, perdieron a lo largo de todo el año 1941 la oportunidad de liquidar la presencia adversaria. En marzo, la llegada de Rommel, audaz y austero general alemán, y el envío de refuerzos a Grecia habían provocado el retroceso hacia Egipto, dejando en la retaguardia a Tobruk como posición fortificada cercada por el adversario. La posterior ofensiva de fines de año hizo retroceder a las fuerzas del Eje fuera de Cirenaica, pero no fue decisoria porque el núcleo de las tropas enemigas logró evadirse, ni tampoco logró atraer fuerzas alemanas hacia un frente que Hitler siempre consideró secundario.
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El Estado Mayor alemán había previsto con mucha antelación la rápida derrota del Ejército Rojo y el avance hasta la línea Volga-Arkangelsk para, desde allí, destruir con aviación las reservas e instalaciones de la Rusia asiática. El pacto de amistad y cooperación vigente desde agosto de 1939 no había anulado los intereses expansionistas del Reich sobre los extensos territorios del Este. La operación debía comenzar en noviembre de 1940, pero el fracaso de los italianos en Grecia obligó a acelerar la conquista de los Balcanes. El fracaso de la Batalla de Inglaterra y la decisión de invadir la URSS hicieron posponer nuevamente León Marino e implicaron a Alemania en una guerra de dos frentes. El grueso de las fuerzas acorazadas y motorizadas fue trasladado así al Este. El Ejército alemán había duplicado el último año el número de sus divisiones panzer, aunque sin aumentar sus efectivos, sino desdoblando las unidades en otras menores. De modo que aumentaron las tropas auxiliares, pero no el número de los carros y la campaña de Rusia se preparó con 800 menos que los empleados en la campaña de 1940 contra Francia y los Países Bajos. Hitler confiaba en la inferioridad técnica del Ejército Rojo y en la potencia representada por los nuevos carros tipo Mark III y IV, mucho más poderosos y mejor artillados. Sin embargo, los principales problemas de la invasión podían presentarlos el frío, la falta de comunicaciones y los enormes espacios. El rápido avance de 1940 en Europa occidental fue posible por su red de magníficas carreteras, por donde se movieron el grueso de las tropas y los suministros en camiones, en carros y a pie. En Rusia desaparecieron las buenas comunicaciones y aparecieron los enormes espacios. Guderian y los militares de su escuela defendían que los destacamentos acorazados debían penetrar en Rusia lo más profundamente posible, a fin de colapsar la resistencia. Hitler y los generales más conservadores impusieron que el avance se detuviera periódicamente, a fin de constituir grandes bolsas de prisioneros rusos. Esta decisión evitó en definitiva el colapso del Ejército Rojo y alargó la guerra, mientras el ataque en el Este supuso un balón de oxígeno para Inglaterra y le permitió mantener la resistencia en la isla e impulsar la campaña del Norte de Africa. Como ya era su costumbre, los alemanes invadieron la URSS sin declararle previamente la guerra. A las cuatro de la madrugada del 21 de junio de 1941, tres ejércitos cruzaron el Niemen, respectivamente en dirección Leningrado (von Leeb), Moscú (von Bock) y Stalingrado (von Rundstedt). Junto a los alemanes participaron tropas rumanas, húngaras, eslovacas, italianas y finlandesas a las que se unieron, más tarde, voluntarios belgas, franceses, croatas y españoles. Se iniciaba la Operación Barbarroja. En dirección Bialystok-Minsk, los invasores marcharon en dos columnas paralelas, muy alejadas entre sí y encabezadas por unidades de tanques que, en un momento dado, rectificaron la dirección para tomar líneas convergentes. Las fuerzas rusas de Bialystok quedaron encerradas en una enorme bolsa; la operación se repitió al oeste de Minsk y en Przemysl. Los rusos perdieron tropas en cantidades enormes y reconstruyeron el frente más al este. La Wermacht repitió su maniobra de cerco en Tallin, Narva, al oeste del lago Peipus y en Esmolensko. La intransigencia nazi estimuló la resistencia: Hitler ordenó asesinar a todos los comisarios políticos, quienes, enterados, no se dejaban capturar con vida y estimulaban la resistencia a ultranza de oficiales y soldados. Los nacionalistas ucranianos y bálticos, que recibieron a los alemanes como libertadores del yugo ruso, pronto comprobaron que les trataban como a una raza inferior y les retiraron su apoyo. En cambio Stalin hizo resucitar todos los viejos mitos patrióticos y nacionalistas, a fin de impulsar la resistencia popular y ordenó aplicar la táctica de tierra calcinada. Nada ni nadie debía quedar en las inmensas llanuras para beneficiar al invasor: las poblaciones, los ganados, los tractores, las fábricas, se replegaron hacia el Este, las granjas ardieron y fueron hundidos los puentes; mientras tanto, más allá de los Urales, los soviéticos organizaban otras 100 divisiones. Las maniobras alemanas embolsaron a miles de soldados soviéticos, pero su avance se frenó lentamente ante un espacio inacabable, cruzado por escasas carreteras. Las tropas de Guderian llegaron al río Beresina en nueve días, sin haber librado ninguna batalla decisiva. Pero julio fue lluvioso y el campo se enfangó, los camiones no podían moverse, los ríos carecían de pasos, las carreteras contaban con plataformas de madera que, si no habían sido voladas por los rusos, no resistían el peso de un tanque. El Beresina, que había contenido la retirada de Napoleón, era una maraña de brazos en medio de un paisaje encharcado.
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Los acontecimientos de la ofensiva rusa durante los primeros meses de 1943 y los contraataques alemanes en el sur dejaron abierto un enorme saliente alrededor de Kursk, un promontorio que los alemanes querían separar del resto del territorio. Los meses de marzo a junio de 1943 fueron un periodo de relativa inactividad en el frente oriental. Ambos ejércitos habían sufrido graves pérdidas durante el invierno, por lo que necesitaban tiempo para recuperarse. No fueron meses tranquilos ni carecieron de insidias por parte de los alemanes, ya que los rusos podían recibir libremente ayuda tanto de los ingleses como de los americanos, recuperaron las fuerzas más rápidamente que sus adversarios y cuanto más hubiera durado el periodo de la tregua, tanto más habría aumentado la posibilidad de éxito soviético. La Operación Ciudadela, el plan estudiado para eliminar el saliente de Kursk, se puso en marcha a comienzos de julio. Dos armadas alemanas, la IX? Armada y la IV? Panzer, con una fortísima dotación de medios acorazados deberían atacar respectivamente al norte y al sur del saliente. Los rusos eran plenamente conscientes de la debilidad de las posiciones, por lo que se apresuraron a reforzarlas: dos Frentes, el Central y el del Voronezh, habían ocupado el saliente en donde se habían construido ocho líneas concéntricas de defensa, las cuales representaban complexivamente las más formidables defensas que los alemanes tendrían que asaltar en territorio soviético. El encuentro que se produjo, recordado como la batalla de Kursk, fue la batalla más imponente de medios acorazados que jamás ha combatido: en el encuentro se vieron envueltos más de dos millones de hombres, 6.000 carros armados y 4.000 aviones. Aunque hoy se recuerde como una batalla terrestre, la de Kursk fue también una importante batalla aérea; la pérdida del dominio del aire por parte de la Luftwaffe fue un resultado muy importante y decisivo para la pérdida de la supremacía de la Wehrmacht por lo que se refiere a los medios acorazados. Después de la decisiva victoria soviética de Stalingrado, en el frente ruso se registró un largo periodo de relativa tranquilidad. Duramente probados por el esfuerzo realizado durante el invierno los dos ejércitos se pusieron al reparo en sus respectivas líneas de defensa. En la primavera de 1943, al norte, en Leningrado, se siguió resistiendo desesperadamente en un asedio que duró varios años: los alemanes hicieron frente a varios intentos del Ejército Rojo de liberar la ciudad. Los soldados de ambas partes tenían que combatir en medio del barro que empantanaba los carros oruga y dificultaba el paso de los vehículos y de los carros. El frente se despertó de repente a primeros de julio por iniciativa de los alemanes, que tenían como objetivo un territorio de unos 200 kilómetros entre Orel y Belgorod. Aquella zona, que constituye el punto de unión entre los sectores central y meridional del inmenso frente del Este, fue juzgado por todos los técnicos militares como el perno del sistema estratégico de la Europa oriental. Dicho perno tenía dos profundos salientes: al norte, el de Orel, con el que los alemanes amenazaban a la formación soviética, y al sur, el de Kursk, que penetra peligrosamente dentro de la formación alemana. La "Operación Ciudadela" (este es el nombre de cobertura del plan defensivo alemán) trataba de eliminar el saliente de Kursk y poner en crisis el plan operativo del mando soviético que, según informaciones recogidas por los alemanes, iban a desencadenar una gran ofensiva durante el verano. Los alemanes se prepararon en secreto para la nueva empresa. Hitler, que en un principio autorizó una batalla con un objetivo limitado, superó de golpe el trauma de Stalingrado y volvió a esperar una victoria decisiva. La "Operación Ciudadela" podría ser el golpe capaz de hacer caer al gigante soviético. El plan alemán preveía la utilización del grupo de armadas de von Kluge y del grupo de Manstein. Junto a estos dos grupos, se disponía de 900.000 hombres y casi 3.000 carros, entre los cuales había 200 Panther de 44,8 toneladas armados con un cañón de 75 milímetros de cañón largo y 90 Tiger de 56 toneladas, armados con las famosas piezas de 88 mm. Con éstas entraron en escena por primera vez incluso algunos ejemplares del Ferdinand, es decir, un gigantesco lanzamisiles de 68 toneladas que, sin embargo, se demostrará lento y mal armado para la defensa a corta distancia, teniendo que ser retirado casi inmediatamente de la primera línea. Durante los últimos días de tregua, mientras el cálido sol estival secaba el barro y disponía el terreno para el paso de los carros, los conductores de carros alemanes, echados a la sombra de sus Panzer, los granaderos de asalto y los demás miembros de la fuerza de ataque eran muy conscientes de lo que tenían que afrontar. Veteranos de la campaña de Rusia, aquellos soldados habían perdido desde hacía tiempo las ilusiones sobre su superioridad en relación con los soldados soviéticos; sabían que la batalla iba a ser dura y que los rusos defenderían el saliente hasta el último hombre. Entre los militares alemanes se murmuraba que el sistema de defensa del Ejército Rojo era de más de 50 kilómetros de profundidad, por lo que en la práctica, el saliente constituía una única y gigantesca fortaleza. Si por una parte el mando alemán tenía ideas muy claras sobre la forma de llevar a cabo el ataque, por la parte soviética estaban al corriente de muchas cosas sobre el momento inicial de la batalla, las directrices de la acción enemiga y las fuerzas adversarias que participarían. Le había sido posible difundir entre sus tropas una advertencia muy concreta: el ataque se esperaba un día entre el 3 y el 6 de julio. Al poseer información de primera mano a través de desertores checoslovacos y húngaros, los soviéticos no deberían equivocarse en sus previsiones, por lo que esperaban el ataque para contraatacar. De esta forma, un encuentro que, según los planes alemanes tendría que haber sido una batalla de desfondamiento se convertiría en una batalla defensiva, preludio de la gran ofensiva soviética del verano orientada a la reconquista de Kharkov. Sin embargo, a principios del mes de julio, esto no se preveía. En los planes del OKW, la "Operación Ciudadela" se había ido ampliando progresivamente: ya no se miraba sólo hacia Kursk, sino que se estudiaron acciones sucesivas orientadas hacia Moscú, el Volga y el Cáucaso. La convicción de Hitler, es decir, que todo no estaba perdido y que el Ejército Rojo podía ser todavía aniquilado, contagió incluso a los generales. Un elemento decisivo de la batalla que se iba a producir tenían que haber sido las divisiones acorazadas y las baterías anticarro. Los soviéticos, naturalmente, estando a la defensiva, tenían la ventaja de disponer de un sistema de plazas fuertes que integraban la acción de sus carros a lo largo de una línea de casi 6.000 piezas anticarro de 76,2 mm. La formación alemana era imponente, aunque siempre inferior cuantitativamente a la formación soviética. Contra los 10.000 cañones alemanes, los soviéticos oponían 20.000, así como 3.600 carros frente a los 2.700 de los alemanes y 2.400 aviones frente a los 2.000 alemanes. La relación entre el número de los combatientes también estaba a favor de los soviéticos: 1.300.000 soldados del Ejército Rojo frente a 900.000 soldados de la Wehrmacht. Además, los soviéticos habían creado en el interior del saliente una serie de posiciones y líneas de defensa que en determinados puntos alcanzaban incluso los 290 kilómetros de profundidad, comprendiendo ocho cinturones de defensa. Entre el 4 y el 5 de julio comenzó la batalla más grande que se produjo entre carros armados en toda la guerra. El fuego de los artilleros se abrió casi contemporáneamente por ambas partes: las fuerzas acorazadas de von Kluge y de Manstein atacaron con fuerza aunque, de la otra parte, el mariscal Rokossovski, comandante del frente Central, estaba preparado para el contraataque. Dos días más tarde del comienzo de la batalla la situación aun era incierta. Al norte del saliente de Kursk, los Panzer del 41?, 46? y 476? Cuerpo acorazado se vieron obligados a detenerse; al sur, los panzer de Manstein registraron varios éxitos en dirección a Oboyan, en donde el cuerpo acorazado "SS" atravesó la línea de defensa y se dirigió decididamente ahacia la ciudad. Manstein vio en la apertura de esta brecha la única posibilidad de modificar a su favor la suerte de la batalla; sin embargo, necesitaba otras fuerzas y pidió insistentemente a Hitler que le permitiera utilizar las tropas frescas del 242 cuerpo acorazado, formado en defensa del Donez. Hitler respondió con una seca negativa, por lo que Manstein, que había avanzado 50 kilómetros hacia Kursk y se encontraba a tan sólo otros 50 kilómetros del objetivo, tuvo que detenerse. El 11 de julio los rusos contraatacaron y la batalla degeneró en un ir y venir de carros con graves pérdidas por ambas partes. Al día siguiente, el 12 de julio, Manstein y von Kluge fueron convocados por el Führer, que anunció el desembarco anglo-americano ocurrido en Sicilia hacía dos días, el cese de los combates por parte de los italianos y, sobre todo, la necesidad de movilizar las fuerzas del frente ruso para obstaculizar el avance aliado en Italia: la "Operación Ciudadela", en definitiva, tuvo que ser interrumpida. Manstein protestó enérgicamente, mientras von Kluge, su inmediato superior, se resignó: su 91 Ejército era incapaz de proseguir la ofensiva, por lo que era mejor regresar a las posiciones de partida haciendo que el saliente de Orel, ocupado por las fuerzas alemanas, no fuera invadido por el Ejército Rojo. El centro de la batalla se desplazó en aquella dirección; veintidós meses de ocupación permitieron a los alemanes construir una amplia línea de fortificación, a pesar de que los sectores eran amplios y las tropas insuficientes. Cuando atacaron los rusos, los alemanes trataron desesperadamente de construir una defensa que obstaculizara el avance enemigo. La historia de aquellos combates prosiguió durante los meses siguientes con los alemanes empeñados en defender palmo a palmo sus posiciones y los rusos decididos a desfondar y reconquistar Orel. El 5 de agosto, Orel cayó; la guarnición alemana consiguió salvarse de puro milagro. El 18 de agosto, el saliente, que había sido una verdadera pesadilla para el mando soviético, fue enteramente eliminado. Lo que sucedió durante aquellos días de lucha en el frente oriental marcó un cambio definitivo en el curso de la guerra. Aunque menos vistosa que las otras, la batalla de Kursk fue probablemente más importante que la de Moscú y Stalingrado. Dicha batalla significó la pérdida total por parte de Alemania de cualquier iniciativa. Desde aquel momento comenzó para la Wehrmacht una desesperada guerra defensiva, la cual terminará, después de un sacrificio enorme de vidas humanas, entre la chatarra de la Cancillería, en Berlín.
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Ofensiva alemana y contraataque. El frente ruso en 1943. Región de Kursk, Operación Citadel. Ofensiva alemana desde el norte. Enfrentamientos en Póniri. Ofensiva alemana desde el sur. Asalto alemán a Chercascoye. Continuación del ataque alemán hacia el norte. Batalla de tanques en Projorocba. Contraofensiva rusa en el norte. Contraofensiva rusa en el sur. Ofensiva soviética en 1943.
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El plan de Freyberg era el siguiente: el ataque lo iniciaría la 6? brigada neozelandesa y la 5? india con el apoyo de la 4? brigada acorazada neozelandesa. El resto de la 4? división india y la 2? neozelandesa intervendría sólo en caso de necesidad. Los neozelandeses, moviéndose inmediatamente después del final del bombardeo, tenían que conquistar la Colina del Castillo y la utilizaría como trampolín para el asalto final al monasterio. Se hicieron los movimientos necesarios y el 22 de febrero se dio finalmente la orden de ataque. Todo estaba preparado para la "Operación Dickens" , prevista para el 24 de febrero. El comienzo de la batalla, por culpa del mal tiempo, se retaso durante tres semanas, mientras las tropas esperaban tremendamente intranquilas bajo la lluvia. Para los neozelandeses, que tenían que haberse movido los primeros, había un ulterior motivo de nerviosismo: el plan de ataque preveía que para no ser alcanzados por las bombas de la aviación, como movimiento preliminar se retirasen unos 900 metros dejando sólo pocos escuadrones suicidas que continuaran el fuego, engañando así a los alemanes. El ataque tenía que haber comenzado, pues, con una retirada.Durante aquellos días de espera, los neozelandeses sufrieron otro duro golpe cuando el comandante de su división, Kippernberger, el 2 de marzo pisó una mina "schu" que le arranco un pie, hiriéndole el otro muy gravemente , que tuvo ser amputado. La única buena noticia que recibieron los aliados en Cassino fue que en aquel periodo se consiguió detener el avance alemán contra la cabeza de desembarco de Anzio. Sin embargo, es poco probable que la noticia provocara un gran efecto: para los hombres enfangados en Cassino, Anzio era otra guerra.
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El 24, a medio día, se pararon los blindados alemanes a las puertas de Dunkerque. Varías teorías se han barajado para justificar esta decisión, errónea ante lo que luego ocurriría: se ha dicho que Hitler no quería humillar a Gran Bretaña con una tremenda derrota; también, que Göering, deseoso de cosechar toda la gloria de la victoria, pidió para sus aviones el remate de la faena. Los historiadores más solventes rechazan ambas hipótesis y se aferran a las realidades: fue el propio jefe del grupo de Ejércitos A, von Rundstedt, quien ordenó hacer un alto para reorganizar sus fuerzas acorazadas muy dispersas, desorganizadas y menguadas en número. Cuando el día 24 de mayo, a medio día hablaron Rundstedt y Hitler, aquel expuso al Führer el cansancio de sus fuerzas, las dificultades del terreno para las operaciones de carros y el peligro de un contraataque aliado. Le propuso, también, cambiar el plan: si en principio el golpe de hoz alemán debería darse de izquierda a derecha, podía ahora darse de derecha a izquierda, actuando el grupo de ejércitos B, de von Bock, más descansados, como martillo, mientras que el grupo de Ejércitos A hacía de yunque. Hitler aceptó. En Berlín hubo indignación. Halder anota en su diario: "... Es un cambio completo en nuestro plan. Yo quería hacer del grupo de Ejércitos A el martillo y del grupo de Ejércitos B el yunque de la operación. Ahora B será el martillo y A el yunque. Pero el grupo de ejércitos B tiene ante si un frente sólido, su avance será lento y sus pérdidas elevadas. La aviación en la que se ponen todas las esperanzas depende del tiempo. Este cambio conduce a un esfuerzo que moviliza más energía que el actual plan de operaciones. No obstante la batalla se ganará por este medio o por el otro. El resto de la mañana no estoy para nadie..." Naturalmente, su plan resultó tan negativo que Rundstedt jamás reivindicó su autoría. Dos días después, visto el error con claridad y mejor agrupadas y reorganizadas las fuerzas acorazadas alemanas -que todo debe decirse- Hitler ordenó que siguiera el avance de los carros. Pero se habían perdido dos días cruciales. Esas 48 horas permitieron la aplicación de la Operación Dinamo. Nació ésta el 19 de mayo, cuando Gort comprendió definitivamente que la batalla de Bélgica estaba perdida y que, tal como iban las cosas, su repliegue hacia Francia era muy problemático. Pensó entonces en la posibilidad de sacar al BEF por mar, desde los puertos del Canal de la Mancha. Hasta el día 24, Gort se mantuvo a la expectativa del proyectado contraataque hacia el sur, pero la inoperancia francesa y la presión que el Grupo de Ejércitos B le hacían desde el norte le obligaron a replegarse hacia la costa y Londres, que había aprovechado esa semana para disponer los medios de evacuación, dio la orden de comenzarla el día 26 de mayo. Afortunadamente para los aliados, el parón de los tanques alemanes les dieron unos 50 kilómetros de costa y tiempo para reforzar las paredes de la bolsa. Cuando los alemanes reanudaron su ataque hallaron enfrente una resistencia organizada, una feroz voluntad de aguantar en muchos casos y un terreno nada apropiado para el empleo de grandes masas de carros. Nadie duda que sin el frenazo del día 24, el 25 los alemanes hubieran estado en Dunkerque y la Operación Dinamo, que preveía sacar unos 50.000 hombres en unos cinco días, hubiera sido viable. Pero mientras los británicos disponían su marcha y los alemanes reanudaban su ofensiva por el sur de la bolsa, ocurrió un acontecimiento clave y polémico para la historia de aquella batalla: la rendición de Bélgica.
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La operación de desembarco en la isla de Sicilia ha sido considerada en muchas ocasiones como una acción de carácter secundario dentro del conjunto de las llevadas a cabo por la contraofensiva aliada. Sin embargo, tuvo una importancia excepcional desde varios puntos de vista complementarios. En el plano político sirvió para impulsar de forma directa la caída del régimen fascista en la persona de Mussolini y la consiguiente salida de Italia de la guerra. Junto a ello, actuó desde perspectivas estratégicas y psicológicas de primer orden, ya que se trataba de la primera ocasión en que era atacado el cuerpo de la Fortaleza europea que el Reich había organizado como complejo de defensa de su territorio.Desde un punto de vista técnico, el desembarco en Sicilia constituyó la primera operación anfibia realizada a gran escala a lo largo de la guerra. Esto la convertiría en un efectivo ensayo general para la que se preparaba sobre la costa norte de la Francia ocupada, a realizar durante el siguiente año 1944. La preparación de la Operación Husky -como era denominada- supuso la necesidad de establecer unos niveles adecuados de preparación de todos los elementos, humanos y materiales, que iban a intervenir en su desarrollo.Los problemas de organización se presentaban muy dificultosos y, debido ante todo al carácter de novedad que tenía el plan, eran de naturaleza especialmente ardua. Aquí, la adecuada coordinación de actuación de la flota, por una parte, y de las fuerzas aéreas, por otra, era fundamental. Al mismo tiempo, el aprovisionamiento a todos los niveles constituía una necesidad prioritaria a la que se debía responder de la forma precisa. Además, los planes contemplaban la posibilidad de que las fuerzas enviadas se viesen obligadas a reembarcar ante la reacción del adversario. De hecho, en el momento del lanzamiento de la operación se desconocía por parte aliada el volumen exacto de los efectivos estacionados en la isla.La Operación Husky estaba prevista para el día nueve de julio de 1943. La reunión de los máximos responsables de las potencias celebrada en Casablanca había decidido la realización de esta campaña, a pesar de las diferencias de opinión que con respecto a ella se habían manifestado entre sus participantes. Por su parte, los norteamericanos, que iban a ser quienes aportasen mayores efectivos para la operación, consideraban errónea la elección del escenario. Para sus mandos, el desembarco en Sicilia no hacía sino desplazar innecesariamente fuerzas que serían necesarias para actuar sobre las costas francesas. Al mismo tiempo, pensaban que esta decisión era impulsada por un Churchill imbuido de ideas imperialistas sobre el Mediterráneo, únicamente válidas para los intereses particulares de Gran Bretaña.Norteamérica hubiera preferido las islas de Cerdeña o de Córcega como objetivos del desembarco, al encontrarse más próximas a la línea costera de Francia. Sin embargo, sería la localización de la isla de Malta, que iba a ser utilizada como base logística para la realización del mismo, la que decidiría la elección final de la vecina Sicilia. Junto a esto, fue descartada definitivamente la idea de efectuar un desembarco en las costas balcánicas, tal como propugnaba Londres. Esta posibilidad, aunque dificultada por los mismos elementos físicos de este litoral, venía fundamentada como medida de prevención ante el despliegue soviético iniciado sobre el cuerpo central del continente europeo.Por parte del Eje, los italianos estaban seguros de la inminencia de un ataque realizado sobre Sicilia, mientras que en Berlín se había descartado por completo esta posibilidad. Ello había decidido a los mandos alemanes a retirar a la península varias divisiones, con lo que Sicilia quedaba en parte desguarnecida.
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El 6 de junio de 1944, con el desembarco de un formidable ejército aliado en la costa de Normandía, se abrió el denominado segundo frente (el primero era el frente ruso): durante el mismo mes se conquistaron Cherbourg (27 de junio) y, poco después, Caen (7 de julio). En agosto, una Armada americana y otra francesa desembarcaron en Provenza provenientes del Africa septentrional: contra la enorme superioridad de medios y de hombres de los aliados poco servía a los nazis. El 25 de agosto, el general De Gaulle entro en París. En septiembre, toda Francia fue liberada de la ocupación enemiga. Los preparativos habían comenzado en la Conferencia de Teherán, celebrada desde el 28 de noviembre al 1 de diciembre de 1943, donde se encontraron Roosevelt, Churchill y Stalin. En esta conferencia, los "tres grandes" decidieron abrir un segundo frente que aligerara la presión alemana sobre el frente oriental y trasladar la guerra al corazón de Alemania. La apertura del segundo frente se llevó a cabo siete meses más tarde con el desembarco de Normandía. A las 2 de la madrugada las tropas aerotransportadas americanas y británicas fueron arrojadas en paracaídas sobre los objetivos preestablecidos. A las 3:14 horas comenzó el bombardeo aéreo de las playas, bombardeo que fue creciendo en intensidad hasta las 5:50, hora en que comenzó el cañoneo de los seiscientos barcos de guerra de escolta. A las 6:30 horas, las primeras oleadas de medios de desembarco habían llegado a las playas. En la zona occidental, el Primer Ejército americano tomó por asalto las dos playas de Utah (el VII Cuerpo de Ejército estadounidense), mientras en la zona oriental, el Segundo Ejército inglés atacó la playa Gold (el XXX Cuerpo de Ejército británico) y las de Juno y Sord (el I Cuerpo de Ejército británico). Los desembarcos de Sword, Juno y Gold fueron un éxito rotundo; las divisiones inglesas y canadienses, utilizando armamentos especiales, idóneos para superar los obstáculos que se encontraban, aun encontrando una seria resistencia alemana en algunos puntos, fueron capaces de penetrar en el interior con fuerza, dirigiéndose hacia Caen. La carretera que une esta ciudad con Bayeaux a través de Creuilly fue ocupada y contenido un contraataque de la 211 división Panzer. En la zona occidental, también la playa Utah fue rápidamente conquistada, hasta tal punto que el VII Cuerpo de Ejército estadounidense consiguió tomar contacto con las tropas aerotransportadas y penetrar en el interior unas seis millas. Sólo en la playa de Omaha las cosas fueron verdaderamente mal: los escuadrones de asalto del V Cuerpo de Ejército estadounidense se quedaron totalmente sin el apoyo de los carros armados anfibios debido a que éstos, a causa de la borrasca marina, fueron bloqueados en la playa por la oposición alemana. Sólo a altas horas de la noche pudieron abrirse y alcanzar la carretera costera. A medianoche del "Día-D" los aliados aún no habían conseguido alcanzar los objetivos preestablecidos aunque, a excepción del de Omaha, todos los desembarcos se habían realizado con éxito y los soldados habían establecido ya sólidas y amplias cabezas de puente. En la zona occidental, la primera misión del Primer Ejército estadounidense al mando de Bradley era la de aislar la península de Contentin y ocupar Cherbourgo, que presentaba, en las esperanzas de los aliados, la primera posibilidad de disponer de un verdadero puerto. El 17 de junio, la 9° división estadounidense llegó a Carteret y Portbail y el 21 de junio los americanos llegaron a las puertas de Cherbourgo, que asediaron con la 9? división, la 79? y la 4? división del VII Cuerpo de Ejército. Después de un breve pero durísimo asedio, el 27 de junio de 1944 Cherbourgo caía en manos de los aliados; sin embargo, antes de retirarse, los alemanes destruyeron las instalaciones portuarias, que no pudieron ser utilizadas hasta finales de agosto. Volviendo hacia el sur, el VII Cuerpo de Ejército se unió al VIII Cuerpo y juntos atacaron al VII Ejército alemán, conquistando St. Lô el 24 de julio. La península de Contentin fue completamente ocupada. Partiendo de la playa de Omaha el XIX Cuerpo de Ejército y el V Cuerpo americanos, el 10 de junio habían comenzado el avance hacia el sur, llegando el 17 de junio a Caumont, en la carretera entre Caen y St. Lô. Del 19 al 22 de junio, el canal de La Mancha se vio envuelto en violentas marejadas que destruyeron el puerto artificial ubicado en la playa Omaha y dañaron gravemente el de la playa Gold. Esta circunstancia ralentizó mucho los programas de los aliados, que no pudieron contar con una afluencia regular de refuerzos y abastecimientos. Se averiaron un número de medios de desembarco cinco veces mayor que el demolido por el fuego alemán durante el "Día-D". Durante todo el mes de junio, el Segundo Ejército británico hizo pocos progresos en dirección a Caen. En los planes aliados, el avance sobre Caen tuvo que concentrar sobre sí la mayor parte de la oposición alemana, dejando libre el flanco derecho aliado para dirigirse hacia el sur y hacia el este. La resistencia alemana se demostró más dura de lo previsto. La invasión de Normandía por parte de las unidades americanas, británicas y canadienses durante el mes de junio de 1944 fue, sin duda, la más importante de las operaciones anfibias que jamás se hayan realizado. Fue significativa porque marcó el apogeo de la potencia aliada, siendo tan determinante para los fines de la victoria final de la Europa noroccidental, como lo fue la batalla de El Alamein en África y Stalingrado en Rusia o los realizados en Italia, de cuyas experiencias se nutrió el desembarco de Normandía. La batalla que convulsionó a Francia fue llevada a cabo con tenacidad y energía contra una nación que ya había sido abatida en diversos frentes. Sin las precedentes victorias y sin la libertad de acción precedentemente adquirida por las propias fuerzas aéreas y navales, los aliados no hubieran podido formar un nuevo frente. Notable fue no tanto el curso de las operaciones cuanto la elaboración de los planes correspondientes; desde el comienzo estaba bien claro el esfuerzo que suponía realizar un plan que correspondiese a las mejores tradiciones de la estrategia, es decir, a las experiencias de los grandes genios del mando militar, permaneciendo unidos a ellos con un riesgo limitado lo más posible. Todas las personas a las que se les encargó contribuir a la elaboración del plan estaban íntimamente convencidas de que la guerra no podía ser vencida basándose exclusivamente en el progreso técnico, aun reconociendo su valor determinante. Habían experimentado que cada batalla tenía que ser dirigida a conseguir una victoria de valor decisivo, por lo que era necesario atenerse estrictamente a la concepción estratégica que prescribía no atacar al adversario frontalmente en el sector en el que se concentraban sus mayores fuerzas o en donde él esperaba la acción, sino en el punto más débil, en donde no se espera una ofensiva. Dichos conocidos principios constituyeron el fundamento de los dos planes de invasión más importantes, es decir, del proyecto para la operación estratégica "Overlord" y para la operación táctica "Neptuno". Ambos planes fueron sustancialmente el resultado de estudios por parte británica. La estructura inglesa y americana de los Estados Mayores permitió una completa libertad en las discusiones y garantizó que los hombres más inteligentes pudieran expresar sus propias ideas. Dicho sistema superaba, por validez, el método alemán de elaboración de los planes estratégicos, condicionados casi por completo por las "intuiciones" de Hitler. El consenso responsable de los responsables generales de guerra, presidido por el Primer Ministro Wiston Churchill, fue muy superior. Igualmente importante fue la acción directiva ejercida por el Presidente Franklin D. Roosevelt, al menos hasta el verano de 1944. Una vez terminados los preparativos y la instrucción de los hombres destinados a participar en la empresa, no quedaba otra cosa sino decidir cuál sería el "Día-D", el "día del desembarco". La elección no fue fácil. Era necesario conciliar diversas exigencias: luz lunar a medianoche para el desembarco; media marea 40 minutos después del alba para que los cazadores tuvieran luz y tiempo suficientes para destruir los obstáculos antes de salir del agua; tres mareas en el espacio de 18 horas para poder colocar en tierra en aquel limitado período de tiempo 200.000 hombres v 20.000 vehículos. Según los expertos, estas condiciones, indispensables para el buen funcionamiento de la operación, se verificarían sólo los días 5-6-7 de junio y el 19-20-21 de junio. Eisenhower eligió la primera semana del mes: no quería perder más tiempo ya que los soldados comenzaban a manifestar su nerviosismo por la espera. Además de esta convergencia de condiciones, para que la operación "Overlord" se pudiera llevar a cabo se necesitaba que hiciera un buen tiempo. Por su parte, Eisenhower tenía completa fe en la meteorología: decidió el 17 de mayo que el "Día-D" sería el 5 de junio. El motivo: si el día 5 fuera imposible realizar el asalto, tendría a disposición todavía otros dos días, mientras que eligiendo el 6, sólo le quedaría un día de reserva, lo que hacía todo más problemático. La tensión general, el ansia de los hombres, el ritmo intenso de los preparativos, el riesgo cada vez mayor a que se desvelase el secreto, hacían pensar a muchos altos oficiales que se arriesgaban, si se produjera mal tiempo, a realizar el desembarco el día 8 o el 9. Las mejores condiciones hubieran sido: el día 5, situación meteorológica tranquila; después, tres días iguales al 5, vientos de superficie que no superasen una velocidad de 15-20 km por hora, base de las nubes a más de mil metros, nubosidad no superior a los 5/10 y visibilidad de al menos 5 km. El 31 de mayo comenzaron a delinearse algunos elementos atmosféricos que preocuparon a los meteorólogos. Hubo un momento de espera en la esperanza de que los "poco prometedores" signos pudieran dispersarse. La mañana del jueves 1 de junio se presentó con nubes grises y una atmósfera muy pesada, similar a la que precede a un temporal. Con todo, aún no había motivos suficientes para alarmarse, a pesar de que las cosas no se estaban poniendo como se deseaban. Eisenhower y los demás mandos de la operación "Overlord" comenzaron a vivir horas de angustia. La atmósfera en el Cuartel General era pesada. Mientras tanto, las tropas habían sido ya embarcadas en los barcos de transporte, los cuales esperaban en los puertos a que de un momento a otro les dieran la orden de zarpar. El día 3, sábado, fue el día señalado. Igualmente, algunos grandes barcos anclados en distintos puertos lejos de Normandía, cargados desde hacía dos días de militares en pie de guerra, zarparían en un par de horas para poder alcanzar el objetivo previsto para el "Día-D". La misma decisión se refería a los acorazados y a los cruceros de combate, anclados en Scapa Flow, en Belfast y en Clyde. En la inseguridad dominante, Eisenhower asumió la responsabilidad de correr el riesgo y dictó la orden de que la mayor parte de aquellos barcos de transporte y de guerra zarparan rumbo al mar, esperando que se produjera una mejoría atmosférica. La tarde del 3 de junio se tuvo una nueva reunión: los barcos ya habían zarpado y a los campos, vacíos por los hombres que ya había embarcado, comenzaban a llegar los hombres de la segunda oleada. Las informaciones que se recibían eran cada vez peores. La tempestad se estaba desencadenando en todo el Canal; una densa niebla se atisbaba en las costas de Normandía junto al azote de los vientos y los chubascos; otros convoyes estaban zarpando desde distintos puertos cuando se dieron cuenta de que tal vez hubiera sido mejor ordenar a los barcos que regresaran. Esto significaba retrasar la operación "Overlord" al menos veinticuatro horas. Lunes 5 de junio de 1944, "Día-D" según la terminología militar; en Francia llueve a placer y sopla un viento intenso a lo largo de las costas. Las previsiones meteorológicas son pésimas. Los alemanes desconocen por completo lo que está sucediendo más allá de la Mancha. En efecto, aquella misma mañana, el mariscal Rommel ha abandonado el mando, situado en el castillo de los duques de Rochefoucauld, en La Roche-Guyon, para hacer una escapada a su casa de Herrlingen, en Alemania. Antes de partir ha telefoneado a von Rundstedt para pedir permiso. A lo largo de una prolongada conversación telefónica, Rommel comunica a su directo superior que no puede haber peligro de invasión durante aquellos días dadas las previsiones atmosféricas. Le anuncia también que al día siguiente llegaría el informe titulado "Juicio sobre la situación general". Dicho informe llegó puntualmente y, visto desde hoy, representa un documento curioso, además de interesante. En la introducción se puede leer el elenco de las "novedades" aliadas vistas con los ojos del comandante adversario: en la última semana se han acentuado los bombardeos en la zona del Paso de Calais, lo que "confirma las sospechas del "Schewerpunkt" de un desembarco a gran escala"; no es normal la "concentración de medios de desembarco avistados por la fuerza de reconocimiento aéreo en el sector de Dover"; algunos "puertos de la costa sur de Inglaterra no han sido visitados por la fuerza de reconocimiento"; finalmente, desde el 1 de junio, "aumento de radiotransmisiones enemigas con mensajes dirigidos a la Resistencia francesa, aunque, a juzgar por la experiencia, no se puede considerar como un indicio de una inminente invasión". De todo esto se pueden sacar algunas conclusiones. La primera es que Rommel insistió testarudamente en su convicción de que los aliados realizarían el desembarco en el Paso de Calais. La segunda, que ni siquiera la excepcional frecuencia de radiocontactos entre el mando aliado y la Resistencia lo alarmaron de forma especial, a pesar de que los partisanos franceses habían sido advertidos para que estuvieran alerta a partir del 1 de junio, veinticuatro horas sobre veinticuatro. La tercera, que el reconocimiento aéreo alemán colaboró a aumentar la confusión inspeccionando únicamente el sector en el que estaban convencidos que los aliados partirían para el desembarco en el Paso de Calais: Dover.