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Con todo, antes de 1914, Gran Bretaña había podido conllevar el problema de Irlanda. Diferente fue el caso de Austria-Hungría compuesta, como alguien dijo, sólo "de Irlandas". El caso, en efecto, resultó paradigmático en muchos sentidos. En primer lugar, el compromiso de 1867 no había resuelto los problemas entre Austria y Hungría. Cuestiones como la contribución económica de Hungría a la Monarquía dual o como el Ejército -que seguía siendo un ejército unificado y mayoritariamente austríaco- alimentaron el independentismo húngaro: los independentistas, dirigidos desde 1894 por Ferentz Kossuth, lograron una gran victoria en las elecciones territoriales húngaras de enero de 1905 y, aunque más tarde, los liberales -que bajo el liderazgo de Kalman Tisza, jefe del Gobierno entre 1875 y 1890, habían sido el principal apoyo del régimen dualista- recuperaron terreno (reorganizados en el Partido Nacional del Trabajo), la amenaza del separatismo magiar continuó gravitando sobre la vida política de ambas Coronas. En segundo lugar, en esa misma Hungría, que se regía por una Constitución propia y distinta de la austríaca, la política de magiarización impulsada durante el largo gobierno de Tisza provocó la reacción nacional de croatas (unos 2 millones en 1910, eslavos y católicos), eslovacos (también unos 2 millones, pueblo de campesinos étnicamente próximos a los checos) y rumanos (unos 3,25 millones establecidos en la Transilvania húngara, objeto del irredentismo de la Rumanía independiente). En concreto, el nacionalismo croata se radicalizó sobre todo durante la etapa de gobierno asimilista del gobernador húngaro Conde Héderváry (1883-1903). De una parte, Ante Starcevic, creador del Partido del Derecho Puro, desarrolló la idea del trialismo, esto es, la transformación de la Monarquía dual austrohúngara en una Monarquía trial austro-húngara-croata dentro de la cual existiría una Croacia independiente en la que se integrarían todos los pueblos eslavos desde los Alpes al Mar Negro (croatas, eslovenos, serbios y eslavos musulmanizados), a los que Starcevic y su partido no reconocían como nacionalidades distintas de la croata. De otra parte, resurgió la vieja idea de la unidad de los eslavos del sur, la idea de una Yugoslavia, de una unión de croatas, serbios y eslovenos en una entidad política propia bien independiente, bien autónoma dentro de la Monarquía austríaca, tesis del obispo croata Josip Strossmayer (1815-1905), fundador de la Academia Yugoslava de Zagreb. Pero, en tercer lugar, esa idea yugoslava, que se estrellaba con las diferencias religiosas e históricas entre croatas y serbios, alimentó, contra las expectativas de sus ideólogos las diferencias ínter-étnicas. Al menos, la concepción croata pugnaba con las tesis del nacionalismo serbio que aspiraba, como el croata, a la liberación de los eslavos del sur pero bajo liderazgo y hegemonía propios, esto es, del reino de Serbia (3 millones de habitantes en 1910) y de las comunidades serbias de Austria-Hungría (otros 2 millones). La tesis serbia, por hacer del pequeño reino independiente serbio el Piamonte de los Balcanes, parecía, a principios de siglo, más realizable que la croata. Y en todo caso, aunque el nacionalismo croata creó fricciones en el interior de Hungría, fueron los serbios quienes asumieron el liderazgo: primero, por medio de distintas organizaciones y grupos clandestinos que surgieron en Bosnia-Herzegovina desde que la provincia, de mayoría serbia, quedó bajo administración de Austria en 1878; luego, en 1903, cuando el nacionalismo impuso un cambio de dinastía en el propio reino de Serbia y propició un giro en la política de éste hacia la confrontación directa con Austria-Hungría. Y, en cuarto lugar, surgieron problemas en la propia Austria, a pesar de que la Constitución de 1867 reconocía la igualdad de las nacionalidades (en 1910: 10 millones de alemanes; 6,5 millones de checos; 4,9 de polacos; 4 de rutenos; 1,25 de eslovenos; 770.000 italianos; 700.000 croatas; 100.000 serbios; más 850.000 serbios; 400.000 croatas y 650. 000 musulmanes en Bosnia-Herzegovina) y de que se había dado autonomía a Polonia y Bohemia y reconocido los derechos lingüísticos de las minorías. En concreto, la política de equilibrio y entendimiento multinacional que había logrado el conde von Taafe en su largo mandato al frente del gobierno (1879-1893) naufragaría ante el crecimiento de los nacionalismos austríaco y checo y, en general, ante la complejidad de todo el problema de las nacionalidades. Esto ya se había puesto de relieve antes: en 1871, el plan del canciller austríaco Hohenwart de crear un Imperio federal dando a Bohemia el mismo trato que a Hungría en el esquema imperial fracasó por la doble oposición de los húngaros y de la minoría alemana de la propia Bohemia. Pero ahora las cosas se radicalizaron. En 1882, como ya quedó dicho al tratar del pangermanismo, Georg von Schónerer creó en Linz el Partido Nacionalista, un partido radicalmente pangermánico, populista, antisemita y declaradamente hostil a las nacionalidades eslavas del Imperio (a las que quería excluir de su proyecto de unión y pureza racial austroalemanas incluso dándoles la independencia); y poco después, se creó el partido de los jóvenes Checos, un partido radical, democrático e independentista que, tras su victoria en las elecciones regionales bohemias de 1891, rechazó la política de acomodación que, durante los años de Taafe, había seguido el nacionalismo checo histórico. Taafe mismo dimitió en 1893 luego que un plan suyo que proponía la partición de Bohemia -región de mayoría checa pero con una importante minoría alemana- en distritos administrativos, lingüísticos y étnicos separados, tropezase con la doble negativa checa y alemana; y luego que su proyecto de reforma electoral encaminado a diluir el voto nacionalista estableciendo el sufragio universal masculino fuera rechazado por conservadores y liberales. Uno de sus sucesores, el conde polaco Cachimir Badeni, jefe del Gobierno imperial entre 1895 y 1897, dimitiría también por razones similares: porque su proyecto de ordenanzas lingüísticas, que equiparaba el alemán y las lenguas locales en determinados distritos, provocó una oleada de agitación callejera en diversas ciudades liderada por el partido de von Schönerer (y en 1898, un proyecto de dividir Bohemia en tres distritos lingüísticos distintos, chocaría frontalmente con el obstruccionismo de los nacionalistas checos, opuestos a toda idea que pusiese en entredicho la unidad de Bohemia). Más aún, la caída de Badeni abrió un largo período de inestabilidad gubernamental y de crisis constitucional que se prolongó prácticamente hasta 1914. El liberalismo dinástico austríaco, verdadero soporte del Imperio se vio, de una parte, paralizado por el problema de las nacionalidades, y de otra, superado electoralmente por la irrupción de dos partidos de masas: el Partido Social Cristiano, creado en 1890 por Karl Lueger (1844-1910), un antiguo concejal liberal del ayuntamiento de Viena que rompió con los liberales ante la extensión de la corrupción en la gestión municipal, un partido católico, social-reformista, antisemita, que buscaba deliberadamente el voto de las clases medias bajas vienesas (y que lo obtuvo Lueger, un formidable orador de masas, fue alcalde de Viena entre 1897 y 1910) y el Partido Social Demócrata (SPD), creado en 1889, dirigido por Victor Adler (1852-1918) judío, nacido en Praga pero de cultura alemana, condiscípulo de Freud y hermano del psiquiatra Alfred-, partido teóricamente marxista pero reformista y moderado en la práctica, apoyado por los sindicatos y con un número de brillantes intelectuales a su frente (Rudolf Hilferding, Karl Renner, Otto Bauer, Max Adler), que, tras la introducción del sufragio universal en 1907, se convirtió con sus casi 90 diputados en el principal partido del Parlamento austríaco. El sistema austríaco pudo en teoría haber derivado hacia un bipartidismo socialcristiano/socialdemócrata. El partido social-cristiano era dinástico y el SPD, aun no siéndolo, había elaborado, según las ideas de Karl Renner y de Otto Bauer (autor en 1907 de La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia), una verdadera teoría política del Imperio, proponiendo, ante el problema de las minorías nacionales, su transformación en un Estado democrático, federal y multinacional basado en la autonomía de todas las nacionalidades. Pero, en primer lugar, los círculos más conservadores de la Corte Imperial, y el propio emperador Francisco José, rechazaron la integración de las nuevas fuerzas políticas en el entramado del poder. Y además, el partido socialcristiano resultó ser un partido estrictamente vienés, y el SPD terminó por romperse precisamente por la impregnación nacionalista de sus propias bases y sobre todo, por las diferencias nacionales entre socialdemócratas alemanes y socialdemócratas checos (estos últimos crearon su propio partido en 1911). Dada la fragmentación política que produjeron tanto el crecimiento de los nacionalismos como la introducción del sufragio universal en 1907 -en 1907 había unos 30 partidos en el Parlamento-, el gobierno parlamentario resultó imposible. Desde 1907, el emperador, de acuerdo con la Constitución, nombró gobiernos no-parlamentarios que gobernaron por decreto. La movilización nacionalista terminó, así, por provocar la crisis del parlamentarismo austríaco. El asesinato el 28 de junio de 1914 en Sarajevo del heredero al trono de los Habsburgo, el archiduque Francisco Fernando, resultó especialmente revelador. Primero, porque fue llevado a cabo por un grupo nacionalista (por la Mano Negra, uno de los grupos clandestinos serbios organizados en Bosnia-Herzegovina después de la anexión). Segundo, porque al atentar contra Francisco Fernando, los nacionalistas serbios mataban a quien parecía más dispuesto a reorganizar el Imperio en un Estado descentralizado que incluyera, junto a Austria y Hungría, el reino de Bohemia y un reino de Iliria para los eslavos del sur (por lo menos, Francisco Fernando, que era hombre de ideas cristianas conservadoras, detestaba a los nacionalistas austro-alemanes y solía recibir a los líderes de los jóvenes Checos y de los nacionalistas eslovacos, rumanos y croatas). El nacionalismo aún produjo una última reacción política en Austria-Hungría. El crecimiento del antisemitismo que tuvo, como vimos, particular eco en Alemania y claras manifestaciones en Francia -recuérdense las ideas de Drumont y Maurras, y el affaire Dreyfus-, que constituía uno de los argumentos programáticos de los partidos de von Schönerer y Lueger, y que impregnaba vaga o explícitamente a los nacionalismos húngaro, croata, eslovaco y polaco, llevó a muchos judíos de esas regiones (en 1910, unos 2,5 millones en Austria-Hungría) a replantearse en profundidad la cuestión de su propia identidad personal y colectiva, la cuestión de su nacionalidad. Impresionado por la degradación del capitán Dreyfus a cuyo juicio asistió como corresponsal del gran periódico vienés Neue Freie Presse, Theodor Herzl (1860-1904), escritor judío nacido en Budapest y establecido en Viena -donde fue conocido por su germanofilia y su dandysmo y esnobismo esteticistas-, sufrió en junio de 1895 su conversión al judaísmo, esto es, tomó conciencia de su condición judía y, lo que iba a ser más importante, concluyó que la asimilación de los judíos en las culturas y naciones europeas estaba abocada al fracaso. Retomando ideas de otros escritores judíos (como Hess y Pinsker), Herzl publicó en febrero de 1896, en Viena, su libro Der Judenstaat (El Estado de los judíos), punto de partida del movimiento sionista, (término acuñado por Nathan Birnbaum, otro intelectual judío vienés), libro en el que exponía una tesis clara y revolucionaria: la apelación a la creación de un Estado judío, que Herzl, hombre de formación liberal, occidentalista y nada religioso concebía como un Estado libre, laico y socialmente igualitario, que esperaba lograr mediante negociaciones con los líderes de las grandes potencias y aun con el Sultán turco, preferentemente en Palestina, pero sin descartar otras posibilidades, como Argentina o incluso, Uganda. Herzl murió en 1904 con sólo 44 años pero para entonces, había logrado reunir 5 grandes congresos sionistas, lanzar un periódico, crear un movimiento organizado, aglutinar a un núcleo de importantes colaboradores (como Max Nordau, Israel Zangwill y otros) y apasionar en torno a sus ideas y proyectos a las comunidades judías de Austria-Hungría, Rusia e Imperio Otomano (y también dividirlas: Martin Buber y Chaim Weizmann, futuro primer presidente de Israel, encabezaron una oposición cultural o tradicionalista, a Herzl; Karl Kraus, otro judío vienés asimilado, lo satirizó ferozmente en su obra Una Corona para Sión, de 1898). Por todo lo visto, no exageraba ese mismo Karl Kraus cuando afirmó, ya en plena guerra mundial, que Austria-Hungría era como un "laboratorio para la destrucción mundial".
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La caída de Metternich tuvo lugar cuando ya se habían producido las primeras manifestaciones nacionalistas en Hungría y en Bohemia, pero sirvió para darles mayor intensidad. A comienzos de abril Rieger consiguió que se aceptase una Constitución liberal (Carta de Bohemia), el establecimiento de un Gobierno nacional de carácter consultivo y una Dieta autónoma. Era una solución moderada para quienes, como Palacky, pretendían defender los intereses eslavos dentro del Imperio austriaco. En Hungría, Kossuth había hecho votar a la Dieta, el 22 de marzo, un ministerio parlamentario bajo la presidencia del conde Batthyani, pero bajo la inspiración del propio Kossuth.Los acontecimientos vieneses también sirvieron para activar los focos revolucionarios italianos. Se otorgaron Constituciones en Toscana, Piamonte y los Estados Pontificios, pero el verdadero objetivo de los revolucionarios fue la liberación de Lombardía y Venecia del dominio austriaco, aprovechando las dificultades que experimentaba el gobierno imperial. Manin, liberado de su prisión, proclamó la república en Venecia mientras que los radicales milaneses (Carlo Cattaneo) se sublevaron y establecieron un Gobierno provisional que buscó el apoyo de Piamonte, después de haber expulsado al mariscal Radetzky.
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Antes ya de la I Guerra Mundial, Japón y China, parecían liberadas definitivamente de las ambiciones hegemónicas del colonialismo europeo. Eran sin duda la excepción en Asia y África. Pero su ejemplo iba a ser paradigmático. En concreto aquella victoria de Japón sobre Rusia en 1905 -primera victoria militar de un país asiático sobre un país europeo en la época moderna- sacudió la conciencia nacional de los pueblos o colonizados o mediatizados por Europa, particularmente en Asia. Propició, de una parte, la aparición de movimientos nacionalistas (o los reforzó si ya existían) en la India, Indochina, Birmania e Indonesia, donde en 1908, por ejemplo, nació la asociación nacionalista Budi Utomo y en 1921, el partido Sarekat Islam, asociación musulmana y nacionalista que pronto tuvo miles de afiliados. De otra parte, el ejemplo japonés fue decisivo para las revoluciones nacionalistas que estallaron en Persia en 1906 -que obligó al Shah a promulgar una Constitución y reunir el primer Parlamento persa en la historia-, en Turquía en 1908 y finalmente, como acabamos de ver, la misma revolución china de 1911. Además, habían surgido ya otras manifestaciones político-intelectuales que revelaban que la conciencia de nacionalidad estaba arraigando decisivamente en los pueblos colonizados. En Egipto, el nacionalismo político comenzó a renacer a finales del siglo XIX: en 1907, Mustafá Kamil creó el Partido del Pueblo, primer núcleo del nacionalismo moderno que pronto encontraría su gran líder en Saad Zaghul (1860-1927). Un intelectual iraní allí establecido, Jamal al-Dih al-Afghani (1839-97), llamó a la purificación del Islam, a un retorno a su carácter original como fundamento del panislamismo unitario de todos los musulmanes, concepto que empezó a usarse en la década de 1880. Al tiempo, el mufti (especie de juez y autoridad religiosa islámica) Mohammed Abdou (1849-1905) fue exponiendo en sus enseñanzas en la universidad musulmana de El-Azhar, en El Cairo, sus tesis sobre la actualización del Islam a través de su integración con la ciencia occidental, también desde la perspectiva de lo que tenía que ser una respuesta nacional árabe tanto a la dominación europea como a los viejos absolutismos islámicos, ideas que tendrían gran influencia en todo Oriente Medio. Un sirio exiliado en Egipto, Abdul Rahman al-Kawakibi, publicó en 1901 un libro, Las excelencias de los árabes, en el que argumentaba que el resurgimiento del Islam habría de ser obra de los árabes, y no de los turcos, factor principal de su declive. Iban, pues, tomando cuerpo dos ideas esenciales: la idea de que "el despertar de la nación árabe" (por usar el significativo título del libro que en 1905 escribió Neguib Azoury, un escritor cristiano-árabe) exigiría la liberación del yugo otomano, una convicción que iría extendiéndose a medida que la revolución turca de 1908 derivase hacia una dictadura militar y ultraotomana; y la idea de que el retorno al carácter prístino del Islam -debidamente actualizado- posibilitaría la reafirmación de los árabes en la historia. En 1910, se fundó en Túnez Tunis al-Fatat, partido de la joven Túnez, precedente de posteriores movimientos nacionalistas. En 1911, nacionalistas árabe-sirios crearon en París el Jami'at al -Arabiya al-Fatat, Sociedad joven Árabe, que iba a tener influencia duradera. En la India, donde desde principios del siglo XIX existían excelentes instituciones de educación superior de tipo occidental, bien creadas por Inglaterra, bien por hindúes y musulmanes, y donde el Imperio había generado una amplia clase media culta y relativamente acomodada, políticos, intelectuales, funcionarios y profesionales liberales crearon en 1885 el Congreso Nacional de la India, un partido político que aspiraba a la implantación gradual de formas de auto-gobierno que condujesen, tras la independencia, a una India constitucional, parlamentaria y democrática. La decisión en 1905 del virrey Curzon de dividir Bengala, uno de los centros del nacionalismo indio, en dos provincias, una mayoritariamente musulmana (en su día Bangladesh) y otra hindú, provocó grandes protestas de masas y la aparición en el Partido del Congreso de un ala radical liderada por Bal Gangadhar Tilak (1856-1920), erudito, periodista y político de prestigio, que recurrió a formas extremistas de oposición incluido el terrorismo. La mayoría del Congreso, no obstante, se mantuvo en sus concepciones gradualistas y moderadas y ello favoreció que Gran Bretaña -que reprimió con extremada dureza la agitación extremista- buscase formas políticas de atracción y conciliación. En 1909, aceptó la formación de parlamentos electivos regionales, primer paso efectivo hacia el autogobierno y un reconocimiento, por tanto, de la realidad "nacional" de la India. La política en la India se hacía cada vez más compleja. En 1906, dirigentes musulmanes del país -a cuya cultura propia habían dado voz y nuevo sentido líderes religiosos, escritores y poetas como Muhammad Iqbal- crearon la Liga Musulmana. El movimiento se limitaba inicialmente a la defensa de los intereses de los musulmanes (unos 70 millones por entonces) en una futura India autónoma o independiente, e Inglaterra pudo incluso usarlo como contrapeso al nacionalismo hindú. Con el tiempo, sin embargo, la Liga iría deslizándose hacia la definición de un nacionalismo musulmán separado que cristalizaría en torno al concepto de "Pakistán, país de los puros", acuñado ya en la década de 1930. Pero fue la I Guerra Mundial el acontecimiento que, subvirtiendo el orden colonial, iba a constituir el catalizador del despertar nacionalista de los pueblos de Asia y África. Todavía en aquella contienda los grandes imperios -Gran Bretaña, Francia- pudieron usar numerosos contingentes de tropas coloniales: australianos, neozelandeses, árabes, canadienses, indios, nepalíes (los gurkhas), sudafricanos, senegaleses, argelinos, combatieron con lealtad junto a sus respectivas metrópolis. La batalla de Gallípoli, la guerrilla árabe de Lawrence y la figura del general sudafricano Smuts -miembro del gabinete de guerra de Londres y uno de los fundadores de la fuerza aérea británica- fueron los símbolos de aquella cooperación (si bien, Francia tuvo que hacer frente a sublevaciones en el sur de Túnez, hubo también insurrecciones antibritánicas en Egipto, en 1915 estalló en Nyasalandia una rebelión dirigida por el ministro cristiano africano John Chilenhwe y en Libia continuó la resistencia a la ocupación italiana). Fueron varias las razones que explicarían el cambio que se produjo desde 1919: primero, la afirmación de los principios de autodeterminación y nacionalidad como fundamento del nuevo orden internacional representado por la Sociedad de Naciones; segundo, la decepción que en el mundo colonial produjo la ampliación de los dominios coloniales de Gran Bretaña y Francia a Oriente Medio bajo la forma de los "mandatos", reemplazando al antiguo poder otomano; tercero, la aparición de una nueva generación -culta y bien educada- en el mundo colonial, resultado precisamente de la propia obra colonial (que en general, potenció la educación superior de las elites de los pueblos colonizados); cuarto, el impacto de la revolución soviética de 1917 y la labor de la Internacional Comunista en apoyo de la lucha anticolonial, explicitada en el llamado "congreso de los pueblos oprimidos" celebrado en Bakú en septiembre de 1920; quinto, la necesidad de las propias potencias coloniales de establecer nuevas formas de organización de sus dominios, como consecuencia de los crecientes costes de las administraciones imperiales y de las grandes dificultades militares que conllevaba la propia defensa del Imperio (lo que fue particularmente evidente en el caso de Gran Bretaña, donde la idea dominante vino a ser la transformación del Imperio en una "confederación de Dominios autónomos", oficialmente proclamada en el Estatuto de Westminster de 1931). Como quiera que fuese, los poderes coloniales se encontraron a partir de 1919 con una creciente oposición. En la India, el gobierno inglés había prometido en 1917 "la implantación progresiva de un gobierno responsable". En 1919, aprobó la Ley del Gobierno de la India que, de acuerdo con el informe preparado el año anterior por Montagu, el ministro para la India, y lord Chelmsford, gobernador general de ésta entre 1916 y 1921, remodelaba la administración del territorio sobre la base de la diarquía: se concedía autonomía política y administrativa a las provincias y estados, y se creaba un sistema bicameral nacional (en parte elegido, en parte designado), pero el Virrey y la administración británicos continuaban reteniendo el poder ejecutivo e importantes funciones (policía, justicia, finanzas). Era, evidentemente, un nuevo paso hacia el autogobierno de la India. Pero, como indicación del cambio que. se estaba operando, el Partido del Congreso, dirigido desde 1915 por Gandhi (1869-1948), un antiguo abogado que durante su estancia en Sudáfrica entre 1893 y 1914 se había distinguido por su lucha en favor de los inmigrantes indios, consideró la nueva ley como muy insuficiente y escaló la política de confrontación en favor de la independencia. La terrible masacre de Amritsar, la capital del Punjab, donde el 13 de abril de 1919 un total de 379 personas resultaron muertas y más de 1.000 heridas cuando tropas gurkhas mandadas por el oficial británico R. H. Dyer abrieron fuego contra una multitud congregada pacíficamente en una plaza, había marcado el final de todo posible entendimiento. Como respuesta, Gandhi promovió su primera gran campaña de "desobediencia civil y resistencia pasiva", que mantuvo hasta 1922. La agitación, no siempre pacífica (en Bengala hubo una intermitente actividad terrorista entre 1923 y 1932), se extendió por gran parte de la India. El problema indio, personificado en las distintas huelgas de hambre que Gandhi mantuvo como desafío al gobierno (en 1922, 1930, 1933 y 1942) y en sus nuevas campañas de desobediencia civil, reemplazó al problema irlandés como primera preocupación británica, sin que los distintos gobiernos ingleses encontraran solución. Significativamente, en la novela Pasaje a la India que E. M. Forster publicó en 1924, no había ya aquella visión romantizada de la India abigarrada, caótica y fascinante que a principios de siglo había inspirado la magnífica prosa de Kipling (su gran novela, Kim, apareció en 1901). Forster denunciaba los prejuicios raciales y la vulgaridad de la colonia británica, la contrastaba con la espiritualidad y el refinamiento de la India y ponía de relieve las dificultades que hacían casi imposible el entendimiento entre los dos pueblos. En 1927, el gobierno Baldwin creó una Comisión especial, presidida por el político liberal sir John Simon y por el dirigente laborista Clement Attlee, para que informase sobre el estado político de la India. El Informe Simon, boicoteado en la India porque en la Comisión no había representación hindú, propuso la concesión de autonomía para las provincias, aunque rechazó la idea de un gobierno parlamentario para todo el país. En 1930, Gandhi lanzaba su segunda gran campaña de desobediencia civil, "la marcha de la sal", una marcha en la que Gandhi dirigió a sus cientos de miles de seguidores hacia el mar a lo largo de 320 kilómetros para protestar contra los impuestos británicos sobre la sal. Como consecuencia, el gobierno reunió en Londres (1930-32) las Conferencias de la Mesa Redonda, un total de tres, a la segunda de las cuales, en septiembre de 1931, asistió el propio Gandhi -y también el líder de la Liga Musulmana, M. A. Jinnah (1876-1948)-: en 1935, se aprobó la nueva Ley del Gobierno de la India, que entró en vigor en 1937 y creó asambleas legislativas de elección plenamente democrática en los 14 estados que integraban la India británica (los preveía también para los casi 700 principados y reinos autónomos que completaban la estructura política del continente, pero esto no se llevó a la práctica). La Ley llegaba tarde. El Partido del Congreso, cuya ala izquierda encabezada por Jawaharlal Nehru y Subas Bose reclamaba desde los años veinte la plena independencia, ganó las elecciones en siete de los catorce estados. El lema con que Gandhi definió su última campaña de desobediencia, promovida después de que Gran Bretaña decidiera unilateralmente la entrada de la India en la II Guerra Mundial, no podía ser más contundente: "dejad la India". En Oriente Medio, el nacionalismo árabe -que como vimos había recibido fuerte apoyo de los propios ingleses durante la guerra mundial, hasta provocar la rebelión de Hussein, el emir de La Meca y del Hijaz contra Turquía- rechazó la fórmula de "mandatos" de Francia (sobre Siria y Líbano) y Gran Bretaña (Transjordania, Iraq y Palestina) y consideró como una traición la declaración que en su carta privada a lord Rothschild de 2 de noviembre de 1917 había hecho el ministro de Asuntos Exteriores británico, Balfour, asegurando el compromiso británico para establecer un "hogar nacional judío" en Palestina. Hussein, que había utilizado el título de "rey de los países árabes", se negó a ratificar el tratado de Versalles. Graves disturbios -huelgas urbanas, guerrilla y terrorismo rural y urbano-, complicados por conflictos étnicos y religiosos entre las distintas comunidades de la zona, estallaron en Iraq (1920), Siria (1925-27) y Palestina (1929, 1936-39). En Iraq, Gran Bretaña optó por establecer un Estado independiente (1921) bajo el rey Feisal, después de que éste fuera expulsado por los franceses de Siria. Tras firmar una alianza militar por 25 años, ingleses e iraquíes negociaron la plena independencia en 1930. Francia, enfrentada a una rebelión de sirios drusos, tuvo que evacuar Damasco en 1925, pero al año siguiente retomó el control de la región, concedió una Constitución (1930) y ante la amplitud del movimiento nacionalista, prometió en 1936 la independencia (que, sin embargo, no llegó hasta 1944). En Palestina, la inmigración judía, todavía demográficamente poco importante -en 1936 la población judía era de 385.000 personas, el 28 por 100 de la población del territorio-, en la medida que parecía reforzar la promesa implícita en la declaración Balfour, provocó enfrentamientos crecientes y graves, sobre todo en 1929, entre las comunidades judía y árabe, liderada por el Gran Mufti de Jerusalén Haj-Amin al-Husseini (1897-1974), y una primera rebelión árabe en 1935. La idea británica, implícita en la propia declaración Balfour y expuesta por primera vez en el informe que una comisión presidida por Lord Peel preparó en julio de 1937 a instancias del gobierno de Londres, de "partir" Palestina en dos Estados, uno árabe y otro judío reservándose Gran Bretaña el control de los Santos Lugares, fracasó por el rechazo de la comunidad árabe y de los sectores extremistas judíos, a pesar de contar con el apoyo de la principal organización sionista, la Agencia judía dirigida por Chaim Weizmann. El mundo árabe conoció otra complicación adicional. Las ambiciones de Hussein, que en 1924 al producirse la abolición del califato en Turquía se había proclamado Califa, provocaron gran malestar entre los mismos árabes. Las tropas de Abd al-Haziz ibn Saud (1880-1953), el líder de Arabia, invadieron el Hijaz y en poco tiempo tomaron las ciudades de Jedda, Medina y La Meca (enero de 1926), provocando la abdicación y el exilio subsiguiente de Hussein; Ibn Saud constituyó en 1932 oficialmente el Reino de Arabia Saudita. En Marruecos, la rebelión anticolonial contra España fue acaudillada por algunos líderes locales tradicionales. Abd-el Krim (1881-1963), jefe de las cabilas de las montañas del Rif, desencadenó a partir de 1921 una eficaz acción guerrillera contra España y contra Francia, que sólo pudo ser dominada en 1925-27 tras una acción militar sobre Alhucemas a gran escala de los ejércitos de ambos países, coordinada por el mariscal Pétain. Incluso así, el Alto Atlas no sería conquistado hasta 1934. En Libia, los italianos no consiguieron terminar con la resistencia de senusis y beduinos hasta 1932. En otros puntos, la oposición colonial estuvo dirigida, como en la India, por partidos de masas inspirados por planteamientos ideológicos modernos, y se materializó a través de la acción política y de movilizaciones de la opinión, y no en acciones armadas y violentas. Precisamente, la gran inteligencia de Gandhi estuvo en que acertó a unir las ideas nacionalistas con los valores tradicionales del pueblo hindú (por eso que recurriera a símbolos tan característicos como el vestido hindú y la rueca) y con la espiritualidad del hinduísmo, por lo que hizo del Partido del Congreso, hasta entonces el partido de las elites occidentalizadas de la India, un partido de masas. En Egipto, la agitación antibritánica, que dio lugar a amplios disturbios callejeros a partir de 1919, fue encabezada por el partido nacionalista Wafd (Delegación), nombre que hacía referencia a la delegación egipcia que, encabezada por Saad Zaghul, pidió a Gran Bretaña en 1918 el fin del protectorado. Gran Bretaña, como había hecho en Iraq y haría en Afghanistán, optó por establecer (1923) una monarquía constitucional, bajo el rey Fuad, el antiguo sultán, pero reteniendo el control de Suez y del Sudán: el Wafd ganó las elecciones de 1924 y dominó la política del país hasta la II Guerra Mundial (aunque las relaciones egipcio-británicas siguieron siendo problemáticas hasta que Gran Bretaña renunció al control militar y a Suez). También en Túnez, la oposición anticolonial se extendió después de la I Guerra Mundial. El Partido Destour, principal exponente del nacionalismo tunecino, integrado por jóvenes tunecinos educados en Francia, se creó en 1920. Francia se limitó a crear (1922) un Gran Consejo puramente consultivo. En 1934, una escisión radical del Destour creó el Neo-Destour, dirigido por Habib Burgiba: los "neo-destourianos" organizaron una amplia oleada de huelgas y movilizaciones en 1937-38, muy duramente reprimidas por las autoridades francesas. En Argelia, donde la aparición del nacionalismo fue más lenta por la importancia numérica de la colonia francesa -unas 833.000 personas en 1926- y por la no existencia de una clase media ilustrada musulmana, Messali Hadj fundó en 1927, pero entre los trabajadores emigrantes en Francia, la primera organización anticolonialista, la Estrella Norteafricana, precedente del Partido Popular Argelino, de ideología nacionalista y comunista, que Messali Hadj creó ya en los años treinta. Los Ulemas tradicionalistas fueron promoviendo la idea de una patria musulmana basada en el Islam y la lengua árabe; otro sector de la población indígena, liderado por el diputado Ferhat Abbás, parecía inclinarse todavía por la asimilación a Francia. En Marruecos, finalmente, el "dari" beréber del gobierno francés de 16 de mayo de 1930 que sustraía las tribus beréberes a la jurisdicción musulmana, provocó la primera agitación de importancia de las juventudes urbanas nacionalistas, que vieron en la disposición un intento de dividir Marruecos: la agitación rebrotó después de 1934, bajo la dirección de un Bloque de Acción Nacional inspirado por el erudito islámico Allal alFassi (pero fue también duramente reprimido). Con la excepción del África negra -y excepción relativa pues desde los años veinte aparecieron en Ghana, Nigeria, Kenya y otros puntos organizaciones y personalidades que reclamaban de Inglaterra, por lo general por vías amistosas y pacíficas, cambios constitucionales hacia el autogobierno-, el nacionalismo hizo del antiguo orden colonial un escenario de inestabilidad, insurrecciones, protestas y conflictos. En los años treinta, la crisis económica agudizó la rebelión anticolonial. A las ya mencionadas, se unieron ahora revueltas en Birmania, Ceilán, Indonesia -que ya había conocido una sublevación comunista en 1926- e Indochina, donde también comunistas y nacionalistas habían iniciado la oposición al dominio francés años antes: el joven Malraux había colaborado en 1925-26 con intelectuales de Saigón en la creación de distintos periódicos anticolonialistas.
contexto
En Rusia, los acontecimientos fueron, tal vez, menos complicados. Los nacionalismos polaco, lituano, estonio, letón, georgiano, armenio, ucraniano y finlandés se recrudecieron también, como en el caso húngaro, como reacción ante la política uniformizadora del zarismo, que se intensificó sobre todo a partir de la década de 1880. La rusificación fue, en parte, resultado de la afirmación del nacionalismo ruso, impulsado por los círculos tradicionalistas, burocráticos y militaristas de la Corte y de la Iglesia ortodoxa, y por sectores que veían en un Estado unitario y centralista la clave para la modernización de Rusia. Pero también en parte, fue expresión de las teorías paneslavistas (unión de todos los pueblos eslavos bajo una monarquía universal rusa) que, desde las décadas de 1850-60, tuvieron relativa vigencia en la propia Rusia -entre la intelligentsia eslavófila- y entre grupos eslavos (checos, serbios, búlgaros) de los Imperios austro-húngaro y otomano. Aunque la rusificación -que consistió en la imposición del ruso como lengua oficial y la prohibición del uso de lenguas y dialectos locales en escuelas, tribunales y actos religiosos- pareció vencer las dificultades que suscitó en Letonia, Estonia, Lituania, Armenia, Georgia y Ucrania, regiones donde el nacionalismo era débil, encontró, en cambio, fuertes resistencias en Polonia y Finlandia. Sobre todo, hizo inútil otras políticas de atracción promovidas por las autoridades rusas como, en el caso de Polonia, la reforma agraria de 1864 y la posterior política de industrialización del país; y, en el caso de Finlandia, como la acuñación de moneda propia (1860) y la creación de un Ejército finlandés (1878). En Polonia, los efectos de aquella política fueron decisivos: la rusificación hizo del nacionalismo polaco, previamente limitado a la nobleza y a pequeños núcleos de intelectuales, un movimiento ampliamente popular, fuertemente apoyado por la Iglesia católica (uno de los principales obstáculos, precisamente, al asimilismo ruso y ortodoxo). Parte del nacionalismo polaco -aglutinado en torno al Partido Nacional Demócrata creado en 1897 y dirigido por Roman Dmowski (1864-1939)- apostó ocasionalmente por una política de acomodación a Rusia con la aspiración de lograr la reintegración de las Polonias rusa, prusiana y austríaca en una Polonia autónoma dentro del Imperio zarista. Pero otra parte, liderada por el Partido Socialista Polaco, creado en la clandestinidad en 1892 y uno de cuyos líderes desde el exilio fue Jozef Pilsudski (1867-1935), optaría por la vía revolucionaria e insurreccional como única estrategia hacia la independencia. Polacos y finlandeses vieron en la derrota rusa en la guerra ruso-japonesa de 1904-05 y en la revolución de 1905 que le siguió, la oportunidad para presionar en favor de sus reivindicaciones nacionales. Rusia reconoció el derecho de los polacos al uso de su lengua e hizo numerosas concesiones en materia religiosa a la Iglesia católica. Los nacionaldemócratas de Dmowski lograron notables éxitos en las elecciones a las Dumas imperiales de 1906 y 1907 (en las que también los ucranianos lograron importante representación). Pero Polonia no logró la autonomía. Incluso, al cabo de unos pocos años, el régimen zarista retomó, allí y en las otras nacionalidades del Imperio, la política de represión y rusificación. Finlandia fue la excepción: vio como el Zar restablecía las libertades finlandesas y aceptaba la creación de un régimen ampliamente democrático en el gran ducado. Desde 1906 Finlandia tuvo sufragio universal masculino y femenino, lo que hizo que, a partir de ese año, el partido social-demócrata, creado en 1903, emergiese como la principal fuerza política de la región. El nacionalismo fue, igualmente, factor determinante en la evolución del Imperio otomano. Primero, porque ello dio lugar a lo largo del siglo XIX a la independencia de Grecia, Serbia, Rumanía y Bulgaria (independiente de facto desde 1878, aunque no de iure) y a la pérdida de Bosnia-Herzegovina (1878), Túnez (1881), Egipto (1882) e importantes territorios en el Cáucaso y en los Balcanes. Segundo, porque la permanente crisis política, militar y financiera del Imperio -el "enfermo de Europa", como lo llamó el zar Nicolás I- provocó la aparición a partir de los años 60 del siglo XIX de un nacionalismo turco occidentalista, liberal y reformista, que veía en la creación de un Estado unificado, secular, constitucional y centralista, de un Estado nacional moderno, la única posibilidad de salvación y reconstrucción del mundo otomano. El intento reformador de Midhat Bajá de 1876-77 -que había cristalizado en la Constitución de 1876, que proclamó la indivisibilidad del Imperio e introdujo las libertades individuales y el régimen parlamentario- resultó fallido. Y el sultán, Abdul Hamid II (1876-1909), restableció el poder absoluto aunque, alertado por los acontecimientos, impulsó la turquificación del Imperio, e incluso inició una tímida modernización del mismo centrada en la construcción de ferrocarriles. Pero el descrédito y la debilitación continuaron. La sublevación pro-búlgara en la Rumelia oriental provocó la guerra serbio-búlgara de noviembre de 1885 y una nueva crisis oriental de la que salió reforzado el nacionalismo búlgaro. La insurrección armenia de 1895-98, durísimamente reprimida por los turcos, agravió a la opinión mundial. La proliferación, a partir de mediados de los años 90, de acciones terroristas en Macedonia provocadas por las distintas facciones nacionalistas (probúlgaras, proserbias y progriegas) hizo que, en 1903, Rusia y Austria impusieran a Turquía la creación de una gendarmería mixta musulmana-cristiana para la región, con oficiales extranjeros a su frente. El levantamiento pro-griego en Creta de mayo de 1896 dio lugar a una guerra greco-turca al año siguiente: el descrédito que todo eso provocó hizo resurgir el nacionalismo reformista y constitucional turco. El movimiento de "los jóvenes Turcos" -en el que militaban, sobre todo, exiliados, estudiantes revolucionarios y jóvenes militares nacionalistas-, exiliados, heredero del espíritu y las ideas del 76, renació a partir de 1896. En 1907, se constituyó en Salónica el Comité para la Unión y el Progreso, organización clandestina que aglutinaba a los distintos grupos de la oposición al Sultán y que incluía representantes de las minorías no-turcas. En julio de 1908, ante los rumores de que Rusia y Gran Bretaña planeaban el reparto de Turquía, oficiales del Ejército estacionado en Salónica, vinculados al Comité, se sublevaron, y el 24, impusieron a Abdul Hamid la restauración de la Constitución de 1876. Los hechos de 1908 (y sus secuelas) evidenciaron todo el potencial transformador y desestabilizador del nacionalismo. Como acabamos de ver, el nacionalismo de los jóvenes oficiales turcos provocó un cambio revolucionario en el Imperio otomano. Como respuesta, Bulgaria proclamó de inmediato -5 de octubre- la independencia, y Austria-Hungría, la anexión de Bosnia-Herzegovina. Ésta, a su vez, provocó gran preocupación en Rusia, irritación en Serbia e indignación y tensión en el interior de la propia provincia anexionada: los grupos clandestinos más radicales del nacionalismo pro-serbio -como el Movimiento de los jóvenes Bosnios o la Mano Negra- recurrieron desde entonces con frecuencia creciente a la violencia y al terrorismo. Más todavía, la revolución turca de 1908 estuvo muy lejos de resolver los problemas de la unidad del Imperio y de su organización territorial. Las diferencias entre las nacionalidades no-turcas y el nacionalismo de los militares turcos se hicieron evidentes desde que se reunió el Parlamento en diciembre de aquel año. A partir de 1909, estallaron rebeliones nacionalistas en Armenia, Albania, Kurdistán, la Siria cristiana e incluso en Yemen. Los jóvenes Turcos -que en abril de 1909 habían logrado aplastar un intento de golpe de Estado de militares reaccionarios partidarios de Abdul Hamid, que sería depuesto por ello- fueron abandonando los ideales de 1908 y refugiándose en políticas cada vez más abiertamente nacionalistas (entre otras razones, por la intensa presión internacional que se abatió sobre el país). En efecto, entre septiembre de 1911 y agosto de 1913, Turquía fue tres veces a la guerra: en 1911, contra Italia, que le había reclamado Libia; en octubre-diciembre de 1912 y febrero-mayo de 1913, contra Bulgaria, Serbia, Grecia y Montenegro que habían exigido reformas en Macedonia; en junio de 1913, contra Bulgaria, sí bien esta vez en alianza con rumanos, griegos y serbios, y de nuevo por las diferencias entre los distintos países balcánicos en torno a Macedonia y Tracia. Los resultados fueron nefastos para Turquía: perdió Libia y la mayor parte de sus territorios europeos; Albania fue creado en 1913 como nuevo Estado independiente. La situación interna resultó insostenible. El 23 de enero de 1913, los jóvenes Turcos, encabezados por Enver Bey, dieron un nuevo golpe de Estado: un régimen militar ultra-nacionalista se hizo cargo del país y, durante la Guerra Mundial, alineó a Turquía al lado de Alemania y de los poderes centrales. En suma, en Hungría y Rusia, los nacionalismos de Estado habían provocado la reacción de los nacionalismos de las nacionalidades. En Austria, la confrontación entre los nacionalismos austro-alemán y checo había hecho fracasar un régimen potencialmente multinacional. En el Imperio otomano, la debilidad del Estado central ante los nacionalismos eslavos había estimulado la aparición del nacionalismo turco. De una manera u otra, el crecimiento del nacionalismo hizo del centro y del este de Europa -ya se ha visto- un foco de inestabilidad y de permanentes tensiones.
contexto
El gran potencial del nacionalismo latinoamericano se debió a su capacidad para permear la totalidad de las ideologías desde la extrema derecha a la extrema izquierda y a la simbiosis que crearía con el antiimperialismo. En este sentido es curioso observar una cierta nacionalización del liberalismo, lo que tendría serias consecuencias para la política latinoamericana. Las ideas nacionalistas se habían ido consolidando desde el mismo momento de la emancipación, pero sólo a fines del siglo XIX y principios del XX comenzaron a tener una estructura más orgánica y formal. La llegada masiva de inmigrantes, y el rechazo que los mismos provocaban en ciertos sectores de la población, especialmente los de menores recursos, fue uno de los principales elementos que permitió la difusión de ideas de corte nacionalista y xenófobo. En un principio, el nacionalismo solía estar vinculado a ciertas formas de pensamiento antiliberal, y entre los valores que reivindicaba estaban los de la hispanidad y el catolicismo, de forma que fue posible hablar de un nacionalismo oligárquico. Este fue el caso de la Liga Patriótica Argentina, que unía a su antiliberalismo un profundo sentimiento antisemita. La lucha contra los movimientos de izquierda, intensificada después del estallido de la Revolución Rusa de 1917, fue otro de los elementos aglutinadores de los nacionalistas de derecha, que en ciertas oportunidades iban acompañadas de manifestaciones de violencia. En lo que al fascismo se refiere, su incidencia, aunque innegable, fue menor y menos estructurada que la del comunismo y se hizo más visible a partir de la década de 1930.. Por un lado encontramos el interés de Alemania e Italia en determinadas materias primas americanas, que se tradujo en una intensa actividad de las legaciones militares y culturales. La propaganda alemana en prensa, cine y radio y la publicación de libros fue muy importante en esta época. Numerosas asociaciones de inmigrantes italianos y alemanes funcionaron como divulgadoras de los postulados fascistas y en varios países se crearon filiales del Partido Nacional Socialista Alemán. También hay que tener en cuenta la labor propagandística de ciertos grupos de extracción nacionalista de derecha o provenientes del integrismo católico, que intentaron crear un "fascismo criollo", profundamente anticomunista, anticapitalista y antinorteamericano. La difusión del falangismo en América Latina favoreció estas tendencias, cargadas de una importante dosis de hispanismo. Los movimientos o partidos fascistas más importantes, la mayoría surgidos en los años 30, fueron: Açao Integralista Brasileira; Unión Nacionalista Sinarquista, de México; Partido Nazi Chileno; Falange Socialista Boliviana y la Unión Revolucionaria del Perú.
termino
acepcion
Sacerdote maya que practica sacrificios humanos. Este vocablo también se aplicaba al comandante militar supremo que ocupaba este cargo durante más de tres años.
obra
Lafuente Ferrari afirma que en esta estampa Goya hace una reflexión sobre la inutilidad del esfuerzo de la lucha contra el enemigo francés ante la llegada de Fernando VII y la implantación del absolutismo. El esqueleto en el que ha quedado España volverá a ser atacado por extraños seres que aparecen a su derecha.
obra
Muy similar a Despacha, que despiertan, en ambos se incide sobre la voracidad, la hipocresía y la embriaguez del clero, destacando Goya la doble cara que presentan.