Las escenas y retratos de carácter intimista que ejecutó Rembrandt no son tan conocidas por el público como sus grandes composiciones - La ronda de noche o Los síndicos de los pañeros - pero posiblemente sean tan atractivas o más que las antes mencionadas. Numerosas ocasiones tomará como modelos a personajes de su entorno - Titus, Saskia o Hendrickje - aunque no es el caso que nos ocupa. Una adolescente anónima apoyada en el quicio de una ventana dirigiendo su vergonzosa mirada al espectador se convierte en la protagonista de una maravilloso lienzo. La luz impacta en la figura y deja el resto de la composición en sombra - recordando el tenebrismo de Caravaggio -, destacando los pliegues de la camisa blanca y la belleza de la joven. El gesto de sus manos refuerza su timidez, resultando una obra de sublime belleza.
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Delaroche y sus compañeros impusieron lo que será el gusto oficial del género de historia a mediados del siglo XIX. Pues bien, el justo medio de la pintura radicaba en el lugar de conciliación del historicismo romántico culto con una posibilidad de comprensión realista de los temas. Así, en sus lienzos prima el cuidado de la ambientación y el vestuario como en una escenificación teatral, se facilita la accesibilidad del asunto por la tematización de anécdotas, y la verosimilitud se rige por una especie de ilusionismo fotográfico, que naturaliza la escena histórica.
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Tratándose de un pintor en sus inicios, Van Gogh siente especial atracción en este trabajo por el movimiento, contrastando la figura estática de la muchacha con los carruajes que encontramos al fondo. La iluminación de atardecer envuelve la escena, resultando una sensación ambiental de gran fuerza. Los colores son aplicados con soltura, dejando de lado el dibujo sin menospreciar el volumen. La sensación de perspectiva creada demuestra sus progresos al lado de su tío Anton Mauve.
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Tomando como base los apuntes que Fortuny elaboró durante su viaje a Marruecos en 1860 realizará en Roma algunas acuarelas protagonizadas por muchachas judías ataviadas con ricas joyas, posiblemente novias preparadas para el matrimonio. La Joven judía y esta muchacha que contemplamos destacan por su gesto triste y decaído, quizá por ser su boda algo convenido entre las familias donde el amor queda apartado por completo. El pintor centra su atención en el rostro de la joven, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lateral, interesándose también por los adornos y joyas, ligeramente esbozados pero presentes en la escena. El soberbio dibujo que define la pintura de Fortuny se manifiesta en esta composición a través de rápidos y firmes trazos que forman la figura. La iluminación también tiene un papel relevante ya que se configura el volumen gracias a contrastes de claroscuro, obteniendo un atractivo resultado.
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En 1879 Renoir conoce a la que será su futura esposa, Aline Charigot, con la que en otoño se instalará en Chatou donde realizará esta intimista escena protagonizada por ella. Aline exhibe su pelirroja melena con un gracioso recogido, vista de espaldas en el momento de leer una revista ilustrada de las que tanto éxito alcanzaban en aquella época. La figura se muestra en primer plano, en escorzo, reduciendo los límites espaciales al máximo. Si bien en la figura y el sillón rojo encontramos algo más de modelado, en la pared apreciamos una pincelada más rápida y abocetada, en sintonía con los trabajos de Monet o Pissarro. El contraste entre blancos, negros y rojos será frecuente en los impresionistas, siendo Manet uno de los que más interesados estaban en este juego cromático.
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Las fuentes hacen referencia a tres obras pintadas por Tiziano en las que se presentaba a una muchacha portando un plato o una cesta de frutas. En la actualidad no se han encontrado, sugiriéndose que este lienzo de Berlín sería una de ellas.La joven viste un elegante traje en tonalidades doradas con reflejos oscuros y alza con sus manos un gran plato de plata lleno de frutas y flores. Está dispuesta en tres cuartos y gira la cabeza hacia el espectador, recortando su atractiva figura ante un amplio cortinaje rojo mientras que en la derecha contemplamos un paisaje con unas montañas. La iluminación empleada distorsiona los contornos y resalta las tonalidades, utilizando el maestro una pincelada fluida y rápida que parece abocetar el conjunto, creando así sensacionales efectos atmosféricos.Sobre la interpretación de este lienzo se han aventurado diversas hipótesis. Se piensa que Tiziano va más allá del retrato y nos presenta una alegoría matrimonial. También se plantea que estamos ante una representación de la diosa Pomona o que se trataría de una imagen de Lavinia, la hija favorita del artista, que protagoniza otras obras en esta época como la Muchacha con abanico.La importancia de este trabajo motivaría la existencia de numerosas copias, algunas con ligeras variaciones como la Salomé del Prado.
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En sus últimos años Giovanni Bellini realizó uno de sus trabajos más delicados y atractivos: esta Muchacha peinándose considerada por los especialistas como una alegoría o una escena mitológica, planteándose también la posibilidad de que se tratara de un retrato. La joven se presenta ante un fondo neutro cortado por la ventana que permite contemplar el paisaje; sentada sobre una cama en la que apreciamos los pliegues del manto que ligeramente cubre su cuerpo, dirige su mirada hacia el espejo, reflejándose su tocado en otro espejo que encontramos en la pared. Su blanquecina piel sirve de contraste con el fondo y el paño, mostrando el canon femenino de la época. La luz que baña la figura realza su belleza, apreciándose una ligera desproporción en el brazo que la muchacha se lleva al cabello, quizá motivada por la colaboración de algún discípulo al fallecer Giovanni Bellini antes de finalizar el trabajo. Este tipo de imágenes servirá de influencia a Tiziano.