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De todas las artes con que se decoraban las villas romanas, es la musivaria la que mejor ha podido conocerse, especialmente la aplicada al revestimiento de suelos, al ser éstos las últimas partes que normalmente se destruyen en un edificio. Sabemos, no obstante, que muchos mosaicos aplicados al revestimiento de techos se perdieron irremisiblemente. En otros casos se ha constatado la existencia de mosaicos revistiendo bóvedas o muros, utilizados como decoración de las paredes en el interior de piscinas, estanques y habitaciones relacionadas con el empleo del agua.Como norma general para el mundo romano, puede afirmarse que los mosaicos reflejan los gustos, intereses o necesidades decorativas de los propietarios que los encargan; la iconografía de los mosaicos está directamente sugerida o escogida por sus usuarios. Dado que los temas mitológicos son predominantes en los pavimentos de las villas de Hispania, hay que buscar una explicación satisfactoria para este hecho. Puede interpretarse, naturalmente, como consecuencia del desarrollo de una cultura de la imagen característica del mundo grecolatino que es, por esencia, indisociable del fenómeno religioso; pero esto explica sólo a medias la elección de los temas mitológicos.
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Representación de Baco y sus acompañantes en un mosaico romano hallado en Alcolea, Córdoba. Está fechado entre el 160 y el 170 d.C., y se halla expuesto en el Museo Arqueológico de Córdoba.
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Este mosaico romano fue hallado en la Vega Baja, Toledo. Fechado hacia el 300 d.C., representa una escena de un puerto romano. Se halla expuesto en el Museo de Santa Cruz, de Toledo.
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En numerosas villas romanas de época bajoimperial se han hallado mosaicos de contenido báquico lo que supone que numerosos seguidores de este dios eran miembros de las capas más altas de la sociedad ya que eran las únicas que podían sufragar los gastos que este tipo de decoraciones suponían. Este tipo de decoración se adaptaba perfectamente al uso de habitaciones de tipo triclinar. En el Museo Arqueológico de Sevilla se conserva uno de estos mosaicos protagonizado por el cortejo de Baco, quien comparte su carro con Ariadna, carroza tirada por tigres y acompañada por un personaje alado (¿Mercurio?). Ariadna era hija del rey Minos y fue ella quien dio a Teseo el hilo con cuya ayuda el héroe ateniense consiguió escapar del laberinto. El héroe y la joven huyeron de Creta pero Teseo abandonó a Ariadna en el litoral de la isla de Naxos. Cuando ella descubrió que había sido abandonada rompió a llorar, siendo escuchado sus lamentos por Baco, quien se apiadó de la joven. El dios del vino se enamoró y tomó por esposa a Ariadna. Cuando ella falleció, Baco recuperó la corona de oro que le regalara y la convirtió en estrella.
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En cuanto al mundo de los gladiadores, su presencia es bien paradójica en nuestra península. Por una parte, la escasez relativa de representaciones en mosaico, escultura, pintura o cerámica parece ahondar en la idea de que el munus gladiatorio no era particularmente apreciado, y, en el mismo sentido, no deja de ser elocuente que la práctica ausencia de gladiadores hispanos en el conjunto del imperio venga unida a una aplastante proporción, en nuestros epígrafes, de gladiadores nacidos y entrenados fuera de la Península. Pero, por otra parte, es innegable la abundancia de epitafios de gladiadores en nuestras necrópolis, el hallazgo de la llamada "Ley Gladiatoria de Itálica", y hasta la presencia de inscripciones votivas relacionadas con esta profesión. Tarraco, Barcino, Emerita, Gades y, sobre todo, Corduba son buenos testigos de nuestro aserto. Los espectáculos en los anfiteatros se dividían en tres partes: las venationes -cacerías o enfrentamientos de animales- por la mañana; unas luchas menores, alternando con ejecuciones capitales, al mediodía; y los combates de gladiadores propiamente dichos por la tarde. En este mosaico que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional podemos apreciar dos de las partes del espectáculo: las venationes en la superior y la lucha propiamente dicha en la inferior. No cabe duda de que este tipo de representaciones son un magnífico vehículo para conocer en profundidad la vida cotidiana en la época romana.
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No son muy frecuentes las representaciones musivarias en las tumbas, aunque su existencia está también documentada. Existen algunas laudas funerarias musivas, esto es, lápidas que cubren las tumbas con motivos decorativos e inscripciones realizadas en mosaico. Aunque la mayor parte de estas representaciones son ya de época cristiana, existen algunas que carecen de símbolos cristianos y podrían ser consideradas aún como paganas. Casi todas ellas se concentran en el litoral mediterráneo español, siendo frecuentes sobre todo en Tarragona y sus alrededores. La lauda sepulcral de Ampelius está adornada con temas soteriológicos. La Soteriología es aquella división de la Teología General que trata de la obra principal de Cristo o sea la redención obrada por su sacrificio. Por esta razón aparece el cordero como símbolo de Cristo.
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En este mosaico paleocristiano se figura al difunto en un arquillo rebajado, como en algunos sarcófagos del Sur, vestido con su dalmática blanca, símbolo de su carácter clerical; porta un volumen en la mano derecha y con la izquierda bendice, como representación de quien ya ha alcanzado la gloria y por ello aparece en un fondo vegetal que indica el Paraíso. La inscripción dedicatoria es bastante rutinaria, pero la decoración del recuadro y algunos detalles más lo ponen en relación directa con los mosaicos pavimentales. Se fecha en el siglo IV y sigue modelos africanos.
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Mucho menos frecuentes son las representaciones musivarias en las tumbas, aunque su existencia está también documentada. Existen algunas laudas funerarias musivas, esto es, lápidas que cubren las tumbas con motivos decorativos e inscripciones realizadas en mosaico. Aunque la mayor parte de estas representaciones son ya de época cristiana, existen algunas que carecen de símbolos cristianos y podrían ser consideradas aún como paganas. Casi todas ellas se concentran en el litoral mediterráneo español, siendo frecuentes sobre todo en Tarragona y sus alrededores. Especialmente interesante es, sin embargo, una procedente de Itálica, en la que se documenta una primera lauda pintada, con el nombre de la difunta (María) y una decoración vegetal y figurada muy similar a la que posteriormente figuraba en la lauda definitiva, confeccionada ahora en mosaico y aplicada por encima de la anterior. Con ello parece claro que nos encontramos ante una lauda provisional, hecha quizás en un primer momento, en tanto se encargaba -o llegaba- la definitiva. En algunas de las de Tarragona existen también motivos similares, aunque en algunos casos puede llegar a representarse la figura del difunto.Sin embargo, el conjunto de carácter funerario más importante que se conserva en la Península Ibérica es sin lugar a dudas el de Centcelles, en un mausoleo funerario del siglo IV d. C. ubicado en las cercanías de Tarragona. La cúpula de la cámara principal se encuentra decorada con un revestimiento de pintura y mosaico distribuido de la siguiente forma: de abajo arriba aparecen un friso corrido con escenas de caza, en la que se ve la partida de los cazadores, la caza y el regreso con las piezas cobradas. Por encima, otro friso con dieciséis cuadros de distinto tamaño con escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento, delimitados por columnas salomónicas con capiteles jónicos; entre ellos se incluyen Adán y Eva, Daniel en el foso de los leones, la adoración de los Magos, Jonás, el Arca de Noé, etc., temas, como podemos ver, todos ellos cristianos. A continuación, una franja de círculos cruzados superpuestos que da paso al friso superior, el de mayor altura, en el que cuatro cuadros anchos de forma trapezoidal están separados por otros tantos estrechos. Las escenas representadas en aquellos están casi completamente perdidas; sólo queda parte de un lector y de otras figuras ricamente vestidas. En cambio, los paneles estrechos estaban ocupados cada uno por una figura de un joven, de magnífica factura, representando una de las estaciones del año. La parte superior de la cúpula ha perdido casi toda su decoración; sólo quedan unas cabezas bastante estropeadas, pero que conservan aún los suficientes rasgos como para ver en ellas los retratos de algunos personajes importantes, probablemente los de los dueños del mausoleo. El investigador alemán Helmut Schlunk, a quien se debe en buena medida la restauración del monumento, propuso como hipótesis de trabajo que la figura central de estos personajes, al que con más probabilidad se puede adscribir la propiedad del monumento, fuera en realidad el emperador Constante, muerto en las Galias en el año 350. No existe base arqueológica, sin embargo, para considerar como totalmente cierta esta sugerente posibilidad, tal y como han hecho constar otros autores. Pese a que el edificio se trata sin lugar a dudas, por los temas representados, de un monumento ya cristiano, lo hemos incluido en este estudio por su carácter excepcional en el conjunto de los monumentos funerarios de época romana y porque muchos de sus elementos constitutivos se remontan a prototipos imperiales. Así, por ejemplo, las escenas de caza las encontramos en numerosos sarcófagos paganos, y también en pinturas y mosaicos no estrictamente funerarios, respondiendo a una moda muy difundida en el siglo IV d. C., como una de las actividades más nobles de los ciudadanos ricos; al lector, que mediante el cultivo del espíritu se prepara para enfrentarse con el mundo de ultratumba, ya lo hemos visto también como un motivo frecuente en los sarcófagos paganos, y como tal lo encontraremos también entre los cristianos; y otro tanto ocurre con los jóvenes que representan las estaciones del año, uno de los temas alegóricos y simbólicos más frecuentes en el ámbito funerario y profano del mundo tardorromano.