Nació en el seno de una humilde familia campesina y se alistó en la infantería de marina, tomando parte en la batalla de Trafalgar. También participó en la Guerra de la Independencia contra Napoleón, demostrando sobrado valor que le condujo al nombramiento de general en 1811. Fernando VII le designó jefe del ejército que debía combatir a los independentistas americanos, partiendo hacia el virreinato de Nueva Granada. En tierras americanas consiguió derrotar a Bolívar y Nariño -obteniendo los títulos de conde de Cartagena y marqués de la Puerta-, iniciando una etapa de feroz represión. Los independentistas recuperaron su fuerza inicial y obligaron a Morillo a firmar la tregua de Trujillo con Bolívar. La derrota de Carabobo en junio de 1821 llevó al general a regresar a España, donde tomó partido en las disputas políticas de su tiempo, alternando su militancia entre absolutistas y liberales en función de los intereses del momento. Tras la represión del Trienio Liberal en 1823, Fernando VII no volvió a depositar su confianza en él, lo que le llevó a emigrar a Francia. Regresó a España en 1832 para tomar partido por los liberales durante la Primera Guerra Carlista pero problemas de salud le llevaron a trasladarse a un balneario del sur de Francia, donde falleció en 1837.
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Personaje
Científico
De ideología comunista que perteneció a la resistencia, sin embargo la publicación de un artículo que el partido consideró "heterodoxo", le costó la expulsión. En el campo de la sociología es pionero en el estudio de los mass media en relación con la cultura. Dentro de su trayectoria profesional destaca su labor como director de investigación del Centre National de la Recherche Scientifique y como codirector del Centro de Estudios Transdisciplinarios. Es autor de obras como "Autocrítica" y "La industria cultural".
contexto
Cuando los marines penetraban en el interior, tenían menor cobertura. Debían enfrentarse a un enemigo que conocía el terreno y estaba emboscado y dispuesto a luchar hasta la muerte. En esta lucha adquirió importancia de primer orden el tanque lanzallamas, capaz de avanzar por aquellos difíciles terrenos junto con la infantería, de resistir los disparos de las armas ligeras japonesas y de carbonizar los fortines que no habían podido localizar ni los cañones navales ni los aviones. El encarnizamiento de la lucha, en la que los japoneses caían en una proporción de cinco a uno o más en muchas ocasiones, no se debía tanto a la calidad del adiestramiento y el equipo japonés, sino a su voluntad de morir sobre el terreno antes de rendirse. En estas condiciones la matanza fue terrible. En Kwajalein y en Rongelap las tropas mandadas respectivamente por los contralmirantes Yamada y Akikama cayeron casi en su totalidad, incluidos todos sus jefes y oficiales. Después de estos combates, la carretera de Tokio quedaba bastante despejada -aunque faltaba superar los mayores obstáculos-. La flota japonesa no podía plantar batalla a la norteamericana, cuya superioridad se afianzaba por días, sino que debía emplearse a la defensiva en espera de un golpe de fortuna, quizá un error norteamericano que expusiera a sus flotas a una batalla entre las Carolinas, las Marianas y Nueva Guinea, donde la flota japonesa pudiera contar con el apoyo de su aviación con base en tierra, única forma de aminorar la desventaja aérea, enorme ya en esos momentos. Los Estados Unidos no sólo disponían de más aviones, sino que tenían ya pilotos mejor adiestrados y hacían valer la muy superior calidad de sus aparatos. Aquel es el mejor momento de los F-6-F-3 Hellcat, del P-38J Lightning, y del F-4U Corsair, cazas que aventajaban con mucho a sus rivales japoneses. También habían entrado en servicio los potentes bombarderos en picado SB2C-1 Helldiver, el torpedero aéreo TBF-1 Avenger (reputado como el mejor de su especialidad a lo largo del conflicto) y las superfortalezas volantes B-29, el más poderoso de los bombarderos de la Segunda Guerra Mundial. El almirante Koga no pudo ver si su táctica producía buenos resultados porque desapareció el 31 de marzo cuando volaba desde las islas Palaos a Filipinas, acompañado por su Estado Mayor. Al parecer, una tormenta abatió su avión. Para sustituirle fue designado el almirante Soemu Toyoda, que siguió las directrices de su antecesor, esperando el golpe afortunado que nunca se produciría. En adelante, los progresos norteamericanos serían más rápidos. Por un lado, los saltos de rana de isla en isla, preconizados por MacArthur, conducían a Filipinas; por otro, el camino por la carretera de Tokio, que estaba dislocando el sistema defensivo japonés, hubiera terminado con la resistencia de Japón con mayor rapidez y menor costo, ahorrando batallas tan sangrientas como la de Filipinas. Pero Washington no supo verlo y por entonces, comienzos de la primavera de 1944, aún planeaba saltar a China tras reconquistar Filipinas y proseguir la guerra contra Japón desde el continente. Para ello era necesario que Chiang Kai-chek resistiera hasta la llegada de los norteamericanos. Pero la resistencia de China estaba condicionada a la apertura de las rutas de Birmania desde la India.
contexto
Tras su crisis nerviosa, Hitler permaneció un rato llorando y después, más sereno, ordenó a su mayordomo Schautb que metiera sus papeles en una maleta y los incinerase. El mismo presenció la quema y en cierto momento exclamó: "¡Qué pérdida, mis queridas memorias..! pero da igual, tarde o temprano uno ha de renunciar a estas cosas". Después pidió a Schautb que se trasladase a su refugio de Baviera y destruyese los papeles que allí conservaba (10). Aunque todo aquello era evidentemente el final, los colaboradores de Hitler no lo aceptaron. Keitel, Jodl, Burgdorff, Krebs, quisieron mantener insensatamente aquella ficción trágica. Quizás hubieran podido dar por concluida la guerra aquella misma tarde, aprovechando el desplome de Hitler. Pero le animaron a mantener la lucha. La guerra aún duró 15 días y medio millón más de seres perdieron la vida por culpa de aquella insensatez. Göebbels, que llegó con su familia poco después de media tarde al bunker, apoyó los ruegos de los militares. Hitler debía de hacerse cargo de Berlín, morir matando en un grandioso final. Un eclipse wagneriano con Berlín en llamas... Hitler le cogió gusto a la idea. Tanto en así que después del derrumbamiento del mediodía, por la noche despachaba fuera de Berlín a sus inseparables Jodl y Keitel para que inspeccionaran personalmente los frentes y se ocuparon de que las órdenes se cumplieran a rajatabla, ejecutando sumariamente a quienes desobedecieran, destituyendo de forma fulminante a los jefes de Ejército que titubearan... Aquello, de hecho, equivalía a una renuncia formal de Hitler a continuar al frente de la dirección militar de la guerra. Se iba a quedar en una ciudad sitiada y con una comunicación telefónica o radiofónica problemática. A los ruegos de Keitel y Jodl de que les acompañara fuera de Berlín, Hitler se negó rotundamente, sugiriéndoles que, si les faltaba comunicación, acudieran a Göring como jefe superior... Lo que ocurrió a continuación sólo pudo darse en aquel clima especial del búnker y entre aquellos increíbles personajes. Jodl, el meticuloso jefe de Estado Mayor, trazó sus últimos planes, quizás para librarse de su habitual inseguridad con una confirmación del Führer. Keitel iría a movilizar las acciones de Schoerner, de Henrici, de Steiner. El mismo iría hasta el Elba, donde Wenck, con el XII Ejército, mantenía a raya a los aliados occidentales. Si los esfuerzos de los Grupos de Ejércitos Vístula y Centro no eran bastantes para quebrar las tenazas soviéticas, Wenck lograría destruirlas, tomándolas de revés. ¡Alucinante! Ya no era sólo que las tropas de Wenck fuesen un conjunto de retales de media docena de ejércitos pulverizados, sino que estaban a casi 100 kilómetros y que, además, debían dejar totalmente desguarnecido el Elba... cosa a la que se habían resistido tenazmente aquellos hombres hasta una semana antes. Hitler aún parecía indeciso cuando penetró en el cuarto Göebbels. Venía muy excitado, asegurando que Ribbentrop, el ministro de Exteriores, llegaría pronto con alentadoras noticias: los aliados estaba dispuestos a negociar con Alemania. ¡La ruptura entre los aliados occidentales y la URSS parecía ya un hecho! Todos pusieron manos a la obra. Las esperanzas de unos contagiaron a los restantes. Hitler volvió a sus mapas. Göebbels a sus alocuciones para relanzar la defensa de Berlín. Jodl y Keitel salieron de la capital dispuestos a mover cuantas tropas aún quedaban... El día 23 aumentó el drama de Berlín. Desde hacía días las grandes arterias del este de la ciudad llegaban llenas de refugiados de Prusia, Pomeriana y Silesia, que después de haber cruzado el Oder debían seguir hacia el Oeste, empujados por los soldados soviéticos. El día 23 cesó ese flujo, pero por esas mismas calles, por la amplia avenida de Landsberg, avanzaban las columnas de carros soviéticos, pulverizando los frágiles obstáculos que contra ellos se habían levantado. También se había intensificado el cañoneo. Las granadas levantaban enormes nubes de polvo, removiendo escombros o provocando nuevos derrumbamientos. A mediodía Göebbels emitió su nuevo comunicado: "El Führer se encuentra en Berlín... Nuestra jefatura ha decidido quedarse en Berlín y defender la capital del Reich hasta el último instante ..." Pero Hitler, aunque siguiera con sus mapas, aunque aún hablase de la trampa que podría ser Berlín para el Ejército soviético si todas las tropas alemanas actuaban con decisión y sincronizadamente con Wenck, ya no creía en la victoria. Eva Braun escribía el día 23: "El propio Führer ha perdido todas las esperanzas de conseguir un final feliz, pero mientras tengamos vida, todos, incluso yo, tendremos esperanzas".
acepcion
Cristianos nuevos, descendientes de los antiguos musulmanes que permanecieron en España tras la Reconquista. Hacia 1614 fueron expulsados de España por Felipe III.
Personaje
Pintor
Los primeros pasos artísticos de esta pintora impresionista francesa fueron con Corot, interesándose por el paisaje realista. Frecuentaba el Louvre como copista y allí conocería a Manet, emparentándose con él al contraer matrimonio con su hermano menor, Eugène. Incluso fue la modelo de algunos cuadros como En el balcón. Paulatinamente inició su relación con los impresionistas, participando en la primera Exposición del grupo en 1874 y en las siete que siguieron. Monet será el primero de quien tomará algunas notas para, desde 1885, evidenciar la influencia de Renoir en esas obras de temática familiar y cotidiana ejecutadas con rapidez y claras tonalidades, dotando a su pintura de un atractivo intimismo.