En el verano de 1872 Cézanne se trasladó a Pontoise, invitado por Pissarro. En esta localidad el maestro de Aix se pondrá en contacto con el impresionismo, iniciando una nueva etapa en su evolución pictórica. Entre mayo y octubre de 1881 volvió a Pontoise para trabajar con su buen amigo, siendo el molino de la Couleuvre uno de los temas predilectos para ambos. Cézanne se interesa en este lienzo por captar la luz de la mañana, con los campos bañados por el sol, resaltando el brillo de las tonalidades. Las pinceladas son rápidas y cortas, aplicando el óleo de manera que sirve para organizar la composición, estructurando el conjunto gracias a esos dinámicos toques paralelos. Las formas y los volúmenes se resaltan gracias al empleo del color, el vehículo del que se sirve el maestro para crear una nueva forma pictórica en las próximas décadas. Al mismo tiempo, unas líneas oscuras resaltan los contornos, en sintonía con el estilo que pronto utilizarán Gauguin y Van Gogh.
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monumento
Colomera guarda aún dos viejos molinos de aceite, el de la Puente y éste llamado de las Niñas. Ambos están situados a las afueras de la localidad, distantes entre sí unos cien metros. El de las Niñas, del siglo XVI, es el que se encuentra en mejor estado de conservación. Su funcionamiento era sencillo, impulsado por la fuerza de un mulo, al modo de las antiguas norias. Es posible visitarlo, siempre y cuando se solicite un permiso previo al propietario.
monumento
De planta rectangular, con muros de granito y cubierta de teja. Dispone de un solo rodicio, que se corresponde en el interior con la piedra de moler o "moa". La puerta de acceso es adintelada. Está situado a orillas del río Pambre, a escasos metros del Castillo de Pambre.
obra
Fue Camille Corot quien se manifestó como el más preclaro representante del tránsito que va del paisaje clásico al paisaje realista, manteniéndose al margen de todas las escuelas. Gracias a la ayuda familiar, Corot no conoció nunca la prisa, ni la ansiedad de obtener encargos, ni la imperiosa necesidad de vender sus obras para mantenerse. Esta libertad, y la escasa influencia que sobre sus criterios tuvieron las escuelas y los museos, propiciaron una producción pictórica extremadamente sincera y una evolución artística pausada y regular. Corot sería, ante todo y sobre todo, autodidacta, cayendo pronto en la cuenta de que era preferible subordinar la técnica a la visión personal, haciendo buena su afirmación de que "no hay que perder nunca la primera impresión que nos ha conmovido". Sus más destacados valores serán la atmósfera plasmada y la dosis precisa de luz que proporciona a la superficie de los volúmenes. Todo ello porque, en palabras del propio artista: "El dibujo es lo primero que hay que buscar. Después, la relación de las formas y los valores. He aquí los puntos de apoyo. Después, el color y, finalmente, la ejecución".