A finales del Pleistoceno el hombre moderno había colonizado prácticamente todo el planeta, desplazando o absorbiendo en su expansión a sus predecesores de tipos más primitivos. Desde la tundra hasta las selvas tropicales, se había adaptado a todos los climas del planeta y había conseguido desarrollar pautas de conducta tan elaboradas que le permitían explotar con éxito los recursos disponibles en cada uno de esos entornos. La diversificación cultural que presenta la parte final del Paleolítico, precursora en muchos casos de algunos pueblos primitivos actuales, es por tanto enorme y va a generar una amplísima variedad de comportamientos. Incluso a nivel peninsular resulta difícil coordinar las evidencias conocidas del Auriñaciense cantábrico con las del Solutrense levantino a nivel conductual. A nivel económico, los hombres de finales del Cuaternario dominaron la fabricación de una gran variedad de instrumentos. La talla de la piedra, por ejemplo, alcanza un grado de maestría extraordinario en algunas puntas bifaciales, típicas del Solutrense, cuyas formas equilibradas sólo pudieron obtenerse mediante retoque por presión tras haber calentado previamente muchas veces ocupaciones de corta duración que se repiten durante varias temporadas. Respecto a la demografía de este momento, si se tienen en cuenta las concentraciones de yacimientos de esta época, parece claro que hubo un importante aumento demográfico, sobre todo en el Solutrense y el Magdaleniense, aunque siempre dentro de unos límites muy inferiores a los normales en las sociedades productoras de alimentos. Ambos rasgos parecen confirmados por el significativo aumento de los asentamientos al aire libre y por la colonización de los territorios del norte euroasiático, que hasta entonces habían estado despoblados. Del Paleolítico Superior proceden un número muy elevado de cabañas, sobre todo gravetienses y magdalenienses, repartidas desde Francia hasta el lago Baikal (Pincevent, Gönnersdorf, Etiolles, Dolnï Vestonice, Kostienki, Mal'ta...). Estas primitivas construcciones presentan formas y dimensiones muy variadas, llegando en algún caso a formar verdaderos campamentos. En las zonas de tundra, donde escaseaba la madera, las paredes, recubiertas sin duda de pieles, estaban apuntaladas con grandes huesos de mamut, muchas veces decorados (Mehzirich). Como este tipo de yacimientos suele darse en depósitos asociados a estepas loéssicas, en la Península desgraciadamente no se ha encontrado ninguno. El hábitat preferente, como en el resto del Suroeste europeo, son las cuevas, en cuyo interior se compartimentó el espacio a veces con pieles y paravientos. Respecto al mundo simbólico, hoy en día se acepta que prácticamente desde sus inicios los hombres del Paleolítico Superior demuestran tener las mismas inquietudes intelectuales que las sociedades históricas. Un aspecto importante a la hora de hacerse una idea de esta faceta es sin duda el Arte Paleolítico, que será objeto de atención especial en el siguiente epígrafe, porque en algunas de sus manifestaciones, como por ejemplo las famosas representaciones femeninas denominadas venus paleolíticas, podemos ver el soporte material de mitos y creencias cuya transmisión debía ser oral. El otro aspecto relevante de las religiones de finales del Pleistoceno procede de las numerosísimas sepulturas, tanto en las cuevas como al aire libre, que aparecen en este momento (Combe Capelle, Paglicci, Grimaldi, Predmosti, Dolnï Vestonice, Brno, Sungir...) y que representan los ritos más variados. En muchos casos los cadáveres estaban adornados con cientos de colgantes perforados, formando tocados o adornos en las ropas. En otros, como sucede en algunas sepulturas pavlovienses, estaban tapados por omóplatos de mamuts. Casi todos presentan ofrendas de algún tipo (armas, instrumentos, adornos, alimentos...) y suelen estar rociados de colorantes rojos. Las modalidades funerarias son también muy variables puesto que aunque la mayoría son tumbas aisladas, individuales o colectivas, también existen necrópolis con varias sepulturas distintas. La sistematización de este segmento cultural, junto con las tradiciones instrumentales, es uno de los mejores sistemas para reconstruir las áreas culturales del Paleolítico Superior.
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La situación en la retaguardia, como puede deducirse de todo lo anterior, era tremenda. Día y noche se vivía con el temor a los bombardeos, con la angustia de la llegada de los representantes del Ejército que comunicaban a las familias la muerte de los soldados en el frente, con la preocupación de conseguir un poco más de comida que la otorgada por el racionamiento, con la esperanza de que terminase aquel duro invierno que se hacía más frío que nunca a causa de la escasez de combustible para la calefacción, con el miedo a la movilización de una nueva quinta que se llevase a chicos más jóvenes de 17 años y aún mas viejos de sesenta... Y estaban los rumores. Rumores terribles sobre lo que ocurriría si llegaban los rusos. Los soldados que volvían del Este contaban terribles barbaridades: hombres clavados a las puertas de las casas y castrados; mujeres violadas, antes de ser despanzurradas de un machetazo; niños ensartados en las verjas... Muchos incluso habían podido leer con sus propios ojos la terrible proclama de Ilia Ehrenburg: "¡Matad!, ¡matad!. No hay inocentes entre los alemanes. Obedeced las instrucciones de nuestro camarada Stalin, destruyendo para siempre la bestia fascista en su refugio. Mancillad el orgullo racial de las mujeres alemanas. Tomadlas como legitimo botín". "¿Pero, qué hemos hecho? ¿Por qué habremos merecido esta tragedia?", se preguntaba la población civil. Muchos alemanes comenzaban a saber, aunque no se atrevieran a comentarlo, las bestialidades cometidas por sus ejércitos, fundamentalmente por las SS, en las tierras soviéticas. Muchos soldados hablaron de incendios, matanzas, represalias entre la población campesina; de 20 rusos asesinados por cada alemán, en el caso de atentados guerrilleros... también de violaciones, robos, asesinatos, deportaciones masivas, de carreteras sembradas de cadáveres en marchas infernales de columnas de prisioneros. Otro rumor aún más inconfesable se esparcía por las ciudades alemanas, sobre todo al este del Elba. En los campos de concentración se estaba procediendo a un exterminio acelerado de los judíos y de cientos de millares de prisioneros de guerra... "Pero... no es posible, ¡imposible! deben ser rumores esparcidos por la propaganda inglesa y americana para hacernos perder la fe en Hitler", se decía la mayoría. Incluso quienes tenían más datos para sospechar la verdad preferían defenderse con razonamientos como el anterior para no aceptar tal monstruosidad y, sobre todo, para no tener que moverse. Los informadores de la Gestapo eran legión y gravísimos los castigos por derrotismo. Así, los alemanes veían acercarse el fin calladamente, desesperanzadamente. La mayoría desconfiaba ya de Hitler y de la victoria y deseaba, sobre todo, que la guerra terminase pronto. Pero aún quedaban a comienzos de 1945 bastantes millones de fanáticos que todavía esperaban el milagro prometido de las nuevas armas, que necesitaban ese milagro porque no podían dar marcha atrás y presentían que las cuentas de los vencedores serían muy duras: jerarcas nazis, policías, gentes complicadas en la represión anti-judía, medradores a costa de los territorios ocupados en Polonia y Checoslovaquia... Esos trataban aún de galvanizar la resistencia, enarbolando grandezas ya olvidadas y amenazas bien presentes en el frente del Este. Gobernadores que hacían trabajar a toda su población civil cavando zanjas antitanques, trincheras y refugios, dispuestos a convertir sus capitales en formidables stalingrados... Organizaciones que se ocupaban de instruir niños de 13 a 16 años en el manejo de un fusil o de un panzerfaust o de reclutar milicias de ancianos, enfermos e impedidos, los famosos Volkssturm, que desfilaban por las ciudades desmañadamente y con un armamento miserable. En esos primeros días del año, pese a todo, se sigue manteniendo la apariencia de normalidad. El Reich, incluidos Austria y los Sudetes, tiene 80 millones de habitantes. El 50 por ciento son niños, amas de casas o ancianos; el otro 50 por ciento está ocupado: 9 millones movilizados; 20 millones trabajan en la industria, junto con unos 5 millones de extranjeros, muchos de ellos trabajadores forzosos; el resto trabaja en el campo o los servicios.
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En la España del Siglo de Oro hay ciudades populosas, como Madrid o Sevilla. Casas de ricos y de pobres suelen estar juntas. Los ricos viven en grandes casas de dos plantas, hechas de piedra o ladrillo. Una gran portada de piedra preside la fachada. Un escudo de armas da fe de que los ocupantes de la vivienda son nobles. La planta alta tiene anchas ventanas, a veces también balcones. En la planta de abajo, las ventanas, enrejadas, son más pequeñas, para impedir la visión del interior. Las casa humildes suelen ser de una sola planta. Están hechas de adobe o ladrillos de deshecho. En algunas casas, las de dos plantas, viven dos familias, una encima de la otra. Las calles no están numeradas, ni hay en ellas carteles. Se embarran cuando llueve y son sucias y malolientes, pues la gente arroja allí sus desperdicios. Una de los entretenimientos principales es el paseo. El coche de caballos es un signo de distinción e hidalguía, y sus propietarios salen a lucirlo a media tarde. La vida de las ciudades se organiza en torno a la Plaza Mayor. En ella se celebran espectáculos públicos, como corridas de toros o autos de fe. También en ella se reúnen las personas para dar rienda suelta a otro de sus placeres favoritos: la conversación. En parejas o grupos, se reúnen las personas para hablar y murmurar. Son siempre hombres, pues la calle es terreno básicamente masculino. Estos lugares de reunión son llamados mentideros, ya que en ellos se expanden rumores, cuchicheos y maledicencias. Algunos barrios y calles están plagados de truhanes, pícaros y gentes de mal vivir. Los delincuentes aprovechan la noche y la poca iluminación de las callejuelas para acechar a sus víctimas o trazar sus planes. En las calles también hay pobres, unos ciertos y otros fingidos. Los pordioseros y pedigüeños se sitúan en las puertas de las iglesias, donde esperan arrancar una limosna apelando a la misericordia de los devotos que acuden a misa.
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Desde el punto de vista demográfico, según vimos en el apartado correspondiente, los especialistas parecen aceptar la coexistencia, en la Europa del siglo XVIII, de tres tipos de familia -nuclear, troncal, comunitaria-, diferenciados entre sí por el número de sus componentes, estructura interna, ámbitos geográficos ocupados, etc. Sin embargo, más allá de tales diferencias, todas cumplen, sociológicamente hablando, una misma misión: ser la célula base de las sociedades en que se insertan y, como afirma Leites, "el lugar natural y apropiado en el que se prepara a los niños para tomar parte en una realidad social más amplia". De ahí que, en el fondo, vida familiar y social sean dos versiones del mismo juego con reglas de comportamiento coincidentes. Teniendo en cuenta lo anterior y la sociedad de órdenes característica de la centuria, es lógico que la familia europea del período se nos presente claramente jerarquizada en torno a la figura del padre, depositario del poder, quien, a semejanza del monarca, ejerce su patronazgo y autoridad sobre el resto de los miembros. A él le corresponde cuidar de su supervivencia material y guiarlos; ellos, a cambio, le deben respeto y obediencia absoluta. De este modo, los hijos se acostumbran desde la infancia al modelo de relaciones que encontrarán a lo largo de su vida. Ahora bien, de igual modo que el mundo social del Antiguo Régimen entra durante el Setecientos en fase de disolución, este rígido modelo familiar empieza también a conmoverse y a experimentar cambios. De su círculo se excluye definitivamente a los sirvientes, clientes y amigos; la relación distante de los cónyuges se hace más cercana y el marido empieza a llamar a la esposa del mismo modo que lo hacen los hijos; éstos reciben apelativos familiares, mientras su salud y educación se convierten en centro de atención para los padres, en tema de sus conversaciones y correspondencia, donde también comienzan a aparecer cuantos asuntos atañen al grupo. En suma, va emergiendo, de momento en círculos sociales restringidos, el sentimiento de familia característico del mundo contemporáneo. Eje y centro de esa familia lo constituye la pareja unida en matrimonio, punto esencial en la vida de todo individuo, objetivo vital único para la población femenina y elemento clave de estrategias familiares para consolidar o mejorar situaciones sociales.
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La II Guerra Mundial implicó a buena parte de la población total del planeta. Además, su propio carácter universal propició que se emplearan en el conflicto una cantidad de recursos hasta entonces inusitada, promoviendo un incremento de la producción y un esfuerzo económico gigantesco. Tanto como los ejércitos, las retaguardias desempeñaron un papel de primer orden en el conflicto, como demostrará, significativamente, el caso inglés. Igualmente, los movimientos de resisitencia al invasor nazi, aunque desiguales y en algunos casos sobrevalorados, tendrán una importancia capital, extendiendo su influencia incluso más allá de la finalización de la Guerra, como en el caso yugoslavo. Otro aspecto significativo de la II Guerra Mundial es el Holocausto, en el que por primera vez en la Historia se lleva a cabo una sistemática eliminación étnica con los medios más modernos hasta entonces conocidos. El papel de los intelectuales durante el conflicto no puede definirse como homogéneo, pues el influjo del fascismo y el estalinismo alcanzó a todas las esferas de las sociedades, incluido el ámbito cultural. Así, destacados intelectuales se posicionaron, a veces con ardor, en alguno de los bandos.
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Buena parte de la vida económica, social y cultural de las gentes medievales se articulaba en torno al Monasterio. Desde finales del siglo IV, el ideal de vida ascético promovió la multiplicación de fundaciones, con el objetivo de difundir la vida espiritual entre las poblaciones rurales. El edificio principal del monasterio era la iglesia, más o menos grandes dependiendo de las posibilidades de la comunidad. El claustro, con jardín y fuente, es el centro de la vida monástica. Aquí los monjes meditan y encuentran algo de esparcimiento. En los scriptoria, los monjes amanuenses se dedican a copiar textos. Los libros se conservan en la biblioteca. Cocina, dormitorios, refectorios y sala capitular, completan las dependencias del monasterio. Autosuficientes, los monasterios disponían de huertos y granjas. Para trabajar en ellos, contaban con el servicio de campesinos dependientes, pues los monasterios actuaban como grandes propietarios o señores. Simultáneamente, los monjes actuaban en oficios varios, como sastres, zapateros, tejedores, carpinteros o albañiles. Ora et labora, el oficio manual se consideraba tan importante como el ejercicio del espíritu.
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Buena parte de la vida económica, social y cultural de las gentes medievales se articulaba en torno al Monasterio. Desde finales del siglo IV, el ideal de vida ascético promovió la multiplicación de fundaciones, con el objetivo de difundir la vida espiritual entre las poblaciones rurales. El edificio principal del monasterio era la iglesia, más o menos grandes dependiendo de las posibilidades de la comunidad. El claustro, con jardín y fuente, es el centro de la vida monástica. Aquí los monjes meditan y encuentran algo de esparcimiento. En los scriptoria, los monjes amanuenses se dedican a copiar textos. Los libros se conservan en la biblioteca. Cocina, dormitorios, refectorios y sala capitular, completan las dependencias del monasterio. Autosuficientes, los monasterios disponían de huertos y granjas. Para trabajar en ellos, contaban con el servicio de campesinos dependientes, pues los monasterios actuaban como grandes propietarios o señores. Simultáneamente, los monjes actuaban en oficios varios, como sastres, zapateros, tejedores, carpinteros o albañiles. Ora et labora, el oficio manual se consideraba tan importante como el ejercicio del espíritu.
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En sintonía con el caballero que protagoniza el Friso Beethoven -concretamente con la figura que aparece en el panel titulado Anhelo de felicidad- Klimt realizó esta figura ecuestre, única en su catálogo. Fue exhibida en la exposición de la Secession de 1903 y comprado por los Wittgenstein -quienes encargaron al poco tiempo el excelente retrato de su hija Margaret-. Inicialmente el lienzo se denominaba "La vida, una batalla" pero se renombró para titularse El caballero de la armadura dorada o El caballero dorado.La obra forma parte de la etapa dorada del pintor, apreciándose ecos del decorativismo que caracterizan algunos de sus cuadros posteriores -La novia, Muerte y Vida- al distribuir florecillas por el prado que pisa el caballo o elementos circulares por el fondo. El caballero y su montura recuerdan a algunos de los "condottieros" pintados durante el Quattrocento, eliminando Klimt la perspectiva de las obras de Ucello o Donatello. Esta relación con la pintura del Renacimiento vendría a través de los pre-rafaelitas, artistas que el maestro vienés admiró. De este grupo también adquirió su afición al simbolismo y los asuntos literarios.
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El tipo de estructura social que caracterizaba a la comunidad judía durante la Edad Media se fue desintegrando a partir de los siglos XVII y XVIII, cuando los mercaderes y banqueros acaudalados se abrieron al resto de la sociedad y adaptaron su estilo de vida a la de sus relaciones no judías. La etapa Ilustrada trajo consigo un cambio en las relaciones entre Estado e Iglesia que llevó finalmente a la emancipación política de los judíos, lo que trajo consigo una evolución de las costumbres y una mayor integración social. Sin embargo, durante la mayor parte del siglo XIX la población judía tendió a concentrarse en aquellos países y ciudades (principalmente de Oriente) donde el cambio se daba de forma menos radical, ralentizando las transformaciones. Por ello, cuando se dio una fuerte migración judía desde Rusia hacia 1880 en dirección a Occidente, éstos quedaron escandalizados ante sus "hermanos" occidentales, que no presentaban casi diferencias respecto a los nobles del momento en sus vestimentas, lengua, hábitos sociales y culturales, etc. y que se movían con aparente libertad entre los no judíos. Lo mismo sucedía con aquellos que habían decidido emigrar a los Estados Unidos, quienes habían abandonado o suavizado observancias tales como el descanso sabático, las restricciones dietéticas, las plegarias diarias y los baños rituales. En los países orientales, por el contrario, las costumbres adoptadas desde etapa medieval se habían mantenido casi imperturbables e, incluso, el hasidismo, que había nacido con un entusiasmo reformador, se había acomodado ya a los modelos de la religión tradicional. La fuerte inmigración desde el este de Europa cambió el panorama para aquellos occidentales; muchas de las viejas costumbres fueron restauradas y, a su debido tiempo, el proceso de aculturación se repitió, con el agregado de una mayor variedad de compromisos y reacciones. Las sucesivas olas migratorias, sobre todo desde la Europa central durante la etapa nazi y desde los países árabes a partir de 1948, hicieron más complejo el panorama. Con la desaparición de restricciones de residencia en muchos países, los judíos tendieron a conformarse con el modelo tradicional de asentamiento, es decir, el de barrios no oficiales en los que se concentran, abriendo sus propios negocios y centros religiosos. En general, suelen estar asentados en una o dos ciudades, quedando pequeñas comunidades dispersas por el resto del país. El caso de Israel, sin embargo, es especial ya que tras la emigración de 1948 se han ido asentando por todo el país en pueblos y ciudades, la mayoría de ellos exclusivamente judíos. También desde el punto de vista económico se ha producido una evolución, si bien en algunos lugares todavía se dedican específicamente a la banca o el comercio. Actualmente, los judíos abarcan toda clase de profesiones, de forma que encuestas realizadas en Estados Unidos y Gran Bretaña han puesto de manifiesto una movilidad económica ascendente, desde labores manuales hasta trabajos burocráticos o agrícolas, principalmente en la Unión Soviética del siglo XIX, Sudamérica, Palestina e Israel, donde una gran parte de la población se establece en cooperativas o comunidades tradicionales. También tienen acceso al ejército -tras la abolición de la ley que prohibía llevar armas- y a la política, aunque fuera de Israel hayan tenido de momento poca representación. De todas formas, todas estas observaciones se refieren a países donde la comunidad judía ha conseguido ya una buena integración; no es el caso, por ejemplo, de los países árabes, donde sus oportunidades son muy limitadas e, incluso, inexistentes. El proceso integracionista repercutió de forma especialmente fuerte en la cultura, pese a los intentos aislados de mantener viva la lengua y la literatura yiddish. En la mayoría de los países no existe una diferencia entre la cultura judía y la no judía, principalmente en lugares donde asisten a las mismas escuelas. Han hecho su contribución al mundo del arte y la cultura sin poner especial énfasis en lo judío. Es en el ámbito religioso donde la aculturación ha tomado diversas formas, haciendo difícil generalizar entre unos países y otros, ya que cada uno presenta una serie de rasgos diferentes. En Estados Unidos una gran proporción de judíos pertenece a alguna sinagoga, pero pocos acuden a los servicios con frecuencia. La pertenencia a una sinagoga no se debe entender como un rasgo religioso en sí mismo; es más bien la respuesta a una necesidad social. En el otro extremo, encontramos el caso de Israel, donde la sinagoga es un lugar única y exclusivamente religioso, pese a que muchos no pertenecen a ninguna. Por tanto, la asistencia y el papel de las sinagogas varía dependiendo del país. Las ceremonias más populares son la circuncisión (bar mitzvah) y la comida de Pascua (seder) y los únicos días en que la sinagoga está repleta son los días santísimos, Año Nuevo y Día del Perdón. Este panorama sólo se puede entender como la adaptación de los judíos a los lugares en los que viven, dando como resultado este tipo de comportamiento. La fuerza tradicional de la familia ha ido evolucionando con el paso de los siglos, principalmente, al entrar en contacto ésta con las familias no judías. Las nuevas generaciones se han ido abriendo al exterior, a pesar de encontrarse con la oposición familiar, que exigía a éstos matrimonios concertados sólo con gente de su misma religión. Los matrimonios entre judíos y no judíos se han ido extendiendo en aquellos países donde la integración es más fuerte. En la mayoría el Estado se ha hecho cargo del sector educativo y de asistencia, funciones que antes realizaba la familia y la comunidad. Por tanto, la mayor independencia de los jóvenes y el debilitamiento de la estructura familiar no han encontrado una respuesta adecuada de las instituciones de la sinagoga. Sí han aparecido, sin embargo, movimientos juveniles sionistas e, incluso, sinagogas gay que indican hasta qué punto algunos judíos homosexuales se sienten excluidos de la tradicional congregación. En el movimiento reformista se admite la igualdad de sexos y también en las sinagogas ortodoxas se van eliminando las desigualdades. De todos modos queda mucho camino por recorrer en este sentido, ya que en países como Estados Unidos los grupos no ortodoxos son muy pequeños y hay pocas mujeres actuando como rabinos u ocupando cargos dentro de la comunidad. En definitiva, la aculturación y la integración social van siendo cada vez más fuertes, aunque cada país presente sus propias características evolutivas. En países donde la religión sufre un declive general, la religión judía no tiene muchas probabilidades de sobrevivir intacta. Pero la judería norteamericana puede ejercer una importante influencia sobre el resto gracias a su gran tamaño y vitalidad, y por el papel político de los Estados Unidos en el mundo.