La conquista de Francia por Hitler ayudó a hacerse con el gobierno al príncipe Konoye, que impulsó la acción en China y, el 27 de septiembre de 1940, firmó el pacto tripartito con Alemania e Italia. En julio, los japoneses, aprovechándose de la situación francesa, presionaron al gobierno de Vichy y en Indochina y ocuparon la colonia. La política antijaponesa de Roosevelt era evidente. Desde la guerra con China, estudiaba un posible bloqueo económico, y, en 1938, se iniciaron conversaciones con los ingleses; en abril de 1940 se concentró la flota americana del Pacífico en Hawai, porque la diplomacia británica lo recomendó como adecuada medida de presión sobre Tokio. Las intenciones de grupos capitalistas norteamericanos apuntaban a boicotear el comercio japonés y prohibir la exportación de petróleo americano a las islas. La ocupación de Indochina era una amenaza para las colonias inglesas de Birmania y Malaya, y para Filipinas, ocupada por los norteamericanos. Roosevelt tomó una decisión que, forzosamente, empujaría a los japoneses a la guerra: el 25 de julio congeló los bienes nipones en Estados Unidos y el 31 prohibió exportar a Japón herramientas y combustibles. Japón importaba normalmente el 88 por 100 del petróleo consumido, y el almacenado entonces representaba tres años de consumo en tiempo de paz o la mitad en guerra. El petróleo era vital para continuar la guerra de China, donde se había desencadenado una táctica de guerrillas, que obligaba a operaciones muy largas y laboriosas. Aceptar el embargo americano suponía renunciar a la conquista y enfrentarse al Ejército, que daría un golpe contra el poder civil. Las condiciones eran tan difíciles que el Gobierno japonés pidió a los Estados Unidos que levantara el embargo y que cesara el envío de refuerzos militares a Filipinas. La negativa americana fue total y en octubre dimitió el Gobierno del príncipe Konoye. El emperador convocó el Consejo Imperial, donde se marcaban dos posturas antagónicas: la civilista y pacifista del barón Yoschimichi Hara, y la del partido militarista, encabezado por el general Tojo, que deseaba la guerra, en la convicción de que el único recurso era apoderarse del petróleo de Java y Sumatra, colonias holandesas. Invasión ampliable a Malaya, para conseguir también las cuatro quintas partes del estaño mundial y grandes recursos de caucho y arroz. El Ejército japonés, con efectivos de 750.000 hombres, era una fuerza entrenada, mandada despóticamente por los oficiales y capaz de cualquier sacrificio. Lejos de ser una antigualla, como el chino, no podía compararse técnicamente ni con el alemán ni con el británico; pero la disciplina, la sobriedad y el espíritu de fanático sacrificio lo convertían en una fuerza formidable, en el momento en que las mejores tropas asiáticas se habían desplazado a la campaña británica en Oriente Medio. Desde tiempos atrás, los japoneses habían dedicado una atención especial a la aviación embarcada, convencidos de su eficacia en la guerra del Pacífico. En 1941, la Marina japonesa era más equilibrada, estaba mejor entrenada y mejor mandada que sus futuros rivales, los Estados Unidos y los británicos. La Aviación totalizaba unos 3.000 aparatos, de los que dos terceras partes pertenecían a la Marina y el resto al Ejército, ya que no existía fuerza aérea independiente. Frente a esta fuerza aérea, los Estado Unidos contaban con unos 400 aviones en Hawai, 180 en Filipinas y 200 en los portaaviones. Las británicas, con unos 400 aparatos, y los holandeses, con poco más de 100. Estas fuerzas aéreas no sólo eran inferiores en número, sino también en material y adiestramiento. Las flotas japonesas estaban bastante equilibradas, aunque Tokio partía con la ventaja de disponer de mayor número de portaaviones y la desventaja aliada de la enorme distancia entre sus bases principales: Pearl Harbor y Singapur. El plan de ataque japonés a las fuerzas americanas se montó sobre una idea de Clausewitz: destruir, con un solo golpe, lo esencial de las fuerzas enemigas. Desde el verano de 1940, los americanos conocían la clave secreta nipona y tenían capacidad para descifrar los mensajes diplomáticos y militares. Desde septiembre se cruzaron gran número de comunicados entre Tokio y su consulado en Honolulú acerca de la situación de Pearl Harbor, la isla de Oahu y la escuadra del Pacífico, que, sin duda, llegaron a conocimiento del alto mando estadounidense. Pero la política americana de presión a los japoneses no cedió, a pesar de la certeza de un ataque. Entre el 2 y el 5 de noviembre de 1941, Tokio remitió mensajes a sus consulados ordenando la destrucción de las clases y documentos secretos, que ya era un síntoma de guerra inmediata. Ante ello no tomaron los americanos ninguna decisión, y en el mensaje enviado en el último momento por Tokio, como réplica a una propuesta americana, el presidente Roosevelt pudo adivinar que la guerra era inminente. En efecto, el domingo 7 de diciembre, los japoneses atacaron y pulverizaron la base norteamericana de Pearl Harbor, en la que sufrió graves pérdidas la escuadra norteamericana, que aún pudieron ser mayores si el almirante Nagumo hubiera perseverado en la acción. El ataque, de cualquier forma, dio a Japón la supremacía naval en el Pacífico durante algunos meses. Mientras, en los Estados Unidos una ola de indignación patriótica, perfectamente orquestada por los partidarios del intervencionismo en la guerra, proporcionó al presidente Roosevelt la ansiada ocasión de intervenir en el conflicto y alcanzar el cenit de su popularidad. Las críticas que surgieron de algunos sectores por la evidente improvisación fueron cuidadosamente acalladas. Casi a la vez que atacaba Pearl Harbor, la Aviación japonesa bombardeó Singapur, Filipinas, Guam y Wake. El 8 de diciembre, el Ejército japonés invadió Shanghai, lanzó paracaidistas en Luzón y desembarcó en Tailandia. Desde julio de 1941, las fuerzas americanas de Filipinas estaban al mando del general Mc Arthur. La defensa periférica de las islas se encomendaba a destacamentos de soldados filipinos, mientras una reserva de 30.000 americanos y filipinos permanecía cerca de Manila. El 8 de diciembre, las fuerzas de Filipinas fueron avisadas del ataque contra Pearl Harbor y se dio la orden de que las fortalezas volantes B-17 estuvieran preparadas para un ataque de represalia contra Formosa. Como había niebla sobre la isla, el ataque se retrasó y los B-17 permanecieron en vuelo hasta media mañana, en que aterrizaron. Pero la niebla había impedido también el proyectado ataque japonés, que comenzó en aquel preciso momento. Una fuerza nipona destruyó la mayoría de las modernas fortalezas B-17 y cazas P-40 E, mientras la única estación de radar era también atacada y destruida. Después de ello, el único objetivo importante para la Aviación era la flota británica del almirante Phillips, formada por el acorazado Prince of Wales, el crucero de batalla Repulse y los destructores Express, Electra y Vampire, sin ningún portaaviones que asegurase su protección. Cuando el embargo de petróleo, el almirantazgo propuso enviar a Extremo Oriente algunos buques antiguos, con un crucero moderno y algunos portaaviones. Sin embargo, por decisión de Churchill se envió a los modernos Prince of Wales y Repulse, en unión del portaaviones Indomitable. Este embarrancó en Jamaica y los restantes barcos partieron solos y llegaron a Singapur el 2 de diciembre, con la necesidad de asegurar su protección aérea con los escasos cazas basados en tierra. Cuando se recibieron noticias de que un gran convoy japonés avanzaba desde Indochina a Malaya, los barcos zarparon de Singapur. Los japoneses habían ocupado los aeródromos del norte, por lo que los barcos quedaron sin protección aérea; en cambio, los japoneses tenían sus aviones en campos al sur de Indochina. En la tarde del día 9, un submarino japonés avistó los barcos y los aviones salieron en su busca; los encontraron el día 10, tras una tentativa fallida. Los atacaron con torpedos y bombas, y hundieron el Prince of Wales y el Repulse al mediodía. La eficacia de la Aviación en los combates navales fue probada, una vez más, y los japoneses quedaron dueños del Pacífico, sin flotas aéreas o navales enemigas a la vista. Desde entonces, sus convoyes pudieron extenderse con libertad para conquistar cualquier territorio sin ser molestados.
Busqueda de contenidos
fuente
La "casa de Pavlov", antes de la guerra, se llamaba "Casa de la Gloria del Soldado", y hospedaba algunas oficinas del gobierno. Es un palacio barroco de cuatro plantas levantado en la plaza 9 de enero. El sargento I. F. Pavlov -más tarde condecorado como héroe de la Unión Soviética- y los soldados Alexandrov, Gluscenko y Cernologav lo ocuparon a mediados de septiembre de 1942: con la ayuda de sus habitantes -unos treinta- fortificaron el edifico, construyeron galerías subterráneas y túneles para unirse con otras casas-fortín, crearon puntos de fuego, barreras anticarro, campos de minas, alambradas y trincheras para los cazadores -tiradores de elite y solitarios francotiradores, como el mítico Zaicev, quien, equipado tan solo con un fusil Moisin Nagant abatió a 242 alemanes-. En el asedio de Stalingrado, la "casa de Pavlov" resistió durante 50 días a los asaltantes alemanes.
contexto
A finales de 1994 no habían cambiado nada las cosas. Los convenios jurídicamente vinculantes aprobados en Río de Janeiro aún no habían sido incorporados a las legislaciones de los países firmantes, a pesar del boato con que fue rodeada la rúbrica de esos textos en Río de Janeiro. La opinión pública comprende difícilmente que el presidente del Gobierno español o el premier británico, por poner dos ejemplos próximos, firmen un Convenio de la ONU ante más de un centenar de colegas suyos, y a continuación ese Convenio no entre automáticamente en vigor en las correspondientes legislaciones nacionales. Pero las cosas legales, especialmente en cuestiones internacionales, son así. Y si eso ocurre en España o en el Reino Unido, que pertenecen a la Unión Europea, cabe preguntarse qué habrá ocurrido -o mejor dicho, qué no habrá ocurrido- en países en los que la democracia es apenas una ficción y en los que los recursos económicos son mucho más limitados que los nuestros. Los convenios jurídicamente vinculantes de la ONU no entran inmediatamente en vigor, aunque hayan sido firmados por las más altas instancias políticas de los países respectivos. El procedimiento es mucho más lento y se presta lógicamente a numerosas ambigüedades. Los países que firman un Convenio deben luego ratificarlo con sus respectivos parlamentos y comunicar su plena adhesión al organismo de la ONU creado a tal efecto. España se adhirió en el primer trimestre de 1994 al Convenio de Biodiversidad; lo ha hecho junto con una cuarentena más de países, lo que permite ya la puesta en marcha de los contenidos del Tratado. Con todo, ello significa que más de dos años después de la ceremoniosa firma masiva de altos dignatarios en Río de Janeiro, los convenios jurídicamente vinculantes apenas si hubieran sido ratificados por menos de un tercio de los países firmantes. No parece demasiado serio. El caso del Convenio sobre Cambio Climático fue todavía más lamentable, porque ni siquiera en 1995 se había alcanzado el número mínimo de firmas para que se pusiera en marcha el proceso. España no lo había firmado a finales de 1994; por lo visto, había discrepancias respecto a la cuestión del reparto de las emisiones máximas de dióxido de carbono, para las que España exigía una mayor cuota, estimando que su débil industrialización permite incluso aumentos de emisiones, cuando otros países europeos mucho más industrializados deben lógicamente reducir mucho las suyas, de tal modo que el total europeo se mantenga sin crecer o incluso se reduzca globalmente.Todo eso está muy bien, pero ya se sabía en 1992. ¿Por qué no haberlo discutido entonces? Quizá el Convenio era lo bastante ambiguo, voluntariamente, como para que todo el mundo lo firmase; luego ya vendrían los reglamentos para rebajar unas u otras exigencias. Pero entonces, ¿qué valor tienen los gestos pomposos al estilo de la clausura de la reunión de Río? ¿Por qué se molestaron los jefes de Estado? ¿Era realmente todo una especie de retrato para la galería sin contenido real? De todo un poco, sin duda. Hay que comprender que lo que se le está demandando al mundo desarrollado es que acepte principios absolutamente diferentes a los que hasta ahora han presidido la actividad económica; y no sólo eso, sino que además de hacer esos cambios ha de proponerlos como ejemplo a los países en desarrollo, para que éstos no cometan los errores anteriores de los países ricos. Esa renuncia no es fácil: la mayor parte de la tecnología "anterior" está disponible, es fácil de utilizar y de vender... Por eso hay reticencias; incluso bastante más que eso, auténtica obstaculización a este tipo de convulsiones. No valen filosofías de estilo de la ecosfera en peligro o el desarrollo ecológicamente insostenible. Sólo cuenta el corto plazo de las cuentas de resultados de las grandes empresas y de las convocatorias electorales de los gobernantes políticos. Mientras, el espectro del crecimiento exponencial sigue planeando sobre la mayor parte de las actividades humanas. Lo que permite frotarse las manos a más de un consejo de administración, pero no supone ninguna buena noticia para el mundo. Porque las cosas parecen seguir empeorando. Sin ir más lejos, los consumos son cada vez más insostenibles.Por ejemplo, el consumo energético, que se ha multiplicado por sesenta entre mediados del siglo pasado y 1985. Y sigue creciendo. Un suizo utiliza hoy en promedio tanta energía como cuarenta somalíes. Y, lo que es peor, un ruso usa tanta energía como un suizo, pero vive muchísimo peor; o sea, que lo hace mucho menos eficientemente.La producción industrial mundial a partir de los años cuarenta de este siglo muestra un clarísimo crecimiento exponencial, que se ha mantenido en los últimos decenios a pesar de los problemas habidos en 1973, en 1979 y en años posteriores con el precio del petróleo. En particular, la tasa de crecimiento de la producción industrial entre 1970 y 1990 ha sido más rápida que la de la población; una vez más estamos ante un crecimiento superexponencial, un 3,3 por 100 anual, lo que supone una duplicación al cabo de veintiún años... Quizá convenga aclarar lo que se entiende por producción industrial global. Se trata de la suma de productos que genera el capital industrial, e incluye por tanto el consumo final (vestidos, televisores, casas, auto móviles, etc.), los recursos necesarios para obtener ese consumo final (maquinaria industrial, medios de transporte, etc.), los recursos agrícolas (maquinaria de recolección o tratamiento, infraestructura de regadío, etc.) y los recursos utilizados en los servicios (edificios y equipamientos educativos, financieros, sanitarios, comerciales, etc. En el mundo industrializado, los incrementos de consumo se deben a una población prácticamente estancada en muy poco más de mil millones de personas. En cambio, los incrementos de consumo del Tercer Mundo se producen precisamente en países cuyas necesidades per capita aumentan, a tiempo que aumenta el número de cápitas, y ambos aumentos de forma exponencial. Conviene recordar que la tasa media de duplicación de la población urbana en los países del Tercer Mundo es de unos veinte años, mucho más alta, obviamente, que la de la población humana global (que se estima actualmente en unos 42). Con todo, el planeta Tierra debe albergar en su seno cada año que pasa unos cien millones de almas más; más del 90 por 100 de este incremento se produce en países de Tercer Mundo, sobre todo en los que se encuentran en vías de desarrollo, los menos pobres. Bien es verdad que las cosas parecen menos dramáticas que hace un cuarto de siglo. En 1970 la tasa de crecimiento de la población mundial era del 2,1 por 100 anual, lo que suponía un período de duplicación de sólo 33 años. La situación era, para los seres humanos que estaban vivos, mucho mejor que unos decenios antes: la tasa de natalidad descendía levemente, pero sobre todo la tasa de mortalidad se reducía de manera acelerada. Como decía en ingeniosa frase un pensador de la época, "no es que los humanos nos hubiéramos puesto a tener hijos como conejos: es que hemos dejado de morirnos como antes. A partir de 1970 la tasa de mortalidad siguió cayendo, pero el descenso de la tasa de natalidad se hizo más acusado. Y así, la tasa global de crecimiento disminuyó de 2,1 por 100 a 1,70. Y es probable que siga haciéndolo a partir de ahora; sólo que cada vez somos más y más humanos. Suponiendo que, a comienzos de 1995, seamos 6.000 millones y aumentemos a una tasa de 1,5 por 100, eso significa noventa millones más cada año, y una tasa de duplicación en 47 años (12.000 millones antes de la mitad del siglo que viene).Si se superan determinados niveles de crecimiento, y ello es fácil cuando hablamos de curvas exponenciales, el desarrollo mismo se hace no ya insostenible sino básicamente imposible. ¿Estamos ya en ello? Quizá basta con leer noticias sobre el aire irrespirable en las grandes ciudades, los bosques filipinos casi extinguidos, los suelos de Haití erosionados hasta la casi inexistencia, los bosques de Costa de Marfil reducidos en un 75 por 100 en los últimos veinte años, los aluviones del Rin tan contaminados que los lodos de los puertos holandeses han de ser tratados como residuos peligrosos... Son sólo ejemplos periodísticos, desde luego, pero la sensación de agobio que percibe la opinión pública corresponde bastante aceptablemente a la realidad, aunque ésta sea desde luego magnificada por los actores de resonancia social que son los medios de comunicación y, recientemente, los grupos ecologistas. El mundo después de Río de Janeiro y su conferencia sobre medio ambiente y desarrollo no está mejor que antes de convocarse esa reunión. Es más, las cosas parecen seguir su camino anterior, sin cambios de rumbo aparentes. Por ejemplo, nadie ha puesto topes al consumo. Más ejemplos periodísticos pero no por ello menos reales: el consumo del 10 por 100 de la población humana actual (en energía y recursos naturales) supone la pérdida en cada segundo de mil toneladas de tierra y de 3.000 metros cuadrados de bosque (lo que supone al año una superficie similar a la de Portugal), la desaparición definitiva cada día de entre diez y cincuenta especies vivas vegetales y animales, y la expulsión diaria a la atmósfera de ochenta y seis millones de toneladas (megatoneladas o petagramos) de gases productores de efecto invernadero. Para cualquier habitante o dirigente de un país pobre, o de un país ex comunista, el modelo de desarrollo occidental es envidiable, ya lo hemos visto. Funciona todo, desde el teléfono o la televisión hasta el consumo más disparatado; la Administración pública es más que aceptablemente eficaz; la educación, los servicios sociales y la sanidad son bienes universales y, en general, eficientes, e incluso la protección al medio ambiente, sobre todo local, resulta positiva y cada vez más importante (contenedores para recipientes de vidrio, tratamiento de las basuras, combustiones industriales cada vez más limpias, catalizadores en los motores de los automóviles, planes de reforestación, parques naturales de especial protección, etcétera, entre otros). Pero, a pesar de estas aparentes mejoras ambientales, si los 6.000 millones de humanos viviesen igual que los norteamericanos, los europeos o los japoneses, el mundo sería ya hoy una auténtica catástrofe a causa del consumo per capita de agua, energía, minerales y suelo para cultivos o viviendas. Claro que los países pobres no pueden imaginar nada que sea peor para ellos que lo que ya están sufriendo; quizá por eso siguen intentando parecerse a los ricos y son inmunes al argumento ecológico. Sobre todo mientras los ricos no les demuestren, con hechos y no con teorías, que se puede conseguir lo mismo de otra manera. O sea, que si los ricos decimos ahora que nuestro desarrollo actual es insostenible y por tanto rechazable para todos, tendremos que demostrar, adoptándolo, que existe otro tipo de desarrollo -para ellos y para nosotros- con similares ventajas pero sin los inconvenientes del actual. De todos modos, el error de estos enfoques envidiosos de los países pobres, al compararse con los países más desarrollados, estriba en considerar que, en los países ricos, todos son igual de ricos. Lo cual está muy lejos de ser cierto. El paraíso capitalista sólo es paraíso para algunos... Por otra parte, resulta imposible observar con precisión, desde la hambrienta atalaya de los países más pobres, hasta qué punto el mundo desarrollado se basa en una auténtica civilización del desperdicio. Este interesante concepto, aplicado al mundo desarrollado, fue empleado por primera vez, en la segunda mitad del decenio de los setenta, en un libro así titulado, La civilización del desperdicio, escrito por un periodista y sociólogo pionero de las preocupaciones ambientales en España, Juan Ignacio Sáenz-Díez, lamentablemente desaparecido en el verano de 1994. Sáenz-Díez expresaba en su libro la auténtica barbaridad ecológica, y desde luego económica, que suponía el despilfarro, por parte de los países industrializados, de los recursos naturales para objetivos muchas veces inútiles cuando no simplemente absurdos (¿quién necesita realmente cepillos de dientes eléctricos, o abrelatas y cuchillos del mismo tipo, cuando medio mundo se muere de hambre?). El desperdicio al que aludía Sáenz-Díez es, pues, despilfarro típico de nuevos ricos pero también despreocupación casi criminal por los desechos. Lo cual constituye una forma de despilfarro quizá menos patente pero por lo menos igual de grave. La sociedad industrializada basada en la economía de mercado, que fomenta la no reutilización de lo producido -el caso de los envases no retornables es paradigmático- y que prefiere la huida hacia adelante del incesante consumo de materias primas en lugar de reciclar las ya utilizadas -a pesar de los meritorios intentos por reciclar vidrio, papel, plástico o aluminio, se trata de una actividad todavía marginal, más simbólica que otra cosa-, merece plenamente el calificativo de civilización "del desperdicio". ¿Justifica eso la afirmación de que el mundo está en peligro? Obviamente, no. Porque lo que está en peligro es el bienestar y la altísima calidad de vida alcanzada por unos pocos seres humanos, menos de la quinta parte de la especie. Lo que está en peligro es la posibilidad de que otros humanos alcancen niveles semejantes, aunque sean inferiores, de desarrollo económico, sanitario y cultural. Lo que está en peligro, en fin, es la actual situación de la biosfera, que no está mucho mejor ni mucho peor que en épocas pasadas, durante las cuales conoció convulsiones quizá más graves, pero que seguramente no será la misma que la que verán nuestros descendientes próximos. En cuanto al planeta, es seguro que seguirá girando sobre sí mismo en 24 horas, y alrededor del Sol en un año; a él todo esto ni le va ni le viene. No es él quien está en peligro; es nuestra forma de vida, o al menos la forma de vida que algunos privilegiados hemos llegado a tener.
contexto
El día 1 de septiembre de 1939 las fuerzas de Wehrmacht y la Luffwafe se lanzan sobre Polonia. Da comienzo la Segunda Guerra Mundial. Los pactos defensivos que unían a este país con las potencias occidentales -Gran Bretaña y Francia- obligaba a esta a efectuar una declaración de guerra al Reich cuarenta y otro horas después. A partir de ese momento, mientras Polonia era repartida entre los dos firmantes del pacto de pocos días antes -Alemania y la Unión Soviética- comenzaba la denominada Dróle de guerre. Este calificativo venía a denominar, con el paso de los meses la extraña situación en que se hallaban los potenciales combatientes. Alemania comienza a lanzar sus primeros ataques contra las costas británicas mediante la colocación de minas submarinas primero, y más adelante comenzando a atacar con submarinos a los navíos de esta nacionalidad. Italia, por su parte, se beneficia materialmente a esta ambigua situación, en la que Francia trata de aprovisionarse de materiales que le resultan necesarios y de los que carece. Son los efectos de una "neutralidad provechosa", tal como fue definida por el mismo conde Ciano. Mientras, los ejércitos franceses realizan operaciones dirigidas contra el enemigo imaginario, en las zonas donde supuestamente deberían realizarse los combates. Al mismo tiempo, los primeros contingentes del Cuerpo Expedicionario británico llegan a Cherburgo el día nueve de septiembre. Pocas horas después, mientras la Wehrmacht aniquila a los ejércitos polacos, la flota británica sitúa tres mil minas en el Estrecho de Calais. Esto impulsa a Hitler a manifestar sus intenciones de actuar militarmente sobre el Occidente. La agonía de Polonia prosigue al tiempo que los primeros convoyes transatlánticos comienzan a actuar. Es la previsión del conflicto lo que impulsa a los gobernantes ingleses a establecer estas líneas de aprovisionamiento, que habrán de constituir sus principales fuentes de subsistencia durante los siguientes años. El 28 de septiembre los alemanes estabilizan sus posiciones en la Polonia ocupada, de acuerdo con los soviéticos que han penetrado en el país de forma paralela. El 6 de octubre, Hitler realiza públicas ofertas de paz a las potencias occidentales, que las rechazan de forma inmediata. Las actividades marítimas del Reich se extienden al Atlántico sur, mientras que la acción realizada en la base británica de Scapa Flow demuestra la voluntad alemana por hostigar a sus teóricos enemigos. Los Estados Unidos, situados en un plano de absoluta neutralidad, empiezan a establecer formas de ayuda a Gran Bretaña mediante la fórmula de "Cash and carry", de entrega de materiales a través del inmediato pago y traslado de los mismos. A primeros de noviembre los generales alemanes inician una actividad conjunta dirigida a disuadir a Hitler de sus planes de ataque hacia el Oeste. Desde entonces hasta el mismo día del ataque contra Holanda, la decisión del mismo será retrasada hasta veintinueve veces. Ello pone de manifiesto el temor de los altos mandos militares alemanes ante la posibilidad de un fracaso al enfrentarse con el Ejército francés apoyado por el cuerpo expedicionario británico. En los últimos días del mes, mientras prosigue el acoso alemán contra la flota británica en el Atlántico, el Führer comunica a sus más altos jefes militares el carácter irrevocable del ataque a Francia e Inglaterra, ignorando la neutralidad de Holanda y Bélgica. El 30 de noviembre, la Unión Soviética ataca sin previo aviso a su vecina Finlandia. Las reducidas posibilidades de ésta parecen anunciar la inmediata rendición ante la agresión de la potencia atacante. Por el contrario, los siguientes meses servirán para que Moscú compruebe la imposibilidad de culminar de forma inmediata su acción. Las tropas movilizadas en Francia esperan, en medio de una situación de absoluta incertidumbre, un ataque procedente de Alemania. El 13 de diciembre, en el estuario del Río de la Plata se baten británicos y alemanes. El acorazado del bolsillo Graf Spee se refugia en el puerto de Montevideo donde será hundió por su tripulación. Noruega comienza a centrar la atención de los futuros adversarios, al centrarse en ella las vías de aprovisionamiento de minerales procedentes de Suecia que Alemania precisa para organizar su industria de guerra. Italia prosigue su política de acondicionamiento a la situación bélica que se anuncia. A mediados de enero, Bélgica y Holanda dan orden de movilización general de sus efectivos. Pero Alemania no lanza su ataque por el momento, ya que espera la llegada de la primera para hacerlo. Para entonces, los mandos de la Wehrmacht han elaborado los planes de ataque sobre los puntos neurálgicos de Noruega, en previsión de una similar acción aliada en este mismo sentido. A primeros de febrero, el consejo militar aliado decide el envío de fuerzas a Narvik así como el apoyo material a una Finlandia que resiste al ataque soviético. La acción de Alemania por una parte y de Francia e Inglaterra por otra se centraba de esta forma en el escenario del Mar del Norte. Los submarinos alemanes continúan sus operaciones de hundimiento de mercantes aliados, llegándose a sumar un elevado número de toneladas perdidas por esta causa. Es lo que se ha denominado la gran espera. Los pacifistas a ultranza imaginan la posibilidad de una detención en la política agresiva de Hitler: las mentes más realistas, por el contrario, únicamente esperan el momento en que éste decida dar el nuevo golpe. El 1 de marzo, el Führer da las órdenes para la operación de ocupación de Dinamarca y Noruega, bajo el nombre de Weserübung. Al mismo tiempo, se produce el primer ataque aéreo alemán contra objetivos navales situados en el Canal de la Mancha. La gran ofensiva lanzada por los soviéticos contra Finlandia impulsa a los militares alemanes a adelantar las operaciones previstas en territorio escandinavo. El día 7 de marzo, Mannerheim decide la imposibilidad de continuar la lucha, que ha dejado extenuada a Finlandia, y una misión encargada de las conversiones de paz es enviada a Moscú. Mussolini reitera su intención de entrar en guerra contra los aliados en caso de que lo haga Alemania con antelación. El día 20, Reynaud sustituye a Daladier en la Presidencia del Consejo de Ministros francés. Los aliados retrasan su actuación sobre Noruega para el día 8 de abril debido a las condiciones climatológicas reinantes. Dos días más tarde, se produce el primer enfrentamiento directo en la zona de Narvik. En la siguiente semana, fuerzas británicas toman posiciones en varios puntos de la costa noruega y en las islas Feroe. A partir de ese momento los choques se suceden en territorio noruego; durante los mismos la superioridad de los alemanes -que ya han ocupado pacíficamente todo el territorio danés- se manifiesta de forma clara. Entre el 1 y el 2 de mayo las fuerzas británicas abandonan sus posiciones situadas en el litoral noruego. Mientras se constituye en Londres un Gobierno noruego en el exilio, contando con el respaldo del mismo rey Haakon, Hitler decide retrasar la ofensiva sobre Occidente para el día 9 de mayo. Los aliados ya se han convencido de la inminencia de la misma, y comprenden que solamente les queda esperar su envergadura y empuje con el fin de hacerle frente de la forma más adecuada. Tras otra serie de vacilaciones, determinadas por la inseguridad de obtener el éxito, el ataque es preparado para el 10. Aquella noche, las fuerzas de la Wehrmacht lanzan minas sobre las instalaciones portuarias de Holanda y Bélgica. A las 05.35 horas, comienza la ofensiva alemana en el oeste. Los pequeños países neutrales ven vulnerada su neutralidad; su caída servirá de prólogo para la invasión del territorio francés. La Dróle de guerre, la guerra tonta, la permanente espera de casi nueve meses había terminado y se vería sustituida por la fuerza de los hechos.
contexto
La Doctrina de la Seguridad Nacional es una teoría militar cuya aplicación supone la intervención constante y sistemática de las Fuerzas Armadas en la vida política. Al asumirse como los últimos garantes del orden constitucional, los militares se convierten en los árbitros de la situación y son los que deciden, unilateralmente, el momento más adecuado y las formas de su actuación. Por ello, en la lucha contra la guerrilla, y ante el grave peligro que la subversión supone para la Patria, cualquier método es válido, aunque se recurra a actuaciones ilegales. La norma será entonces la actuación de grupos paramilitares o parapoliciales, el secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición de personas, en definitiva, el terrorismo de Estado y la violación sistemática de los derechos humanos. Desde mediados de la década de los 60, en los países del Cono Sur (Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay), los militares comenzaron a elaborar doctrinas que justificaran sus continuas intervenciones en la política interna y la creciente participación en la represión de los movimientos populares (movimiento sindical y estudiantil, partidos de izquierda, ese.). Los argumentos que justificaban la guerra interna no conformaban un cuerpo de doctrina orgánicamente estructurado, sino un vago conjunto de ideas, que admitía las más diversas interpretaciones. Esto se conoció como Doctrina de la Seguridad Nacional, más fácil de identificar por sus efectos represivos que por sus definiciones teóricas. En ella se privilegia el concepto de guerra interna, que difiere del de guerra civil. La idea de guerra sucia, similar a la anterior, fue impuesta por los militares argentinos que gobernaron entre 1976 y 1982. Junto a ellos, hubo otros regímenes dictatoriales caracterizados por su dureza represiva, como el de Pinochet o el de los militares brasileños y uruguayos. El concepto de guerra interna ha sido muy ideologizado. De acuerdo con la definición del Estado Mayor brasileño, se trataría de un enfrentamiento que habría que librar contra un enemigo subversivo de inspiración marxista-leninista. La existencia de organizaciones subversivas fascistas o de extrema derecha no es tenida en cuenta en estas concepciones. La identificación del enemigo se convierte en algo subjetivo, y cualquier movimiento con algún componente reivindicativo puede ser identificado como comunista o subversivo. Un caso muy especial es el de América Central, por la intensidad de los conflictos armados y la intervención directa de los Estados Unidos. El valor estratégico de América Central no es el mismo para el Pentágono que el de los países de América del Sur. La presencia del gobierno sandinista en Nicaragua impulsó la lucha guerrillera en El Salvador, y también, aunque con menor intensidad, en Guatemala y en Honduras. Si bien aquí se aplicó la Doctrina de la Seguridad Nacional, la teoría que prevaleció fue la de conflicto de baja intensidad, que tendía a reconocer que el peligro era mayor que el de un simple brote guerrillero.
contexto
LA "HISTORIA NATURAL Y MORAL DE LAS INDIAS" El libro de José de Acosta que hoy reeditamos en esta ya popular colección de Crónicas de América es, sin disputa, la obra más lograda de nuestro autor, tanto por sus valores intrínsecos como por ser, quizás, la que de manera más evidente explicita el pensamiento de Acosta. En ese sentido, nuestro comentario va a destacar algunos de los valores que, aunque expresados en concreto en este libro, se refieren directamente a su autor. La importancia y el valor de la obra y del propio Acosta, se pusieron de manifiesto inmediatamente después de la publicación de la Historia y es precisamente debido a ello por lo que se reeditó tantas veces y se tradujo a tantos idiomas, publicándose también repetidamente en cada uno de ellos. Hoy podemos decir que la Historia Natural y Moral de las Indias de José de Acosta se adelantó en muchos aspectos a su tiempo y, por eso, influyó profundamente en el pensamiento de su época e hizo avanzar el desarrollo científico de los siglos siguientes de manera decisiva. La composición de este libro la inició Acosta estando todavía en Indias, pero sólo lo terminó de revisar en 1588, estando en Génova. Para esa época ya había decidido incluir la traducción al castellano de su tratado latino De Natura Novi Orbis como libros I y II de su nueva obra y, como luego comentaremos, incluiría como libro VII un extracto con muchas transcripciones literales de la Segunda Relación del P. Juan de Tovar. El 21 de febrero de 1589 se presentó a la censura el texto de la Historia ya terminado enteramente; el 1 de marzo de 1590 escribía Acosta la dedicatoria a la Infanta Isabel Clara Eugenia y ese mismo año salía el libro impreso en los talleres de Juan de León en Sevilla. Las ediciones españolas, si eliminamos algunas dudosas, son diez con la presente, pero sus traducciones al italiano, francés, alemán, inglés, holandés e incluso latín, han hecho de esta obra una de las más populares y ampliamente conocidas en Europa de cuantas se escribieran en el siglo XVI sobre el Nuevo Mundo. El origen del indio americano Si a lo largo de toda la obra la idea de modernidad y racionalismo domina sobre cualquier otra esto es especialmente notable en lo que se refiere al espinoso problema de determinar cuál era el origen de las poblaciones humanas halladas en América desde el momento de su descubrimiento. Cuando las teorías más peregrinas dominaban el mundo intelectual de la época (Alcina, 1985; Huddleston, 1967), la idea de que el origen del hombre americano había que buscarlo en Asia, según hoy es opinión corriente, no solamente no era una tesis habitual, sino que constituía en realidad una novedad el plantearla tal como lo hizo antes de que se conociese con detalle la geografía del Pacífico norte y, en concreto, el estrecho de Bering. Pero lo más interesante del planteamiento es, posiblemente, la línea argumental, que resulta ser de un rigor lógico aplastante. Así y en primer lugar, hace la crítica de las teorías tan en boga en su época, acerca del poblamiento del Nuevo Mundo propiciando viajes a través de los océanos: Mas diciendo verdad, yo estoy de muy diferente opinión y no me puedo persuadir, que hayan venido los primeros indios a este Nuevo Mundo por navegación ordenada y hecha de propósito, ni aún quiero conceder que los Antiguos hayan alcanzado la destreza de navegar, con que hoy día los hombres pasan el mar Océano, de cualquiera parte a cualquiera otra que se les antoja, lo cual hacen con increíble presteza y destreza, pues de cosa tan grande y tan notable no hallo rastros en toda la antigüedad. El uso de la piedra imán, y del aguja de marear, ni la hallo yo en los Antiguos, ni aún creo que tuvieran noticia de él; y quitando el conocimiento del aguja de marear, bien se ve que es imposible pasar el Océano (Acosta, 1962: 47: I 16). Es realmente sorprendente que, pese al todavía escaso conocimiento del perfil del Nuevo Mundo y muy lejos de haber resuelto el problema del famoso paso del Noroeste y de la definición concreta de lo que sería el estrecho de Bering, Acosta intuyese esa región y la describiese como lo hace en el párrafo siguiente: Este discurso que he dicho es para mí una gran conjentura para pensar que el nuevo orbe, que llamamos Indias, no está del todo diviso y apartado del otro orbe. Y por decir mi opinión, tengo para mí días ha, que la una tierra y la otra en alguna parte se juntan, y continúan, o a lo menos se avecinan y allegan mucho. Hasta ahora a lo menos no hay certidumbre de lo contrario. Porque al polo Ártico, que llaman norte, no está descubierta y sabida toda la longitud de la tierra# (Acosta, 1962: 55 56 I:20). El espíritu crítico de Acosta se pone de manifiesto en este caso cuando se enfrenta con las disparatadas teorías tan populares en su época, entre las que la existencia de la Atlántida era una de las que más se repetían en textos incluso supuestamente serios. Negando esa tesis, Acosta dice lo siguiente: Yo, por decir verdad, no tengo tanta reverencia a Platón, por más que le llamen divino, ni aún se me hace muy difícil de creer, que pudo contar todo aquel cuento de la Isla Atlántida por verdadera historia, y pudo ser con todo eso muy fina fábula, mayormente que se refiere él haber aprendido aquella relación de Critias que cuando muchacho, entre otros cantares y romances, cantaba aquel de la Atlántida. Sea como quieren, haya escrito Platón por historia o haya escrito por alegoría, lo que para mí es llano es que todo cuanto trata de aquella Isla, comenzando en el diálogo Critias, no se puede contar en veras, si no es a muchachos y viejas (Acosta, 59 I:22). Citaremos un último párrafo en el que Acosta se nos muestra tan ponderado como lo pueda ser un científico de nuestro tiempo, al admitir incluso una diversidad evidente en el origen de los indios americanos y la posibilidad de arribadas por mar, al mismo tiempo que expone una idea bastante precisa en lo que se refiere al nivel cultural de los primeros habitantes del Nuevo Mundo y acerca de la fecha en que se produciría su primera llegada al continente: el linaje de los hombres se vino pasando poco a poco, hasta llegar al nuevo orbe, ayudando a esto la continuidad o vecindad de las tierras, y a tiempos a alguna navegación y que éste fue el orden de venir, y no hacer armada de propósito, ni suceder algún grande naufragio: aunque también pudo haber en parte algo de esto; porque siendo aquestas regiones larguísimas y habiendo en ellas innumerables naciones, bien podemos creer que unos de una suerte y otros de otra se vinieron en fin a poblar. Mas al fin, en lo que me resumo es, que el continuarse la tierra de Indias con esotras del mundo, a lo menos estar muy cercanas, ha sido la más principal y más verdadera razón de poblarse las Indias; y tengo para mí, que el nuevo orbe e Indias occidentales, no ha muchos millares de años que las habitan hombres, y que los primeros que entraron en ellas, más eran hombres salvajes y cazadores que no gente de República y pulida (Acosta, 1962: 62 63 I:24). La modernidad del pensamiento de Acosta incluye, además, aspectos tan complejos para la época, como son los meramente cronológicos, y los que se refieren al nivel sociocultural de los primeros pobladores del continente. El hecho de afirmar que el poblamiento debía haberse producido pocos miles de años antes es un término relativo que implica una visión del poblamiento de todo el globo terráqueo también muy moderno. En lo que se refiere al nivel de desarrollo sociocultural, está implicando a su vez una visión claramente evolucionista del problema, como vamos a ver a continuación. Evolucionismo cultural Aún no ha llegado el momento, al parecer, de hacer la historia del pensamiento antropológico español en los siglos de expansión colonial por tierras americanas, oceánicas y asiáticas. Los intentos realizados hasta ahora o bien se hallan muy mediatizados por una orientación cientifista (Lisón 1971) o bien son intentos muy parciales y circunstanciados. Angel Palerm (1967: 72 77) ha destacado la importancia del P. José de Acosta en esa fase antigua de la etnología española, pero pese a su interés específico por el evolucionismo no subrayó el párrafo que en mi opinión revela de manera más clara esa concepción evolucionista de nuestro autor y al que luego aludiré; finalmente, Fermín del Pino (1978), pese a la longitud de su contribución, hace un planteamiento confuso en el que se mezclan ideas de carácter cronológico y difusionistas con el evolucionismo biológico (Aguirre, 1957) y cultural y, en particular, las ideas de Acosta acerca de este evolucionismo cultural quiere verlas originadas en las historias indígenas estudiadas por aquél entre los mismos incas y aztecas. Aunque no es ésta la ocasión para hacer un análisis detallado de la concepción evolucionista de Acosta, lo que seguramente haremos en una próxima ocasión, lo que parece evidente es que el texto más explícito y clarividente al respecto es el que incluye en el capítulo 19 del libro VI que reproducimos a continuación. # es de saber que se han hallado tres géneros de gobierno y vida en los indios. El primero y principal, y mejor, ha sido de reino o monarquía, como fue el de los Ingas, y el de Motezuma, aunque éstos eran en mucha parte, tiránicos. El segundo es de behetrías o comunidades, donde se gobiernan por consejo de muchos, y son como consejos. Éstos, en tiempo de guerra, eligen un capitán, a quien toda una nación o provincia obedece. En tiempo de paz, cada pueblo o congregación se rige por sí, y tiene algunos principalejos a quienes respeta el vulgo; y cuando mucho, júntanse algunos de éstos en negocios que les parecen de importancia, a ver lo que les conviene. El tercer género de gobierno es totalmente bárbaro, y son indios sin ley, ni rey, ni asiento, sino que andan a manadas como fieras y salvajes. Cuanto yo he podido comprender, los primeros moradores de estas Indias, fueron de este género como lo son hoy día gran parte de los brasiles, y los chiriguanas y chunchos, e yscaycingas y pilcozones y la mayor parte de los floridos, y en la Nueva España todos los chichimecos. De este género por industria y saber de algunos principales de ellos, se hizo el otro gobierno de comunidades y behetrías, donde hay alguna más orden y asiento, como son hoy día los Arauco y Tucapel en Chile y lo eran en el Nuevo Reino de Granada, los moscas y en la Nueva España algunos otomites, y en todos los tales se halla menos fiereza y más razón. De este género, por la valentía y saber de algunos excelentes hombres, resultó el otro gobierno más poderoso y próvido de reino y monarquía que hallamos en México y en el Perú (Acosta, 1962: 304 305: VI:19). El texto, que hemos reproducido íntegramente, ofrece dos partes: en la primera se establece una tipología, mientras en la segunda se explica la secuencia evolutiva de los tres tipos antes descritos. La tipología de Acosta puede compararse, aunque posiblemente no exista relación directa, con el planteamiento de Bartolomé de Las Casas en los Tratados de 1552 53 (Alcina, 1985: 42). Efectivamente, Las Casas no es citado en ninguna ocasión a lo largo de la obra (O'Gorman, 1962: LXVIII), habiendo solamente una alusión. Sin embargo, la división tripartita de Acosta se corresponde exactamente con la de Las Casas. El texto de Las Casas, que interesa para la comparación, dice así: en las escrituras profanas y sagradas se hallan tres maneras o linajes de bárbaros. La primera es, tomando el vocablo largamente, por cualquiera gente que tiene alguna extrañeza en sus opiniones o costumbres pero no les falta policía ni prudencia para regirse. La segunda especie es porque no tienen las lenguas aptas para que se puedan explicar por caracteres y letras como en algún tiempo lo eran los ingleses. La tercera especie de bárbaros son los que por sus perversas costumbres, rudeza de ingenio y brutal inclinación son como fieras silvestres que viven por los campos sin ciudades ni casas, sin policía ni leyes, sin ritos ni tractos. La división tripartita de ambos autores corresponde casi exactamente al sistema popularizado por Morgan (1946: 26 29) de: Salvajismo Barbarie Civilización. El Salvajismo en la expresión de Las Casas son como fieras silvestres mientras para Acosta son los verdaderos bárbaros. Acosta añade que los primeros habitantes del continente corresponderían a este nivel de desarrollo sociocultural, con lo que acierta plenamente en su notable interpretación. Las Casas dice de estas gentes que no tienen ciudades ni casas y Acosta que no tienen asiento, lo que viene a ser lo mismo. La etapa del Barbarismo en el sistema de Morgan es para Las Casas el que corresponde a aquellos que no tienen ningún sistema de escritura, mientras Acosta los designa con un término muy común en la época: el de behetrías. Correspondiendo a esta etapa, habría que situar la que conocemos hoy como Jefaturas, Señoríos o Cacicazgos, y en relación con ella Acosta aporta interesantes detalles que cabría utilizar hoy para explicar algunos casos de cacicazgos incipientes o aparentes. Así, cuando dice: muchas naciones y gentes de indios no sufren reyes ni señores absolutos, sino viven en behetría, y solamente para ciertas cosas, mayormente guerra, crían capitanes y príncipes, a los cuales durante aquel ministerio obedecen, y después se vuelven a sus primeros oficios. De esta suerte se gobierna la mayor parte de este Nuevo Orbe, donde no hay reinos fundados ni repúblicas establecidas, ni príncipes o reyes perpetuos y conocidos, aunque hay algunos señores y principales, que son como caballeros aventajados al vulgo de los demás. De esta suerte pasa en toda la tierra de Chile, donde tantos años se han sustentado contra españoles los araucanos y los de Tucapel y otros. Así fue todo lo del Nuevo Reino de Granada y lo de Guatimala y las Islas y toda la Florida y Brasil y Luzón (Acosta, 1962: 293 94: VI 11). Aunque el solo comentario de este texto podría llevarnos a discutir aspectos de gran interés en relación con el problema de los cacicazgos en América, diremos solamente que la enumeración de lugares y pueblos es prácticamente una enumeración de las áreas en las que se han localizado jefaturas en América. El párrafo que ha sido citado por Fermín del Pino (1978) no sólo no merece un adecuado comentario por su parte, sino que, al hacer referencia a la temática aludida, pone al descubierto su personal carencia de un adecuado cuerpo teórico en relación a esta cuestión crucial para el evolucionismo contemporáneo y, en especial, para los desarrollos habidos a partir de Julian H. Steward y Hermann Trimborn, con las aportaciones de Oberg, Service, Fried y tantos más (Alcina, Palop, 1985). Por último, la etapa de Civilización en el esquema de Morgan equivale en la terminología de Bartolomé de Las Casas al de las sociedades a las que no les falta policía, mientras que Acosta, mucho más explícito, los califica de Reinos. La idea del evolucionismo cultural está presente, pues, de manera muy evidente y clara en la obra capital del P. José de Acosta, lo que hay que considerar, como luego veremos, con un eslabón más que enlaza el evolucionismo clásico con el de la ciencia moderna de Vico, Hegel, etc. Aunque no es posible hacer un análisis detallado y una comparación minuciosa, debemos sin embargo hacer constar que doce años antes de haber escrito los textos que acabamos de comentar, el propio Acosta, en el Proemio de su De Procuranda Indorum salute había hecho una exposición igualmente evolucionista e igualmente tripartita, pero diferente a la de su Historia, en el sentido de considerar como un rasgo diferencial fundamental el del uso de la escritura. De las tres clases o categorías de sociedades la primera es la de aquellos que no se apartan de la recta razón y tienen república estable, leyes públicas, ciudades fortificadas, magistrados obedicidos, y lo que más importa, uso y conocimiento de las letras, y entre los ejemplos cita a los chinos, los japoneses y otras muchas provincias de la India oriental. En la segunda clase incluye los bárbaros, que aunque no llegaron a alcanzar el uso de la escritura, ni los conocimientos filosóficos o civiles, sin embargo tienen su república y magistrados ciertos y asientos o poblaciones estables, donde guardan manera de policía y orden de ejércitos y capitanes y finalmente alguna forma solemne de culto religioso. En este nivel sitúa a los mexicanos y peruanos, que en cuanto a la escritura suplieron su falta con tanto ingenio y habilidad que conservan la memoria de sus historias, leyes, vidas y lo que más es, el cómputo de los tiempos y las cuentas y números. Estos forman imperios y después otros reinos y principados menores, cuales son comúnmente los de los caciques. Finalmente, en la tercera clase entran los salvajes, semejantes a fieras, que apenas tienen sentimiento humano; sin ley, sin rey, sin pactos, sin magistrados ni república (Acosta, 1954: 392 93). Cabría, pues, hacer un resumen comparativo de lo que venimos diciendo en la forma siguiente: Las Casas Acosta Acosta Morgan 1552-53 1576 1588 1877 con escritura con policía con república Reinos CIVILIZACIÓN con escritura y caciques behetrías BARBARIE silvestres salvajes bárbaros SALVAJISMO Como apuntaba hace años Angel Palerm (1974: 249), la rápida difusión de la Historia de Acosta en los medios intelectuales europeos, sugiere que en la base del pensamiento evolucionista que se reafirma en la Ilustración con Vico y Hegel, se halla buena parte del pensamiento español del siglo XVI, con figuras tan destacadas como Fray Bartolomé de Las Casas o el P. José de Acosta. Lo que se aprecia en otros campos de la ciencia moderna, según vamos a comentar enseguida, viene a confirmar esta hipótesis, referente exclusivamente al pensamiento etnológico. El indigenismo de Acosta Aunque el sentimiento indigenista en el P. José de Acosta no adquiere el tono acusador y apocalíptico del P. Las Casas, sus ideas se enmarcan dentro de un cuadro muy parecido, como vamos a comprobar a continuación. Ya en el mismo Proemio al lector de la Historia Natural y Moral de las Indias el autor afirma que son muchas las obras que se han escrito hasta entonces sobre los hechos y sucesos de los españoles que han conquistado y poblado el Nuevo Mundo pero en cambio hasta agora no he visto libro cuyo argumento sea los hechos e historia de los mismos indios antiguos y naturales habitadores del Nuevo Orbe (Acosta, 1962: 13). Es así que, habiendo dedicado los cuatro primeros libros de su Historia al tratamiento de la naturaleza de las Indias, los otros tres libros los dedicará a la historia moral, que no es otra cosa que una descripción o estudio etnológico del mundo americano. De ahí gran parte de la modernidad del libro de Acosta, ya en 1590, pues pese al tiempo transcurrido desde el descubrimiento primero --1492-- y las conquistas de México y Perú --1519 y 1532-- ninguno de los libros más populares en Europa había tratado, de la manera en que enfrentaba el problema Acosta, el perfil natural y el perfil étnico del continente americano. En lo que se refiere al mundo indígena, Acosta se proponía destruir algunos de los muchos prejuicios que en aquel tiempo se habían difundido por Europa: Habiendo tratado lo que toca a la religión que usaban los indios, pretendo en este libro escrebir de sus costumbres y pulicia y gobierno, para dos fines. El uno, deshacer la falsa opinión que comúnmente se tiene de ellos, como de gente bruta, y bestial y sin entendimiento, o tan corto que apenas merece ese nombre. Del cual engaño se sigue hacerles muchos y muy notables agravios, sirviéndose de ellos poco menos que de animales y despreciando cualquier género de respeto que se les tenga. Esta tan perjudicial opinión no ve medio con que pueda mejor deshacer, que con dar a entender el orden y modo de proceder que estos tenían cuando vivían en su ley; en la cual aunque tenían muchas cosas de bárbaros y sin fundamento, pero había también otras muchas dignas de admiración. Más como sin saber nada de esto entramos por la espada sin oílles ni entendelles, no nos parece que merecen reputación las cosas de los indios, sino como de caza habida en el monte y traída para nuestro servicio y antojo. Los hombres más curiosos y sabios que han penetrado y alcanzado sus secretos, su estilo y gobierno antiguo, muy de otra suerte lo juzgan, maravillándose que hubiese tanto orden y razón entre ellos (Acosta, 1962: 260 81: VI 1). Como puede apreciarse por el párrafo transcrito, el indigenismo de Acosta manifiesta con razones la valoración que le merecen las culturas indígenas --en especial la de los incas y aztecas--, a las que sitúa en un plano de relativa igualdad con otras culturas, haciendo de ello, como consideración final, la de que aquellas gentes podían aprender para igualarse en lo referente al conocimiento de Dios, con los propios conquistadores. Ese es un planteamiento indigenista que no ha sido valorado frecuentemente, pero que constituye algo así como el origen del americanismo moderno, ya que el fundamento del conocimiento científico de las culturas indígenas hay que verlo precisamente entre sus cultivadores más conspicuos, como son Sahagún, Durán, Torquemada, etc., y el propio Acosta en uno de los primeros estudios comparativos que se han hecho en el mundo con referencia a las culturas indígenas de América. Pese a ser el indigenismo lascasiano más llamativo e influyente, el indigenismo de aquellos primeros americanistas constituye un más sólido fundamento de lo que puede ser el indigenismo del futuro. Un segundo aspecto del indigenismo del P. Acosta resulta más sorprendente que el primero, ya que tiene proyecciones políticas, indudablemente revolucionarias para la época en que se expusieron: El otro fin que puede conseguirse con la noticia de las leyes y costumbres y pulicia de los indios, es ayudarlos y regirlos por ellas mismas, pues en lo que no contradicen la ley de Cristo y de su Santa Iglesia, deben ser gobernados conforme a sus fueros, que son como sus leyes municipales, por cuya ignorancia se han cometido yerros de no poca importancia, no sabiendo los que juzgan ni los que rigen, por dónde han de juzgar y regir sus súbditos; que demás de ser agravio y sinrazón que se les hace, es en gran daño, por tenernos aborrecidos como a hombres que en todo, así en lo bueno como en lo malo, les somos y hemos siempre sido contrarios (Acosta, 1962: 281 VI 1). En la introducción a una reciente edición de algunos Tratados de Las Casas (Alcina, 1985 b: 47 48) hemos puesto de manifiesto la posibilidad de considerar en algún sentido los planteamientos lascasianos no como indigenistas en el sentido clásico de la expresión, sino como de un indianismo primitivo en el que la idea fundamental del dominico en relación con el problema de las culturas indígenas era la de conservarlas en estado de preservación y aislamiento respecto de la española, de manera que estando incluidas en el organismo político que era el Imperio, y siendo sus habitantes indios, súbditos del emperador, se desenvolverían como entidades políticas independientes, con sus órganos de gobierno, según la tradición indígena. Ese mismo planteamiento indianista es el que apreciamos en el P. Acosta, quien propugna la aplicación de sus propias leyes, costumbres y policía, afirmando que deben ser gobernados conforme a sus fueros, que son como sus leyes municipales. Los recientes movimientos autonomistas indios, raras veces arrancan sus argumentos de estos planteamientos, porque raras veces se han destacado estas ideas de nuestros más brillantes pensadores.
obra
Las acuarelas de Friedrich se caracterizaban por su capacidad de transmitir un realismo topográfico con un lenguaje voluntariamente limitado. En este caso, refleja con exactitud el paisaje de la Kleine Gans del Elbsandsteingebirge, la llamada "Suiza Sajona". Esta formación estuvo siempre presente en Friedrich desde sus primeros años en Dresde, influido por Adrian Zingg y Johann Christian Klengel, y su "veduta sajona". De todos los géneros en que se expresó el Romanticismo, el del paisaje es el que presenta una trayectoria más compleja y rica. El tema de la montaña aparecía ya a fines del siglo XVIII, con un desarrollo especial de la pintura dedicada al paisaje alpino. En este sentido, es de especial influencia Caspar Wolf, cuyos paisajes sobre formaciones rocosas y montañas, reales en lo topográfico, pero sometidas a los cambiantes efectos de las fuerzas de la naturaleza, son considerados precursores del Romanticismo y alcanzaron una gran difusión en Alemania. Friedrich halló en el Elbsandsteingebirge sus propios Alpes y lo reflejó en muy diversas obras. Ésta, de pequeño tamaño, muestra, a través de su detallismo y sobrio colorido, característico de los años veinte, su preferencia por los picos rocosos, de configuración casi gótica, símbolo de la elevación espiritual hacia la divinidad del hombre, que aparece en la parte inferior derecha, diminuto y cargado.
contexto
Inicialmente fue una colonia megarense fundada en el año 658 a. C., un pequeño establecimiento de interés estratégico que recibió el nombre de Bizancio. Las murallas protegían tan sólo la primera de las colinas de la península -lo que hoy es el recinto del palacio de Topkapi y, a sus pies, probablemente la zona ocupada por Santa Sofía y allí se apiñaba el pequeño caserío en tomo a los distintos santuarios. Volvió a crecer con Septimio Severo quien, después de arrasarla por haber apoyado al usurpador Pescenio Nigro, decidió reconstruirla. La nueva urbe nació como una verdadera colonia de Roma, semejante a asentamientos como Leptis Magna en Africa o muchas colonias occidentales. El recinto amurallado duplicó el de la inicial Bizancio y su interior quedó orgánicamente distribuido, con sus grandes edificios públicos de carácter imperial. En el centro, en lo que fue la explanada ante la puerta de la ciudad griega, se colocó el ágora, llamada por su columnata Tetrastoon -la plaza actual del Sultanahmet, delante de Santa Sofía- y en torno a ella se desarrolló el urbanismo más lujoso (Elvira Barba) al que se superpondría, en parte, la obra de Constantino. Al oeste, una calle ancha con columnas: la Mese, llevaba a la puerta principal; al sur comenzaron las obras del gran circo o hipódromo; al este, se levantaron las admiradas termas de Zeuxipo; al norte, finalmente, se restauró el viejo Strategion, sede del gobierno ciudadano. Se añadían, dispersos por la nueva ciudad, otros recintos públicos y en la vieja acrópolis, los santuarios de Afrodita, Artemis y Apolo -evocaban las deudas con el pasado. La nueva Roma de Constantino se erigió a partir del año 324. Su ritual de fundación respondió a la más pura tradición pagana: el emperador trazaría con la punta de su lanza un perímetro tres veces mayor que la floreciente ciudad severiana. Comenzando por el mar de Mármara, entre los puntos donde se levantarían más tarde las puertas de Da'ut Pasha y Patsamia, diseñó una línea curva a través de un promontorio que alcanzaba el Cuerno de Oro cerca de donde se extiende hoy el puente de la zona alta. A lo largo de esta línea se construyeron las murallas que resistieron victoriosamente el ataque de los godos en el año 378 y que permanecerían activas hasta la centuria siguiente, cuando Teodosio II decidió construir un anillo defensivo más sólido. Constantinopla fue consagrada el año 330 y sus habitantes la consideraron siempre capital romana, la sede de la futura comunidad ortodoxa. Con este motivo, el emperador "dirigió los primeros juegos del circo y fue el primero en usar una diadema decorada con perlas y piedras preciosas. Celebró una gran fiesta y ordenó por decreto sagrado que en este día, el 11 de Artemisios -mayo- se conmemorara el cumpleaños de la ciudad". Esta concepción heredada de Roma, combinaría progresivamente los ritos solares y las formulaciones cristianas, reflejando el carácter ambivalente de Constantino en el campo religioso. Más adelante, al imponerse la religión cristiana como culto oficial en el año 392, se difundiría el mito de que la ciudad estaba consagrada a la Virgen y que era una ciudadela santa, la nueva Jerusalén. La ciudad, como Roma, se levantó sobre siete colinas y fue dividida en catorce regiones, diez dentro de las murallas, dos en el Exokinion -fuera de ellas y donde vivía la secta arriana- una en las Blanquernas y la última en el Galata -en el Cuerno de Oro-. El centro de la ciudad hay que imaginarlo superpuesto al de la ciudad de Severo con su hipódromo, el Gran Palacio, el Senado, una gran basílica con peristilo, utilizada para diversos actos públicos, y la primera catedral de Santa Sofía, construida por Constantino II y consagrada el año 360. El hipódromo, que se extendía a lo largo de casi 500 metros, pensado como centro de diversión pero también como un lugar adecuado para las ceremonias imperiales, fue completado y ampliado por Constantino -a Septimio Severo correspondería la infraestructura y el espacio curvo: el Sefendon-. Su diseño era convencional: filas de asientos dispuestos en horquilla, dividida la arena por un muro bajo -spina- que servía de apoyo a una numerosa colección de estatuas, entre las que se encontraba la famosa columna de bronce de Delfos, decorada con tres serpientes entrelazadas, obeliscos y un palco imperial -kathisma- en el centro del ala sudoriental. Allí debían concluir las carreras de carros y allí culminaban algunas ceremonias relevantes como la que nos relata el "Chronicon Paschale": "Mando hacer otra estatua de sí mismo -Constantino- en madera sobredorada, sosteniendo en su mano derecha la Tyche de esta ciudad, también dorada, y decretó que el día de los juegos de cumpleaños, esta estatua de madera debería introducirse bajo escolta de soldados vistiendo mantos y botas, sosteniendo cirios blancos y que el carro debería rodear la meta superior y llegar al Stama, delante de la logia imperial, y que el emperador reinante debería levantarse y prestar homenaje a la estatua del emperador Constantino y a la Tyche de la ciudad". La Tyche, representada frecuentemente en los marfiles, aparecerá durante siglos sosteniendo una cornucopia, como símbolo de la prosperidad de la ciudad. Constantino construyó su palacio comunicado con la kathisma y, al ser progresivamente ampliado y modificado, llegaría a convertirse en la residencia imperial hasta el siglo XI, siendo conocido con el nombre de Gran Palacio o Palacio Sagrado. Cabe pensar que, inicialmente, el recinto imperial tendría algunos aspectos en común con el palacio de Diocleciano pero se desconoce su forma exacta. Hay que imaginarlo (Mango), en todo caso, no como un edificio, sino como un conjunto de salones, pabellones e iglesias, comunicados por galerías y separados por jardines. De las construcciones religiosas de Constantino en su nueva capital apenas queda vestigio alguno. La catedral que comenzó cerca de su palacio -la primera Santa Sofía- debió ser una gran basílica con dobles naves laterales y tribunas; se hallaba, al parecer, encerrada en un recinto y precedida por un estrecho atrio, quizá con un propileo en la calle recordando a la iglesia del Santo Sepulcro. Fue seriamente dañada en los disturbios del año 532, por lo que Justiniano decidió levantar una nueva. Cerca de las murallas y junto a la vía que conducía a la zona de Blanquernas, fue levantada la iglesia de los Santos Apóstoles que había de acoger los restos de Constantino a su muerte. No queda rastro alguno de ella, pues fue sustituida en el año 536 por la iglesia de Justiniano y, en 1469, por la mezquita de El Fatih, pero la descripción de Eusebio de Cesarea destaca sus aspectos más sobresalientes. La iglesia se levantaba en el centro de una amplia explanada, rodeada de salas de reunión, baños y estanques. Tenía forma de cruz -donde se alojaban los fieles- con las paredes revestidas de mármol y, en el centro, sobre el crucero, un cimborrio iluminaba ampliamente el recinto. Debajo del cimborrio se alojaba el sarcófago del emperador, flanqueado por pilares o cenotafios inscritos con los nombres de los doce Apóstoles. Constantino pasaba a ser, de este modo, el nuevo discípulo, el decimotercero, constituyendo el centro de atención de los fieles, tanto o más que la Eucaristía que se celebraba a su lado. Con el tiempo, este aspecto heterodoxo habría de ser considerado excesivo, trasladándose sus restos a un mausoleo independiente de tradicional planta circular, cubierto con cúpula y anejo al templo. Este, por su parte, serviría de modelo a numerosos martyria de Milán, Rávena, Efeso o Antioquía. Hubo además otras iglesias como la de Santa Irene, San Macio, cerca de las murallas, San Acacio..., pero no han llegado hasta nosotros. También hubo templos paganos, pues además de aquellos que perduraban de los tiempos antiguos, las crónicas mencionan los de Cástor y Pólux o la Tyche de Constantinopla. Desde el núcleo central de la ciudad, una avenida amplia y con columnatas, llamada Regia o Mese, conducía hacia el oeste hasta un foro oval, enorme plaza rodeada de pórticos -el llamado Plakoton o Foro de Constantino- que se asentaba en la antigua necrópolis a los pies de la ciudad severiana. Allí se acumulaban estatuas de todo tipo: sirenas, el Buen Pastor, la Tyche... y en el centro se levantaba la famosa estatua de pórfido de 36 metros de altura, ceñida con aros dorados, cubiertos de formas florales. El "Chronicon Paschale" añade que "en la parte superior de esta columna colocó unta estatua grande de sí mismo, con rayos en la cabeza. Esta estatua la había traído de Frigia. El mismo emperador se llevó de Roma el llamado Palladium y lo colocó en el foro que había construido, debajo de la estatua levantada sobre la columna". La columna ha sobrevivido, siendo conocida por los turcos como Cemberli Tash -columna quemada- al ser dañada seriamente por un incendio a comienzos del siglo XVI, mientras que la cabeza inicial de Constantino fue sustituida por una de Juliano y más tarde por otra de Teodosio, siendo destruida esta última por un rayo el año 1071. La basa, finalmente, fue añadida por el Sultán Mustafá II en 1702, después de que la anterior fuese también deteriorada por el fuego. El plan de la ciudad se completaba con dos calles principales que, desde las murallas, trataban de enlazar con la vía que prolongaba la que se iniciaba junto al hipódromo hasta encontrarse en las cercanías de donde posteriormente se ubicaría el foro de Teodosio I. Otras calles ayudaban a definir los límites de la ciudad. Una corría a lo largo del Mármara, desde el Gran Palacio hasta el punto donde la muralla se encontraba con el mar, uniéndose allí con la vía que desde la Mese alcanzaba la puerta de Isa Kapu. Una segunda se extendía desde el Gran Palacio a la Acrópolis, rodeaba el Mangana y discurría paralela al Cuerno de Oro, estando al servicio de los puertos y pasando cerca de los templos. Los cuarteles militares, presididos por una estatua ecuestre de Constantino, también se levantaban aquí, probablemente no lejos de la estación de Sirkeci (Talbot Rice). La imagen resultante de Constantinopla, venía a ser la de una ciudad construida con prisas, cuajada de monumentos a la manera de Roma y diseñada de acuerdo con un eje longitudinal. Y aunque la religión cristiana era la oficial, una población numerosa era todavía pagana; las iglesias más importantes eran basílicas con techumbre de madera y las calles eran rectas y bien pavimentadas, pero hacía falta que se completasen los monumentos de la ciudad para que definiesen los puntos de referencia de la misma e introdujesen una mayor riqueza de significados en el entramado urbano. Y aunque fueron introducidos cambios en los siglos que siguieron, el plan general de la ciudad, tal como lo conocemos hoy, pertenece a esta época.
contexto
A fines de septiembre de 1941, tras liquidar la bolsa ucraniana, los alemanes aseguraron que las pérdidas rusas desde la invasión eran de 2.500.000 soldados, 22.000 cañones, 18.000 tanques y 14.000 aviones, a lo que habría que añadir las ulteriores pérdidas de las grandes batallas de Viazma-Briansk; 663.000 hombres, 1.242 tanques y 5.412 cañones. Por infladas que puedan parecer estas cifras, no por ello dejan de apuntar la magnitud de la catástrofe. Los rusos se han guardado, por si acaso, de proporcionar su lista de pérdidas. En diciembre de 1941, según el profesor Prokopowicz, los alemanes habían ocupado el 26,6 por 100 de la Rusia europea, que contenía el 40 por 100 de su población, el 39,3 por 100 de su producción agrícola, el 49 por 100 de sus caballos, el 45 por 100 de su ganado, el 66,6 por 100 del hierro y el 60 por 100 del carbón. (Cit. por el coronel Léderry, La défaite Allemande á l´est, 1951, pag. 58.). Las fuentes rusas lo corroboran. Según las anotaciones del Diario del general Halder, jefe del Estado Mayor del Ejército alemán, del 22 de junio al 10 de diciembre de 1941 las pérdidas alemanas fueron, sin contar aliados ni enfermos, de 775.000, equivalente a la cuarta parte del total. Hasta el 26 de noviembre los muertos se aproximaban a los 200.000, incluyendo 8.000 oficiales. Por contraste, la campaña occidental de 1940 supuso a los alemanes 156.000 bajas, de ellas 30.000 muertos. ¡Y la guerra con Rusia no hacía más que empezar! De julio a noviembre de 1941 fueron evacuadas y reinstaladas en la profunda retaguardia 1.523 empresas, de ellas 1.360 grandes fábricas, la mayoría de guerra. En algo más de cinco meses fueron utilizados para la evacuación 1.500.000 vagones de ferrocarril. Con las empresas se evacuó del 30 al 40 por 100 de sus obreros. La principal fábrica de aviones evacuada al otro lado del Volga terminó su primer caza a los catorce días de la llegada del último vagón con equipo industrial. En el segundo semestre de 1941, la URSS fabricó 8.000 aviones de combate, contra 3.950 en el primer trimestre, y la producción de tanques aumentó un 150 por 100 el segundo semestre respecto al primero. (La Gran Guerra Patria)
contexto
La división entre liberales y conservadores adquirió en México un perfil particular, en parte por el fuerte componente monárquico del que habían hecho gala los conservadores locales. Los escoceses (conservadores, respaldados por la filial de logia masónica escocesa establecida en México) y los yorkinos (liberales y federalistas, respaldados por la filial de la logia de Nueva York) ocuparon inicialmente el centro de la escena política. Los escoceses, que contaban con cierto respaldo británico, pensaban en una rápida reconstrucción del país, basada en la recuperación de la minería, la expansión de la agricultura, especialmente en lo referente a ciertos productos exportables y en el saneamiento de las cuentas del tesoro. En esta tarea Gran Bretaña debía jugar un papel clave.Un desprendimiento católico de los escoceses condujo a la afirmación del conservadurismo, que tuvo en Alamán uno de sus más cualificados líderes y que adquirió un perfil bastante beligerante y poco moderno, contrario a la tolerancia religiosa y a la desamortización que amenazaba las propiedades eclesiásticas. El intento conservador de imponer al presidente, en reemplazo de Guadalupe Victoria fracasó y el liberal Vicente Guerrero fue elegido presidente con el respaldo de Antonio López de Santa Anna. Tras el fracasado intento del ejército español de reconquistar México, sofocado por Santa Anna, lo que le permitió aumentar su popularidad, el presidente Guerrero fue desplazado por el vicepresidente Anastasio Bustamante, que contaba con el apoyo del ejército y de los conservadores de Alamán. Guerrero fue ejecutado ante el horror de la población, pero Bustamante no pudo mantenerse durante mucho tiempo en el poder porque debido a su debilidad política adoptó una postura sumamente favorable a la Iglesia.A principios de 1832 Santa Anna se pronunció contra Bustamante y en marzo de 1833 fue elegido presidente. Su identificación con Guerrero le permitió contar con el respaldo de los liberales, especialmente con el de su líder José María Luis Mora. El vicepresidente, Valentín Gómez Farías, se encargó de gobernar con el respaldo de un Congreso liberal, avanzando sobre los privilegios eclesiásticos y castrenses. Al poco tiempo Santa Anna expulsó a los liberales del gobierno, convirtiéndose en el principal defensor del orden conservador. Se inauguró un período en el que liberales y conservadores se alternaron en el poder, con las frecuentes reapariciones de Santa Anna, un período que se extendió hasta 1855, cuando una revolución liberal, de signo distinto a las anteriores cerró el ciclo y envió a Santa Anna al exilio, de donde no regresó hasta 1874.Como consecuencia de la revolución de 1848, un grupo de moderados, encabezados por Luis Gonzaga Cuevas y Bernardo Couto, abrazó las banderas del conservadurismo, preocupado por los ataques a la propiedad que habían ocurrido en Europa y especialmente por la virulencia que el anticlericalismo estaba adquiriendo en México. La muerte de Alamán en 1853 favoreció el relevo generacional. La Reforma permitió la consolidación de un grupo de jóvenes liberales, que habían comenzado a emerger desde los años 40 y que habían roto con la generación que independizó el país. La condena papal a la constitución liberal de 1857 enconó aún más las posturas en torno al problema eclesiástico.La revolución liberal de 1854 llevó al primer plano a dos líderes del liberalismo provinciano: el ex gobernador de Michoacán, Melchor Ocampo y el ex gobernador de Oaxaca, Benito Juárez. Las consecuencias directas de la revolución fueron el ascenso presidencial del general Juan Alvarez y la aplicación del plan de Ayutla, que era el conjunto de reivindicaciones de contenido liberal y anticlerical que dio contenido a la llamada Reforma mexicana.La Reforma se estructuró en base a dos leyes fundamentales: la ley Juárez que abolió el fuero eclesiástico y la ley Lerdo que prohibía la propiedad comunal de la tierra, lo que afectaba tanto a la Iglesia y a las órdenes religiosas como a las comunidades indígenas. De este modo se llegó a la abolición de los fueros eclesiásticos, a la desamortización de las propiedades de la Iglesia y a la secularización del registro de nacimientos, defunciones y matrimonios. Algunas medidas anticlericales adoptadas por la reforma llegaron hasta 1991, cuando el presidente mexicano, Carlos Salinas de Gortari, decidió modificar la legislación vigente.La consolidación de los liberales en el poder fue muy costosa, y sólo se realizó después de atravesar una prolongada y sangrienta guerra civil. Mientras los conservadores ocupaban la ciudad de México, los liberales controlaron Veracruz y las provincias del norte, lo que les permitió manejar las vitales rentas aduaneras. En 1857 se proclamó la nueva constitución y Juárez fue elegido presidente. En 1861 pudieron capturar la capital, pero la guerra se prolongó en algunas provincias. En ese contexto se produjo la invasión de británicos, franceses y españoles, que a principios de 1862 ocuparon Veracruz, con apoyo de los conservadores.Mientras los británicos y españoles se negaron a continuar con la aventura iniciada, los franceses prosiguieron con la invasión y en junio de 1863 se apoderaron de la ciudad de México, adonde entraron en medio del delirio de los eclesiásticos. En 1864 Maximiliano de Habsburgo fue coronado emperador, con la idea de los conservadores de acabar con todas las conquistas de la Reforma. La resistencia continuaba en el norte, donde Juárez contaba con mayores apoyos entre la población. Tras la retirada de los franceses en 1866, Maximiliano decidió mantenerse en el poder, respaldado por los conservadores. La derrota fue rápida y el emperador terminó fusilado por orden de Juárez.El estado del país era lamentable y a fin de agilizar la reconstrucción, Juárez redujo drásticamente el tamaño del ejército y los gastos del Estado, salvo en lo tocante a educación. A la muerte de Juárez, en 1872, Sebastián Lerdo de Tejada, un abogado liberal que había apoyado la Reforma desde sus inicios, se hizo cargo del gobierno. Los liberales contaban con un enemigo implacable, Porfirio Díaz, que se había levantado en 1871 contra la reelección de Juárez y en 1875 contra Lerdo, ocasión en la que tuvo éxito. A partir de allí comenzaría la larga experiencia porfiriana.