El entonces Príncipe de Asturias Fernando VI aparece en este retrato firmado y fechado en 1725 por Jean Ranc de más de medio cuerpo, vistiendo media armadura y casaca asalmonada, ostentando la banda de la Orden de Saint-Esprit y apoyando la mano derecha en el casco. Como podemos observar, en los trabajos de Ranc se encarna el retrato de aparato, ostentoso y mayestático en la línea de Rigaud o Larguillière.
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En las obras de Jean Ranc se encarna el retrato de aparato, ostentoso y mayestático en la línea de Rigaud o Larguillière. Los retratos de los monarcas, de príncipes e infantes, hacen aún más sólida su enseñanza en la configuración de la retratística cortesana como podemos apreciar en este elegante retrato de Fernando VI todavía niño. El infante viste casaca asalmonada, chaqueta oro viejo y medias encarnadas, luciendo la insignia de la Orden de Saint-Esprit. Le acompaña un perro. Ranc ha sabido captar de manera acertada la inocencia y el encanto de la infancia.
contexto
La política de pactos familiares no pareció ser muy beneficiosa para España. Algunos políticos eran conscientes de este relativo fracaso y apostaron cada vez más por una política exterior menos agresiva y que permitiese liberar recursos susceptibles de ser invertidos en la recuperación interior de la monarquía. Esta nueva visión iba a tener su oportunidad con la subida al trono de Fernando VI. De la mano de hombres como José de Carvajal, el marqués de la Ensenada y Ricardo Wall, la diplomacia española experimentaría un importante giro al promocionar una política de equidistancias y equilibrios con las diversas potencias europeas. Sin embargo, esta teoría general de relativa neutralidad, que no de aislacionismo, tuvo en ocasiones un evidente matiz anglófilo en el pensamiento y en la acción de José de Carvajal. Para este político, España precisaba la paz para regenerarse y volver a pesar en Europa, cuestión que debía conseguirse ayudando a reequilibrar el mapa europeo a través de un acercamiento a Gran Bretaña y un cierto alejamiento de Francia, máxime cuando los ingleses, según pensaba ingenuamente Carvajal, no parecían practicar una política agresiva y expansionista. Posición que en nada compartía el otro hombre fuerte del reinado, Ensenada, que de clara filiación francófila estaba potenciando notablemente la Armada española y con ello provocando los recelos de los británicos. Estos últimos no dudaron en conspirar contra él hasta conseguir que en 1754 fuera destituido gracias a las gestiones del embajador inglés Keene y la complicidad de Wall, precisamente un año después de la muerte de Carvajal. Así pues, a lo largo del reinado se consiguieron normalizar las relaciones con Austria, recuperarlas con Portugal gracias al Tratado de Madrid firmado en 1750, al tiempo que la política exterior española se despegaba de Francia para acercarse tímidamente a Inglaterra. Sin embargo, la mejora de las relaciones con los británicos no supuso ningún logro tangible en cualquiera de los asuntos pendientes, que pasarían intocados a las manos del próximo rey. Los asentamientos de Honduras, la falta de respeto al pabellón español en el mar, los diversos asuntos comerciales y los difíciles temas de Gibraltar y Menorca quedaron sin resolver y pesando como una losa en la incipiente opinión pública española. De hecho, los acontecimientos posteriores vendrían a demostrar que la entente con los insulares era una ardua tarea: los ingleses mostraban unos fuertes intereses expansivos provocados por un nacionalismo mercantil muy arraigado en los escaños del parlamento londinense.
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En 1814 Fernando VII hace llamar a la Corte a Vicente López, trasladándose en calidad de Pintor de Cámara, siendo al poco tiempo designado Primer Pintor, en sustitución de Mariano Salvador Maella. Toda una vida de triunfos, distinciones y envidiable situación económica será la larga trayectoria de su dilatada existencia en Madrid hasta su muerte, ya casi octogenario. Con el bagaje de la exigencia de un dibujo preciso, la minuciosidad en la colaboración y un sentido del color condicionado por la luz, nuestro artista se traslada a Madrid. Aquí, Maella dejaría en él su impronta, sobre todo en lo que a la pintura religiosa se refiere, pero sería Ferro el artista que más iba a colaborar en una formación cuyo poso se transformaría en constante fundamental a lo largo de su prolongada trayectoria vital. Y sobre ellos, o mejor dicho, por medio de ellos y de la obra conservada, Antonio Rafael Mengs, al que inmediatamente estudiaría analíticamente.
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El Consejo de Santander decidió colocar en la Sala Consistorial, una vez finalizada la Guerra de la Independencia, un retrato oficial de Fernando VII - conocido popularmente como el Deseado durante sus primeros años de reinado por la esperanza depositada en su persona; más tarde el pueblo decepcionado con él le llamará el Narizotas - con una serie de condiciones. Se eligió a Goya para realizar el encargo, solicitando el pintor 8.000 reales de vellón por su trabajo y un plazo de 15 días para ejecutarlo. Entre las condiciones figuraba la postura de cuerpo entero, el uniforme de Coronel de Guardias de Corps, las insignias reales - la Orden de Carlos III, diferentes veneras y el Toisón de Oro -, la posición de apoyarse en el pedestal de la estatua de España coronada de laurel, así como el cetro, la corona, el manto y el león rompiendo las cadenas. Debido a la mala relación entre rey y pintor, Goya empleó como modelo un boceto que había realizado seis años antes. El rostro del monarca resulta vulgar, con un gesto carente de expresión, ausente de lo que le rodea. Su figura está sabiamente trazada, empleando cortas pinceladas que exhiben todos los detalles. Sin embargo, el resto de la composición destaca por su rápida ejecución, casi a través de manchas en algunas zonas - el león o la estatua de España -, resultando paradójico la viveza de la estatua y el estatismo de don Fernando. Puede verse aquí una muestra de la falta de sentimiento del pintor cuando retrata a alguien que no es de su agrado.
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La Diputación de Navarra acordó en 1814, tras regresar Fernando VII de su exilio en Valençay - donde luchó "heroicamente" contra Napoleón haciendo ganchillo junto a su tío el infante don Antonio Pascual -, encargar un retrato con la efigie del rey. Trasladada su petición a Madrid a través de su agente don Francisco Ignacio de Arrieta con el objetivo de encontrar algún pintor navarro, se decidió que fuera Goya al no encontrarse ningún paisano de valía en el arte del pincel. La ejecución de la obra fue bastante rápida, teniéndolo terminado el 12 de julio y recibiendo por él la cantidad de 2.000 reales.Don Fernando viste un traje bordado, cubierto con manto rojo de armiño y adornado con la banda de la Orden de Carlos III y el Collar del Toisón de Oro. La bengala la sujeta con la mano derecha y a su lado encontramos la corona. Para el rostro, como en todos los retratos que realizó Goya del rey, se valió de un rápido boceto tomado en 1808, haciendo pequeñas modificaciones para adecuarse a su verdadera edad seis años después. La dureza de los rasgos y el gesto del monarca indican la escasa sintonía existente entre ambos.