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La enorme fama como retratista conseguida por Goya motivará la ejecución de este soberbio retrato protagonizado por el Embajador de Francia en España, monsieur Ferdinand Guillemardet. El modelo aparece de cuerpo entero, sentado en una silla en una postura algo forzada al girarse sobre su cuerpo para mostrarnos su rostro. Tras la figura encontramos una mesa cubierta con dorado tapete en la que se observa el sombrero, un tintero y diversos papeles, elementos éstos habituales en los retratos de políticos o intelectuales. El fondo claro empleado contrasta con la tonalidad oscura del uniforme y las botas, recortando la excelente cabeza sobre la pared. Una vez más, Goya se interesa por conjugar los detalles de trajes, adornos y bandas con la personalidad de su modelo, resaltada gracias a la iluminación aplicada. Los rasgos del rostro están perfectamente estudiados, en un alarde de psicología pictórica que el aragonés demuestra en la mayor parte de su producción retratística. La pincelada suelta empleada no impide captar las calidades de las telas, insinuando un conjunto en el que también destacan las manos, demostrando la facilidad de Goya para pintarlas siempre que el cliente esté dispuesto a pagar.
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Ingres adquirió un gran renombre como retratista en la corte italiana de Carolina Bonaparte, así como en su país natal, Francia. Todos los personajes de la aristocracia y alta burguesía francesa le encargaron sus retratos y la razón está en las características dela pintura de Ingres. Este pintor se debía por completo a la línea y a la pureza del motivo elegido. Su técnica era muy minuciosa y consistía en tomar innumerables dibujos preparatorios del modelo desnudo, para conseguir una correcta construcción anatómica. Luego los vestía con detalle y los iluminaba con equilibrio. Las gamas cromáticas que suele elegir son brillantes, muy hermosas. Pero lo que realmente hacía especial un retrato de Ingres era la preparación del modelo. El pintor se pasaba horas obligando al modelo a cambiar de postura hasta que hallaba la pose perfecta. De tal modo, todos los retratos de Ingres desprenden un aire elegante y desenfadado que parecen traslucir solemne familiaridad con el propio pintor. El modelo que aparece en este lienzo es el joven hijo del emperador francés Luis Felipe, que se había convertido en amigo y cliente de Ingres. Desgraciadamente, el heredero murió en un accidente en la calle, y será el mismo Ingres el encargado de decorar su capilla funeraria con varios santos en vidrieras.
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Benjamín West fue uno de los principales protectores de C. H. Leslie, y quien le indujo a realizar paisajes y asuntos cotidianos como esta composición que contemplamos, en la que Leslie deseaba hacer un homenaje a Constable. La influencia del gran paisajista británico se pone de manifiesto en el cielo y en el estilo general de la composición, especialmente la aplicación del óleo que se identifica con la época final de Constable. El pintor utiliza a su familia como modelos y el niño que observamos en el centro de la escena es su propio hijo, George, futuro miembro de la Royal Academy. Diversos grupos se distribuyen por el espacio, ocupando toda la escena, situando de manera acertada las zonas de sombra y de luz, dotando así de gran naturalismo a la composición. Los diferentes vestidos de los personajes dotan de colorido al conjunto, contrastando en su mayoría con la tonalidad verdosa del césped y de la arboleda. Leslie nos presenta una imagen de la vida moderna que servirá como precedente a los prerrafaelitas.
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El famoso Rastro madrileño es el protagonista de este cartón que servía como modelo a un tapiz destinado a decorar el dormitorio de los Príncipes de Asturias en el Palacio de El Pardo. Esta temática popular decorando las paredes de los lugares más íntimos de los monarcas nos indica el gusto por lo populachero y castizo, tan de moda entre la aristocracia del último tercio del siglo XVIII. Por eso, las majas y los majos serán los que ostentan un papel principal en los cuadros de Goya.La escena se desarrollaría, presumiblemente, en la plaza de la Cebada, al verse al fondo la iglesia de San Francisco el Grande, la última novedad arquitectónica de Madrid que el maestro también pintó en el Baile a orillas del Manzanares. Dos caballeros observan la mercancía que les ofrece un anticuario, que tiene sus mercaderías a la puerta de la tienda, entre las que destaca un retrato similar a los de Velázquez. Tras ellos, vemos dos embozados que señalan al primer grupo con desconocida intención, aunque posiblemente como víctimas de un timo. El grupo principal está muy iluminado por un fuerte haz de luz que ensombrece el resto de la imagen. El colorido está aplicado con pinceladas rápidas y sueltas, centrando el pintor su atención en los reflejos metálicos, obtenidos con un precioso gris plata que también destaca en las hebillas de los zapatos.
contexto
De la transición del mundo antiguo al medieval, más que los mercados continuos perduraron algunas ferias documentadas ya en los siglos VII y VIII, como, por ejemplo, la de Saint-Denis, cerca de París. La ruralización de la sociedad y la vuelta a una economía de simple trueque propició la desaparición de concentraciones comerciales permanentes, pero las reuniones anuales de comerciantes en torno a lugares elegidos por su especifica producción o por encontrarse en puntos de coincidencia de rutas tradicionales del comercio a larga distancia (nacional o internacional) subsistieron en parte y sin solución de continuidad. Fue a partir del siglo XI, y a lo largo de los inmediatamente posteriores del XII y XIII, cuando surgieron nuevos mercados públicos al aire libre en todo el Occidente que se multiplicaron en las ciudades, posiblemente a remolque del aumento de la producción campesina, y se consolidaron las grandes ferias internacionales que como las de Champaña rebasarían con creces los propósitos de una burguesía todavía en ciernes, pero ya a punto para su confirmación como clase dinámica y preindustrial. A este respecto, la aparición de ciudades comerciales en torno al Camino de Santiago en la Península Ibérica, con sus barrios de "francos" (de franquicia), sus tiendas permanentes abiertas a la rúa (calle) mayor y los negocios generados entre los foráneos procedentes del resto de España y de Europa, crearon una primera conciencia burguesa asociada al fenómeno del despertar urbano en los reinos hispánicos cristianos que siempre mantuvieron, además, una relación económica estrecha con los musulmanes de al-Andalus. Ciudades aforadas como Jaca, Pamplona, Estella, Logroño, León o Astorga acogieron una actividad propia de una economía diversificada, consecuencia de su aparición o potenciación como núcleos de concentración humana y de acogida de burgueses y mercaderes procedentes del resto de la Península o de más allá de los Pirineos; siendo los barrios de francos la novedad urbana respecto a pervivencias anteriores en el norte hispano-cristiano o cambios de dominación política en el sur andalusí, entregado poco a poco a los poderes de Castilla y de Aragón. Este fenómeno, generalizado en Europa durante los siglos del crecimiento y la expansión, alternó la celebración periódica de mercados y ferias con la aparición de mercados permanentes en los que la compraventa se efectuaba en recintos apropiados y dedicados específicamente a ello, con tiendas y galerías cubiertas donde se exponían las mercancías -tal y como reproducen muchas miniaturas y pinturas al fresco o sobre tabla desde el siglo XIII-; antes de que lonjas y depósitos terminasen por concentrar la actividad propia de mercaderes y burgueses, hombres de empresa y financieros, ya en la baja Edad Media y el alto Renacimiento, que fue pionero en ello (como en el arte) tanto en Italia como en Flandes. El ejemplo más desarrollado y dinámico fue, desde luego, el de las ferias de Champaña, que repartían seis ferias en cuatro localidades y a lo largo de todo el año con breves intervalos de descanso. Las simples muestras de mercancías y la escasa presencia de dinero liquido, sustituido cada vez más por órdenes escritas de pago, con todas las garantías de envío y liquidación, permite hablar de un "capitalismo mercantil" precursor del que, ya en la Edad Moderna, caracterizó a la civilización europea en la perspectiva económica, si bien desde la transformación de dicho capitalismo en financiero. Y aunque el éxito de las ferias champañesas se debió, entre otros factores, a situarse en el cruce de dos grandes rutas que atravesaban en aspa el continente europeo (desde Italia a Flandes y de la Península Ibérica a los países eslavos), el modelo de estas ferias repetido a menor escala no era entonces sino una prolongación de aquellas que se identificaron con una de las regiones más prósperas de Europa. En efecto, las ferias de Champaña iban a atravesar su edad de oro en el siglo XIII. La justicia y el orden civil y comercial estuvieron garantizados en este caso por agentes oficiales designados por la autoridad competente, primero el conde y a partir de 1284 el rey de Francia; teniendo como misión el preservar el derecho ferial bajo la custodia de dos guardas que formaban el tribunal de las ferias, los cuales además contaban con escribanos que redactaban y registraban los contratos realizados en dichas ferias, así como también con una policía responsable del orden y la paz del mercado. Todo lo cual propició la cristalización, a lo largo del siglo XIII, de una nueva mentalidad jurídica que tuvo en el comercio un campo de aplicación directa y práctica, viéndose sustituidas poco a poco las viejas fórmulas probatorias de práctica feudal, mantenidas oralmente, por las "cartas de obligaciones" registradas escrituralmente y con los sellos pendientes que autentificaban el negocio suscrito. A pesar de que el modelo champañés no siempre es representativo de lo que a mucha menor escala se producía en las múltiples ferias y mercados que se repartieron por toda Europa, especialmente desde el siglo XIII, lo recogido por las disposiciones feriales para este caso espectacular da idea del desarrollo que la actividad mercantil había adquirido en dicha centuria y sirve de referencia pare lo que, con menor impacto, se reproducía en otros lugares. La protección del mercader a través de los salvoconductos evacuados por la autoridad de los condes de Champaña se extendía no sólo a la intervención en las ferias de los implicados sino también a las jornadas de desplazamiento en la ida y vuelta de los asistentes; de forma que, en muchas ocasiones, parte de la política exterior de los príncipes se destinaba precisamente a la protección de sus mercaderes en sus desplazamientos y negocios. Protección que se hacía extensible a las mercancías, en múltiples casos desde los diversos grados de la fabricación hasta la venta. Asimismo se garantizaba la validez de las medidas y pesos pare evitar fraudes. Por ejemplo, en las ciudades de concentración textil cada paño tenía sus características debidamente registradas y comprobadas por funcionarios del Estado que garantizaban el origen y marca de los tejidos (Flandes, Bravante, etc.). Pero hablar de las ferias de Champaña significa referirse a una actividad continua que se iniciaba en Lagny a comienzos de año, proseguía en Bar por primavera pare concentrarse en Provins durante el verano y concluir el ciclo ininterrumpidamente en Troyes por el invierno. El hecho de que muchas ferias se tuviesen en torno a festividades señaladas del calendario cristiano, incide en la vinculación de la actividad mercantil con las labores agrícolas, cuando los campesinos habían vendido la cosecha o terminado sus faenas temporales y disponían de dinero y tiempo para acudir a la ciudad feriada a adquirir aquello que el campo no les proporcionaba: por san Juan, por san Miguel (en junio y septiembre, respectivamente) o en algunas fiestas de marcado carácter local. Ahora bien, a pesar de la facilidad con la que se escribe sobre la revolución comercial de estos siglos, o el desarrollo financiero en las ferias y mercados de la época, el volumen del gran comercio era todavía limitado y las técnicas mercantiles y bancarias rudimentarias. Y, sin embargo, el papel dinamizador de la economía rural ejercido por ferias y mercados regionales, limitados en el tiempo y en el espacio y de reducida capacidad de maniobra, resulta incontrastable. En este sentido el siglo XIII es el que conoce una espectacular difusión de ferias y mercados locales, de ámbito comarcal, creados por la autoridad real, principesca o señorial y que constituyen eslabones de una cadena dispar y heterogénea, distanciada de la limitación que el comercio y el intercambio en general había tenido antes del siglo XI. Pero en uno y otro caso, ya se tratase de grandes ferias o de pequeños mercados, el mercader era todavía un ejecutor en movimiento, obligado a desplazarse continuamente de un lugar a otro. La sedentarización vendría mucho más tarde, cuando en las grandes concentraciones urbanas y mercantiles se controlase la actividad intercambiadora desde lugares fijos y a través de intermediarios, manejados por quienes en su ciudad o burgo se habían situado al frente de las grandes operaciones. En este mundo del comercio, cada vez más regulado y dinamizado, los conocimientos añadidos fueron asimismo potenciados en beneficio de la economía del intercambio. Así, por ejemplo, el cálculo numérico que empezó siendo sencillo y directo se fue complicando a medida que las operaciones se multiplicaban y requerían la especialización de contables y escribanos preparados para ello en algunas escuelas urbanas italianas o flamencas. Ello explica la aparición de manuales de aritmética destinados al aprendizaje para los negocios, los cuales estuvieron muy influidos por la ciencia árabe filtrada a Europa a través de España e Italia. Los manuales de comercio surgidos desde mediados del siglo XIII advierten de la necesidad de que el comerciante conociera debidamente los nombres de las mercancías, los pesos y las medidas, los lugares principales del comercio, las rutas, los medios y transportes, etc. Tal y como se recoge, por ejemplo, en uno de los tratados más famosos de comienzos del siglo XIV: el de la "Pratica della Mercatura" del florentino Francesco di Balduccio Pegolotti. Como era de esperar, las asociaciones mercantiles hicieron furor a partir, sobre todo, del siglo XIII a través de las "societas maris" o "collegantia" (comanda) para las compañías navales y de las "societas terrae" o compañías para el comercio terrestre; repartiéndose responsabilidades y beneficios entre quien aportaba los fondos necesarios para montar una operación y quienes la llevaban personalmente a efecto. Pero la doctrina de la Iglesia al respecto seguía siendo un lastre a superar, debido a que la prohibición de la usura condenaba de hecho los prestamos a interés y muchas formas de crédito, impuestas por la necesidad del transporte de mercancías a larga distancia, evitando el dinero en efectivo que podía ser presa de ladrones y bandoleros. De ahí la dificultad del comerciante por dignificar su condición después de que el Concilio de Tréveris insistiese, aún en 1227, sobre prohibiciones anteriores de las prácticas financieras. A pesar de lo cual se intenta paliar la situación buscando una justificación dc los hechos en aras del progreso y el bienestar, legitimando al mercader como necesario para la sociedad y considerando su quehacer de utilidad pública. Todo ello sin olvidar cuanto de carácter lúdico y litúrgico se promovió en torno a las ferias y mercados. Sus propias capacidades de concentración temporal de personas y medios favoreció el aprovechamiento de las jornadas comerciales para intercalar actuaciones espontáneas, que llenaban todavía más el tiempo del mercader y atraían a curiosos y espectadores ante los espectáculos improvisados o contratados que animaban asimismo al conjunto urbano o aldeano donde se deseaba crear un espíritu de colaboración en el ocio. ¡Cuantas festividades actuales de muchas ciudades y villas europeas tuvieron como origen la celebración de ferias anuales o bianuales que derivaron finalmente en lo meramente lúdico, pudiendo buscar en la Edad Media su origen!