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Parte de la teología que analiza la persona y la obra de Jesús, basándose en los hechos que relata la Biblia. Esta rama, nacida en Alemania en el siglo XIX, se centra en su divinidad, encarnación, sacrificio, sus enseñanzas y su relación con Dios y con el hombre, entre otros puntos.
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Criterio "científico" e historiográfico de Cieza Cuando aún no había nacido en el quehacer del historiador lo que hoy se llama crítica histórica, compulsa de datos y de fuentes, de un modo intuitivo Cieza ya aplica la discreción de no creérselo todo, sino que usa dos sistemas: a) el de decir que hay varias versiones, contradictorias a veces, y b) su buen sentido crítico, y sobre todo, la comprobación personal. Así visita Huanacauri, y cuando oye que el milagro de Viracocha se atribuye a San Bartolomé, como anotamos en el lugar correspondiente, y que hay una estatua que puede ser la de un apóstol, no se fía y al pasar por Cacha (Rajchi) en 1549, llega hasta el Santuario y ve -- si mis ojos no están ciegos -- que no hay tal, que es un indio con su llautu lo que representa la escultura. Si el lector guarda atención al relato que hace Cieza de los hechos, características de las conquistas, benevolencia de los sucesivos Incas etc., irá notando que es la repetición de un cliché prefabricado, que le ofrecen sus informantes, pero pese a ello --con la sospecha de la simultaneidad posible o alternativa de los Hanan y los Hurin Coscos-- quedan dos cosas patentes en la obra presente: a) el esqueleto histórico, cierto, del progresivo ensanchamiento del territorio sometido a Cuzco, b) la regularización de esta historia, en lo que concierne al modus operandi de los soberanos o señores Yngas Yupaques, elaborado sabiamente por historiadores aúlicos. Queda, sin embargo, en el aire --tema aún no resuelto-- la información que le daban constaba o no en unos res gestae, los quipus, o simplemente había sido grabada en la memoria, repetida en las escuelas, hasta el hastío, por los encargados de transmitir las glorias de los Inkas. Quede terminantemente expresado no sólo que Cieza es el príncipe de los cronistas del Perú, por su primacía en el tiempo, sino también porque es el arquitecto que traza la estructura histórica que todos los demás seguirán en el futuro. Manuel Ballesteros Gaibrois
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CRITERIO EDITORIAL Por la razón expresada en las últimas líneas precedentes, esta Colección que ahora se inicia ha creído necesario realizar una edición cuidada del texto de Cieza, conservando los términos geográficos, topónimos, las palabras indígenas, etc., tal como Cieza las escribió, aclarando en nota aquello que pueda ilustrar al lector. No nos hemos propuesto, sin embargo, hacer lo que se llama científicamente una "edición crítica", en que se comparen los datos proporcionados por Cieza con los de otras fuentes, pues nuestro intento es brindar la obra, con las mayores aclaraciones posibles, a un público lector culto, que pueda comprender, sin pesada erudición de autores y criterios que no tiene por qué conocer, la valía e información de lo que compusiera, en su ajetreado y lúcido escribir, el gran Príncipe de los cronistas del Perú. Acompañamos una bibliografía que no es exhaustiva de todo lo que se ha escrito (en libros o artículos eruditos) sobre la obra de Cieza, sino de las obras que se han ido citando en esta introducción y de las notas al texto de Cieza. Para no alargarlas con la repetición de los títulos de cada libro, en las notas se indica solamente el autor, la fecha de impresión y la página en que se encuentra la cita. * * * Con ilusión, no con vanidad de trabajo, esperamos con esta edición haber contribuido a afirmar una vez más la fama y gloria de un hombre del siglo XVI, que en medio de mil dificultades compuso una obra única y magnífica. Manuel Ballesteros Gaibrois Navas de Riofrío (Segovia) Verano de 1984
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El cambio vino de la mano de la radiactividad y del descubrimiento de Pierre Curie de que las sales de radio emitían calor. De esta forma se descubrió la nueva fuente de calor que permitía alargar la edad de la Tierra. Así se llegó a la datación de las rocas más antiguas de la tierra que, en la actualidad, basándose en la descomposición del plomo, las sitúa en más de 3.800 millones de años, atribuyéndose a nuestro planeta una fecha de más de 4.500 millones de años. El descubrimiento de la radiactividad permitió también su aplicación en la propia datación directa de los eventos geológicos, convirtiéndose a lo largo del siglo XX en una de las bases fundamentales de la cronología del Cuaternario. El estudio de la descomposición del uranio permitió obtener dataciones de costras estalagmíticas, mientras que el carbono catorce sirvió para obtener precisas cronologías de los últimos 50.000 anos. La cronología del Cuaternario se estableció en primer lugar atendiendo a los cambios de fauna, representados por el nivel Villafranquiense para la fauna terrestre, y por el Calabriense para la marina. Aunque en la actualidad ambos pisos geológicos no se definen de la misma forma que anteriormente, se sigue, sin embargo, utilizando esta terminología para marcar el límite inferior del Cuaternario, habiéndosele propuesto una fecha convencional de 1,8-2 millones de años para el inicio del mismo. Las evidencias en la evolución de las faunas también hicieron necesario dividir el pleistoceno en varios períodos, denominándolos Pleistoceno Inferior, Medio y Superior. Su longitud no es igual, aunque en un principio se relacionó con los distintos eventos glaciares. Así, el Pleistoceno Inferior estaría relacionado con la glaciación Donau (que incluiría las evidencias glaciares pre-Günz), el Pleistoceno Medio con las de Günz, Mindel y Riss, y el Pleistoceno Superior estaría ocupado en su integridad por la última glaciación o Würm. Como hemos ido presentando, el concepto de Cuaternario fue poco a poco cargándose de contenido, tanto en términos geológicos como paleontológicos. Tradicionalmente fueron dos los criterios principales en que se basó su distinción. Por un lado, la presencia de los glaciares marcó la separación entre un Terciario, caracterizado por un clima templado, y un Cuaternario frío. Otro criterio fue la propia presencia del ser humano como algo especifico del Cuaternario desde un punto de vista biológico. Estos distintos criterios fueron delimitándose y depurando, de forma que en la actualidad ambos se han matizado y en cierto modo abandonado. Como se ve en el capitulo dedicado a la antropología física, en la actualidad el origen de los homínidos se sitúa en Africa, fuera del limite de los 1,8 millones de años, aunque esa fecha se acerca bastante a la atribuida a los primeros restos de Homo erectus. Sin embargo, los principales restos de homínidos de los tipos Australopitecus y Homo hábilis (estos últimos con las primeras evidencias culturales) son anteriores a este límite. La necesidad de establecer una mejor seriación de los eventos climáticos provocó por parte de los geólogos la búsqueda de mejores marcadores del clima que los efectos de los glaciares. Los sondeos de los fondos marinos fueron el instrumento ideal para establecer esta seriación. En los fondos marinos se depositan constantemente los restos de los foraminíferos y otros seres vivos microscópicos que forman el plancton. Al acaecer su muerte, su esqueleto desciende, depositándose en el fondo del mar. Mientras que la superficie de los continentes se encuentra afectada por todo tipo de acciones climáticas cuyos mecanismos son en muchos casos enormemente destructivos, los fondos oceánicos, especialmente las cuencas oceánicas, son relativamente tranquilos. Por esto se puede asumir una tasa de depósitos constante, producto de esta lluvia de esqueletos de foraminíferos. La presencia de los restos de estos pequeños animales permite varios tipos de análisis. Por un lado, se puede estudiar qué tipos de faunas están representadas. Como casi todas las especies animales su distribución se basa en sus preferencias ecológicas, por lo que los cambios globales del clima se reflejarán en la presencia o ausencia de determinadas especies. El estudio de los sondeos a lo largo de las cuencas oceánicas de Sur a Norte permite observar cómo las faunas de tipo polar, subpolar, transicional o subtropical suben o bajan según sea la climatología local. Durante las épocas glaciares las faunas polares descienden en latitud, pudiéndose encontrar en zonas más al sur de su distribución habitual, comprimiéndose la zona de las faunas subpolares o transicionales. A la inversa, durante los períodos interglaciares las faunas subtropicales suben hacia el norte. Así el estudio de los distintos tipos de faunas presentes permite caracterizar los cambios climáticos.
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Entre los diversos criterios en los que se basan las teorías de la evolución humana, destacan tres básicos: el bipedismo, el pulgar oponible de los miembros anteriores y una capacidad craneana mayor. El factor primordial del bipedismo se encuentra en algún momento del pasado, en el cual una especie se atrevió a descender del árbol, adentrándose en la sabana llena de peligros y depredadores. En ese momento el proceso de la evolución se aceleró, desarrollándose anatómicamente un homínido. Las características que se observan en los restos óseos para el bipedismo se encuentran en los retos postcraneales y en la posición basal en el cráneo del foramen magnum, orificio por el cual la médula espinal se une al cerebelo. El bipedismo libera las extremidades anteriores que se transforman poco a poco en manos con el pulgar oponible, capaces de sostener con mayor éxito instrumentos con los que defenderse en un medio hostil. La etología de ciertos primates actuales muestra, como en el caso del chimpancé, que son capaces de asir palos, piedras y ramas como manifestaciones de una protocultura, aunque no ha podido progresar como hizo la rama de los homínidos que ha llegado a dominar todo el orbe. De hecho mantenemos una serie de pautas que son básicas en nuestra familia. Si en general los mamíferos son seres curiosos, el hombre es el que más destaca por ello. La herramienta, o mejor la fabricación de útiles, es una de las claves del éxito e implica un desarrollo cerebral mayor por el cual el hombre está capacitado para obtener los medios necesarios para llevar a buen fin la supervivencia. Las pautas que presentan los restos óseos craneales se delimitan en tres secciones: la mandíbula, la cara y la bóveda craneal. Generalmente las piezas dentarias son las más importantes, ya que son las piezas más abundantes, subdividiéndose en incisivos, caninos, premolares y molares. La mandíbula además de la dentición y de la arcada dental que comparte con el maxilar superior, implica también la evolución del mentón (barbilla), prominente en el hombre moderno. El rostro se divide en numerosos huesos, entre los cuales destaca la forma de las órbitas oculares, la evolución de los arcos cigomáticos (pómulos) y la evolución general de la cara respecto al cráneo. La bóveda craneal ofrece varios caracteres, la altura de la misma, evolución de la frente, la localización del foramen magnum, y la capacidad expresada en centímetros cúbicos. La capacidad craneal máxima se estima en los monos antropoides en 400 centímetros cúbicos. De ahí que el descubrimiento de un cráneo infantil en Taungs, con una capacidad de 450 centímetros cúbicos, se asimilara a unos homínidos en la cadena que lleva a la hominización, ya que siendo un resto infantil sobrepasa la capacidad de los simios más desarrollados. Con este descubrimiento comenzó la andadura en 1924 de lo que conocemos como Australopithecus africanus (mono de Africa del Sur), debido a Raymond Dart. Poco después, F. Broom descubriría los restos de más australopitecos en una cantera próxima y cuyos rasgos se asimilarían a un individuo de mayor envergadura, que recibió por ello la denominación de Australopithecus robustus, por oposición al anterior al que se le denomina Australopithecus africanus o gracilis, según los autores. Después de años de trabajo en el yacimiento de Olduvai, en Africa oriental, Louis Leakey encontraría en los años sesenta un individuo infantil en tobas volcánicas al borde de lo que debió ser un lago. Este resto se asimilaría a un individuo robusto como el descubierto por Broom en Africa del Sur. Desde este momento Africa oriental se convirtió en el foco central de la investigación, confirmando la cuna africana de la humanidad. Africa oriental por las especiales condiciones de una actividad tectónica única permitió, y permite, el poder datar los restos de homínidos por medio de sistemas de datación absoluta sobre las cenizas volcánicas que los contienen, fundamentalmente por medio del potasio Argón (K/Ar). En la actualidad, además, el progreso de estos métodos de datación radiométrica, el tamaño de las muestras se ha reducido y al mismo tiempo se obtienen edades más depuradas.
Personaje Político
Uno de los políticos atenienses que integraban el grupo de los Treinta Tiranos era Critias. Su filoespartismo le sirvió para participar en el gobierno impuesto en Atenas, tras la Guerra del Peloponeso, por Esparta. Platón nos lo presenta como miembro del círculo de Sócrates, donde pudo desarrollar su política antidemocrática.
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La heterodoxia en el terreno religioso constituyó también un aspecto de la crisis de la conciencia europea de la segunda mitad del siglo XVII. A los místicos de la primera mitad del siglo les sucedieron los antimísticos, cartesianos y mecanicistas; a los defensores de las creencias tradicionales y a los que discutían inútil y a veces sangrientamente por motivos religioso-dogmáticos se les opusieron los escépticos, los irreligiosos o los que defendían una religión que fuera sencilla, útil y práctica; y, finalmente, si en el terreno científico se había puesto en duda o se había negado la autoridad de los clásicos, en la esfera religiosa se puso en entredicho la de las Sagradas Escrituras. Precedentes de estas corrientes existían ya a comienzos del siglo. Se trataba de los denominados libertinos, pero como se verá luego, las grandes dudas que conmoverán los cimientos de la religión tradicional aflorarán con verdadera fuerza a finales del siglo, anunciando de ese modo un siglo XVIII librepensador en el más amplio sentido del término. Las controversias en el mundo protestante entre gomaristas y arminianos, y en el mundo católico entre teólogos ortodoxos y jansenistas, además del desolador panorama bélico, que entre 1618 y 1648 asoló Europa en nombre de Cristo y de la religión, empujaron a muchos hombres al alejamiento de la religión y, a veces, a la pérdida del respeto por ella. Muchos acabaron por dudar de que existiese una verdad religiosa (fuese única o diversa), y empezó a extenderse la idea de que la religión era algo funesto y nefasto. Por último, el desarrollo de la violencia social, la relajación de las costumbres y el crecimiento del sensualismo terminaron por favorecer un clima de crisis en las conciencias religiosas y un triunfo de aquellos que proclamaban la necesidad de prescindir de la religión. Aunque el pensamiento libertino estaba poco cohesionado y era muy variado en su formulación, entre esas personas o grupos a los que nos referíamos se encontraban aquellas que, unidas bajo la denominación de libertinos, se caracterizaban en común por rechazar en la teoría y en la práctica el Cristianismo, los dogmas y la moral de las Iglesias y por practicar ya el libertinaje de las costumbres, ya la libertad y la total independencia de pensamiento, adoptando, de esa manera, una vida cuya concepción respondía a los principios del paganismo grecorromano. Precisamente, para fundamentar sus posiciones acudieron a los clásicos de la Antigüedad, Epicuro y Séneca, fundamentalmente. El movimiento escéptico produjo un alejamiento de la gente con relación al racionalismo cristiano. Éste afirmaba que la existencia de Dios era demostrable por la razón y que de los hechos históricos se puede probar la divinidad de Cristo. Los libertinos escépticos (como La Mothe le Vayer, 1588-1672) proclamaban lo contrario, hasta llegar al ateísmo y a la imposibilidad de toda fe; negando igualmente el valor de la vida, del conocimiento y del mundo; considerando, por derivación de un pensamiento pesimista, que todo ello no es más que una farsa perpetua, una fábula, un cuento, una necedad. Por su parte, Pierre Gassendi (1592-1655), que escribió una Apología de Epicuro (1634), restauró el materialismo epicúreo al afirmar que todos los cuerpos están compuestos de átomos en movimiento, mientras que el alma es una especie de soplo, un conjunto de átomos minúsculos esparcidos por todo el cuerpo y sensible a las afecciones de éste. Y como Epicuro, también Gassendi sostiene que cuando el cuerpo se disuelve, el alma se disipa y, a partir de ese momento, ya no hay cuerpo, ni sensaciones ni sentimientos. El hombre muere y lo hace en su totalidad. De este materialismo escéptico se derivaron otras muchas consecuencias: la imposibilidad del conocimiento, pues las verdades que nos permiten conocer los sentidos son sólo relativas; y la negación del valor de los estudios sobre la existencia de Dios o de las especulaciones sobre la naturaleza del ser. La desconfianza y la crítica se extendieron también al campo de los hechos y las fuentes históricas y Gabriel Naudé fue su mejor exponente. En la interpretación de los hechos históricos, redujo todo a los lazos naturales de causa y efecto y procuró desenterrar patrañas y falsedades, denunciándolos en su obra Apología para los grandes hombres (1625). Al libertinaje en el pensamiento se unió también el libertinaje en las costumbres, sobre todo en Francia, entre los años veinte y cuarenta del siglo y, especialmente, en los ambientes urbanos y selectos, donde se consideraba a la religión y a Dios como un engaño y una estafa y donde se proclamaba el derecho al placer de triunfar sobre el rigor de la norma y sobre la norma misma y, por consecuencia, el derecho a no creer y a defenderlo activamente. La Biblia tampoco poseía el valor que históricamente le habían otorgado las Iglesias. El ataque procedía de la aplicación del racionalismo cartesiano a la erudición. En ese sentido, Spinoza en su Tratado teológico-político escribía que la razón demostraba la impotencia y la ineficacia de la religión para transformar al hombre o para resolver sus problemas respecto a Dios o al alma, lo cual hacía necesario eliminar las creencias tradicionales, pues, ¿qué diferencias existían entre un judío, un cristiano, un turco y un pagano? La religión había dejado de ser un acto interior para convertirse en un culto exterior de prácticas automatizadas. El espíritu crítico hacia estas formas de religiosidad no existía dada la obediencia que, en nombre de la Sagrada Escritura como obra de inspiración divina, imponían los sacerdotes. Pero para Spinoza, la Biblia está llena de errores y contradicciones, sus libros están exentos de autenticidad y presentan un valor documental desigual. Todo ello le hace concluir que sólo la razón y la reflexión personal permiten acceder al conocimiento de Dios y, por Él, a la salvación. A la crítica de Spinoza se sumó la de un sacerdote católico, Richard Simon (1638-1712), miembro del Oratorio, aunque de espíritu cartesiano y spinozista. En su Historia crítica del Antiguo Testamento (1678) sostiene que no puede considerarse a la Biblia como la palabra de Dios directamente inspirada, consignada por escrito y transmitida en su estado original. Realizando un estudio filológico, lingüístico, gramatical e histórico de los libros sagrados, llega a la conclusión de que algunos de ellos, como el Deuteronomio, contiene muchas repeticiones, es incoherente, está compuesto en diversas épocas y por distintas manos. Así pues, no es posible aceptar el dogma y la práctica católica como deducidas de la Biblia y amparadas en ella. Esta lucha entre racionalistas y religionarios se extendió durante toda la segunda mitad del siglo XVII. Unos pensadores habían puesto en tela de juicio la autoridad de la Sagrada Escritura, y otros, como Pierre Bayle, atacaron directamente las creencias religiosas tradicionales. Concretamente, entre 1682 y 1694 publicó sus Lettres et pensées sur la cométe, unas reflexiones sobre el cometa estudiado por Halley en 1682. Aprovechó la obra para demostrar que la vieja superstición pagana sobre la aparición de los cometas como un presagio de calamidades y acontecimientos funestos (asesinato de reyes, terremotos, pestes, hambres, guerras) era absolutamente infundada, aunque existiese un consentimiento generalizado y universal (invocado en otras ocasiones para probar la existencia de Dios), pues no había que confundir una concomitancia con una relación de causa a efecto. Nunca la aparición de un cometa podía constituir un milagro. La creencia en ellos es un efecto del orgullo humano y esperarlo constituye una actitud idolátrica. En su Dictionnaire (1692), Bayle continuó los ataques a la religión revelada, denunciando los errores y las falsificaciones de la tradición, defendió el uso de la razón como el único medio de llegar al conocimiento de Dios, proclamó la necesidad de contar con una moral natural separada de toda metafísica y sugirió la práctica de la tolerancia como el recurso contra todo dogmatismo. La puerta de entrada para los librepensadores del siglo XVIII estaba abierta.
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Durante muchos años las teorías de Hamilton sobre la revolución de los precios gozó de un gran predicamento en la historiografía sobre los siglos XVI y XVII, sirviendo de modelo de análisis coyuntural. Este prestigio no se ha diluido del todo en nuestros días, pero las críticas formuladas contra ella obligan a una reconsideración del tema desde nuevas perspectivas. En primer lugar, es necesario reflexionar sobre el núcleo de la tesis, que sitúa la causa de la inflación en el impacto de la circulación del metal precioso americano. El ascenso de los precios en la Europa del XVI constituye un hecho probado, y su relación con la dilatación del stock monetario no parece en principio ilógica. Pero es muy posible que el carácter inflacionista de la coyuntura respondiera no sólo a causas exógenas, sino principalmente a causas endógenas. En efecto, la explicación del fenómeno puede encontrarse dentro de la propia Europa. El aumento de la demanda originado por el crecimiento poblacional no vino acompañado de un aumento paralelo de la producción. Esta situación se reflejó necesariamente en el mercado a través de una tensión inflacionista de los precios. Pierre Vilar entiende que "otros factores, además de los metales (...), pudieron hacer subir los precios en Europa sin que sea obligado explicar el aumento por el oro de América", y apunta que la segunda mitad del siglo XV "había conocido profundos cambios demográficos, agrícolas, técnicos, mineros, comerciales, financieros y políticos, sin duda más importantes para el porvenir que las modestas llegadas de oro a Lisboa y a Sevilla hasta 1530-1540". No desestima este autor, sin embargo, que el tesoro americano y africano provocara un aumento de los precios generales. En segundo lugar, la tesis de Hamilton presenta flancos débiles desde el punto de vista metodológico. La hipótesis de que las cantidades de metal registrado en la Casa de Contratación sevillana se corresponden exactamente con las que realmente entraron en Europa procedentes de América deja a un lado los efectos del fenómeno del fraude, que no hay que despreciar, a pesar de que no alcanzó las proporciones que luego revestiría en el siglo XVII. No todo el oro ni toda la plata que llegaron fueron reglamentariamente declarados, entre otras razones para evitar los impuestos reales a que se hallaban sujetos. Tampoco cabe suponer que todo el metal remitido a la metrópoli se amonedó y circuló. Una parte considerable se tesaurizó o se empleó para usos extraeconómicos, generalmente de carácter suntuario. Gracias a ello aún hoy podemos admirar excelentes piezas de arte -generalmente sacro- labradas en magnífica plata americana. Las series de precios y salarios confeccionadas por Hamilton han sido también objeto de serias críticas. Se trata, normalmente, de precios urbanos y no de precios agrarios. Las variaciones entre unos y otros alcanzaban apreciables proporciones, entre otras razones por la atomización y desintegración de los mercados. Hamilton utilizó para establecer la evolución de los precios sevillanos la contabilidad de un hospital. Cabe suponer que este tipo de instituciones compraban a precios contratados, diferentes de los precios libres de mercado. Por su lado, la evolución de los salarios se estableció básicamente en función de los jornales de los albañiles de Valencia, única fuente que el autor de "El tesoro americano" pudo allegar para cumplir su propósito. Se ha criticado la parcialidad de esta serie de salarios y, por tanto, su utilización como representativa de la realidad global del país. Pero una de las críticas más severas formuladas contra la tesis de Hamilton radica en la impugnación del sistema de representación gráfica de las variables que utilizó, que puede hacer errar el análisis derivado de su lectura. En efecto, Hamilton utilizó curvas aritméticas, sistema menos refinado que el de representación mediante ordenadas logarítmicas, debido a que encubre los cambios de pequeño rango y a que no permite una correcta lectura de las variaciones proporcionales de los datos representados. De esta forma, pongamos como ejemplo, el trazo que media entre un valor 50 y otro 75 será mucho más destacado que el que media entre un valor 2 y otro 4, a pesar de que el incremento proporcional es mayor en este último supuesto. De hecho, la operación efectuada por J. Nadal de trasladar los propios datos de Hamilton a un gráfico semilogarítmico arroja unos resultados diferentes a los expuestos por este último autor. La curva de los precios así representada evidencia que éstos crecieron proporcionalmente más en la primera que en la segunda mitad de la centuria, es decir, cuando menos metal precioso llegaba a España. La cronología de la revolución de los precios defendida por Hamilton (crecimiento moderado en la primera mitad del siglo XVI, fase culminante en su segunda mitad, estancamiento a comienzos del siglo XVII) puede así perder sentido, y ello sin necesidad de poner en duda la veracidad de los datos ofrecidos por el historiador americano. Como puede advertirse no se trata de una simple cuestión cronológica: la crítica afecta al núcleo mismo de la teoría que da sustento a la tesis de Hamilton, al poner en tela de juicio la relación mecánica entre metal precioso circulante y nivel de precios. En todo caso, la crítica de Nadal pierde parte de su contundencia si se acepta que el oro y la plata americanos, a pesar de llegar en menores cantidades, circularon más en España durante la primera que durante la segunda mitad del siglo XVI, habida cuenta que en este último período la participación extranjera en el comercio de Indias creció notablemente y que, paralelamente, también aumentó la transferencia de metal a Europa sin circular dentro de la propia España y, por tanto, sin afectar directamente a su economía. Sin descartar la importancia del hecho monetario en el comportamiento de los precios, las críticas vertidas contra la obra de Hamilton tienen el valor de advertir contra los excesos de la teoría cuantitativa de la moneda y el de abrir nuevas perspectivas de cara a profundizar en el conocimiento de la coyuntura económica europea del siglo XVI.