El tiempo pasado por Fortuny en Marruecos durante el año 1860 le pareció escaso, fascinado por el ambiente, la vida y la luz norteafricanos. Dos años después consiguió que la Diputación de Barcelona volviera a suministrarle el dinero necesario para regresar al país africano con la excusa de tomar nuevas notas para la ejecución de los cuadros de batallas encargados por la institución. Durante dos meses Fortuny se vistió de moro, aprendió árabe para desenvolverse y pasar desapercibido y tomó apuntes sobre los asuntos cotidianos de la vida marroquí como esta escena que contemplamos, momento que ya había llamado la atención a otros pintores. El lienzo fue acabado en Barcelona y regalado al buen amigo del pintor don Buenaventura Palau con motivo de su cumpleaños, el 19 de marzo de 1863. Los caballos corriendo sobre la arena y levantando polvareda están captados con absoluto verismo, creando sensaciones difícilmente superables: el movimiento, la atmósfera, la algarabía de los jinetes gritando; pero la gran protagonista es la luz, luz marroquí de atardecer que resalta los colores empleados y envuelve en una bruma mediterránea. La perspectiva es otro gran logro así como el dibujismo y el preciosismo que no choca con la pincelada rápida utilizada, creando un binomio famoso en la pintura de Fortuny. Luz, riqueza de color y libertad a la hora de elaborar la composición serán los tres rasgos definitorios de esta pequeña gran obra.
Busqueda de contenidos
obra
Desde sus primeras visitas al Louvre, alentadas por su maestro Couture, Manet sintió una gran atracción por la pintura española. El Barroco español, con la figura de Velázquez a la cabeza, y Goya hicieron mella en el sentimiento del joven artista. Además, en Francia estaba de moda lo español desde el Romanticismo, moda que se vio acentuada con el matrimonio de Napoleón III con la española Eugenia de Montijo. Tras los primeros varapalos en el Salón - Desayuno en la hierba y Olimpia - decidió Manet conocer España, viajando durante el verano de 1865 por la meseta castellana y visitando el Museo del Prado. Una de sus atracciones preferidas serán los toros, realizando numerosas escenas a su regreso a París en las que la tauromaquia será la protagonista. Una de ellas es esta preciosa Corrida de toros, en la que el artista refleja los recuerdos de los espectáculos presenciados en España, junto a las escenas de toros pintadas y grabadas por Goya. La rapidez de la factura resulta sorprendente; mientras que en los primeros planos existe mayor nitidez en las figuras, los espectadores del fondo están tratados como manchas de color. De esta manera muestra una magnífica estampa en la que la violencia de la fiesta y la luz española son captadas a la perfección.
obra
En 1836 la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando recibe una importante donación de manos de don Manuel García de la Prada, rico comerciante que había tenido responsabilidades políticas con José I, teniendo después que exiliarse. Se trata de una serie de cuatro "caprichos", realizados en tabla por Goya casi con total seguridad tras la Guerra de la Independencia. Desconocemos como llegaron a ser propiedad de don Manuel. La serie está formada por Corrida de toros, Procesión de disciplinantes, Auto de fe de la Inquisición y Casa de locos. Son temas que siempre habían obsesionado a Goya, especialmente después de la enfermedad que le dejó sordo en 1792. Las cuatro tablas están trabajadas con finas y transparentes capas de color, diluidas en forma de aguadas, aplicadas sobre la preparación rojiza. Las figuras están dibujadas con un negro contorno y animadas por las diferentes tonalidades en rápidos y precisos toques de pincel. De esta manera, Goya demuestra su soltura y calidad en un momento en el que se está cuestionando su arte al llegar a la corte Vicente López.La Corrida de toros está en franca relación con la serie de grabados de La Tauromaquia. Una improvisada plaza de tablas es el lugar donde se desarrolla la escena, apreciándose los espectadores arremolinados tras la barrera formando un imperfecto círculo. En primer plano se han situado algunas personas para acercar al espectador al espectáculo. En el centro de la arena, un picador espera recibir la embestida del toro, preparado con su larga pica. A su lado un torero llama al animal y alrededor observamos algunos miembros de la cuadrilla.. Las figuras han sido perfectamente individualizadas, tanto las que observan la faena como los toreros, resultando un conjunto de enorme atractivo.
obra
Uno de los maestros que más entusiasmó a Fortuny fue Goya, especialmente las obras de pequeño tamaño que el de Fuendetodos llamaba de "gabinete". En esta Corrida de toros en Sevilla el maestro catalán hace un homenaje al gran pintor tan aficionado a la tauromaquia interesándose también por efectos de luz y de movimiento. Fortuny deja de lado su estilo preciosista para crear con manchas, enlazando con los movimientos franceses que rompían con el academicismo tradicional, especialmente el Impresionismo. El dibujo da paso a rápidos toques de color, en un espectacular contraste entre las zonas de luz y sombra, luz que diluye todo tipo de contornos. El aspecto abocetado no elimina el dinamismo y la fuerza de la suerte de picar, esquematizando las figuras al máximo para transmitir sensaciones e impresiones. Por desgracia, Fortuny no tuvo el suficiente valor para abandonar los cuadros de "casacón" que tanto dinero le aportaban e integrarse definitivamente en este tipo de pintura con la que hubiera introducido el Impresionismo en España; la falta de coraje y su temprana muerte, por supuesto.
acepcion
Término aborigen que define la reunión de estos grupos, donde se discutía de asuntos importantes. Tenía además un marcado carácter religioso y ceremonial.
contexto
La Dra. Alison Taylor, del Institute of Field Archaeologists, presentaba recientemente en la Escuela Británica de Roma un trabajo que ha despertado el interés de la comunidad científica y causado un cierto revuelo en la sociedad británica. En una noticia de prensa, publicada en The Guardian, se avanzan unas primeras conclusiones que llevan a la Dra. Taylor y a otros colegas suyos a considerar equivocado el modelo de gente civilizada que hasta ahora se tenía de los romanos. El hallazgo, en diferentes excavaciones británicas, de cuerpos salvajemente torturados, desmembrados y decapitados, como los aparecidos en Walbrook, un arroyo cercano al Támesis, donde al menos seis personas fueron decapitadas y sus cabezas presentadas como ofrendas a la divinidad o la aparición de huesos humanos en zanjas próximas a templos y en pozos rituales, ha llevado a esta conclusión. Hasta el momento, este tipo de hallazgos se había atribuido a rituales celebrados por los druidas, pero los últimos restos pueden fecharse en el siglo II, lo que indicaría que fueron legionarios romanos los autores de tales hechos. La incógnita que hoy plantean estos hallazgos es si en la sociedad romana fue habitual la práctica de sacrificios humanos, tal como nosotros entendemos este término, es decir, dar muerte a una persona o varias, como parte de un ritual religioso destinado a obtener el favor de los dioses o aplacar su ira; o si se trató de simples episodios esporádicos. Una cuestión aparte es la de la crueldad o el mal trato dado a las poblaciones conquistadas por parte de las tropas romanas. Esta si debió ser una práctica generalizada y en este contexto pensamos que deben encuadrarse los hallazgos de Inglaterra, que confirman unas prácticas que fueron relatadas por los escritores de la Antigüedad y tienen frecuente reflejo en el arte. Sin embargo, no debe descartarse la existencia de sacrificios humanos entre los romanos que, aunque no fueron frecuentes, sí se dieron en determinados momentos de su historia.